jueves, 4 de julio de 2019

EL ASESINATO DE RUCCI

Ni bien ganó las elecciones, Perón ordenó dos medidas que dejaron en claro el rumbo de su política, la primera designar como jefe de la Policía Federal al general (RE) Miguel Ángel Iñíguez y la segunda, declarar al ERP fuera de la ley.
La ciudadanía recibió con estupor aquella última decisión porque sabía que a corto plazo iba a traer consecuencias. Tal vez por esa razón, la primera pasó casi desapercibida, a pesar de su alto significado.
El nuevo titular de las fuerzas federales era, como dijéramos en capítulos anteriores, un militar leal que para más, tenía experiencia de combate. En septiembre de 1955 había comandado los ejércitos peronistas que cercaron a Lonardi en Córdoba y estuvieron a minutos de derrotarlo aun soportando duros castigos por parte de la artillería y la aviación rebeldes. Si no lo hizo fue porque su jefe y presidente decidió abandonar el poder y huir al exilio.
Manteniendo su fe inquebrantable, en 1956 se sumó a la conspiración del general Juan José Valle destinada a reponer al líder justicialista en el mando, pero fue apresado antes de que la misma se pusiese en marcha y eso lo salvó de ser fusilado. El 30 de noviembre de 1960 encabezó un nuevo alzamiento cuya finalidad era derrocar a Frondizi.
 
En aquella oportunidad, en horas de la mañana, militares y civiles fuertemente pertrechados tomaron el Regimiento de Infantería 11 General Las Heras de Rosario, luego de un prolongado enfrentamiento en el que resultaron muertos un oficial rebelde, otro leal y dos conscriptos de este último bando.
En tanto Iñíguez establecía su centro de operaciones en la unidad capturada, el teniente coronel (RE) Eduardo Escudé se apoderó del Batallón de Escuela y otros edificios de Tartagal, provincia de Salta. Mientras tenían lugar esos hechos, estallaron bombas en diversos puntos del Gran Buenos Aires y en la ciudad de Mendoza fueron cortadas las vías de ferrocarril, líneas telefónicas y telegráficas.
El general Iñíguez (al centro de traje gris obscuro)
asume como jefe de la Policía Federal

(Imagen: "La Razón")

La intentona fracasó; con la ayuda de la Gendarmería Nacional el Ejército recuperó los edificios tomados y el general Iñíguez se vio forzado a huir con varios de sus hombres, eludiendo el cerco en un camión de verduras.
Durante el acto del 20 de junio de 1973 en Ezeiza, tuvo a su cargo las comunicaciones dirigiendo al Comando de Orientación Revolucionaria1. Esa misma noche visitó a Perón en la Quinta Presidencial de Olivos, el 11 de septiembre fue designado Interventor de la Junta Nacional de Carnes y en esas funciones se encontraba cuando fue nombrado jefe de la Federal, en reemplazo del general Heraclio Ferrazzano otro militar que combatió en el bando leal durante la Revolución Libertadora2.
Ese era el hombre que asumía la jefatura de policía al día siguiente del triunfo peronista, otro exponente de la derecha, un militar que había compartido con Osinde el palco de Ezeiza y había tomado parte activa en la represión. La izquierda tomó eso como una provocación y se pero el líder justicialista no se dejó amilanar.
Su siguiente movida fue responder la declaración de guerra del ERP, aparecida en “Estrella Roja”, con la proscripción de la agrupación. La orden partió directamente de Gaspar Campos y ese mismo día Lastiri la hizo realidad a través del decreto Nº 1454 emitido por la Secretaría de Prensa y Difusión de la Nación. Su texto decía textualmente:

Artículo 1º) Declárase ilegal la actividad del autodenominado “Ejército Revolucionario del Pueblo”. Prohibiéndose en consecuencia que, bajo ese nombre o cualquier otro que lo sustituya, se realice por cualquier medio proselitismo, adoctrinamiento, propagación y difusión o requerimiento de ayuda para sostenimiento o expansión de su actividad disolvente.
Artículo 2º) Por intermedio del Ministerio del Interior se instruirá a la Policía Federal para la aplicación de las medidas tendientes a impedir las actividades enunciadas en el artículo primero.
Artículo 3º) Este decreto será comunicado, a sus efectos, a los señores gobernadores de las provincias en virtud de su carácter de agentes naturales del Poder Ejecutivo Nacional.
Artículo 4º) Comuníquese, publíquese en el Boletín Oficial y archívese.

