martes, 2 de julio de 2019

LA HAZAÑA DEL SOLDADO POLTRONIERI


Oscar Ismael Poltronieri es el fiel exponente del hombre de campo de la provincia de Buenos Aires. Duro, curtido, abnegado, trabajador, sacrificado, leal y, por sobre todo, medido con las palabras. Pese a sus raíces itálicas, es el típico exponente de la raza gaucha con la que se forjó la argentinidad, la patria y las tradiciones; la misma que durante las guerras de la Independencia regó con su sangre suelo propio y ajeno y fue “carne de cañón” de nuestros conflictos civiles y nuestras contiendas internacionales.
Oscar fue el primero de los cinco hijos del matrimonio de Ismael Abel Poltronieri y María Esther Luciani, apellidos italianos por ambos lados.
Su padre, típico hombre de campo, trabajaba como puestero en la estancia “Santa Catalina” de Mercedes, cuando su esposa quedó en cinta. Habituado a las faenas rurales, que le consumían gran parte del día, dejaba el cuidado del hogar, la chacra y el gallinero a su joven esposa que en la mañana del 2 de abril de 1962, exactamente veinte años antes de la Operación Rosario, sintió los primeros síntomas que anunciaban la llegada de su hijo al mundo.
Fue llevada al Hospital “Blas L. Dubarry” de Mercedes y allí, en la misma ciudad en la que nacieron Héctor J. Cámpora y Jorge Rafael Videla, dos de las personalidades más controvertidas de la reciente historia argentina, vio la luz por primera vez, quien iba a pasar a la posteridad como uno de los mayores héroes de la guerra de Malvinas.

El retoño de los Poltronieri se crió en el campo, donde creció ayudando a su padre, aprendiendo a montar en pelo, a domar, a enlazar y ensillar caballos bravos, a cuidar el ganado, a reparar alambrados y máquinas agrícolas y a preparar la tierra para la cosecha. Para cumplir con todas esas obligaciones, el pequeño Oscar se levantaba antes del amanecer, soportando el frío, la escarcha, la lluvia helada y los vientos de la pampa durante el invierno y regresaba con el crepúsculo, después de una jornada agotadora. Eso lo convirtió en un experto en pelajes, en un hábil cazador, en un maestro en el arte de cuerear sin lastimar la carne y en un sabio en materia de aves y animales silvestres. Una de las cosas que más le gustaba era acercarse todos los mediodías al fogón donde los otros peones, gauchos como él, carneaban un ternero para asarlo.
A los seis años comenzó a asistir a la escuela, sin descuidar sus labores diarias y en esas estaba cuando cuatro años después sus padres se separaron y su mundo se dividió en dos. Se fue a vivir con su madre a una casa del barrio obrero La Pampa Chica de Mercedes, muy cerca del cementerio y se convirtió en el hombre del hogar. Y para ayudar con la alicaída economía familiar, dejó la escuela y se puso a lustrar zapatos en las calles y la plaza de la ciudad.
Su madre se volvió a casar con un señor de apellido Cisneros y en los años siguientes llegaron cinco hermanos más, con los que su familia creció considerablemente.
Fue al cabo de un tiempo, después de cumplir 13 años, que partió en busca de mejores horizontes y eso lo llevó a la ciudad de Roque Pérez, próxima a Lobos, para hacer lo que mejor sabía: trabajar en el campo a cielo abierto.
Allí, solo, lejos de los suyos, templó su carácter, desarrolló sus brazos y se convirtió en un hombre extremadamente fuerte. Cierto día, dadas sus condiciones de jinete, fue contratado para trabajar en la estancia “La Biznaga”, propiedad de Martín Blaquier, donde lo destinaron al cuidado de caballos de polo; pasó luego a “La Peregrina”, importante establecimiento de campo propiedad del recordado corredor de Turismo de Carretera, Juan Manuel Bordeu (tenía 14 años) y siguió recorriendo otras estancias bonaerenses hasta que regresó nuevamente a Roque Pérez, para ocuparse en la yerra, la esquila, la cosecha y el arreo, en esta ocasión contratado por las familias Castellani y Pascual.
En eso estaba ocupado cuando alguien le dijo que el negocio de la pesca era redituable. Por esa razón regresó a Mercedes, preparó un bolso con ropa, se despidió de su madre y abordó un ómnibus con destino a Mar del Plata, decidido a probar suerte. Tenía 16 años de edad.
Lo contrató la empresa pesquera San Cayetano, cuyo aviso vio en los diarios, cuyos capataces lo destinaron a las cámaras frigoríficas donde se guardaban las toneladas de pescado que los barcos pesqueros descargaban a diario en los muelles marplatenses.
Oscar era cuidadoso con sus ahorros pero se daba algunos gustos y los fines de semana salía con sus amigos (todos ellos compañeros de trabajo), a veces al cine y la mayoría a algún baile.
Un día, a los 19 años de edad, supo que a uno de esos muchachos le acababa de llegar la citación para el Servicio Militar Obligatorio. Eso lo preocupó porque le interesaba hacer la conscripción y como en su documento figuraba su domicilio de Mercedes, llamó a su madre urgido por saber si se sabía algo de la citación. La respuesta fue negativa y como era una persona en extremo responsable, abordó un ómnibus y viajó hasta su ciudad natal a los efectos de presentarse en el distrito militar San Martín correspondiente a su jurisdicción.
Los trámites de práctica le llevaron tres días y una vez listos, se sometió al correspondiente examen. Fue calificado “Apto A” fue y por esa razón le señalaron un camión militar donde aguardaban otros jóvenes conscriptos destinados a la ciudad de Junín.  Como la capacidad del vehículo estaba colmada, debió quedarse. Los militares les dijeron a varios de ellos que podían regresar a sus casas pero si en el plazo de un mes no recibían ningún a citación, debían presentarse a la unidad militar más próxima a sus domicilios.
De regreso en Mercedes se alojó en su casa materna y allí estuvo varios días, gozando de un merecido descanso hasta que, cansado de esperar, se presentó en dependencias del Regimiento de Infantería 6, donde lo recibió un suboficial principal de apellido Tiliquien, quien le firmó el alta y lo envió a la peluquería para cortarse el cabello.
Al día siguiente, Poltronieri y varios compañeros abordaron un camión militar y partieron rumbo al campo de entrenamiento de Olivera, sobre la Ruta Nacional N° 5, entre su Mercedes natal y Luján. Una vez allí, los recibió el cabo primero Tolaba, quien a su vez los presentó a subteniente Oliver, su jefe de sección, con quien iniciaron el período de instrucción.
Durante los 45 días que duró el entrenamiento, Oscar manifestó condiciones excepcionales y pronto sus superiores se dieron cuenta que era el mejor soldado de su grupo. Aprendía rápido, era incansable, obediente, tenaz y ducho en el manejo de las armas. Pero si algo sorprendió a sus instructores fue su habilidad en el manejo de las ametralladoras pesadas, las MAG de 7.62 mm., a las que parecía conocer de toda la vida; era increíble como asimilaba los pasos de su funcionamiento, su armado y su limpieza.
A él le gustaba el rol de apuntador, pero pasado un tiempo lo pasaron a la Compañía de Comando, a las órdenes del teniente primero Luis Linari y luego a la Compañía B de Infantería a las del teniente primero Raúl D. Abella, famoso por su parecido con el actor Paul Newman.
Abella lo destinó a una columna de vehículos a cargo del sargento Romualdo Barrientos y el cabo primero Paniagua, de la que fue conductor motorista hasta que comenzó la dura instrucción y la vida de campaña. Son dignas de recordar las agotadoras marchas diurnas y nocturnas, las salidas al campo de entrenamiento en General Acha, provincia de La Pampa, o los ejercicios de ataque y defensa en Campo San Ignacio, donde después de tres años, Poltronieri tomó contacto con su medio natural: el campo.
Todas las mañanas abordaba el Unimog MB 421 para llevar los víveres, la correspondencia y pertrechos desde el Destacamento de Vigilancia del Cuartel en la Sección Destinos “Tuyutí” hasta el acantonamiento de Olivera.
Cuando le llegó el turno a la Clase 1963, Poltronieri era todo un “veterano”. Sabiendo que su servicio militar llegaba a su fin se dispuso a regresar a Mercedes, ignorando que en unos meses se iba a convertir en un héroe e iba a despertar, incluso, la admiración en uno de los ejércitos más poderosos de occidente.
“Fue un buen año”, pensó más de una vez en alguno de esos viajes, recordando con afecto al mayor Oscar Jaimet, oficial de Operaciones y al teniente coronel Jorge Halperín, jefe del regimiento, sin imaginar que iba a vivir con ellos tremendas experiencias.
Una madrugada, aún de noche, mientras se ponía el uniforme, notó que las luces de la unidad estaban encendidas y los movimientos eran extremadamente inusuales.

