P. JUAN CARLOS CERIANI:
Celebramos y festejamos el día de nuestro nacimiento como un día de alegría.
Es
costumbre de familia alegrarse con el nacimiento de un niño; y mucho
más si es el primero de los hijos. ¡Qué felicitaciones! ¡Qué
enhorabuenas no reciben sus padres!…
Y, sin embargo, ¡cuántas veces deberíamos llorar! ¡Cuántas veces deberíamos dar un pésame mejor que una felicitación!
Preguntemos
ante la cuna de un niño recién nacido, ¿qué porvenir le espera? Y a
todo lo dulce y agradable debemos contestar con duda e incertidumbre… No
lo sabemos… Sólo podemos asegurar que tendrá que sufrir, y esto
ciertamente.
Nadie
le enseña a llorar…, es lo único que aprende sin maestros, y esas
lágrimas ya no se secarán más en sus ojos y en su corazón.
¿Y
en el orden espiritual? Lo mismo. Tampoco hay razón para enhorabuenas y
felicidades. Apenas comienza a vivir y ya es esclavo del demonio…,
manchado de pecado, privado del Cielo.
Por
gracia de Dios, recibirá el Santo Bautismo, y con él la gracia, pero…
¿cuánto le durará? Bien se puede asegurar que cuanto le dure su
inconsciencia; apenas tiene uso de razón y ya comienza a pecar.
¿Cómo se conoce que ya tiene uso de razón? En la gran mayoría de los casos, en que, precisamente, ya tiene malicia para pecar.
¡Qué
pena! Pero es así. Bien pensado, pues, no hay nada más triste que el
nacimiento de un niño. El dolor, las lágrimas, la incertidumbre, el
pecado, la concupiscencia…, rodean su cuna…
¿Dónde está el motivo para alegrarnos?
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¿Cómo
obra la Santa Iglesia? De modo completamente distinto. Nunca, salvo
tres excepciones, celebra el nacimiento de sus hijos como el mundo; en
cambio, cuando el mundo se viste de luto, Ella se alegra en el día de su
muerte.
En efecto, en todos los Santos conmemora el día de su muerte y le llama el nacimiento para el Cielo y establece en ese mismo día su fiesta. En cambio, pasa en silencio el día en que nació para este mundo.
Tenemos,
pues, principios diametralmente opuestos. El mundo considera las cosas
con ojos terrenos y celebra el comienzo de esta vida; la Iglesia atiende
sobre todo a la vida celestial y no le importa el nacimiento para la
tierra, sino para el Cielo.
¿Quién tiene razón? Hemos de convencernos de que el punto de vista de la Iglesia es el verdadero.
El día en que se nace, es día en que comienza el dolor, la enfermedad y la muerte. Nacemos condenados a padecer y a morir.
El
día de la muerte, si se muere en gracia de Dios, da principio a la vida
verdadera que no tendrá ya muerte, ni dolores, ni sufrimientos, sino
una eternidad dichosa, feliz y bienaventurada.
Esta es la vida. El nacimiento para esta vida eterna bienaventurada es el único digno de ser celebrado.
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Esa
es la regla general. Pero, dijimos, tiene tres excepciones. La Iglesia
misma así lo reconoce; Ella, que nunca celebra el nacimiento terreno de
sus hijos, tiene momentos en que se viste de alegría, se transforma y
manifiesta en grandes efusiones de ternura y contento inmenso, que no
puede reprimir, y establece fiestas especiales para celebrar tres
nacimientos: el de Nuestro Señor, el de San Juan Bautista, y el que hoy
celebramos: ¡el nacimiento de la Santísima Virgen María!, la mujer
predestinada para ser la Madre de Dios.
Un
día como hoy apareció sobre la tierra con su alma santa e inmaculada,
con la misma pureza y santidad con que salió de las manos de Dios…; y su
vida terrena es vida de gracia…; no es una vida celestial, sino
verdaderamente divina.
Por eso la Iglesia lo celebra y a todos nos invita a celebrarla con estas palabras: Con
alegría grande celebramos la Natividad de la Santísima Virgen María,
pues su nacimiento ha llenado de gozo el universo mundo.
