miércoles, 14 de agosto de 2019

LA GRAN OFENSIVA DE MAYO


La marina de guerra desembarcó tropas del Batallón 18 de Infantería en las playas del sur de Oriente


A comienzos de abril, el Directorio Nacional, cuya cúpula se hallaba prisionera en la Isla de Pinos, terminó de redactar un documento por el cual se disponía a llamar a una huelga general a nivel nacional, decidido como estaba a desencadenar una guerra de desgaste contra el gobierno.

Los principales puntos de la proclama establecían la suspensión del pago de los impuestos a partir del 1 de abril, paro completo del transporte público, declarar traidor a todo aquel que permaneciese en los cargos oficiales a partir del 5 de abril, lo mismo a quienes solicitasen el ingreso a las fuerzas armadas, conminar a los jueces a presentar sus renuncias y llamar a comercios, bancos, entidades financieras e industriales a cerrar sus puertas. La coordinación de todo el movimiento recayó en Faustino Pérez, quien acababa de salir de prisión, quien hizo un llamado a todas las células de M-26 para impulsar el sabotaje en todo el país.
Mientras eso sucedía en las ciudades, en la sierra Fidel preparaba acciones a gran escala, en tanto el Partido Socialista Popular hacía lo propio en el llano y las zonas urbanizadas intentando sincronizar sus movimientos con la guerrilla. Fue en ese momento que surgieron nuevos roces entre los elementos más conservadores del Directorio Nacional y la agrupación de ultraizquierda, hecho que forzó esta última a enviar un emisario a la sierra para tratar el asunto.

De nada valieron los llamados de Castro instando a admitir a todo el mundo en la lucha. La huelga del 9 de abril fue un rotundo fracaso, desde su llamado a través de los medios en un horario inadecuado1, hasta la nula respuesta por parte de la ciudadanía. Los comercios y los bancos abrieron sus puertas, la industria y el campo continuaron con sus actividades normales y el transporte funcionó como de costumbre. Por otra parte, la gente se dispuso a pagar sus impuestos regularmente y ningún funcionario renunció a su cargo. ¿Qué había pasado? Pues que ni la Confederación General del Trabajo, leal a Batista ni el Partido Socialista Popular, que se consideraba marginado, llamaron a sus afiliados a la acción.
La furia de Fidel fue increíble y la de los miembros del directorio también de ahí el cruce de acusaciones que se sucedió entre todos los implicados.
Castro acusó al Directorio de ineptitud, este a su vez le recriminó su “aventurerismo” y Batista pareció reír último al anunciar el fracaso de sus enemigos y el fiasco de la huelga; tan seguro se sintió, que hasta alardeó con el envío de armas al dictador Trujillo de la República Dominicana.
Pese al desánimo imperante, el Che Guevara no se dejó amilanar y mientras esperaba que las aguas se aquietasen, se abocó de lleno a sus tareas, entre ellas el adiestramiento de los nuevos cuadros, el funcionamiento de Radio Rebelde y la construcción de una pista de aterrizaje con un túnel para ocultar los aviones, esto último con la asistencia de dos pilotos recientemente incorporados al bando rebelde.
Precisamente por la emisora clandestina habló Fidel Castro el 10 de abril, para fustigar a los organizadores de la fracasada huelga general, en especial a aquellos que a su entender, la habían boicoteado, especialmente la Confederación General del Trabajo y ciertos sectores del Directorio Nacional.
Por esos días, Camilo, repuesto de sus heridas, fue enviado a explorar el llano y a su regreso, el 16 de abril, Fidel lo ascendió a comandante, asignándole la región comprendida por las localidades de Bayamo, Manzanillo y Las Tunas, sobre la que no solo iba a tener el mando militar sino también el político, para aplicar la reforma agraria y modificar en el Código Civil. Se trataba, sin duda, de un primer avance sobre el llano, en respuesta a las últimas informaciones recibidas según las cuales, Batista preparaba una gran ofensiva sobre la sierra.
En la segunda mitad del mes, Fidel y el Che se desplazaron hacia sus respectivas bases, el primero en su cuartel general de El Jíbaro y el segundo a una jornada de marcha de allí, en Minas del Bueycito, más precisamente en una hacienda de La Otilia que le había expropiado a un importante propietario de la región, sindicado como enemigo del campesinado y la revolución. De esa manera, se situó a escasos dos kilómetros del campamento enemigo, movida que además de implicar un riesgo considerable, constituía un abierto desafío a las fuerzas de Batista.
Con el propósito de mantener en permanente estado de alerta al enemigo, en horas de la noche el ejército rebelde disparaba decenas de “sputniks” sobre sus posiciones y enviaba numerosas patrullas para mantenerlo en constante tensión, sin embargo, poco tiempo después, el estado mayor guerrillero decidió suspender esas acciones porque las represalias de Sánchez Mosquera sobre los campesinos eran feroces.
Al Che le sorprendía la actitud del comandante enemigo, que quemaba las casas de los pobladores y mataba a los sospechosos de colaborar con la guerrilla, pero jamás se decidió a atacar La Otilia, donde aquellas estaban concentradas en mayor número.

Nunca he podido averiguar por qué razón Sánchez Mosquera permitió que estuviéramos cómodamente instalados en un a casa, en una zona relaitvamente llana y despoblada de vegetación, sin llamar a la aviación enemiga para que nos atacara. Nuestras conjeturas eran que él no tenía interés en entablar combate y que no quería hacer ver a la aviación lo cercanas que estaban las tropas, ya que tendría que explicar por qué no atacaba2.

Una de aquellas patrullas regresaba a su campamento una noche que el Che no especifica, cuando descubrió en el camino numerosos mulos acribillados.
Se trataba de una caravana con armas y víveres enviada desde Bayamo por la red urbana, interceptada a mitad de recorrido por la gente de Sánchez Mosquera, un golpe importante para la fuerza guerrillera aunque no precisamente demoledor.
El mes de abril encontró al Che efectuando constantes marchas e inspecciones y mientras el mundo seguía con interés el desarrollo de los acontecimientos, llegó a manos de Fidel una propuesta del exiliado Dr. Justo Carrillo Morales, antiguo oficial del ejército cubano, que el 3 de mayo de 1956 había encabezado un intento de golpe de estado para derrocar a Batista3.  El ex militar proponía una alianza a cambio de una declaración de reconocimiento hacia lo actuado por el arma, pero el comandante rebelde lo rechazó terminantemente por considerarlo propaganda para las fuerzas armadas.