-¡Que está pasando? – le preguntó al soldado encargado de servir el rancho.

Alcanzaba a distinguir entre quienes iban y venían al suboficial mayor Delgado, al sargento ayudante Torres, al cabo primero San Martín y al suboficial principal Adami, un tipo realmente extraordinario.
A Poltronieri le pasaron muchas cosas por la cabeza pero no tuvo demasiado tiempo para pensar.
En plena agitación, lo enviaron de regreso a la Compañía B y una vez allí, le ordenaron preparase porque partía hacia el frente. Antes de darse cuenta, el sargento primero Jorge Edgardo Pitrella le extendió un bolso y casi enseguida le proveyeron una MAG, su amada ametralladora de 7,62 mm. Tal como explica el valeroso teniente coronel Esteban Vilgré La Madrid, de quien tomamos buena parte de su relato, “Preparó cuidadosamente las municiones, revisó las bandas, el afuste, el cañón de repuesto y ayudó a preparar la carga que por mar, iría a las Islas”1.
Antes de partir, se les permitió a los soldados visitar a sus familias. Oscar les explicó a los suyos que partía al frente y que tendría a cargo una de las ametralladoras pesadas que había aprendido a disparar.
A la mañana siguiente Poltronieri cumplió 20 años y sin poder festejar, fue asignado a la 3ª Sección de la Compañía que hasta ese momento no tenía jefe.
“Ojalá sean los subtenientes Franco o Corbella”, pensó Oscar, “Son buenos  profesionales”2; pero no iban a ser ellos.
Días antes de la partida, se hizo la presentación en el Regimiento de Infantería 3 ante el general Oscar Jofre y el 8 de abril, mientras racionaban productos donados por la empresa La Serenísima, llegó quien sería su nuevo jefe de sección, el subteniente Esteban Vilgré La Madrid, cadete del Colegio Militar oriundo de la ciudad de Dolores, descendiente de familias patricias, entre cuyos ancestros figuraban conquistadores, fundadores, héroes de las guerras de la Independencia, combatientes de nuestras contiendas civiles, gobernantes, legisladores y hombres de la cultura. Nadie lo conocía pero en breve, daría pruebas de estar a la altura de sus antepasados. Lo presentó el sargento primero José Luis Pira e inmediatamente después, los arengó, reclamando entre otras cosas, “Subordinación y Valor”. Los soldados formados en la plaza de armas ignoraban que aquel joven oficial los conduciría a la gloria por el espinoso y atormentado camino del sacrificio.
La tropa abordó tres camiones Unimog y partió hacia Buenos Aires, más precisamente a la Base Aérea de El Palomar, donde debía abordar un avión con destino al sur.
Al salir de cuartel, Poltronieri distinguió entre las personas agolpadas en los portones a su madre, a sus hermanos y algunos familiares. Apenas les pudo hacer un guiño y saludar con la mano en alto porque los vehículos salieron raudamente y se alejaron por la carretera.
Para Oscar aquello era como una especie de fiesta, tal vez una aventura; no parecía demasiado consciente de lo que estaba ocurriendo. Le parecía más bien un viaje turístico por lo que, al principio se reía y disfrutaba, pero ni bien subió al avión vio rostros graves, algunos de ellos llorosos y por esa razón se puso serio no habló más.
El avión hizo escala en Río Gallego y un par de horas después inició el cruce a las islas. En pleno vuelo, quince minutos antes de llegar, apareció un capitán solicitando su atención y luego les lanzó una suerte de arenga: “Yo quiero decirles que faltan quince minutos para aterrizar en Malvinas y que todo lo que aprendieron durante el año lo tienen que desarrollar acá”3.
Al tocar tierra, los soldados estallaron en sonoras hurras y aplausos, inmediatamente después tomaron sus cosas y cuando las puertas se abrieron, descendieron para iniciar una marcha hacia Moody Brook, donde se encontraba el tantas veces mencionado cuartel de los Royal Marines.
Junto a Oscar marchaba el soldado Juan Domingo Horisberger, otro apuntador de ametralladoras nacido en Tigre y vecino de General Pacheco, quien habría de pasar a la inmortalidad junto a tantos otros protagonistas de esta historia.
Horisberger descendía de alemanes y su padre era policía de la provincia de Buenos Aires por lo que algo de armas sabía; su jefe de grupo era el sargento "Tito" Echeverría, quien tenía a su cargo las ametralladoras pesadas y los morteros de 90 mm, un tipo “…grandote y gritón pero con un corazón bueno (‘tarrito con piedras’ le decían, puro ruido...) sabían que jamás cumplía las amenazas e insultos... podían sentir su afecto”4.
En los cuarteles de Moody Brook, cerca de los galpones del Batallón Logístico 10, Poltronieri volvió a demostrar su predisposición y espíritu de servicio al ofrecerse para descargar los camiones en los que se transportaban las vituallas. Eso tenía su recompensa porque gracias a ello pudo reforzar las raciones con chocolates “Tunquelen”, algunos “Mantecoles” e incluso gaseosas.
A partir de aquí, seguimos el relato del actual coronel Vilgré La Madrid por ser el más gráfico y el que mejor refleja los hechos: 

