LA GRAN OFENSIVA DE MAYO
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| La marina de guerra desembarcó tropas del Batallón 18 de Infantería en las playas del sur de Oriente |
A comienzos de abril, el Directorio Nacional, cuya cúpula se hallaba prisionera en la Isla de Pinos, terminó de redactar un documento por el cual se disponía a llamar a una huelga general a nivel nacional, decidido como estaba a desencadenar una guerra de desgaste contra el gobierno.
Los principales puntos de la proclama establecían la suspensión del pago de los impuestos a partir del 1 de abril, paro completo del transporte público, declarar traidor a todo aquel que permaneciese en los cargos oficiales a partir del 5 de abril, lo mismo a quienes solicitasen el ingreso a las fuerzas armadas, conminar a los jueces a presentar sus renuncias y llamar a comercios, bancos, entidades financieras e industriales a cerrar sus puertas. La coordinación de todo el movimiento recayó en Faustino Pérez, quien acababa de salir de prisión, quien hizo un llamado a todas las células de M-26 para impulsar el sabotaje en todo el país.
Mientras eso sucedía en las ciudades, en la sierra Fidel preparaba acciones a gran escala, en tanto el Partido Socialista Popular hacía lo propio en el llano y las zonas urbanizadas intentando sincronizar sus movimientos con la guerrilla. Fue en ese momento que surgieron nuevos roces entre los elementos más conservadores del Directorio Nacional y la agrupación de ultraizquierda, hecho que forzó esta última a enviar un emisario a la sierra para tratar el asunto.
De nada valieron los llamados de Castro instando a
admitir a todo el mundo en la lucha. La huelga del 9 de abril fue un rotundo
fracaso, desde su llamado a través de los medios en un horario inadecuado1,
hasta la nula respuesta por parte de la ciudadanía. Los comercios y los bancos
abrieron sus puertas, la industria y el campo continuaron con sus actividades
normales y el transporte funcionó como de costumbre. Por otra parte, la gente
se dispuso a pagar sus impuestos regularmente y ningún funcionario renunció a
su cargo. ¿Qué había pasado? Pues que ni la Confederación General del Trabajo,
leal a Batista ni el Partido Socialista Popular, que se consideraba marginado,
llamaron a sus afiliados a la acción.
La furia de Fidel fue increíble y la de los miembros
del directorio también de ahí el cruce de acusaciones que se sucedió entre
todos los implicados.
Castro acusó al Directorio de ineptitud, este a su vez
le recriminó su “aventurerismo” y Batista pareció reír último al anunciar el
fracaso de sus enemigos y el fiasco de la huelga; tan seguro se sintió, que
hasta alardeó con el envío de armas al dictador Trujillo de la República
Dominicana.
Pese al desánimo imperante, el Che Guevara no se dejó
amilanar y mientras esperaba que las aguas se aquietasen, se abocó de lleno a
sus tareas, entre ellas el adiestramiento de los nuevos cuadros, el
funcionamiento de Radio Rebelde y la construcción de una pista de aterrizaje
con un túnel para ocultar los aviones, esto último con la asistencia de dos
pilotos recientemente incorporados al bando rebelde.
Precisamente por la emisora clandestina habló Fidel
Castro el 10 de abril, para fustigar a los organizadores de la fracasada huelga
general, en especial a aquellos que a su entender, la habían boicoteado,
especialmente la Confederación General del Trabajo y ciertos sectores del
Directorio Nacional.
Por esos días, Camilo, repuesto de sus heridas, fue
enviado a explorar el llano y a su regreso, el 16 de abril, Fidel lo ascendió a
comandante, asignándole la región comprendida por las localidades de Bayamo,
Manzanillo y Las Tunas, sobre la que no solo iba a tener el mando militar sino
también el político, para aplicar la reforma agraria y modificar en el Código
Civil. Se trataba, sin duda, de un primer avance sobre el llano, en respuesta a
las últimas informaciones recibidas según las cuales, Batista preparaba una
gran ofensiva sobre la sierra.
En la segunda mitad del mes, Fidel y el Che se
desplazaron hacia sus respectivas bases, el primero en su cuartel general de El
Jíbaro y el segundo a una jornada de marcha de allí, en Minas del Bueycito, más
precisamente en una hacienda de La Otilia que le había expropiado a un importante
propietario de la región, sindicado como enemigo del campesinado y la
revolución. De esa manera, se situó a escasos dos kilómetros del campamento
enemigo, movida que además de implicar un riesgo considerable, constituía un
abierto desafío a las fuerzas de Batista.
Con el propósito de mantener en permanente estado de
alerta al enemigo, en horas de la noche el ejército rebelde disparaba decenas
de “sputniks” sobre sus posiciones y enviaba numerosas patrullas para
mantenerlo en constante tensión, sin embargo, poco tiempo después, el estado
mayor guerrillero decidió suspender esas acciones porque las represalias de
Sánchez Mosquera sobre los campesinos eran feroces.
Al Che le sorprendía la actitud del comandante
enemigo, que quemaba las casas de los pobladores y mataba a los sospechosos de
colaborar con la guerrilla, pero jamás se decidió a atacar La Otilia, donde
aquellas estaban concentradas en mayor número.
Nunca he
podido averiguar por qué razón Sánchez Mosquera permitió que estuviéramos
cómodamente instalados en un a casa, en una zona relaitvamente llana y
despoblada de vegetación, sin llamar a la aviación enemiga para que nos
atacara. Nuestras conjeturas eran que él no tenía interés en entablar combate y
que no quería hacer ver a la aviación lo cercanas que estaban las tropas, ya
que tendría que explicar por qué no atacaba2.
Una de aquellas patrullas regresaba a su campamento
una noche que el Che no especifica, cuando descubrió en el camino numerosos
mulos acribillados.
Se trataba de una caravana con armas y víveres enviada
desde Bayamo por la red urbana, interceptada a mitad de recorrido por la gente
de Sánchez Mosquera, un golpe importante para la fuerza guerrillera aunque no
precisamente demoledor.
El mes de abril encontró al Che efectuando constantes marchas
e inspecciones y mientras el mundo seguía con interés el desarrollo de los
acontecimientos, llegó a manos de Fidel una propuesta del exiliado Dr. Justo
Carrillo Morales, antiguo oficial del ejército cubano, que el 3 de mayo de 1956
había encabezado un intento de golpe de estado para derrocar a Batista3. El ex militar proponía una alianza a cambio
de una declaración de reconocimiento hacia lo actuado por el arma, pero el
comandante rebelde lo rechazó terminantemente por considerarlo propaganda para las
fuerzas armadas.
Huber Matos tuvo el primer indicio del temperamento
autoritario y complejo de Fidel Castro, la noche de su llegada, en casa del
hijo de Crescencio.
El comandante supremo llegó alrededor de las 21.45
acompañado por un grupo de oficiales e irrumpió de manera repentina, ingresando
por la puerta lateral. En eso momento dominaba el bullicio en la sala
principal, mientras los presentes cenaban y hablaban animadamente.
-¡Aquí está Fidel! – dijo Crescencio cortando el
bullicio y poniéndose de pie.
El corpulento líder avanzó dando grandes zancadas y
una vez en medio del comedor, se detuvo y mirando a los presentes preguntó por
el jefe de la expedición. Lo acompañaban Celia Sánchez, Haydee Santamaría,
Delio Gómez Ochoa, René Ramos Latour y el capitán Ramón Paz.
-¿Quién de ustedes es Huber Matos?
El aludido se puso de pie y entonces Fidel le extendió
la mano e inmediatamente después lo estrechó en un abrazo de oso.
-Bueno, creo que tienes mucho que contarme – le dijo
pleno de alegría y excitación.
Alguien le señaló entonces la cabecera de la mesa, de
frente a Huber y dando otros tres largos pasos, cubrió la distancia para tomar
asiento en tanto los presentes lo seguían con fascinación. Pero la sonrisa que
llevaba en el rostro desapareció cuando se percató que entre los comensales se
hallaba Pedro Miret, quien intentó sonreír al ver la mirada afilada del máximo
jefe.
-¿Y tú que haces aquí? – le preguntó Fidel
notablemente molesto.
-Mira, Fidel – respondió el aludido – si yo no vengo
en esta, no hay expedición.
Ante semejante descaro, Matos sintió que la sangre le
hervía en las venas.
-Sobre eso hay mucho que hablar; vamos a dejarlo así
por ahora – dijo y enseguida se calló para que la cosa no pasase a más.
Finalizada la cena, se formaron varios grupos de gente
que charlaban animadamente. Huber se acercó a Celia Sánchez, quien se hallaba
exultante y plena de entusiasmo y supo por su boca que Castro había estado
preocupado por el asunto de las armas, preguntando constantemente por ellos. “Tranquilízate
– solía decirle ella– esa gente viene”.
Cuando Huber salió de la casa, vio que numerosas
personas rodeaban a Fidel, todos alborozados y plenos de entusiasmo, mucho más
cuando aquel tomó uno de los fusiles que acababan de traer y comenzó a examinarlo.
-¡Ahora sí ganamos la guerra! – sintió que exclamaba
feliz mientras manipulaba el arma- ¡Con esto los destrozamos!
Y mientras lo hacía, efectuaba disparos al aire que se
perdían en medio de la noche. Inmediatamente después tomó una ametralladora y
repitió la acción y así con varias piezas más mientras quienes le rodeaban,
Huber Matos entre ellos, lo observaban sonrientes.
En un determinado momento, Fidel Castro tomó a Manuel
Rojo del Río por un brazo y le manifestó que necesitaba hablar con él mientras
se lo llevaba hacia un costado. Lo primero que hizo fue excusarse por aquella
especia de secuestro que había sufrido y por su traslado semi-forzado a la
sierra, explicándole con detalles que tenía urgente necesidad de expertos e
instructores.
-Nos sobran hombres –le dijo- pero nos faltan armas y
técnicos.
Acto seguido, le encomendó la tarea de adiestrar a la
tropa, tanto en el manejo de armas livianas como en la defensa antiaérea porque
las incursiones aéreas eran constantes. El argentino escuchó atentamente y
aceptó, poniendo como condición que una vez finalizado el período de
instrucción regresaba a Costa Rica para unirse a su familia. Pasaría un mes y
medio junto al ejército rebelde, recorriendo las diferentes posiciones para
adiestrar a la tropa en el manejo de las ametralladoras livianas contra los
aviones que solían volar bajo, muchas veces rozando las copas de los árboles,
al no hallar resistencia. Les mostró como abatir a un aparato que volaba a
menos de mil metros de altura y como ponerse a cubierto para disparar sin ser
detectado4.
Fidel ordenó cargar las armas en los mulos que había
hecho traer para ese fin y dispuso que partieran lo antes posible, varios de
ellos hacia las posiciones del Che Guevara en La Mesa y las restó para la
Columna 1 que comandaba en persona. Inmediatamente después, dispuso incendiar
el avión,
porque a su entender era fácil de detectar desde el aire y además, los daños
que presentaba hacían prácticamente imposible su reparación. Al comandante
rebelde no le interesaba que cayese en manos del ejército y este lo utilizase
para propaganda.
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| Fidel dispuso el transporte de las armas en varios mulos |
Acompañados
por algunos guerrilleros, Manuel Rojo del Río, Díaz Lanz y Verdaguer regresaron
al aparato y después de retirar todo lo que podía resultar útil, abrieron los
drenajes, esparcieron el combustible por las alas y le prendieron fuego. Casi
inmediatamente, surgieron grandes llamaradas que envolvieron completamente el
fuselaje.
Cuando
todo el mundo regresaba a la casa del hijo de Crescencio, el estallido de los
tanques los hizo girar instintivamente sus cabezas para observar. El
espectáculo era dantesco. El fuego consumía al aparato, iluminando
fantasmagóricamente la noche.
Después
de revisar minuciosamente la partida de armas, Fidel se acercó a Huber Matos y
le agradeció lo que había hecho.
-Muy
buen trabajo, Huber, excelente. Ahora te mandaré otra vez al extranjero para
que te dediques a organizar más expediciones.
Al
escuchar eso, Matos sintió que debía decir algo.
-Mire,
comandante, hace ya tiempo que quise incorporarme al Ejército Rebelde y usted
me mandó decir que en él sería solo un hombre más, que lo que hacía falta aquí
eran armas y municiones. Lo entendí perfectamente y puse manos a la obra. Salí
del país a buscarlas y aquí me tiene con ellas…
-Es
verdad –le interrumpió Fidel cambiando de tono.
-He
venido con un grupo de compañeros decididos a luchar y quiero estar al lado de
ellos en el combate. Hay suficientes cubanos capaces de organizar expediciones
como la nuestra.
-No
puedo estar tan seguro – fue la respuesta.
-Sí,
los hay. No puedo regresar y dejar aquí a estos hombres. Estoy moralmente
obligado a compartir riesgos y sacrificios con ellos.
-¡No, no, yo no lo creo así! – dijo Fidel visiblemente
molesto aunque tratando de disimular sus sentimientos- Ésta no es una cosa que
depende de ti. Aquí soy yo el que manda, tienes que repetir lo de Costa Rica.
¡Esa es tu función en esta guerra!
Creyendo que la conversación había finalizado, Castro
se volvió hacia otro grupo de personas que se encontraban allí, sin imaginar
que Matos aún tenía algo más para decir.
-Discúlpeme, no estoy discutiendo su mando, es una
cuestión de carácter moral la que alego. Puedo repetirle, palabra por palabra,
lo que acabo de decirle; pero creo que no es necesario. Usted conoce mi intención, me quedo aquí,
creo que tengo derecho a disponer de mi vida. Hay otros hombres, como el mismo
Ricardo Lorié, que le serán muy útiles trayendo más armas a la sierra.
-Bueno, entonces lo que te interesa es pelear –
replicó Fidel contrariado.
-Quiero compartir la suerte de los que han venido
conmigo.
-Está bien, quédate –respondió Castro extremadamente
molesto- Reúnete con tu grupo, que yo les buscaré un jefe.
Huber se retiró con su gente, para relatarles la
conversación que acababa de tener con el máximo comandante. Los hombres
expresaron su alegría al saber que se quedaba con ellos pero dejaron ver su
preocupación porque Miret pudiese ser su cabecilla. Evelio Rodríguez habló por
todos cuando se ofreció a tratar el asunto directamente con Castro y nadie lo
detuvo cuando se dirigió directamente hacia él. Ninguno de ellos soportaba la
idea de tener a su frente a aquel oportunista.
-Comandante, nosotros nos incorporamos a la lucha pero
Miret no puede ser el jefe del grupo. Nómbrenos a otro cualquiera, no nos
interesa ese señor.
Atento a la distribución de las armas, Castro no
respondió, pero Evelio alcanzó a percibir un gesto de afirmación cuando terminó
de hablar. Poco después, Humberto Rodríguez, teniente del ejército rebelde, se
aproximó al grupo para decirles que el comandante acababa de designarlo jefe y
que le había encomendado organizar con ellos una nueva sección. Se trataba de
un hombre agradable y cordial, que había recibido heridas en combate y tenía
vasta experiencia como combatiente en la selva. Con él se incorporó también
Carlos Mas, joven locuaz de apenas dieciséis años de edad, quien se mostró
sumamente servicial a la hora de cargar las armas en mulos y vehículos5.
Los guerrilleros pasaron la noche en aquel lugar y a
la mañana siguiente, antes de la salida del sol, partieron hacia la sierra
divididos en varios grupos.
A mediados del mes de mayo el ejército cubano lanzó la
gran ofensiva de verano, denominada Operación FF (Fin de Fidel), que consistía
en un amplio movimiento de pinzas destinado a envolver sierra y bloquear todos
sus accesos.
Ni bien se enteró de ello, Castro mandó construir
bastiones defensivos, cavar trincheras, establecer puestos de observación y
señalar lugares para montar emboscadas, al tiempo que distribuía sus fuerzas
para vigilar cada uno de los caminos por los que podía llegar el enemigo. Para
ello, posicionó a Crescencio Pérez en el monte Caracas e hizo lo propio al este
con Ramiro Valdés, para contener cualquier intento por el lado de La Mesa y La
Botella.
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| Fidel Castro y Juan Almeida durante las acciones
|
El 6 de mayo el Ejército ocupó las primeras
estribaciones de la sierra y capturó a un combatiente, al que sometió a
interrogatorio. Cuarenta y ocho horas después, unidades de la marina de guerra
se aproximaron a la costa, entre Chivirico y la Ensenada de las Cuevas, para
desembarcar al Batallón 18 en dos diferentes puntos y el 10, la aviación
bombardeó La Plata.
La
ofensiva del ejército fue de tal magnitud, que Fidel Castro llegó a temer por
la suerte de la revolución, una sensación en extremo desagradable que incluso
lo llevó a pedirle a Celia una dosis de cianuro por si caía en poder del
enemigo6.
El
Che, mientras tanto, recorría el dispositivo defensivo e impartía directivas
para reforzarlo. Cuando viajaba de La Mesa a Minas de Frío recibió una nota de
Fidel pidiéndole que regresase al campamento y mencionándole la posibilidad
envenenar los pozos de agua poniendo en práctica una táctica similar a la de
“tierra arrasada”.
En
cumplimiento de esa directiva, Guevara le pidió a Oscar Fernández Mell, un
médico de La Habana recientemente incorporado a la guerrilla, que lo acompañase
y juntos abordaron un jeep para dirigirse a El Jíbaro.