Huber Matos tuvo el primer indicio del temperamento autoritario y complejo de Fidel Castro, la noche de su llegada, en casa del hijo de Crescencio.
El comandante supremo llegó alrededor de las 21.45 acompañado por un grupo de oficiales e irrumpió de manera repentina, ingresando por la puerta lateral. En eso momento dominaba el bullicio en la sala principal, mientras los presentes cenaban y hablaban animadamente.

-¡Aquí está Fidel! – dijo Crescencio cortando el bullicio y poniéndose de pie.

El corpulento líder avanzó dando grandes zancadas y una vez en medio del comedor, se detuvo y mirando a los presentes preguntó por el jefe de la expedición. Lo acompañaban Celia Sánchez, Haydee Santamaría, Delio Gómez Ochoa, René Ramos Latour y el capitán Ramón Paz.

-¿Quién de ustedes es Huber Matos?

El aludido se puso de pie y entonces Fidel le extendió la mano e inmediatamente después lo estrechó en un abrazo de oso.

-Bueno, creo que tienes mucho que contarme – le dijo pleno de alegría y excitación.

Alguien le señaló entonces la cabecera de la mesa, de frente a Huber y dando otros tres largos pasos, cubrió la distancia para tomar asiento en tanto los presentes lo seguían con fascinación. Pero la sonrisa que llevaba en el rostro desapareció cuando se percató que entre los comensales se hallaba Pedro Miret, quien intentó sonreír al ver la mirada afilada del máximo jefe.

-¿Y tú que haces aquí? – le preguntó Fidel notablemente molesto.

-Mira, Fidel – respondió el aludido – si yo no vengo en esta, no hay expedición.

Ante semejante descaro, Matos sintió que la sangre le hervía en las venas.

-Sobre eso hay mucho que hablar; vamos a dejarlo así por ahora – dijo y enseguida se calló para que la cosa no pasase a más.

Finalizada la cena, se formaron varios grupos de gente que charlaban animadamente. Huber se acercó a Celia Sánchez, quien se hallaba exultante y plena de entusiasmo y supo por su boca que Castro había estado preocupado por el asunto de las armas, preguntando constantemente por ellos. “Tranquilízate – solía decirle ella– esa gente viene”.
Cuando Huber salió de la casa, vio que numerosas personas rodeaban a Fidel, todos alborozados y plenos de entusiasmo, mucho más cuando aquel tomó uno de los fusiles que acababan de traer y comenzó a examinarlo.

-¡Ahora sí ganamos la guerra! – sintió que exclamaba feliz mientras manipulaba el arma- ¡Con esto los destrozamos!

Y mientras lo hacía, efectuaba disparos al aire que se perdían en medio de la noche. Inmediatamente después tomó una ametralladora y repitió la acción y así con varias piezas más mientras quienes le rodeaban, Huber Matos entre ellos, lo observaban sonrientes.
En un determinado momento, Fidel Castro tomó a Manuel Rojo del Río por un brazo y le manifestó que necesitaba hablar con él mientras se lo llevaba hacia un costado. Lo primero que hizo fue excusarse por aquella especia de secuestro que había sufrido y por su traslado semi-forzado a la sierra, explicándole con detalles que tenía urgente necesidad de expertos e instructores.

-Nos sobran hombres –le dijo- pero nos faltan armas y técnicos.

Acto seguido, le encomendó la tarea de adiestrar a la tropa, tanto en el manejo de armas livianas como en la defensa antiaérea porque las incursiones aéreas eran constantes. El argentino escuchó atentamente y aceptó, poniendo como condición que una vez finalizado el período de instrucción regresaba a Costa Rica para unirse a su familia. Pasaría un mes y medio junto al ejército rebelde, recorriendo las diferentes posiciones para adiestrar a la tropa en el manejo de las ametralladoras livianas contra los aviones que solían volar bajo, muchas veces rozando las copas de los árboles, al no hallar resistencia. Les mostró como abatir a un aparato que volaba a menos de mil metros de altura y como ponerse a cubierto para disparar sin ser detectado4.
Fidel ordenó cargar las armas en los mulos que había hecho traer para ese fin y dispuso que partieran lo antes posible, varios de ellos hacia las posiciones del Che Guevara en La Mesa y las restó para la Columna 1 que comandaba en persona. Inmediatamente después, dispuso incendiar el avión, porque a su entender era fácil de detectar desde el aire y además, los daños que presentaba hacían prácticamente imposible su reparación. Al comandante rebelde no le interesaba que cayese en manos del ejército y este lo utilizase para propaganda.
Fidel dispuso el transporte de las armas en varios mulos

Acompañados por algunos guerrilleros, Manuel Rojo del Río, Díaz Lanz y Verdaguer regresaron al aparato y después de retirar todo lo que podía resultar útil, abrieron los drenajes, esparcieron el combustible por las alas y le prendieron fuego. Casi inmediatamente, surgieron grandes llamaradas que envolvieron completamente el fuselaje.
Cuando todo el mundo regresaba a la casa del hijo de Crescencio, el estallido de los tanques los hizo girar instintivamente sus cabezas para observar. El espectáculo era dantesco. El fuego consumía al aparato, iluminando fantasmagóricamente la noche.


Después de revisar minuciosamente la partida de armas, Fidel se acercó a Huber Matos y le agradeció lo que había hecho.

-Muy buen trabajo, Huber, excelente. Ahora te mandaré otra vez al extranjero para que te dediques a organizar más expediciones.

Al escuchar eso, Matos sintió que debía decir algo.

-Mire, comandante, hace ya tiempo que quise incorporarme al Ejército Rebelde y usted me mandó decir que en él sería solo un hombre más, que lo que hacía falta aquí eran armas y municiones. Lo entendí perfectamente y puse manos a la obra. Salí del país a buscarlas y aquí me tiene con ellas…

-Es verdad –le interrumpió Fidel cambiando de tono.

