La voz de los que no tienen voz
“La
Voz de Dios me dice que siga combatiendo contra el mundo entero, aunque
me encuentre solo. Me dice que no tema a este mundo sino que avance
llevando en mí nada más que el temor a Dios.” (Mahatma Gandhi)
Platón y Aristóteles fueron los primeros pensadores de la historia de
nuestra civilización en el complejo y excepcionalmente indicativo mundo
de las antiguas civilizaciones griegas de los siglos V y IV a.C.
En esos tiempos se forjaron los criterios conceptuales de ciudadano y
persona, que, visto de modo simplista, es lo mismo, aunque, hilando
fino, veremos que no es lo mismo en el sentido exacto de su acepción.
Una persona es un individuo de la especie humana al que identificamos
como “ser humano”. Es el hombre o la mujer con abstracción de su
nombre. Es un individuo que, por el solo hecho de existir, tendrá
deberes y derechos, otorgados por la comunidad en la que desarrolla su
existencia. La persona integra, como tal, una comunidad organizada. Esa
es la “persona”.
Cuando esa persona, ese miembro de una comunidad organizada como
Estado, ejerce sus derechos y cumplimenta determinadas obligaciones, se
transforma en un “ciudadano”. Ese es, por circunstancia, un “ciudadano”,
con las implicancias que ello supone: tiene deberes y derechos, puede
participar de las decisiones del Estado y tiene algo esencial de la
democracia: voz y voto.
En Grecia, ser ciudadano tenía una significancia simple y llana,
aunque no menos profunda: el ciudadano trabajaba, producía, creaba, pero
no pertenecía a esa clase social desposeída de derechos pero que sí
tenía obligaciones, antes que opinión, como lo eran los “esclavos”.
Los esclavos no tenían voz ni voto, sólo cumplían con las obligaciones que los “ciudadanos” les imponían.
Aquellos ciudadanos de Esparta y Atenas, estaban autorizados,
automáticamente, a participar de las asambleas de gobierno, formaban
parte de los “demos”, el conjunto de ciudadanos con derecho a voz y
voto. Esa era la forma de plantar los cimientos de las democracias de
los tiempos siguientes. Los “esclavos” ceñían sobre sus espaldas, la
responsabilidad de trabajar y producir porque en su esfuerzo se asentaba
la economía de aquellas ciudades griegas, que, sin embargo, no les
otorgaba todos los derechos de los ciudadanos libres.
Si analizamos ambos tiempos, aquellos de la democracia griega con
estos, de las democracias modernas, veremos que existen diferencias
abismales.
En Grecia el Poder escuchaba a los ciudadanos, en sus cuestiones, en sus problemáticas, en sus protestas e inquietudes.
Hoy, la democracia en la Argentina se ha transformado en una pseudo
democracia, en un deformado e ignoto sistema que esconde intrigas,
delincuencia, aprietes políticos, desvergüenza, venganzas y corrupción
donde nadie avizora el final que puede contener imprevisibles
consecuencias. Una democracia en la que el Poder no escucha a los
ciudadanos, no existe.
Y aquí, ningún miembro del Poder escucha a los hombres y mujeres del
pueblo. A la única que se la escucha es a la Sra. Presidente, a través
de una Cadena Nacional que harta y aburre, que sigue mintiendo y se
supone que lo hará hasta el final de su mandato, sin que nadie le pueda
decir al oído, por lo menos, que pare de una vez con el manual de la
fabulación.
Los pueblos modernos, eligen a sus representantes, a sus
legisladores, que no son otra cosa, que representantes teóricos de la
gran masa que forman los habitantes de una Nación y que, por ser quienes
eligen con su voto a los funcionarios políticos, merecen ser oídos y
atendidos.
Esos representantes son nuestros iguales, gente que se dedica a la
política para defender, proteger y acrecentar nuestra presencia en las
sesiones de esos importantes organismos para defender nuestros derechos y
poner en sus bocas nuestras quejas y necesidades.
Los siglos han pasado, y de la democracia Griega, rígida, responsable
y válida, sólo ha quedado su nombre: “demo-cracia” (demos= pueblo –
participación popular en la toma de decisiones); cracia (sufijo que indica gobierno, fuerza o dominio).
Lejos han quedado los conceptos griegos, cuando analizamos el devenir
de los representantes del pueblo, cuando estos actúan a control remoto
permitiéndose pensar y accionar con independencia de criterio, y
olvidarse de su juramento al momento de asumir y de las promesas echas
cuando la campaña política, ante los habitantes de la Nación y de sus
partidarios.
