Probablemente no se trate de un hecho
delictivo habitual. Una chica murió. La hija de alguien fue asesinada.
La sobrina de un fulano fue matada. A una amiga de un flaco le robaron
la vida. A la compañera de varios pibes le cortaron el camino. Una mujer
que podría haber llegado a mucho o a poco, pero que nunca lo sabremos
porque alguien le quitó esa oportunidad de ser dueña de los destinos de
su propia vida.
Puede ser que no se trate de un caso más
de inseguridad, de esos que no se pueden prevenir porque no podemos
pretender que haya un policía por cada ciudadano. Sin embargo pega. Y
pega por todos esos casos que sí podrían prevenirse y por los que se
hace poco y nada al respecto. Jode porque sólo hay tres formas de ver un
policía: en el lugar del hecho, tarde y con el delito consumado, en la
Comisaría al hacer la denuncia, o de a miles para custodiar que los
integrantes de la patria del aguante no arruinen sus ya penosas vidas en
un partido de fútbol que sirve sólo de excusa para ver cuál hinchada la
tiene más larga. Jode por cuestiones tan elementales que ni siquiera
caben en el axioma clasemediero y conformista de “los derechos humanos
son sólo para los delincuentes”, cuando a la inmensa mayoría ni nos
calienta qué le puede pasar al que nos hace algo, sino que,
sencillamente, no queremos que nos hagan nada. Jode, y mucho, porque
cada vez que alguien se queja, tiene que pedir disculpas por haber dicho
lo que sintió, como si los sentimientos no controlaran nuestras
acciones, como si fuéramos robots autómatas salidos de la línea de
montaje de Fabricaciones Progresistas, programados para cantarle a la
vida, a la integración y a la igualdad mientras nos fajan por un par de
monedas. Jode, y demasiado, porque tenemos que meternos la lengua donde
no pega el sol y sentir culpa, penosa y pedorra culpa, por haber
reaccionado con violencia verbal ante el ataque de la violencia física y
psicológica de quien entra de prepo en nuestras vidas para quitarnos lo
poco o mucho que llevamos encima. Jode, y vaya que jode, porque nos
llevaron a la ridiculez extremadamente pelotuda de tener que agradecer
porque “nos trataron bien, al menos no nos mataron”, cuando nos sacaron
los que nos costó laburo conseguir y, por si fuera poco, nos mandaron al
psiquiatra para poder dormir por las noches.
En una de esas, no sea tan sólo un caso
para sumar a la sensación de inseguridad. Puede que no, pero pasa que
eso que comenzó como una ola de delitos se convirtió en una pileta
olímpica con trampolín, donde el Estado es el bañero gordo que se pone a
tomar sol y a mirar culos con carpa mientras nos ahogamos. Casos como
el de una sencilla adolescente que fue violada y asesinada, impactan, y
lo hacen más allá de la indignación simple: es la paranoia perpetua de
vivir con miedo desde el mismísimo momento en que empezás a querer a
alguien, sean tus viejos, tus hijos, tus amigos o tu mujer. Es el cagazo
tremendo, pero no a que te dejen, sino a que te los arranquen de la
vida. Es el terror de saber que la persona que amás puede desaparecer,
antes por acción del Estado, hoy por la inacción del mismo.
Por ahí sea cierto que no se trate de un
caso de inseguridad más, pero es una muestra en oferta en la vidriera de
lo que nos altera la normalidad de nuestras vidas, de una sociedad
diezmada en sus valores más fundamentales de respeto por la vida, de
respeto por la propiedad privada del producto del esfuerzo personal, de
respeto por el otro, de respeto, de respeto, de respeto.
Quizás no sea un hecho más de
delincuencia, uno más del montón, pero sabemos que a una chica la
sacaron del curso habitual de su día, de esa rutina que sus padres
tenían por normal. Y sabemos que la violaron, que la mataron y que,
finalmente, la trataron como lo que consideran que es cualquier otro ser
humano: un cacho de carne desechable. La tiraron a la basura, la
descartaron cuando ya no les sirvió, y es precisamente ese uno de los
temas por los cuales el caso también me impacta a mí, en lo personal. Y
es que no somos otra cosa que un cacho de carne, una góndola portadora
de lo que el eventual delincuente desea y no sabe/no le interesa
aprender a conseguir de un modo legal, sea un par de zapatillas, un
celular o efectivo. Somos entes sin nombres que nunca tuvieron infancia,
que no tienen padres, que no tienen hermanos, que no tienen hijos, que
no tienen proyectos, que no tienen sueños, que no tienen otra cosa para
darle a la sociedad que ser proveedores descartables y sumisos de lo que
el otro quiere ya, porque le pintó, porque le gustó, porque se le cantó
que así tenía que ser.
Puede ser que no se trate de un hecho
delictivo más, pero sucede que nos exigen paciencia, que nos piden
comprensión para el más necesitado, que nos intiman a que nosotros,
pobres boludos laburantes, nos hagamos cargo por nuestros medios de lo
que nosotros no generamos. Como si fuéramos nosotros los que quisimos
que saquearan el país una y otra vez, como si fuéramos nosotros los que
impulsamos leyes pedorras que atan de manos a la justicia, como si
fuéramos nosotros los que pedimos que vaciaran las calles de uniformados
de la Policía Federal, como si fuéramos nosotros los que le damos
cientos de millones de dólares a una asociación de fútbol que no hace
absolutamente nada para evitar que ingresen barrabravas a un estadio,
como si fuéramos nosotros los que hicimos todo lo necesario para
esconder la pobreza de villas que crecen a pasos agigantados, como si
fuéramos nosotros los que barremos bajo la alfombra a las familias
enteras que viven en la calle sin que nadie las notifique de que ellas
son las campeonas de esta década ganada. En sus casillas de la villa o
en sus habitaciones de casas tomadas, los que no tienen nuestro poder
adquisitivo miran por la tele las mismas publicidades que nosotros y
desean lo mismo que nosotros, pero nadie se ha calentado en explicarles
cómo conseguirlo y, los que lo entienden, no tienen acceso a esas
oportunidades.
