Lepanto, tumba del poder otomano
Ntra. Señora del Rosario, Auxilum Christianorum
"Hijos, a morir hemos venido, o a vencer si el cielo lo dispone. No
deis ocasión para que el enemigo os pregunte con arrogancia impía ¿Dónde
está vuestro Dios? Pelead en su santo nombre, porque muertos o
victoriosos, habréis de alcanzar la inmortalidad".
Don Juan de Austria, el último cruzado.
En el año 1570 el imparable avance del poder
musulmán, encarnado en Imperio Otomano, puso sitio a la ciudad de
Famagusta, última plaza cristiana de la isla de Chipre. Durante 10 meses
4.000 soldados venecianos y 3000 civiles, al mando del gran Marco
Antonio Bragadino, resistieron el sitio de 120.000 turcos poderosamente
equipados.
Los sostenía la esperanza de saber que una poderosa flota cristiana
venía en su auxilio. Pero finalmente, cuando el número de los defensores
era menos del millar, las municiones se hubieron agotado, y habiéndo
causado al ejército turco cerca de 80.000 bajas, los extenuados
cristianos firmaron una capitulación que les prometía respetar sus vidas
y volver a su tierra.
No obstante, una vez que Lala Kara Mustafá Pasha, comandante turco y más
tarde Gran Visir del Imperio Otomano, tomó el control de la ciudad el 5
de Agosto de 1571, traicionó el pacto y mandó degollar a todos los
oficiales vencidos; cortándole él mismo una de las orejas al legendario
Bragadino y mandando que se le seccionara también la otra y la nariz, y
se le arrancaran las uñas.
Días después, el día 17 de Agosto, trístisima jornada en que la la
catedral de San Nicolás fue convertida en mezquita, el mártir Bragadino,
con la cabeza ya engangrenada, fue llevado a la presencia de Mustafa
quien, sentado sobre el ara del altar, lo condenó a morir desollado
vivo, horrible sentencia que se cumplió a continuación (*).
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| ¡Señor Jesucristo, tened piedad de mí! |
El ilustre Marco Antonio Bragadino murió recitando la jaculatoria: ¡"Señor Jesucristo, tened piedad de mí!. Antes había dicho:
"Deseo que resuene en los dos polos de la tierra la traición del
miserable Mustafá. Deseo que mi muerte y la de tantos seres inocentes
sean utilizadas como ejemplo para que las gentes venideras no den
crédito a una raza bárbara e infiel."
El santo papa Pío V, previendo que la expansión del poder musulmán traería calamidades sin cuento a la Cristiandad europea, venía gestionando desde tiempo atrás la formación de un ejército que pudiera presentarle batalla.
El santo papa Pío V, previendo que la expansión del poder musulmán traería calamidades sin cuento a la Cristiandad europea, venía gestionando desde tiempo atrás la formación de un ejército que pudiera presentarle batalla.
Luego de innumerables negociaciones, el Imperio Español de Felipe II, la
Señoría de Venecia, y los Estados Pontificios llegaron a una acuerdo, y
el mismo Sumo Pontífice promulgó los artículos de la Liga Santa sobre
el altar de San Pedro.
Quedaba no obstante un asunto delicado, el nombramiento del Generalísimo
que habría de comandar la escuadra cristiana. Los españoles, que
soportaban la mitad del esfuerzo económico y militar, impulsaban al hijo
natural del Emperador Carlos V, don Juan de Austria; el Papa a su
general Marco Antonio Colonna y los venecianos, sin atreverse a postular
a su comandante Sebastian Veniero, rechazaban a los dos, a Colonna por
un fracaso anterior y a don Juan por la impericia que suponían sus
jóvenes 24 años.
Ante la falta de acuerdo, los integrantes de la Liga decidieron poner la decisión exclusivamente en manos del Papa.
Como era su humilde costumbre en tiempos difíciles, San Pío V hizo tres
días de penitencia y oración y, en la mañana del cuarto, celebró la
Santa Misa en su capilla privada.
Mientras leía pausadamente, al final de la misma, el Evangelio de San Juan, llegado al pasaje que dice "Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan", su rostro se transfiguró, su cuerpo fue invadido de temblores y, volviéndose hacia La Madonna
de Fra Angélico que decoraba la estancia, con la mirada perdida en el
vacío como anegada de visiones celestiales, repitió en tono de pregunta,
humilde, sumiso, cariñoso, como el niño dócil que interroga a su madre:
¿"Fuit homo missus a Deo, cuit nomen erat Ioannem"? Luego con voz ya firme, resuelta, decidida, repitió por tercera vez: ¡Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan!