Y más adelante:

…a pesar de la reiterada convocatoria a la pacificación y a la unidad nacional que realiza el gobierno desde el 25 de mayo próximo pasado, materializada en la amplia y generosa ley de amnistía, existen grupos de personas que han resuelto enfrentarse al proceso institucional en curso y a la convivencia política pacífica entre los argentinos.
El llamado ERP ha desatado contra el gobierno una campaña de difamación y actos concretos de violencia con desprecio de las vidas humanas y derechos de las personas ‘haciendo el juego a las más violentas corrientes reaccionarias.
La Constitución Nacional califica tales acciones como delito de sedición, atribuyéndolo a toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo.
Esta decisión no implica discriminación ideológica ya que se reconoce y respeta a todas las agrupaciones que actúen dentro del marco de la ley, pero no a la asociación ilícita para la violencia o la propaganda que incita a ella y que tienda a destruir la democracia que procuramos recuperar en plenitud.
La democracia requiere el mantenimiento de un consenso mínimo y es la capacidad de no considerar al conciudadano como enemigo sino eventualmente como adversario, y aceptar las reglas de juego correspondientes que son el diálogo y el respeto mutuo.
Quien elige la violencia se margina voluntariamente y el poder público, al comprobar esta realidad insoslayable, no puede renunciar a su misión de custodio del orden y seguridad comunes.

