jueves, 3 de octubre de 2013

LA DEFENSA DE LA PATRIA EN EL NACIONALISMO CATOLICO

– Por Jordan B. Genta

 
La Nación es normalmente el medio natural donde se levanta y se constituye una soberanía política; donde los hombres alcanzan la suficiencia de la vida temporal en el Bien Común; donde despliegan su temporalidad trascendente y participan en una empresa de destino histórico. La Nación que es la Patria vista en la continuidad de las generaciones comprometidas en una responsabilidad común, viene después de Dios en la jerarquía de los valores y en el amor de los hombres arraigados en una misma tierra histórica.
  Cuando la Nación está enferma, declinante, sometida, entregada; cuando está en peligro de sucumbir, la reacción nacionalista es un deber perentorio e inexcusable. Su finalidad es restablecer a la Nación refirmándola en los principios que le dieron el ser; recuperar el Señorío sobre todo lo propio y devolverla al imperio de la virtud, del bienestar y de la grandeza.
  He aquí el significado real y la verdadera justificación del Nacionalismo. No hay otra política admisible en la hora del peligro nacional. Es la creación espontanea del amor a la Patria y de la vergüenza; se traduce en una política de la Verdad, del Sacrificio y de la Jerarquía.
La Verdad exige el lenguaje de la definición; le repugna la adulación y la demagogia.
El Sacrificio que es el amor en su extremo, exige dar la vida para hacer la Verdad.
La Jerarquía, “esa escala de nobles designios” exige restablecer el orden de la Verdad en las almas y en las instituciones.
  El Nacionalismo se corrompe y se extravía cuando sufre la influencia de las ideologías que propagan los enemigos y renegados del género humano: los señores del dinero y los empresarios de la Subversión Comunista…
  La educación pública en todos sus grados y la propaganda masiva de los medios de difusión van conformando la mentalidad de la población según las ideologías en boga. Las gentes vulgares e ilustradas se habitúan a discutir sobre lo que acontece en el ámbito social y político, por medio de esquemas mentales, arbitrarios y artificiosos, sectarios y tendenciosos. El discurso desarraigado de la esencia y del fin objetivos, no procede según la identidad, sino según una lógica de la apariencia, dialéctica y contradictoria. En la actualidad, lo mismo en la calle que en nuestros ambientes universitarios y hasta en la Iglesia de Cristo prevalece esa mentalidad ideológica. No se argumenta con ideas reales y verdaderas donde transparece la esencia y el fin de lo que existe, sino con esquemas mentales prefabricados o seudoconceptos que no son más que mitificaciones ideológicas…
  La infiltración de las mismas ideologías en la Iglesia de Cristo, a través del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, también la compromete en la Guerra y en los objetivos del Comunismo ateo, un Poder Mundial que impulsa, dirige y absorbe toda forma de protesta o de rebelión que se deja contaminar por la ideología marxista- leninista...
  Sin la Fe de Cristo y sin el reconocimiento de que existe la Divina Providencia, el Nacionalismo sucumbe ante las corrientes de la Historia y colabora con la Subversión marxista.
  Si queremos liberar a la Patria en Cristo y nuestra política es el Nacionalismo Cristiano, debemos comenzar por nuestra libertad interior, renovando los afectos, bienes y poderes en Cristo Crucificado.
  Desprendidos del propio yo y de todo lo que poseemos, amaremos la Patria y al prójimo con un amor trascendente, despojados de todo carácter posesivo y que no busca nada suyo. Amaremos como Cristo nos amó, con una disponibilidad sin reservas para el servicio y con un espíritu de sacrificio que todo lo da sin esperar nada.
  Tan solo así, investidos por las fuerzas de Dios, potenciados por la Gracia de las virtudes y dones sobrenaturales, venceremos al mundo como lo venció Cristo. No tendremos en cuenta el éxito, sino el testimonio de la Verdad y el ejemplo de los hacedores de la Verdad.
JORDAN BRUNO GENTA – “El Nacionalismo Argentino” Ed.Cultura Argentina S.A. 1972

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