
‘El
Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús’, repetía con frecuencia el
Santo Cura de Ars. Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer
con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no
sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma. Tengo
presente a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las
palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo
entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así
como con su estilo de vida. ¿Cómo no destacar sus esfuerzos
apostólicos, su servicio infatigable y oculto, su caridad que no excluye
a nadie? Y ¿qué decir de la fidelidad entusiasta de tantos sacerdotes
que, a pesar de las dificultades e incomprensiones, perseveran en su
vocación de ‘amigos de Cristo’, llamados personalmente, elegidos y
enviados por Él? (…)
Pero la
expresión utilizada por el Santo Cura de Ars evoca también la herida
abierta en el Corazón de Cristo y la corona de espinas que lo circunda. Y
así, pienso en las numerosas situaciones de sufrimiento que aquejan a
muchos sacerdotes, porque participan de la experiencia humana del dolor
en sus múltiples manifestaciones o por las incomprensiones de los
destinatarios mismos de su ministerio: ¿Cómo no recordar tantos
sacerdotes ofendidos en su dignidad, obstaculizados en su misión, a
veces incluso perseguidos hasta ofrecer el supremo testimonio de la
sangre?
Sin embargo,
también hay situaciones, nunca bastante deploradas, en las que la
Iglesia misma sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros. En
estos casos, es el mundo el que sufre el escándalo y el abandono. (…)
En este
sentido, la enseñanza y el ejemplo de san Juan María Vianney pueden
ofrecer un punto de referencia significativo. El Cura de Ars era muy
humilde, pero consciente de ser, como sacerdote, un inmenso don para su
gente: ‘Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro
más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de
los dones más preciosos de la misericordia divina’. Hablaba del
sacerdocio como si no fuera posible llegar a percibir toda la grandeza
del don y de la tarea confiados a una criatura humana: ‘¡Oh, qué grande
es el sacerdote! Si se diese cuenta, moriría… Dios le obedece: pronuncia
dos palabras y Nuestro Señor baja del cielo al oír su voz y se encierra
en una pequeña hostia…’. Explicando a sus fieles la importancia de los
sacramentos decía: ‘Si desapareciese el sacramento del Orden, no
tendríamos al Señor. ¿Quién lo ha puesto en el sagrario? El sacerdote.
¿Quién ha recibido vuestra alma apenas nacidos? El sacerdote. ¿Quién la
nutre para que pueda terminar su peregrinación? El sacerdote. ¿Quién la
preparará para comparecer ante Dios, lavándola por última vez en la
sangre de Jesucristo? El sacerdote, siempre el sacerdote. Y si esta alma
llegase a morir [a causa del pecado], ¿quién la resucitará y le dará el
descanso y la paz? También el sacerdote… ¡Después de Dios, el sacerdote
lo es todo!... Él mismo sólo lo entenderá en el cielo’. Estas
afirmaciones, nacidas del corazón sacerdotal del santo párroco, pueden
parecer exageradas. Sin embargo, revelan la altísima consideración en
que tenía el sacramento del sacerdocio. Parecía sobrecogido por un
inmenso sentido de la responsabilidad: ‘Si comprendiéramos bien lo que
representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos: no de pavor, sino
de amor… Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no
servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre
la tierra… ¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no hubiera
nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los
tesoros del cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del
buen Dios; el administrador de sus bienes… Dejad una parroquia veinte
años sin sacerdote y adorarán a las bestias… El sacerdote no es
sacerdote para sí mismo, sino para vosotros’.
Llegó a Ars,
una pequeña aldea de 230 habitantes, advertido por el Obispo sobre la
precaria situación religiosa: ‘No hay mucho amor de Dios en esa
parroquia; usted lo pondrá’. Bien sabía él que tendría que encarnar la
presencia de Cristo dando testimonio de la ternura de la salvación:
‘Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia; acepto sufrir todo
lo que quieras durante toda mi vida’. Con esta oración comenzó su
misión. El Santo Cura de Ars se dedicó a la conversión de su parroquia
con todas sus fuerzas, insistiendo por encima de todo en la formación
cristiana del pueblo que le había sido confiado.
