CONCILIO ECUMÉNICO FERRARA-FLORENCIA
17 º Concilio Ecuménico
De Ferrara – Florencia. 1438-1442.
Papa Eugenio IV. Por la reconciliación de griegos y latinos.
Se celebró en
Roma los dos últimos años. Estudio la Reforma de la Iglesia y un nuevo
intento de reconciliación con los griegos de Constantinopla. Estos
entraron en efecto en el seno de la Iglesia con los armenios, los
jacobitas, los mesopotamios, los caldeos y los maronitas.
Este concilio
fue en varias etapas y sedes diferentes lo que ocasionó situaciones
tirantes. Fundamentalmente trató de la unión con Roma de diferentes
Iglesias Orientales Autónomas y para unificar criterios.
Declaraciones
sobre la procesión del Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo,
la Eucaristía y los Novísimos (para los griegos);Decreto sobre los
Sacramentos (para los armenios); – Sobre la Trinidad y la Encarnación
(para los jacobitas).
Magisterio del C.E. de Florencia
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XVII ecuménico (unión con los griegos, armenios y jacobitas)
Decreto para los griegos
[De la Bula Laeteniur coeli, de 6 de julio de 1439]
[De la procesión del Espíritu Santo.] En el nombre de la Santa Trinidad, del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, con aprobación de este Concilio universal de Florencia, definimos que por todos los cristianos sea creída y recibida esta verdad de fe y así todos profesen que el Espíritu Santo procede eternamente del Padre y del Hijo, v del Padre juntamente y el Hijo tiene su esencia y su ser subsistente, y de uno y otro procede eternamente como de un solo principio, y por única espiración; a par que declaramos que lo que los santos Doctores y Padres dicen que el Espíritu Santo procede del Padre por el Hijo, tiende a esta inteligencia, para significar por ello que también el Hijo es, según los griegos, causa y, según los latinos, principio de la subsistencia del Espíritu Santo, como también el Padre. Y puesto que todo lo que es del Padre, el Padre mismo se lo dio a su Hijo unigénito al engendrarle, fuera de ser Padre, el mismo precede el Hijo al Espíritu Santo, lo tiene el mismo Hijo eternamente también del mismo Padre, de quien es también eternamente engendrado. Definimos además que la adición de las palabras Filioque (=y del Hijo), fue lícita y razonablemente puesta en el Símbolo, en gracia de declarar la verdad y por necesidad entonces urgente.
Asimismo que el
cuerpo de Cristo se consagra verdaderamente en pan de trigo ázimo o
fermentado y en uno u otro deben los sacerdotes consagrar el cuerpo del
Señor, cada uno según la costumbre de su Iglesia, oriental u occidental.
[Sobre los novísimos.]
Asimismo, si los verdaderos penitentes salieren de este mundo antes de
haber satisfecho con frutos dignos de penitencia por lo cometido y
omitido, sus almas son purgadas con penas purificatorias después de la
muerte, y para ser aliviadas de esas penas, les aprovechan los sufragios
de los fieles vivos, tales como el sacrificio de la misa, oraciones y
limosnas, y otros oficios de piedad, que los fieles acostumbran
practicar por los otros fieles, según las instituciones de la Iglesia. Y
que las almas de aquellos que después de recibir el bautismo, no
incurrieron absolutamente en mancha alguna de pecado, y también aquellas
que, después de contraer mancha de pecado, la han purgado, o mientras
vivían en sus cuerpos o después que salieron de ellos, según arriba se
ha dicho, son inmediatamente recibidas en el cielo y ven claramente a
Dios mismo, trino y uno, tal como es, unos sin embargo con más
perfección que otros, conforme a la diversidad de los merecimientos.
Pero las almas de aquellos que mueren en pecado mortal actual o con solo
el original, bajan inmediatamente al infierno, para ser castigadas, si
bien con penas diferentes [v. 464].
Asimismo
definimos que la santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice tienen el
primado sobre todo el orbe y que el mismo Romano Pontífice es el sucesor
del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, verdadero vicario
de Cristo y cabeza de toda la Iglesia y padre y maestro de todos los
cristianos, y que al mismo, en la persona del bienaventurado Pedro, le
fue entregada por nuestro Señor Jesucristo plena potestad de apacentar,
regir y gobernar a la Iglesia universal, como se contiene hasta en las
actas de los Concilios ecuménicos y en los sagrados cánones.
