lunes, 26 de agosto de 2019

DUELO IRLANDÉS EN LA SELVA

Mike Hoare, Ernesto Guevara Lynch, dos irlandeses en un duelo
a muerte en la jungla africana


A fines de septiembre, el ejército mercenario de Mike Hoare, integrado por 2400 hombres, se puso en marcha desde Albertville hacia Baraka. Lanchas de desembarco provistas por la CIA, depositaron efectivos a 8 kilómetros al norte de Baraka, pero la fuerte resistencia que encontraron los obligó a aferrarse al terreno y mantenerse inmóviles. Los morteros y las ametralladoras pesadas a cargo de Marcos Abreu (“Genge”) barrieron la playa, forzando a los sudafricanos a ponerse a cubierto y a la pequeña escuadra a retirarse. Mientras tanto, al noroeste, una columna del 5º Comando proveniente de Bendera atacaba Lulimba, intentando debilitar el dispositivo defensivo.
Cuatro kilómetros al norte de Baraka, un segundo destacamento sudafricano chocó de frente con la sección de Dreke, que intentaba mantener cerrados los pasos por ese sector. La resistencia que ofrecieron los caribeños fue mayor de la esperada y eso contuvo el avance varias horas.
Perdido el factor sorpresa, Hoare se encontró frente a un dilema que debía resolver a la mayor brevedad posible: o arremetía con energía para apoderarse de Baraka o terminaba inmovilizado y hasta cercado por los 3000 efectivos del Ejército Popular de Liberación que suponía desplegados entre Kibamba y Fizi.
Le costó bastante doblegar la resistencia cubana y recién a la madrugada pudo reiniciar el avance. Lo hizo a gran velocidad, apoyado por la aviación, que operaba desde Albertville, al amparo de las penumbras que todavía dominaban el área, entablando previamente un inesperado combate que le hizo suponer que se enfrentaba a una fuerza defensora de al menos dos mil efectivos.

 
Los sudafricanos ingresaron lentamente en Baraka, avanzando casa por casa, mientras trepaban la pendiente que forma el terreno apoyados por la aviación.
Arremetieron contra uno de los flancos del perímetro defensivo y eso les permitió capturar un punto en la costa denominado “Durban”, desde donde abrieron una vía de abastecimiento para surtirse de municiones. Mientras tanto, la flotilla mercenaria, integrada por algo más de media docena de embarcaciones, comenzó a cañonear la costa, destruyendo los nidos de ametralladoras que frenaban el desembarco. “Genge” y sus catorce efectivos habían mostrado una determinación fuera de lo común, pero dado su número y la escasez de municiones, comenzaron a ceder y antes del medio día, se retiraron. En los días previos, habían sembrado de minas de fragmentación el área situada entre la playa y las alturas de Nganja, poblado de pastores tutsis próximo a la aldea de Sele, a 15 kilómetros al sur de Kibamba. Los mercenarios pasaron por ahí sufriendo las consecuencias pues al explotar bajo sus pies, los artefactos mataron a varios de ellos e hirieron a otros. En vista de ello, el mando sudafricano obligó a los campesinos a avanzar por delante, precedidos a su vez por el ganado, que era su fuente de sustento, en tanto la aviación bombardeaba Kabimba y Jungo (12.00).


No muy lejos de ahí, tuvo lugar el gran conciliábulo entre el Che, los emisarios de Fidel y los delegados africanos. La reunión se desarrolló sobre una loma situada entre Fizi y Baraka y contó con la presencia de Masengo, Calixte, Lambert, Mujumba, Machado, Aragonés, Dreke y “Papi”1.
El clima imperante fue de extrema tensión pues por primera vez, el Che espetó a los congoleños, echándoles en cara su cobardía y falta de actitud. Incentivado por el mensaje de Fidel, a Lambert lo acusó de pretender ocuparse de todo pero no estar nunca en nada, a Calixte le dijo que jamás se lo veía en la línea de combate y de Kabila remarcó el hecho de estar completamente ausente de la contienda y no servir como líder, de ahí el pedido formulado a Masengo, de trasladarse a Tanzania y exigirle hacerse presente. Les lanzó en cara ser una fuerza parasitaria, que solo cometía atrocidades con aldeanos y prisioneros pero que a la hora de combatir, era la primera en salir huyendo.
Incluso para los cubanos hubo reproches pues los tildó de combatientes buenos y disciplinados pero de hallarse desgastados y completamente despojados de iniciativa.
Aragonés y Fernández Mell creyeron excesivas las críticas y se lo hicieron ver, entablándose entonces una furibunda discusión entre los tres que finalizó con gritos y maldiciones. Creían, como recién llegados, que la situación se podía revertir y para ello proponían intensificar la instrucción y hacer más rígida la disciplina. En eso el Che estuvo de acuerdo y les permitió poner en marcha ese programa porque sabía que en Cuba lo creían sumido en un pozo de pesimismo y atribuían a eso el que la revolución no avanzase en esa parte de África.
Mientras Aragonés y Fernández Mell se entregaban a la tarea de reorganizar los cursos de entrenamiento y capacitación militar, le escribió una extensa carta a Fidel, poniéndolo al tanto de la situación.