-He venido con un grupo de compañeros decididos a luchar y quiero estar al lado de ellos en el combate. Hay suficientes cubanos capaces de organizar expediciones como la nuestra.

-No puedo estar tan seguro – fue la respuesta.

-Sí, los hay. No puedo regresar y dejar aquí a estos hombres. Estoy moralmente obligado a compartir riesgos y sacrificios con ellos.

-¡No, no, yo no lo creo así! – dijo Fidel visiblemente molesto aunque tratando de disimular sus sentimientos- Ésta no es una cosa que depende de ti. Aquí soy yo el que manda, tienes que repetir lo de Costa Rica. ¡Esa es tu función en esta guerra!

Creyendo que la conversación había finalizado, Castro se volvió hacia otro grupo de personas que se encontraban allí, sin imaginar que Matos aún tenía algo más para decir.

-Discúlpeme, no estoy discutiendo su mando, es una cuestión de carácter moral la que alego. Puedo repetirle, palabra por palabra, lo que acabo de decirle; pero creo que no es necesario.  Usted conoce mi intención, me quedo aquí, creo que tengo derecho a disponer de mi vida. Hay otros hombres, como el mismo Ricardo Lorié, que le serán muy útiles trayendo más armas a la sierra.

-Bueno, entonces lo que te interesa es pelear – replicó Fidel contrariado.

-Quiero compartir la suerte de los que han venido conmigo.

-Está bien, quédate –respondió Castro extremadamente molesto- Reúnete con tu grupo, que yo les buscaré un jefe.

Huber se retiró con su gente, para relatarles la conversación que acababa de tener con el máximo comandante. Los hombres expresaron su alegría al saber que se quedaba con ellos pero dejaron ver su preocupación porque Miret pudiese ser su cabecilla. Evelio Rodríguez habló por todos cuando se ofreció a tratar el asunto directamente con Castro y nadie lo detuvo cuando se dirigió directamente hacia él. Ninguno de ellos soportaba la idea de tener a su frente a aquel oportunista.

-Comandante, nosotros nos incorporamos a la lucha pero Miret no puede ser el jefe del grupo. Nómbrenos a otro cualquiera, no nos interesa ese señor.

Atento a la distribución de las armas, Castro no respondió, pero Evelio alcanzó a percibir un gesto de afirmación cuando terminó de hablar. Poco después, Humberto Rodríguez, teniente del ejército rebelde, se aproximó al grupo para decirles que el comandante acababa de designarlo jefe y que le había encomendado organizar con ellos una nueva sección. Se trataba de un hombre agradable y cordial, que había recibido heridas en combate y tenía vasta experiencia como combatiente en la selva. Con él se incorporó también Carlos Mas, joven locuaz de apenas dieciséis años de edad, quien se mostró sumamente servicial a la hora de cargar las armas en mulos y vehículos5.
Los guerrilleros pasaron la noche en aquel lugar y a la mañana siguiente, antes de la salida del sol, partieron hacia la sierra divididos en varios grupos.

A mediados del mes de mayo el ejército cubano lanzó la gran ofensiva de verano, denominada Operación FF (Fin de Fidel), que consistía en un amplio movimiento de pinzas destinado a envolver sierra y bloquear todos sus accesos.
Ni bien se enteró de ello, Castro mandó construir bastiones defensivos, cavar trincheras, establecer puestos de observación y señalar lugares para montar emboscadas, al tiempo que distribuía sus fuerzas para vigilar cada uno de los caminos por los que podía llegar el enemigo. Para ello, posicionó a Crescencio Pérez en el monte Caracas e hizo lo propio al este con Ramiro Valdés, para contener cualquier intento por el lado de La Mesa y La Botella.

Fidel Castro y Juan Almeida durante las acciones

El 6 de mayo el Ejército ocupó las primeras estribaciones de la sierra y capturó a un combatiente, al que sometió a interrogatorio. Cuarenta y ocho horas después, unidades de la marina de guerra se aproximaron a la costa, entre Chivirico y la Ensenada de las Cuevas, para desembarcar al Batallón 18 en dos diferentes puntos y el 10, la aviación bombardeó La Plata.
La ofensiva del ejército fue de tal magnitud, que Fidel Castro llegó a temer por la suerte de la revolución, una sensación en extremo desagradable que incluso lo llevó a pedirle a Celia una dosis de cianuro por si caía en poder del enemigo6.


