viernes, 12 de abril de 2013

LA AUTODESTRUCCIÓN ARGENTINA, El PERONISMO Y VARGAS LLOSA



Mucho se ha dicho y escrito sobre la naturaleza del peronismo. La creencia más generalizada, tanto adentro como afuera de su seno, asegura que el peronismo es un sentimiento.
Lo es en gran medida, sin dudas, pero la cuestión no termina ahí. Hay un cuerpo de doctrina  a la cual, sin excepción alguna, adhieren todos sus dirigentes y militantes. En definitiva, es lo que hemos bautizado, en la nota anterior, como pensamiento político de Perón. Que el grueso del pueblo peronista tenga sólo una vaga idea de tal cuerpo de doctrina es un fenómeno que se da en todos los movimientos políticos del mundo, y no veo motivo valedero para endilgárselo al peronismo como si fuera un defecto suyo en particular.
En la Argentina, como en cualquier país del planeta, se constata la misma situación: “la gente vota con el bolsillo”. Son pocos los que sopesan la orientación ideológica del candidato, y siempre priman los motivos económicos, la falta de seguridad personal y, en casos extremos, la falta de libertad. Rara vez se une, a ese pequeño  grupo de motivaciones, la corrupción oficial, y lo hace invariablemente cuando la situación económica empeora, no antes. Al gobierno que tiene éxito económico se le perdona todo, o casi todo.

De cualquier modo, es interesante tener presente algunas investigaciones últimas sobre la posible influencia de la configuración genética en las preferencias políticas de cada persona.
Según el diario la Nación del 27-5-12, un grupo de sicólogos de los Estados Unidos y de otros países ha llegado a la conclusión de que una parte importante de nuestras opiniones políticas (entre el 33 y  el 50%) está influida “por intuiciones muy arraigadas en nuestra psicología”… y que “una parte de esas intuiciones la traemos en nuestro código genéticos”. Agrega La Nación textualmente:
Esto no quiere decir que la simpatía por el peronismo y  lo pasión por el anti peronismo están escrita en el ADN, pero si que tenemos actitudes que, combinadas con el entorno, pueden expresarse de una manera o otra.
Esto viene a confirmar la sabiduría popular que afirma que al peronismo se lo lleva en la sangre y el corazón, y no sólo en él cerebro. También explicaría muchas de las actitudes del pueblo peronista, es decir de los peronista de a pie. Entre ellas, el apoyo a los candidatos de su partido a pesar de todos los defectos que hemos señalado mas arriba, los códigos que usan para organizarse, expresarse y relacionarse entre ellos y, aún, la verticalidad que practican.
Lo dicho nos lleva necesariamente a preguntarnos si tales “intuiciones arraigadas” no son una característica que distingue a los argentinos como pueblo, o al menos a una gran mayoría de ellos. Ese fenómeno explicaría la permanente adhesión de enormes sectores populares al peronismo, a pesar de sus dirigentes.
Reitero lo expresado en la primera de estas notas: Perón, al formular su propuesta ideológica y política, supo interpretar los más profundos sentimientos y anhelos de los argentinos, y se colocó en la senda histórica de los caudillos federales. Una senda que, inaugurada por José Gervasio de Artigas, siguieron José de San Martín, Juan  Manuel de Rosas, Estanislao López, Facundo Quiroga, Juan Bautista Bustos, Francisco Ramírez, Nazario Benavídez y los otros caudillos federales, hasta consolidarse como una de las dos grandes corrientes políticas del país. En el siglo XX la continuaron Hipólito Yrigoyen, Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz y sus compañeros de FORJA, y  culminó con Juan  Domingo Perón.
Al parecer, los genes políticos de todos ellos son los mismos.
La otra línea histórica de pensamiento ideológico y político de nuestro país es la liberal, que inauguró Bernardino Rivadavia y consolidaron Bartolomé Mitre y Domingo Faustino Sarmiento, cuando, en 1852, lograron derrocar por las armas a los caudillos federales. Esa línea, después de aplastar a sangre y fuego a los seguidores de Rosas, el gobernante elegido legítimamente por su pueblo, se impuso hasta finales del siglo XIX y principios del XX. Luego lo hizo cada vez que logró convencer a los militares de que era necesario salir de los cuarteles para alterar la voluntad popular y entronizarlos a ellos en el poder.
Si se lo observa desapasionadamente, ése ha sido el verdadero bipartidismo que rigió en  la Argentina desde Artigas hasta José Rafael Videla y sus camaradas militares y sus asesores y gestores civiles.
 La aparición  del marxismo
Desde la aparición de las fuerzas marxistas en nuestro país, a fines del siglo XIX, la corriente liberal tuvo dos alas: la de derecha y la de izquierda, pero nada cambió en cuanto a las peculiares características de nuestro bipartidismo ancestral: la línea que nació con Artigas, y contó con la simpatía y el apoyo de San Martín, se continuó con Yrigoyen y el radicalismo. Y, por el otro lado, la corriente acunada por Rivadavia, que logró exiliar a Artigas en Paraguay y frenar al libertador en Guayaquil, mostró su renovada presencia en la década de 1930 con  Agustín P. Justo. La novedad fue que a Justo lo sostuvo una alianza (rara sólo en apariencias) de conservadores (liberales de derecha) y socialistas (liberales de izquierda).
En 1943 no hubo novedad alguna cuando, para enfrentar a Perón, acá se unieron los que, en el norte, comenzaban a luchar como enemigos mortales: capitalistas (conservadores) y comunistas.
Nunca nuestro bipartidismo siguió otra línea que no fuera la “sugerida” por los dos ADN que nos “persiguen” desde 1806, o desde la derrota de la Armada Invencible en 1588. Quizás desde la Reforma y la Contrarreforma, ocurridas en ese mismo siglo: no por casualidad, la primera fue sajona o anglosajona y la segunda, latina. Más precisamente, española.
Señal de que ese bipartidismo nuestro, basado en ambos mosaicos genéticos, es más auténtico, y por ello más fuerte y duradero que el de derechas e izquierdas que intentan imponernos desde afuera.
 Al comparar el tipo de adhesión existente en estos movimientos populares, con el que se encuentra en los partidos llamados liberales (insisto, de derecha o de izquierda),  se podrá comprender por qué en los primeros hay una lealtad permanente,  que logra mantenerlos unidos por mucho tiempo a pesar de sus dirigentes, mientras en los segundos las divisiones son el pan de cada día.
La explicación de dicha diferencia podría estar en los descubrimientos sicológicos mencionados: hay  intuiciones arraigadas, verdaderos códigos genéticos en la mayoría del pueblo argentino que lo lleva naturalmente a sentirse peronista. Mientras que, entre sectores minoritarios, el código genético orienta y empuja hacia el antiperonismo. No está demás recordar que hablamos de  una tendencia o predisposición, y no de un determino biológico o “fatalidad”.
Si avanzamos en esta direccion, el siguiente paso es tratar de determinar cuáles son las tendencias o prioridades que, insisto, dictaría el código genético a cada uno de estos  grupos ideológicos de nuestro país. Ése será el tema de la próxima nota de esta serie.