Jesús
en la Montaña enseñó por primera vez el Padre Nuestro. Es la única fórmula de
oración que ha aconsejado Jesús. Una de las oraciones más sencillas del mundo.
La más profunda de cuantas se levantan de las casas de los hombres y de Dios.
Una oración, sin literatura, sin pretensiones teológicas, sin jactancia y sin
servilismo. La más hermosa de todas.
Pero
si el Padre Nuestro es sencillo, no todos lo entienden. La secular repetición,
la mecánica repetición de la lengua y de los labios, la repetición milenaria,
formal, ritual, desatenta, indiferente, ha hecho de él una sarta de sílabas
cuyo sentido primitivo y familiar se ha perdido. Releyéndolo hoy, palabra por
palabra, como un texto nuevo, como si lo tuviéramos por primera vez ante la
vista, pierde su carácter de vulgaridad ritual y reflorece en su primer
significado:
Padre nuestro: Luego hemos
venido de ti y como a hijos nos amas: de ti no recibiremos ningún mal.
Que estás en los Cielos: En lo que
se contrapone a la Tierra, en la esfera opuesta a la Materia, en el Espíritu,
por tanto, y en aquella parte mínima y con todo eterna del reino espiritual,
que es nuestra alma.
Santificado sea el tu nombre. No debemos
adorarte únicamente con las palabras, sino ser dignos de ti, acercarnos a ti,
con amor más fuerte. Porque tú ya no eres el vengador, el Señor de las
Batallas, sino el Padre que enseña la bienaventuranza en la paz.
Venga a nos el tu Reino: El Reino de
los Cielos, el Reino del Espíritu y del Amor, el del Evangelio.
Hágase tu voluntad así en la Tierra como en el
Cielo.
Tu ley de Bondad y de Perfección domine en el Espíritu y en la Materia, en todo
el universo visible e invisible.
El pan nuestro de cada día dánosle hoy. Porque la
materia de nuestro cuerpo, morada del espíritu, tiene todos los días necesidad
de un poco de materia para mantenerse. No te pedimos riquezas, que suelen ser
estorbo pernicioso, sino tan sólo aquello poco que nos permita vivir, para
hacernos más dignos de la vida prometida. No sólo de pan vive el hombre, pero
sin ese pedazo de pan el alma, que vive en el cuerpo, no podría nutrirse de las
demás cosas más preciosas que el pan.
Perdónanos nuestras deudas así como nosotros
perdonamos a nuestros deudores. Perdónanos, pues nosotros perdonamos
a los demás. Tú eres nuestro eterno e infinito acreedor: nunca podremos
pagarte. Pero muévate el que a nosotros, por nuestra naturaleza enferma, nos
cuesta, más condonar una sola deuda a uno solo de nuestros deudores, que a ti
el cancelar todo lo que debemos.
Y
no nos dejes caer en la tentación. Somos débiles, enligados todavía en la carnalidad,
en este mundo que, a veces; nos parece tan bello y nos llama a todas las
molicies de la infelicidad. Ayúdanos para que nuestra mutación no sea demasiado
dificultosa y combatida, y nuestra entrada en el Reino no sufra dilaciones.
Más líbranos del Mal. Tú que
estás en el Cielo, que eres Espíritu y tienes poder sobre el Mal, sobre la
Materia irreductible y hostil que por doquier nos rodea y de la que siempre no
es fácil desarraigarse; tú, adversario de Satanás;
Tú, negación de la Materia, ayúdanos. En esta victoria sobre el Mal — sobre el
Mal que siempre vuelve a retoñar, porque no será de veras vencido sino cuando
todos le hayamos vencido — está nuestra grandeza; pero esa victoria decisiva
será menos lejana si nos socorres con su alianza.
Con
esta petición de ayuda termina el Padre Nuestro. Donde no se advierte la
fastidiosa adulación de las plegarias orientales, adornadas de elogios y de hipérboles
que parecen inventados por un perro que adora a su amo con su alma canina
porque le permite existir y comer. Ni se encuentra la súplica lamentosa,
quejumbrosa, del salmista que implora de Dios todos los socorros, y con más
frecuencia los temporales que los espirituales, y se queja si la cosecha no ha
ido bien, si sus conciudadanos no lo respetan, e invoca plagas y saetas contra
los enemigos, a quienes no sabe vencer por sí solo.
Aquí
el único elogio es la palabra Padre. Una alabanza que es una obligación, un
testimonio de amor. A este Padre no se le pide otro bien temporal que un poco
de pan — dispuestos a ganarlo con el trabajo, porque también el anuncio del Reino
es un trabajo necesario —, y sí pide, además, el mismo perdón que concedemos a
nuestros enemigos; una válida protección, en fin, para combatir el Mal, enemigo
común a todos, opaca muralla que nos impide la entrada en el Reino.
Quien
reza el Padre Nuestro no es orgulloso, mas tampoco se rebaja. Habla a su Padre
con íntimo y plácido acento de la confidencia, casi de igual a igual. Está
seguro de su amor y sabe que el Padre no ha menester de largos discursos para
conocer sus deseos. "Vuestro Padre — advierte Jesús — sabe lo que habéis
menester, antes que lo pidáis". La más bella de todas las oraciones es
también recuerdo cotidiano de lo que nos falta para ser semejantes a Dios.
Nacionalismo Católico San
Juan Bautista