El Che, mientras tanto, recorría el dispositivo defensivo e impartía directivas para reforzarlo. Cuando viajaba de La Mesa a Minas de Frío recibió una nota de Fidel pidiéndole que regresase al campamento y mencionándole la posibilidad envenenar los pozos de agua poniendo en práctica una táctica similar a la de “tierra arrasada”.
En cumplimiento de esa directiva, Guevara le pidió a Oscar Fernández Mell, un médico de La Habana recientemente incorporado a la guerrilla, que lo acompañase y juntos abordaron un jeep para dirigirse a El Jíbaro.
Desplazándose a gran velocidad tomaron por diferentes senderos, huellas en plena selva, caminos de cornisa y lodazales, esquivando rocas, troncos, pozos y animales de todo tipo.
Fernández Mell viajaba en silencio, pálido y temeroso, sujetándose con fuerza de la estructura del vehículo y así continuó durante todo el trayecto hasta alcanzar el campamento central, donde llegaron a media tarde. Cuando su compañero de viaje le dijo que era la primera vez que manejaba en esas condiciones, casi se cae desmayado.
Fidel, por su parte, efectuaba una recorrida de inspección por el frente costero. Una vez de regreso, envió a la eficaz Lidia Doce, su nuevo correo, a establecer contacto con sus enlaces en La Habana, Manzanillo y Camagüey para acordar una estrategia7.
Mientras tanto, las visitas al territorio liberado continuaban, en especial las de los miembros de la cúpula del PSP y otros militantes comunistas que buscaban estrechar filas con el ejército rebelde.
Entre el 19 y el 20 de mayo el que regresó fue Masetti, para hacerle un nuevo reportaje a Fidel. El periodista argentino, futuro líder guerrillero, estaba tan fascinado con el movimiento y sus cabecillas, que había buscado cualquier pretexto para volver a contactarlos. Partió de vuelta el día 22 y eso posibilitó una nueva reunión entre el Estado Mayor guerrillero y el PSP, representado en este caso por Lino y Rafael.
Traían ambos muchas expectativas pero todo quedó en lo mismo. Como siempre, se hicieron muchas promesas, se establecieron principios de acuerdo, se habló de cerrar filas pero una vez finalizadas las conversaciones, renacieron los resquemores y todo quedó en la nada.
A Fidel Castro le preocupaba sobremanera la ofensiva del Ejército, cuyo avance sobre la sierra parecía inminente, más cuando se filtró información de que Washington, temeroso de las tendencias de algunos altos dirigentes del ejército rebelde y de las inclinaciones de su máximo líder, reanudó el envío de armas al régimen de Batista, incluyendo 300 cohetes aire-tierra que llegaron a través de la Base Naval de Guantánamo y 30 tanques provenientes de Nicaragua, a bordo de un carguero, burdo intento por hacer creer a la opinión pública que quienes estaban proveyendo esos blindados eran los dictadores Luis Anastasio Somoza8 y Rafael Trujillo.
La entrevista que Fidel Castro le concedió al corresponsal para América Latina del “Chicago Tribune”, Jules Dubois, a través de Radio Rebelde, fue lo que terminó de decidir al Departamento de Estado en cuanto a ofrecer su colaboración a Batista para acabar con la guerrilla9, aun cuando el líder revolucionario había manifestado que el Movimiento 26 de Julio nunca había hablado de socialismo, ni de nacionalizar industrias. Incluso había hecho referencias a revisar la vieja constitución de 1940, que establecía claramente las garantías, derechos y obligaciones de todos quienes participasen de la producción, incluyendo la libre empresa y la inversión extranjera.
A comienzos de junio, la Fuerza Aérea cubana utilizó por primera vez los misiles norteamericanos. En uno de esos raids, destrozó la finca de Mario, uno de los tantos guajiros que colaboraba con la revolución, provocando tal furia en Fidel, que en una carta dirigida a Celia Sánchez, habló de hacerle pagar a los Estados Unidos lo que estaban haciendo10.
Por entonces, el comandante supremo tenía en el Che Guevara a su brazo derecho y único confidente. En esos días las dudas lo asaltaban a menudo, sospechaba de todo el mundo y no creía en las capacidades de nadie.

Fidel desconfiaba del discernimiento y las decisiones de prácticamente todos sus subordinados, pero esas dudas nos se extendían al Che, quien se había convertido en su principal confidente y, en los hechos, jefe de estado mayor. Cuando estaban separados, le enviaba esquelas constantemente para comunicarle planes militares, asuntos financieros, maniobras políticas y, como un joven entusiasta, relatar los experimentos con las armas nuevas producidas por la fábrica11.

La gran ofensiva del ejército comenzó entre el 15 y el 20 de mayo cuando 10.000 efectivos divididos en 14 batallones al mando del general Eulogio Cantillo, se movilizaron en dirección a la sierra, apoyados por poderosas piezas de artillería, divisiones blindadas, unidades navales y la aviación. Todo para combatir contra 280 hombres mal armados y peor alimentados, que padecían los rigores del clima y el terreno, así como enfermedades, deserciones e incluso, el accionar de los delatores.
Cantillo reforzó las guarniciones costeras por el sur, intentando cortar una posible retirada por ese lado, apostó fragatas en puntos estratégicos del litoral para batir con sus piezas las elevaciones, desplegó dos batallones por el norte y ubicó a la sección del mayor Raúl Corzo Izaguirre en el ingenio azucarero de Estrada Palma, a solo 1 kilómetro de Las Mercedes, de frente a las posiciones de Crescencio Pérez.
Al este de Bueycito, el Batallón 11 de Infantería al mando de Sánchez Mosquera se dispuso a avanzar sobre el sector ocupado por la columna del Che, dirigida en esos momentos por Ramiro Valdés, en tanto el Batallón 18 permanecía en la desembocadura del río La Plata como reserva.
Por el lado de las fuerzas rebeldes, Castro mantuvo su comando en Las Mercedes con permanentes enlaces yendo y viniendo entre las diferentes posiciones, a saberse, Las Vegas de Jibacoa, La Plata, Mompié y Minas del Frío, con la Escuela de Reclutas a medio camino entre esta última base y el cuartel general de Fidel, dispositivo bien distribuido que abarcaba un espacio de 12 kilómetros, con el mar por el sur a solo 14 millas de la retaguardia.
Solo el Che inspiraba confianza a Fidel Castro (Fotografía: Roberto Salas)