Desplazándose
a gran velocidad tomaron por diferentes senderos, huellas en plena selva,
caminos de cornisa y lodazales, esquivando rocas, troncos, pozos y animales de
todo tipo.
Fernández
Mell viajaba en silencio, pálido y temeroso, sujetándose con fuerza de la
estructura del vehículo y así continuó durante todo el trayecto hasta alcanzar
el campamento central, donde llegaron a media tarde. Cuando su compañero de
viaje le dijo que era la primera vez que manejaba en esas condiciones, casi se
cae desmayado.
Fidel,
por su parte, efectuaba una recorrida de inspección por el frente costero. Una
vez de regreso, envió a la eficaz Lidia Doce, su nuevo correo, a establecer
contacto con sus enlaces en La Habana, Manzanillo y Camagüey para acordar una
estrategia7.
Mientras tanto, las visitas al territorio liberado
continuaban, en especial las de los miembros de la cúpula del PSP y otros
militantes comunistas que buscaban estrechar filas con el ejército rebelde.
Entre el 19 y el 20 de mayo el que regresó fue
Masetti, para hacerle un nuevo reportaje a Fidel. El periodista argentino,
futuro líder guerrillero, estaba tan fascinado con el movimiento y sus
cabecillas, que había buscado cualquier pretexto para volver a contactarlos.
Partió de vuelta el día 22 y eso posibilitó una nueva reunión entre el Estado
Mayor guerrillero y el PSP, representado en este caso por Lino y Rafael.
Traían ambos muchas expectativas pero todo quedó en lo
mismo. Como siempre, se hicieron muchas promesas, se establecieron principios
de acuerdo, se habló de cerrar filas pero una vez finalizadas las
conversaciones, renacieron los resquemores y todo quedó en la nada.
A Fidel Castro le preocupaba sobremanera la ofensiva
del Ejército, cuyo avance sobre la sierra parecía inminente, más cuando se
filtró información de que Washington, temeroso de las tendencias de algunos
altos dirigentes del ejército rebelde y de las inclinaciones de su máximo
líder, reanudó el envío de armas al régimen de Batista, incluyendo 300 cohetes
aire-tierra que llegaron a través de la Base Naval de Guantánamo y 30 tanques
provenientes de Nicaragua, a bordo de un carguero, burdo intento por hacer
creer a la opinión pública que quienes estaban proveyendo esos blindados eran
los dictadores Luis Anastasio Somoza8 y Rafael Trujillo.
La entrevista que Fidel Castro le concedió al
corresponsal para América Latina del “Chicago Tribune”, Jules Dubois, a través
de Radio Rebelde, fue lo que terminó de decidir al Departamento de Estado en
cuanto a ofrecer su colaboración a Batista para acabar con la guerrilla9,
aun cuando el líder revolucionario había manifestado que el
Movimiento 26 de Julio nunca había hablado de socialismo, ni de nacionalizar
industrias. Incluso había hecho referencias a revisar la vieja constitución de
1940, que establecía claramente las garantías, derechos y obligaciones de todos
quienes participasen de la producción, incluyendo la libre empresa y la inversión
extranjera.
A comienzos de junio, la Fuerza Aérea cubana utilizó por
primera vez los misiles norteamericanos. En uno de esos raids, destrozó la
finca de Mario, uno de los tantos guajiros que colaboraba con la revolución,
provocando tal furia en Fidel, que en una carta dirigida a Celia Sánchez, habló
de hacerle pagar a los Estados Unidos lo que estaban haciendo10.
Por entonces, el comandante supremo tenía en el Che Guevara a
su brazo derecho y único confidente. En esos días las dudas lo asaltaban a menudo,
sospechaba de todo el mundo y no creía en las capacidades de nadie.
Fidel desconfiaba del
discernimiento y las decisiones de prácticamente todos sus subordinados, pero
esas dudas nos se extendían al Che, quien se había convertido en su principal confidente
y, en los hechos, jefe de estado mayor. Cuando estaban separados, le enviaba
esquelas constantemente para comunicarle planes militares, asuntos financieros,
maniobras políticas y, como un joven entusiasta, relatar los experimentos con
las armas nuevas producidas por la fábrica11.
La gran ofensiva del ejército comenzó entre el 15 y el
20 de mayo cuando 10.000 efectivos divididos en 14 batallones al mando del
general Eulogio Cantillo, se movilizaron en dirección a la sierra, apoyados por
poderosas piezas de artillería, divisiones blindadas, unidades navales y la
aviación. Todo para combatir contra 280 hombres mal armados y peor alimentados,
que padecían los rigores del clima y el terreno, así como enfermedades,
deserciones e incluso, el accionar de los delatores.
Cantillo reforzó las guarniciones costeras por el sur,
intentando cortar una posible retirada por ese lado, apostó fragatas en puntos
estratégicos del litoral para batir con sus piezas las elevaciones, desplegó
dos batallones por el norte y ubicó a la sección del mayor Raúl Corzo Izaguirre
en el ingenio azucarero de Estrada Palma, a solo 1 kilómetro de Las
Mercedes, de frente a las posiciones de Crescencio Pérez.
Al este de Bueycito, el Batallón 11 de Infantería al
mando de Sánchez Mosquera se dispuso a avanzar sobre el sector ocupado por la
columna del Che, dirigida en esos momentos por Ramiro Valdés, en tanto el
Batallón 18 permanecía en la desembocadura del río La Plata como reserva.
Por el lado de las fuerzas rebeldes, Castro mantuvo su
comando en Las Mercedes con permanentes enlaces yendo y viniendo entre las
diferentes posiciones, a saberse, Las Vegas de Jibacoa, La Plata, Mompié y
Minas del Frío, con la Escuela de Reclutas a medio camino entre esta última
base y el cuartel general de Fidel, dispositivo bien distribuido que abarcaba
un espacio de 12
kilómetros, con el mar por el sur a solo 14 millas de la
retaguardia.
El 19 de mayo la aviación lanzó un nuevo ataque, ocasionando daños relativos. Inmediatamente después, Corzo Izaguirre adelantó sus fuerzas hacia Las Mercedes pero fue contenido y rechazado por Crescencio Pérez a solo 400 metros de la línea defensiva.
| Solo el Che inspiraba confianza a Fidel Castro (Fotografía: Roberto Salas) |
El 19 de mayo la aviación lanzó un nuevo ataque, ocasionando daños relativos. Inmediatamente después, Corzo Izaguirre adelantó sus fuerzas hacia Las Mercedes pero fue contenido y rechazado por Crescencio Pérez a solo 400 metros de la línea defensiva.
Desde hacía bastante tiempo Fidel dudaba de la
capacidad de Crescencio y por esa razón, le pidió al Che que se hiciera cargo
de aquella fuerza, directiva que el argentino se apresuró a cumplir de manera
inmediata. De esa manera, dio comienzo una batalla de tres meses, en la que
ambas fuerzas se jugarían todo, el prestigio, la victoria y la supervivencia.
La actividad que desplegó el Che Guevara en esos
agitados días fue febril, supervisando personalmente las diferentes posiciones,
distribuyendo armamento, seleccionado cuadros, organizando la defensa,
emboscando unidades enemigas y hasta dándose tiempo para asistir a una asamblea
de campesinos en la que, entre otras cosas, se abordó el conflictivo tema de la
reforma agraria.
En plena batalla, llegó Lidia con la novedad de que en
La Habana, Faustino Pérez se negaba a entregar el mando. Sin embargo, apenas
hubo tiempo para tratar el asunto porque el desarrollo de las acciones
acaparaba toda la atención de los mandos. Guevara se vio forzado a regresar al
frente para reorganizar la defensa, enviando a los combatientes novatos a
construir trincheras y resguardos en torno a Las Mercedes.
Mientras tanto, las deserciones y los juicios por
traición golpeaban duro en el corazón de la guerrilla. Tras un nuevo raid aéreo
en el que dos cazas dispararon cohetes sobre las posiciones de Guevara (4 de
junio), por lo menos diez combatientes pidieron abandonar las filas, entre
ellos algunos encargados de lanzar las granadas “sputniks”. El Che se vio en la
necesidad de buscar reemplazantes y cuando una segunda incursión provocó nuevas
deserciones, no le quedó más remedio que echar mano de los reclutas inexpertos
que había puesto a trabajar en las defensas próximas a Las Mercedes.
Dada la envergadura de la ofensiva y el volumen de las
fuerzas que avanzaban sobre el ejército guerrillero, Fidel Castro volvió a
sugerir envenenar los pozos de agua y convertir los desfiladeros en trampas
mortales pero a falta de hombres para la tarea, se dejó la idea a un lado para
abordar otros asuntos que requerían mayor urgencia.
Por esos días llegó al campamento rebelde un personaje
extraño, Frank Surgis, aventurero norteamericano nacido en Norfolk, Virginia,
el 9 de diciembre de 1924, cuyo verdadero nombre era Frank Angelo Fiorini,
quien venía a “ofrecer sus servicios” como combatiente y asesor12.
No era el primer estadounidense en llegar a la sierra
para sumar su concurso. Entre los colaboradores con los que el Che contó para
adiestrar combatientes en la Escuela de Reclutas se encontraba Herman
Marks, un veterano de la guerra de Corea que tenía experiencia en la guerra de
guerrillas, pero de movida, la actitud del recién llegado despertó
recelos en la cúpula guerrillera, especialmente en Guevara, que lo suponía
agente del FBI o la CIA (no se equivocaba). Inexplicablemente, este sujeto,
llegado de la nada, fue admitido sin más trámite que su pedido de incorporación
y de esa manera, siguió la campaña hasta la victoria final y la huida de
Batista, recabando información para pasar a la central de inteligencia.
Cuando el Batallón 18 terminó de posicionarse en el
extremo occidental de la sierra (10 de junio), Fidel Castro asumió
personalmente la defensa de Las Vegas, que parecía ser el siguiente objetivo
del enemigo. Para entonces, el Che Guevara se había hecho cargo de las tropas
que mandaba Crescencio y había mandado fusilar a un oficial rebelde acusado de
homicidio. Sucedió el 14 de junio, cuando cumplió 30 años de edad pero apenas
tuvo tiempo de recordar el acontecimiento, porque la situación era en extremo
crítica.
Cuando Guevara llegó al frente para relevar a
Crescencio, Fidel se retiraba de Mompié, cediendo el terreno al enemigo, que
avanzaba en dirección a El Descanso, para seguir luego hacia Los Lirios, donde
fue detectado por las avanzadas de Lalo Sardiñas, que sin pérdida de tiempo, se
apresuraron a dar cuenta de la novedad.
El 16 de junio, el general Cantillo emitió desde
Bayamo la directiva Nº 99 ordenando que dos compañías del Batallón 18 se
desplazasen por el río La Plata para unirse a las tropas que convergían desde
el norte y marchar cuesta arriba. Eso permitió al Ejército apoderarse de Las
Vegas de Jibacoa y continuar hacia Minas de Frío, obligando al Che a reforzar
los espacios inmediatos a las posiciones que abandonaba Fidel. La situación
parecía apremiante porque el 20 de junio el enemigo tomó las Vegas de Jibacoa y
capturó Santo Domingo13.
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| El ejército cubano se dispone a penetrar en la sierra |
Con las tropas rebeldes en plena retirada, el
argentino alcanzó Mompié, en cuyas inmediaciones se reunió con Fidel, a quien
encontró en extremo atribulado. Tan preocupado estaba el comandante supremo
guerrillero que le pidió que permaneciera junto a él al tiempo que despachaba
órdenes indicándoles a Camilo Cienfuegos y Juan Almeida que regresasen.
La noche del 26 de junio se produjeron cuatro fugas
importantes, la de un delator de apellido Rosabal, la de Pedro Guerra que al
fugarse se llevó consigo un revolver y la de dos oficiales del ejército
prisioneros. El Che lanzó a varios hombres en su persecución y a medida que
fueron cayendo los pasó por las armas, sin juicio previo.
Esa misma tarde, el Batallón 18, ocupó Jigüe, lo que
parecía indicar que la ofensiva estaba alcanzando su clímax pero para sorpresa
de Castro y el Che, en lugar de continuar el avance, su comandante, se dedicó
fortificar el lugar, perdiendo un tiempo precioso.
El 28 de junio por la mañana, el Batallón 22, al
comando del coronel Eugenio Menéndez, se apoderó de Santo Domingo y una vez
allí, recibió un mensaje de Sánchez Mosquera ordenándole seguir el curso del
río hasta la localidad de Santana y establecer allí su campamento.
Poco tiempo después, el Batallón 17 ocupó el desierto
caserío de San Lorenzo, recientemente abandonado por sus pobladores, en tanto
las compañías 91 y 93 del Batallón 19 al mando del capitán Martínez Torres se
desplazaban hacia Meriño, siguiendo el camino de El Tabaco y la loma de
Caraquita. En ese último punto chocaron con la sección del teniente Ciro del
Río, que por orden del Che había montado una emboscada en el lugar. Se desató
allí un breve aunque nutrido tiroteo que finalizó con la retirada de los
guerrilleros y el avance del destacamento regular hasta el caserío, que como
San Lorenzo, había sido abandonado por sus habitantes.
Para entonces, había dado comienzo la primera batalla
de Santo Domingo, que marcó el fin de la ofensiva gubernamental.
Con el Batallón 22, iniciando el avance hacia Santana
y el Nº 11 haciendo lo propio en dirección al río El Naranjo, debía concretarse
el movimiento de pinzas que quedaría cerrado al tomar contacto ambas unidades
con el Batallón 18, que llegaba por el sur14.
Para Fidel resultaba vital impedir que el enemigo
alcanzase el curso superior del río Yara y para ello, ubicó a Lalo Sardiñas en
las inmediaciones de Pueblo Nuevo, convencido de que esa era una de las rutas
por las que iba a llegar el enemigo. El Batallón 22 continuó su avance en
dirección a El Cacao, atravesando primeramente El Verraco y al no ser advertido
por el comandante del Nº 11 de que había presencia enemiga en las
inmediaciones, con la que se había topado dos días antes, se introdujo de lleno
en la trampa.
La celada de Lalo dio cuenta de su vanguardia. El
estallido de una mina colocada en el camino unos metros antes de la emboscada,
tuvo efectos demoledores y el fuego combinado que siguió inmediatamente
después, obligó a los guardias a aferrarse a sus posiciones junto al río y
mantenerse inmóviles.
La vanguardia del batallón fue prácticamente
aniquilada porque de nada sirvió el fuego de la sección de morteros que comenzó
a caer sobre la posición guerrillera a partir de las 14.10. Esta se mantuvo
firme y obligó al enemigo pegarse al terreno prácticamente sin levantar la
cabeza.
Diez minutos después, el pelotón de Zenón Meriño bajó
de la loma que ocupaba en El Naranjo y arremetió contra uno de los flancos del
Batallón 22. El refuerzo que recibió de Andrés Cuevas sirvió para comprometer
aún más la situación de las fuerzas regulares que para peor, sintieron el rigor
de la ametralladora 50 de Braulio Curuneaux, que logró contener a los refuerzos
recientemente llegados del Batallón 11 e incluso los rechazó apoyada por el
fuego concentrado de los demás tiradores.
Dos veces los guerrilleros contuvieron a Menéndez y
finalmente lo obligaron a abandonar el sector.
La noche sorprendió a las tropas de Batista en
situación desesperante, con la Compañía N del Batallón 22 diezmada, el grueso
aferrado al terreno y el resto muerto o dispersándose en diferentes
direcciones.
Aquella victoria fue el primer indicio de que el
ejército regular, integrado mayoritariamente por conscriptos inexpertos,
recientemente incorporados, comenzaba a acusar el golpe. Además, sirvió para
elevar la moral de los efectivos rebeldes, bastante alicaída hasta entonces.
La gente de Lalo se apoderó de 30 fusiles, una
ametralladora de 30 mm,
un mortero de 60, municiones, parque y al menos 60 mochilas, además de abatir a
una veintena de efectivos y capturar veintitrés prisioneros.
En lo que a Camilo Cienfuegos respecta, esa misma
tarde llegó a La Plata, en cumplimiento de la orden de Fidel y desde ahí
emprendió una dura caminata hacia Casa de Piedra, sabiendo que la sección de
Félix Duque también se dirigía hacia allí. Debía montar una emboscada y esperar
los refuerzos que enviaba Cantillo, para neutralizarlos.
Mientras tanto, en Santo Domingo, las cercadas tropas
del Batallón 11 comenzaban a quedar rodeadas por Ramiro Valdés, que por orden
de Fidel se había desplazado hacia El Cacao, sincronizando sus movimientos con
los de Guillermo García, que debía adelantar sus líneas hacia La Manteca,
cerrando por el sur cualquier intento de escape o de llegada de refuerzos.
Por el norte, en tanto, René Ramos Latour (Daniel)
permanecía en reserva, lo mismo Andrés Cuevas y Lalo Sardiñas, en sus
posiciones próximas a Pueblo Nuevo, bloqueando el paso al Batallón 22 que
vivaqueaba a orillas del río. La idea era desgastar a esa tropa y después de
desbordarla, desplazarse hacia Santo Domingo, para reforzar a las unidades de
Ramiro, Guillermo y Almeida.
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| Lalo Sardiñas |
El domingo 29 de junio, por la mañana, Camilo se topó
con una sección de Sánchez Mosquera que iba en socorro del Batallón 22,
trabándose ambas en duro combate. Las tropas regulares intentaron perforar las
líneas guerrilleras en El Naranjo pero les faltó empuje y fueron detenidas y
luego rechazada hacia Santo Domingo. Los guardias retrocedieron llevándose
consigo al menos diez heridos, según el parte que Camilo le envió a Fidel, pero
la guerrilla sufrió una baja fatal, la de Wilfredo Lara, cuyo nombre de guerra
era “Gustavo”, muerto en el firme de Casa de Piedra, cuando se intentaba
contener al enemigo en retirada.