Así quedó designado Generalísimo de la Santa Liga el hijo natural que el
Emperador tuvo de la bellísima Bárbara Bloomberg "Don Juan de Austria".
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| El último cruzado |
El 14 de Agosto de 1571 en la Iglesia de Santa Clara en Nápoles, luego
de finalizada la Misa Pontifical celebrada por el Cardenal Granvella
legado papal, subió don Juan al presbiterio y, poniéndose de rodillas
frente al altar, recibió el bastón de mando y el estandarte de la Santa
Liga, mientras el cardenal le decía por tres veces (en latín, español e
italiano):
"Toma, dichoso príncipe, la insignia del verdadero Verbo
humanado.Toma la viva señal de la Santa Fe de que en esta empresa eres
defensor. Él te dé la victoria gloriosa del enemigo impío y por tu mano
sea abatida su soberbia".
Estalló entonces un inmenso vocerío por el que miles de bocas gritaron al unísono: Amén.
Estalló entonces un inmenso vocerío por el que miles de bocas gritaron al unísono: Amén.
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| Estandarte de la Liga Santa |
Don Juan y todos los caballeros de su ejército hicieron honor a la confianza depositada sobre ellos. La flota cristiana no llegó a tiempo para salvar a los cristianos de Chipre, pero el 7 de Octubre de 1571, en el golfo de Corinto, cerca de Lepanto, la poderosa escuadra turca, superior en navíos y en hombres, fue casi completamente destruída; hundiéndose en el fondo del mar sus naves y soldados que llevaron consigo hacia las profundidades del Mediterráneo, el sueño Otomano de dominación europea y destrucción del Cristianismo.
A la mañana siguiente se hizo el recuento. De la armada cristiana
faltaban quince galeras, aunque hubo que desguazar otras treinta, entre
ellas La Real (la capitana), de tan grandes destrozos que habían soportado.
Se apresaron 170 naves al enemigo, aunque días más tarde solo quedaban a flote 130. Se calculó que se hundieron 80 galeras y habían escapado hacia Lepanto 40 galeras y galeotas.
Los venecianos habían tenido 5.000 muertos, los españoles 2.000 y 800 los del Papa, mientras que se hicieron 5.000 prisioneros entre los turcos y se calculó que habían tenido unos 25.000 muertos. También se rescataron unos 12.000 cautivos que llevaban en sus naves.
Se apresaron 170 naves al enemigo, aunque días más tarde solo quedaban a flote 130. Se calculó que se hundieron 80 galeras y habían escapado hacia Lepanto 40 galeras y galeotas.
Los venecianos habían tenido 5.000 muertos, los españoles 2.000 y 800 los del Papa, mientras que se hicieron 5.000 prisioneros entre los turcos y se calculó que habían tenido unos 25.000 muertos. También se rescataron unos 12.000 cautivos que llevaban en sus naves.
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| Visión de San Pío V |
Esa tarde, paseábase San Pío V por una cámara del Vaticano, oyendo lo
que le decía su tesorero, cuando se detuvo sorpresivamente como quien
quiere oír algo, haciendo señas a su interlocutor para que se callase.
Abrió una ventana de par en par y se asomó por ella con actitud
escudriñadora. Entonces el tesorero vio que el rostro del Pontífice se
transfiguraba, que sus llorosos ojos azules se volvían al cielo con
expresión inefable, y que sus manos juntas se elevaban ligeramente
temblorosas. Así permaneció algo más de tres minutos, para arrancarse
luego de su arrobamiento y decir con rostro radiante y jubiloso:
"No es hora para tratar de negocios, demos gracias a Dios por la victoria alcanzada sobre los turcos"
El 26 de Octubre llegaron a Roma los emisarios del Dux de Venecia para
anunciar al Santo Padre la victoria de Lepanto. Hiciéronse entonces el
cómputo de las horas y la corrección según los meridianos de Roma y de
las islas Curzolari, y resultó que el momento en que el Papa había
tenido la visión, coincidía con el instante en que Don Juan de Austria
comenzó a repeler a los turcos que invadían la nave capitana; y con el
momento en que la flota aliada capturaba la Sultana, nave capitana del enemigo. (Estos hechos figuran relatados en el proceso de canonización de San Pío V).
Para perpetua memoria de esta hazaña de la Cristiandad, y en
agradecimiento a la Santísima Virgen, el papa San Pío V instituyó la
fiesta de Nuestra Señora de las Victorias, mandando también que se
agregara a las letanías del Santísimo Rosario un nuevo título Mariano: Santa María Auxilio de los Cristianos.
Años después, el papa Gregorio XIII llamó a esta celebración Nuestra Señor del Rosario.
Años después, el papa Gregorio XIII llamó a esta celebración Nuestra Señor del Rosario.