Queridos
hermanos en el Sacerdocio, pidamos al Señor Jesús la gracia de aprender
también nosotros el método pastoral de san Juan María Vianney. En primer
lugar, su total identificación con el propio ministerio. En Jesús,
Persona y Misión tienden a coincidir: toda su obra salvífica era y es
expresión de su ‘Yo filial’, que está ante el Padre, desde toda la
eternidad, en actitud de amorosa sumisión a su voluntad. De modo análogo
y con toda humildad, también el sacerdote debe aspirar a esta
identificación. Aunque no se puede olvidar que la eficacia sustancial
del ministerio no depende de la santidad del ministro, tampoco se puede
dejar de lado la extraordinaria fecundidad que se deriva de la
confluencia de la santidad objetiva del ministerio con la subjetiva del
ministro. El Cura de Ars emprendió en seguida esta humilde y paciente
tarea de armonizar su vida como ministro con la santidad del ministerio
confiado, ‘viviendo’ incluso materialmente en su Iglesia parroquial: ‘En
cuanto llegó, consideró la Iglesia como su casa… Entraba en la Iglesia
antes de la aurora y no salía hasta después del Ángelus de la tarde. Si
alguno tenía necesidad de él, allí lo podía encontrar’, se lee en su
primera biografía.
(…) el
Santo Cura de Ars también supo ‘hacerse presente’ en todo el territorio
de su parroquia: visitaba sistemáticamente a los enfermos y a las
familias; organizaba misiones populares y fiestas patronales; recogía y
administraba dinero para sus obras de caridad y para las misiones;
adornaba la iglesia y la dotaba de paramentos sacerdotales; se ocupaba
de las niñas huérfanas de la ‘Providence’ (un Instituto que fundó) y de
sus formadoras; se interesaba por la educación de los niños; fundaba
hermandades y llamaba a los laicos a colaborar con él.
Su ejemplo
me lleva a poner de relieve los ámbitos de colaboración en los que se
debe dar cada vez más cabida a los laicos, con los que los presbíteros
forman un único pueblo sacerdotal y entre los cuales, en virtud del
sacerdocio ministerial, están puestos ‘para llevar a todos a la unidad
del amor: “amándose mutuamente con amor fraterno, rivalizando en la
estima mutua” (Rm 12, 10)’. (…)
El Santo
Cura de Ars enseñaba a sus parroquianos sobre todo con el testimonio de
su vida. De su ejemplo aprendían los fieles a orar, acudiendo con gusto
al sagrario para hacer una visita a Jesús Eucaristía. ‘No hay necesidad
de hablar mucho para orar bien’, les enseñaba el Cura de Ars. ‘Sabemos
que Jesús está allí, en el sagrario: abrámosle nuestro corazón,
alegrémonos de su presencia. Ésta es la mejor oración’. Y les persuadía:
‘Venid a comulgar, hijos míos, venid donde Jesús. Venid a vivir de Él
para poder vivir con Él…’. ‘Es verdad que no sois dignos, pero lo
necesitáis’. Dicha educación de los fieles en la presencia eucarística y
en la comunión era particularmente eficaz cuando lo veían celebrar el
Santo Sacrificio de la Misa. Los que asistían decían que ‘no se podía
encontrar una figura que expresase mejor la adoración… Contemplaba la
hostia con amor’. Les decía: ‘Todas las buenas obras juntas no son
comparables al Sacrificio de la Misa, porque son obras de hombres,
mientras la Santa Misa es obra de Dios’. Estaba convencido de que todo
el fervor en la vida de un sacerdote dependía de la Misa: ‘La causa de
la relajación del sacerdote es que descuida la Misa. Dios mío, ¡qué pena
el sacerdote que celebra como si estuviese haciendo algo ordinario!’.
Siempre que celebraba, tenía la costumbre de ofrecer también la propia
vida como sacrificio: ‘¡Cómo aprovecha a un sacerdote ofrecerse a Dios
en sacrificio todas las mañanas!’.
