Paul Johnson: Una historia de los judíos.
Jesús de Nazaret y el cristianismo
Jesús estaba entre los fariseos y los esenios moderados. Fue un hakamín,
pertenecía a un movimiento que predicaba una religiosidad vivencial en
vez de ritual y que criticaba por ello el Templo y la Ley. Los hakamín
preferían la sinagoga como institución, y desechaban las reglas sobre
alimentación, pureza, circuncisión… De esta manera quedaba expedito el
camino hacia la universalización del judaísmo (127).
Su oposición al Templo y a la Ley
llegó a ser peligroso, aunque no hubiera sido ajusticiado si no se
hubiera acercado a Jerusalén (p. 129). Su mensaje sería predicado
después por S. Pablo.
Los tiempos estaban en su punto para la recepción del mensaje. La
diáspora lo recibió con entusiasmo, ya que el abandono de algunas
prácticas judías les facilitaba la convivencia con los gentiles
(129-32).
La separación de cristianismo y judaísmo
fue gradual. De una parte, el cristianismo se abrió hacia los gentiles,
de la otra, el judaísmo se volvió más riguroso y cerrado, hasta la
violencia. Las revueltas judías, que obligaron a los romanos a
intervenir y finalmente destruir el país, quitaron toda importancia a
Jerusalén y permitieron desanclar al cristianismo del judaísmo.
Por su parte el rechazo de los judíos por parte del
resto del mundo grecorromano fue en aumento. Encontraban repugnante la
circuncisión y ridículas las prescripciones dietéticas y de pureza. Los
sentían como extraños, diferentes, y era lógico, pues ellos pretendían
mantenerse como distintos (p. 133).
La primera literatura libelística antijudía
data de entonces. Por ejemplo, los egipcios se sentían muy ofendidos
del relato del Éxodo, por lo que presentaron la historia como la
expulsión de una colonia de leprosos. Moisés pasó a ser un sacerdote
egipcio renegado. El Templo fue objeto de diversas insidias, incluyendo
la acusación de sacrificios humanos ocultos (p. 134).