El 19 de mayo la aviación lanzó un nuevo ataque, ocasionando daños relativos. Inmediatamente después, Corzo Izaguirre adelantó sus fuerzas hacia Las Mercedes pero fue contenido y rechazado por Crescencio Pérez a solo 400 metros de la línea defensiva.
Desde hacía bastante tiempo Fidel dudaba de la capacidad de Crescencio y por esa razón, le pidió al Che que se hiciera cargo de aquella fuerza, directiva que el argentino se apresuró a cumplir de manera inmediata. De esa manera, dio comienzo una batalla de tres meses, en la que ambas fuerzas se jugarían todo, el prestigio, la victoria y la supervivencia.
La actividad que desplegó el Che Guevara en esos agitados días fue febril, supervisando personalmente las diferentes posiciones, distribuyendo armamento, seleccionado cuadros, organizando la defensa, emboscando unidades enemigas y hasta dándose tiempo para asistir a una asamblea de campesinos en la que, entre otras cosas, se abordó el conflictivo tema de la reforma agraria.
En plena batalla, llegó Lidia con la novedad de que en La Habana, Faustino Pérez se negaba a entregar el mando. Sin embargo, apenas hubo tiempo para tratar el asunto porque el desarrollo de las acciones acaparaba toda la atención de los mandos. Guevara se vio forzado a regresar al frente para reorganizar la defensa, enviando a los combatientes novatos a construir trincheras y resguardos en torno a Las Mercedes.
Mientras tanto, las deserciones y los juicios por traición golpeaban duro en el corazón de la guerrilla. Tras un nuevo raid aéreo en el que dos cazas dispararon cohetes sobre las posiciones de Guevara (4 de junio), por lo menos diez combatientes pidieron abandonar las filas, entre ellos algunos encargados de lanzar las granadas “sputniks”. El Che se vio en la necesidad de buscar reemplazantes y cuando una segunda incursión provocó nuevas deserciones, no le quedó más remedio que echar mano de los reclutas inexpertos que había puesto a trabajar en las defensas próximas a Las Mercedes.
Dada la envergadura de la ofensiva y el volumen de las fuerzas que avanzaban sobre el ejército guerrillero, Fidel Castro volvió a sugerir envenenar los pozos de agua y convertir los desfiladeros en trampas mortales pero a falta de hombres para la tarea, se dejó la idea a un lado para abordar otros asuntos que requerían mayor urgencia.
Por esos días llegó al campamento rebelde un personaje extraño, Frank Surgis, aventurero norteamericano nacido en Norfolk, Virginia, el 9 de diciembre de 1924, cuyo verdadero nombre era Frank Angelo Fiorini, quien venía a “ofrecer sus servicios” como combatiente y asesor12.
No era el primer estadounidense en llegar a la sierra para sumar su concurso. Entre los colaboradores con los que el Che contó para adiestrar combatientes en la Escuela de Reclutas se encontraba Herman Marks, un veterano de la guerra de Corea que tenía experiencia en la guerra de guerrillas, pero de movida, la actitud del recién llegado despertó recelos en la cúpula guerrillera, especialmente en Guevara, que lo suponía agente del FBI o la CIA (no se equivocaba). Inexplicablemente, este sujeto, llegado de la nada, fue admitido sin más trámite que su pedido de incorporación y de esa manera, siguió la campaña hasta la victoria final y la huida de Batista, recabando información para pasar a la central de inteligencia.
Cuando el Batallón 18 terminó de posicionarse en el extremo occidental de la sierra (10 de junio), Fidel Castro asumió personalmente la defensa de Las Vegas, que parecía ser el siguiente objetivo del enemigo. Para entonces, el Che Guevara se había hecho cargo de las tropas que mandaba Crescencio y había mandado fusilar a un oficial rebelde acusado de homicidio. Sucedió el 14 de junio, cuando cumplió 30 años de edad pero apenas tuvo tiempo de recordar el acontecimiento, porque la situación era en extremo crítica.
Cuando Guevara llegó al frente para relevar a Crescencio, Fidel se retiraba de Mompié, cediendo el terreno al enemigo, que avanzaba en dirección a El Descanso, para seguir luego hacia Los Lirios, donde fue detectado por las avanzadas de Lalo Sardiñas, que sin pérdida de tiempo, se apresuraron a dar cuenta de la novedad.
El 16 de junio, el general Cantillo emitió desde Bayamo la directiva Nº 99 ordenando que dos compañías del Batallón 18 se desplazasen por el río La Plata para unirse a las tropas que convergían desde el norte y marchar cuesta arriba. Eso permitió al Ejército apoderarse de Las Vegas de Jibacoa y continuar hacia Minas de Frío, obligando al Che a reforzar los espacios inmediatos a las posiciones que abandonaba Fidel. La situación parecía apremiante porque el 20 de junio el enemigo tomó las Vegas de Jibacoa y capturó Santo Domingo13.
El ejército cubano se dispone a penetrar en la sierra

Con las tropas rebeldes en plena retirada, el argentino alcanzó Mompié, en cuyas inmediaciones se reunió con Fidel, a quien encontró en extremo atribulado. Tan preocupado estaba el comandante supremo guerrillero que le pidió que permaneciera junto a él al tiempo que despachaba órdenes indicándoles a Camilo Cienfuegos y Juan Almeida que regresasen.
La noche del 26 de junio se produjeron cuatro fugas importantes, la de un delator de apellido Rosabal, la de Pedro Guerra que al fugarse se llevó consigo un revolver y la de dos oficiales del ejército prisioneros. El Che lanzó a varios hombres en su persecución y a medida que fueron cayendo los pasó por las armas, sin juicio previo.
Esa misma tarde, el Batallón 18, ocupó Jigüe, lo que parecía indicar que la ofensiva estaba alcanzando su clímax pero para sorpresa de Castro y el Che, en lugar de continuar el avance, su comandante, se dedicó fortificar el lugar, perdiendo un tiempo precioso.
El 28 de junio por la mañana, el Batallón 22, al comando del coronel Eugenio Menéndez, se apoderó de Santo Domingo y una vez allí, recibió un mensaje de Sánchez Mosquera ordenándole seguir el curso del río hasta la localidad de Santana y establecer allí su campamento.
Poco tiempo después, el Batallón 17 ocupó el desierto caserío de San Lorenzo, recientemente abandonado por sus pobladores, en tanto las compañías 91 y 93 del Batallón 19 al mando del capitán Martínez Torres se desplazaban hacia Meriño, siguiendo el camino de El Tabaco y la loma de Caraquita. En ese último punto chocaron con la sección del teniente Ciro del Río, que por orden del Che había montado una emboscada en el lugar. Se desató allí un breve aunque nutrido tiroteo que finalizó con la retirada de los guerrilleros y el avance del destacamento regular hasta el caserío, que como San Lorenzo, había sido abandonado por sus habitantes.
Para entonces, había dado comienzo la primera batalla de Santo Domingo, que marcó el fin de la ofensiva gubernamental.
Con el Batallón 22, iniciando el avance hacia Santana y el Nº 11 haciendo lo propio en dirección al río El Naranjo, debía concretarse el movimiento de pinzas que quedaría cerrado al tomar contacto ambas unidades con el Batallón 18, que llegaba por el sur14.
Para Fidel resultaba vital impedir que el enemigo alcanzase el curso superior del río Yara y para ello, ubicó a Lalo Sardiñas en las inmediaciones de Pueblo Nuevo, convencido de que esa era una de las rutas por las que iba a llegar el enemigo. El Batallón 22 continuó su avance en dirección a El Cacao, atravesando primeramente El Verraco y al no ser advertido por el comandante del Nº 11 de que había presencia enemiga en las inmediaciones, con la que se había topado dos días antes, se introdujo de lleno en la trampa.
La celada de Lalo dio cuenta de su vanguardia. El estallido de una mina colocada en el camino unos metros antes de la emboscada, tuvo efectos demoledores y el fuego combinado que siguió inmediatamente después, obligó a los guardias a aferrarse a sus posiciones junto al río y mantenerse inmóviles.
La vanguardia del batallón fue prácticamente aniquilada porque de nada sirvió el fuego de la sección de morteros que comenzó a caer sobre la posición guerrillera a partir de las 14.10. Esta se mantuvo firme y obligó al enemigo pegarse al terreno prácticamente sin levantar la cabeza.
Diez minutos después, el pelotón de Zenón Meriño bajó de la loma que ocupaba en El Naranjo y arremetió contra uno de los flancos del Batallón 22. El refuerzo que recibió de Andrés Cuevas sirvió para comprometer aún más la situación de las fuerzas regulares que para peor, sintieron el rigor de la ametralladora 50 de Braulio Curuneaux, que logró contener a los refuerzos recientemente llegados del Batallón 11 e incluso los rechazó apoyada por el fuego concentrado de los demás tiradores.
Dos veces los guerrilleros contuvieron a Menéndez y finalmente lo obligaron a abandonar el sector.
La noche sorprendió a las tropas de Batista en situación desesperante, con la Compañía N del Batallón 22 diezmada, el grueso aferrado al terreno y el resto muerto o dispersándose en diferentes direcciones.
Aquella victoria fue el primer indicio de que el ejército regular, integrado mayoritariamente por conscriptos inexpertos, recientemente incorporados, comenzaba a acusar el golpe. Además, sirvió para elevar la moral de los efectivos rebeldes, bastante alicaída hasta entonces.
La gente de Lalo se apoderó de 30 fusiles, una ametralladora de 30 mm, un mortero de 60, municiones, parque y al menos 60 mochilas, además de abatir a una veintena de efectivos y capturar veintitrés prisioneros.