Mentir, ocultar la verdad sabiendo lo que hacen, “consensuar” (que es
el arte de negar las promesas realizadas con anterioridad y allanarse a
las mezquindades de los negociados, las coimas y de los actos de
corrupción), no escuchar a sus representados y aliarse con los
delincuentes que, como él, producen toda la corruptela -aun los más
vergonzantes- que los enriquece económicamente y ejercer un derecho
nunca otorgado por el pueblo, que es el de no explicar o explicar de
modo intrincado e indescifrable, todo lo que hacen, dicen y piensan, a
espaladas de la gente y de la Justicia.
Y a cada uno de ellos, en cada lugar del Poder que estén, sólo los
guía la ambición y el deseo de capitalizar el tiempo que les otorga su
cargo, para lucrar, para estafar la voluntad popular, para aliarse con
los enemigos y “consensuar” las trampas de las propias leyes que votan,
las que, decenas de veces, no responden a las verdaderas necesidades de
la gente que los eligió. No se ponen colorados, no les da vergüenza para
nada y junto con su deshonestidad marchan a la deriva su dignidad y su
conciencia.
En tiempos de los griegos no existía el “híper-presidencialismo”,
figura política que se ha inventado en los tiempos modernos, que, con
altanería y sin prejuicios, hace y deshace por cuenta propia sin
importarle un ápice si la Ley dice lo contrario.
El híper-presidencialismo, provoca a menudo la locura de defender a
un gobierno que es corrupto desde sus raíces, desde los genes de sus
propios dirigentes, que nos hace pensar que, gran parte de ese pueblo
está dominado por aquella locura galopante que, como en estos tiempos,
tanto daña a la República.
Detentar el gobierno como una propiedad personal, donde las
decisiones poco importan, con tal de favorecer al minúsculo grupo de
idiotas que se beneficia con las arbitrariedades, con las actitudes de
omnipotencia y con una caradurez exponencial, es la muestra clara de que
se ha perdido la razón. El equilibrio, el respeto, la moderación y el
cuidado del léxico y los gestos, han quedado esparcidos en el largo
camino recorrido durante 10 años donde el pueblo argentino ha venido
soportando injurias, epítetos descalificadores, insultos contra los
periodistas que evalúan los sucesos tildándolos de desestabilizadores,
robarse el dinero de todos los argentinos y presionar a los jueces para
que cajoneen las denuncias de la oposición y de los particulares, es
cosa de todos los días. Aprobar leyes que sólo favorecen a unos pocos en
detrimento de las grandes mayorías solo porque detentan un poder que se
ha transformado en absolutista, es demostrar una desvergonzada e
indigna condición humana que sólo es atribuible a los enfermos mentales
que no pueden asociar su mundo psicológico interior con la realidad del
mundo material en que vivimos.
Hace unos pocos días, la señora presidente ha reinaugurado un
Hospital que ya tuvo dos o tres inauguraciones anteriores, ante el
aplauso de una cantidad de ingenuos y, olvidadizos, sordos, ciegos y
mudos y asalariados aplaudidores del Poder, haciéndoles creer a todos
que se trata de una nueva obra. El que cree que esto es así,
evidentemente, tiene los cables pelados, como la presidente que, a pesar
de la desastrosa derrota sufrida en las PASO, sigue diciendo
estupideces por la Cadena Nacional de la Burla y la Locura, fabulando un
mundo de éxitos que la realidad argentina desmiente a cada momento y
sin ponerse colorada de vergüenza.
El próximo 27 de octubre, este gobierno que se tambalea porque ya no
lo sostienen sus mentiras, ni sus burlas, ni su economía desfalleciente,
verá caer, definitivamente, los últimos pedazos de la Argentina que
queda de la “década ganada”, y que los aplastará como a cucarachas, en
medio de la debacle generalizada donde el poder ya no existe y la
inseguridad, la droga y el desorden asesina a los argentinos indefensos
en donde quiera que estemos.
La señora presidente actúa por control remoto: no oye, no percibe ni teme a nada.
No oye la voz de la gente.
No oye a propios ni extraños.
No oye la voz del pueblo.
No oye la voz de Dios.
Los caprichos y la venganza, no componen un buen cóctel para un gobierno digno y respetuoso de la Ley.
Por eso el sentido de esta nota que le pone voz a los que no son oídos por su presidente. Y además, están olvidados.
Es oportuno señalarle a la Sra. presidente, que muchos argentinos
hemos luchado denodadamente para que la democracia volviera a
instaurarse en la Argentina y por ello, nos sentimos frustrados porque
observamos que, aquello que hemos conseguido con tanto esfuerzo, yace
hoy desquiciado a la orilla del camino transitado inútilmente durante 30
años, y en especial por el giro de sainete político que ha tomado en
estos últimos 10.
Los que amamos y defendemos la vida republicana, jamás podremos
perdonarle que a las banderas genuinas del Justicialismo, las haya Ud.
utilizado para violar lo más sagrado que el pueblo ha conseguido con
sangre, con dolor y con lágrimas: restaurar la vida republicana de la
Nación Argentina.
Jorge D’Amario Cané
