El Gobierno derrotado por Cristina
Es
sabido que cuando de elecciones se trata abundan análisis, la mayoría
de los cuales no explican nada. Y es que la explicación al resultado de
un comicio, muchas veces es tan obvia y sencilla que no requiere
exegetas de lo inefable, ni traductores de aquello que surge a simple
vista, y este caso es un ejemplo concreto.
Los números hablan por sí mismos, sitúan en un orden cronológico a
unos y otros sin margen para confundir quién está primero y quién
segundo. Así pues, es en la brecha entre los porcentajes obtenidos, y en
la motivación del voto donde posiblemente se halle algún dato que
enmarque lo sucedido. Vamos pues por esas pequeñas-grandes diferencias
que en la vida, y aquí también en consecuencia, marcan las diferencias.
Hay una realidad inexpugnable: el kirchnerismo no necesitaba competir
con nadie en especial para advertir su debacle. Dejando a todos los
actores de las PASO de lado, basta contrarrestar los resultados
obtenidos por el gobierno el pasado domingo con los del año 2011 para
darse cuenta que confundieron el camino.
En el trayecto perdieron más de la mitad de las adhesiones. Aquel 54%
que se convirtiera luego en bandera de la Presidente, hoy se reduce a
un mísero 26%.
La democracia limitada al concepto de mayoría absoluta queda de ese
modo finiquitada. En lo sucesivo habrá que hablar de un régimen de
mayorías relativas. De allí que la interpretación que hiciese la jefe de
Estado tras conocerse el escrutinio sólo pueda enmarcarse dentro del
realismo mágico del relato. Si alguno esperaba de la mandataria otra
reacción frente al fracaso es porque ha vivido alejado de lo sucedido en
el país en los últimos 10 años.
Cuando de política se trata es conveniente diferenciar entre la
teoría y la práctica. En teoría perdió el Frente para la Victoria, en la
práctica perdió Cristina. ¿En qué se sustenta lo dicho? No es difícil
descubrirlo. En primer lugar, fue la mismísima Presidente quien instaló
las elecciones primarias como un plebiscito de su gestión al frente del
Ejecutivo.
En segundo término, quien ganó la provincia de Buenos Aires dejando
al descubierto la magnitud del fracaso oficialista fue ni más ni menos
que Sergio Massa, un hombre salido de sus entrañas.
Pero el nombre “Sergio Massa” todavía no dice nada. El mismo caudal
electoral podría haber tenido Martín Insaurralde de estar en su lugar,
es decir articulando su futuro político con empresarios, sindicatos y
otras intendencias en lugar de hacerlo con la Presidente. Y es que
tampoco fue nadie a votar en contra de Martín Insaurralde, un mero actor
de reparto en esta película cuyo única protagonista es Cristina. Muy
por el contrario, nadie se atrevería a negar que sí ha habido votos en
contra de aquella.
Con esto está claro que el rechazo no fue predominante hacia un
estereotipo como lo es el FPV, sino hacia la jefa o directora del mismo.
De hecho, en el búnker del intendente de Tigre, se observaban varias
caras que hasta no hace mucho fueron indiscutibles marcas registradas de
aquel entuerto nacido al amparo de una transversalidad fallida o tal
vez fallada…
Uno de los primeros en presentarse ante las cámaras y comentar
resultados fue Alberto Fernández quien se refirió al triunfo de su ex
sucesor al frente de la jefatura de ministros, como un logro “nuestro”.
Por un momento parece que en su afán de ir por todo, el kirchnerismo fue
también por la derrota de Cristina. Es decir, se ganó a sí mismo…
A ese contexto, suma el exabrupto de Malena Galmarini, el no saludo
de un militante a Mauricio Macri, el asalto a la casa de los Massa, y
demás chicanas que signaron la campaña. Todo ello no hizo más que
mostrar la debilidad de una fuerza vencida por la soberbia y la cerrazón
a una realidad que siempre se mostró preclara.
Cristina tuvo a su favor los cacerolazos y movilizaciones del 13 de
septiembre, del 8 de noviembre y del 18 de abril pero optó por hacer
caso omiso a todos ellos y mantenerse en el paralelismo de un país
creado por y para si misma. No quiso escuchar y terminó auto
derrotándose.
Esta lectura no pretende quitar méritos a los partidos y fuerzas que
obtuvieron triunfos en la última contienda sino que busca poner en
evidencia el brutal poder de auto boicot que signó al oficialismo desde
el momento en que decidió desconocer su impericia para la gestión, y
convertir a todos y cada uno en culpables, conspiradores y agoreros de
males.
¿Por qué atribuirle a la Presidente el mayor porcentaje de la
derrota? Por la simple razón de que es muy difícil diferenciar cierta
intencionalidad a la hora de votar, por ejemplo, a Sergio Massa o a
Francisco De Narváez, a Martín Lousteau o a Alfonso Prat Gay entre
otros. Justamente, el desafío de los vencedores radica en mantener o
incluso aumentar sus caudales electorales en Octubre próximo para tener
chances de entrar a jugar en el poder legislativo nacional.
Los pases y las alianzas serán de ahora en más quienes han de
demostrar hasta qué punto se ha entendido el mensaje de la sociedad.
La población no ha ido mayoritariamente a votar una alternativa
precisa a Cristina sino que ha manifestado su rechazo a la misma. Ella
situó a gran parte de la ciudadanía en la vereda de enfrente, ella la
señaló como adversario y la subió al ring sin preguntarle.
Ni el radicalismo, ni el PRO, ni UNEN ni ninguna de las demás
propuestas han alcanzado porcentajes que las tornan exclusivas. Por el
contrario, todos ellos son inclusivos de un voto que le dio la espalda a
la mentira sistemática, a la afrenta como metodología, a la concepción
bélica de la política.
Antes de terminar, vale destacar una de las tantas paradojas que
arroja una elección. Y es que hay realidades y hay símbolos, y estos
últimos hablan por sí mismos. Ejemplo de ello es un tuit del radical
Eduardo Costa, a través del cual invita a festejar su victoria electoral
en la provincia de Santa Cruz.
Gabriela Pousa