Esta
identificación personal con el Sacrificio de la Cruz lo llevaba –con una
sola moción interior– del altar al confesonario. Los sacerdotes no
deberían resignarse nunca a ver vacíos sus confesonarios ni limitarse a
constatar la indiferencia de los fieles hacia este sacramento. En
Francia, en tiempos del Santo Cura de Ars, la confesión no era ni más
fácil ni más frecuente que en nuestros días, pues el vendaval
revolucionario había arrasado desde hacía tiempo la práctica religiosa.
Pero él intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos
persuasivos, que sus parroquianos redescubriesen el significado y la
belleza de la Penitencia sacramental, mostrándola como una íntima
exigencia de la presencia eucarística. Supo iniciar así un ‘círculo
virtuoso’. Con su prolongado estar ante el sagrario en la Iglesia,
consiguió que los fieles comenzasen a imitarlo, yendo a visitar a Jesús,
seguros de que allí encontrarían también a su párroco, disponible para
escucharlos y perdonarlos. Al final, una muchedumbre cada vez mayor de
penitentes, provenientes de toda Francia, lo retenía en el confesonario
hasta 16 horas al día. Se comentaba que Ars se había convertido en ‘el
gran hospital de las almas’. Su primer biógrafo afirma: ‘La gracia que
conseguía [para que los pecadores se convirtiesen] era tan abundante que
salía en su búsqueda sin dejarles un momento de tregua’. En este mismo
sentido, el Santo Cura de Ars decía: ‘No es el pecador el que vuelve a
Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo quien va tras el pecador y lo
hace volver a Él’. ‘Este buen Salvador está tan lleno de amor que nos
busca por todas partes.’
Todos los
sacerdotes hemos de considerar como dirigidas personalmente a nosotros
aquellas palabras que él ponía en boca de Jesús: ‘Encargaré a mis
ministros que anuncien a los pecadores que estoy siempre dispuesto a
recibirlos, que mi misericordia es infinita’. Los sacerdotes podemos
aprender del Santo Cura de Ars no sólo una confianza infinita en el
sacramento de la Penitencia, que nos impulse a ponerlo en el centro de
nuestras preocupaciones pastorales, sino también el método del ‘diálogo
de salvación’ que en él se debe entablar. El Cura de Ars se comportaba
de manera diferente con cada penitente. Quien se acercaba a su
confesonario con una necesidad profunda y humilde del perdón de Dios,
encontraba en él palabras de ánimo para sumergirse en el ‘torrente de la
divina misericordia’ que arrastra todo con su fuerza. (…)
Provocaba el
arrepentimiento en el corazón de los tibios, obligándoles a ver con sus
propios ojos el sufrimiento de Dios por los pecados como ‘encarnado’ en
el rostro del sacerdote que los confesaba. Si alguno manifestaba deseos
y actitudes de una vida espiritual más profunda, le mostraba
abiertamente las profundidades del amor, explicándole la inefable
belleza de vivir unidos a Dios y estar en su presencia: ‘Todo bajo los
ojos de Dios, todo con Dios, todo para agradar a Dios… ¡Qué maravilla!’.
Y les enseñaba a orar: ‘Dios mío, concédeme la gracia de amarte tanto
cuanto yo sea capaz’.
El Cura de
Ars consiguió en su tiempo cambiar el corazón y la vida de muchas
personas, porque fue capaz de hacerles sentir el amor misericordioso del
Señor. Urge también en nuestro tiempo un anuncio y un testimonio
similar de la verdad del Amor: Deus caritas est (1 Jn 4, 8). (…)
Dominaba su
cuerpo con vigilias y ayunos para evitar que opusiera resistencia a su
alma sacerdotal. Y se mortificaba voluntariamente en favor de las almas
que le habían sido confiadas y para unirse a la expiación de tantos
pecados oídos en confesión. (…)
Más allá
de las penitencias concretas que el Cura de Ars hacía, el núcleo de su
enseñanza sigue siendo en cualquier caso válido para todos: las almas
cuestan la sangre de Cristo y el sacerdote no puede dedicarse a su
salvación sin participar personalmente en el ‘alto precio’ de la
redención.
En la
actualidad, como en los tiempos difíciles del Cura de Ars, es preciso
que los sacerdotes, con su vida y obras, se distingan por un vigoroso
testimonio evangélico. Pablo VI ha observado oportunamente: ‘El hombre
contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que
enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio’.