                       Congo, 5/10/65

Querido Fidel:
Recibí tu carta que provocó en mí sentimientos contradictorios, ya que en nombre del internacionalismo proletario cometemos errores que pueden ser muy costosos. Además, me preocupa personalmente que, ya sea por mi falta de seriedad al escribir o porque no me comprendas totalmente, se pueda pensar que padezco la terrible enfermedad del pesimismo sin causa.
Cuando llegó tu presente griego12 me dijo que una de mis cartas había provocado la sensación de un gladiador condenado y el Ministro, 13 al comunicarme tu mensaje optimista, confirmaba la opinión que tú te hacías. Con el portador podrás conversar largamente y te dirá sus impresiones de primera mano ya que recorrió una buena parte del frente; por tal motivo suprimo el anecdotario. Te diré solamente que aquí, según los allegados, he perdido mi fama de objetivo, manteniendo un optimismo carente de base frente a la real situación existente. Puedo asegurarte que si no fuera por mí este bello sueño estaría desintegrado en medio de la catástrofe general.
En mis cartas anteriores les pedía que no me mandaran mucha gente sino cuadros, les decía que aquí prácticamente no hacen falta armas, salvo algunas especiales, sino al contrario, sobran hombres armados y faltan soldados, y les advertía muy especialmente sobre la necesidad de no dar más dinero sino con cuentagotas y después de muchos ruegos. Ninguna de estas cosas han sido tomadas en cuenta y se han hecho planes fantásticos que nos ponen en peligro de descrédito internacional y pueden dejarme en una situación muy difícil.
Paso a explicarte:
Soumialot y sus compañeros les han vendido un tranvía de grandes dimensiones. Sería prolijo enumerar la gran cantidad de mentiras en que incurrieron, es preferible explicarles la situación actual con el mapa adjunto. Hay dos zonas donde se puede decir que hay algo de Revolución organizada, esta en la que estamos y una parte de la provincia de Kasai, donde está Mulele, que es la gran incógnita. En el resto del país solo existen bandas desconectadas que sobreviven en la selva; todo lo perdieron sin combatir, como perdieron sin combatir Stanleyville. Esto no es lo más grave, sino el espíritu que reina entre los grupos de esta zona, única que tiene contacto con el exterior. Las disensiones entre Kabila y Soumialot son cada vez más serias y se toman como pretexto para seguir entregando ciudades sin combatir. Conozco a Kabila lo suficiente como para no hacerme ninguna ilusión sobre él y no puedo decir lo mismo de Soumialot, pero tengo algunos antecedentes, como son la ristra de mentiras que les endilgara, el hecho de que tampoco se digna venir por estas tierras malditas de Dios, las frecuentes borracheras que se pega en Dar es Salaam donde vive en los mejores hoteles y la clase de aliados que tiene aquí contra el otro grupo. En estos días un grupo del ejército tshombista desembarcó en la zona de Baraka, donde un general–mayor adicto a Soumialot tiene no menos de mil hombres armados y tomó el punto de gran importancia estratégica casi sin combatir. Ahora discuten de quién es la culpa, si de los que no combatieron o de los del lago que no les mandaron suficiente parque. El hecho es que corrieron vergonzosamente, dejaron botado en la manigua un cañón de 75 milímetros sin retroceso y dos morteros 82; todo el personal de esas armas ha desaparecido y ahora me piden cubanos para que las rescatemos de donde estén (que no se sabe bien) y combatamos con ellas. A 36 kilómetros se encuentra Fizi y no están haciendo nada para defenderla, ni trincheras en el único camino de acceso, entre montañas, quieren hacer. Esto da una pálida idea de la situación. Con respecto a la necesidad de elegir bien los hombres y no mandarme cantidad, tú me aseguras con el comisario que los que hay aquí son buenos; estoy seguro de que la mayoría son buenos, si no estarían rajados hace mucho. No se trata de eso, es que hay que tener el espíritu realmente bien templado para aguantar las cosas que suceden aquí; no se trata de hombres buenos, aquí hacen falta superhombres...
Y quedan los 200 míos; créeme que esa gente sería perjudicial en este momento, a menos que resolvamos definitivamente luchar nosotros solos, en cuyo caso hace falta una división y habrá que ver con cuántas se nos enfrenta el enemigo. Tal vez, esto último será exagerado y se necesite un batallón para volver a las fronteras que teníamos al llegar aquí y amenazar a Albertville, pero el número no importa en este caso, no podemos liberar solos un país que no quiere luchar, hay que crear ese espíritu de lucha y buscar los soldados con la linterna de Diógenes y la paciencia de Job, tarea que se vuelve más difícil cuantos más comemierdas que le hagan las cosas encuentre esta gente en su camino...
