Mucho ruido y pocas nueces. Por Vicente Massot
La coalición que se bautizó a sí misma
con el nombre de Cambiemos luce —como nunca antes— extraviada. Hasta un
par de meses atrás, pocos si acaso alguno de sus integrantes de fuste se
animaban a plantear en voz alta la necesidad de oxigenar a ese conjunto
de tres partidos, tan disimiles entre sí, con el aporte de fuerzas
provenientes de diferentes latitudes ideológicas. Solo Emilio Monzó y su
equipo se habían cansado de recomendarla luego de la victoria electoral
de octubre del año 2017. Pero en vano. En el libreto de Jaime Durán
Barba y de Marcos Peña —que Macri compró a tranquera cerrada desde que
sentara sus reales en la Casa Rosada— no figuraba. Es más, representaba
una herejía sin cuento, a la cual era menester exorcizar. En aquel
entonces, nadie en Balcarce 50 quería escuchar hablar de pacto de
naturaleza alguna con el peronismo federal. Condenado a formar parte del
universo de la vieja política, carecía de lugar en el jardín de las
maravillas macrista.
El vendaval que produjo la devaluación y
la crisis subsiguiente modificó de raíz el panorama. Las convicciones y
dogmas de los dos encargados de fijar la estrategia oficialista —esto
es, el jefe de gabinete y el gurú de origen ecuatoriano— siguieron
intactas, aunque aceptaron las recomendaciones que Miguel Ángel Pichetto
—a su regreso de Estados Unidos— y Felipe González le hicieron por
separado a Macri durante la semana pasada: convocar a la oposición.
Atilio Cornejo, el inefable Martín Lousteau y ciertos dirigentes de
primer nivel del Pro, sin pedir permiso escalaron el tema. Antes se
callaban la boca. Nomás. Los tiempos en los que el núcleo duro
presidencial bajaba una orden o establecía un determinado camino a
seguir y se aceptaba sin corcoveos, han terminado.
Cualquiera está en condiciones de decir
lo que le viene en gana, le guste o no al jefe de estado y a sus alter
egos. Por eso, casi al unísono, el gobernador de la provincia de Mendoza
y el ex–embajador en Estados Unidos, pidieron obrar un verdadero giro
copernicano en término de la política de alianzas. No otra cosa supone
reclamar en voz alta —con el afán de que los escuche el país entero y,
sobre todo, Mauricio Macri— que se invitara a sumarse a la coalición a
Roberto Lavagna, Miguel Ángel Pichetto, Juan Manuel Urtubey y Sergio
Massa. La propuesta —como era de esperar— no cayó nada bien en la Casa
Rosada que, horas antes, había convidado al peronismo federal —y más
tarde a Roberto Lavagna, los sindicatos, la Iglesia y hasta el
kirchnerismo— con el fin de abrir un dialogo acerca de la
gobernabilidad.
Más allá de la imagen de desorganización
que ofrecen, late entre los propagonistas de la trama una diferencia
profunda. Si bien se analiza, salta a la vista que, mientras Marcos Peña
—con la venia presidencial— desea sentar por separado al conjunto de
los opositores para ganar tiempo, dar una sensación de tranquilidad
frente a los mercados y —en la medida de lo posible— conciliar pareceres
sobre políticas de estado, la posición del titular de la Unión Cívica
Radical y de Martín Lousteau persigue un propósito cualitativamente
distinto al del jefe de gabinete. Lo que no dicen éstos pero esta
sobrentendido es que, si llegara a ensancharse el espacio oficialista y
allí ingresaran Lavagna, el socialismo, el Gen y los peronistas
ortodoxos, Macri debería dar un paso al costado y avalar de hecho una
gran PASO en donde el candidato del Pro sería María Eugenia Vidal. Nadie
en su sano juicio recomendaría generar semejante cambio y suponer que
los recién ingresados fueran a aceptar que el actual presidente
resultara intocado.
El
único dirigente que se ha animado —como es ya costumbre— a plantearle a
Mauricio Macri que debe ser el artífice de una coalición más grande y
que su papel en esta historia es la de demostrar que resulta capaz de
abrirle el camino a los que siguen, declinando —en un gesto de grandeza—
sus aspiraciones continuistas, fue Emilio Monzó. Antes de viajar a
Azerbaiján, donde se encuentra, le dijo a su jefe algo que nadie hasta
el momento le había expuesto. En otras circunstancias, el paso dado por
el presidente de la Cámara de Diputados de la Nación se hubiera
considerado una suerte de sincericidio. A esta altura —en cambio— Monzó
está jugado, y no sólo nada perdió al extenderle ese consejo a Macri
sino que fue coherente con la estrategia que ha recomendado —sin éxito—
desde antiguo.