De acuerdo al parte emitido por Radio Rebelde al
finalizar el enfrentamiento, las fuerzas rebeldes se hicieron de un fusil
ametralladora Browning, dos Garand, tres San Cristóbal, una carabina M-1, tres
fusiles Springfield y unas 3 000 balas15.
Inmediatamente después de finalizado el combate,
Camilo se dirigió río arriba hacia Santo Domingo para dar apoyo a la sección
que se disponía a arremeter sobre esa posición en tanto el pelotón de Duque
regresaba a su antigua ubicación en las alturas de Gamboa.
Esa misma noche, después de confirmar que su gente
ocupaba las posiciones asignadas, Fidel le ordenó a Guillermo avanzar desde El
Cacao hacia la finca de Lucas Castillo, donde Sánchez Mosquera tenía instalado
su puesto de mando. La idea era partir a la fuerza enemiga “…en dos partes por ese sector, atacando también desde Naranjo, Santana
y casa de Piedra”16, movimiento que podía significar la victoria
final.
Realmente,
nuestra impresión después del primer triunfo en Pueblo Nuevo era que podíamos
aprovechar la situación creada para tratar de obtener la captura del grueso de
la fuerza enemiga estacionada en Santo Domingo, lo cual sería algo determinante
para el curso posterior de la ofensiva enemiga. La posibilidad de poder
derrotar y capturar una de las tres agrupaciones enemigas principales que
actuaban contra nuestras fuerzas, de ellas la más poderosa, mejor equipada y
comandada por uno de los jefes más notorios con que contaba el Ejército de la
tiranía, era demasiado atractiva como para dejar pasar la ocasión sin
intentarlo. No cabría duda alguna de que, si éramos capaces de lograr ese
objetivo, el mando enemigo sufriría un golpe del que difícilmente podría
recuperarse, tanto por la significación moral de nuestra victoria como por la
implicación material negativa, ya que se vería privado de una de las piezas
fundamentales para sus planes. Nuestras fuerzas, por su parte, recibirían una
importante inyección de recursos con los que podríamos asumir la iniciativa y
lanzarnos a una contraofensiva indetenible17.
El 3 de julio tuvo lugar un breve
enfrentamiento entre las avanzadas del ejército y la columna de Guevara. El
combate fue desfavorable para el comandante argentino y viendo que había sido
desbordado, decidió retirarse para evitar caer muerto o prisionero. Tal como
apuntó en su diario con cruda franqueza, aquella fue una de las pocas veces que
experimentó un miedo pánico y sintió la “necesidad de vivir”.
La experiencia fue en extremo intensa
y lo hizo reflexionar en lo que a valores y riesgos se refiere así como a tomar
mayor conciencia de la necesidad de preservar a los máximos cuadros para
dirigir a la tropa hacia el triunfo final.
De regreso en su campamento, lo
esperaba una carta de su madre, una suerte de bálsamo después de haber visto la
muerte tan cerca y le debó haber servido para relajarse y bajar la adrenalina.
La lectura lo llevó de regreso al seno
de su familia, en la lejana Argentina. El pasado 2 de abril, Ana María, su
hermana menor, se había casado con Facundo Chávez; Roberto era padre de dos hermosas
rubias de 1 y 2 años y su mujer, esperaba un tercer hijo; Celia y su novio Luis
Rodríguez Argañaraz habían recibido un premio de la Facultad de Arquitectura y
progresaban en su trabajo, el pequeño Juan Martín seguía adelante con sus
estudios y la tía María Luisa continuaba deprimida y enferma aunque siempre
preguntaba por él. Por entonces, sus padres se habían separado y don Ernesto
vivía en su oficina de la calle Paraguay, muy cerca de la Facultad de Medicina,
donde seguía intentando hacer buenas operaciones inmobiliarias. Y en lo que a
separaciones se refiere, desde hacía bastante tiempo, el Che maduraba la idea
de divorciarse de Hilda por quien, justo es decirlo, nunca sintió demasiada
atracción. Incluso ella había intentado contactarlo varias veces desde Perú
pero él no le respondió ni encontró tiempo para escribirle unas líneas. Su vida
era entonces en extremo intensa y las pasiones las descargaba con la bella
mulata Zoila o con alguna ocasional campesina cautivada por sus encantos.
Mientras tanto, en la Sierra de
Cristal, Raúl Castro obtenía importantes victorias y daba demoledores golpes de
mano contra las fuerzas gubernamentales. En respuesta a los bombardeos con
napalm y cargas de alto poder que la aviación venía llevando a cabo desde el comienzo
de la ofensiva, el 26 de junio atacó las instalaciones de la Moa Bay Mining
Co., tomando prisioneros a una docena de empleados norteamericanos y
canadienses que trabajaban allí. Repitió la acción en las minas de níquel de
Nicaro y el ingenio azucarero de la United Fruit de Guaro y mientras el
gobierno todavía acusaba esos golpes y se esforzaba por ofrecer las
correspondientes disculpas al Departamento de Estado norteamericano, secuestró
un ómnibus que se dirigía hacia la base estadounidense de Guantánamo y tomó
prisioneros a los veinticuatro marines que viajaban en él, para llevárselos al
interior de la jungla.
Ni bien llegó a su campamento, emitió
un comunicado denunciando los indiscriminados ataques de la aviación sobre los
poblados campesinos aclarando que sus últimas acciones habían sido en respuesta
a la provisión de armas de Estados Unidos al gobierno cubano.
Cuando el senado norteamericano
presionó al poder ejecutivo exigiendo la inmediata intervención militar, Fidel
Castro le hizo llegar un mensaje a su hermano, a través de Radio Rebelde,
ordenándole liberar inmediatamente a los prisioneros. El comandante supremo de
la revolución parecía ceder a las presiones internacionales pero acababa de
lograr un gran triunfo al quedar al descubierto la asistencia de Washington al
régimen de Batista.
Cumpliendo con aquel mandato, Raúl
comenzó a liberar poco a poco a los cautivos, soltando a los últimos el 18 de
julio. Tan temerario y peligroso había sido su proceder, que el mismísimo
Guevara lo calificó de extremista.
La mañana del 6 de julio; Fidel
recibió en su comando la confirmación de que el Ejército estaba entrando en
Meriño. Lo hizo a través de una nota que Celia Sánchez le envió desde La Plata
donde decía que el Che, llamó a través de la flamante línea telefónica que la
guerrilla extendió hasta Minas de Frío, para informar a Piti Fajardo que 250 guardias acababan de ingresar en la zona
en dirección a El Roble y preguntaba si retiraba las fuerzas de Las Vegas y las
llevaba hacia ese punto para defender la posición.
“Que no retire las fuerzas de las
Vegas –fue la respuesta de Castro- Que yo mando refuerzos para tomar El
Roble. Que traslade al Roble la bomba de 100 libras”18.
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| ANDRES CUEVAS |
La situación obligó al comandante
supremo a alterar los planes. En lugar de dirigirse a Minas de Frío, como tenía
pensado, se encaminó hacia El Roble de Meriño, encabezando el pelotón de Andrés
Cuevas y una de las escuadras de Camilo a las órdenes de Felipe Cordumy, a
quienes pensaba ubicar en dos emboscadas par cortar el avance de los guardias e
impedirle su retirada. Al mismo tiempo le envió un mensaje a Lalo Sardiñas,
apostado en Pueblo Nuevo, para que se dirigiese lo más rápido posible a Minas
de Frío y desde allí partiese a reforzar la emboscada de Cordumy. Fidel
aspiraba a capturar la tropa que se había aventurado a ingresar en Meriño e
impedir la llegada de refuerzos desde San Lorenzo.
Con la llegada de Jaime Vega para
fortificar la posición de Cuevas, quedó bloqueada toda intentona que el enemigo
pudiese efectuar para superar El Roble y alcanzar al Batallón 18 que trepaba la
sierra por el Sur.
Mientras las fuerzas a su mando
efectuaban todo ese despliegue, Fidel Castro le envió un mensaje a Camilo, en
Santo Domingo, poniéndolo al tanto de sus últimas decisiones:
Esta Columna de guardias está en una
verdadera ratonera. Lo que necesitamos es alguna tropa más, para impedir la
llegada de refuerzos. Pero no quiero debilitar esa posición [la de Santo
Domingo]; por eso, después de pensarlo muy bien, he decidido mover de ahí, la
única tropa, que no está en posición defensiva, sino de ataque: la de Lalo. [...]
Con Lalo aquí, creo que podemos hacer algo bueno19.
El comandante guerrillero sabía
perfectamente que la posición enemiga en Santo Domingo se hallaba debilitada y
que apenas podía realizar alguno que otro movimiento defensivo, de ahí que al
comunicarse con el Che le explicase su decisión de desplazar a Raúl Castro
Mercader desde Pueblo Nuevo a Minas de Frío para mantenerlo en los alrededores
como reserva.
Lalo Sardiñas llegó a Meriño a marchas
forzadas. La primera impresión que tuvo del lugar fue mala y por eso, al
mediodía del 6 de julio le escribió a Fidel comentándole que tras inspeccionar
la posición, había llegado a la conclusión de que no era un lugar adecuado para
montar una emboscada y por esa razón, exploraría otro un poco más abajo. En
vista de ello, su superior le envió doce hombres de refuerzo para cubrir todos
los accesos y con ellos una nota que contenía las siguientes instrucciones:
Te
mando los hombres que quedaron. Sitúalos en el otro punto que te indiqué con un
jefe valiente, que cuide aquel camino y a la vez ataque por la retaguardia
a cualquier grupo enemigo que intente salir de Meriño, por el camino donde tú
estás20.
Lalo ubicó a los recién llegados sobre
una saliente del pico Caraquitas y designó a Néstor Labrada a cargo de la
sección, encomendándole expresamente mantener cubierto el camino de Limones.
Después de estudiar detenidamente la
posición, Fidel Castro mandó llamar a Braulio Curuneaux a El Naranjo para
ubicarlo con su ametralladora 50, al este del cerco, sobre la falda que
conducía a La Magdalena, en una posición contigua a la del Che y la escuadra de
Hugo del Río, que vigilaba el acceso a Minas de Frío.
Al amanecer del 7 de julio llegó hasta
su puesto de mando un nuevo mensaje del Che con lo que Fidel denomina “una
confusa información de Cuevas egún la cual, los guardias venían subiendo por El
Roble. Obligado a replantear su estrategia, redactó una nota para Guevara, que
despachó de forma urgente a las 11.50 de esa misma mañana. Decía la misma:
Si
Cuevas dice que los guardias subían por el Roble, puede significar que vienen
de la playa hacia arriba y no tenga nada que ver con los movimientos en
Meriño. Si así fuera, lo que tiene que hacer él es virar los cañones hacia el
otro lado, mientras planeamos alguna otra maniobra. Si eso fuese rigurosamente
cierto, el plan nuestro podría ser destacar una patrullita que se hiciera
fuerte en una posición buena un kilómetro o dos más debajo de Cuevas, para ver
si, cuando aquella haga contacto con el enemigo, los de Meriño avanzan hacia
abajo y caen en la trampa. Trata de ver qué quiso decir Cuevas.
No fue más que una falsa alarma porque
ninguna tropa llegó por la ruta del sur como Cuevas mencionaba. En definitiva,
no existió ese presunto movimiento enemigo, pese a que, como dice Castro en su
libro La victoria estratégica, ese
era el movimiento más lógico desde el punto de vista del mando gubernamental,
porque con él, el territorio en poder de la guerrilla, en el sector más
occidental, quedaría dividido y todas sus fuerzas al oeste del río La Plata,
separadas y desvinculadas de las demás.
Castro y su estado mayor esperaban
ansiosamente que las tropas del ejército se introdujeran en la trampa que
habían montado pero no ocurrió así. A las 06.10 del 7 de julio, el Che le mandó
decir que los soldados preparaban sus mulos en Meriño y según su parecer, se
disponían a iniciar algún movimiento hacia el sector de El Roble, pero no tenía
plena seguridad de que fuese así. A las 07.40 envió un segundo mensaje que
decía lo siguiente:
Ya
aparejaron todos los mulos y quitaron la posta del lado del alto de Meriño.
Aparentemente esperan algo de la aviación. Ya avisé a Cuevas. Si se mueven en
algún sentido le doy nuevo aviso. El camino que parece más probable es el del
Roble pero todavía están regados en las casas. Hay que tener en cuenta el
camino que sube a la Mina [de Frío]. Yo le avisaré a Ciro [del Río] en el
momento que avancen para algún lado.
Fidel sintió algo de alivio al comprobar que el Che coincidía con él
pero había algo en su interior que le decía que tales movimientos de tropa eran, lisa y llanamente, una
retirada hacia San Lorenzo.
La tibia conducta del mando enemigo para
asegurar el enlace de esta tropa con otra procedente del Sur, y el hecho
cierto de que ordenar a los guardias de Meriño que avanzaran sin apoyo hasta El
Roble significaría hacerlos penetrar más aún al interior de nuestro territorio,
con la perspectiva segura de caer en una trampa, me hicieron considerar como
probable la variante de la retirada.
Aún así, no cantó victoria y a las
07.45 le escribió a Lalo Sardiñas para que adoptase las medidas pertinentes,
exponiéndole claramente las dos posibilidades.
Los
guardias han aparejado todos los mulos. Ya quitaron la posta del Alto de
Meriño; parece que se van a mover hacia el Roble. Debes estar atento. Para
cualquier dirección que se muevan vamos a tratar de destruirlos. Si tratan de
salir hacia San Lorenzo, cójanlos entre tú y los 12 [de Néstor Labrada], que
desde acá se le ocupará el campamento y se les atacará por la retaguardia. Si avanzan hacia el
Roble o Las Minas, tu misión es no dejarlos recibir refuerzos.
Una hora y media después, despachó un
nuevo parte para el Che.
Ya
mandé aviso a Lalo con instrucciones para cada situación. Mandaré explorar los
caminos que vienen de San Lorenzo y Las Vegas y tengo a Raúl [Castro Mercader] y los 6 de Camilo [los de Orestes Guerra] listos para moverlos a donde hagan más falta si
no fuesen necesarios aquí. Ordené situar en el Alto de Mompié los 7 hombres que
quedaban de Camilo en La Plata y hasta Guillermo puede ser utilizado si las
circunstancias lo requieren.
No hubo novedades hasta las 17.00 de
ese mismo día, cuando Castro redactó un nuevo mensaje para Lalo reiterándole
sus indicaciones y las de la escuadra de Labrada.
Todo está bien. Yo espero de un momento a
otro se muevan los guardias. Si vienen por ahí, procura matarle la vanguardia y
rechazarlos. Los otros 12 deben entonces tomar el camino de Meriño y emboscarse
allí para el caso de que los que están dentro intenten atacarte. Esos 12 deben
tener un jefe valiente y que sepa lo que tiene que hacer si se quedan aislados
del lado de allá; subir Caracas y bajar por el Roble, hasta hacer contacto de
nuevo.
Aun suponiendo que el enemigo podía
lanzarse hacia El Roble, Fidel ordenó el envío de un mortero a la posición que
ocupaba Cuevas, para fortalecer la emboscada en caso de avance, pero esas
previsiones fueron vanas porque tal como lo había imaginado, en la mañana del 8
de julio, las tropas del gobierno estacionadas en Meriño iniciaron la retirada
hacia San Lorenzo y El Tabaco.
El capitán Martínez Torres, comandante
de aquellas tropas, había recibido la orden de avanzar hacia El Roble y
continuar ascendiendo hasta Cahuara, para unirse en Jigüe al Batallón 18,
maniobra prevista por el alto mando rebelde, pero argumentando que las
compañías a su mando, la 91 y la 93 del Batallón 19, se les habían agotado las
provisiones, decidió acertadamente retroceder hasta San Lorenzo para
aprovisionarse y de ese modo, evitar de caer en la trampa.
El combate de Meriño se inició a las 08.45 del 8 de julio, cuando la vanguardia enemiga entró en la emboscada de Lalo Sardiñas. Al iniciarse el intercambio de disparos, el pelotón de Néstor Labrada situado al otro lado del camino, en la parte alta de una loma, disparó sobre el flanco izquierdo enemigo, forzando a las tropas del gobierno a buscar refugio en el interior de una serie de hoyos naturales mientras intentaban desesperadamente devolver la agresión. Cuarenta y cinco minutos después llegó la aviación para ametrallar el sector ocupado por los guerrilleros, lo que fue aprovechado por las tropas regulares para retroceder hacia las trincheras que habían cavado en los alrededores de Meriño antes de ponerse en marcha y disparar desde allí.
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| Radio Rebelde jugó un papel fundamental durante la batalla En la foto operada por el Che |
El combate de Meriño se inició a las 08.45 del 8 de julio, cuando la vanguardia enemiga entró en la emboscada de Lalo Sardiñas. Al iniciarse el intercambio de disparos, el pelotón de Néstor Labrada situado al otro lado del camino, en la parte alta de una loma, disparó sobre el flanco izquierdo enemigo, forzando a las tropas del gobierno a buscar refugio en el interior de una serie de hoyos naturales mientras intentaban desesperadamente devolver la agresión. Cuarenta y cinco minutos después llegó la aviación para ametrallar el sector ocupado por los guerrilleros, lo que fue aprovechado por las tropas regulares para retroceder hacia las trincheras que habían cavado en los alrededores de Meriño antes de ponerse en marcha y disparar desde allí.
