EL RELATO HACE AGUA .
Una Argentina que se inunda más allá de La Plata
Más allá de la tragedia, su dramatismo y su dolor,
las inundaciones de esta semana en Buenos Aires pueden ser políticamente
leídas como metáforas, como símbolos de una élite política que se viene
alejando peligrosamente de la realidad. Todo nos ubica en una situación
bisagra: el gobierno espera ganar porque no hay oposición y la
oposición también por los errores del gobierno. Ninguno ofrece una
alternativa: el gobierno sólo seguir estando porque ya está y las
oposiciones para que no sigan los que están. No son opciones ninguna de
las dos. ¿Y entonces qué...?
"Para colmo, con las inundaciones, se
pudo ver el despliegue de un aparato comunicacional K incontrolable, que
ya se ha independizado incluso de su creadora y comete locuras
increíbles, porque cuando creyeron que las muertes se circunscribían a
Capital Federal, tanto De Vido, como D’Elía, como 678, intentaron cargar
la totalidad de la tragedia sobre las espaldas de Macri, en vez de
convocar al salvataje de las víctimas, cosa que recién hicieron cuando
las aguas llegaron a La Plata."
por CARLOS SALVADOR LA ROSA
CIUDAD DE MENDOZA (Los Andes). “Como
se forman los grandes ríos por la afluencia de los arroyos y riachos
que van viniendo desde lejanas y opuestas veredas, las aguas corren por
el plano del valle hasta que forman espontáneamente su cauce. Se
construye sustancialmente con lo nuevo que viene sobre la base de algo
que ya existe -la multitud innominada y proscripta- que no se ha
detenido en su marcha ni mira atrás, sino que está esperando. Esperando
la convocatoria. Ella es la
que hace los grandes partos de la historia y la historia no le niega
nunca su partero, que está aún desconocido... Así ocurrirá
necesariamente ahora, que puede ser un año o dos o tres y no mucho más.
La conciliación, el reencuentro se producirán pero no en el nivel que esperan y que ellos llaman 'alto'. Viene de abajo y es un imperativo de las circunstancias. Es una conciencia que ya está formada y que rompe las estructuras formales de toda la política, libera a sus hombres y los lleva a coincidir en el hecho nuevo del día nuevo”.
Arturo Jauretche (los subrayados son nuestros).
Durante su presidencia, Néstor Kirchner no se ocupó tanto de relatar la política, sino de hacerla.
Por eso buscó acompañarse de gente con prestigio propio como Lavagna,
Bielsa, Taiana, Tedesco, Béliz, Filmus, a los que sumó una Corte Suprema
también colmada de prestigiosos.
Sin embargo, cuando asumió la presidencia su esposa Cristina, fue
el mismo Néstor quien la ayudó a reemplazar todos esos funcionarios por
obsecuentes relatores de un relato robado del pasado por intelectuales
tan nostálgicos como decadentes, desesperados hasta la alucinación por
tener su revancha histórica, una segunda oportunidad.
Pero ellos no tuvieron la culpa, sino los políticos que los sacaron
de sus claustros monásticos y les hicieron creer que esta vez no serían
usados como supuestamente los usó Perón en los años ’70. Esos
intelectuales bien podrían llamarse ideólogos de diván, porque lo suyo
es más psicoanalítico que político.
Tanto de jóvenes como de viejos, creyeron que su “superior inteligencia” les permitiría apoderarse del peronismo, pero este movimiento tan amorfo como pragmático los usó ahora como los usó antes, y los está tirando hoy como los tiró ayer. Castigo que, además, bien merecido tienen.
Lo cierto es que las dos presidencias de Cristina son hijas
sustanciales del relato entendido como el dique, el cauce con el que se
intentó canalizar, conducir las aguas desbocadas en 2001. Fue, desde el
primer momento, un dique construido con materiales viejos, reciclados
(traídos de un pasado que fue, por otra parte, desastroso) pero que al
principio soportaron bastante bien el peso de la realidad porque
coincidían con la direccionalidad política que al país le dio Néstor
Kirchner, y también con las principales tendencias latinoamericanas de
época.