A esa hora el tránsito era intenso y la presencia de peatones más numerosa de lo habitual pues los alumnos salían del establecimiento y el arremolinamiento de gente con sus padres en la vereda y los transeúntes que iban y venían, crecía notoriamente.
Los hombres de la custodia vigilaban atentamente, algunos en los vehículos y otros fuera de ellos, esgrimiendo armas de distinto calibre y en su mayoría, anteojos de sol.
Rucci pasó a saludar a uno de sus hermanos y según algunas fuentes, se disponía a partir hacia un canal de televisión para ser entrevistado.
Debido a la serie de atentados y amenazas que había sufrido en los últimos tiempos, tenía por costumbre dormir en diferentes lugares, uno de ellos un cómodo apartamento ubicado en las azoteas de la CGT, así como en casas de parientes, amigos y allegados. Sabía que sobre su cabeza pesaba una condena a muerte y por esa razón, contaba con buen número de escoltas para moverse, la mayoría pertenecientes a la UOM, el “grupo de amigos”, como se lo conocía.
A las 12:25 de aquella mañana de sol, Rucci salió a la vereda, precedido por Ramón Rocha, un guardaespaldas oriundo de San Nicolás de los Arroyos que se había incorporado a su guardia hacía unos días. Mientras se despedía de su hermano, el automóvil Torino rojo patente provisoria E-75885 en el que solía desplazarse, avanzó unos metros para detenerse en la puerta con el motor encendido. En la esquina de Nazca aguardaba el Ford Falcon gris de la vanguardia y 50 metros detrás de su auto, otro Torino también grisáceo y un Dodge blanco esperaban la orden de partida.
Cuando terminó de hablar, se volvió hacia la calle indicándole a Rocha que se ubicase en el asiento delantero para ocuparse del equipo de radio y fue entonces que de manera repentina, dos poderosas explosiones sacudieron la zona, poniendo a sus guardaespaldas en alerta.
La gente que transitaba por las veredas se detuvo por un instante y al ver a los hombres de la custodia y al mismo Rucci parapetarse detrás de los automóviles, comprendió que algo grave estaba por suceder.
Rucci cae muerto en la vereda
Se produjo entonces una tercera detonación y con ella una feroz balacera que comenzó cuando una camioneta roja pasó a gran velocidad frente al domicilio de Rucci, llevando a un desconocido en su caja que con asombrosa precisión, disparó un certero escopetazo, alcanzando al dirigente gremial en el pecho.
Al verse atacada desde diferentes posiciones, la custodia abrió fuego, generalizándose un tremendo tiroteo que se prolongó por espacio de varios minutos.
La gente corría en diferentes direcciones o intentaba ponerse a cubierto mientras la balacera arreciaba. Muchos lo hicieron hacia el interior de la escuela en cuya azotea se habían parapetado cinco francotiradores provistos de armas largas y ametralladoras. 
También de la casa lindante a la del hermano de Rucci, una vivienda desocupada ubicada al 2951 de Avellaneda, partieron ráfagas que alcanzaron al jefe sindical en la espalda, a su chofer Abraham “Tito” Muñoz dentro del Torino rojo y a Rocha en la vereda, quien terminó recostado contra una pared, con su arma en la mano. Los disparos partieron desde el primer piso, más precisamente detrás de un cartel de alquiler al cual los terroristas le habían practicado un orificio por donde asomaban sus armas.
Rucci yacía tirado en la vereda, sobre un inmenso charco de sangre mientras sus custodios, atrapados entre dos fuegos, intentaban repeler la agresión.
Pese a la violencia del enfrentamiento, lograron ingresar en la vivienda y subir a la planta superior en tanto otro grupo, encabezado por Roberto Cano, sobrino del sindicalista, cruzaba la calle y se metía velozmente en la escuela Maimónides para dirigirse a la azotea. 
Para entonces, el combate había cesado y tanto guardaespaldas como familiares del dirigente corrieron a socorrerlo, así como también a Muñoz y Rocha, comprobándose con profunda desazón, que el primero de ellos había fallecido.
El cadáver de Rucci fue introducido en el domicilio de su hermano en espera de una ambulancia en tanto los escoltas que habían entrado a la vivienda contigua y los que habían trepado a la azotea del establecimiento educacional, se encontraban con la novedad de que los agresores habían escapado.
La noticia corrió como reguero de pólvora y en cuestión de minutos alcanzó la residencia de Gaspar Campos, donde encontró a Perón con la guardia baja. El líder la recibió con estupor y sin decir nada, se dejó caer en uno de los sillones del living, quedando allí varios minutos, sin pronunciar palabra.
Diez minutos después del ataque, una ambulancia de la UOM se detuvo en el domicilio de los Rucci, para recoger el cadáver y conducirlo hasta el Hospital Fernández junto a los9 de sus lugartenientes heridos. A poco de su ingreso, personal médico informó que Abraham Muñoz acababa de fallecer.
Pericias efectuadas en el lugar de los hechos permitieron determinar que los francotiradores apostados en la azotea de la escuela Maimónides habían llegado hasta allí en horas de la madrugada, razón por la cual, en ningún momento el personal del establecimiento se percató de su presencia.
En cuanto a la casa contigua a la de la familia Rucci, se supo que acababa de ser arrendada a una firma inmobiliaria por dos sujetos que se habían presentado el domingo anterior con la idea de establecer, según dijeron, un instituto de televisión, razón por la cual, se llevaron copia de los planos.
Ceferino Reato ha relatado magistralmente el atentado en su libro Operación Traviata y en una nota titulada “El día en que Montoneros mató a José Ignacio Rucci, el sindicalista de Perón”, publicada por Infobae el 25 de septiembre de 20173.
La misma mañana del ataque, los “inquilinos” llegaron al inmueble, acompañados por una empleada de la firma y una vez dentro, procedieron a reducirla y maniatarla, cubriéndole la boca con una cinta plástica. Luego de dejarla en una de las habitaciones, escribieron en la puerta “No tiren en el interior. Dueña de casa”4 y se dirigieron al primer piso donde tomaron ubicación en espera de su presa.
Los encabezaba un cordobés cuyo nombre de guerra era “Lino”, militante de Montoneros, un asesino a sangre fría que quería devolverle a Perón la masacre de Ezeiza y la destitución de Cámpora.
Después de practicar un agujero en el cartel de la inmobiliaria, “Lino” tomó su FAL y asomó su caño a través de él.

-¡Perfecto! –dijo- Desde aquí seguro le doy en el cuello a ese burócrata traidor.

El “Monra” hizo lo propio con su Itaka y Pablo Cristiano con la pistola 9 mm que extrajo de su cintura, comprobaron también que desde esa posición, el líder sindical era blanco seguro.

-¡Cómo está la mujer? – preguntó “Lino” volviéndose hacia el “Monra”.

-Bien, no te hagas problemas, el “Flaco” la cuida.