A la Batalla de Lepanto
Detalle de la Batalla de Lepanto
Informe sobre la Batalla de Lepanto
(*)
Relato del martirio de Bragadino
De la crónica que Angelo Gatto de Orvietto, uno de los pocos
prisioneros supervivientes del asedio, escribió durante su encierro en
la cárcel del Mar Negro a donde fue trasladado después de la toma de
Chipre.
Bragadino y los suyos, ante la falta de ayuda y de víveres, acceden a
entregar la ciudad con la condición de que se respete la vida y la
hacienda de los defensores. Mustafá acepta y los recibe en su tienda:
"Cuando llegaron, Mustafá les hizo grandes agasajos y charló con
ellos sobre diversos asuntos, pero por fin, cambiando el tono del
discurso, se dirigió al ilustre Bragadino de la siguiente manera: "¿Qué
ha sucedido con los prisioneros que reteníais dentro de la muralla?"
Aquél le contestó que unos se encontraban en Famagusta y que otros
habían sido enviados a Venecia. Con gran ira Mustafá volvió a preguntar:
"¿Crees que no sé que los has matado a todos?", y Bragadino respondió:
"Si gustáis, podéis dilucidar el asunto preguntando en la ciudad". Y de
nuevo le preguntó Mustafá: "¿Dónde están las provisiones que
entregasteis a mi oficial?" Su Excelencia respondió que en lo que
concernía a los víveres, carecían por completo de ellos, y que en cuanto
a las municiones, ya había entregado a aquél los últimos siete barriles
de pólvora que quedaban. Entonces Mustafá, abalanzándose sobre él, sacó
su daga y gritó: "Dime, perro ¿por qué has retenido la ciudad aun
careciendo de alimento? ¿Por qué no la entregaste hace un mes, sino que
me hiciste perder 80.000 hombres de los mejores que tenía en el
campamento?"
Después de decir esto, ordenó a grandes voces que los desarmaran y ataran. Con
la daga que seguía sosteniendo en su mano derecha, el infiel Mustafá
cortó la oreja derecha del ilustre Marco Antonio Bragadino y ordenó a
uno de los turcos allí presentes que le cortara la izquierda, y así
sucedió.
Habiéndo cortado las dos orejas de su Excelencia, ordenó matar a
todos los cristianos que se encontraban en el campamento, y al punto
fueron todos muertos por 100.000 cimitarras. Después, conduciendo fuera
de su tienda al ilustre Héctor Baglioni, le decapitó. Tomando la cabeza
entre sus propias manos, el salvaje y sanguinario traidor Mustafá la
enseñó a todo su ejército mostrándola en alto y gritando: "¡Contemplad
la cabeza del defensor de Famagusta! ¡Ésta es la cabeza que destrozó la
mitad de mi ejército, contemplad cuántas desgracias nos acarreó!"
Después, entregándola a uno de sus jefes, dio orden de que todos la vieran y se acercaran".
Mustafá azotó, y después ahorcó o decapitó, al resto de los jefes
profiriendo dolorosas injurias al mismo tiempo que ordenaba matar a
todos los cristianos que se encontraran aún dentro de las murallas de
Famagusta. Más de 350 cabezas cortadas de italianos, griegos y albaneses
quedaron expuestas en la plaza central. No obstante, a Marco Antonio
Bragadino lo dejó para el final:
"El día 17 del mismo mes, Mustafá y los jefes del ejército trajeron
al ilustre Bragadino, enfermo y con la cabeza gangrenada, delante de
todas sus tropas, ordenándole trasladar sacos llenos de tierra y piedras
enormes, y mientras Mustafá le empujaba haciéndole caer al suelo, los
otros jefes aparentaban que querían sostenerlo y le decían: "¡Mantente
firme, señor!", y de nuevo lo lanzaban contra el suelo. El traidor le
azotaba todo el cuerpo diciéndole: "¡Contempla las defensas erigidas por
mí, contempla el lugar donde perdí tantos hombres!"
Estando ya mediomuerto, lo llevaron al puerto de los Jardines y allí
lo subieron a la nave del cruel Rapamat. Atándolo a un pedazo de madera,
lo izaron hasta el extremo del mástil diciendo: "Mira si puedes ver
ahora la flota cristiana, mira, gran cristiano, si hace su aparición la
ayuda para Famagusta, responde y no temas". Su Excelencia, apurado por
la muerte, respondió con débil voz reprochándoles la violación del
pacto: "¡Ay, salvaje, infiel y traidor Mustafá, éstas son las promesas
que me hiciste cuando acordamos el pacto, habiendo jurado sobre la
cabeza de tu sultán como caballero de honor y habiendo validado el
acuerdo con el sello imperial! Que me diga el traidor con qué gloria
quiere regresar ante su señor y a quién quiere rendir la bravura y el
honor de la captura de una ciudad indefensa mientras él traía consigo
200.000 hombres armados.