Así, el relato devino un dique que contenía las aguas desmadradas,
pero no a todas. Lo malo es que para éstas otras no se pensó en ninguna
contención puesto que en los momentos de mayor prepotencia, el relato
soñó con hacer desaparecer, secar, aniquilar todas aquellas aguas que no
entraran dentro de su cauce.
Durante un tiempo, el éxito fue notable, tanto que hasta llegó a pensarse que el relato había sustituido a la realidad,
o que era una nueva realidad más poderosa que la vieja realidad. En
consecuencia, a cada fracaso táctico en vez de rectificar los errores,
se le respondía con una profundización de la política que condujo al
fracaso.
Y como al principio esta tesis del vamos por todo dio
resultado, se creyó haber eliminado la ley de la gravedad. De allí en
más, los errores habría que duplicarlos para convertir la derrota en
éxito; ese fue el teorema K. Y gracias al mismo lograron el más que
aplastante alud electoral de octubre de 2011. El éxito “definitivo” del relato.
La primera advertencia de que no toda la realidad entraba dentro
del dique relator fue la tragedia ferroviaria de Once. Aparecía el
primer “símbolo” de que parte importante de las aguas no
circulaban por los canales K y que si esas aguas se seguían acumulando
sin contención, en algún momento podrían inundarnos a todos.
Sin embargo, la advertencia, pese a su brutal contundencia por el costo cobrado en vidas, no fue en absoluto escuchada por el poder. O fue escuchada con la misma lógica del vamos por todo. En consecuencia, se decidió aumentar al máximo la potencia del relato,
inundar al país de relato a ver si dentro de él se podía meter todo lo
real, o al menos ocultarlo lo suficiente para declarar su inexistencia.
Así, se impulsó la gesta malvinera, la segunda liberación de España con la toma de Repsol, el 7D contra la “corporación mediática” y la “democratización” de la “corporación judicial”. Fue todo el año pasado una lucha denodada del relato para imponer sus utopías sobre la realidad, para que ésta no se mostrara.
Pero mientras el gobierno quería distraernos con su agenda “épica”, el problema ya no eran solamente las aguas que circulaban por fuera de los diques, sino que las mismas aguas que circulaban dentro del canal K empezaron a escurrirse por las roturas de sus envejecidas paredes.
Entonces, de a poco, ante la obsolescencia del relato como modo de entender la realidad, van apareciendo los “símbolos”, que son hechos, gestos o palabras que muestran todas aquellas cosas que el relato deja sueltas. Son señales que nos avisan de la existencia de todo aquello que el relato declaró inexistente.
Hoy los símbolos están arrasando con el relato, porque a través de
ellos se muestra todo lo que el relato parcializó, oscureció u ocultó.
Y cuando casi todos los acontecimientos adquieren altura simbólica
es porque indican un cambio de época monumental: la necesidad imperiosa
de crear nuevos diques para contener una realidad que navega sin rumbo
ni conducción por fuera de los diques y canales oficiales, amenazando
con destruir todo lo que se enfrente a su paso.
He aquí quizá la gran diferencia con la tragedia de las
inundaciones en comparación con la ferroviaria; en que ya no se puede
ocultar con más relato las mentiras del relato. Ahora hay que intentar
cambiarlo por otro, pero no se tiene otro. No lo tiene ni el gobierno ni
nadie más, porque el único que tenía relato era el gobierno.
El verso setentista, la base del relato, murió con el Papa, cuando Cristina se dio cuenta que la ideologización que intentó no logró entrar en el corazón de la sociedad, ni siquiera en el de las masas peronistas.
Y como el setentismo era la única coartada que tenía Cristina para
cubrir de épica revolucionaria una gestión mediocre, ahora -sin
setentismo- queda sólo la gestión mediocre.