Los días fueron transcurriendo apacibles, alternaban el entrenamiento de embarque y desembarque en helicópteros (ya que la Compañía B era "Reserva Helitransportada") con momentos junto al fogón que hábilmente encendía. Un día un cordero cometió el error de cruzar la zona de responsabilidad de la Sección y, ante la duda si era o no enemigo (desconocía la "señal de Reconocimiento") ¡¡¡fue puesto fuera de combate!!! Poltronieri hábilmente lo degolló, cuereó y limpió, pero (siempre hay un “pero”) eso estaba prohibido... excavó con otro compañero un pozo en la turba, lo llenaron de brazas y cubrieron el delito con chapas... la bruma del mediodía hizo el resto. El jefe de Compañía recorrió el sector pues le había llamado la atención el olor en el aire, aparentemente había sido engañado pero... una llamada de atención posterior al jefe de sección demostró que no lo había sido tanto...
Estos días previos fueron positivos, el Grupo se había afianzado; aprendió a conocer a su jefe de sección, el subteniente [Vilgré] La Madrid y a su nuevo encargado, el sargento primero Corbalán, un sanjuanino excepcional. Así cuando llegó la orden de marchar al cerro Dos Hermanas (Two Sisters) una larga columna de infantes endurecidos y cohesionados, cargada con todo su equipo y armamento, se encolumnó en el camino que atravesaba el valle entre el Longdon y el Two Sisters; en sus rostros se observaba claramente que no eran los mismos que habían llegado, estaban forjados en el entrenamiento y el frío y estaban ávidos de probar fuerzas con el enemigo. Una larga mirada a los galpones y la antena de comunicaciones y, volviendo la espalda, rompieron la marcha. Ahora, entre los ingleses y ellos solo quedaban las enormes planicies malvineras.
Ocupó  una posición en el cerro; al norte: el monte Kent con el río Murrel corriendo a su falda; al este: el Longdon; al oeste: el Tumbledown y el océano y al sur: Puerto Argentino. La Sección rápidamente cambió el nombre al cerro por uno más acorde a sus "formas" femeninas. Allí realizaron patrullas de reconocimiento, [Poltronieri] organizó con el otro apuntador (Horisberger) las posiciones de cambio y suplementarias para la ametralladora, reconoció caminos de repliegue y hasta participó de una sesión de tiro para comprobar la eficiencia de su Arma. En poco tiempo transformaron el cerro en un erizo, todas las armas funcionaban a la perfección... cubrieron todas las posibles avenidas de aproximación del enemigo. Recibieron visores nocturnos y equipos de comunicaciones más potentes (visores Litton y radios TRC 300).
Los días eran cada vez más fríos, cortos y ventosos. El clima los golpeaba intensamente exigiéndoles adaptarse al máximo si deseaban sobrevivir. Pese a esto y como todo Infante, [Poltronieri] poseía espíritu inquebrantable e inquieto, por eso no fue de extrañar que fuese voluntario al primer Puesto de Bloqueo en el monte Challenger y luego al del monte Kent. Eran tareas duras, había que estar alerta durante 48 horas, aislado con equipos de comunicaciones, casi sin moverse para no ser detectados por el enemigo; la primera vez estuvo con su jefe de sección y el frío le enseñó que debía llevar más equipo. No obstante ello, Poltronieri se destacaba por no perder nunca su espíritu alegre, por la atención que ponía a su misión y por el cuidado que ponía por su ametralladora.
Ya con los británicos desplazándose por la zona, bajo el diario bombardeo, siguió siendo Voluntario para todas las acciones. Estaba ávido demostrarles a los ingleses como combatían los argentinos y cualquier oportunidad, sea una emboscada o patrulla, lo contaba entre los primeros. Su mayor acción de desprendimiento la cometió cuando se armó una patrulla a cargo de su jefe de sección para infiltrarse en territorio que, se apreciaba, estaba en manos del enemigo. El subteniente [Vilgré La Madrid] no lo eligió, porque era uno de los que más actividades de ese tipo habían realizado y él, conmovido, se le acercó diciéndole que dejara al otro apuntador (Horisberger) que él no tenía ningún problema en ir hasta Monte Simón (donde luego se libró el Combate de Top Malo House de nuestros comandos). Quienes integraban esa patrulla tenían muy claro que estarían absolutamente aislados, librados a su suerte, con solo un equipo de comunicaciones y que era muy probable que no regresaran. Por eso es de destacar su gesto...
Poco después fueron relevados por una Patrulla de Comandos a la que le tocó recibir la peor parte de esa misión5

Como se puede observar, una patrulla a cargo del subteniente Vilgré La Madrid, con el soldado Poltronieri como integrante, estuvo en Top Malo House antes del combate al que hicimos referencia en capítulos anteriores. Veamos como sigue el relato. 

