La pretensión del kirchnerismo de ser la continuación superadora del
peronismo, es decir, un peronismo “ampliado y corregido”, hace necesario
puntualizar las bases conceptuales o ideológicas, aun filosóficas, de
ambas corrientes políticas.
El kirchnerismo se reconoce a sí mismo como progresista, izquierdista
o centro-izquierdista. Es decir, adopta, como línea divisoria y centro
de gravedad de la politica, el esquema teórico de derecha/izquierda,
nacido en laboratorios intelectuales europeos. Y, dentro de ese
esquema, los kirchneristas gustan colocarse a la izquierda, aunque, por
lo que vemos desde 2003, de izquierdistas tienen poco o lo disimulan muy
bien.
Mientras que, para Perón, la ideología no puede ser impuesta a un
pueblo nacional desde una ”vanguardia iluminada”. Para el fundador del
peronismo, como lo he remarcado muchas veces en mis escritos, la
ideología es un producto natural que surge de los sentimientos, los
anhelos, las necesidades y las tradiciones de un pueblo nacional. La
función del político o del ideólogo se reduce a interpretar
correctamente, y exponer en forma organizada y coherente aquellos
sentimientos, anhelos, necesidades y tradiciones. En definitiva, las
verdaderas elites, los auténticos conductores de pueblos, no son
creadores de ideologías, sino simples compiladores de lo preexistente en
el corazón y en la mente de esos pueblos. Las que pretenden crear
ideologías son las vanguardias que se creen iluminadas. Esa manía nació
en el siglo XVIII, justamente con el llamado Iluminismo (o Ilustración)
francés, y luego europeo.
Por ello mismo, entre las ideologías librescas, nacidas del esquema
derecha/izquierda, y una ideología nacional y popular (en nuestro caso,
peronista) hay diferencias sustanciales que delimitan, a su vez, las
distintas escalas de valores que abrazan ambos grupos.
Nadie duda de que la finalidad última de la acción politica es la
búsqueda del bien común. Me refiero a la concepción humanista y no a
las teorías ”neutras”, o mas propiamente amorales, de la politica. Para
estas últimas, la politica es sólo la búsqueda, la acumulación y, en
definitiva, el uso discrecional y abusivo del poder, por el poder mismo.
Al respecto, es notorio que las enseñanzas de Carl Schmitt sobre la
voluntad omnímoda del gobernante como única explicación y fuente del
poder (y no la ley), hayan sido adoptadas casi sin excepción por toda la
izquierda del mundo, marxista declarada o no: desde Karl Marx, León
Trotski y Antonio Gramsci, hasta Gianni Vatimo, Slavoj Zizek, Ernesto
Laclau, Chantal Muffe… y los Kirchner. Todos. Los reales y los
falsificados.
Si el objetivo de la politica es la búsqueda del bien común,
necesariamente y en forma especial en las sociedades modernas, el meollo
de la cuestión será lograr justicia para los sectores postergados,
excluidos y/o dominados.
En ese punto coincide la izquierda auténtica con el peronismo, al
menos teóricamente, aún cuando la primera es una construcción
intelectual, libresca y extranjera (europea), y el segundo constituye
una ideología nacional por excelencia, nacida del pueblo argentino.
Las diferencias de fondo entre la izquierda auténtica y el peronismo
no se refieren, pues, a la búsqueda de justicia para los postergados
(cuestión en la cual, insisto, coinciden) sino en la metodología que
emplean para lograr ese objetivo, y en el valor central que, para el
peronismo y no para la izquierda, tiene en esa batalla el poder y la
unidad de la Nación o, mas precisamente, del pueblo nacional.
Por todo lo dicho, un gobierno izquierdista se transforma, natural y
quizás inadvertidamente, en una experiencia elitista más, en la cual,
una vanguardia que se cree iluminada termina siendo el verdugo de su
propio pueblo y su opresor desembozado, cuando éste “no entiende” el
modelo “progresista” que le ofrece la vanguardia.
Y ello, al margen de experiencias izquierdistas falsificadas, como el
kirchnerismo, en las que un barniz seudo ideológico apenas si alcanza a
disimular el afán desenfrenado de poder y riquezas del grupo dominante.
Proletarios del mundo uníos
Esa proclama de Marx expresa, en realidad, su desprecio por la
Nación como ámbito mayor de pertenencia y desarrollo integral, primario
e insustituible, de cada pueblo que merezca ese nombre, es decir de
cada pueblo nacional.
