“¿Qué es lo que se esconde en muchos revolucionarios? Un
orgullo demencial que rechaza los valores humanos más indiscutibles por
la única razón de que esos valores son transmitidos y se los debería
recibir con humildad; y este orgullo está a la par con la impotencia para participarlos; entonces se prefiere destruirlos o corromperlos.
La culminación del mal se alcanza cuando el orgullo, impotente y destructor, se atreve a invocar el Evangelio,
y pretende justificarse por la Revelación divina, y legitimarse en
nombre de la felicidad de los pobres, de la misericordia para los
pecadores, de la universalidad de la Redención, que ,en Cristo, no
conoce ni Judío ni Griego.
Ciertamente, esta doctrina evangélica es la verdad misma, pero si es
despojada de su altura sobrenatural se convierte una mentira
infinitamente mortal y el Evangelio se falsifica totalmente por el
orgullo revolucionario. Bajo cualquier forma que se presente, el orgullo
siempre es horrible, pero el orgullo del impotente que se adorna con el manto evangélico es particularmente espantoso”.
(R.-Th. Calmel O.P., Théologie de l´histoire, Editions Dominique Martin Morin,1984,p.73)