Las acciones se prolongaron hasta el
mediodía, cuando Braulio Curuneaux, solicitó instrucciones al comando. Eso
confundió un poco a Fidel Castro no solamente porque no tenía certeza de lo que
sucedía en el camino de Meriño sino que tampoco sabía el rumbo del enemigo ni
los planes que tenía el Che. Por eso, su respuesta no fue demasiado precisa: “…si tú ves que los guardias tratan de
forzar el cruce hacia San Lorenzo, atacando a Lalo, y tú los divisas por el
firme que sube, dispara sobre ellos a discreción para intimidarlos y
dispersarlos”.
Cuando los relojes señalaban las
12.20, aparecieron volando bajo dos bombarderos B-26 y un caza F-47, acudiendo
al pedido de auxilio que el capitán Martínez Torres había lanzado desde su
desesperada posición. Los aparatos ametrallaron la región y soltaron algunas
bombas antes de retirarse, para regresar en forma sucesiva y repetir la
operación durante dos horas y media.
Finalizado el ataque aéreo, los
guardias intentaron avanzar nuevamente sobre las posiciones guerrilleras pero
los tiradores de Lalo Sardiñas volvieron a contenerlos.
Tras el ataque aéreo, las compañías
enemigas intentaron avanzar nuevamente sobre las posiciones rebeldes, pero
fueron nuevamente rechazadas por los hombres de Lalo y Labrada. Por su parte,
el pelotón de Ciro del Río se adelantó hacia una nueva posición que le permitió
hostilizar a los soldados por el flanco derecho, con el apoyo de la
ametralladora 50 de Curuneaux.
A las 12.50, el Che le envió a Castro
el siguiente mensaje:
Me
da la impresión que todos los guardias se han descolgado para el otro lado del
firme. Traté de hacer contacto con Lalo pero no ha vuelto mi mensajero. Ciro
del Río está avanzando por el firme que ellos tenían hacia arriba.
Quince minutos después, mandó otro
cuyo texto era el siguiente:
Los
guardias estaban en la punta del firme pero parece que Lalo se retiró y ya
tomaron la embocadura del camino a San Lorenzo. Estas son conjeturas; exacto no
sé nada. Los mensajeros no hicieron contacto con Lalo. De aquí (500 m.) se ven pasar uno a
uno para San Lorenzo.
Recién a las 14.00 recibió Castro en
su puesto de mando un mensaje de Lalo dando cuenta del desarrollo de las
acciones que se estaban llevando a cabo.
Tuvimos
combate con los de Meriño. Le vimos 2 muertos pero considero tengan como ocho;
esta emboscada de este lado es muy corta, pero le tiré 12 granadas y como ocho
satélites a un montón que había en un hoyo y gritaban: “No dejen los
heridos, huyan, nos están rodeando”, y uno decía: “avanza por el trillo”, y
otro decía “avanza tú”. Duró como una hora y media, empezó a las 9 y 30, la
aviación no hizo nada. Están intentando avanzar de nuevo; la emboscada de San
Lorenzo no la moví para nada.
Fidel se apresuró a despachar
refuerzos para apoyar a Lalo y evitar que los soldados gubernamentales se
replegasen hacia San Lorenzo Y así se lo comunicó al Che en un nuevo parte que
le envió a las 14.15.
Mandé
a Raúl Castro [Mercader] con 8 hombres a reforzar a Lalo. Los 7 hombres
que quedaban a Camilo de su columna en la Plata ya están al llegar aquí.
Guillermo está situado en el alto de Mompié con su pelotón para trasladarlo
aquí si las circunstancias lo requieren.
Si
los guardias no han salido, esta noche mandaré 40 hombres a cavar trincheras en
la loma donde está Lalo y lo reforzaré con los de Camilo que están al llegar
(todos con automáticas y un rifle ametrallador). También situaré la bomba de 100 libras que ya está
aquí.
Poco después, el Che y Jaime Vega se
pusieron en marcha para atacar las retaguardias de las compañías 91 y 93, que
continuaban aferradas al terreno. A las 15.20, Fidel Castro redactó un nuevo mensaje
para Lalo, informándole que le enviaba hombres y armamento de refuerzo.
Dentro
de unos minutos salen para allá un fusil ametrallador y seis hombres más con
armas automáticas. Por la noche mandaré una bomba de cien libras para ponerla
en el camino de San Lorenzo. Mandaré hombres también para hacer trincheras. Si
se resiste bien ahí los copamos y rendimos.
…………………………………………………………………………………………
Cuevas,
Vega, Che, Ciro y una escuadra de Camilo están avanzando por Meriño. Los
felicito a todos.
P.D.
Mandé a Fonso [Alfonso Zayas] que los tiroteara por el camino de la Mina a San
Lorenzo.
El cuerpo de refuerzo que Fidel
despachó hacia Meriño, en apoyo de Lalo Sardiñas contaba con un total de cuarenta hombres al
mando de Alfonso Zayas, provistos de un fusil Garand y otros diez de cerrojo.
La unidad, tomó por el camino de Minas de Frío en dirección a San Lorenzo y al
llegar al llegar a esa posición abrió fuego contra el campamento para forzar a
sus ocupantes a salir. Inmediatamente después, ubicó a sus efectivos en un
terreno elevado, próximo al camino de Meriño y una vez allí le escribió una
nota a Fidel Castro, dando cuenta de sus movimientos.
Apremiados por la situación, los
guardias intentaron una nueva salida por el camino de San Lorenzo pero
volvieron a ser rechazados y una vez más debieron replegarse, hostigados desde
la retaguardia por el Che, Andrés Cuevas, Jaime Vega y la ametralladora pesada
de Curuneaux. En su huida abandonaron algunos mulos que Guevara menciona en el
parte que le envió a Fidel a las 16.05.
Estoy a 300 m. de los guardias, pero debajo de ellos.
Tengo 7 mulos que no los dejamos marchar pero necesitaríamos una ayudita en
cualquier dirección, preferentemente retaguardia para tomarlos.
Eso obligó al comandante supremo a
replantear una vez más su estrategia. Debía decidir si continuaba intentando
forzar la ruta hacia San Lorenzo; si debía hacerlo por el camino de El Tabaco o
mantenerse en espera, previendo que el enemigo enviase refuerzos desde aquella
localidad. Eso lo llevó a expedir un nuevo parte a Lalo, dándole las siguientes
instrucciones y otro a Celia Sánchez en Mompié, con directivas para parte de la
oficialidad. Decía el primero:
Salgo
a hacer contacto con Che y Cuevas y a ver si puedo reforzar el camino del
Tabaco.
Hagan una buena defensa de trincheras en el camino que viene de San
Lorenzo y pónganle dos bombas. Puedes poner veinte hombres y la
trípode hacia San Lorenzo y el resto hacia Meriño. Cuida también tu retaguardia por el firme dónde estás con alguna posta.
Fonso [Alfonso
Zayas] tomó posesión en un firme cerca del camino
que sube a Meriño, para tirotear cualquier refuerzo que venga de S. Lorenzo.
Si todavía no se han escapado por algún lado, hay que impedir mañana de
todas formas que vengan refuerzos. Llena eso de
huecos.
Y el de Celia:
Voy
a hacer contacto con el Che y Cuevas. Laferté que se encargue de mandar
antes de que sea de noche el personal para cavar trincheras. Guillermo que
permanezca ahí.
En ese lapso (17.00), las tropas
Martínez Torres intentaron nuevamente romper el bloqueo y ganar el camino en
dirección a San Lorenzo, pero una vez más fueron contenidas, intercambiando
disparos hasta las 18.30, cuando se vieron forzadas nuevamente a retroceder.
Tal como se lo manifestara a Celia en
la nota, Castro abandonó Minas de Frío y partió en busca del Che y Andrés
Cuevas, que combatían con la retaguardia del Batallón 19. Durante la marcha, se
topó con varios efectivos que se replegaban, siguiendo una orden equivocada, de
ahí su vigor al conminarlas a regresar. Ya en la posición de Lalo Sardiñas,
intercambió una serie de impresiones y permaneció ahí hasta las 19.45, cuando
ya cayendo la noche, procedió a enviarle un nuevo mensaje al Che, comentándole
las últimas novedades.
Llego
aquí por el camino de la Mina a Meriño y me encuentro una gran confusión. Tengo
aquí la escuadra de Ciro que iba en retirada, diciendo que había guardias en
Meriño, que a mi entender eran Cuevas y compañía. La 30 iba también en retirada
según me dice por orden tuya. Me extraña un poco que tú hayas dado esa orden
quedándote ahí.
Acabo
de conferenciar con Lalo hace media hora. La cosa por allá está muy bien; pero
me temo que los 12 que estaban cuidando el camino de Limones y que por la
mañana dispararon contra los guardias, al verse todo el día sin contacto, se
retiren por Caracas. Todo eso hay que arreglarlo. A mí me parece que debemos
vernos tú y yo, pues las mejores posiciones están o pueden estar en nuestro
poder. El refuerzo sólo puede venir por San Lorenzo y yo te aseguro que no
llega.
Yo
dejaría un poquito de gente por aquí abajo y concentraría la fuerza en el
camino que viene de Limones pues son ese punto y la posición de Lalo, en estos
momentos, las más esenciales, ya que los guardias para abajo no van a ir de
ninguna manera. Los mulos sólo pueden salir por cualquiera de esos dos caminos.
Lo que ocurrió fue que los hombres de
Néstor Labrada emboscados en el camino de Limones, abandonaron la loma de
Caracas con los siete refuerzos de la columna de Camilo y eso generó la
confusión que Fidel subsanó ni bien se topó con ellos. Por otra parte, los
refuerzos que la tropa enemiga esperaba en San Lorenzo nunca llegaron y eso
selló su suerte y el destino de la batalla.
Atrapado en tan desesperante
situación, el capitán Martínez Torres se dejó llevar por los consejos de su
guía, el guajiro Armando Rabí y para evadir el cerco, inició el descenso hacia
el valle de El Tabaco, tomando los escarpados pasos al otro lado del firme. Al
amparo de la obscuridad, los soldados leales se deslizaron sigilosamente por el
paso, dejando detrás el total de sus mulos.
Cuando Andrés Cuevas y su gente ingresaron
en el campamento, lo hallaron completamente abandonado, con los mencionados
mulos y parte del equipo a su disposición.
Fidel recibió la novedad a las 11.30 y
quince minutos después le envió un nuevo comunicado a Lalo, poniéndolo al tanto
de la novedad.
Los
guardias parece que se descolgaron todos para el Tabaco. Dejaron siete mulos
con alguna mercancía, calderos y mochilas. No se sabe por dónde se llevaron los
otros. Los 12 tuyos, según noticias, se juntaron con siete de Camilo que
subieron por el firme de Caracas y estaban por el camino de Limones. Mañana a las
4 y 30 de la madrugada, levanta a la gente y con la primera claridad manda a
explorar el firme hasta el camino de Limones, toma el firme con la gente,
teniendo cuidado con algún guardia rezagado que pueda quedar y registren todo
bien buscando armas, balas, mochilas, etc. En una hora pueden terminar. Deja entonces una
posta de seis hombres para que cuiden el camino hasta las 12 del día, y tú
trasládate bien temprano para la Mina con el personal a descansar. Los mulos
que se ocuparon no tenían balas. Investiga para ver qué pasó con los otros.
Trae las minas.
Tal como explica Fidel Castro en su
libro, pese a que el combate de Meriño no representó un aporte significativo en
materia de armas, municiones y pertrechos, representó otra importante victoria
sobre un enemigo mucho más poderoso y mejor pertrechado y sirvió para contener
por un tiempo los intentos ofensivos del enemigo.
Las tropas de Batista perdieron ocho
hombres y tuvieron un número indeterminado de heridos, en tanto los rebeldes no
acusaron ni una sola baja.
Las compañías del Batallón 19 habían
logrado escapar pero en el intento, perdieron buena parte de su equipo y se
retiraron con el sabor amargo de no haber logrado el objetivo de penetrar en la
profundidad en la sierra, unirse al Batallón 18 por el sur y desbaratar el
débil dispositivo defensivo enemigo.
Notas
1 Se hizo en un
horario poco acorde, a las 11.30 de la mañana, cuando todo el mundo se hallaba
en sus lugares de trabajo y solo las amas de casa tenían encendidos sus
aparatos.
2 Ernesto “Che”
Guevara, Pasajes de la guerra revolucionaria, Editorial de Ciencias Sociales,
La Habana, 1985, p. 72.
3 Carrillo encabezó la
asonada junto al general Ramón Barquín, quien fue encarcelado al fracasar el
golpe.
4 “Armas para Fidel”, diario “La Nación”, San
José de Costa Rica, domingo 4 de mayo de 1958, pp. 20-21. Cumplida su misión,
Rojo del Río recibió la autorización de Fidel Castro para regresar a Costa
Rica. Lo hizo el 24 de abril, rumbo a Manzanillo, a bordo de un jeep conducido
por un guerrillero, llevando como compañeros a dos reporteros norteamericanos,
uno de ellos William Mc Iver. Al llegar a una arrocera, los viajeros se apearon
y separaron, tomando rumbos diferentes. Rojo lo hizo por un camino que se abría
hacia a la izquierda, acompañado por varios miembros del M-26 que, como él,
iban armados con ametralladoras. En determinado momento, el grupo se topó con
una patrulla policial y eso produjo un breve intercambio de disparos en el que
el argentino fue el primero en abrir fuego. Logró evadirse cubierto por sus
acompañantes, quienes concentraron el fuego con vigor para permitir su huida
por un claro. De esa manera, tras mucho andar, llegó a una vivienda donde le
facilitaron algunas prendas de vestir pertenecientes a una secta religiosa. Una
vez en Manzanillo abordó un ómnibus que lo llevó directamente a La Habana tras
un viaje de varias horas y tras una serie de peripecias en la capital, un
conocido de Costa Rica lo proveyó de valija diplomática y pasaporte falsos con
los que logró llegar al aeropuerto de Rancho Boyeros para abordar un avión de
LACSA, la empresa donde prestaba servicios (ambos pilotos lo conocían) y
regresar a San José, para reencontrarse con su familia. Pero su relación con
Cuba y el movimiento guerrillero, no habían finalizado.
5 Huber Matos, op.
Cit. p. 86-89.
6 Ver Anderson, p.
307.
7 [ver
Anderson, p. 308]. Se trataba de Lidia Doce, correo y enlace que junto a
Clodomira Acosta, llevarían a cabo una labor en extremo arriesgada llevando y
trayendo mensajes de Fidel y el Che, sobre todo de la sierra al llano y las
ciudades, desplegando notable valor y audacia. Oriunda de Manzanillo, era viuda
y madre de un hijo cuando se produjo el desembarco del Granma.
Al
momento de unirse al ejército rebelde atendía una panadería en San Pablo de
Yao, donde las fuerzas castristas solían proveerse de víveres. Después que su
hijo Efraín se uniera a la guerrilla, ella hizo lo propio, siendo designada
para actuar como mensajera entre lso diferentes puestos de la sierra, asi como
entre esta y el llano.
El
Che conoció a Lidia un día de 1957 en San Pablo de Yao, a poco de ser ascendido
a comandante. Le impresionó sobremanera su coraje y entrega y mucho le alegró
saber que su hijo integraba el ejército rebelde desde hacía tiempo.
Tanto
llegó a ser el respeto que sintió por ella, que además de dedicarle conceptuosas
palabras, la designó comandante de uno de los campamentos auxiliares próximo a
las líneas enemigas.
Pereció
durante una misión a La Habana junto a la también mensajera Clodomira Acosta,
el 11 de septiembre de 1958, al ser capturadas por las fuerzas policiales en
una casa-refugio de la capital, donde también se alojaban otros combatientes
clandestinos como Alberto Álvarez Díaz, Reinaldo
Cruz Romeu, Leonardo Valdés
Suárez, y Onelio D. Rodríguez.
Cunducidos a prisión, sufrieron torturas y vejámenes. Las dos mujeres fueron
ajusticiadas el día 17 y sus cuerpos arrojados al mar, donde desaparecieron
para siempre.
8 Hijo y sucesor de
Anastasio Somoza García, hermano de Anastasio Somoza Debayle, ocupó la
presidencia de Nicaragua entre 1957 y 1963.
9 El periodista
norteamericano se hallaba destinado en Caracas.
10 Ver Anderson, p.
309.
11 Ídem, p. 310.
12 Finalizada la
guerra, Sturgis regresó a su país y en 1961 entrenó a los combatientes
anticastristas que tomarían parte en la invasión de Bahía de Cochinos.
13 Fidel Castro Ruz, La victoria estratégica, Capítulo 14
“Contención en Santo Domingo”, https://lapolillacubana.wordpress.com/fidel-la-victoria-estrategica/
14 Ídem, Capítulo 12,
“La primera batalla de Santo Domingo”, http://www.cubadebate.cu/especiales/2010/09/09/la-victoria-estrategica-capitulo-12/#.VHi89tKG_v0
15 Ídem.
16 Ídem.
17 Ídem.
18 Fidel Castro Ruz, La victoria estratégica, capítulo 13,
“El combate de Meriño”.
19 Ídem.
20 Ídem, como todas las
citas siguientes.