En lo que a Camilo Cienfuegos respecta, esa misma tarde llegó a La Plata, en cumplimiento de la orden de Fidel y desde ahí emprendió una dura caminata hacia Casa de Piedra, sabiendo que la sección de Félix Duque también se dirigía hacia allí. Debía montar una emboscada y esperar los refuerzos que enviaba Cantillo, para neutralizarlos.
Mientras tanto, en Santo Domingo, las cercadas tropas del Batallón 11 comenzaban a quedar rodeadas por Ramiro Valdés, que por orden de Fidel se había desplazado hacia El Cacao, sincronizando sus movimientos con los de Guillermo García, que debía adelantar sus líneas hacia La Manteca, cerrando por el sur cualquier intento de escape o de llegada de refuerzos.
Por el norte, en tanto, René Ramos Latour (Daniel) permanecía en reserva, lo mismo Andrés Cuevas y Lalo Sardiñas, en sus posiciones próximas a Pueblo Nuevo, bloqueando el paso al Batallón 22 que vivaqueaba a orillas del río. La idea era desgastar a esa tropa y después de desbordarla, desplazarse hacia Santo Domingo, para reforzar a las unidades de Ramiro, Guillermo y Almeida.
Lalo Sardiñas
Fidel no disponía de más gente, es decir, no podía cerrar totalmente el dispositivo por ese lado enviando soldados a la región de Leoncito, pero eso no le preocupaba demasiado porque si el enemigo intentaba algún movimiento en ese sentido, debería hacerlo por el río y eso permitiría interceptarlo con relativa facilidad. Y en ese sentido, Camilo fue advertido para que estuviese preparado, de ser necesario actuar.
El domingo 29 de junio, por la mañana, Camilo se topó con una sección de Sánchez Mosquera que iba en socorro del Batallón 22, trabándose ambas en duro combate. Las tropas regulares intentaron perforar las líneas guerrilleras en El Naranjo pero les faltó empuje y fueron detenidas y luego rechazada hacia Santo Domingo. Los guardias retrocedieron llevándose consigo al menos diez heridos, según el parte que Camilo le envió a Fidel, pero la guerrilla sufrió una baja fatal, la de Wilfredo Lara, cuyo nombre de guerra era “Gustavo”, muerto en el firme de Casa de Piedra, cuando se intentaba contener al enemigo en retirada.
De acuerdo al parte emitido por Radio Rebelde al finalizar el enfrentamiento, las fuerzas rebeldes se hicieron de un fusil ametralladora Browning, dos Garand, tres San Cristóbal, una carabina M-1, tres fusiles Springfield y unas 3 000 balas15.
Inmediatamente después de finalizado el combate, Camilo se dirigió río arriba hacia Santo Domingo para dar apoyo a la sección que se disponía a arremeter sobre esa posición en tanto el pelotón de Duque regresaba a su antigua ubicación en las alturas de Gamboa.
Esa misma noche, después de confirmar que su gente ocupaba las posiciones asignadas, Fidel le ordenó a Guillermo avanzar desde El Cacao hacia la finca de Lucas Castillo, donde Sánchez Mosquera tenía instalado su puesto de mando. La idea era partir a la fuerza enemiga “…en dos partes por ese sector, atacando también desde Naranjo, Santana y casa de Piedra”16, movimiento que podía significar la victoria final.

Realmente, nuestra impresión después del primer triunfo en Pueblo Nuevo era que podíamos aprovechar la situación creada para tratar de obtener la captura del grueso de la fuerza enemiga estacionada en Santo Domingo, lo cual sería algo determinante para el curso posterior de la ofensiva enemiga. La posibilidad de poder derrotar y capturar una de las tres agrupaciones enemigas principales que actuaban contra nuestras fuerzas, de ellas la más poderosa, mejor equipada y comandada por uno de los jefes más notorios con que contaba el Ejército de la tiranía, era demasiado atractiva como para dejar pasar la ocasión sin intentarlo. No cabría duda alguna de que, si éramos capaces de lograr ese objetivo, el mando enemigo sufriría un golpe del que difícilmente podría recuperarse, tanto por la significación moral de nuestra victoria como por la implicación material negativa, ya que se vería privado de una de las piezas fundamentales para sus planes. Nuestras fuerzas, por su parte, recibirían una importante inyección de recursos con los que podríamos asumir la iniciativa y lanzarnos a una contraofensiva indetenible17.