¿Qué le asiste a él, para quien hicisteis tantos ataques fuertemente
armados contra nuestros muros? Por supuesto, él no atribuirá la derrota
de esta ciudad al coraje de sus soldados, los cuales por la fuerza no
pudieron arrebatarnos ni siquiera un palmo de tierra. En justicia, él
podrá decir que como traidor y perjuro tomó nuestra ciudad bajo un
acuerdo militar, tal y como se refleja en sus artículos. ¿Qué me
responde ese indigno traidor? Deseo que resuene en los dos polos de la
tierra la traición del miserable Mustafá. Deseo que mi muerte y la de
tantos seres inocentes sean utilizadas como ejemplo para que las gentes
venideras no den crédito a una raza bárbara e infiel."
"Media hora después de que lo hubieran alzado, Rapamat lo bajó.
Debido a que Bragadino, que lo soportaba todo en silencio, no podía
caminar a causa de su debilidad, lo entregaron para que fuera azotado en
la plaza principal de Famagusta donde se efectuaban los
ajusticiamientos, y desnudándole allí, le ataron al mástil de la bandera
y empezaron a desollarlo vivo, comenzando por la espalda. Mientras se
afanaban en su inhumana labor, el infiel traidor Mustafá, burlándose
desde el palacio, le decía: "Reniega y te presentaré como grande ante mi gran emperador y señor".
El sufrido mártir no respondió en absoluto, pero elevando constantemente los ojos hacia el cielo susurraba: "Señor nuestro Jesucristo, apiádate de mí". Cuando hubieron despellejado la cabeza y el pecho y llegaron hasta el ombligo, éste expiró. Dividieron su cuerpo en cuatro partes; colocaron su cabeza en la picota de la plaza y el resto en los bastiones. Después de haber rellenado su piel con paja y algodón, cosieron cuidadosamente las partes rasgadas de manera que pareciese vivo. Entonces revistieron la piel con su manto y lo subieron a un buey. Tres turcos, de los cuales dos permanecían tras él como guardianes y el tercero le protegía y daba sombra, lo llevaron por toda la ciudad seguido por una enorme multitud mientras sonaban las trompetas. "Adelante, mirad a vuestro señor, contempladlo, saludadlo y honradlo para que os otorgue la recompensa por tanta fe y esfuerzos que hicisteis en vano". Después de exhibir la piel por la ciudad durante largo tiempo, la llevaron a la nave de Rapamat junto con las cabezas de Héctor Baglioni, Alóvigo Martinengo y Andrea Bragadino, el guardián de la muralla de Famagusta. Por orden de Mustafá, el capitán de la nave recaló en todos los puertos de Asia Menor mostrando ostentosamente la piel y las cabezas y asumiendo como gloria la iniquidad."
El sufrido mártir no respondió en absoluto, pero elevando constantemente los ojos hacia el cielo susurraba: "Señor nuestro Jesucristo, apiádate de mí". Cuando hubieron despellejado la cabeza y el pecho y llegaron hasta el ombligo, éste expiró. Dividieron su cuerpo en cuatro partes; colocaron su cabeza en la picota de la plaza y el resto en los bastiones. Después de haber rellenado su piel con paja y algodón, cosieron cuidadosamente las partes rasgadas de manera que pareciese vivo. Entonces revistieron la piel con su manto y lo subieron a un buey. Tres turcos, de los cuales dos permanecían tras él como guardianes y el tercero le protegía y daba sombra, lo llevaron por toda la ciudad seguido por una enorme multitud mientras sonaban las trompetas. "Adelante, mirad a vuestro señor, contempladlo, saludadlo y honradlo para que os otorgue la recompensa por tanta fe y esfuerzos que hicisteis en vano". Después de exhibir la piel por la ciudad durante largo tiempo, la llevaron a la nave de Rapamat junto con las cabezas de Héctor Baglioni, Alóvigo Martinengo y Andrea Bragadino, el guardián de la muralla de Famagusta. Por orden de Mustafá, el capitán de la nave recaló en todos los puertos de Asia Menor mostrando ostentosamente la piel y las cabezas y asumiendo como gloria la iniquidad."
Marco Antonio Bragadino terminó en Constantinopla presentado como trofeo
ante el sultán. Años más tarde, Venecia rescató a precio de oro los
restos de su capitán para que descansaran en la iglesia de los santos
Juan y Pablo, el panteón de la República donde reposan los más ilustres
de sus duques y los más destacados de sus servidores.