Publicado 31st August 2014 por Alberto N. Manfredi (h)
![]() |
| La marina de guerra desembarcó tropas del Batallón 18 de Infantería en las playas del sur de Oriente |
A comienzos de abril, el Directorio Nacional, cuya
cúpula se hallaba prisionera en la Isla de Pinos, terminó de redactar un
documento por el cual se disponía a llamar a una huelga general a nivel
nacional, decidido como estaba a desencadenar una guerra de desgaste contra el
gobierno.
Los principales puntos de la proclama establecían la
suspensión del pago de los impuestos a partir del 1 de abril, paro completo del
transporte público, declarar traidor a todo aquel que permaneciese en los
cargos oficiales a partir del 5 de abril, lo mismo a quienes solicitasen el
ingreso a las fuerzas armadas, conminar a los jueces a presentar sus renuncias
y llamar a comercios, bancos, entidades financieras e industriales a cerrar sus
puertas. La coordinación de todo el movimiento recayó en Faustino Pérez, quien
acababa de salir de prisión, quien hizo un llamado a todas las células de M-26
para impulsar el sabotaje en todo el país.
Mientras eso sucedía en las ciudades, en la sierra
Fidel preparaba acciones a gran escala, en tanto el Partido Socialista Popular
hacía lo propio en el llano y las zonas urbanizadas intentando sincronizar sus
movimientos con la guerrilla. Fue en ese momento que surgieron nuevos roces
entre los elementos más conservadores del Directorio Nacional y la agrupación
de ultraizquierda, hecho que forzó esta última a enviar un emisario a la sierra
para tratar el asunto.
De nada valieron los llamados de Castro instando a
admitir a todo el mundo en la lucha. La huelga del 9 de abril fue un rotundo
fracaso, desde su llamado a través de los medios en un horario inadecuado1,
hasta la nula respuesta por parte de la ciudadanía. Los comercios y los bancos
abrieron sus puertas, la industria y el campo continuaron con sus actividades
normales y el transporte funcionó como de costumbre. Por otra parte, la gente
se dispuso a pagar sus impuestos regularmente y ningún funcionario renunció a
su cargo. ¿Qué había pasado? Pues que ni la Confederación General del Trabajo,
leal a Batista ni el Partido Socialista Popular, que se consideraba marginado,
llamaron a sus afiliados a la acción.
La furia de Fidel fue increíble y la de los miembros
del directorio también de ahí el cruce de acusaciones que se sucedió entre
todos los implicados.
Castro acusó al Directorio de ineptitud, este a su vez
le recriminó su “aventurerismo” y Batista pareció reír último al anunciar el
fracaso de sus enemigos y el fiasco de la huelga; tan seguro se sintió, que
hasta alardeó con el envío de armas al dictador Trujillo de la República
Dominicana.
Pese al desánimo imperante, el Che Guevara no se dejó
amilanar y mientras esperaba que las aguas se aquietasen, se abocó de lleno a
sus tareas, entre ellas el adiestramiento de los nuevos cuadros, el
funcionamiento de Radio Rebelde y la construcción de una pista de aterrizaje
con un túnel para ocultar los aviones, esto último con la asistencia de dos
pilotos recientemente incorporados al bando rebelde.
Precisamente por la emisora clandestina habló Fidel
Castro el 10 de abril, para fustigar a los organizadores de la fracasada huelga
general, en especial a aquellos que a su entender, la habían boicoteado,
especialmente la Confederación General del Trabajo y ciertos sectores del
Directorio Nacional.
Por esos días, Camilo, repuesto de sus heridas, fue
enviado a explorar el llano y a su regreso, el 16 de abril, Fidel lo ascendió a
comandante, asignándole la región comprendida por las localidades de Bayamo,
Manzanillo y Las Tunas, sobre la que no solo iba a tener el mando militar sino
también el político, para aplicar la reforma agraria y modificar en el Código
Civil. Se trataba, sin duda, de un primer avance sobre el llano, en respuesta a
las últimas informaciones recibidas según las cuales, Batista preparaba una
gran ofensiva sobre la sierra.
En la segunda mitad del mes, Fidel y el Che se
desplazaron hacia sus respectivas bases, el primero en su cuartel general de El
Jíbaro y el segundo a una jornada de marcha de allí, en Minas del Bueycito, más
precisamente en una hacienda de La Otilia que le había expropiado a un importante
propietario de la región, sindicado como enemigo del campesinado y la
revolución. De esa manera, se situó a escasos dos kilómetros del campamento
enemigo, movida que además de implicar un riesgo considerable, constituía un
abierto desafío a las fuerzas de Batista.
Con el propósito de mantener en permanente estado de
alerta al enemigo, en horas de la noche el ejército rebelde disparaba decenas
de “sputniks” sobre sus posiciones y enviaba numerosas patrullas para
mantenerlo en constante tensión, sin embargo, poco tiempo después, el estado
mayor guerrillero decidió suspender esas acciones porque las represalias de
Sánchez Mosquera sobre los campesinos eran feroces.
Al Che le sorprendía la actitud del comandante
enemigo, que quemaba las casas de los pobladores y mataba a los sospechosos de
colaborar con la guerrilla, pero jamás se decidió a atacar La Otilia, donde
aquellas estaban concentradas en mayor número.
Nunca he
podido averiguar por qué razón Sánchez Mosquera permitió que estuviéramos
cómodamente instalados en un a casa, en una zona relaitvamente llana y
despoblada de vegetación, sin llamar a la aviación enemiga para que nos
atacara. Nuestras conjeturas eran que él no tenía interés en entablar combate y
que no quería hacer ver a la aviación lo cercanas que estaban las tropas, ya
que tendría que explicar por qué no atacaba2.
Una de aquellas patrullas regresaba a su campamento
una noche que el Che no especifica, cuando descubrió en el camino numerosos
mulos acribillados.
Se trataba de una caravana con armas y víveres enviada
desde Bayamo por la red urbana, interceptada a mitad de recorrido por la gente
de Sánchez Mosquera, un golpe importante para la fuerza guerrillera aunque no
precisamente demoledor.
El mes de abril encontró al Che efectuando constantes marchas
e inspecciones y mientras el mundo seguía con interés el desarrollo de los
acontecimientos, llegó a manos de Fidel una propuesta del exiliado Dr. Justo
Carrillo Morales, antiguo oficial del ejército cubano, que el 3 de mayo de 1956
había encabezado un intento de golpe de estado para derrocar a Batista3. El ex militar proponía una alianza a cambio
de una declaración de reconocimiento hacia lo actuado por el arma, pero el
comandante rebelde lo rechazó terminantemente por considerarlo propaganda para las
fuerzas armadas.
Huber Matos tuvo el primer indicio del temperamento
autoritario y complejo de Fidel Castro, la noche de su llegada, en casa del
hijo de Crescencio.
El comandante supremo llegó alrededor de las 21.45
acompañado por un grupo de oficiales e irrumpió de manera repentina, ingresando
por la puerta lateral. En eso momento dominaba el bullicio en la sala
principal, mientras los presentes cenaban y hablaban animadamente.
-¡Aquí está Fidel! – dijo Crescencio cortando el
bullicio y poniéndose de pie.
El corpulento líder avanzó dando grandes zancadas y
una vez en medio del comedor, se detuvo y mirando a los presentes preguntó por
el jefe de la expedición. Lo acompañaban Celia Sánchez, Haydee Santamaría,
Delio Gómez Ochoa, René Ramos Latour y el capitán Ramón Paz.
-¿Quién de ustedes es Huber Matos?
El aludido se puso de pie y entonces Fidel le extendió
la mano e inmediatamente después lo estrechó en un abrazo de oso.
-Bueno, creo que tienes mucho que contarme – le dijo
pleno de alegría y excitación.
Alguien le señaló entonces la cabecera de la mesa, de
frente a Huber y dando otros tres largos pasos, cubrió la distancia para tomar
asiento en tanto los presentes lo seguían con fascinación. Pero la sonrisa que
llevaba en el rostro desapareció cuando se percató que entre los comensales se
hallaba Pedro Miret, quien intentó sonreír al ver la mirada afilada del máximo
jefe.
-¿Y tú que haces aquí? – le preguntó Fidel
notablemente molesto.
-Mira, Fidel – respondió el aludido – si yo no vengo
en esta, no hay expedición.
Ante semejante descaro, Matos sintió que la sangre le
hervía en las venas.
-Sobre eso hay mucho que hablar; vamos a dejarlo así
por ahora – dijo y enseguida se calló para que la cosa no pasase a más.
Finalizada la cena, se formaron varios grupos de gente
que charlaban animadamente. Huber se acercó a Celia Sánchez, quien se hallaba
exultante y plena de entusiasmo y supo por su boca que Castro había estado
preocupado por el asunto de las armas, preguntando constantemente por ellos. “Tranquilízate
– solía decirle ella– esa gente viene”.
Cuando Huber salió de la casa, vio que numerosas
personas rodeaban a Fidel, todos alborozados y plenos de entusiasmo, mucho más
cuando aquel tomó uno de los fusiles que acababan de traer y comenzó a examinarlo.
-¡Ahora sí ganamos la guerra! – sintió que exclamaba
feliz mientras manipulaba el arma- ¡Con esto los destrozamos!
Y mientras lo hacía, efectuaba disparos al aire que se
perdían en medio de la noche. Inmediatamente después tomó una ametralladora y
repitió la acción y así con varias piezas más mientras quienes le rodeaban,
Huber Matos entre ellos, lo observaban sonrientes.
En un determinado momento, Fidel Castro tomó a Manuel
Rojo del Río por un brazo y le manifestó que necesitaba hablar con él mientras
se lo llevaba hacia un costado. Lo primero que hizo fue excusarse por aquella
especia de secuestro que había sufrido y por su traslado semi-forzado a la
sierra, explicándole con detalles que tenía urgente necesidad de expertos e
instructores.
-Nos sobran hombres –le dijo- pero nos faltan armas y
técnicos.
Acto seguido, le encomendó la tarea de adiestrar a la
tropa, tanto en el manejo de armas livianas como en la defensa antiaérea porque
las incursiones aéreas eran constantes. El argentino escuchó atentamente y
aceptó, poniendo como condición que una vez finalizado el período de
instrucción regresaba a Costa Rica para unirse a su familia. Pasaría un mes y
medio junto al ejército rebelde, recorriendo las diferentes posiciones para
adiestrar a la tropa en el manejo de las ametralladoras livianas contra los
aviones que solían volar bajo, muchas veces rozando las copas de los árboles,
al no hallar resistencia. Les mostró como abatir a un aparato que volaba a
menos de mil metros de altura y como ponerse a cubierto para disparar sin ser
detectado4.
Fidel ordenó cargar las armas en los mulos que había
hecho traer para ese fin y dispuso que partieran lo antes posible, varios de
ellos hacia las posiciones del Che Guevara en La Mesa y las restó para la
Columna 1 que comandaba en persona. Inmediatamente después, dispuso incendiar
el avión,
porque a su entender era fácil de detectar desde el aire y además, los daños
que presentaba hacían prácticamente imposible su reparación. Al comandante
rebelde no le interesaba que cayese en manos del ejército y este lo utilizase
para propaganda.
![]() |
| Fidel dispuso el transporte de las armas en varios mulos |
Acompañados
por algunos guerrilleros, Manuel Rojo del Río, Díaz Lanz y Verdaguer regresaron
al aparato y después de retirar todo lo que podía resultar útil, abrieron los
drenajes, esparcieron el combustible por las alas y le prendieron fuego. Casi
inmediatamente, surgieron grandes llamaradas que envolvieron completamente el
fuselaje.
Cuando
todo el mundo regresaba a la casa del hijo de Crescencio, el estallido de los
tanques los hizo girar instintivamente sus cabezas para observar. El
espectáculo era dantesco. El fuego consumía al aparato, iluminando
fantasmagóricamente la noche.
Después
de revisar minuciosamente la partida de armas, Fidel se acercó a Huber Matos y
le agradeció lo que había hecho.
-Muy
buen trabajo, Huber, excelente. Ahora te mandaré otra vez al extranjero para
que te dediques a organizar más expediciones.
Al
escuchar eso, Matos sintió que debía decir algo.
-Mire,
comandante, hace ya tiempo que quise incorporarme al Ejército Rebelde y usted
me mandó decir que en él sería solo un hombre más, que lo que hacía falta aquí
eran armas y municiones. Lo entendí perfectamente y puse manos a la obra. Salí
del país a buscarlas y aquí me tiene con ellas…
-Es
verdad –le interrumpió Fidel cambiando de tono.
-He
venido con un grupo de compañeros decididos a luchar y quiero estar al lado de
ellos en el combate. Hay suficientes cubanos capaces de organizar expediciones
como la nuestra.
-No
puedo estar tan seguro – fue la respuesta.
-Sí,
los hay. No puedo regresar y dejar aquí a estos hombres. Estoy moralmente
obligado a compartir riesgos y sacrificios con ellos.
-¡No, no, yo no lo creo así! – dijo Fidel visiblemente
molesto aunque tratando de disimular sus sentimientos- Ésta no es una cosa que
depende de ti. Aquí soy yo el que manda, tienes que repetir lo de Costa Rica.
¡Esa es tu función en esta guerra!
Creyendo que la conversación había finalizado, Castro
se volvió hacia otro grupo de personas que se encontraban allí, sin imaginar
que Matos aún tenía algo más para decir.
-Discúlpeme, no estoy discutiendo su mando, es una
cuestión de carácter moral la que alego. Puedo repetirle, palabra por palabra,
lo que acabo de decirle; pero creo que no es necesario. Usted conoce mi intención, me quedo aquí,
creo que tengo derecho a disponer de mi vida. Hay otros hombres, como el mismo
Ricardo Lorié, que le serán muy útiles trayendo más armas a la sierra.
-Bueno, entonces lo que te interesa es pelear –
replicó Fidel contrariado.
-Quiero compartir la suerte de los que han venido
conmigo.
-Está bien, quédate –respondió Castro extremadamente
molesto- Reúnete con tu grupo, que yo les buscaré un jefe.
Huber se retiró con su gente, para relatarles la
conversación que acababa de tener con el máximo comandante. Los hombres
expresaron su alegría al saber que se quedaba con ellos pero dejaron ver su
preocupación porque Miret pudiese ser su cabecilla. Evelio Rodríguez habló por
todos cuando se ofreció a tratar el asunto directamente con Castro y nadie lo
detuvo cuando se dirigió directamente hacia él. Ninguno de ellos soportaba la
idea de tener a su frente a aquel oportunista.
-Comandante, nosotros nos incorporamos a la lucha pero
Miret no puede ser el jefe del grupo. Nómbrenos a otro cualquiera, no nos
interesa ese señor.
Atento a la distribución de las armas, Castro no
respondió, pero Evelio alcanzó a percibir un gesto de afirmación cuando terminó
de hablar. Poco después, Humberto Rodríguez, teniente del ejército rebelde, se
aproximó al grupo para decirles que el comandante acababa de designarlo jefe y
que le había encomendado organizar con ellos una nueva sección. Se trataba de
un hombre agradable y cordial, que había recibido heridas en combate y tenía
vasta experiencia como combatiente en la selva. Con él se incorporó también
Carlos Mas, joven locuaz de apenas dieciséis años de edad, quien se mostró
sumamente servicial a la hora de cargar las armas en mulos y vehículos5.
Los guerrilleros pasaron la noche en aquel lugar y a
la mañana siguiente, antes de la salida del sol, partieron hacia la sierra
divididos en varios grupos.
A mediados del mes de mayo el ejército cubano lanzó la
gran ofensiva de verano, denominada Operación FF (Fin de Fidel), que consistía
en un amplio movimiento de pinzas destinado a envolver sierra y bloquear todos
sus accesos.
Ni bien se enteró de ello, Castro mandó construir
bastiones defensivos, cavar trincheras, establecer puestos de observación y
señalar lugares para montar emboscadas, al tiempo que distribuía sus fuerzas
para vigilar cada uno de los caminos por los que podía llegar el enemigo. Para
ello, posicionó a Crescencio Pérez en el monte Caracas e hizo lo propio al este
con Ramiro Valdés, para contener cualquier intento por el lado de La Mesa y La
Botella.
![]() |
| Fidel Castro y Juan Almeida durante las acciones
|
El 6 de mayo el Ejército ocupó las primeras
estribaciones de la sierra y capturó a un combatiente, al que sometió a
interrogatorio. Cuarenta y ocho horas después, unidades de la marina de guerra
se aproximaron a la costa, entre Chivirico y la Ensenada de las Cuevas, para
desembarcar al Batallón 18 en dos diferentes puntos y el 10, la aviación
bombardeó La Plata.
La
ofensiva del ejército fue de tal magnitud, que Fidel Castro llegó a temer por
la suerte de la revolución, una sensación en extremo desagradable que incluso
lo llevó a pedirle a Celia una dosis de cianuro por si caía en poder del
enemigo6.
El
Che, mientras tanto, recorría el dispositivo defensivo e impartía directivas
para reforzarlo. Cuando viajaba de La Mesa a Minas de Frío recibió una nota de
Fidel pidiéndole que regresase al campamento y mencionándole la posibilidad
envenenar los pozos de agua poniendo en práctica una táctica similar a la de
“tierra arrasada”.
En
cumplimiento de esa directiva, Guevara le pidió a Oscar Fernández Mell, un
médico de La Habana recientemente incorporado a la guerrilla, que lo acompañase
y juntos abordaron un jeep para dirigirse a El Jíbaro.