“Lino” era un cuadro respetado en la organización, había recibido adestramiento en Cuba y el 14 de abril del año anterior, tomó parte en el asesinato del general Juan Carlos Sánchez. Por consiguiente, tenía una experiencia impresionante y una determinación todavía mayor pues, según Reato, cumplía a rajatabla uno de los mandatos del Che Guevara, su máximo referente: “Llenarse de un odio intransigente por el enemigo y convertirse en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”.
Ni bien comenzó la balacera, “Lino” y su gente alcanzaron a Rucci por la espalda; una vez consumado el acto se incorporaron y corrieron hacia los fondos, para trepar una pared y salir por detrás, en dirección a Aranguren y Argerich. Lo mismo ocurrió con los subversivos apostados en los techos de la Maimónides quienes, al parecer, se fugaron por la calle Bogotá.
El Torino rojo de Rucci. Al fondo
la vivienda vacía y el cartel de
con el orificio practicado por
los asesinos
(Imagen: "La Prensa")

Numerosos patrulleros se hicieron presentes sonando sus sirenas, para desviar el tránsito y establecer un perímetro de seguridad. Inmediatamente detrás llegó la ambulancia y con ella, varios carros de asalto cuyos ocupantes, en número de 500, procedieron a recorrer los alrededores e inspeccionar comercios y viviendas.
Un examen realizado en los techos de la escuela por los custodios de Rucci que llegaron luego del ataque, confirmó el hallazgo de varias vainas lo mismo en la casa contigua donde además, descubrieron doce granadas de mano.
La primera personalidad importante en llegar al lugar fue el general Iñíguez (13:40) quien en un primer momento atribuyó el atentado al ERP. Minutos después hicieron lo propio Lorenzo Miguel, el ministro Llambí, su par Ricardo Otero y el diputado nacional Alberto Stecco.
La situación era tan tensa, que debido al estado de ansiedad, los custodios de Rucci se la tomaron con los periodistas que cubrían la noticia, insultándolos y agrediéndolos físicamente. El fotógrafo Roberto Ramírez, de la revista “Siete Días”, fue quien peor la pasó al recibir golpes, patadas y empujones luego de que le arrebataban la cámara y le gritaban que se fuera porque era comunista y lo iban a matar.
En Rosario, la madre de Rucci sufrió un desmayo cuando le informaron que su hijo había resultado herido en un atentado. Su esposa padeció una crisis de nervios y sus hijos debieron ser enviados a las casas de unos familiares para evitar que se enterasen de lo acontecido.
Demás está decir que desde todos los sectores del quehacer nacional llegaron expresiones de repudio y pesar, en especial del presidente de la Nación, las agrupaciones sindicales, el Consejo Superior del Movimiento Justicialista, ministros, gobernadores y funcionarios, pasando por legisladores, juristas, pensadores y el propio Arzobispado de Buenos Aires, que cursó telegramas a la familia y la CGT, firmados por el arzobispo coadjutor Juan Carlos Aramburu.
La muerte de Rucci causó profunda repercusión en el país y se sintió incluso en el exterior, donde diversos medios abordaron el tema, tanto en América como en Europa.
De más está decir que el funeral fue impresionante, con miles de personas congregadas frente a la CGT y la dirigencia política desfilando frente al féretro. Incluso altos jefes militares y policiales se hicieron presentes para brindar sus respetos a los deudos.
Pasaron por la capilla ardiente, entre otros, el teniente general Jorge Raúl Carcagno, el presidente de la Cámara de Representantes, Mariano Martín; todos los ministros, uno de los cuales, Ricardo Otero, sufrió una crisis nerviosa, el presidente de la Nación, Raúl Lastiri y finalmente María Estela Martínez de Perón, quien lo hizo a las 22:30, ese mismo día.
Las coronas de flores cubrieron el frente del edificio y las colas para ingresar daban vuelta a las esquinas.
Perón llegó a las 09:20 de la mañana siguiente, acompañado por su esposa y López Rega. Las personas al verlo comenzaron a corear su nombre pero él ni siquiera las miró. Ingresó con gesto adusto, visiblemente apesadumbrado y una vez dentro del edificio abordó uno de los ascensores. Diez minutos después hizo lo propio Lorenzo Miguel.
Ni bien entró a la capilla ardiente, Perón se dirigió a la viuda de Rucci y tomándole las manos le dio el pésame.

-Me mataron a un hijo – le dijo mirándola a los ojos.

-Gracias, general – respondió ella. 

-Fue el más leal – dijo a su vez María Estela Martínez.