Puede que sea un hecho excepcional, y
hasta es probable que se trate de un violeta de clase alta, con mucama,
cinco rubiecitos y coche importado en la puerta del chalet, dado que el
perfil del violador no reconoce poder adquisitivo ni nivel educativo,
pero a quién puede importarle si el delito se consumó igual, si el
Estado no nos cuidó del otro al que ahora llama Patria, si una piba con
uniforme escolar puede desaparecer de la calle a plena luz del día sin
que nadie vea nada, si en zona de ingreso y egreso de escolares no hay
más presencia policial. ¿Acaso deberíamos analizar el contexto social en
el que se desarrolló el delito? ¿Con qué fin, sólo para pedir disculpas
al victimario convertido en víctima? Durante años nos taladraron la
cabeza con que la delincuencia es producto de la falta de inclusión, de
la carencia de oportunidades, de la marginalización, de la pauperización
de la sociedad. Y durante otros años nos llenaron los gobelinos con
afirmaciones que nos dicen que la pobreza casi no existe, que la
inclusión es una realidad por obra y gracia de la oratoria de la Presi,
que las oportunidades ahora son para todos, porque sí, porque así lo
dice algún spot de Canal 7. Sería interesante ver qué opinan de los
hechos de los últimos tiempos, si es que los fundamentos progres de la
delincuencia eran truchos o si lo trucho es El Modelo. No sé, quizás los
grosos de la vida podrían armar un debate para definir si es importante
que hayan violado, matado y arrojado a la basura a una mocosa, o vale
más reconocer que éstas son cosas que utilizan las corporaciones
multimediáticas para opacar que Néstor nos devolvió la dignidad de
cagarnos muriendo de un corchazo en manos de un fumapaco, pero con
ideales y la reinstauración de la discusión política. Y todavía hay
gente que se ofende porque puteamos a quienes dirigen los destinos del
país desde hace más de una década. ¿A quién deberíamos putear, campeones
morales, a Dios?
La alienación de algunos sujetos es
total, la ausencia de esos signos que nos diferencian del resto de los
homínidos es absoluta. El domingo pasado, integrantes de la hinchada de
Independiente salieron en directo para todo el mundo saltando sobre sus
puños, en plena danza belicosa subsahariana. Ante las cámaras se
mostraron sus rostros descubiertos mientras destrozaban y agredían al
resto. Ni se suspendió el partido. Al día siguiente asesinaron a un
hincha de Lanús y Canal 7 demoró casi una hora en anunciar lo que todos
ya sabíamos. Así, mientras el Estado nos demuestra que no puede hacer
mucho para evitar la violencia en las canchas, pero al menos la
transmiten en directo, algunos defensores del gobierno se ofenden porque
los medios le dieron demasiada cobertura a la violación y asesinato de
una menor de edad, por tratarse de “una chica de Palermo”. A estos
mamertos, les tengo una noticia: gran parte de La Cámpora de Capital
Federal también es de Palermo y, por ende, vecinos de la víctima.
Ya no sé bien cuál es la forma
medianamente humana de abordar el tema, dado que todo lo que me
enseñaron debería haberse aplicado hace tiempo, y hoy me da a que son
recetas inabordables. ¿Cómo se le explica a un pibe que debe esforzarse
en el laburo para adquirir lo que desea si la inflación le morfa los
talones y en una tarde de choreo puede juntar la misma guita que a
nosotros nos lleva meses de laburo? ¿Cómo se abordan los delitos contra
la integridad sexual si cualquier medida en su protección es considerada
inhumana? Estaría bueno que alguno de estos millonarios que tenemos por
luminarias del Estado nos lo explique y lo lleven adelante, en vez de
pedirnos que dejemos de quejarnos y propongamos las soluciones. Ya
bastante caros nos salen ¿Encima pretenden que hagamos el trabajo de
ellos? No hace demasiado tiempo, Berni, Secretario de Seguridad y
Guardián de la Galaxia, afirmó que la jurisdicción de la Policía Federal
Argentina es la Ciudad de Buenos Aires. ¿Y, qué hacemos? Mientras
tanto, tenemos que fumarnos a faros de la moralina como Lubertino que,
sin sonrojarse, afirma que falta iluminación en la zona en la que
levantaron a la víctima, como si hiciera falta más luz que la del sol a
las diez de la matina. Al menos Lubertino mantuvo la altura de cuando
pidió que “ante la eventualidad de una violación, hay que pedirle al
atacante que se coloque un preservativo”.
Podría tratarse de un delito raro, de
algo que no debería someterse al análisis ordinario de la inseguridad,
pero lamentablemente, nos toca vivir bajo un gobierno que también es
parte de la ola de inseguridad. Y nadie le puede exigir a quienes violan
sistemáticamente la ley que hagan algo para que esa misma ley se
respete.
Mercoledì. Probablemente no sea un caso más de inseguridad. ¿Pero a qué más nos deberíamos acostumbrar?
La próxima la seguimos con las últimas partes de La Década Cambiada.