Desplazándose
a gran velocidad tomaron por diferentes senderos, huellas en plena selva,
caminos de cornisa y lodazales, esquivando rocas, troncos, pozos y animales de
todo tipo.
Fernández
Mell viajaba en silencio, pálido y temeroso, sujetándose con fuerza de la
estructura del vehículo y así continuó durante todo el trayecto hasta alcanzar
el campamento central, donde llegaron a media tarde. Cuando su compañero de
viaje le dijo que era la primera vez que manejaba en esas condiciones, casi se
cae desmayado.
Fidel,
por su parte, efectuaba una recorrida de inspección por el frente costero. Una
vez de regreso, envió a la eficaz Lidia Doce, su nuevo correo, a establecer
contacto con sus enlaces en La Habana, Manzanillo y Camagüey para acordar una
estrategia7.
Mientras tanto, las visitas al territorio liberado
continuaban, en especial las de los miembros de la cúpula del PSP y otros
militantes comunistas que buscaban estrechar filas con el ejército rebelde.
Entre el 19 y el 20 de mayo el que regresó fue
Masetti, para hacerle un nuevo reportaje a Fidel. El periodista argentino,
futuro líder guerrillero, estaba tan fascinado con el movimiento y sus
cabecillas, que había buscado cualquier pretexto para volver a contactarlos.
Partió de vuelta el día 22 y eso posibilitó una nueva reunión entre el Estado
Mayor guerrillero y el PSP, representado en este caso por Lino y Rafael.
Traían ambos muchas expectativas pero todo quedó en lo
mismo. Como siempre, se hicieron muchas promesas, se establecieron principios
de acuerdo, se habló de cerrar filas pero una vez finalizadas las
conversaciones, renacieron los resquemores y todo quedó en la nada.
A Fidel Castro le preocupaba sobremanera la ofensiva
del Ejército, cuyo avance sobre la sierra parecía inminente, más cuando se
filtró información de que Washington, temeroso de las tendencias de algunos
altos dirigentes del ejército rebelde y de las inclinaciones de su máximo
líder, reanudó el envío de armas al régimen de Batista, incluyendo 300 cohetes
aire-tierra que llegaron a través de la Base Naval de Guantánamo y 30 tanques
provenientes de Nicaragua, a bordo de un carguero, burdo intento por hacer
creer a la opinión pública que quienes estaban proveyendo esos blindados eran
los dictadores Luis Anastasio Somoza8 y Rafael Trujillo.
La entrevista que Fidel Castro le concedió al
corresponsal para América Latina del “Chicago Tribune”, Jules Dubois, a través
de Radio Rebelde, fue lo que terminó de decidir al Departamento de Estado en
cuanto a ofrecer su colaboración a Batista para acabar con la guerrilla9,
aun cuando el líder revolucionario había manifestado que el
Movimiento 26 de Julio nunca había hablado de socialismo, ni de nacionalizar
industrias. Incluso había hecho referencias a revisar la vieja constitución de
1940, que establecía claramente las garantías, derechos y obligaciones de todos
quienes participasen de la producción, incluyendo la libre empresa y la inversión
extranjera.
A comienzos de junio, la Fuerza Aérea cubana utilizó por
primera vez los misiles norteamericanos. En uno de esos raids, destrozó la
finca de Mario, uno de los tantos guajiros que colaboraba con la revolución,
provocando tal furia en Fidel, que en una carta dirigida a Celia Sánchez, habló
de hacerle pagar a los Estados Unidos lo que estaban haciendo10.
Por entonces, el comandante supremo tenía en el Che Guevara a
su brazo derecho y único confidente. En esos días las dudas lo asaltaban a menudo,
sospechaba de todo el mundo y no creía en las capacidades de nadie.
Fidel desconfiaba del
discernimiento y las decisiones de prácticamente todos sus subordinados, pero
esas dudas nos se extendían al Che, quien se había convertido en su principal confidente
y, en los hechos, jefe de estado mayor. Cuando estaban separados, le enviaba
esquelas constantemente para comunicarle planes militares, asuntos financieros,
maniobras políticas y, como un joven entusiasta, relatar los experimentos con
las armas nuevas producidas por la fábrica11.
La gran ofensiva del ejército comenzó entre el 15 y el
20 de mayo cuando 10.000 efectivos divididos en 14 batallones al mando del
general Eulogio Cantillo, se movilizaron en dirección a la sierra, apoyados por
poderosas piezas de artillería, divisiones blindadas, unidades navales y la
aviación. Todo para combatir contra 280 hombres mal armados y peor alimentados,
que padecían los rigores del clima y el terreno, así como enfermedades,
deserciones e incluso, el accionar de los delatores.
Cantillo reforzó las guarniciones costeras por el sur,
intentando cortar una posible retirada por ese lado, apostó fragatas en puntos
estratégicos del litoral para batir con sus piezas las elevaciones, desplegó
dos batallones por el norte y ubicó a la sección del mayor Raúl Corzo Izaguirre
en el ingenio azucarero de Estrada Palma, a solo 1 kilómetro de Las
Mercedes, de frente a las posiciones de Crescencio Pérez.
Al este de Bueycito, el Batallón 11 de Infantería al
mando de Sánchez Mosquera se dispuso a avanzar sobre el sector ocupado por la
columna del Che, dirigida en esos momentos por Ramiro Valdés, en tanto el
Batallón 18 permanecía en la desembocadura del río La Plata como reserva.
Por el lado de las fuerzas rebeldes, Castro mantuvo su
comando en Las Mercedes con permanentes enlaces yendo y viniendo entre las
diferentes posiciones, a saberse, Las Vegas de Jibacoa, La Plata, Mompié y
Minas del Frío, con la Escuela de Reclutas a medio camino entre esta última
base y el cuartel general de Fidel, dispositivo bien distribuido que abarcaba
un espacio de 12
kilómetros, con el mar por el sur a solo 14 millas de la
retaguardia.
El 19 de mayo la aviación lanzó un nuevo ataque, ocasionando daños relativos. Inmediatamente después, Corzo Izaguirre adelantó sus fuerzas hacia Las Mercedes pero fue contenido y rechazado por Crescencio Pérez a solo 400 metros de la línea defensiva.
| Solo el Che inspiraba confianza a Fidel Castro (Fotografía: Roberto Salas) |
El 19 de mayo la aviación lanzó un nuevo ataque, ocasionando daños relativos. Inmediatamente después, Corzo Izaguirre adelantó sus fuerzas hacia Las Mercedes pero fue contenido y rechazado por Crescencio Pérez a solo 400 metros de la línea defensiva.
Desde hacía bastante tiempo Fidel dudaba de la
capacidad de Crescencio y por esa razón, le pidió al Che que se hiciera cargo
de aquella fuerza, directiva que el argentino se apresuró a cumplir de manera
inmediata. De esa manera, dio comienzo una batalla de tres meses, en la que
ambas fuerzas se jugarían todo, el prestigio, la victoria y la supervivencia.
La actividad que desplegó el Che Guevara en esos
agitados días fue febril, supervisando personalmente las diferentes posiciones,
distribuyendo armamento, seleccionado cuadros, organizando la defensa,
emboscando unidades enemigas y hasta dándose tiempo para asistir a una asamblea
de campesinos en la que, entre otras cosas, se abordó el conflictivo tema de la
reforma agraria.
En plena batalla, llegó Lidia con la novedad de que en
La Habana, Faustino Pérez se negaba a entregar el mando. Sin embargo, apenas
hubo tiempo para tratar el asunto porque el desarrollo de las acciones
acaparaba toda la atención de los mandos. Guevara se vio forzado a regresar al
frente para reorganizar la defensa, enviando a los combatientes novatos a
construir trincheras y resguardos en torno a Las Mercedes.
Mientras tanto, las deserciones y los juicios por
traición golpeaban duro en el corazón de la guerrilla. Tras un nuevo raid aéreo
en el que dos cazas dispararon cohetes sobre las posiciones de Guevara (4 de
junio), por lo menos diez combatientes pidieron abandonar las filas, entre
ellos algunos encargados de lanzar las granadas “sputniks”. El Che se vio en la
necesidad de buscar reemplazantes y cuando una segunda incursión provocó nuevas
deserciones, no le quedó más remedio que echar mano de los reclutas inexpertos
que había puesto a trabajar en las defensas próximas a Las Mercedes.
Dada la envergadura de la ofensiva y el volumen de las
fuerzas que avanzaban sobre el ejército guerrillero, Fidel Castro volvió a
sugerir envenenar los pozos de agua y convertir los desfiladeros en trampas
mortales pero a falta de hombres para la tarea, se dejó la idea a un lado para
abordar otros asuntos que requerían mayor urgencia.
Por esos días llegó al campamento rebelde un personaje
extraño, Frank Surgis, aventurero norteamericano nacido en Norfolk, Virginia,
el 9 de diciembre de 1924, cuyo verdadero nombre era Frank Angelo Fiorini,
quien venía a “ofrecer sus servicios” como combatiente y asesor12.
No era el primer estadounidense en llegar a la sierra
para sumar su concurso. Entre los colaboradores con los que el Che contó para
adiestrar combatientes en la Escuela de Reclutas se encontraba Herman
Marks, un veterano de la guerra de Corea que tenía experiencia en la guerra de
guerrillas, pero de movida, la actitud del recién llegado despertó
recelos en la cúpula guerrillera, especialmente en Guevara, que lo suponía
agente del FBI o la CIA (no se equivocaba). Inexplicablemente, este sujeto,
llegado de la nada, fue admitido sin más trámite que su pedido de incorporación
y de esa manera, siguió la campaña hasta la victoria final y la huida de
Batista, recabando información para pasar a la central de inteligencia.
Cuando el Batallón 18 terminó de posicionarse en el
extremo occidental de la sierra (10 de junio), Fidel Castro asumió
personalmente la defensa de Las Vegas, que parecía ser el siguiente objetivo
del enemigo. Para entonces, el Che Guevara se había hecho cargo de las tropas
que mandaba Crescencio y había mandado fusilar a un oficial rebelde acusado de
homicidio. Sucedió el 14 de junio, cuando cumplió 30 años de edad pero apenas
tuvo tiempo de recordar el acontecimiento, porque la situación era en extremo
crítica.
Cuando Guevara llegó al frente para relevar a
Crescencio, Fidel se retiraba de Mompié, cediendo el terreno al enemigo, que
avanzaba en dirección a El Descanso, para seguir luego hacia Los Lirios, donde
fue detectado por las avanzadas de Lalo Sardiñas, que sin pérdida de tiempo, se
apresuraron a dar cuenta de la novedad.
El 16 de junio, el general Cantillo emitió desde
Bayamo la directiva Nº 99 ordenando que dos compañías del Batallón 18 se
desplazasen por el río La Plata para unirse a las tropas que convergían desde
el norte y marchar cuesta arriba. Eso permitió al Ejército apoderarse de Las
Vegas de Jibacoa y continuar hacia Minas de Frío, obligando al Che a reforzar
los espacios inmediatos a las posiciones que abandonaba Fidel. La situación
parecía apremiante porque el 20 de junio el enemigo tomó las Vegas de Jibacoa y
capturó Santo Domingo13.
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| El ejército cubano se dispone a penetrar en la sierra |
Con las tropas rebeldes en plena retirada, el
argentino alcanzó Mompié, en cuyas inmediaciones se reunió con Fidel, a quien
encontró en extremo atribulado. Tan preocupado estaba el comandante supremo
guerrillero que le pidió que permaneciera junto a él al tiempo que despachaba
órdenes indicándoles a Camilo Cienfuegos y Juan Almeida que regresasen.
La noche del 26 de junio se produjeron cuatro fugas
importantes, la de un delator de apellido Rosabal, la de Pedro Guerra que al
fugarse se llevó consigo un revolver y la de dos oficiales del ejército
prisioneros. El Che lanzó a varios hombres en su persecución y a medida que
fueron cayendo los pasó por las armas, sin juicio previo.
Esa misma tarde, el Batallón 18, ocupó Jigüe, lo que
parecía indicar que la ofensiva estaba alcanzando su clímax pero para sorpresa
de Castro y el Che, en lugar de continuar el avance, su comandante, se dedicó
fortificar el lugar, perdiendo un tiempo precioso.
El 28 de junio por la mañana, el Batallón 22, al
comando del coronel Eugenio Menéndez, se apoderó de Santo Domingo y una vez
allí, recibió un mensaje de Sánchez Mosquera ordenándole seguir el curso del
río hasta la localidad de Santana y establecer allí su campamento.
Poco tiempo después, el Batallón 17 ocupó el desierto
caserío de San Lorenzo, recientemente abandonado por sus pobladores, en tanto
las compañías 91 y 93 del Batallón 19 al mando del capitán Martínez Torres se
desplazaban hacia Meriño, siguiendo el camino de El Tabaco y la loma de
Caraquita. En ese último punto chocaron con la sección del teniente Ciro del
Río, que por orden del Che había montado una emboscada en el lugar. Se desató
allí un breve aunque nutrido tiroteo que finalizó con la retirada de los
guerrilleros y el avance del destacamento regular hasta el caserío, que como
San Lorenzo, había sido abandonado por sus habitantes.
Para entonces, había dado comienzo la primera batalla
de Santo Domingo, que marcó el fin de la ofensiva gubernamental.
Con el Batallón 22, iniciando el avance hacia Santana
y el Nº 11 haciendo lo propio en dirección al río El Naranjo, debía concretarse
el movimiento de pinzas que quedaría cerrado al tomar contacto ambas unidades
con el Batallón 18, que llegaba por el sur14.
Para Fidel resultaba vital impedir que el enemigo
alcanzase el curso superior del río Yara y para ello, ubicó a Lalo Sardiñas en
las inmediaciones de Pueblo Nuevo, convencido de que esa era una de las rutas
por las que iba a llegar el enemigo. El Batallón 22 continuó su avance en
dirección a El Cacao, atravesando primeramente El Verraco y al no ser advertido
por el comandante del Nº 11 de que había presencia enemiga en las
inmediaciones, con la que se había topado dos días antes, se introdujo de lleno
en la trampa.
La celada de Lalo dio cuenta de su vanguardia. El
estallido de una mina colocada en el camino unos metros antes de la emboscada,
tuvo efectos demoledores y el fuego combinado que siguió inmediatamente
después, obligó a los guardias a aferrarse a sus posiciones junto al río y
mantenerse inmóviles.
La vanguardia del batallón fue prácticamente
aniquilada porque de nada sirvió el fuego de la sección de morteros que comenzó
a caer sobre la posición guerrillera a partir de las 14.10. Esta se mantuvo
firme y obligó al enemigo pegarse al terreno prácticamente sin levantar la
cabeza.
Diez minutos después, el pelotón de Zenón Meriño bajó
de la loma que ocupaba en El Naranjo y arremetió contra uno de los flancos del
Batallón 22. El refuerzo que recibió de Andrés Cuevas sirvió para comprometer
aún más la situación de las fuerzas regulares que para peor, sintieron el rigor
de la ametralladora 50 de Braulio Curuneaux, que logró contener a los refuerzos
recientemente llegados del Batallón 11 e incluso los rechazó apoyada por el
fuego concentrado de los demás tiradores.
Dos veces los guerrilleros contuvieron a Menéndez y
finalmente lo obligaron a abandonar el sector.
La noche sorprendió a las tropas de Batista en
situación desesperante, con la Compañía N del Batallón 22 diezmada, el grueso
aferrado al terreno y el resto muerto o dispersándose en diferentes
direcciones.
Aquella victoria fue el primer indicio de que el
ejército regular, integrado mayoritariamente por conscriptos inexpertos,
recientemente incorporados, comenzaba a acusar el golpe. Además, sirvió para
elevar la moral de los efectivos rebeldes, bastante alicaída hasta entonces.
La gente de Lalo se apoderó de 30 fusiles, una
ametralladora de 30 mm,
un mortero de 60, municiones, parque y al menos 60 mochilas, además de abatir a
una veintena de efectivos y capturar veintitrés prisioneros.
En lo que a Camilo Cienfuegos respecta, esa misma
tarde llegó a La Plata, en cumplimiento de la orden de Fidel y desde ahí
emprendió una dura caminata hacia Casa de Piedra, sabiendo que la sección de
Félix Duque también se dirigía hacia allí. Debía montar una emboscada y esperar
los refuerzos que enviaba Cantillo, para neutralizarlos.
Mientras tanto, en Santo Domingo, las cercadas tropas
del Batallón 11 comenzaban a quedar rodeadas por Ramiro Valdés, que por orden
de Fidel se había desplazado hacia El Cacao, sincronizando sus movimientos con
los de Guillermo García, que debía adelantar sus líneas hacia La Manteca,
cerrando por el sur cualquier intento de escape o de llegada de refuerzos.
Por el norte, en tanto, René Ramos Latour (Daniel)
permanecía en reserva, lo mismo Andrés Cuevas y Lalo Sardiñas, en sus
posiciones próximas a Pueblo Nuevo, bloqueando el paso al Batallón 22 que
vivaqueaba a orillas del río. La idea era desgastar a esa tropa y después de
desbordarla, desplazarse hacia Santo Domingo, para reforzar a las unidades de
Ramiro, Guillermo y Almeida.
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| Lalo Sardiñas |
El domingo 29 de junio, por la mañana, Camilo se topó
con una sección de Sánchez Mosquera que iba en socorro del Batallón 22,
trabándose ambas en duro combate. Las tropas regulares intentaron perforar las
líneas guerrilleras en El Naranjo pero les faltó empuje y fueron detenidas y
luego rechazada hacia Santo Domingo. Los guardias retrocedieron llevándose
consigo al menos diez heridos, según el parte que Camilo le envió a Fidel, pero
la guerrilla sufrió una baja fatal, la de Wilfredo Lara, cuyo nombre de guerra
era “Gustavo”, muerto en el firme de Casa de Piedra, cuando se intentaba
contener al enemigo en retirada.