Perón acarició con pena las cabezas de Claudia y Aníbal, los hijos del dirigente asesinado y luego se dirigió al grupo de periodistas que cubría la noticia.

-Estos balazos fueron para mí; me cortaron las piernas.

Una hora y veinte permaneció en el lugar, mirando fijamente a su fiel colaborador envuelto en la bandera argentina y otra de la entidad gremial a la que pertenecía. A las 10:50 se retiró junto a las personas con las que había llegado y al salir a la calle, la gente comenzó a corear “¡Leña, leña!”.
El líder apenas saludó; sin decir nada subió al automóvil que lo había traído y partió escoltado por otros tres vehículos.
A las 13:30 llegó Lastiri; una hora después, lo hicieron los 62 coches fúnebres que debían transportar al ataúd, a los deudos y las coronas florales y a las 15:25, todo estuvo listo para iniciar el cortejo.
Cuando sacaron el cajón del edificio, se produjeron apretujamientos, forcejeos y empujones al tiempo que la multitud clamaba venganza. Hubo que reforzar la seguridad con elementos de la UOM, SMATA, la Juventud Sindical Peronista y la Alianza Libertadora Nacionalista, para evitar incidentes.
Después que la multitud entonara el Himno Nacional, la columna se puso en marcha escoltada por patrulleros, motocicletas y carros hidrantes.
A minutos del atentado, la gente se arremolina en el lugar

El féretro fue llevado a pulso hasta la Catedral Metropolitana, previo paso por la Casa de Gobierno, en tanto se producían avalanchas y se enconaban cánticos que iban desde el tradicional “¡Peronistas, ni yanquis ni marxistas!” hasta “¡Rucci, Perón, un solo corazón!” y “¡Perón, Evita, la patria peronista!”. La JP, así como las agrupaciones estudiantiles FEN, OUP y la rama femenina del Movimiento eran los más ruidosos, pero guardaron respetuoso silencio cuando a través de los megáfonos se les solicitó que lo hicieran.
A las 16 horas, el cortejo llegó a las puertas de la Catedral pero no pudo ingresar porque el rector-sacerdote Daniel José Keegan no estaba preparado para la ceremonia porque la CGT no le había informado nada. Aun así, anunció que daría el responso en el atrio pero los incidentes entre los custodios y el público que pugnaba por acercarse, lo impidieron. De todas maneras, alcanzó a bendecir el féretro antes de que el mismo fuese colocado dentro el furgón. Lo hizo a cierta distancia porque el apiñamiento de gente, le impidió aproximarse. 
La caravana partió hacia la sede de la UOM, el gremio al que pertenecía el extinto y tomando luego por Cangallo, desembocó en el Congreso, donde se detuvo unos instantes. 
Llegó al cementerio a las 17:10 y veinte minutos después, se detuvo en la capilla, donde el padre Moisés Soto rezó el responso. El gentío cubría el sector, destacando las agrupaciones sindicales con sus cartelones, las juveniles y las más altas personalidades, encabezadas por el presidente de la Nación y sus ministros.
Finalizada la ceremonia, el cajón fue trasladado a una bóveda sita en los lotes 28 y 29 de la manzana 9, sección 3, entre las calles 2 y diagonal 115, la cual fue cedida provisoriamente por su propietario, Luis Montesano.
Hicieron uso de la palabra, Lorenzo Miguel por las 62 Organizaciones, el ministro Otero en nombre del gobierno y el secretario de prensa de la CGT.
Perón siguió el cortejo visiblemente apesadumbrado. Su rostro reflejaba tristeza e ira cuando las cámaras lo captaron precedido por “Isabelita” y flanqueado por Rodolfo Almirón, uno de sus custodios, con el que en poco tiempo daría forma a la Triple A.
Una vez depositado el féretro, se alejó del lugar, caminando lentamente hacia su automóvil y partió sin pronunciar palabra, seguido por varios rodados. Casi al mismo tiempo, el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto recibía un telegrama firmado por el encargado de negocios de la Organización Internacional del Trabajo con sede en Ginebra, informando que en el curso de una reunión de la Comisión de Textiles, se había rendido un homenaje en memoria del dirigente abatido.