Las primeras reacciones del cristinismo ante la designación de su odiado Bergoglio desnudaron desvaríos que indican la creciente desconexión de la élite K con respecto a la sociedad y también hacia la mayoría del peronismo,
que sólo acata sin convicción, por mera obediencia debida, acallar el
desprecio inicial al Papa incitado por los ideólogos setentistas.
Más políticamente hábil que sus ideólogos, que le proponían seguir
la guerra contra Bergoglio en el Vaticano como se la hizo durante todos
estos años en Buenos Aires, Cristina decidió dar por perdida la batalla cultural a cambio de no perder la batalla electoral.
Pero no tiene relato alternativo, por eso, a pesar de algunos aparentes
buenos modales, sigue su lucha contra los mismos enemigos inventados de
siempre, aunque ahora sin la mística del relato.
Para colmo, con las inundaciones, se pudo ver el despliegue
de un aparato comunicacional K incontrolable, que ya se ha
independizado incluso de su creadora y comete locuras increíbles,
porque cuando creyeron que las muertes se circunscribían a Capital
Federal, tanto De Vido, como D’Elía, como 678, intentaron cargar la
totalidad de la tragedia sobre las espaldas de Macri, en vez de convocar
al salvataje de las víctimas, cosa que recién hicieron cuando las aguas
llegaron a La Plata.
O sea, el discurso inicial del cristinismo, tanto en lo del Papa como en las inundaciones, giró enloquecido sobre sí mismo,
aullando pavadas, como un monstruo de Frankenstein que liberado de las
órdenes de su creadora, amenaza con matarla incluso a ella misma.
Es en situaciones extremas como éstas cuando todo se hace símbolo.
Cuando cada gesto parece expresar la realidad entera, esa que el relato
intentó ocultar. Así, la sensación popular es que, más allá de las
responsabilidades de cada uno, nadie demostró liderazgo para conducir la
lucha contra la catástrofe. Se tuvo, además, la sensación de que estos
ridículos feriados cada vez más largos son utilizados por la élite
política para irse a pasear por el mundo, o sea para auto-turismo
dirigencial.
Pero aun cuando fueron llegando de sus vacaciones, ninguno pudo
mostrarse junto al otro para demostrar que al menos ante la catástrofe,
las internas se dejan de lado. Cada uno culpaba a los otros y se demoró
un día entero desmontar los odios que el relato instaló, para empezar
las mínimas colaboraciones entre ellos. Por eso la inundación demuestra
la desconexión de toda la élite política gobernante con respecto al
resto de la sociedad.
Con el Papa, el gobierno, y con las inundaciones, toda la clase política, mostraron que están atrás de la realidad y del pueblo.
Que ya no sólo no pueden hacer que los sigan, sino que son ellos
quienes están siguiendo a la sociedad, pero con torpeza y sin
convicción.
Todo esto nos ubica en una situación bisagra: el gobierno
espera ganar porque no hay oposición y la oposición también por los
errores del gobierno. Ninguno ofrece una alternativa: el gobierno sólo
seguir estando porque ya está y las oposiciones para que no sigan los
que están. No son opciones ninguna de las dos.
Posdata. Claro que
el intendente de La Plata, un tal Bruera, es un miserable Schettino,
ese capitán que huyó primero que nadie de su barco que se hundía. Bruera
no estuvo cuando la inundación, luego mintió que estaba y cuando le
descubrieron la mentira, despidió a un empleado como chivo expiatorio. Bruera
es un fugado, un mentiroso y un cobarde, es cierto, sin embargo, que
ahora la élite política quiera echarle todas las culpas a ese tipejo
para así exculpar al resto de sus miembros, indica que Bruera no es el
único Schettino.
Aconsejamos, para el final, releer la cita de don Arturo Jauretche
con que se inicia esta nota. Porque las élites a veces se suicidan, pero
los pueblos no. Por eso cuando no va quedando nada arriba, hay que
mirar bien abajo, porque es allí donde suele refugiarse la verdad
confiscada por el poder.
FUENTE :
http://www.urgente24.com/212686-una-argentina-que-se-inunda-mas-alla-de-la-plata?pagination=show