Lo de las lanchas merece punto y aparte. Hace tiempo que vengo pidiendo dos técnicos en motores para evitar el cementerio en que se está convirtiendo el embarcadero de Kigoma. Llegaron tres lanchas soviéticas de paquete hace poco más de un mes y ya dos están inservibles y la tercera, en la que cruzó el emisario, hace agua por todos lados. Las tres lanchas italianas seguirán el mismo camino que las anteriores a menos que tengan tripulación cubana. Para esto y el asunto de la artillería hace falta la aquiescencia de Tanzania que no se obtendrá fácilmente. Estos países no son Cuba para jugarse todo a una carta por grande que sea (la carta que se está jugando es bastante endeble). El emisario lleva el encargo mío de precisar con el Gobierno amigo el alcance de la ayuda que está dispuesto a dar. Has de saber que casi todo lo que vino en el barco está incautado en Tanzania y el emisario también debe conversar sobre esto.
El asunto del dinero es lo que más me duele por lo repetida que fue mi advertencia. En el colmo de mi audacia de «derrochador», después de llorar mucho me había comprometido a abastecer un frente, el más importante, con la condición de dirigir la lucha y formar una columna mixta especial bajo mi mando directo, siguiendo la estrategia que me había trazado y que les participé. Para ello calculaba, con todo el dolor de mi alma, 5000 dólares por mes. Ahora me entero que una suma veinte veces más grande se les da a los paseantes de una sola vez, para vivir bien en todas las capitales del mundo africano, sin contar que ellos son alojados por cuenta de los principales países progresistas que muchas veces les pagan los gastos de viaje. A un frente miserable, donde los campesinos padecen todas las miserias imaginables, incluida la rapacidad de sus propios defensores, no llegará ni un centavo, y tampoco a los pobres diablos que están anclados en Sudán (el whisky y las mujeres no figuran en el rubro de los gastos que cubren los gobiernos amigos y eso cuesta, si se quiere de buena calidad).
Por último, con cincuenta médicos, la zona liberada del Congo contará con la envidiable proporción de uno para cada mil habitantes, nivel que han pasado la URSS, Estados Unidos y dos o tres de los países más adelantados del mundo, sin contar con que aquí se distribuyen de acuerdo con preferencias políticas y no hay la menor organización de sanidad. Mejor que ese gigantismo es mandar un grupo de médicos revolucionarios y aumentarlo, según mi pedido, con algunos enfermeros bien prácticos y del mismo tipo.
Como en el mapa adjunto va una síntesis de la situación militar, me limitaré a unas cuantas recomendaciones que les ruego tomen en cuenta de una manera objetiva: olvídense de todos los hombres en dirección a agrupaciones fantasmas, prepárenme hasta cien cuadros que no deben ser todos negros y elijan de la lista de Osmany, más lo que descuelle por allí. Como armas, la nueva bazuca, fulminantes eléctricos con su fuente de poder, un poco de R–4 y nada más por ahora; olvídense de los fusiles, que si no son electrónicos no resuelven nada. Nuestros morteros deben estar en Tanzania y con ellos, más una nueva dotación de sirvientes, tendríamos de sobra por ahora. Olviden lo de Burundi y traten con mucho tacto lo de las lanchas (no olvidar que Tanzania es un país independiente y hay que jugar limpio allí, dejando de lado el tarrito que metí yo).
Manden a la brevedad los mecánicos y un hombre que sepa navegar para cruzar el lago con relativa seguridad: eso está hablado y Tanzania lo acepta. Déjenme administrar el problema de los médicos pero dándole algunos a Tanzania. No vuelvan a incurrir en el error de soltar dinero así, pues ellos se acuestan en mí cuando se sienten apurados y seguramente no me harán caso si el dinero corre. Confíen un poco en mi criterio y no juzguen por las apariencias. Sacudan a los encargados de administrar una información veraz, que no son capaces de desentrañar esta madeja y presentan imágenes utópicas, que nada tienen que ver con la realidad.
He tratado de ser explícito y objetivo, sintético y veraz. ¿Me creen?