Decreto para los armenios
[De la Bula Exultate Deo, de 22 de noviembre de 1439]
Para la más
fácil doctrina de los mismos armenios, tanto presentes como por venir,
reducimos a esta brevísima fórmula la verdad sobre los sacramentos de la
Iglesia. Siete son los sacramentos de la Nueva Ley, a saber, bautismo,
confirmación, Eucaristía, penitencia, extremaunción, orden y matrimonio,
que mucho difieren de los sacramentos de la Antigua Ley. Éstos, en
efecto, no producían la gracia, sino que sólo figuraban la que había de
darse por medio de la pasión de Cristo; pero los nuestros no sólo
contienen la gracia, sino que la confieren a los que dignamente los
reciben. De éstos, los cinco primeros están ordenados a la perfección
espiritual de cada hombre en si mismo, y los dos últimos al régimen y
multiplicación de toda la Iglesia. Por el bautismo, en efecto, se renace
espiritualmente; por la confirmación aumentamos en gracia y somos
fortalecidos en la fe; y, una vez nacidos y fortalecidos, somos
alimentados por el manjar divino de la Eucaristía. Y si por el pecado
contraemos una enfermedad del alma, por la penitencia somos
espiritualmente sanados; y espiritualmente también y corporalmente,
según conviene al alma, por medio de la extremaunción. Por el orden,
empero, la Iglesia se gobierna y multiplica espiritualmente, y por el
matrimonio se aumenta corporalmente. Todos estos sacramentos se realizan
por tres elementos: de las cosas, como materia; de las palabras, como
forma, y de la persona del ministro que confiere el sacramento con
intención de hacer lo que hace la Iglesia. Si uno de ellos falta, no se
realiza el sacramento. Entre estos sacramentos, hay tres: bautismo,
confirmación y orden, que imprimen carácter en el alma, esto es, cierta
señal indeleble que la distingue de las demás. De ahí que no se repiten
en la misma persona. Mas los cuatro restantes no imprimen carácter y
admiten la reiteración.
El primer lugar
entre los sacramentos lo ocupa el santo bautismo, que es la puerta de
la vida espiritual, pues por él nos hacemos miembros de Cristo y del
cuerpo de la Iglesia. Y habiendo por el primer hombre entrado la muerte
en todos, si no renacemos por el agua y el Espíritu, como dice la Verdad, no podemos entrar en el reino de los cielos
[cf. Ioh. 3, 5]. La materia de este sacramento es el agua verdadera y
natural, y lo mismo da que sea caliente o fría. Y la forma es: Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. No negamos, sin embargo, que también se realiza verdadero bautismo por las palabras: Es bautizado este siervo de Cristo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; o: Es bautizado por mis manos fulano en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Porque, siendo la santa Trinidad la causa principal por la que tiene
virtud el bautismo, y la instrumental el ministro que da externamente el
sacramento, si se expresa el acto que se ejerce por el mismo ministro,
con la invocación de la santa Trinidad, se realiza el sacramento. El
ministro de este sacramento es el sacerdote, a quien de oficio compete
bautizar. Pero, en caso de necesidad, no sólo puede bautizar el
sacerdote o el diácono, sino también un laico y una mujer y hasta un
pagano y hereje, con tal de que guarde la forma de la Iglesia y tenga
intención de hacer lo que hace la Iglesia. El efecto de este sacramento
es la remisión de toda culpa original y actual, y también de toda la
pena que por la culpa misma se debe. Por eso no ha de imponerse a los
bautizados satisfacción alguna por los pecados pasados, sino que, si
mueren antes de cometer alguna culpa, llegan inmediatamente al reino de
los cielos y a la visión de Dios.
El tercer
sacramento es el de la Eucaristía, cuya materia es el pan de trigo y el
vino de vid, al que antes de la consagración debe añadirse una cantidad
muy módica de agua. Ahora bien, el agua se mezcla porque, según los
testimonios de los Padres y Doctores de la Iglesia, aducidos antes en la
disputación, se cree que el Señor mismo instituyó este sacramento en
vino mezclado de agua; luego, porque así conviene para la representación
de la pasión del Señor. Dice, en efecto, el bienaventurado Papa
Alejandro, quinto sucesor del bienaventurado Pedro: «En las oblaciones
de los misterios que se ofrecen al Señor dentro de la celebración de la
Misa deben ofrecerse en sacrificio solamente pan y vino mezclado con
agua. Porque no debe ofrecerse para el cáliz del Señor, ni vino solo ni
agua sola, sino uno y otra mezclados, puesto que uno y otra, esto es,
sangre y agua, se lee haber brotado del costado de Cristo». Ya también,
porque conviene para significar el efecto de este sacramento, que es la
unión del pueblo cristiano con Cristo. El agua, efectivamente, significa
al pueblo, según el paso del Apocalipsis: Las aguas muchas… son los pueblos muchos [Apoc. 17, 15].