Para que no nos quedemos existencialmente vacíos, comprometiendo con
ello la eficacia de nuestro ministerio, debemos preguntarnos
constantemente: ‘¿Estamos realmente impregnados por la palabra de Dios?
¿Es ella en verdad el alimento del que vivimos, más que lo que pueda ser
el pan y las cosas de este mundo? ¿La conocemos verdaderamente? ¿La
amamos? ¿Nos ocupamos interiormente de esta palabra hasta el punto de
que realmente deja una impronta en nuestra vida y forma nuestro
pensamiento?’. Así como Jesús llamó a los Doce para que estuvieran con
Él (cf. Mc 3, 14), y sólo después los mandó a predicar, también en
nuestros días los sacerdotes están llamados a asimilar el ‘nuevo estilo
de vida’ que el Señor Jesús inauguró y que los Apóstoles hicieron suyo.
La
identificación sin reservas con este ‘nuevo estilo de vida’ caracterizó
la dedicación al ministerio del Cura de Ars. (…) El Cura de Ars supo
vivir los “consejos evangélicos” de acuerdo a su condición de
presbítero. En efecto, su pobreza no fue la de un religioso o un monje,
sino la que se pide a un sacerdote: a pesar de manejar mucho dinero (ya
que los peregrinos más pudientes se interesaban por sus obras de
caridad), era consciente de que todo era para su iglesia, sus pobres,
sus huérfanos, sus niñas de la ‘Providence’, sus familias más
necesitadas. Por eso ‘era rico para dar a los otros y era muy pobre para
sí mismo’. Y explicaba: ‘Mi secreto es simple: dar todo y no conservar
nada’. Cuando se encontraba con las manos vacías, decía contento a los
pobres que le pedían: ‘Hoy soy pobre como vosotros, soy uno de
vosotros’. (…)
En el
contexto de la espiritualidad apoyada en la práctica de los consejos
evangélicos, me complace invitar particularmente a los sacerdotes, en
este Año dedicado a ellos, a percibir la nueva primavera que el Espíritu
está suscitando en nuestros días en la Iglesia, a la que los
Movimientos eclesiales y las nuevas Comunidades han contribuido
positivamente. ‘El Espíritu es multiforme en sus dones… Él sopla donde
quiere. Lo hace de modo inesperado, en lugares inesperados y en formas
nunca antes imaginadas… Él quiere vuestra multiformidad y os quiere para
el único Cuerpo’. A este propósito vale la indicación del Decreto
‘Presbyterorum ordinis’: ‘Examinando los espíritus para ver si son de
Dios, [los presbíteros] han de descubrir mediante el sentido de la fe
los múltiples carismas de los laicos, tanto los humildes como los más
altos, reconocerlos con alegría y fomentarlos con empeño’. Dichos dones,
que llevan a muchos a una vida espiritual más elevada, pueden hacer
bien no sólo a los fieles laicos sino también a los ministros mismos. La
comunión entre ministros ordenados y carismas ‘puede impulsar un
renovado compromiso de la Iglesia en el anuncio y en el testimonio del
Evangelio de la esperanza y de la caridad en todos los rincones del
mundo’. (…)
Con su
ferviente vida de oración y su apasionado amor a Jesús crucificado, Juan
María Vianney alimentó su entrega cotidiana sin reservas a Dios y a la
Iglesia. Que su ejemplo fomente en los sacerdotes el testimonio de
unidad con el Obispo, entre ellos y con los laicos, tan necesario hoy
como siempre. A pesar del mal que hay en el mundo, conservan siempre su
actualidad las palabras de Cristo a sus discípulos en el Cenáculo: ‘En
el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’ (Jn
16, 33). La fe en el Maestro divino nos da la fuerza para mirar con
confianza el futuro. Queridos sacerdotes, Cristo cuenta con vosotros. A
ejemplo del Santo Cura de Ars, dejaos conquistar por Él y seréis también
vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, reconciliación y
paz.
Con mi bendición.
S.S. Benedicto XVI, 16 de junio de 2009