Un abrazo.

Apenas dos semanas tardaron Aragonés y Fernández Mell en darse cuenta que los africanos eran un desastre y que Guevara tenía razón. Machado regresó a Cuba, llevando consigo al congoleño Freddy Ilunga (se hallaba enfermo) y un mensaje devastador sobre la realidad africana para Fidel. Antes de abordar la embarcación con destino a Kigoma, se detuvo unos instantes a hablar con los médicos que deseaban abandonar el frente y les pidió que permaneciesen ahí un tiempo más.
El bote que lo llevó de regreso a Tanzania era apenas una canoa provista de un pequeño motor fuera de borda de 18 caballos de fuerza, en el que también viajaban Luis Estrada, Noris Vernier, un radiotelegrafista y dos o tres congoleños. Partieron a las 04.00, de la madrugada, cuando aún era de noche, para evitar las lanchas patrulleras que bloqueaban el lago pero a mitad de camino se quedaron sin batería y lo que era peor, a merced de la corriente. Debieron reemplazar el motor para seguir y así alcanzaron la costa opuesta, donde “Changa” los estaba esperando.
Mientras tanto, en la selva, el duelo se intensificaba. Dos irlandeses frente a frente, uno al comando de una fuerza mercenaria, determinado, profesional, nacido en Calcuta (India), aunque sudafricano por elección y el otro, encabezando una partida de cubanos suicidas y dos millares de africanos flojos y supersticiosos, arrojado también, valeroso hasta la inconciencia y extremadamente necio, argentino de nacimiento aunque cubano por adopción. Mike Hoare y Ernesto Guevara Lynch, dos dementes hijos de Erin, dispuestos a emular las hazañas de Cuchulainn, San Brendan, Michael Collins, el duque de Wellington y el almirante Brown, en un duelo a muerte en lo más profundo del África negra.


Los cubanos se reagruparon para recuperar Baraka pero fueron contenidos por un batallón de exiliados anticastristas, hábilmente desplegado por Hoare. Aún así, las bajas en las filas de Tshombe resultaron elevadas, lo mismo en las rebeldes, que hasta el momento acusaban cerca de 125 muertos y el doble de heridos, la mayoría, congoleños y ruandeses.
El comandante irlandés no esperaba semejante resistencia, de ahí el mensaje que radió desde su puesto de mando, solicitando desesperadamente refuerzos.

…el enemigo era muy diferente de todo lo que me había encontrado hasta ahora. Estaban equipados, empleaban tácticas militares y respondían a señales. Obviamente estaban dirigidos por oficiales entrenados. Interceptamos mensajes de radio en español... la defensa de Baraka estaba organizada por los cubanos con regularidad cronometrada estaban concebidos sus ataques frontales, que eran notables por su ausencia de ruidos y disparos, usuales entre los simbas2.