Posteriormente, y detectado el enemigo en su aproximación, el teniente primero Abella le ordenó al Jefe de sección la preparación de una emboscada en el “Murrel Bridge” y... ¡¡¡también allí se lo tuvo entre los voluntarios!!! Esa noche, al oscurecer, marcharon con el mínimo equipo necesario en busca del enemigo... hasta ahora habían sido amagues, rechazar alguna patrulla de exploración británica o el intercambio de proyectiles de mortero. La excitación los embargaba; cruzaron en silencio el río de piedras que los separaba del campo principal de combate y comenzaron a buscar el sector elegido. La noche era muy oscura y al llegar al río comenzaron a buscar un lugar para esperar al enemigo; el sitio no era el mejor pues el puente quedaba cerca de unas pequeñas alturas; con pocas cubiertas a disposición, hubiese sido fatal instalarse allí. Se desplazaron hacia las alturas dejando personal de escucha (pues nada se veía) y se desplazaron lentamente pues era un instante crítico al haberse hecho demasiado tarde. Por correrse el riesgo de que llegase el enemigo, cada cuatro o cinco pasos se detenían, se echaban cuerpo a tierra y escuchaban con atención, pero solo sentían el aullido del viento en sus cascos... Grande fue la sorpresa cuando al llegar se encontraron con equipo militar y personal descansando. ¡¡¡Era tarde para la emboscada!!! Un centinela británico abrió el fuego y esa fue la señal para disparar con toda la potencia de las armas; arrojaron un par de granadas sobre el equipo británico y abortaron la operación... ordenadamente –y de acuerdo a lo coordinado previamente- se replegaron "a las tres, 200 metros" reuniéndose detrás del río de piedras que habían elegido. Un error de apreciación los había enviado a una zona que ya se encontraba en manos del enemigo... se salvaron por milagro.
No obstante, pese a su misión de apuntador, nunca descuidó su otra "misión" auto impuesta (capturar los corderos que se acercaban a las posiciones), que permitía un trueque semanal ¡¡¡con Puerto Argentino!!! Además con su grasa y un poco de piolín, se fabricaban velas (los cueros se ocultaban...¡¡¡nunca sabíamos cuando podíamos ser sorprendidos!!!) y su carne, obviamente, alimentaba los desgastados cuerpos.
Con su carácter alegre [Poltronieri] era una fuente de inspiración en los últimos días de la batalla, baste para describirlo un hecho puntual: una noche, ya con el enemigo en las cercanías, su jefe había dispuesto un turno en los pozos: uno dormía y el otro observaba. Para hacerlo había que salir por la escasa visibilidad y la niebla. Los turnos eran de dos horas debido al frío y al terrible viento; Poltronieri [que] estaba en su turno de 2 a 4 de la mañana; conversó con el subteniente La Madrid en la posición de la ametralladora un rato, sin quejarse del frío ni del cansancio; luego su jefe siguió la recorrida y regresó a su posición cerca de la MAG de Poltronieri... se durmió escuchándolo tararear despacito una canción... de repente se despertó ya que era difícil dormir de noche, sus hombres estaban afuera vigilantes... algo le llamó la atención... ¡¡eran las 5 y 30 y se seguía escuchando el tarareo de Poltronieri!! Salió dispuesto a reprender al mal camarada que no había hecho el relevo y... Poltronieri le respondió: “Déjelo dormir jefe, son de la ciudad y a mí no me hace nada el frío, en realidad yo no lo desperté” (era una excusa en realidad para no destacar su excelente espíritu de camaradería; no había despertado a su amigo, pese al cansancio para dejarlo descansar un poco mas).
Ya era parte de ese suelo al que amaba, sentía a los integrantes de la Sección como su propia familia y estaba dispuesto a cualquier sacrificio por ellos. En las últimas noches, cuando la actividad del enemigo arreciaba, los bombardeos eran casi constante y la llovizna o la niebla castigaban... el se quitaba su poncho y cubría a su amiga inseparable, la MAG, para que no se mojase... sabía que cuando llegase el momento del combate, todos sus camaradas estarían esperanzados de escuchar la sinfonía de su ametralladora escupiendo balas contra el enemigo... y no iba él a defraudarlos.
Llegó la noche del combate de Monte Longdon, [durante el cual] el enemigo los castigó duramente todo el día. Al anochecer el ataque del Para 3 británico lo sacó de sus pensamientos. Nadie dormía. El jefe de sección se le acercó y le dijo: “Delante de nuestro puesto adelantado hay ingleses disparando con morteros al cerro. Lanzales una ráfaga para desanimarlos”. Este fue su bautismo de fuego para ayudar a sus hermanos del RI7. La ametralladora escupió furiosamente su carga de muerte y el enemigo tuvo que cambiar de posición; su primera misión de fuego había sido cumplida. Su jefe de sección [subteniente Vilgré La Madrid] fue también emocionado testigo junto con él, de la bravura de otro apuntador pero del RI7, que defendió su posición durante horas y mantuvo al enemigo clavado en el terreno. [Poltronieri] le comentó al subteniente: “Ese sí que tiene lo que hay que tener”. Al regresar sabría que ese apuntador había muerto heroicamente en defensa de su posición.
Su momento llegaba, el enemigo atacó el 12 de junio el RI4, la posición de su ametralladora había sido bombardeada todo el día y se escuchaban los gritos y disparos a su retaguardia. Eran las 10 de la noche, el soldado Delfino (también de Mercedes) se acercó a su posición; los ingleses habían conquistado las posiciones del RI4 y venían por retaguardia, había que prepararse para el repliegue... [Poltronieri] no se dio tiempo para lamentos, con sus dos compañeros preparó su equipo y con sus armas, concurrirían al lugar de reunión de la sección que habían preparado previamente al otro lado del cerro; allí había munición y raciones de combate. [Mientras lo hacía] observó que Horisberger hacía lo mismo. En el lugar de reunión la actividad era febril. No había que perder tiempo, desde lo alto del cerco el enemigo disparaba y la artillería batía el lugar donde se encontraban. La orden de compañía había determinado que el jefe de la 2ª Sección, subteniente Franco, sería el jefe de las retaguardias de combate que cubrirían al grueso de la Compañía. Entre los soldados de la sección que cubrirían el repliegue estaban los de los 1° y 2° grupos (de los cabos Fernández y Palomo) pero no del suyo. Se acercó a su jefe de sección y le solicitó autorización para permanecer con ellos; conociendo su tozudez, el subteniente le dio un abrazo. Lo último que [Poltronieri] vio bajo la luz de las bengalas fue a su jefe, Biderbost y otros camaradas atendiendo a los soldados Guanes y Tode que habían caído bajo el fuego del enemigo. [El soldado Pedro Francisco] Adorno pasó a su lado y le dio una palmada. Pronto todos se perdieron en las sombras del valle.
[Oscar] disparó su ametralladora sobre el enemigo hasta que recibió la orden de replegarse por donde ya habían pasado sus compañeros. Bajo el fuego enemigo y tropezando en las piedras hasta lastimarse, alcanzó el monte Tumbledown.
Allí se enteró que Guanes había muerto rezando sin una queja y Tode había sido evacuado al puesto socorro de los infantes de marina. Se reunió con su sección y ocupó una posición cerca de Sapper Hill. Estando allí se le ocurrió con otros compañeros reinfiltrarse en las antiguas posiciones. La noche estaba muy fría y no tenían abrigo... En silencio y evitando los centinelas llegaron hasta la cueva donde estaban las reservas de la Compañía, ¡¡los ingleses no las habían descubierto!! Cargaron víveres y mantas en una bolsa de dormir y regresaron con su gente.
Al día siguiente el frío era insoportable. El comandante de la brigada, general Jofré, recorrió las posiciones; al pasar frente a él le preguntó que necesitaba, “Guantes” le dijo [Oscar]. A la tarde un estafeta llegó con la promesa cumplida.
Se acercaba el final, vio como se replegaba la artillería y se abandonaban, kilómetros cerro abajo, las posiciones en Moody Brook. No se dio tiempo a pensar, se sentó entre las rocas a limpiar su arma y a conversar con sus camaradas. El subteniente [Vilgré La Madrid] pasó pozo por pozo arengando a su gente para lo que (estaba seguro) sería el final. Faltaban dos días para el cumpleaños de su jefe y les había prometido que para esa fecha todo habría terminado.
El último día fue como una película. La artillería naval y terrestre enemiga batiendo la zona y haciendo temblar la tierra, a lo lejos, una intensa actividad de los helicópteros británicos en las faldas del monte Kent y su infantería haciéndose fuerte en los cerros que habían caído en su poder. Se escuchaban disparos a lo lejos y ráfagas de ametralladora cruzaban el cielo. Al caer la noche una silueta pasó a su lado saludándolo con una sonrisa, era su jefe de sección rumbo al puesto de comando del jefe de la Compañía, que les comentó que había nuevas órdenes y que por las dudas se fueran preparando...
La obscuridad se hizo completa y los combates cada vez más cercanos. Habían tratado de descansar un poco pero la adrenalina era más fuerte que el cansancio. La noche era iluminada por bengalas y ráfagas de municiones trazantes de las ametralladoras pasaban sobre sus cabezas. Los gritos y disparos cada vez más intensos sindicaban que el momento llegaba. El jefe de sección les impartió la orden de tomar lo indispensable y reunirse tras unas rocas. Tomó su ametralladora, preguntó a sus compañeros si tenían el afuste y las bandas listas y se reunió con el resto de sus camaradas.
El jefe de sección les informó que marcharían hasta las posiciones de la Compañía "Nácar" del BIM 5, [ya que] su Jefe había solicitado a su comandante una acción ofensiva pues su gente en primera línea estaba en furioso combate cuerpo a cuerpo. No había tiempo que perder; un oficial y un soldado de la Infantería de Marina (ese oficial es hoy el comandante del batallón, capitán de fragata Waldemar Aquino) los guiaron a través de las rocas hasta el puesto de comando. ¡¡Realizarían un contraataque!! El jefe de la sección los dejó en la posición de partida para el ataque y concurrió con el soldado Arrúa a realizar las coordinaciones finales y un reconocimiento. A la media hora observó como el enemigo abría fuego en el sector donde estaba el subteniente [Vilgré La Madrid] y como éste, luego del intercambio de disparos, disparaba una granada y regresaba de inmediato.
A partir de allí todo se sucedió en velocidad; avanzaron entre las rocas evitando ser detectados por las luces de las bengalas y desplegaron. Eligió una altura por encima de sus camaradas y respondió el fuego inglés con furia. Las horas pasaban y el intercambio de disparos se hacía mayor, los británicos trataban de vencer la posición con sus armas antitanque Law, Tow y sus misiles Milán pero ellos no cedían. Los proyectiles de morteros y artillería aullaban con furia mientras golpeaban las posiciones pero ellos no cedían; pese a la evidente superioridad y al desgaste personal y de munición no cederían fácilmente. Contó las municiones que le quedaban y le pidió a otro compañero que llenase otra banda. Cerca de él estaba el subteniente [Vilgré La Madrid] con Horisberger al que se le había trabado la ametralladora. Una ráfaga los cubrió y se tapó, al cesar observó que su jefe trataba en vano de reanimar a su amigo... era inútil, había muerto como solo un Infante sabe morir, dientes apretados, el arma aferrada y frente al enemigo... ¿existe acaso muerte mas heroica? No tuvo más tiempo para pensar, el amanecer se acercaba y con luz la posición se haría insostenible. Los guardias escoceses los habían aferrado y ahora desprenderse sería difícil. No obstante no se retirarían antes de agotar la munición y golpear con furia. Observó hacia abajo y cambió de posición para evitar el fuego, lo habían detectado y querían eliminarlo. No podía permitirlo, era la única boca de fuego respetable de la sección que se encontraba sin sus lanzacohetes, con una sola ametralladora y sin apoyo de morteros por la cercanía del enemigo...
A su alrededor volaban pedazos de roca levantados por los disparos del enemigo, antes de alcanzar la otra posición vio caer a varios camaradas heridos o muertos. Gómez, Ramos, Duarte, Pedeuboy, Adorno, Delfino otros mas, vendían cara la posición cayendo heridos o muertos sin pensar siquiera en escapar.
Finalmente el subteniente ordenó abandonar la posición, uno a uno comenzaron a replegarse pero había que cruzar un pequeño valle batido por el enemigo. De nuevo se presentó [Oscar] voluntariamente para proteger el repliegue de los pocos hombres que estaban en pié y permaneció junto con el subteniente Robredo y el sargento primero Corbalán hasta que el último hubiese cruzado la “zona de muerte”6

