domingo, 18 de agosto de 2013

¡AL MAS GRANDE!

Nuestro Homenaje al Libertador
General Don José de San Martín

Al cum­plirse un nuevo aniver­sa­rio de su fallecimiento
17 de Agosto de 1850–2013

“El Nido de Cóndores”
I
En la negra tinie­bla se des­taca, como un brazo exten­dido hacia el vacío para impo­ner silen­cio a sus rumo­res, un peñasco sombrío.
Blanca venda de nieve lo cir­cunda,
de nieve que gotea
como la negra san­gre de una herida,
abierta en la pelea.
¡Todo es silen­cio en torno! Hasta las nubes
van pasando, calla­das,
como tro­pas de espec­tros, que dis­per­san
las ráfa­gas heladas.
¡Todo es silen­cio en torno! Pero hay algo
en el peñasco mismo,
que se mueve y pal­pita cual si fuera
el cora­zón enfermo del abismo.
Es un nido de cón­do­res, col­gado
de su cue­llo gigante,
que el viento de las cum­bres balan­cea
como un pen­dón flotante.
Es un nido de cón­do­res andi­nos
en cuyo negro seno
pare­cen que fer­men­tan las borras­cas
y que dor­mita el trueno.
Aque­lla negra masa se estre­mece
con inquie­tud extraña:
es que sueña con algo que lo agita
el viejo mora­dor de la montaña.
No sueña con el valle ni la sie­rra,
de encan­ta­do­ras galas:
ni menos con la espuma del torrente
que hume­de­ció sus alas.
No sueña con el pico inac­ce­si­ble
que en la noche se inflama
des­pe­ñando por ris­cos y que­bra­das
sus tém­pa­nos de llama.
No sueña con la nube vola­dora
que pasó en la mañana
arras­trando en los cam­pos del espa­cio
su túnica de grana.
Muchas nubes pasa­ron a su vista;
holló muchos vol­ca­nes;
su plu­maje moja­ron y riza­ron
torren­tes y huracanes.
Es algo más que­rido lo que causa
su agi­ta­ción extraña:
¡Un recuerdo que bulle en la cabeza
del viejo mora­dor de la montaña!
En la tarde ante­rior, cuando vol­vía
ven­ce­dor incle­mente,
tra­yendo los des­po­jos pal­pi­tan­tes
en la garra potente,
Baja­ban dos via­je­ros pre­su­ro­sos
la rápida ladera;
un niño y un anciano de alta talla
y blanca cabellera.
Habla­ban en voz alta, y el anciano
con acento vibrante,
”¡Ven­drá, excla­maba, el héroe pre­di­lecto
de esta cum­bre gigante!”
El cón­dor al oírlo, batió el vuelo;
lanzó ronco graz­nido,
y fue a posar el ala fati­gada
sobre el desierto nido.
Inquieto, tem­blo­roso, como herido
de fúne­bre con­goja,
pasó la noche, y sor­pren­diólo el alba
con su pupila roja.
II
Enjam­bres de recuer­dos pun­za­do­res
pasa­ban en tro­pel por su memo­ria,
recuer­dos de otros tiem­pos de esplen­do­res,
de otros tiem­pos de glo­rias,
en que era breve espa­cio a su ardi­miento
la anchu­rosa región del vago viento.
Blanco el cue­llo y el ala relu­ciente,
iba en pos de la nie­bla fugi­tiva,
dando caza a las nubes en oriente;
o con mirada altiva
en la garra pujante se apo­yaba
cual se apoya un titán sobre su clava.
Una mañana, ¡inol­vi­da­ble día!,
ya iba a sol­tar el vuelo sobe­rano
para sur­car la inmen­si­dad som­bría,
y des­cen­der al llano
a cele­brar con ansia con­vul­siva
su san­griento fes­tín de carne viva.
Cuando sin­tió un rumor nunca escu­chado
en las hon­das gar­gan­tas de occi­dente:
el rumor del torrente desatado,
la cólera rugiente
del vol­cán que, en horri­ble paro­xismo,
se revuelca en el fondo del abismo.
Cho­que de armas y cán­ti­cos de gue­rra
reso­na­ron des­pués. Relin­cho agudo
lanzó el cor­cel de la argen­tina tie­rra
desde el peñasco mudo,
y vibra­ron los béli­cos cla­ri­nes,
del Ande gigan­tesco en los confines.
Cre­cida muche­dum­bre se agol­paba
cual las ondas del mar en sus lin­de­ros;
infan­tes y jine­tes avan­za­ban,
des­nu­dos los ace­ros,
y, ató­nita al sen­tir­los, la mon­taña
bajó la frente y des­ga­rró su entraña.