Y el Papa
Julio, segundo después del bienaventurado Silvestre, dice: «El cáliz de]
Señor, según precepto de los cánones, ha de ofrecerse con mezcla de
vino y agua, porque vemos que en el agua se entiende el pueblo y en el
vino se manifiesta la sangre de Cristo. Luego cuándo en el cáliz se
mezcla el agua y el vino, el pueblo se une con Cristo y la plebe de los
creyentes se junta y estrecha con Aquel en quien cree». Como quiera,
pues, que tanto la Santa Iglesia Romana, que fue enseñada por los
beatísimos Apóstoles Pedro y Pablo, como las demás Iglesias de latinos y
griegos en que brillaron todas las lumbreras de la santidad y la
doctrina, así lo han observado desde el principio de la Iglesia naciente
y todavía la guardan, muy inconveniente parece que cualquier región
discrepe de esta universal y razonable observancia. Decretamos, pues,
que también los mismos armenios se conformen con todo el orbe cristiano y
que sus sacerdotes, en la oblación del cáliz, mezclen al vino, como se
ha dicho, un poquito de agua. La forma de este sacramento son las
palabras con que el Salvador consagró este sacramento, pues el sacerdote
consagra este sacramento hablando en persona de Cristo. Porque en
virtud de las mismas palabras, se convierten la sustancia del pan en el
cuerpo y la sustancia del vino en la sangre de Cristo; de modo, sin
embargo, que todo Cristo se contiene bajo la especie de pan y todo bajo
la especie de vino. También bajo cualquier parte de la hostia consagrada
y del vino consagrado, hecha la separación, está Cristo entero. El
efecto que este sacramento obra en el alma del que dignamente lo recibe,
es la unión del hombre con Cristo. Y como por la gracia se incorpora el
hombre a Cristo y se une a sus miembros, es consiguiente que por este
sacramento se aumente la gracia en los que dignamente lo reciben; y todo
el efecto que la comida y bebida material obran en cuanto a la vida
corporal, sustentando, aumentando, reparando y deleitando, este
sacramento lo obra en cuanto a la vida espiritual: En él, como dice el
Papa Urbano, recordamos agradecidos la memoria de nuestro Salvador,
somos retraidos de lo malo, confortados en lo bueno, y aprovechamos en
el crecimiento de las virtudes y de las gracias.
El cuarto
sacramento es la penitencia, cuya cuasi-materia son los actos del
penitente, que se distinguen en tres partes. La primera es la contrición
del corazón, a la que toca dolerse del pecado cometido con propósito de
no pecar en adelante. La segunda es la confesión oral, a la que
pertenece que el pecador confiese a su sacerdote íntegramente todos los
pecados de que tuviere memoria. La tercera es la satisfacción por los
pecados, según el arbitrio del sacerdote; satisfacción que se hace
principalmente por medio de la oración, el ayuno y la limosna. La forma
de este sacramento son las palabras de la absolución que profiere el
sacerdote cuando dice: Yo te absuelvo, etc.; y el ministro de
este sacramento es el sacerdote que tiene autoridad de absolver,
ordinaria o por comisión de su superior. El efecto de este sacramento es
la absolución de los pecados.
El quinto
sacramento es la extremaunción, cuya materia es el aceite de oliva,
bendecido por el obispo. Este sacramento no debe darse más que al
enfermo, de cuya muerte se teme, y ha de ser ungido en estos lugares: en
los ojos, a causa de la vista; en las orejas, por el oído; en las
narices, por el olfato; en la boca, por el gusto o la locución; en la
manos, por el tacto; en los pies por el paso; en los riñones, por la
delectación que allí reside. La forma de este sacramento es ésta: Por esta santa unción y por su piadosísima misericordia, el Señor te perdone cuanto por la vista,
etc. Y de modo semejante en los demás miembros. El ministro de este
sacramento es el sacerdote. El efecto es la salud del alma y, en cuanto
convenga, también la del mismo cuerpo. De este sacramento dice el
bienaventurado Santiago Apóstol: ¿Está enfermo alguien entre
vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, para que oren sobre él,
ungiéndole con óleo en el nombre del Señor; y la oración de la fe
salvará al enfermo, y el Señor le aliviará y, si estuviere en pecados,
se le perdonarán [Iac. 5, 14].