Así relata el mismo Poltronieri lo que ocurrió ese día: 

Estábamos en el monte Dos Hermanas, una noche yo estaba de guardia en la posición adelantada y escucho unas voces raras. No eran de los nuestros, no entendía lo que decían. Le aviso al teniente  [Vilgré La Madrid], que viene con visor nocturno; los tipos estaban a 50 metros. Los ingleses venían todos amontonados, tirando tiros por cualquier parte, gritando, tocando el tambor. Un soldado que estaba arriba del monte comenzó a tirarles con su ametralladora (MAG). Ahí nos vieron y comenzó el fuego cruzado. A mi lado cayó un compañero con la cara llena de sangre. A mí me dio impresión verlo, me dio más coraje, mas bronca...
.....Yo le daba y le daba a la MAG. Ramón, el que había caído al lado mío, era mi compañero de arma. Él era MAG N° 2 y yo MAG N° 1. Éramos muy amigos, por eso me dio tanta bronca. Ahí me dije: “Si a él lo mataron a mí me van a matar también. ¿Por que me la voy a salvar?”. Entonces tenía que jugarme....Era casi de día; yo tiraba y tiraba, mi abastecedor, el que le ponía las cintas a la MAG, estaba cansado, pero yo seguía y seguía tirando contra los tipos. No se la iban a salvar. En un momento parecía que todos los ingleses querían pararme, les jodía mi ametralladora, sentía como pasaban las balas; a las trazantes se las veía clarito...Atrás de unas piedras estábamos nosotros amontonados, y a la orden de retirada, todos mis compañeros comenzaron a salir de sus posiciones, se fueron replegando hasta que en un momento estoy con mi abastecedor y el ayudante apuntador. Entonces les digo a los pibes: “Váyanse, repliéguense, que yo me quedo solo”. Ellos no querían, me decían: “Negro, vayámonos todos, a vos solo te van a matar, te la van a dar”. Yo les contesto: “No váyanse ustedes, tienen familia, amigos, todo”. Yo también tengo familia y amigos, pero ellos siempre entienden. “¡Váyanse de una vez, carajo, después voy a ir yo!”. Solamente quedaba cerca de mí un sargento, pero yo sabía que la señora de él, justo ese día había tenido una nena. Le había llegado un telegrama. Le digo entonces al sargento: “Mi sargento, usted tiene un nuevo hijo en el mundo y tiene que verlo. Repliéguese. Déjeme a mi solo. Yo soy soltero y prefiero morir yo, antes que usted. Me voy a arreglar”. Y me arregle...
...A lo lejos veía como peleaba la gente del RI7 de La Plata, en Monte Longdon atrás nuestro, cerca de la playa. Llovían las balas sobre mí, estaba solo. Me repliego y tiro, me repliego y tiro, hasta que llegué al pueblo...7 

Poltronieri resistió horas en monte Dos Hermanas, solo, manteniendo su posición. Incluso fue sobrepasado por el enemigo, sin darse cuenta y cuando se percató de ello, inició un lento repliegue, sin dejar de combatir.  