¿Dónde van? ¿Dónde van? Dios los empuja,
Amor de Patria y liber­tad los guía:
¡Donde más fuerte la tor­menta ruja,
donde la onda bra­vía
más ruda azote el pié­lago pro­fundo,
van a morir o liber­tar un mundo!
III
Pen­sa­tivo, a su frente, cual si fuera
en muda dis­cu­sión con el des­tino,
iba el héroe inmor­tal que en la ribera
del gran río argen­tino,
al león his­pano asió de la melena
y lo arras­tró por la san­grienta arena.
El cón­dor lo miró, voló del Ande
a la cresta más alta, repi­tiendo
con estri­dente grito: “¡Este es el grande!“
Y San Mar­tín oyendo,
cual si fuera el pre­sa­gio de la his­to­ria,
dijo a su vez: “¡Mirad! ¡Esa es mi gloria!
IV
Siem­pre batiendo el ala sil­ba­dora,
cabal­gando en las nubes y en los vien­tos,
lo halló la noche y sor­pren­dió la aurora;
y a sus ron­cos acen­tos,
tem­bló de espanto el espa­ñol sereno
en los umbra­les del hogar ajeno.
Un día… se detuvo; había sen­tido
el estri­bor de la feroz pelea;
viento de tem­pes­tad llevó a su oído
rugi­dos de marea;
y des­cen­dió a la cum­bre de una sie­rra,
la corva garra abierta, en son de guerra.
¡Por­fiada era la lid! Por las lade­ras
baja­ban los biza­rros bata­llo­nes,
y pena­chos, espa­das y cime­ras,
cure­ñas y caño­nes,
como heri­dos de un vér­tigo tre­mendo,
en la cima fatal iban cayendo!
¡Por­fiada era la lid! En la huma­reda
la enseña de los libres ondeaba,
aca­ri­ciada por la brisa leda
que sus plie­gues hin­chaba:
y al fin entre relám­pa­gos de glo­ria
¡Vino a alzarla en sus bra­zos la victoria!
Lanzó el cón­dor un grito de ale­gría,
grito inmenso de júbilo sal­vaje;
y, des­ple­gando en la exten­sión vacía
su vis­toso plu­maje,
fue espar­ciendo por sie­rras y por lla­nos
jiro­nes de estan­dar­tes castellanos.
V
¡Desde enton­ces, jinete del vacío,
cabal­gando en nubla­dos y huracanes
en la cum­bre, en el páramo sombrío,
tras hie­los y volcanes,
fue siguiendo los vívi­dos fulgores
de la ban­dera azul de sus amores!
La vio al borde del mar, que se empinaba
para verla pasar, y que en la lira
del bronce de sus olas entonaba,
como un grito de ira,
¡El himno con que rom­pen las cadenas
de su cár­cel de rocas y de arenas!
La vio en Maipú, en Junín y hasta en aquella
noche de mal­di­ción, noche de duelo,
en que des­a­pa­re­ció como una estrella
tras las nubes del cielo;
¡Y al com­pás de sus lúgu­bres graznidos
fue sem­brando el espanto en los dormidos!
¡Siem­pre tras ella, siem­pre! Hasta que un día
la luz de un nuevo sol alum­bró al mundo;
el sol de liber­tad que aparecía
tras nublado profundo,
¡Y envuelto en su mag­ní­fica vislumbre
tornó sober­bio a la nativa cumbre!
VI
¡Cuán­tos recuer­dos des­pertó el via­jero,
en el calvo señor de la mon­taña!
Por eso se agi­taba entre su nido
con inquie­tud extraña;
y, al beso de la luz del sol naciente,
vol­vió otra vez a sacu­dir las alas
y a per­derse en las nubes del oriente!
¿A dónde va? ¿Qué vér­tigo lo lleva?
¿Qué enga­ñosa ilu­sión nubla sus ojos?
Va a espe­rar del Atlán­tico en la ori­lla,
los sagra­dos des­po­jos
de aquél gran ven­ce­dor de ven­ce­do­res,
a cuyo solo nom­bre se pos­tra­ban
tira­nos y opresores.
Va a posarse en la cresta de una roca,
batida por las ondas y los vien­tos,
¡ALLÁ DONDE SE QUEJA LA RIBERA
CON AMARGO LAMENTO
POR­QUE SIN­TIÓ PASAR PLANTA EXTRAN­JERA
Y NO SIN­TIÓ TRO­NAR EL ESCARMIENTO!
¡Y allá estará! Cuando la nave asome
por­ta­dora del héroe y de la glo­ria.
Cuando el mar pata­gón alce a su paso
los him­nos de vic­to­ria,
vol­verá a salu­darlo, como un día
en la cum­bre del Ande,
para decir al mundo: ¡Éste es el grande!
Autor: Olegario Víctor Andrade