- Por Flavio Infante
Los
exegetas han tropezado desde siempre con este pasaje: los hijos de Dios,
¿designan por ventura a la progenie de Set, mientras que «hijas de los hombres»
se refiere a la estirpe cainita? ¿Y por qué de esa concupiscente cruza, de esa
promiscuidad poligámica, nacerían gigantes? ¿O bien hay que entender este
pasaje como cita implícita de ciertas tradiciones de pueblos próximos a Israel,
que -como luego se reflejaría en la mitología griega- creían en una multitud de
dioses, en la posibilidad de su connubio con humanos, y en el carácter titánico
y depravado de su descendencia?
Para
nuestra proyección antitýpica, los «hijos de Dios» evocan inevitablemente a los
que adquirieron la divina filiación adoptiva, a los cristianos que, luego de
sufrir la Iglesia prolongado asedio y de ver caer sus certezas como por
cansancio, «tomaron para sí» cuantas máximas mundanas y espejismos de doctrinas
más les gustaron. Se trata de la apostasía, de la que brota esa estirpe de
gigantes (o Übermenschen, para usar la célebre pintura nietzscheana) capaces de
pisotear toda ley. San Pablo (II Tes. 2, 8) emplea el término ánomos para
retratar a este cíclope de las postrimerías.
Lo
que ocurrió en la Iglesia después del último concilio ecuménico es una a modo
de mimetización con la marcha de la historia moderna, en la que la hybris de la
ruptura se impuso con tal poder de persuasión que las masas embriagadas están
segurísimas de hallarse en tiempos cualitativamente superiores al vasto y ya
incognoscible pasado que los parió. Así, ocupando el vagón de cola del
vertiginoso y ciego tren de la modernidad, la jerarquía eclesiástica de
nuestros días no oculta su desafección por la doctrina de siempre, ni le
escuece en el ánimo el rechazar abiertamente los modos y la disposición
adorante de los cristianos de dos milenios.
A
imagen de la pandemia que cundió en el orbe de las artes en el último siglo
(sin memoria de lo recorrido ni sospecha de la decantada riqueza resultante),
que las instó a ofrecer ora la música atonal, ora la poesía pura o la pintura
no figurativa, la Iglesia decidió crearse una nueva liturgia y revisar algunas
de sus convicciones más irrenunciables. De resultas de ello, el Cristo que se
predica en la Iglesia a-histórica y amnésica luce forzosamente desustanciado, y
no podría ser de otro modo: un Verbo sin los efectos de su Encarnación, y por
lo tanto inabordable, formulístico y vago; un Cristo para todos (pro omnibus),
como si la redención no se nos diese por gracia sino por necesidad (y, como
para todos, para nadie); un amabilísimo nombre de Jesús tratado no según lo que
suscitara en un san Bernardo, con aquello de mel in ore, in aure melos, in
corde iubilus, ya no: apenas una sonora sortija, un recurso por siempre
aprehensible para las veleidades oratorias de tanto pastor de almas.
Consta
que un desorden tal no puede resultar sino el medio nutricio del hombre
fáustico. De allí la gravedad de la restricción para celebrar la Misa
Tradicional que se impuso a una de las congregaciones religiosas más vigorosas
de la Iglesia, notoria por contraste entre la marea de órdenes caducas. No sólo
se deroga de facto la bula Quo Primum (1570) de san Pío V, que se adelantaba a
cualquier eventual atropello en este terreno, concediendo una suerte de permiso
sempiterno para celebrar la Misa fijada en Trento y remontable a los tiempos
apostólicos; no sólo se pisotea el motu proprio Summorum Pontificum, de
Benedicto XVI, que reivindicaba la liturgia ya penosamente en desuso como
«sagrada para nosotros, porque lo fue para los que nos precedieron»,
facilitando los instrumentos para celebrarla. Lo que late en el fondo de este
lamentable decreto es el avance del positivismo jurídico en el seno mismo de la
Iglesia, por el que -según sabiamente lo señala Roberto De Mattei- «se reduce
el derecho a un mero instrumento en las manos de quien tiene el poder. Según el
positivismo jurídico que penetró en lo íntimo de la Iglesia, es justo aquello
que la autoridad promulga». Éste «invierte los términos y sustituye el
ejercicio de la lex a la legitimidad del ius. En la ley se ve sólo la voluntad del
gobernante y no el reflejo de la ley divina, para la cual Dios es el fundamento
de todos los derechos».
Un
trágico malentendido en torno al concepto de obediencia permite que tales
bravatas tengan cómodo curso, porque se prefiere obedecer a los hombres antes
que a Dios. El fideísmo que se apoderó del corazón de tantos fieles auspicia
una especie de sumisión a los "hechos consumados", identificándolos
sin reservas con la Providencia y la Voluntad divinas. Y la pastoralidad en
boga -léase pragmatismo, que no dudaría en corregir al Señor, haciendo de Marta
«aquella que eligió la mejor parte»-, le sirve en bandeja el gobierno de la
Iglesia a un hombre evidentemente hambriento de poderío, cuya actuación
(promesa de titanismo demoledor, que no de auténtica reforma) todavía está ¡ay!
por verse.
Visto en: http://in-exspectatione.blogspot.com.ar/
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Católico San Juan Bautista
