Carlos Raúl Hernández
En septiembre 2012, debajo de un estacionamiento de Leicester,
Inglaterra, se descubrió el esqueleto de Ricardo III, personaje en el
que Shakespeare resume la ruindad extrema de la que se puede ser capaz.
Era físicamente deforme como él lo retrata, y moralmente un monstruo.
Manda ahogar en un tonel de vino a su propio hermano Clarence,
encarcelado en la Torre de Londres. También en esa torre del horror
asesina por razones dinásticas dos niños, los hijos de Eduardo IV. Hace
decapitar un enemigo y seduce a la viuda, que se le entrega en plenas
exequias de su marido en busca de protección de aquel mundo de fieras.
Una perspectiva de la Historia Universal es el recuento de la maldad, presidida por su reina: la mentira. La bestia que todos llevamos dentro ha sido difícil de embridar en 40.000 años.
En los comienzos del homo sapiens solo el amor moderó la violencia.
La antropología sostiene que la evolución terminó cuando macho y hembra
descubrieron el sexo cara a cara, ahora hombre y mujer que se amaban a
los ojos, según el arte rupestre, y la pequeña cueva se tornó un
paraíso, después de sobrevivir el día.
El judaísmo hace lo suyo milenios después cuando Moisés impone
mandamientos severos a la vida tribal. Más tarde el Cristianismo
dignificó la condición humana. Todos somos hijos de Dios.
Pero Ariel y Calibán siguen en combate en el
corazón y en el siglo XX las revoluciones de izquierda y derecha de
nuevo asoman los colmillos del homo homini lupus.
El comunismo y el nacionalsocialismo se basan únicamente en el odio y la mentira. Cada uno de sus líderes es potencialmente Ricardo III o Fidel Castro, su versión contemporánea.
Por fortuna la marcha global hacia la libertad pone obstáculos y los
revolucionarios no tienen, en general, las manos libres para asesinar.
Dicen luchar por valores sublimes, la igualdad, la verdad, el futuro, la
justicia, y muchos lo creen, pero sus medios y sus fines son
criminales.
Son por definición amorales, enfermos de esquizofrenia ética. Tienen la cabeza llena de delirios ideológicos, aunque su verdadero motivo es el odio por el mundo que los rodea y la gente normal.
Joseph Conrad consideraba sus razonamientos como la “imbécil y atroz respuesta de un discurso revolucionario meramente utópico“, pero que ha llegado a ser eficaz, hasta el extremo que resucitó luego de que en 1989 se le creía enterrado.
Los
revolucionarios tienen un tronco común y sus diferencias son meramente
tácticas, de acuerdo con el mayor o menor sentido práctico que exhiban,
desde los terroristas ilusos hasta los pragmáticos eficaces. Y por las
malas o las buenas, usando las instituciones gradualmente o
asaltándolas, persiguen lo mismo: destruir la sociedad civilizada,
arrebatar la vida, la libertad y la propiedad de los ciudadanos, crear
tiranías.
La
mentira es su materia prima esencial, el influjo de su alma, la
gelatina de sus huesos. El engaño, la falsedad, la calumnia sin
escrúpulos es lo que corre por sus venas justifica y da sentido a sus
existencias. Mienten de los vivos y los muertos. Prostituyen las hijas.
Rompen las lealtades familiares. Lenin se inspiró para su obra.
¿Qué
hacer?, en el Catecismo Revolucionario del anarquista ruso Nechayev,
prolongado en Mao, Stalin, Guevara, Hitler, Mussolini, Castro, y
cualquiera que admire o quiera emular tales licántropos que chapotean en
ríos de sangre y sufrimientos.
“… El revolucionario… no tiene intereses personales, no tiene relaciones, sentimientos, vínculos o propiedades, ni siquiera un nombre. Todo en él se dirige hacia un solo fin, un solo pensamiento, una sola pasión: la revolución… un amigo es sólo aquel que ha probado con sus actos que también él es un revolucionario. La dedicación u otras obligaciones hacia ese amigo dependen de su utilidad para la causa”.
Ricardo III hoy sería un militante revolucionario.