Expresa, también, la creencia de que una ideología de laboratorio
como la suya es la salvación para los desposeídos, olvidando y
menoscabando así la enorme influencia que tiene, en todo proceso de
liberación popular, la simultánea liberación nacional, que incluye en
forma indispensable el control nacional de los resortes de la economía.
Digamos, de paso, que Marx y todos sus descendientes políticos
menoscaban hasta hacerla desaparecer la importancia central de la
familia como primer e insustituible ámbito de pertenencia y desarrollo
(también de formación) de los seres humanos, es decir, de los pueblos.
De ahí que el experimento soviético exigiera, en su primera etapa (la
más ortodoxamente marxista), la entrega de los niños al Estado, para que
éste los educara…
De ahí, también, la ligereza con que las izquierdas modernas
transforman el matrimonio en simples uniones civiles “de género” (que
tienen legítimo derecho a existir, pero que pueden confundirse con el
matrimonio procreador y educador), y permiten la adopción de chicos de
la más tierna edad por parte de parejas homosexuales. En otras palabras,
para todas las izquierdas, la familia no existe como el único e
insoslayable ámbito de creación, formación y desarrollo de las personas
humanas, de los pueblos.
El “proletarios del mundo uníos” oculta, a su vez, la cruda realidad
de los designios de las naciones poderosas por dominar en todos los
campos (político, económico, cultural y, si se da el caso, militar) a
las más débiles, y arrebatarles sus riquezas.
Disimula, finalmente, el complejo de superioridad que invade a Europa
y EE. UU. (la Europa de este lado del Atlántico) respecto del resto del
mundo.
Sólo así se explica la aparente contradicción de que Marx, mientras
proclamaba su “proletarios del mundo uníos”, aprobaba con entusiasmo la
invasión franco-austríaca a México para imponerle un rey europeo… porque
con ello se aceleraba el tránsito de los mexicanos al capitalismo, y de
ahí al comunismo.
De todo ello se deduce que el internacionalismo de Marx, que han
heredado sin excepción todos sus seguidores (aún las actuales “viudas de
Marx”, como los eurocomunistas al estilo de Vattimo y Laclau, o de Tony
Negri y Michael Hardt), les impide ver el verdadero fondo de la lucha
por la liberación de los oprimidos y postergados. Con mayor razón,
dicho internacionalismo dogmático y libresco les oculta el único camino
de liberación, que nace en la unidad del pueblo nacional.
He ahí la diferencia sustancial, de fondo, entre peronismo o
ideología nacional y popular, por un lado, y la izquierda (aún la
auténtica) por el otro lado.
Lo más alarmante es que los propios peronistas…
Entre la violencia y el diálogo
La otra diferencia notoria, esta vez en el campo de la praxis, es la
creencia izquierdista de que la política es, siempre y fundamentalmente,
confrontación sino lucha abierta, comúnmente a matar o morir y sin
cuartel.
Aún los más moderados izquierdistas, como las citadas “viudas de
Marx” y sus imitadores (auténticos o a sueldo) de Carta Abierta,
adhieren a ese tabú de la violencia como única y deseable partera de la
historia. Y el kirchnerismo, si algo tiene de izquierdista en serio, es
su amor por la destrucción de sus “enemigos”. Me refiero a sus enemigos
personales, los que pueden y pretenden disputarles el poder, sea donde
fuere, incluso en las urnas. El kirchnerismo, más que izquierdista es,
en realidad, una máquina de acumular poder y riquezas, y por eso trata
de destruir a sus enemigos.
Vale recordar que los romanos, hace ya dos mil años, supieron
distinguir a los “hostis” (los enemigos de Roma, del pueblo nacional,
diríamos hoy), de los simples “inimicus” (los enemigos personales).
Contra los primeros, la ley ordenaba la guerra abierta. Sobre los
segundos, la ley nada establecía, pues eran asuntos personales, no
públicos.
Carl Schmitt, al fundamentar su tesis sobre la disyuntiva política
básica de “amigo/enemigo”, cita la distinción de los romanos entre
“hostis” e “inimicus”.
El kirchnerismo, no sólo ignora tal distinción, sino que hace al
revés: si un “hostis” es amigo personal, cómplice o testaferro suyo, es
bueno; mientras que un “inimicus” de Cristina, aunque sea un patriota
benefactor del pueblo, es y será siempre destituyente… y destituido.
