DE LA ASOCIACIÓN DEL GÉNERO HUMANO PROCEDE LA SOCIEDAD CIVIL: ES DECIR, PUEBLOS Y NACIONES
PROPOSICIÓN I:
"Dios fue
el lazo de unión de la sociedad. El primer hombre, al apartarse de
Dios, trajo como justo castigo la división a su familia, y Caín mató a
su hermano Abel" (Gen IV, 8).
"La
división se introdujo en el género humano. Los hijos de Set fueron
llamados hijos de Dios, y los hijos de Caín, hijos de los hombres" (Gen
VI, 2).
"La
alianza de estas dos razas sólo sirvió para aumentar la corrupción. De
esta unión nacieron los gigantes, hombres conocidos en la Escritura, y
en la tradición del género humano, por su crueldad y violencia" (Gen
VI, 4).
Los
pensamientos del hombre se inclinan por todas partes al mal, y Dios se
arrepintió de haberle creado. Noé es el único que halla gracia a sus
ojos: 'Tanto se había extendido la corrupción" (Gen IV, 5,6, 8).
La
perversidad hace a los hombres insociables. El hombre dominado por sus
pasiones no piensa más que en satisfacerlas sin cuidarse de los demás.
"Yo soy, dice el soberbio, y fuera de mí no hay nadie" (Is XLVII, 8).
La lengua de Caín se extiende por todas partes. "¿Acaso soy yo el
guardián de mi hermano?" (Gen IV, 9); es decir, nada tengo que hacer con
él, ni se me da nada de él.
Las pasiones son insaciables. "El cruel no se saciará de sangre, ni el avaro de dinero" (Eclo XII, 16; Ecl V, 9).
De esta forma, cada uno lo quiere todo para sí. "Juntáis casa a casa y
heredad a heredad. ¿Por ventura os creéis solos en medio de la tierra?"
(Is V, 8).
La envidia, tan generalizada entre los hombres, descubre lo profunda
que es la maldad de su corazón. Nuestro hermano no nos causa el menor
mal ni nos priva de nada y, sin embargo, le odiamos sólo porque le
vemos más feliz, más diligente o más virtuoso que nosotros. Abel se
hace agradable a Dios por medios inocentes, y Caín se siente
mortificado. "Dios miró con agrado a Abel y a sus ofrendas, mas no miró
propicio a Caín y a las suyas: y Caín montó en cólera y se le demudó el
rostro" (Gen IV, 4, 5).
Las traiciones y los crímenes nacieron de la envidia. "Salgamos, fuera
-dijo Caín-, vamos a dar un paseo, y como estuvieran en el campo,
levantóse Caín contra su hermano Abel y lo mató" (Gen IV, 8).
La envidia es también la causante de que los hermanos de José quisieran
matarle. "Fue José, por orden de su padre, en busca de sus hermanos, que
estaban apacentando el ganado. Viéronle ellos desde lejos, antes que a
ellos se aproximara, y concibieron el proyecto de matarle" (Gen XXXVII,
16, 17, 18). "Sus hermanos, al ver que el padre le quería más que a los
otros, le odiaban y no tenían palabras de afecto para él" (Gen XXXVII,
4). "El odio les llevó hasta quererle matar, y sólo la propuesta de
venderle como esclavo pudo apartarles de tan fatal designio" (Gen
XXXVII, 26, 27, 28).
La envidia produce tal cúmulo de pasiones y de intereses encontrados,
que consigue eliminar la lealtad y la seguridad entre los hombres. "No
os fiéis del amigo, no creáis al compañero; guarda las confidencias de
tu boca de la que duerme en tu seno. El hijo deshonra al padre, la hija
se alza contra la madre, y los enemigos del hombre son sus mismos
parientes y domésticos" (Miq VII, 5, 6).
Por esta causa se da con tanta frecuencia la crueldad en el género
humano. No hay ser más brutal y sanguinario que el hombre. "Todos ponen
asechanzas a la vida de su hermano; un hombre sale a cazar a otro
hombre, como si fuera en seguimiento de una fiera, para derramar su
sangre" (Miq VII, 2).