El 10 de octubre de 1965, la columna mercenaria, con su vanguardia de cubanos exilados y batallones de askaris bien entrenados, penetró a marchas forzadas en la región de Fizi, al tiempo que la aviación castigaba duramente los centros vitales donde Guevara había concentrado sus fuerzas. Intentaban evitar que el grueso del Ejército Popular Revolucionario, se evadiese hacia las serranías y pudiese reagruparse, pero no lo consiguieron.
Convencido de que la única manera de detener el avance enemigo era a través de la estrategia guerrillera, el Che montó una nueva emboscada al noroeste de Fizi, destruyendo previamente los puentes que atravesaban el Kimbi.
Hoare se topó con ese inconveniente y al detener momentáneamente sus columnas para reparar las estructuras, dio tiempo al enemigo a escabullirse y ganar las alturas cercanas. La táctica de Guevara estaba dando resultados pero el desmoronamiento de su dispositivo defensivo en Fizi‑Baraka era la señal de que la campaña comenzaba a colapsar.
Al tanto e esa situación, el 8 de octubre el gobierno cubano anunció su ayuda militar al MPLA angoleño y al Frente de Liberación de Mozambique (FRELIMO), en su guerra independentista contra Portugal, a cambio de que esas milicias se uniesen previamente a los cubanos en el Congo, para ayudar al Che. El compromiso fue anunciado durante la convención de movimientos de liberación de las colonias portuguesas que tuvo lugar ese día en La Habana, pero para sorpresa de los presentes, Eduardo Mondlane, representante del FRELIMO, se negó a participar.
Combatientes cubanos
Guevara estaba solo, prácticamente aislado, con apenas 120 efectivos dispuestos a pelear y una inmensa mayoría de congoleños que se negaban a hacerlo. Por el otro lado, las fuerzas gubernamentales, conformadas por askaris y al menos un millar de mercenarios sudafricanos y belgas, se disponía a barrer el área, aplicando incluso métodos brutales. Para peor, Rusia había decidido tratar con la dirigencia congoleña de manera separada, comprometiéndose con el transporte de tropas y la provisión de armas, urgida de acabar con el movimiento guevarista por su marcada tenencia china. El Che estaba perdido y corría el riesgo de quedar aislado y sin rutas de escape en caso de necesitar retirarse.
Para entonces, era evidente que también Tanzania boicoteaba la expedición al ponerle ciertas trabas a los congoleños, quienes ya no podían cruzar armas y suministros con tanta facilidad, debido al bloqueo impuesto por la escuadrilla mercenaria. Para peor, los nativos comenzaron a pelear entre sí, en especial Gbenye, quien forzó a Masengo a retirarse de su sector, agravando con ello el cuadro de situación.
A fines de octubre, tuvo lugar un hecho que casi le cuesta la vida al Che.
El día 22, se había producido un enfrentamiento en Lubonja, razón por la cual se comunicó por radio con Masengo y le pidió reforzar el sector con algunos de los combatientes congoleños que se encontraban a orillas del lago. Intentaba con ello, prevenir un ataque a Luluabourg.
Dos días después, llovía torrencialmente en la zona oriental del Congo. En el campamento de Kilonwe, Guevara leía en el interior de una choza y Dreke hacía sus necesidades, mientras soldados congoleños subían desde el lago portando unas chapas de zinc para construir unos refugios.
De pronto, cerca de las 13.30, una serie de estallidos y disparos pusieron en sobresalto a todo el personal. Dreke salió del improvisado sanitario mientras se ajustaba el cinturón y el Che saltó de su catre, llevando consigo su ametralladora.
El cuadro que ofrecía el campamento era de caos total, con la gente gritando y corriendo en todas direcciones y el enemigo atravesando el perímetro defensivo mientras accionaba sus armas.
Sin pensarlo dos veces, echó a correr barranca abajo, seguido por “M’bili” (“Papi”) y varios combatientes más, mientras a sus espaldas, los sudafricanos se apoderaban de la base y se lanzaban tras ellos.
En plena carrera, el Che se detuvo, giró sobre sí mismo, alzó su ametralladora y abrió fuego, efectuando dos descargas. M’bili se quedó paralizado al verlo y cuando le estaba por gritar para que no se detuviera, lo vio girar nuevamente y reemprender la marcha.
Los sudafricanos se apoderaron de todo lo que encontraron: el equipo de radio de origen chino, morteros, municiones, fusiles, cananas y la ametralladora pesada, un desastre para las fuerzas revolucionarias que en su huida, lo habían abandonado todo.