Imágenes

Minutos después del ataque la zona ofrecía este panorama
(Imagen: "La Prensa")

Carros hidrantes, patrulleros, motocicletas, ambulancias
todo es caos y confusión en la zona del atentado

(Imagen: "La Prensa")

Durante el tiroteo el cadáver de Rucci
fue arrastrado al interior del domicilio
de su hermano
El escolta Ramón Rocha yace herido contra una pared (Imagen: "La Prensa")
Autoridades y efectivos policiales ingresan
al domicilio donde yace el cuerpo de Rucci
(Imagen: "La Razón")

Croquis del lugar donde se sucedieron de los hechos
(Imagen: "La Prensa")
La cuñada de Rucci víctima de una crisis de nervios. A la derecha
Lorenzo Miguel se niega a hacer declaraciones
(Imagen: "La Razón")
Llegan los ministros Otero y Llambí (Imagen: "La Razón")
Se producen incidentes cuando miembros de la custodia de Rucci agreden a
periodistas acusándolos de comunistas. A la derecha una ambulancia de
la UOM retira el cuerpo del sindicalista asesinado
Una grúa policial retira el auto de Rucci (Imagen: "La Razón")
Dos de los vehículos en los que huyeron los terroristas aparecieron abandonados
en Emilio Lamarca y las vías del Ferrocarril Sarmiento, frente a un paso peatonal.
Al otro lado de las vías los aguardaba una camioneta, posiblemente la que pasó a
gran velocidad frente al domicilio del hermano de Rucci en el momento del ataque.
Se trata de un Peugeot 504 y un Fiat 1600
(Imagen: "La Prensa")
Un policía vigila la zona junto a un árbol
(Imagen: Revista "Gente")
Perón e "Isabel" llegan al velatorio
(Imagen: "La Razón")
El rostro de Perón lo dice todo, desazón, pena, impotencia y sobre todo ira.
Lo precede su esposa. De frente, Rodolfo Almirón, a quien en breve le
encomendará una "misión especial"
La desconsolada viuda recibe el pésame de
Ricardo Otero, ministro de Trabajo quien
poco después sufrirá una crisis de nervios

(Imagen: "La Razón")
El padre de Abraham Muñoz, chofer de Rucci, llega al velatorio
La multitud lleva a pulso el féretro
hasta la Catedral Metropolitana

((Imagen: "La Razón")
El cortejo parte de la calle Azopardo rumbo a la Chacarita
(Imagen: "La Prensa")
La llegada a la necrópolis
(Imagen: "La Razón")
Gente armada en la Chacarita
El ministro de Trabajo Ricardo Otero
hace uso de la palabra en el cementerio
de la Chacarita. Luego lo hablará Lorenzo Miguel

(Imagen: "La Razón")
Rucci y su chofer Abraham Muñoz en otros tiempos
(Imagen: Revista "Gente")
Notas
1 A tal efecto, tuvo a su disposición varios vehículos del Automóvil Club Argentino con sus equipos de radio.
2 El Altar de la Patria fue un mausoleo impulsado a instancias de José López Rega, un edificio colosal al que se pensaban trasladar los restos de los próceres patrios, entre ellos Perón, Evita, San Martín, Juan Manuel de Rosas, Hipólito Yrigoyen, Facundo Quiroga, fray Mamerto Esquiú y todos los que no representasen al período conservador y liberal de nuestra historia. Mientras Perón estuvo vivo, el mismo fue sólo un proyecto pero una semana después de su muerte, el Congreso promulgó la ley correspondiente y dio el visto bueno para comenzar las obras. Las mismas se iniciaron el 24 de noviembre de 1974, al ser colocada la piedra inaugural en el mismo sitio donde yacían enterrados los cimientos del Monumento al Descamisado, un panteón colosal destinado a guardar los restos de Evita. El predio es el mismo que se encuentra junto al edificio de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, en el parque ubicado sobre la Av. Figueroa Alcorta, entre Tagle y Austria. Para ello fue demolido el puente de hormigón que atravesaba la avenida, edificado en 1960 con motivo el Sesquicentenario de la Revolución de Mayo. La Secretaría de Vivienda y Urbanismo instaló un gran cartel en ese sitio, anunciando la inminente edificación y poco después comenzaron las excavaciones, pero la cantidad de cables de alta tensión que se encontraron, así como antiguas cloacas y la base misma del Monumento al Descamisado, también de hormigón armado, impidieron seguir con los trabajos. El régimen militar que asumió el gobierno el 24 de marzo de 1976, terminó por cancelar el proyecto.

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