"El perjurio, la mentira, el homicidio, el robo y el adulterio han
inundado la tierra, y la sangre llama a la sangre" (Os IV, 2), es decir,
un crimen trae consigo otro crimen.
De esta manera, la sociedad humana, por tantos vínculos sagrados
establecida, fue violada por las pasiones, pues, como dice San Agustín:
"No hay por naturaleza ser más sociable que el hombre, ni ser al que
vuelva la corrupción más intratable e insociable" (de Civit. Dei, lib.
XII, cap. XXV).
PROPOSICIÓN II: La sociedad humana se vio dividida desde el principio por la agrupación de los hombres en pueblos y naciones.
Además de la división que las pasiones crearon entre los hombres, hubo
otra división, que nació necesariamente de la multiplicación del género
humano.
Moisés nos la señala cuando después de nombrar a los primeros
descendientes de Noé, deduce de ellos el origen de naciones y pueblos.
"De ellos -dice- proceden las naciones, cada una según su tierra y según
su lengua" (Gen X, 5).
Fueron, pues, dos causas las que separaron en varias ramas a la sociedad
humana: una de ellas, la diversidad y lejanía de los países por los
que se extendieron los hijos de Noé al multiplicarse; la otra, la
diversidad de lenguas.
La confusión de lenguas ocurrió antes de esta separación, y sobrevino a
los hombres como castigo de su soberbia, siendo lo que les obligó a
separarse y a repartirse por toda la tierra, que les había dado Dios
para que la habitasen. "Ahora, pues -dijo el Señor-, confundamos sus
lenguas, para que no se entiendan ya unos con otros, y así los esparció
Dios por toda la haz de la tierra" (Gen XI, 9).
La palabra, al permitir la comunicación del pensamiento, es el lazo de
unión de la sociedad humana. Cuando dos personas ya no se entienden, se
convierten en extrañas. "Si desconozco -dice San Pablo- el significado y
valor de una palabra, soy como extranjero y bárbaro para el que habla, y
él lo es para mí" (I Cor XIV, 11). Y San Agustín añade que la
diversidad de lenguas es la causa de que un hombre pueda compenetrarse
mejor con un perro que con otro hombre (de Civit. Dei, lib. XIX, cap.
VII).
Así, pues, vemos que la división del género humano se hace por lenguas y
países. Por esta razón, la vida en un mismo país y el manejo de una
misma lengua ha sido siempre motivo de unión entre los hombres.
Incluso hay algunos datos de que en la confusión de lenguas de Babel,
los que tenían una lengua semejante eligieron para vivir la misma
tierra, a lo que contribuyó en gran manera el parentesco, y la Biblia
parece achacar a estas dos causas la formación alrededor de Babel de las
diversas naciones, al decir que las formaron los hombres "separándose
cada uno según su lengua y según su familia" (Gen X, 5).
PROPOSICIÓN III: La tierra que se habita sirve de vínculo entre los hombres y forma la unidad de las naciones.
Cuando Dios promete a Abraham que convertirá su descendencia en un gran
pueblo, le promete también una tierra para que la habiten en común.
"Una gran nación haré salir de ti" (Gen XII, 2, 7). Y también: "Daré
esta tierra para tu posteridad".
Al introducir a los israelitas en la tierra prometida a sus padres,
Dios la ensalza para que la amen. La llama siempre "una tierra fértil,
una tierra sustanciosa y abundante, que por todas partes fluye leche y
miel" (Ex ID, 8).
Los que intentan apartar al pueblo de la tierra prometida son condenados
a muerte, como sediciosos y enemigos de la patria. "Los hombres que
envió Moisés a explorar el país, y volvieron hablando mal de él,
murieron de plaga delante de Dios" (Núm XIV, 36, 37).