El sexto
sacramento es el del orden, cuya materia es aquello por cuya entrega se
confiere el orden: así el presbiterado se da por la entrega del cáliz
con vino y de la patena con pan; el diaconado por la entrega del libro
de los Evangelios; el subdiaconado por la entrega del cáliz vacío y de
la patena vacía sobrepuesta, y semejantemente de las otras órdenes por
la asignación de las cosas pertenecientes a su ministerio. La forma del
sacerdocio es: «Recibe la potestad de ofrecer el sacrificio en la
Iglesia, por los vivos y por los difuntos, en el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo». Y así de las formas de las otras órdenes,
tal como se contiene ampliamente en el Pontifical romano. El ministro
ordinario de este sacramento es el obispo. El efecto es el aumento de la
gracia, para que sea ministro idóneo.
El séptimo sacramento es el del matrimonio, que es signo de la unión de Cristo y la Iglesia, según el Apóstol que dice: Este sacramento es grande; pero entendido en Cristo y en la Iglesia
[Eph. 5, 82]. La causa eficiente del matrimonio regularmente es el
mutuo consentimiento expresado por palabras de presente. Ahora bien,
triple bien se asigna al matrimonio. El primero es la prole que ha de
recibirse y educarse para el culto de Dios. El segundo es la fidelidad
que cada cónyuge ha de guardar al otro. El tercero es la indivisibilidad
del matrimonio, porque significa la ir divisible unión de Cristo y la
Iglesia. Y aunque por motivo de fornicación sea licito hacer separación
del lecho; no lo es, sin embargo, contraer otro matrimonio, como quiera
que el vinculo del matrimonio legítimamente contraído, es perpetuo.
Decreto para los jacobitas
[De la Bula Cantate Domino, de 4 de febrero de 1441, (fecha florentina) ó 1442 (actual)]
La sacrosanta
Iglesia Romana, fundada por la palabra del Señor y Salvador nuestro,
firmemente cree, profesa y predica a un solo verdadero Dios omnipotente,
inmutable y eterno, Padre, Hijo y Espíritu Santo, uno en esencia y
trino en personas: el Padre ingénito, el Hijo engendrado del Padre, el
Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo. Que el Padre no es el
Hijo o el Espíritu Santo; el Hijo no es el Padre o el Espíritu Santo; el
Espíritu Santo no es el Padre o el Hijo; sino que el Padre es solamente
Padre, y el Hijo solamente Hijo, y el Espíritu Santo solamente Espíritu
Santo. Solo el Padre engendró de su sustancia al Hijo, el Hijo solo del
Padre solo fue engendrado, el Espíritu Santo solo procede juntamente
del Padre y del Hijo. Estas tres personas son un solo Dios, y no tres
dioses; porque las tres tienen una sola sustancia, una sola esencia, una
sola naturaleza, una sola divinidad, una sola inmensidad, una
eternidad, y todo es uno, donde no obsta la oposición de relación.
Por razón de
esta unidad, el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo;
el Hijo está todo en el Padre, todo en el Espíritu Santo; el Espíritu
Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo. Ninguno precede a otro en
eternidad, o le excede en grandeza, o le sobrepuja en potestad. Eterno,
en efecto, y sin comienzo es que el Hijo exista del Padre; y eterno y
sin comienzo es que el Espíritu Santo proceda del Padre y del Hijo. El
Padre, cuanto es o tiene, no lo tiene de otro, sino de si mismo; y es
principio sin principio. El Hijo, cuanto es o tiene, lo tiene del Padre,
y es principio de principio. El Espíritu Santo, cuanto es o tiene, lo
tiene juntamente del Padre y del Hijo. Mas el Padre y el Hijo no son dos
principios del Espíritu Santo, sino un solo principio: Como el Padre y
el Hijo y el Espíritu Santo no son tres principios de la creación, sino
un solo principio.