De acuerdo al parte emitido por Radio Rebelde al
finalizar el enfrentamiento, las fuerzas rebeldes se hicieron de un fusil
ametralladora Browning, dos Garand, tres San Cristóbal, una carabina M-1, tres
fusiles Springfield y unas 3 000 balas15.
Inmediatamente después de finalizado el combate,
Camilo se dirigió río arriba hacia Santo Domingo para dar apoyo a la sección
que se disponía a arremeter sobre esa posición en tanto el pelotón de Duque
regresaba a su antigua ubicación en las alturas de Gamboa.
Esa misma noche, después de confirmar que su gente
ocupaba las posiciones asignadas, Fidel le ordenó a Guillermo avanzar desde El
Cacao hacia la finca de Lucas Castillo, donde Sánchez Mosquera tenía instalado
su puesto de mando. La idea era partir a la fuerza enemiga “…en dos partes por ese sector, atacando también desde Naranjo, Santana
y casa de Piedra”16, movimiento que podía significar la victoria
final.
Realmente,
nuestra impresión después del primer triunfo en Pueblo Nuevo era que podíamos
aprovechar la situación creada para tratar de obtener la captura del grueso de
la fuerza enemiga estacionada en Santo Domingo, lo cual sería algo determinante
para el curso posterior de la ofensiva enemiga. La posibilidad de poder
derrotar y capturar una de las tres agrupaciones enemigas principales que
actuaban contra nuestras fuerzas, de ellas la más poderosa, mejor equipada y
comandada por uno de los jefes más notorios con que contaba el Ejército de la
tiranía, era demasiado atractiva como para dejar pasar la ocasión sin
intentarlo. No cabría duda alguna de que, si éramos capaces de lograr ese
objetivo, el mando enemigo sufriría un golpe del que difícilmente podría
recuperarse, tanto por la significación moral de nuestra victoria como por la
implicación material negativa, ya que se vería privado de una de las piezas
fundamentales para sus planes. Nuestras fuerzas, por su parte, recibirían una
importante inyección de recursos con los que podríamos asumir la iniciativa y
lanzarnos a una contraofensiva indetenible17.
El 3 de julio tuvo lugar un breve
enfrentamiento entre las avanzadas del ejército y la columna de Guevara. El
combate fue desfavorable para el comandante argentino y viendo que había sido
desbordado, decidió retirarse para evitar caer muerto o prisionero. Tal como
apuntó en su diario con cruda franqueza, aquella fue una de las pocas veces que
experimentó un miedo pánico y sintió la “necesidad de vivir”.
La experiencia fue en extremo intensa
y lo hizo reflexionar en lo que a valores y riesgos se refiere así como a tomar
mayor conciencia de la necesidad de preservar a los máximos cuadros para
dirigir a la tropa hacia el triunfo final.
De regreso en su campamento, lo
esperaba una carta de su madre, una suerte de bálsamo después de haber visto la
muerte tan cerca y le debó haber servido para relajarse y bajar la adrenalina.
La lectura lo llevó de regreso al seno
de su familia, en la lejana Argentina. El pasado 2 de abril, Ana María, su
hermana menor, se había casado con Facundo Chávez; Roberto era padre de dos hermosas
rubias de 1 y 2 años y su mujer, esperaba un tercer hijo; Celia y su novio Luis
Rodríguez Argañaraz habían recibido un premio de la Facultad de Arquitectura y
progresaban en su trabajo, el pequeño Juan Martín seguía adelante con sus
estudios y la tía María Luisa continuaba deprimida y enferma aunque siempre
preguntaba por él. Por entonces, sus padres se habían separado y don Ernesto
vivía en su oficina de la calle Paraguay, muy cerca de la Facultad de Medicina,
donde seguía intentando hacer buenas operaciones inmobiliarias. Y en lo que a
separaciones se refiere, desde hacía bastante tiempo, el Che maduraba la idea
de divorciarse de Hilda por quien, justo es decirlo, nunca sintió demasiada
atracción. Incluso ella había intentado contactarlo varias veces desde Perú
pero él no le respondió ni encontró tiempo para escribirle unas líneas. Su vida
era entonces en extremo intensa y las pasiones las descargaba con la bella
mulata Zoila o con alguna ocasional campesina cautivada por sus encantos.
Mientras tanto, en la Sierra de
Cristal, Raúl Castro obtenía importantes victorias y daba demoledores golpes de
mano contra las fuerzas gubernamentales. En respuesta a los bombardeos con
napalm y cargas de alto poder que la aviación venía llevando a cabo desde el comienzo
de la ofensiva, el 26 de junio atacó las instalaciones de la Moa Bay Mining
Co., tomando prisioneros a una docena de empleados norteamericanos y
canadienses que trabajaban allí. Repitió la acción en las minas de níquel de
Nicaro y el ingenio azucarero de la United Fruit de Guaro y mientras el
gobierno todavía acusaba esos golpes y se esforzaba por ofrecer las
correspondientes disculpas al Departamento de Estado norteamericano, secuestró
un ómnibus que se dirigía hacia la base estadounidense de Guantánamo y tomó
prisioneros a los veinticuatro marines que viajaban en él, para llevárselos al
interior de la jungla.
Ni bien llegó a su campamento, emitió
un comunicado denunciando los indiscriminados ataques de la aviación sobre los
poblados campesinos aclarando que sus últimas acciones habían sido en respuesta
a la provisión de armas de Estados Unidos al gobierno cubano.
Cuando el senado norteamericano
presionó al poder ejecutivo exigiendo la inmediata intervención militar, Fidel
Castro le hizo llegar un mensaje a su hermano, a través de Radio Rebelde,
ordenándole liberar inmediatamente a los prisioneros. El comandante supremo de
la revolución parecía ceder a las presiones internacionales pero acababa de
lograr un gran triunfo al quedar al descubierto la asistencia de Washington al
régimen de Batista.
Cumpliendo con aquel mandato, Raúl
comenzó a liberar poco a poco a los cautivos, soltando a los últimos el 18 de
julio. Tan temerario y peligroso había sido su proceder, que el mismísimo
Guevara lo calificó de extremista.
La mañana del 6 de julio; Fidel
recibió en su comando la confirmación de que el Ejército estaba entrando en
Meriño. Lo hizo a través de una nota que Celia Sánchez le envió desde La Plata
donde decía que el Che, llamó a través de la flamante línea telefónica que la
guerrilla extendió hasta Minas de Frío, para informar a Piti Fajardo que 250 guardias acababan de ingresar en la zona
en dirección a El Roble y preguntaba si retiraba las fuerzas de Las Vegas y las
llevaba hacia ese punto para defender la posición.
“Que no retire las fuerzas de las
Vegas –fue la respuesta de Castro- Que yo mando refuerzos para tomar El
Roble. Que traslade al Roble la bomba de 100 libras”18.
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| Andrés Cuevas |
La situación obligó al comandante
supremo a alterar los planes. En lugar de dirigirse a Minas de Frío, como tenía
pensado, se encaminó hacia El Roble de Meriño, encabezando el pelotón de Andrés
Cuevas y una de las escuadras de Camilo a las órdenes de Felipe Cordumy, a
quienes pensaba ubicar en dos emboscadas par cortar el avance de los guardias e
impedirle su retirada. Al mismo tiempo le envió un mensaje a Lalo Sardiñas,
apostado en Pueblo Nuevo, para que se dirigiese lo más rápido posible a Minas
de Frío y desde allí partiese a reforzar la emboscada de Cordumy. Fidel
aspiraba a capturar la tropa que se había aventurado a ingresar en Meriño e
impedir la llegada de refuerzos desde San Lorenzo.
Con la llegada de Jaime Vega para
fortificar la posición de Cuevas, quedó bloqueada toda intentona que el enemigo
pudiese efectuar para superar El Roble y alcanzar al Batallón 18 que trepaba la
sierra por el Sur.
Mientras las fuerzas a su mando
efectuaban todo ese despliegue, Fidel Castro le envió un mensaje a Camilo, en
Santo Domingo, poniéndolo al tanto de sus últimas decisiones:
Esta Columna de guardias está en una
verdadera ratonera. Lo que necesitamos es alguna tropa más, para impedir la
llegada de refuerzos. Pero no quiero debilitar esa posición [la de Santo
Domingo]; por eso, después de pensarlo muy bien, he decidido mover de ahí, la
única tropa, que no está en posición defensiva, sino de ataque: la de Lalo. [...]
Con Lalo aquí, creo que podemos hacer algo bueno19.
El comandante guerrillero sabía
perfectamente que la posición enemiga en Santo Domingo se hallaba debilitada y
que apenas podía realizar alguno que otro movimiento defensivo, de ahí que al
comunicarse con el Che le explicase su decisión de desplazar a Raúl Castro
Mercader desde Pueblo Nuevo a Minas de Frío para mantenerlo en los alrededores
como reserva.
Lalo Sardiñas llegó a Meriño a marchas
forzadas. La primera impresión que tuvo del lugar fue mala y por eso, al
mediodía del 6 de julio le escribió a Fidel comentándole que tras inspeccionar
la posición, había llegado a la conclusión de que no era un lugar adecuado para
montar una emboscada y por esa razón, exploraría otro un poco más abajo. En
vista de ello, su superior le envió doce hombres de refuerzo para cubrir todos
los accesos y con ellos una nota que contenía las siguientes instrucciones:
Te
mando los hombres que quedaron. Sitúalos en el otro punto que te indiqué con un
jefe valiente, que cuide aquel camino y a la vez ataque por la retaguardia
a cualquier grupo enemigo que intente salir de Meriño, por el camino donde tú
estás20.
Lalo ubicó a los recién llegados sobre
una saliente del pico Caraquitas y designó a Néstor Labrada a cargo de la
sección, encomendándole expresamente mantener cubierto el camino de Limones.
Después de estudiar detenidamente la
posición, Fidel Castro mandó llamar a Braulio Curuneaux a El Naranjo para
ubicarlo con su ametralladora 50, al este del cerco, sobre la falda que
conducía a La Magdalena, en una posición contigua a la del Che y la escuadra de
Hugo del Río, que vigilaba el acceso a Minas de Frío.
Al amanecer del 7 de julio llegó hasta
su puesto de mando un nuevo mensaje del Che con lo que Fidel denomina “una
confusa información de Cuevas egún la cual, los guardias venían subiendo por El
Roble. Obligado a replantear su estrategia, redactó una nota para Guevara, que
despachó de forma urgente a las 11.50 de esa misma mañana. Decía la misma:
Si
Cuevas dice que los guardias subían por el Roble, puede significar que vienen
de la playa hacia arriba y no tenga nada que ver con los movimientos en
Meriño. Si así fuera, lo que tiene que hacer él es virar los cañones hacia el
otro lado, mientras planeamos alguna otra maniobra. Si eso fuese rigurosamente
cierto, el plan nuestro podría ser destacar una patrullita que se hiciera
fuerte en una posición buena un kilómetro o dos más debajo de Cuevas, para ver
si, cuando aquella haga contacto con el enemigo, los de Meriño avanzan hacia
abajo y caen en la trampa. Trata de ver qué quiso decir Cuevas.
No fue más que una falsa alarma porque
ninguna tropa llegó por la ruta del sur como Cuevas mencionaba. En definitiva,
no existió ese presunto movimiento enemigo, pese a que, como dice Castro en su
libro La victoria estratégica, ese
era el movimiento más lógico desde el punto de vista del mando gubernamental,
porque con él, el territorio en poder de la guerrilla, en el sector más
occidental, quedaría dividido y todas sus fuerzas al oeste del río La Plata,
separadas y desvinculadas de las demás.
Castro y su estado mayor esperaban
ansiosamente que las tropas del ejército se introdujeran en la trampa que
habían montado pero no ocurrió así. A las 06.10 del 7 de julio, el Che le mandó
decir que los soldados preparaban sus mulos en Meriño y según su parecer, se
disponían a iniciar algún movimiento hacia el sector de El Roble, pero no tenía
plena seguridad de que fuese así. A las 07.40 envió un segundo mensaje que
decía lo siguiente:
Ya
aparejaron todos los mulos y quitaron la posta del lado del alto de Meriño.
Aparentemente esperan algo de la aviación. Ya avisé a Cuevas. Si se mueven en
algún sentido le doy nuevo aviso. El camino que parece más probable es el del
Roble pero todavía están regados en las casas. Hay que tener en cuenta el
camino que sube a la Mina [de Frío]. Yo le avisaré a Ciro [del Río] en el
momento que avancen para algún lado.
Fidel sintió algo de alivio al comprobar que el Che coincidía con él
pero había algo en su interior que le decía que tales movimientos de tropa eran, lisa y llanamente, una
retirada hacia San Lorenzo.
La tibia conducta del mando enemigo para
asegurar el enlace de esta tropa con otra procedente del Sur, y el hecho
cierto de que ordenar a los guardias de Meriño que avanzaran sin apoyo hasta El
Roble significaría hacerlos penetrar más aún al interior de nuestro territorio,
con la perspectiva segura de caer en una trampa, me hicieron considerar como
probable la variante de la retirada.
Aún así, no cantó victoria y a las
07.45 le escribió a Lalo Sardiñas para que adoptase las medidas pertinentes,
exponiéndole claramente las dos posibilidades.
Los
guardias han aparejado todos los mulos. Ya quitaron la posta del Alto de
Meriño; parece que se van a mover hacia el Roble. Debes estar atento. Para
cualquier dirección que se muevan vamos a tratar de destruirlos. Si tratan de
salir hacia San Lorenzo, cójanlos entre tú y los 12 [de Néstor Labrada], que
desde acá se le ocupará el campamento y se les atacará por la retaguardia. Si avanzan hacia el
Roble o Las Minas, tu misión es no dejarlos recibir refuerzos.
Una hora y media después, despachó un
nuevo parte para el Che.
Ya
mandé aviso a Lalo con instrucciones para cada situación. Mandaré explorar los
caminos que vienen de San Lorenzo y Las Vegas y tengo a Raúl [Castro Mercader] y los 6 de Camilo [los de Orestes Guerra] listos para moverlos a donde hagan más falta si
no fuesen necesarios aquí. Ordené situar en el Alto de Mompié los 7 hombres que
quedaban de Camilo en La Plata y hasta Guillermo puede ser utilizado si las
circunstancias lo requieren.
No hubo novedades hasta las 17.00 de
ese mismo día, cuando Castro redactó un nuevo mensaje para Lalo reiterándole
sus indicaciones y las de la escuadra de Labrada.
Todo está bien. Yo espero de un momento a
otro se muevan los guardias. Si vienen por ahí, procura matarle la vanguardia y
rechazarlos. Los otros 12 deben entonces tomar el camino de Meriño y emboscarse
allí para el caso de que los que están dentro intenten atacarte. Esos 12 deben
tener un jefe valiente y que sepa lo que tiene que hacer si se quedan aislados
del lado de allá; subir Caracas y bajar por el Roble, hasta hacer contacto de
nuevo.
Aun suponiendo que el enemigo podía
lanzarse hacia El Roble, Fidel ordenó el envío de un mortero a la posición que
ocupaba Cuevas, para fortalecer la emboscada en caso de avance, pero esas
previsiones fueron vanas porque tal como lo había imaginado, en la mañana del 8
de julio, las tropas del gobierno estacionadas en Meriño iniciaron la retirada
hacia San Lorenzo y El Tabaco.
El capitán Martínez Torres, comandante
de aquellas tropas, había recibido la orden de avanzar hacia El Roble y
continuar ascendiendo hasta Cahuara, para unirse en Jigüe al Batallón 18,
maniobra prevista por el alto mando rebelde, pero argumentando que las
compañías a su mando, la 91 y la 93 del Batallón 19, se les habían agotado las
provisiones, decidió acertadamente retroceder hasta San Lorenzo para
aprovisionarse y de ese modo, evitar de caer en la trampa.
El combate de Meriño se inició a las 08.45 del 8 de julio, cuando la vanguardia enemiga entró en la emboscada de Lalo Sardiñas. Al iniciarse el intercambio de disparos, el pelotón de Néstor Labrada situado al otro lado del camino, en la parte alta de una loma, disparó sobre el flanco izquierdo enemigo, forzando a las tropas del gobierno a buscar refugio en el interior de una serie de hoyos naturales mientras intentaban desesperadamente devolver la agresión. Cuarenta y cinco minutos después llegó la aviación para ametrallar el sector ocupado por los guerrilleros, lo que fue aprovechado por las tropas regulares para retroceder hacia las trincheras que habían cavado en los alrededores de Meriño antes de ponerse en marcha y disparar desde allí.
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| Radio Rebelde jugó un papel fundamental durante la batalla En la foto operada por el Che |
El combate de Meriño se inició a las 08.45 del 8 de julio, cuando la vanguardia enemiga entró en la emboscada de Lalo Sardiñas. Al iniciarse el intercambio de disparos, el pelotón de Néstor Labrada situado al otro lado del camino, en la parte alta de una loma, disparó sobre el flanco izquierdo enemigo, forzando a las tropas del gobierno a buscar refugio en el interior de una serie de hoyos naturales mientras intentaban desesperadamente devolver la agresión. Cuarenta y cinco minutos después llegó la aviación para ametrallar el sector ocupado por los guerrilleros, lo que fue aprovechado por las tropas regulares para retroceder hacia las trincheras que habían cavado en los alrededores de Meriño antes de ponerse en marcha y disparar desde allí.