Frente a esa vocación por la violencia o confrontación permanente, el
peronismo levanta su doctrina de la Comunidad Organizada, que, en forma
simple y resumida, significa:
a)- Reconocer que hay una mayoría de la población postergada y aun
dominada, que tiene derecho a elevarse a la altura de la dignidad de
toda persona humana.
b)- Para ello, el peronismo impulsa la unidad de los sectores
postergados y su agrupamiento en las llamadas organizaciones libres del
pueblo, cuyo arquetipo y principal instrumento de acción son los
sindicatos de trabajadores.
c)- De ahí la insistencia de Perón y de sus genuinos discípulos en la necesidad de que haya una sola CGT, unida y fuerte.
d)- Lograda la organización del pueblo en esas instituciones libres,
el peronismo propugna la creación de ámbitos de diálogo, y aún de
confrontación civilizada de los intereses en pugna, entre las partes
interesadas (trabajadores y empresarios, en este caso), con la
participación del Estado como gerente del bien común y protector de la
parte más débil.
De modo que, insisto, el peronismo no niega ni oculta la puja de
intereses “de clase” en la sociedad, sino que trata de resolverla, hasta
donde se pueda, a través del diálogo, dejando las medidas de fuerza
como la huelga como última instancia ante situaciones extremas.
Entre dicha doctrina de la Comunidad Organizada y la violencia como
partera única y deseable de la historia hay un abismo, que, junto con su
irremediable internacionalismo, separa a la izquierda del peronismo.
Eso explica, por otro lado, la fobia abierta y declarada que tiene la
izquierda en general contra Perón, el creador de tal ideología y su
posterior conductor, y contra el gremialismo peronista que, no por
casualidad, el propio Perón llamó “la columna vertebral” de su creación
política.
Llevada por esa mentalidad, hoy la presidente almuerza y rinde
alegremente homenaje a cualquier multinacional (sea la minera Barrick, o
la Ford estadounidense), mientras hace esfuerzos suicidas por destruir a
la CGT.
No es casualidad.
Tampoco es casual que la presidente alabe teatralmente a Evita (a una
Evita “trasvestida” en izquierdista por la magia del relato
kirchnerista) y, de paso, use su figura, mientras denigra a Perón o “lo
supera”… cada vez que tiene un micrófono a mano y una claque
condescendiente y pagada.
A Evita la necesita como icono femenino, como antecesora suya de
fantasía… porque a Rosa Luxemburgo nadie la conoce en estas tierras
criollas: no sirve para “trasvestirla” en kirchnerista.
Violencia e internacionalismo: otro humanismo
Es necesario remarcar que la violencia (hoy llamada, más prolija y
tímidamente, confrontación), elevada a la categoría de partera
indispensable y deseable de la historia, no es una simple cuestión de
método, sino que pasa a formar parte esencial del cuerpo doctrinario del
marxismo y de sus seguidores modernos. Los trabajos de Laclau y Muffe,
en Europa, así como los de Ricardo Forster, Eduardo González y otros
voceros y representantes de Carta Abierta, entre nosotros, así lo
demuestra.
De modo que el internacionalismo y la violencia (confrontación) como
método único, o la menos preferido, son dos rasgos centrales e
inseparables de todos los marxismos, de todas las izquierdas que
merezcan ese nombre en forma auténtica, aún del kirchnerismo que no
pasa de ser una izquierda de utilería.
De la misma manera, la liberación nacional (que incluye el control
nacional de los resortes económicos) y la metodología del diálogo (que
facilita la unidad nacional) inscripta en la doctrina de la Comunidad
Organizada, forman parte indisoluble de la ideología peronista.
Como se puede comprobar, las diferencias entre izquierda y peronismo
son sustanciales y demuestran claramente que ambas propuesta políticas
responden a humanismos distintos, a diferentes concepciones del hombre y
de la sociedad.
Podemos coincidir con la izquierda en algunas tareas concretas y
puntuales. Jamás podremos confundir una ideología, una propuesta
global, con la otra.
Por ello llama la atención que peronistas de la primera hora, o al
menos formados en las enseñanzas simples y claras de Perón, hoy se
proclamen peronistas y kirchneristas, o peronistas-kirchneristas.