Cuando “Mena” sintió los primeros disparos, enseguida comprendió que se trataba del puesto de mando del Che, de ahí su precipitada carrera hacia arriba, para cubrir su retirada. Antes de hacerlo, le ordenó a “Rebocate”4, que se ubicara con su gente sobre una la loma cercana y se lanzó hacia arriba, como catapultado. Cerca de allí, Dreke organizaba su tropa, “Bahaza” se hacía cargo del cañón y “Kahama” de la ametralladora pesada, decidido a disparar sobre los accesos ni bien sudafricanos y askaris asomasen por ahí.
A las 14.00 Dreke corría barranca arriba en busca del Che cuando se topó con él bajando a toda carrera, en compañía de “M’bili” y otros cubanos.
Dreke se quedó paralizado al ver a su jefe voltearse nuevamente y efectuar varios disparos, parado ahí solo, completamente expuesto a mitad de camino. Sus hombres intentaron protegerlo pero él se negó terminantemente, ordenándoles que se pusieran a cubierto. Finalizado el combate le reprocharían su actitud pero él rechazó sus sermones aclarando que estaba al mando y no le debía explicaciones a nadie.

-¡Aquí no hay más que un comandante! – dijo ofuscado.

En cuatro o cinco oportunidades, el Che Guevara detuvo su marcha para disparar hacia el enemigo, arriesgando temerariamente su vida.
A esa altura el desbande era general y la confusión total. En esas condiciones, no se podía organizar ninguna defensa y mucho menos ensayar una resistencia. Sin embargo, el comandante intentó algo con la sección de “Ziwa”, ubicándola en la primera línea en tanto él se posicionaba inmediatamente detrás, para recibir al enemigo con nutrido fuego, en caso de ser necesario. Todo fue en vano.
Apoyados por los askaris, los sudafricanos, comenzaron a cercarlos, amenazando con cortarles la retirada y dejarlos sin posibilidad de maniobra.
Al Che aquello le generó un dilema: si se retiraba, perdía el campamento con el polvorín y si se quedaba, corría el riesgo de quedar aislado, a merced del enemigo. Optó por esto último, esperando contener la embestida hasta la noche y recién entonces emprender la retirada. Y para ello, le ordenó a “Rebocate” adelantarse y montar una nueva emboscada.
Soldados de fortuna sudafricanos junto a askaris congoleños

