Sólo la voluntad de poder es mala, pero el poder en sí mismo siempre es bueno.
Carl Schmitt, glosando a San Gregorio Magno
A principios del siglo XX, el filósofo del derecho y politólogo
alemán Carl Schmitt, en su obra capital, “Teología política”, afirmó que
el poder no se basa en la ley, sino en la decisión (la voluntad)
autónoma del gobernante pues, adujo, quien tiene poder para hacer
cumplir la ley, lo tiene también para incumplirla según su voluntad. De
ahí al despotismo hay un solo paso, que dieron en adelante no solo
Hitler (Schmitt ocupó importantes cargos de asesoramiento durante los
tres primeros años de gobierno nazi), Stalin y Ben Gurion, sino también
muchos otros.
En la década de 1950, en EE. UU. se acunó la perversa doctrina del
“shock” o del terror como arma de gobierno y sometimiento. La doctrina
del terror, unida a las enseñanzas (o descubrimientos) de Schmitt, forma
un cóctel explosivo que, lleva a los seres humanos a obedecer
“naturalmente” los caprichos de un déspota como si fuera la ley
legítima. Es más: adaptan su mente para estar atentos a esos caprichos,
porque ellos, con su enorme carga de imprevisibilidad, son la única ley
vigente, la esperable aunque desconocida…
Schmitt, en otra de sus obras (“Diálogo sobre el poder y el acceso al
poderoso”, reeditada por el Fondo de Cultura Económica en 2010) lo
explica detalladamente: a esa situación se llega porque el ser humano es
naturalmente inseguro, y temeroso de la inseguridad. Ante ella,
necesita protección. La inseguridad del hombre y su protección, concluye
Schmitt, es la base de la política. El secreto del poder es que quien
lo ejerce ofrece protección a su súbdito ante dicha inseguridad, y
mientras le garantice la seguridad lo tendrá a su disposición. Por
ello, Schmitt afirma en este segundo libro:
“Quien no tiene poder para proteger a alguien, tampoco tiene derecho a exigirle obediencia” (pág. 21).
“Tener poder significa, sobre todo, tener la posibilidad de definir si un hombre es bueno o malo. Es parte de su poder” (pág. 40).
De ahí que el capricho del poderoso que ofrece seguridad a sus
gobernados pase a ser la ley vigente, la que se obedece porque da
seguridad. Si se cumple con el capricho oficial, se estará cumpliendo
“la ley” y se gozará de la protección del poderoso.
¿No es eso, acaso, lo que sucede hoy con los empresarios argentinos?
¿No son los imprevisibles caprichos de la dupla Cristina
Kirchner-Guillermo Moreno la única ley vigente que deben respetar?
Es necesario aclarar que Schmitt completa su pensamiento una página más adelante, cuando cita a San Gregorio Magno:
Dios es el poder supremo y el ser supremo. Todo poder procede de Él (Nota mía: es ya sabido que ello no quita que pase de Dios al pueblo, y de éste al gobernante) y en su esencia es y se mantiene divino y bueno.
Y Schmitt concluye:
Sólo la voluntad de poder es mala, pero el poder en sí mismo siempre es bueno.
De Schmitt a Laclau, y de Laclau a los Kirchner
Dicen que los Kirchner siguen las ideas de los eurocomunistas, o
neo-eurocomunistas (verdaderas viudas de Marx) Ernesto Laclau y Chantal
Mouffe. Y tanto el argentino Laclau, como la francesa Mouffe, en sus
libros confiesan admiración por la mencionada teoría sobre el poder de
Carl Schmitt. Un ejemplo más de que los extremos se tocan…
Dicen también que los Kirchner leyeron a Laclau y Mouffe. No creo que
leyeran a Schmitt, pero siguen sus enseñanzas sobre los caprichos del
poderoso.
La peor faceta de nuestra situación nacional es que cumpliendo el
capricho presidencial de hoy, sólo se puede estar seguro… hoy. Mañana,
el capricho puede ser diametralmente opuesto y el favorito de ayer
pasará a ser un condenado a la inseguridad total.
Esa nueva “inseguridad kirchnerista” no sólo aqueja a los
empresarios, como digo más arriba, sino también a los políticos del PJ
(el sanjuanino Gioja, luego de haber sido uno de los favoritos de la
casa real, pasó a un virtual ostracismo por no haber satisfecho un
capricho presidencial), a los piqueteros (el caso arquetípico es el de
Luis D’Elia, quien ya no oculta la tensa situación), a los gremialistas
(Hugo Moyano lo sabe) y aún a los kirchnerista de la pingüinera (el ex
senador Nicolás Fernández aún lleva en su frente la ceniza de los
penitentes). También afecta a los sufrientes deudos de las 51 víctimas
mortales (a los 703 heridos) del accidente ferroviario de la estación
Once: el capricho de Cristina les ha impedido escuchar la voz de la
presidenta (aunque sea para expresar sus condolencias ante tal
desgracia) y verle la cara en esta hora de dolor injusto.
A su vez, el capricho de la presidenta puede obrar en dirección
opuesta, y mantener en el escenario a los impresentables: Hebe de
Bonafini y Amado Boudou son dos casos de libro en la categoría de
“incombustibles presidenciales”.
Ni Carl Schmitt, ni Laclau y Mouffe, se animarían a mantener
caprichosamente en la vicepresidencia de la Nación a Boudou, sin
siquiera exigirle que pida licencia hasta que el escándalo de la ex
Ciccone se aclare.
En la Argentina kirchnerista, le hemos enmendado la plana a Carl
Schmitt: el poder, hoy, no es la voluntad de la gobernante, sino sus
incomprensibles caprichos.