A cuantos,
consiguientemente, sienten de modo diverso y contrario, los condena,
reprueba y anatematiza, y proclama que son ajenos al cuerpo de Cristo,
que es la Iglesia. De ahí condena a Sabelio, que confunde las personas y
suprime totalmente la distinción real de las mismas. Condena a los
arrianos, eunomianos y macedonianos, que dicen que sólo el Padre es Dios
verdadero y ponen al Hijo y al Espíritu Santo en el orden de las
criaturas. Condena también a cualesquiera otros que pongan grados o
desigualdad en la Trinidad.
Firmísimamente
cree, profesa y predica que el solo Dios verdadero, Padre, Hijo y
Espíritu Santo, es el creador de todas las cosas, de las visibles y de
las invisibles; el cual, en el momento que quiso, creó por su bondad
todas las criaturas, lo mismo las espirituales que las corporales;
buenas, ciertamente, por haber sido hechas por el sumo bien, pero
mudables, porque fueron hechas de la nada; y afirma que no hay
naturaleza alguna del mal, porque toda naturaleza, en cuanto es
naturaleza, es buena. Profesa que uno solo y mismo Dios es autor del
Antiguo y Nuevo Testamento, es decir, de la ley, de los profetas y del
Evangelio, porque por inspiración del mismo Espíritu Santo han hablado
los Santos de uno y otro Testamento. Los libros que ella recibe y
venera, se contienen en los siguientes títulos [Siguen los libros del
Canon; cf. 784; EB 32].
Además,
anatematiza la insania de los maniqueos, que pusieron dos primeros
principios, uno de lo visible, otro de lo invisible, y dijeron ser uno
el Dios del Nuevo Testamento y otro el del Antiguo.
Firmemente
cree, profesa y predica que una persona de la Trinidad, verdadero Dios,
Hijo de Dios, engendrado del Padre, consustancial y coeterno con el
Padre, en la plenitud del tiempo que dispuso la alteza inescrutable del
divino consejo, por la salvación del género humano, tomó del seno
inmaculado de María Virgen la verdadera e integra naturaleza del hombre y
se la unió consigo en unidad de persona con tan intima unidad, que
cuanto allí hay de Dios, no está separado del hombre; y cuanto hay de
hombre, no está dividido de la divinidad; y es un solo y mismo indiviso,
permaneciendo una y otra naturaleza en sus propiedades, Dios y hombre,
Hijo de Dios e Hijo del hombre, igual al Padre según la divinidad, menor
que el Padre según la humanidad, inmortal y eterno por la naturaleza
divina, pasible y temporal por la condición de la humanidad asumida.
Firmemente
cree, profesa y predica que el Hijo de Dios en la humanidad que asumió
de la Virgen nació verdaderamente, sufrió verdaderamente, murió y fue
sepultado verdaderamente, resucitó verdaderamente de entre los muertos,
subió a los cielos y está sentado a la diestra del Padre y ha de venir
al fin de los siglos para juzgar a los vivos y a los muertos.
Anatematiza,
empero, detesta y condena toda herejía que sienta lo contrario. Y en
primer lugar, condena a Ebión, Cerinto, Marcián, Pablo de Samosata,
Fotino, y cuantos de modo semejante blasfeman, quienes no pudiendo
entender la unión personal de la humanidad con el Verbo, negaron que
nuestro Señor Jesucristo sea verdadero Dios, confesándole por puro
hombre que, por participación mayor de la gracia divina, que había
recibido, por merecimiento de su vida más santa, se llamaría hombre
divino. Anatematiza también a Maniqueo con sus secuaces, que con sus
sueños de que el Hijo de Dios no había asumido cuerpo verdadero, sino
fantástico, destruyeron completamente la verdad de la humanidad en
Cristo; así como a Valentín, que afirma que el Hijo de Dios nada tomó de
la Virgen Madre, sino que asumió un cuerpo celeste y pasó por el seno
de la Virgen, como el agua fluye y corre por un acueducto. A Arrio
también que, afirmando que el cuerpo tomado de la Virgen careció de
alma, quiso que la divinidad ocupara el lugar del alma. También a
Apolinar quien, entendiendo que, si se niega en Cristo el alma que
informe al cuerpo, no hay en Él verdadera humanidad, puso sólo el alma
sensitiva, pero la divinidad del Verbo hizo las veces de alma racional.