En Puerto Argentino les pregunto a unos soldados si sabían dónde estaba el RI6, yo quería volver con los míos, Ellos dijeron que habían pasado por ahí y que les habían dicho que el punto de reunión del regimiento era el cementerio.
Cuando llego al cementerio ya habían pasado casi dos días, mis compañeros me ven y no lo pueden creer. Ellos pensaban que los ingleses me habían matado. Y yo les digo: “¡Que? ¡Esos tipos a mi no me matan! Empezaron todos a gritar, a abrazarme, se me tiraban encima, como en la cancha al que hace un gol. Luego me levantaron, me llevaron en andas, tenían mucha alegría de verme. Entonces lloré... Después me enteré que al hacer el parte, me habían dado por muerto o desaparecido, pero el sargento contó que yo me había quedado en la posición tirando con mi MAG. El teniente [Vilgré La Madrid] no podía creer que yo hubiera vuelto; me agarró y me dio un abrazo, y me dijo: “¡Poltronieri!”, gritó. “Que va´cer”, dije yo, “El destino mío era volver. Acá estoy”8.

Sigue relatando el coronel Vilgré La Madrid.
 
Fue el último Infante argentino en combatir en la batalla de Puerto Argentino. Cuando ésta terminó, un agotado y flaco Poltronieri ingresaba como un espectro con su ametralladora aún en los brazos... Su espíritu le decía que aún se podía pero sus fuerzas lo iban abandonando de a poco. Los últimos cinco días habían sido agotadores y ya nada quedaba por hacer. Se reunió con su jefe... había muy pocos... solo catorce, el resto: muertos, heridos y prisioneros...
Lo demás es historia: la barraca de prisioneros, el embarque nocturno en un lanchón, las luces del “Bahía Paraíso”, el regreso, el embarque, el descenso en El Palomar, el viaje a Mercedes, las medallas y condecoraciones, los amigos y “de los otros” que se le acercaron...9 

Poltronieri también recuerda esos momentos: 

...De allí fuimos al puerto, tres días esperamos el barco que nos iba a llevar, el “Bahía Paraíso”. Ya éramos prisioneros, no podíamos salir de allí...
Uno de los nuestros sabía inglés. Por él nos enteramos de lo que hablaban de nosotros. Esos tipos dijeron: "A pesar de que son muy jóvenes, tienen buen entrenamiento”.
Yo pensaba, pensaba en lo que habíamos hecho y a dónde íbamos, ahora.... yo estaba solo y lloraba de la bronca10

Continúa Vilgré La Madrid: 

Solo queda contar que después de la guerra se fue a trabajar con su tía materna Ángela Piris en Olivera, que estuvo haciendo un tratamiento como él dice "contra el frío" en el Hospital de Mercedes (el frío sufrido en la guerra no fue gratis para sus miembros).
Llegó el tiempo de las medallas, las entrevistas televisivas […]; su viaje a Europa para la TV y la prensa. Pero también el tiempo de continuar su vida. Se mudó a Gral. Rodríguez y vio fallecer a su primer hijo. Mastellone le dio un trabajo en La Serenísima y permaneció allí por 14 años.
Estando de visita en Mercedes en casa de su madre conoció a una hermosa joven de 18 años que lo enamoró de inmediato llamada Alejandra Viviana Carrizo (su madre conocía a la familia pues habían trabajado juntos en la Estancia). Ella al principio no le prestó mucha atención pero se vieron el 24 de diciembre en las fiestas de navidad. El 31 de diciembre en el Club Estudiantes de Mercedes, propiedad de la familia Zárate, el bravo combatiente que no temía al enemigo se le acercó tímidamente... Tardó en declararse, no se animaba y ella le dio una pequeña ayuda... el 24 de agosto de1990, se casaron en el Registro Civil de Mercedes (queda solo que algún capellán castrense que lea estas líneas lo haga por la iglesia) y pronto vinieron Jonathan, Melina, Lucas y Matías, los retoños de éste ombú pampeano duro y filoso como el Tala pero tierno a la hora de los afectos.
Finalmente en 1994 dejó La Serenísima y alternó su trabajo entre un canal de cable, una agencia de remises, seguridad en la localidad de San Martín y en el año 1994 y 1995 en el Estado Mayor del Ejército. Queda por decir que entabló amistad con un ex combatiente británico, un oficial de los Royal Marines (que lo enfrentara en el Dos Hermanas) que posee una holgada posición en Chile y le ha ofrecido partir con él... pero se niega dejar su tierra "por ningún dinero" pese a que su amigo lo visita... ("El valor de tu enemigo te honra" como diría Larteguy en su libro de los franceses en Argelia Los Centuriones).
Como padre solo queda decir que habiendo sufrido en carne propia el no poder estudiar, hoy se preocupa con su esposa por los estudios de sus hijos: los varones concurren a la Escuela N° 10 en General Rodríguez y la hija a la Escuela N° 502.
Hoy trabaja en el Hospital Militar de Campo de Mayo. Tal vez allí podamos decir que es su último trabajo pero, conociendo a nuestro héroe... ¿lo será? 
A su regreso de Malvinas, Oscar fue condecorado con la mayor distinción entregada a un conscripto, la Cruz “La Nación Argentina al Heroico Valor en Combate”, por “Constituirse durante toda la campaña en ejemplo permanente de sus camaradas, por su espíritu de lucha sencillez y arrojo, ofreciéndose como voluntario para misiones riesgosas. En combates desarrollados en las zonas de los Montes Dos Hermanas y Tumbledown, operó eficazmente con una ametralladora deteniendo ataques enemigos. Fue siempre el último en replegarse, resultando sobrepasado en ocasiones por los ingleses. Dos veces se lo tuvo por muerto, pero logró reunirse con su sección y siguió combatiendo con igual decisión y eficacia”. Finaliza diciendo el coronel Vilgré La Madrid: 
Por todo lo expresado (y lo que no) quiero rendir homenaje a Oscar Poltronieri, héroe vivo y representante de nuestra raza y valores, hombre que no dudó en ofrecer su vida a la Patria, que jamás puso la causa Malvinas bajo intereses deshonestos, que no permitió jamás que su nombre sea utilizado políticamente ni por otros veteranos con menos escrúpulos; hombre que lo único que desea como premio es lucir el distintivo de integrante de nuestro Ejército Argentino y ser nombrado cabo VGM "Ad-Honorem" hecho que –a no dudarlo- es absolutamente merecido. 
Que Dios, en estos momentos de tribulación, bendiga a nuestra Patria y a nuestro Ejército ¡¡con muchos Poltronieri!!11.  
Pero no solo Poltronieri y Horisberger se destacaron por su furia y determinación. Fueron muchos los argentinos que obraron de esa manera, despertando la admiración del enemigo.
En el cementerio de Puerto Darwin yace un soldado no identificado a quien británicos y malvinenses llaman “Pedro”. Tal como refiere Hugh Bicheno en Al filo de la Navaja, fue el último argentino caído en Tumbledown.
Dispuesto a vender cara su vida, “Pedro” mantuvo su posición sin dejar de disparar, conteniendo el avance de la Compañía L de los Royal Marines hasta bastante tiempo después de la retirada. Cuando la situación lo obligó, efectuó numerosos cambios de lugar, siempre accionando su arma, hasta que finalmente, efectivos de la Sección F rodearon la base del peñasco conocido como La Terraza (desde donde “Pedro” disparaba) y lo mataron con ráfagas de metralla, después de mucho bregar.
Hacía al menos una hora que la sección del subteniente Vilgré La Madrid se había replegado pero “Pedro” seguía combatiendo y por esa razón, el capitán Campbell-Lamerton, jefe de la sección antitanque del Pelotón 2 de la Guardia Escocesa, le pidió a un oficial argentino prisionero que lo persuadiera. Sin embargo, pese  a todo el empeño, el obstinado efectivo no accedió. Como acertadamente dice Bicheno, “Si los argentinos quisieran, podrían averiguar quien era ese oficial y a través de él y de De la Madrid quizás identificar y honrar la memoria de un hombre muy valiente que yace en una tumba anónima en el cementerio de Puerto Darwin”12.