Las acciones se prolongaron hasta el
mediodía, cuando Braulio Curuneaux, solicitó instrucciones al comando. Eso
confundió un poco a Fidel Castro no solamente porque no tenía certeza de lo que
sucedía en el camino de Meriño sino que tampoco sabía el rumbo del enemigo ni
los planes que tenía el Che. Por eso, su respuesta no fue demasiado precisa: “…si tú ves que los guardias tratan de
forzar el cruce hacia San Lorenzo, atacando a Lalo, y tú los divisas por el
firme que sube, dispara sobre ellos a discreción para intimidarlos y
dispersarlos”.
Cuando los relojes señalaban las
12.20, aparecieron volando bajo dos bombarderos B-26 y un caza F-47, acudiendo
al pedido de auxilio que el capitán Martínez Torres había lanzado desde su
desesperada posición. Los aparatos ametrallaron la región y soltaron algunas
bombas antes de retirarse, para regresar en forma sucesiva y repetir la
operación durante dos horas y media.
Finalizado el ataque aéreo, los
guardias intentaron avanzar nuevamente sobre las posiciones guerrilleras pero
los tiradores de Lalo Sardiñas volvieron a contenerlos.
Tras el ataque aéreo, las compañías
enemigas intentaron avanzar nuevamente sobre las posiciones rebeldes, pero
fueron nuevamente rechazadas por los hombres de Lalo y Labrada. Por su parte,
el pelotón de Ciro del Río se adelantó hacia una nueva posición que le permitió
hostilizar a los soldados por el flanco derecho, con el apoyo de la
ametralladora 50 de Curuneaux.
A las 12.50, el Che le envió a Castro
el siguiente mensaje:
Me
da la impresión que todos los guardias se han descolgado para el otro lado del
firme. Traté de hacer contacto con Lalo pero no ha vuelto mi mensajero. Ciro
del Río está avanzando por el firme que ellos tenían hacia arriba.
Quince minutos después, mandó otro
cuyo texto era el siguiente:
Los
guardias estaban en la punta del firme pero parece que Lalo se retiró y ya
tomaron la embocadura del camino a San Lorenzo. Estas son conjeturas; exacto no
sé nada. Los mensajeros no hicieron contacto con Lalo. De aquí (500 m.) se ven pasar uno a
uno para San Lorenzo.
Recién a las 14.00 recibió Castro en
su puesto de mando un mensaje de Lalo dando cuenta del desarrollo de las
acciones que se estaban llevando a cabo.
Tuvimos
combate con los de Meriño. Le vimos 2 muertos pero considero tengan como ocho;
esta emboscada de este lado es muy corta, pero le tiré 12 granadas y como ocho
satélites a un montón que había en un hoyo y gritaban: “No dejen los
heridos, huyan, nos están rodeando”, y uno decía: “avanza por el trillo”, y
otro decía “avanza tú”. Duró como una hora y media, empezó a las 9 y 30, la
aviación no hizo nada. Están intentando avanzar de nuevo; la emboscada de San
Lorenzo no la moví para nada.
Fidel se apresuró a despachar
refuerzos para apoyar a Lalo y evitar que los soldados gubernamentales se
replegasen hacia San Lorenzo Y así se lo comunicó al Che en un nuevo parte que
le envió a las 14.15.
Mandé
a Raúl Castro [Mercader] con 8 hombres a reforzar a Lalo. Los 7 hombres
que quedaban a Camilo de su columna en la Plata ya están al llegar aquí.
Guillermo está situado en el alto de Mompié con su pelotón para trasladarlo
aquí si las circunstancias lo requieren.
Si
los guardias no han salido, esta noche mandaré 40 hombres a cavar trincheras en
la loma donde está Lalo y lo reforzaré con los de Camilo que están al llegar
(todos con automáticas y un rifle ametrallador). También situaré la bomba de 100 libras que ya está
aquí.
Poco después, el Che y Jaime Vega se
pusieron en marcha para atacar las retaguardias de las compañías 91 y 93, que
continuaban aferradas al terreno. A las 15.20, Fidel Castro redactó un nuevo mensaje
para Lalo, informándole que le enviaba hombres y armamento de refuerzo.
Dentro
de unos minutos salen para allá un fusil ametrallador y seis hombres más con
armas automáticas. Por la noche mandaré una bomba de cien libras para ponerla
en el camino de San Lorenzo. Mandaré hombres también para hacer trincheras. Si
se resiste bien ahí los copamos y rendimos.
…………………………………………………………………………………………
Cuevas,
Vega, Che, Ciro y una escuadra de Camilo están avanzando por Meriño. Los
felicito a todos.
P.D.
Mandé a Fonso [Alfonso Zayas] que los tiroteara por el camino de la Mina a San
Lorenzo.
El cuerpo de refuerzo que Fidel
despachó hacia Meriño, en apoyo de Lalo Sardiñas contaba con un total de cuarenta hombres al
mando de Alfonso Zayas, provistos de un fusil Garand y otros diez de cerrojo.
La unidad, tomó por el camino de Minas de Frío en dirección a San Lorenzo y al
llegar al llegar a esa posición abrió fuego contra el campamento para forzar a
sus ocupantes a salir. Inmediatamente después, ubicó a sus efectivos en un
terreno elevado, próximo al camino de Meriño y una vez allí le escribió una
nota a Fidel Castro, dando cuenta de sus movimientos.
Apremiados por la situación, los
guardias intentaron una nueva salida por el camino de San Lorenzo pero
volvieron a ser rechazados y una vez más debieron replegarse, hostigados desde
la retaguardia por el Che, Andrés Cuevas, Jaime Vega y la ametralladora pesada
de Curuneaux. En su huida abandonaron algunos mulos que Guevara menciona en el
parte que le envió a Fidel a las 16.05.
Estoy a 300 m. de los guardias, pero debajo de ellos.
Tengo 7 mulos que no los dejamos marchar pero necesitaríamos una ayudita en
cualquier dirección, preferentemente retaguardia para tomarlos.
Eso obligó al comandante supremo a
replantear una vez más su estrategia. Debía decidir si continuaba intentando
forzar la ruta hacia San Lorenzo; si debía hacerlo por el camino de El Tabaco o
mantenerse en espera, previendo que el enemigo enviase refuerzos desde aquella
localidad. Eso lo llevó a expedir un nuevo parte a Lalo, dándole las siguientes
instrucciones y otro a Celia Sánchez en Mompié, con directivas para parte de la
oficialidad. Decía el primero:
Salgo
a hacer contacto con Che y Cuevas y a ver si puedo reforzar el camino del
Tabaco.
Hagan una buena defensa de trincheras en el camino que viene de San
Lorenzo y pónganle dos bombas. Puedes poner veinte hombres y la
trípode hacia San Lorenzo y el resto hacia Meriño. Cuida también tu retaguardia por el firme dónde estás con alguna posta.
Fonso [Alfonso
Zayas] tomó posesión en un firme cerca del camino
que sube a Meriño, para tirotear cualquier refuerzo que venga de S. Lorenzo.
Si todavía no se han escapado por algún lado, hay que impedir mañana de
todas formas que vengan refuerzos. Llena eso de
huecos.
Y el de Celia:
Voy
a hacer contacto con el Che y Cuevas. Laferté que se encargue de mandar
antes de que sea de noche el personal para cavar trincheras. Guillermo que
permanezca ahí.
En ese lapso (17.00), las tropas
Martínez Torres intentaron nuevamente romper el bloqueo y ganar el camino en
dirección a San Lorenzo, pero una vez más fueron contenidas, intercambiando
disparos hasta las 18.30, cuando se vieron forzadas nuevamente a retroceder.
Tal como se lo manifestara a Celia en
la nota, Castro abandonó Minas de Frío y partió en busca del Che y Andrés
Cuevas, que combatían con la retaguardia del Batallón 19. Durante la marcha, se
topó con varios efectivos que se replegaban, siguiendo una orden equivocada, de
ahí su vigor al conminarlas a regresar. Ya en la posición de Lalo Sardiñas,
intercambió una serie de impresiones y permaneció ahí hasta las 19.45, cuando
ya cayendo la noche, procedió a enviarle un nuevo mensaje al Che, comentándole
las últimas novedades.
Llego
aquí por el camino de la Mina a Meriño y me encuentro una gran confusión. Tengo
aquí la escuadra de Ciro que iba en retirada, diciendo que había guardias en
Meriño, que a mi entender eran Cuevas y compañía. La 30 iba también en retirada
según me dice por orden tuya. Me extraña un poco que tú hayas dado esa orden
quedándote ahí.
Acabo
de conferenciar con Lalo hace media hora. La cosa por allá está muy bien; pero
me temo que los 12 que estaban cuidando el camino de Limones y que por la
mañana dispararon contra los guardias, al verse todo el día sin contacto, se
retiren por Caracas. Todo eso hay que arreglarlo. A mí me parece que debemos
vernos tú y yo, pues las mejores posiciones están o pueden estar en nuestro
poder. El refuerzo sólo puede venir por San Lorenzo y yo te aseguro que no
llega.
Yo
dejaría un poquito de gente por aquí abajo y concentraría la fuerza en el
camino que viene de Limones pues son ese punto y la posición de Lalo, en estos
momentos, las más esenciales, ya que los guardias para abajo no van a ir de
ninguna manera. Los mulos sólo pueden salir por cualquiera de esos dos caminos.
Lo que ocurrió fue que los hombres de
Néstor Labrada emboscados en el camino de Limones, abandonaron la loma de
Caracas con los siete refuerzos de la columna de Camilo y eso generó la
confusión que Fidel subsanó ni bien se topó con ellos. Por otra parte, los
refuerzos que la tropa enemiga esperaba en San Lorenzo nunca llegaron y eso
selló su suerte y el destino de la batalla.
Atrapado en tan desesperante
situación, el capitán Martínez Torres se dejó llevar por los consejos de su
guía, el guajiro Armando Rabí y para evadir el cerco, inició el descenso hacia
el valle de El Tabaco, tomando los escarpados pasos al otro lado del firme. Al
amparo de la obscuridad, los soldados leales se deslizaron sigilosamente por el
paso, dejando detrás el total de sus mulos.
Cuando Andrés Cuevas y su gente ingresaron
en el campamento, lo hallaron completamente abandonado, con los mencionados
mulos y parte del equipo a su disposición.
Fidel recibió la novedad a las 11.30 y
quince minutos después le envió un nuevo comunicado a Lalo, poniéndolo al tanto
de la novedad.
Los
guardias parece que se descolgaron todos para el Tabaco. Dejaron siete mulos
con alguna mercancía, calderos y mochilas. No se sabe por dónde se llevaron los
otros. Los 12 tuyos, según noticias, se juntaron con siete de Camilo que
subieron por el firme de Caracas y estaban por el camino de Limones. Mañana a las
4 y 30 de la madrugada, levanta a la gente y con la primera claridad manda a
explorar el firme hasta el camino de Limones, toma el firme con la gente,
teniendo cuidado con algún guardia rezagado que pueda quedar y registren todo
bien buscando armas, balas, mochilas, etc. En una hora pueden terminar. Deja entonces una
posta de seis hombres para que cuiden el camino hasta las 12 del día, y tú
trasládate bien temprano para la Mina con el personal a descansar. Los mulos
que se ocuparon no tenían balas. Investiga para ver qué pasó con los otros.
Trae las minas.
Tal como explica Fidel Castro en su
libro, pese a que el combate de Meriño no representó un aporte significativo en
materia de armas, municiones y pertrechos, representó otra importante victoria
sobre un enemigo mucho más poderoso y mejor pertrechado y sirvió para contener
por un tiempo los intentos ofensivos del enemigo.
Las tropas de Batista perdieron ocho
hombres y tuvieron un número indeterminado de heridos, en tanto los rebeldes no
acusaron ni una sola baja.
Las compañías del Batallón 19 habían
logrado escapar pero en el intento, perdieron buena parte de su equipo y se
retiraron con el sabor amargo de no haber logrado el objetivo de penetrar en la
profundidad en la sierra, unirse al Batallón 18 por el sur y desbaratar el
débil dispositivo defensivo enemigo.
Notas
1 Se hizo en un
horario poco acorde, a las 11.30 de la mañana, cuando todo el mundo se hallaba
en sus lugares de trabajo y solo las amas de casa tenían encendidos sus
aparatos.
2 Ernesto “Che”
Guevara, Pasajes de la guerra revolucionaria, Editorial de Ciencias Sociales,
La Habana, 1985, p. 72.
3 Carrillo encabezó la
asonada junto al general Ramón Barquín, quien fue encarcelado al fracasar el
golpe.
4 “Armas para Fidel”, diario “La Nación”, San
José de Costa Rica, domingo 4 de mayo de 1958, pp. 20-21. Cumplida su misión,
Rojo del Río recibió la autorización de Fidel Castro para regresar a Costa
Rica. Lo hizo el 24 de abril, rumbo a Manzanillo, a bordo de un jeep conducido
por un guerrillero, llevando como compañeros a dos reporteros norteamericanos,
uno de ellos William Mc Iver. Al llegar a una arrocera, los viajeros se apearon
y separaron, tomando rumbos diferentes. Rojo lo hizo por un camino que se abría
hacia a la izquierda, acompañado por varios miembros del M-26 que, como él,
iban armados con ametralladoras. En determinado momento, el grupo se topó con
una patrulla policial y eso produjo un breve intercambio de disparos en el que
el argentino fue el primero en abrir fuego. Logró evadirse cubierto por sus
acompañantes, quienes concentraron el fuego con vigor para permitir su huida
por un claro. De esa manera, tras mucho andar, llegó a una vivienda donde le
facilitaron algunas prendas de vestir pertenecientes a una secta religiosa. Una
vez en Manzanillo abordó un ómnibus que lo llevó directamente a La Habana tras
un viaje de varias horas y tras una serie de peripecias en la capital, un
conocido de Costa Rica lo proveyó de valija diplomática y pasaporte falsos con
los que logró llegar al aeropuerto de Rancho Boyeros para abordar un avión de
LACSA, la empresa donde prestaba servicios (ambos pilotos lo conocían) y
regresar a San José, para reencontrarse con su familia. Pero su relación con
Cuba y el movimiento guerrillero, no habían finalizado.
5 Huber Matos, op.
Cit. p. 86-89.
6 Ver Anderson, p.
307.
7 [ver
Anderson, p. 308]. Se trataba de Lidia Doce, correo y enlace que junto a
Clodomira Acosta, llevarían a cabo una labor en extremo arriesgada llevando y
trayendo mensajes de Fidel y el Che, sobre todo de la sierra al llano y las
ciudades, desplegando notable valor y audacia. Oriunda de Manzanillo, era viuda
y madre de un hijo cuando se produjo el desembarco del Granma.
Al
momento de unirse al ejército rebelde atendía una panadería en San Pablo de
Yao, donde las fuerzas castristas solían proveerse de víveres. Después que su
hijo Efraín se uniera a la guerrilla, ella hizo lo propio, siendo designada
para actuar como mensajera entre lso diferentes puestos de la sierra, asi como
entre esta y el llano.
El
Che conoció a Lidia un día de 1957 en San Pablo de Yao, a poco de ser ascendido
a comandante. Le impresionó sobremanera su coraje y entrega y mucho le alegró
saber que su hijo integraba el ejército rebelde desde hacía tiempo.
Tanto
llegó a ser el respeto que sintió por ella, que además de dedicarle conceptuosas
palabras, la designó comandante de uno de los campamentos auxiliares próximo a
las líneas enemigas.
Pereció
durante una misión a La Habana junto a la también mensajera Clodomira Acosta,
el 11 de septiembre de 1958, al ser capturadas por las fuerzas policiales en
una casa-refugio de la capital, donde también se alojaban otros combatientes
clandestinos como Alberto Álvarez Díaz, Reinaldo
Cruz Romeu, Leonardo Valdés
Suárez, y Onelio D. Rodríguez.
Cunducidos a prisión, sufrieron torturas y vejámenes. Las dos mujeres fueron
ajusticiadas el día 17 y sus cuerpos arrojados al mar, donde desaparecieron
para siempre.
8 Hijo y sucesor de
Anastasio Somoza García, hermano de Anastasio Somoza Debayle, ocupó la
presidencia de Nicaragua entre 1957 y 1963.
9 El periodista
norteamericano se hallaba destinado en Caracas.
10 Ver Anderson, p.
309.
11 Ídem, p. 310.
12 Finalizada la
guerra, Sturgis regresó a su país y en 1961 entrenó a los combatientes
anticastristas que tomarían parte en la invasión de Bahía de Cochinos.
13 Fidel Castro Ruz, La victoria estratégica, Capítulo 14
“Contención en Santo Domingo”, https://lapolillacubana.wordpress.com/fidel-la-victoria-estrategica/
14 Ídem, Capítulo 12,
“La primera batalla de Santo Domingo”, http://www.cubadebate.cu/especiales/2010/09/09/la-victoria-estrategica-capitulo-12/#.VHi89tKG_v0
15 Ídem.
16 Ídem.
17 Ídem.
18 Fidel Castro Ruz, La victoria estratégica, capítulo 13,
“El combate de Meriño”.
19 Ídem.
20 Ídem, como todas las
citas siguientes.
Publicado 31st August 2014 por Alberto N. Manfredi (h)