Los dos grupos que en Cambiemos
sostienen posturas tan desiguales coinciden en la necesidad de dar un
golpe de timón. Tanto Peña —por un lado— como Atilio Cornejo y Emilio
Monzó —por el otro— saben que los relevamientos de opinión que se van
difundiendo no mienten y que el malestar de la mayoría de la gente con
la administración macrista no es un invento de sus enemigos o una
exageración estadística de encuestadores inexpertos. Si nada fuese
modificado del rumbo que llevan, sus posibilidades electorales serán
menores conforme pase el tiempo y se acerquen los comicios. Sobre el
particular hay coincidencias, malgrado ciertos detalles menores que no
hacen al fondo de la cuestión. Los caminos se abren, en cambio, a la
hora de fijar tácticas para tratar de nadar contra la corriente adversa y
sobrellevar la crisis.
El plan de Balcarce 50 se agota en los
diez puntos que fueron presentados en público el pasado día viernes y
que recibieron el ni de Roberto Lavagna y de Sergio Massa y el silencio
de radio de Cristina Fernández. De nada sirvió que —enterados del
traspié— los hombres del presidente se hayan decidido a extender la
convocatoria a los que inicialmente habían sido dejados de lado. Si
acaso aceptan reunirse con Mauricio Macri lo harán con base en un
listado de ideas y de planteos que excederán largamente el decálogo de
la Casa Rosada. Ninguna de las tres figuras antes mencionadas sería tan
ingenua como para aceptar el convite ateniéndose a las condiciones
impuestas por el gobierno. Para no dar la impresión de que desean
dinamitar toda posibilidad de acuerdo, lo que harán es poner ellos
mismos su carta de ruta sobre la mesa de negociaciones.
Como
el límite infranqueable del gobierno es la candidatura de Macri, su
planteo no puede sino resultar insuficiente y destinado al fracaso. Aun
cuando el dialogo que propone se llevase a cabo y tuviese asistencia
perfecta, ninguno de sus interlocutores se sentaría a conversar
convencido de firmar un documento de gobernabilidad o cosa por el
estilo. Está claro que la intención del gobierno es dar un mensaje
explícito de que no existirá un salto al vacío. Pero para que ello
sucediese el oficialismo debería estar en mejores condiciones. La
relación de fuerzas no lo favorece y de eso son conscientes todos sus
opositores. La única razón por la cual el jefe de gabinete ha dado el
brazo a torcer es por temor a perder la pulseada contra Cristina
Fernández. No porque súbitamente haya tomado conciencia de que Monzó
estaba en lo cierto. Su anhelo y el de Mauricio Macri es calmar al dólar
y poco más. Pero para hacerlo
se requiere, como condición necesaria, que el kirchnerismo —la única amenaza de bulto que tienen delante suyo y que aterra a los mercados— se transforme en atajo que nunca va a ser y cierre la grieta. Imposible.
se requiere, como condición necesaria, que el kirchnerismo —la única amenaza de bulto que tienen delante suyo y que aterra a los mercados— se transforme en atajo que nunca va a ser y cierre la grieta. Imposible.
En cuanto a la pretensión de Cornejo y
de Lousteau, llega a destiempo y parece un despropósito que vaciaría a
Cambiemos del poco contenido que todavía posee. Piénsese por un momento y
con detenimiento lo que significaría que dirimieran supremacías, dentro
de un mismo espacio, María Eugenia Vidal, Roberto Lavagna, Margarita
Stolbizer, Martín Lousteau, Sergio Massa, Juan Manuel Urtubey y
cualquiera de los referentes del socialismo santafesino,
por ejemplo. Sería una falta de respeto —que no merecen los nombrados— decir que habrían convertido a la coalición de gobierno en una bolsa de gatos, pero no resultaría una irreverencia sostener que Cambiemos quedaría transformada en un amasijo ideológico irreconocible. La idea no pasará de eso en virtud de que, salvo los que ya resultan parte integrante de la alianza, ninguno de los otros revela el más mínimo interés en sumarse. ¿A título de qué? Una cosa era proponerlo en octubre del año 2017, inmediatamente después del gran triunfo electoral del macrismo. Otra es hacerlo hoy, en medio de la tempestad.
por ejemplo. Sería una falta de respeto —que no merecen los nombrados— decir que habrían convertido a la coalición de gobierno en una bolsa de gatos, pero no resultaría una irreverencia sostener que Cambiemos quedaría transformada en un amasijo ideológico irreconocible. La idea no pasará de eso en virtud de que, salvo los que ya resultan parte integrante de la alianza, ninguno de los otros revela el más mínimo interés en sumarse. ¿A título de qué? Una cosa era proponerlo en octubre del año 2017, inmediatamente después del gran triunfo electoral del macrismo. Otra es hacerlo hoy, en medio de la tempestad.
Caben dos posibilidades de aquí al día
22 de junio, fecha límite para anotar a los candidatos. Una, que la
volatilidad del tipo de cambio se atempere y reine la calma en los
mercados, en cuyo caso Mauricio Macri será inamovible. O bien que el
dólar quedase fuera de control, la inflación de mayo no bajase de 4 % y
el radicalismo se fracturase, con lo cual se abriría la cancha, no para
engordar artificialmente a Cambiemos sino para que subiese al ring María
Eugenia Vidal.