Anatematiza también a Teodoro de Mopsuesta y a Nestorio, que afirman que
la humanidad se unió al Hijo de Dios por gracia, y que por eso hay dos
personas en Cristo, como confiesan haber dos naturalezas, por no ser
capaces de entender que la unión de la humanidad con el Verbo fue
hipostática, y por eso negaron que recibiera la subsistencia del Verbo.
Porque, según esta blasfemia, el Verbo no se hizo carne, sino que el
Verbo, por gracia, habitó en la carne; esto es, que el Hijo de Dios no
se hizo hombre, sino que más bien el Hijo de Dios habitó en el hombre.
Anatematiza
también, execra y condena al archimandrita Eutiques, quien, entendiendo
que, según la blasfemia de Nestorio, quedaba excluida la verdad de la
encarnación, y que era menester, por ende, de tal modo estuviera unida
la humanidad al Verbo de Dios que hubiera una sola y la misma persona de
la divinidad y de la humanidad, y no pudiendo entender cómo se dé la
unidad de persona subsistiendo la pluralidad de naturalezas; como puso
una sola persona de la divinidad y de la humanidad en Cristo, así afirmó
que no hay más que una sola naturaleza, queriendo que antes de la unión
hubiera dualidad de naturalezas, pero en la asunción pasó a una sola
naturaleza, concediendo con máxima blasfemia e impiedad o que la
humanidad se convirtió en la divinidad o la divinidad en la humanidad.
Anatematiza también, execra y condena a Macario de Antioquía, y a todos
los que a su semejanza sienten, quien, si bien sintió con verdad acerca
de la dualidad de naturalezas y unidad de personas; erró, sin embargo,
enormemente acerca de las operaciones de Cristo, diciendo que en Cristo
fue una sola la operación y voluntad de una y otra naturaleza. A todos
éstos con sus herejías, los anatematiza la sacrosanta Iglesia Romana,
afirmando que en Cristo hay dos voluntades y dos operaciones.
Firmemente
cree, profesa y enseña que nadie concebido de hombre y de mujer fue
jamás librado del dominio del diablo sino por merecimiento del que es
mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo Señor nuestro; quien,
concebido sin pecado, nacido y muerto al borrar nuestros pecados, Él
solo por su muerte derribó al enemigo del género humano y abrió la
entrada del reino celeste, que el primer hombre por su propio pecado con
toda su sucesión había perdido; y a quien de antemano todas las
instituciones sagradas, sacrificios, sacramentos y ceremonias del
Antiguo Testamento señalaron como al que un día había de venir.
Firmemente
cree, profesa y enseña que las legalidades del Antiguo Testamento, o
sea, de la Ley de Moisés, que se dividen en ceremonias, objetos
sagrados, sacrificios y sacramentos, como quiera que fueron instituídas
en gracia de significar algo por venir, aunque en aquella edad eran
convenientes para el culto divino, cesaron una vez venido nuestro Señor
Jesucristo, quien por ellas fue significado, v empezaron los sacramentos
del Nuevo Testamento. Y que mortalmente peca quienquiera ponga en las
observancias legales su esperanza después de la pasión, y se someta a
ellas, como necesarias a la salvación, como si la fe de Cristo no
pudiera salvarnos sin ellas. No niega, sin embargo, que desde la pasión
de Cristo hasta la promulgación del Evangelio, no pudiesen guardarse, a
condición, sin embargo, de que no se creyesen en modo alguno necesarias
para la salvación; pero después de promulgado el Evangelio, afirma que,
sin pérdida de la salvación eterna, no pueden guardarse. Denuncia
consiguientemente como ajenos a la fe de Cristo a todos los que, después
de aquel tiempo, observan la circuncisión y el sábado y guardan las
demás prescripciones legales y que en modo alguno pueden ser partícipes
de la salvación eterna, a no ser que un día se arrepientan de esos
errores. Manda, pues, absolutamente a todos los que se glorían del
nombre cristiano que han de cesar de la circuncisión en cualquier
tiempo, antes o después del bautismo, porque ora se ponga en ella la
esperanza, ora no, no puede en absoluto observarse sin pérdida de la
salvación eterna. En cuanto a los niños advierte que, por razón del
peligro de muerte, que con frecuencia puede acontecerles, como quiera
que no puede socorrérseles con otro remedio que con el bautismo, por el
que son librados del dominio del diablo y adoptados por hijos de Dios,
no ha de diferirse el sagrado bautismo por espacio de cuarenta o de
ochenta días o por otro tiempo según la observancia de algunos, sino que
ha de conferírseles tan pronto como pueda hacerse cómodamente; de modo,
sin embargo, que si el peligro de muerte es inminente han de ser
bautizados sin dilación alguna, aun por un laico o mujer, si falta
sacerdote, en la forma de la Iglesia, según más ampliamente se contiene
en el decreto para los armenios [v. 696].