El cabo Roberto Baruzzo, oriundo de la ciudad de Riachuelo, provincia de Corrientes, prestaba servicios en el Regimiento de Infantería 12 cuando la guerra estalló.
Según cuenta Nicolás Kasanzew, en los días previos a la batalla del monte Longdon, los bombardeos británicos se habían intensificado sobre ese sector, haciendo extremadamente difícil la situación de las tropas allí apostadas13. El mismo Baruzzo fue herido en una oportunidad, al ser alcanzado por una esquirla en su mano derecha, sin demasiadas consecuencias, pero durante una de aquellas interminables noches de cañoneo, gritos desgarradores llamaron su atención.
Queriendo averiguar de qué se trataba, Baruzzo abandonó su pozo de zorro y corrió hasta donde se hallaba tirado un soldado con la pierna destrozada. Sin titubear, dejó su fusil junto a una roca y cargando al herido sobre sus hombros lo condujo hasta el puesto de enfermería, mientras las bombas explotaban aquí y allá.
Sin embargo, lo peor estaba por venir.
En la noche del 10 al 11 de junio, Kasanzew, pudo observar desde Puerto Argentino, el aterrador espectáculo que ofrecía la ofensiva británica.
En medio de estruendos estremecedores, los montes, permanentemente iluminados por las bengalas, eran atravesados por una miríada de proyectiles trazantes que con inusitada violencia surcaban la obscuridad en todas direcciones. Conmovía pensar que en esos lugares, soldados de ambos bandos se estaban se matando con ferocidad.
Allí, en medio de aquel fragor, la sección del cabo Baruzzo se había replegado hacia el monte Enriqueta (Harriet), sobre el que los ingleses intentaban una maniobra envolvente para aislar a los efectivos de los regimientos 12 y 4 que combatían en ese punto.
Fue el teniente primero Jorge Echeverría, oficial de Inteligencia del RI4, quien logró reagrupar a esa gente y encabezar la fuerte resistencia a la cual Baruzzo y los suyos se incorporaron inmediatamente.
Baruzzo vio a Echeverría disparar su FAL parapetado detrás de una roca y con el objeto de prestarle apoyo corrió hasta donde yacía un británico muerto y lo despojó de su visor nocturno. “Ahora la diferencia en recursos ya no será tan despareja”, pensó.
Observando con el aparato pudo ver a los ingleses asomando detrás de las rocas por lo que después de hacer puntería, oprimió el gatillo, obligándolos a arrojarse al suelo y cubrirse lo mejor posible antes de responder el ataque y neutralizarlo.
Las trazantes pegan a escasos centímetros de Echeverría quien combatió con estoicismo hasta que una de ellas le dio en la pierna derecha, arrojándolo sobre un claro, lejos de la roca donde se cubría. Al verlo caer, Baruzzo intentó acercarse pero en ese mismo momento un soldado inglés apareció repentinamente, en medio de la obscuridad y le disparó un tiro, errándole por muy poco.
Antes de que el británico volviese a tirar, Echeverría, alzó su arma y desde el suelo oprimió el gatillo matándolo instantáneamente. Un segundo soldado enemigo que se encontraba cerca, abrió fuego contra el oficial argentino pero Baruzzo lo abatió de un certero disparo. Cerca de allí, el conscripto Gorosito combatía como un león manteniendo a raya al enemigo, cuyas siluetas apenas se distinguían, pese a encontrarse a siete u ocho metros delante.
Echeverría, con tres balazos en su pierna, sangraba profusamente y por esa razón Baruzzo le hizo un torniquete en el muslo utilizando el cordón de la chaquetilla del oficial. De ese modo logró detener la hemorragia pero el cuadro de su superior era realmente grave. Su pierna se le tiñó de negro y su sangre comenzó a cubrir la nieve a su alrededor; sin embargo, aseguraba no sentir nada, excepto frío, por lo que Baruzzo se puso se pie y lo ayudó a incorporarse con la intención de sacarlo de allí. Fue así como iniciaron una penosa marcha a través de un desfiladero, mientras a su alrededor las trazadoras seguían impactando y rebotando contra las rocas.
Repentinamente, detrás de un peñasco, en medio de la niebla, apareció otro soldado inglés, iluminado por las bengalas. El individuo comenzó a disparar, alcanzando de lleno a Echeverría. Baruzzo, que sostenía con el brazo izquierdo a su superior, alzó su arma y apretando con furia los dientes accionó su ametralladora, matando a su oponente en el acto. El británico cayó sobre la nieve, en medio de su propia sangre, y ahí quedó tendido sin moverse.
Esta vez Echeverría había sido herido en el hombro y el brazo y tenía dos orificios de entrada y de salida por donde perdía abundante sangre. El oficial perdió el conocimiento y cayó boca abajo mientras Baruzzo se desesperaba por su suerte. “¡Se me está desangrando!”, pensaba para adentro.
Como dice Kasanzew, aún hoy, el suboficial no puede hablar de su jefe sin emocionarse:

El es uno de mis más grandes orgullos. Un hombre de un coraje impresionante. Allí, con cinco heridas de bala, estaba íntegro, tenía una tranquilidad increíble, una gran paz. Con total naturalidad, me ordenó que yo me retirara, que lo dejara morir allí, que salvara mi vida. Me eché a llorar. ¿Como iba a hacer eso? ¡Yo no soy de abandonar! ¡Y encima a este hombre, que era mi ejemplo de valentía! Tenía conmigo intacta la petaquita de whisky que la superioridad nos había dado junto a un cigarrillo; es que yo no bebo ni fumo. Y le di de tomar. ‘Eso si que está bueno’, me comentó. En cierto momento, no me habló más, había perdido el conocimiento. La forma en que sangraba, era una guarangada. Lo cubrí, lo agarré de la chaquetilla y empecé a arrastrarlo14.

Súbitamente, Baruzzo se vio rodeado por un pelotón de Royal Marines pertenecientes al Comando 42 pero lejos de amilanarse, desenvainó su cuchillo de combate y se dispuso a pelear; en ese momento, uno de los soldados enemigos le pegó un ligero golpe en la mano con el caño de su fusil, indicándole con ese gesto que todo había terminado. Baruzzo, cubierto por la sangre de Echeverría dejó caer el arma y se quedó quieto, y para su asombro, el mismo soldado enemigo que le indicó arrojar el cuchillo, lo abrazó con fuerza, fraternalmente. “Eran unos señores”, diría años después Nicolás Kasanzew15
Llegado el amanecer, viendo que Baruzzo no presentaba heridas graves, sus captores le ordenaron que junto a otros prisioneros se dedicara a recoger muertos y heridos y los apilaran en un punto determinado. “Yo personalmente junté cinco ó seis cadáveres enemigos. ¡Pero en Internet los ingleses dicen que en ese combate sólo tuvieron una baja!”, recuerda el entonces cabo.
Los británicos helitransportaron a Echeverría al buque hospital “Uganda”, donde fue muy bien atendido. Eso le permitió sobrevivir y recibir del Ejército Argentino la medalla al Valor en Combate. Hoy vive en Tucumán con su mujer y sus dos hijas, la menor de las cuales tenía dos años en 1982.
Baruzzo también tiene dos hijas, a quienes bautizó Malvina Soledad y Mariana Noemí. En su Riachuelo natal, en el extremo oeste de la provincia de Corrientes, ha recibido dos emotivos homenajes: una calle de la localidad lleva su nombre y fue erigido un busto con su efigie. Aún así, permanece ignorado por la sociedad y nadie conoce su proeza, pese a haber sido uno de los dos suboficiales condecorados con la Cruz al Heroico Valor en Combate, la máxima distinción a la que puede aspirar un hombre de armas en la República Argentina.
A poco de finalizada la guerra, el 15 de noviembre de 1982, recibió en su domicilio una emotiva carta donde le teniente primero Echeverría le agradecía su “…resolución generosa y desinteresada, su sentido del deber hasta el final, cuando otros pensaron en su seguridad personal. Toda esa valentía de los ‘changos’, son suficiente motivo para encontrar a Dios y agradecerle esos últimos momentos. Pero, así Él lo decidió, guardándome esta vida que Usted supo alentar con sus auxilios”.
El oficial le contaba, además, que lo había propuesto para la máxima condecoración al valor y le manifestaba su “alegría de haber encontrado un joven suboficial que definió el carácter y el temple de aquellos que forman Nuestro Glorioso Ejercito, y de los cuales tanto necesitamos”.
Baruzzo se reencontró con Echeverria veinticuatro años después de aquella terrible noche; se abrazaron, lloraron y el oficial le mostró sus heridas, diciéndole que lo consideraba su ángel de la guarda. Después de pronunciar esas palabras, le regaló una plaquetita, con la siguiente inscripción: “Estos últimos 24 años de mi vida testimonian tu valentía”. También le contó que a bordo del “Uganda”, los médicos británicos lo dejaron sangrar por un buen rato, para lavar el fósforo de las balas trazadoras.
“You have very good soldiers” (“Usted tiene muy buenos soldados”), le dijeron en aquella oportunidad.
Como dice Kasanzew, la sociedad argentina en pleno les debe reconocimiento a Echeverria y Baruzzo, lo mismo a Gorosito, a Pinzos y a tantos otros héroes de Malvinas callados y acallados por la ingratitud de una sociedad ruin, cómplice de uno de los peores pecados en los que puede caer un pueblo: olvidar a sus héroes y a quienes lo dieron todo en pos de su dignidad.


Evidentemente, la gente que combatió en Longdon, Dos Hermanas y Tumbledown era en extremo dura y valerosa.
Otro soldado que vendió cara su vida fue el dragoneante Claudio Scaglione, quien pereció en el primero de aquellos cerros aferrado a su ametralladora pesada, después de contener con tenacidad el avance del grupo de apoyo de la Compañía A.
Favorecido por una curva de la colina, Scaglione mató a los soldados Grose y Scrivens e hirió de gravedad a otros tres hombres, dificultando el desplazamiento de esa unidad hasta ser abatido, luego de varias horas. Recién después de la guerra y gracias a relatos británicos, la Argentina supo de su heroísmo.

Referencias
1 A lo largo de su carrera, el coronel Esteban Vilgré La Madrid conoció otros frentes de guerra, donde también dio muestras de heroísmo y profesionalidad. Uno de ellos fue La Tablada, cuando el 23 de enero de 1989 el fugazmente resurgido Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) atacó los cuarteles del Regimiento de Infantería Mecanizado 3 “General Belgrano”, enfrentamiento que duró más de 24 horas y dejó un saldo de 39 muertos y decenas de heridos; el otro fue Croacia, donde en 1994 integró el contingente militar enviado para operar como Fuerzas de Paz.
2 Esteban Vilgré La Madrid, “Soldado clase 1962 VGM Oscar Ismael Poltronieri. Biografía de un Héroe gaucho”.
3 Ídem.
4 Ídem.
5 Ídem.
6 Ídem.
7 Ídem.
8 Ídem.
9 Ídem.
10 Ídem.
11 Ídem.
12 Hugh Bicheno, op. cit.
13 Nicolás Kasanzew, “La silenciosa proeza del cabo Baruzzo”, http://www.zonamilitar.com.ar/ foros/ threads/ la-silenciada-proeza-del-cabo-baruzzo.20974/
14 Ídem.
15 Ídem.

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