El Che y su gente aguardaban en aquella posición cuando apareció “Kahama”, con una herida en la cabeza, producto de un golpe de su propia bazooka. Llegó anunciando que el enemigo avanzaba velozmente hacia allí, por lo que el Che impartió la orden de retirada, generando, sin proponérselo, una nueva desbandada. Pero la directiva no llegó al grupo de “Bahaza”, “Maganga”, “Ziwa” y “Azima”, quienes siguieron disparando, “salvando el honor de la jornada”, como apuntaría el comandante argentino en sus pasajes. Lograron frenar al enemigo pero “Bahaza” cayó gravemente herido y eso los obligó a retroceder también.
En ese momento, “Rebocate” se dio cuenta que quienes los venían persiguiendo no era el enemigo sino decenas de campesinos que intentaban alejarse de la zona de guerra.
Finalmente, los cubanos lograron evadir el cerco y se retiraron hacia la selva, perdiéndose en su interior.
“Por poco lo matan al Che”, dijo Dreke, recordando los hechos varios años después.
Guevara quedó a la deriva junto a trece de sus hombres, uno más de los que habían sobrevivido tras Alegría de Pío en 1956. Se encontraba sumamente deprimido y se culpaba del descalabro y la falta de previsión. La ausencia de información había sido la causante de aquel desastre ya que el enemigo nunca se lanzó en su persecución. En realidad detuvo su avance en el campamento y nunca dejó el llano, a excepción de unas pocas partidas que se adelantaron para reconocer el terreno. Como se ha dicho, sus perseguidores resultaron ser campesinos que huían de la zona de combate e intentaban desesperadamente ponerse a resguardo y el desbande que provocaron, les impidió tomar ubicación, rechazar al enemigo y hasta recuperar el campamento si los congoleños se hubieran decidido a colaborar.
“Bahaza” presentaba una seria herida de bala, tenía el húmero quebrado y una costilla se le había incrustado en el pulmón. Lo entablillaron como mejor pudieron y lo cargaron a hombros para alejarse del lugar. Fue una marcha extenuante, con los hombres avanzado lentamente, por momentos resbalando a causa del agua caída, parando cada quince minutos para recuperar fuerzas, hasta alcanzar un alto donde, al cabo de seis horas, decidieron acampar.
Recostaron al herido cuidadosamente en el piso y se dispusieron a practicarle nuevas curaciones, pensando que aún había posibilidades de salvarlo.
Desde un improvisado atalaya, en la copa de un árbol, los hombres del Che pudieron distinguir a lo lejos, los resplandores del incendio que sudafricanos y askaris provocaron en el campamento.
“Bahaza” falleció en la madrugada del 26, luego de una crisis en la que había intentado quitarse las vendas. Era el sexto cubano muerto en combate y el primero que podían enterrar con solemnidad.
Cavaron un pozo profundo en un claro y ahí lo depositaron, pero antes de cubrirlo con la tierra, el Che pronunció unas palabras, elogiando sus cualidades de ser humano, combatiente y revolucionario y acusándose a sí mismo de su deceso.
Dos días después, alcanzaron el campamento de Nabikumo, junto al arroyo del mismo nombre, a día y medio de Kazima y escasas dos horas de la barrera de Lubonja
Lo increíble tuvo lugar ni bien llegaron, cuando los congoleños se mofaron en sus caras por haber huido del campamento. Calixte, Ila Jean y Lambert se ocuparon personalmente de hacer circular la noticia y de ese modo, tranquilizar sus conciencias. Según ellos, los cubanos solo sabían hablar pero a la hora de enfrentar al enemigo, también salían corriendo.
Era el colmo de la desvergüenza; una verdadera ignominia. Quienes se habían pasado la campaña huyendo cobardemente del campo de batalla, arrojando las armas, abandonando a sus heridos y desentendiéndose de sus muertos; quienes se negaban a pelear pero eran duros con prisioneros y aldeanos desarmados; aquellos que en lugar de dirigir a sus fuerzas, se mantenían a la distancia, dándose la gran vida, se mofaban de quienes habían venido a apoyarlos y luchado como leones aún en inferioridad numérica.

Los jefecitos locales se vengaron con creces; todos ellos, Calixte, Jean Ila, Lambert, los comandantes de este último, un comisario llamado Bendera y, quizás, algunos presidentes, empezaron a regar que los cubanos eran unos fantoches, que hablaban mucho, pero a la hora del combate se retiraban y dejaban todo y los campesinos pagaban las consecuencias. Ellos habían querido permanecer en las montañas, defendiendo los puntos claves; ahora se había perdido todo por culpa de los charlatanes.
Esa fue la propaganda que hicieron los jefes entre sus soldados y entre los campesinos. Desgraciadamente, tenían una base objetiva para lanzar sus insidias; debía luchar muy fuerte y muy duro para volverme a ganar la confianza en esos hombres que, apenas conociéndome, ya la habían depositado en mí y en nuestra gente, más que en los comisarios y jefes, cuyas arbitrariedades habían sufrido durante tanto tiempo5.

Ignorando aquella actitud, el Che mandó a “M’bili”, a montar una nueva emboscada y le ordenó a “Mafu” evacuar Front de Forces, donde se encontraba apostado, para reforzar la base y a “Azi”, hasta entonces posicionado en Makungo, que se reuniese con él.
Así finalizó octubre, con la moral terriblemente alicaída y los rumores de que Kabila acababa de cruzar el lago al frente de cuatro embarcaciones, trayendo algo de esperanza.

Notas
1 Zakarías, que debía representar a los ruandeses, nunca llegó.
2 Juan F. Benemelis, Las guerras secretas de Fidel Castro, Cap. 7: “Congo: el Vietnam cubano”, GAD - Grupo de Apoyo a la Disidencia, Coral Gables, Florida, EE.UU, 2003.
3 Se encuentra al pie de los montes Mitumba, en el valle de Ruzizi, región azucarera y molinera en tiempos del dominio belga.
4 Teniente cubano.
5 Ernesto Che Guevara, Pasajes de la Guerra Revolucionaria: Congo, op. Cit. pp. 185-186.