Firmemente cree, profesa y predica que toda criatura de Dios es buena y nada ha de rechazarse de cuanto se toma con la acción de gracias [1 Tim. 4, 4], porque según la palabra del Señor, no lo que entra en la boca mancha al hombre
[Mt. 15, ll], y que aquella distinción de la Ley Mosaica entre manjares
limpios e inmundos pertenece a un ceremonial que ha pasado y perdido su
eficacia al surgir el Evangelio. Dice también que aquella prohibición
de los Apóstoles, de abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre y de lo ahogado
[Act. 15, 29], fue conveniente para aquel tiempo en que iba surgiendo
la única Iglesia de entre judíos y gentiles que vivían antes con
diversas ceremonias y costumbres, a fin de que junto con los judíos
observaran también los gentiles algo en común y, a par que se daba
ocasión para reunirse en un solo culto de Dios y en una sola fe, se
quitara toda materia de disensión; porque a los judíos, por su antigua
costumbre, la sangre y lo ahogado les parecían cosas abominables, y por
la comida de lo inmolado podían pensar que los gentiles volverían a la
idolatría. Mas cuando tanto se propagó la religión cristiana que ya no
aparecía en ella ningún judío carnal, sino que todos, al pasar a la
Iglesia, convenían en los mismos ritos y ceremonias del Evangelio,
creyendo que todo es limpio para los limpios [Tit. 1, 15]; al
cesar la causa de aquella prohibición apostólica, cesó también su
efecto. Así, pues, proclama que no ha de condenarse especie alguna de
alimento que la sociedad humana admita; ni ha de hacer nadie, varón o
mujer, distinción alguna entre los animales, cualquiera que sea el
género de muerte con que mueran, si bien para salud del cuerpo, para
ejercicio de la virtud, por disciplina regular y eclesiástica, puedan y
deban dejarse muchos que no están negados, porque, según el Apóstol, todo es licito, pero no todo es conveniente [1 Cor. 6, 12; 10, 22].
Firmemente
cree, profesa y predica que nadie que no esté dentro de la Iglesia
Católica, no sólo paganos, sino también judíos o herejes y cismáticos,
puede hacerse participe de la vida eterna, sino que irá al fuego eterno que está aparejado para el diablo y sus ángeles
[Mt. 25, 41], a no ser que antes de su muerte se uniere con ella; y que
es de tanto precio la unidad en el cuerpo de la Iglesia, que sólo a
quienes en él permanecen les aprovechan para su salvación los
sacramentos y producen premios eternos los ayunos, limosnas y demás
oficios de piedad y ejercicios de la milicia cristiana. Y que nadie, por
más limosnas que hiciere, aun cuando derramare su sangre por el nombre
de Cristo, puede salvarse, si no permaneciere en el seno y unidad de la
Iglesia Católica.
[Siguen los Concilios ecuménicos recibidos por la Iglesia Romana y los Decretos para los griegos y armenios.]
Mas como en el antes citado Decreto para los armenios
no fue
explicada la forma de las palabras de que la Iglesia Romana, fundada en
la autoridad y doctrina de los Apóstoles, acostumbró a usar siempre en
la consagración del cuerpo y de la sangre del Señor, hemos creído
conveniente insertarla en el presente. En la consagración del cuerpo,
usa de esta forma de palabras: Este es mi cuerpo; y en la de la sangre: Porque
éste es el cáliz de mi sangre, del nuevo y eterno testamento, misterio
de fe, que por vosotros y por muchos será derramada en remisión de los
pecados. En cuanto al pan de trigo en que se consagra el
sacramento, nada absolutamente importa que se haya cocido el mismo día o
antes; porque mientras permanezca la sustancia del pan, en modo alguno
ha de dudarse que, después de las citadas palabras de la consagración
del cuerpo pronunciadas por el sacerdote con intención de consagrar,
inmediatamente se transustancia en el verdadero cuerpo de Cristo.
Los decretos para los sirios, caldeos y maronitas, nada nuevo contienen.