Alégrate,
pues, cristiano, y corre a felicitar a tu Madre querida; la única que
merece ser felicitada en su nacimiento, la única que trae con su vida
terrena el germen de la vida de la gracia para sí y para todos los
demás.
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La
Natividad de la Santísima Virgen constituye un motivo de alegría
universal, para la tierra y para el Cielo. En su nacimiento se alegran
Dios, los Ángeles, los Santos y la Iglesia toda.
Gozo de Dios.
La Inmaculada es la obra maestra de sus manos. Al ver el Señor las
cosas que había creado, le parecieron muy buenas y se gozó en ellas.
¡Cómo, pues, se gozaría al ver a María!
Recordemos
cómo el hombre pecó y con su pecado toda la creación y el plan de Dios
se trastornaron. Ya no podía el Señor mirar con gusto la tierra; no
tenía donde posar sus ojos. Por todas partes se había extendido el reino
del pecado… Pero aparece María y todo cambia.
Después
de cuatro mil años vuelve Dios a ver hermosa la creación, la tierra,
los hombres; ya no se aparta su vista de ellos con repugnancia. Otra vez
ve su imagen perfecta y pura; en María y por María contempla restaurada
esa imagen en los demás.
¡Qué gozo el de Dios al ver a María en su nacimiento! ¡Qué alegría al contemplarla tan pura, tan santa, tan llena de gracia!
El Padre Eterno se goza con el nacimiento de su Hija predilecta.
El
Hijo, al ver ya en la tierra a la que daría el nombre dulcísimo de
Madre, ¡cómo la miraría y la contemplaría y se gozaría en Ella!
El
Espíritu Santo, que tanto empeño tuvo en que esta Niña tuviera más
gracia, hermosura, pureza y santidad que todos los demás Santos juntos,
¡con qué cariño y amor inmenso fue colocando una por una todas las
virtudes en el Corazón de su Esposa Inmaculada!
Gozo de los Ángeles.
Después de Dios y juntamente con Él, se alegraron los Ángeles. Ha
nacido su Reina y Señora; la que, después de la divinidad, constituirá
el espectáculo más bello del Cielo.
Comparan a esa Niña con todas las bellezas del Cielo, y reconocen que después de Dios ninguna puede equipararse con Ella.
Traen
ahora a la memoria aquella rebelión de Lucifer…, porque Dios les hizo
ver que un día tendrían que adorar a su Hijo hecho hombre… Reconocen
como Reina suya a la Madre de ese Hijo; y consideran que la soberbia de
Lucifer creyó verse humillada ante esa Mujer, y no quiso admitir esa
prueba y lanzó el grito de rebelión que arrastró a tantos ángeles al
infierno…
Veamos,
pues, al demonio lleno de rabia y desesperación, ya que al ver a María
no tiene más remedio que confesar que es incomparablemente más hermosa
que él, y, por tanto, la falta de razón que tuvo al rebelarse de aquel
modo.
Miremos
a los Ángeles buenos gozándose ahora más que-nunca de haber sido fieles
a Dios, pues en premio no reciben ninguna humillación, sino que es para
ellos una gloria tener a María por Reina.
Gozosos
e impacientes, no pudiendo contener su entusiasmo, bajan en legiones
inmensas a la cuna de María queriendo ser todos los primeros en
venerarla y ofrecerle sus homenajes.
En
cambio, la serpiente infernal lanza aullidos de rabia al sentir sobre
su cabeza el peso de un pie delicado que la aplasta; y eternamente
tendrá que sentir este quebrantamiento de su cabeza que tanto le
humilla… ¡Qué vergüenza! ¡Qué humillación!
Gozo de los Santos en el Limbo.
¡Pobres almas las que estaban encerradas en aquel destierro del Seno de
Abraham! A pesar de ser almas justas y santas, no podían gozar de la
gloria del Cielo.