La sociedad humana exige que se ame la tierra en que se vive, que se la
mire como a madre y nodriza y que se esté vinculado a ella. Los romanos
llamaban a esto charitas patrii soli, amor a la patria: y consideraban
el solar patrio como un lazo de unión entre los hombres.
Los hombres se sienten profundamente unidos cuando piensan que la misma
tierra que les ha sustentado y alimentado en vida, les recibirá en su
seno al morir. 'Tu casa será la mía, y tu pueblo, mi pueblo -decía Rut a
su suegra Noemí-; moriré en la tierra en que te entierren, y en ella
elegiré mi sepultura" (Rut I, 16, 17).
José, a la hora de su muerte, dice a sus hermanos: "Os visitará el Señor
y seréis llevados a la tierra prometida a nuestros padres: llevad mis
huesos con vosotros" (Gen L, 23, 24). Fueron sus últimas palabras. Para
el moribundo resultaba consoladora la esperanza de seguir a sus
hermanos a la tierra que les daba Dios por patria; en ella, entre sus
compatriotas, reposarían mejor sus huesos.
Este es un sentimiento connatural a todos los pueblos. El ateniense
Temístocles, que vivía desterrado de su patria acusado de traición, y
que había llegado a aliarse con el rey de Persia para tramar la ruina
de su nación, a la hora de su muerte se olvidó de la ciudad de Magnesia,
que le había entregado el rey persa y donde había sido muy bien
tratado, suplicando a sus amigos que llevaran sus huesos al Ática para
enterrarlos secretamente en ella, porque el rigor de los decretos
públicos no permitía que se hiciese de otra manera. Al acercarse la hora
de la muerte, cuando cesa el deseo de venganza y le domina la razón
nuevamente, renace en él el amor a la patria: piensa en satisfacer a su
ciudad, considerando que la muerte le libra del destierro, y, como se
decía entonces, cree que su tierra natal será más leve y benigna para
sus huesos.
Los buenos ciudadanos aman siempre a su tierra natal. "Me presenté al
rey -dice Nchemías- y le ofrecí de beber. Y como no había estado antes
triste en su presencia, díjome el rey: ¿Por qué está triste tu rostro,
pues no pareces enfermo? Y yo le dije al rey: "Cómo no voy a estar
triste, si la ciudad donde están enterrados mis padres permanece
desierta y sus puertas reducidas a ceniza? Si te place, oh rey, envíame a
Judea, a la tierra del sepulcro de mis padres, y yo la reedificaré" (II
Esd II, 1,2, 3,6).
Al llegar a Judea, Nehcmías convoca a sus compatriotas, que seguían
todavía unidos por el amor a la tierra natal. "Sabéis nuestra
aflicción. Jerusalén está desierta, el fuego ha consumido sus puertas.
Venid y unamos nuestros esfuerzos para reedificarla" (II Esd II, 17).
Mientras los judíos vivieron en un país extraño, alejados de su patria,
no dejaron de llorar y aumentar con sus lágrimas los ríos de Babilonia,
acordándose de Sión. No podían entonar sus cánticos de alegría, que eran
los cánticos del Señor, en tierra extranjera. Sus instrumentos
musicales, que antaño fueron su solaz y consuelo, estaban colgados de
los sauces plantados a la orilla y habían olvidado su manejo. "Oh
Jerusalén -clamaban-, si me olvidare de ti, que sea yo olvidado" (Sal
CXXXVI). Los que pudieron quedarse en su tierra natal se consideraban
dichosos y decían al Señor en los salmos que le cantaban durante la
cautividad: "Ya es hora Señor, de que te apiades de Sión. Tus siervos
aman sus ruinas, y su corazón está apegado a sus piedras. Y por desolada
que esté su tierra natal, aún es digna de su amor y compasión" (Sal
CI, 15, 14).
Extracto del artículo publicado en octubre de 1987 en la Revista VERBO n° 277.
Extracto del artículo publicado en octubre de 1987 en la Revista VERBO n° 277.