Eran
las almas de los grandes Patriarcas, Profetas y personas excelsas del
Antiguo Testamento. Siglos y siglos pasaron y el día de la libertad no
llegaba nunca. ¡Qué largas se hacen las horas, qué eternos los días
cuando se espera con anhelo una cosa que no acaba de llegar! ¡Cuál
sería, pues, el ansia de aquellas almas!
Pues
bien, contemplémoslas en el día de hoy cuando el Señor les comunica que
ya llegó a la tierra la Virgen predestinada…, que ya nació la Madre del
Mesías prometido y profetizado…, que ya vivía la Reina que, con su
Hijo, habría de darles la libertad…
¿Quién
podrá explicar aquel gozo y los cantos de agradecimiento que entonarían
al Señor, al mismo tiempo que de alabanza y bienvenida a la Santísima
Virgen?
Ahora
sí que iban a contar las horas… ¡Poco tiempo más de prisión y, en
seguida, la libertad eterna!…; esa libertad traída por una Niña
encantadora que acababa de nacer.
Debemos
entusiasmarnos al ver este gozo tan grande en Dios, en los Ángeles y en
los Justos. Debemos unirnos a ellos para cantar alabanzas ante la cuna
hermosísima de María.
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Si es grande la alegría de Dios y de los Ángeles en el Nacimiento de María, no debe ser menos la nuestra,
pues al fin es a nosotros a quien más de cerca toca la Santísima
Virgen, por ser de nuestra naturaleza misma y por ser nosotros los que
más hemos de participar en los beneficios de su dichoso nacimiento.
Alegría nuestra. El nacimiento de la Santísima Virgen es el fin de la triste noche…, noche de siglos en que yacía sepultada la humanidad…
Isaías
decía que estaba en sombras de muerte, pues tan triste era esa noche
del pecado, que no hay nada con qué compararla que con las tinieblas
negras y terribles de la muerte.
En
medio de esa noche brillaban como estrellas las almas buenas con
resplandores de santidad. Pero toda esa luz reunida no era nada, era
insuficiente para disipar las tinieblas.
Pero,
en medio de esa oscuridad, vemos la luz de la alborada, que se extiende
cada vez más y aumenta su claridad y su luz. Entonces sí que se palpita
la alegría y el gozo que consigo lleva la aparición de la luz y del
sol.
Así
apareció María en medio de aquellas tinieblas de muerte, como la aurora
de Dios, como la dulce alborada tras de la cual vendría en seguida la
luz del sol divino a alumbrar a toda la tierra.
Tu alegría.
Y tú, en particular, alma cristiana, ¿no has de participar de esta
alegría? Lo que sucedió en el mundo, ¿no se repite en el corazón de
todos y cada uno de los hombres? ¿No lo sientes tú en el tuyo? ¿No ves
esas noches de pecado, esas sombras de muerte inundando tu corazón? Y
¿no ves la luz, la única luz que puede iluminarte, que puede guiarte,
que es Cristo, y que te viene por medio de María? ¿No sientes cómo es
Ella la aurora de tu vida?
¿Cómo no alegrarte en este nacimiento tan glorioso y tan benéfico para tu alma?
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A Jesús siempre precede María. Este nacimiento nos recuerda esta dulcísima verdad, de que María ha de ir siempre antes de Jesús.
Dios
quiso que en la naturaleza no naciera el sol de repente, sino que le
precediera la hermosa claridad del alba; lo mismo ha querido en el orden
de la gracia. No quiso que apareciera en el mundo el Verbo hecho carne
sin que viniera antes como espléndida aurora la Niña Reina de los
Ángeles, concebida sin mancha.
No
quiere que salga y luzca el sol de Justicia, Cristo Jesús, sin que
antes nazca en las almas espiritualmente la Madre de la Gracia.
No quiere, en fin, establecer su Reino en este mundo sin que antes tenga su trono en él María.
María es, por tanto, siempre la aurora de Jesús.
No nos empeñemos en conocer y amar a Jesús sin estudiar bien a fondo y amar con cariño filial a María.
Hagamos
todo por María, con María, en María y para María, para dar gusto a
Jesús… Será esta la mejor manera de festejar el Nacimiento de Nuestra
Señora.