El 3 de julio tuvo lugar un breve enfrentamiento entre las avanzadas del ejército y la columna de Guevara. El combate fue desfavorable para el comandante argentino y viendo que había sido desbordado, decidió retirarse para evitar caer muerto o prisionero. Tal como apuntó en su diario con cruda franqueza, aquella fue una de las pocas veces que experimentó un miedo pánico y sintió la “necesidad de vivir”.
La experiencia fue en extremo intensa y lo hizo reflexionar en lo que a valores y riesgos se refiere así como a tomar mayor conciencia de la necesidad de preservar a los máximos cuadros para dirigir a la tropa hacia el triunfo final.
De regreso en su campamento, lo esperaba una carta de su madre, una suerte de bálsamo después de haber visto la muerte tan cerca y le debó haber servido para relajarse y bajar la adrenalina.
La lectura lo llevó de regreso al seno de su familia, en la lejana Argentina. El pasado 2 de abril, Ana María, su hermana menor, se había casado con Facundo Chávez; Roberto era padre de dos hermosas rubias de 1 y 2 años y su mujer, esperaba un tercer hijo; Celia y su novio Luis Rodríguez Argañaraz habían recibido un premio de la Facultad de Arquitectura y progresaban en su trabajo, el pequeño Juan Martín seguía adelante con sus estudios y la tía María Luisa continuaba deprimida y enferma aunque siempre preguntaba por él. Por entonces, sus padres se habían separado y don Ernesto vivía en su oficina de la calle Paraguay, muy cerca de la Facultad de Medicina, donde seguía intentando hacer buenas operaciones inmobiliarias. Y en lo que a separaciones se refiere, desde hacía bastante tiempo, el Che maduraba la idea de divorciarse de Hilda por quien, justo es decirlo, nunca sintió demasiada atracción. Incluso ella había intentado contactarlo varias veces desde Perú pero él no le respondió ni encontró tiempo para escribirle unas líneas. Su vida era entonces en extremo intensa y las pasiones las descargaba con la bella mulata Zoila o con alguna ocasional campesina cautivada por sus encantos.

Mientras tanto, en la Sierra de Cristal, Raúl Castro obtenía importantes victorias y daba demoledores golpes de mano contra las fuerzas gubernamentales. En respuesta a los bombardeos con napalm y cargas de alto poder que la aviación venía llevando a cabo desde el comienzo de la ofensiva, el 26 de junio atacó las instalaciones de la Moa Bay Mining Co., tomando prisioneros a una docena de empleados norteamericanos y canadienses que trabajaban allí. Repitió la acción en las minas de níquel de Nicaro y el ingenio azucarero de la United Fruit de Guaro y mientras el gobierno todavía acusaba esos golpes y se esforzaba por ofrecer las correspondientes disculpas al Departamento de Estado norteamericano, secuestró un ómnibus que se dirigía hacia la base estadounidense de Guantánamo y tomó prisioneros a los veinticuatro marines que viajaban en él, para llevárselos al interior de la jungla.
Ni bien llegó a su campamento, emitió un comunicado denunciando los indiscriminados ataques de la aviación sobre los poblados campesinos aclarando que sus últimas acciones habían sido en respuesta a la provisión de armas de Estados Unidos al gobierno cubano.
Cuando el senado norteamericano presionó al poder ejecutivo exigiendo la inmediata intervención militar, Fidel Castro le hizo llegar un mensaje a su hermano, a través de Radio Rebelde, ordenándole liberar inmediatamente a los prisioneros. El comandante supremo de la revolución parecía ceder a las presiones internacionales pero acababa de lograr un gran triunfo al quedar al descubierto la asistencia de Washington al régimen de Batista.
Cumpliendo con aquel mandato, Raúl comenzó a liberar poco a poco a los cautivos, soltando a los últimos el 18 de julio. Tan temerario y peligroso había sido su proceder, que el mismísimo Guevara lo calificó de extremista.

La mañana del 6 de julio; Fidel recibió en su comando la confirmación de que el Ejército estaba entrando en Meriño. Lo hizo a través de una nota que Celia Sánchez le envió desde La Plata donde decía que el Che, llamó a través de la flamante línea telefónica que la guerrilla extendió hasta Minas de Frío, para informar a Piti Fajardo que  250 guardias acababan de ingresar en la zona en dirección a El Roble y preguntaba si retiraba las fuerzas de Las Vegas y las llevaba hacia ese punto para defender la posición.
“Que no retire las fuerzas de las Vegas –fue la respuesta de Castro- Que yo mando refuerzos para tomar El Roble. Que traslade al Roble la bomba de 100 libras”18.
ANDRES CUEVAS
La situación obligó al comandante supremo a alterar los planes. En lugar de dirigirse a Minas de Frío, como tenía pensado, se encaminó hacia El Roble de Meriño, encabezando el pelotón de Andrés Cuevas y una de las escuadras de Camilo a las órdenes de Felipe Cordumy, a quienes pensaba ubicar en dos emboscadas par cortar el avance de los guardias e impedirle su retirada. Al mismo tiempo le envió un mensaje a Lalo Sardiñas, apostado en Pueblo Nuevo, para que se dirigiese lo más rápido posible a Minas de Frío y desde allí partiese a reforzar la emboscada de Cordumy. Fidel aspiraba a capturar la tropa que se había aventurado a ingresar en Meriño e impedir la llegada de refuerzos desde San Lorenzo.
Con la llegada de Jaime Vega para fortificar la posición de Cuevas, quedó bloqueada toda intentona que el enemigo pudiese efectuar para superar El Roble y alcanzar al Batallón 18 que trepaba la sierra por el Sur.
Mientras las fuerzas a su mando efectuaban todo ese despliegue, Fidel Castro le envió un mensaje a Camilo, en Santo Domingo, poniéndolo al tanto de sus últimas decisiones:
Esta Columna de guardias está en una verdadera ratonera. Lo que necesitamos es alguna tropa más, para impedir la llegada de refuerzos. Pero no quiero debilitar esa posición [la de Santo Domingo]; por eso, después de pensarlo muy bien, he decidido mover de ahí, la única tropa, que no está en posición defensiva, sino de ataque: la de Lalo. [...] Con Lalo aquí, creo que podemos hacer algo bueno19.
El comandante guerrillero sabía perfectamente que la posición enemiga en Santo Domingo se hallaba debilitada y que apenas podía realizar alguno que otro movimiento defensivo, de ahí que al comunicarse con el Che le explicase su decisión de desplazar a Raúl Castro Mercader desde Pueblo Nuevo a Minas de Frío para mantenerlo en los alrededores como reserva.
Lalo Sardiñas llegó a Meriño a marchas forzadas. La primera impresión que tuvo del lugar fue mala y por eso, al mediodía del 6 de julio le escribió a Fidel comentándole que tras inspeccionar la posición, había llegado a la conclusión de que no era un lugar adecuado para montar una emboscada y por esa razón, exploraría otro un poco más abajo. En vista de ello, su superior le envió doce hombres de refuerzo para cubrir todos los accesos y con ellos una nota que contenía las siguientes instrucciones:

Te mando los hombres que quedaron. Sitúalos en el otro punto que te indiqué con un jefe valiente, que cuide aquel camino y a la vez ataque por la retaguardia a cualquier grupo enemigo que intente salir de Meriño, por el camino donde tú estás20.

Lalo ubicó a los recién llegados sobre una saliente del pico Caraquitas y designó a Néstor Labrada a cargo de la sección, encomendándole expresamente mantener cubierto el camino de Limones.
Después de estudiar detenidamente la posición, Fidel Castro mandó llamar a Braulio Curuneaux a El Naranjo para ubicarlo con su ametralladora 50, al este del cerco, sobre la falda que conducía a La Magdalena, en una posición contigua a la del Che y la escuadra de Hugo del Río, que vigilaba el acceso a Minas de Frío.
Al amanecer del 7 de julio llegó hasta su puesto de mando un nuevo mensaje del Che con lo que Fidel denomina “una confusa información de Cuevas egún la cual, los guardias venían subiendo por El Roble. Obligado a replantear su estrategia, redactó una nota para Guevara, que despachó de forma urgente a las 11.50 de esa misma mañana. Decía la misma:

Si Cuevas dice que los guardias subían por el Roble, puede significar que vienen de la playa hacia arriba y no tenga nada que ver con los movimientos en Meriño. Si así fuera, lo que tiene que hacer él es virar los cañones hacia el otro lado, mientras planeamos alguna otra maniobra. Si eso fuese rigurosamente cierto, el plan nuestro podría ser destacar una patrullita que se hiciera fuerte en una posición buena un kilómetro o dos más debajo de Cuevas, para ver si, cuando aquella haga contacto con el enemigo, los de Meriño avanzan hacia abajo y caen en la trampa. Trata de ver qué quiso decir Cuevas.

No fue más que una falsa alarma porque ninguna tropa llegó por la ruta del sur como Cuevas mencionaba. En definitiva, no existió ese presunto movimiento enemigo, pese a que, como dice Castro en su libro La victoria estratégica, ese era el movimiento más lógico desde el punto de vista del mando gubernamental, porque con él, el territorio en poder de la guerrilla, en el sector más occidental, quedaría dividido y todas sus fuerzas al oeste del río La Plata, separadas y desvinculadas de las demás.
Castro y su estado mayor esperaban ansiosamente que las tropas del ejército se introdujeran en la trampa que habían montado pero no ocurrió así. A las 06.10 del 7 de julio, el Che le mandó decir que los soldados preparaban sus mulos en Meriño y según su parecer, se disponían a iniciar algún movimiento hacia el sector de El Roble, pero no tenía plena seguridad de que fuese así. A las 07.40 envió un segundo mensaje que decía lo siguiente:

Ya aparejaron todos los mulos y quitaron la posta del lado del alto de Meriño. Aparentemente esperan algo de la aviación. Ya avisé a Cuevas. Si se mueven en algún sentido le doy nuevo aviso. El camino que parece más probable es el del Roble pero todavía están regados en las casas. Hay que tener en cuenta el camino que sube a la Mina [de Frío]. Yo le avisaré a Ciro [del Río] en el momento que avancen para algún lado.

Fidel sintió algo de alivio al comprobar que el Che coincidía con él pero había algo en su interior que le decía que tales movimientos de tropa eran, lisa y llanamente, una retirada hacia San Lorenzo.

La tibia conducta del mando enemigo para asegurar el enlace de esta tropa con otra procedente del Sur, y el hecho cierto de que ordenar a los guardias de Meriño que avanzaran sin apoyo hasta El Roble significaría hacerlos penetrar más aún al interior de nuestro territorio, con la perspectiva segura de caer en una trampa, me hicieron considerar como probable la variante de la retirada.

Aún así, no cantó victoria y a las 07.45 le escribió a Lalo Sardiñas para que adoptase las medidas pertinentes, exponiéndole claramente las dos posibilidades.

Los guardias han aparejado todos los mulos. Ya quitaron la posta del Alto de Meriño; parece que se van a mover hacia el Roble. Debes estar atento. Para cualquier dirección que se muevan vamos a tratar de destruirlos. Si tratan de salir hacia San Lorenzo, cójanlos entre tú y los 12 [de Néstor Labrada], que desde acá se le ocupará el campamento y se les atacará por la retaguardia. Si avanzan hacia el Roble o Las Minas, tu misión es no dejarlos recibir refuerzos.

Una hora y media después, despachó un nuevo parte para el Che.

Ya mandé aviso a Lalo con instrucciones para cada situación. Mandaré explorar los caminos que vienen de San Lorenzo y Las Vegas y tengo a Raúl [Castro Mercader] y los 6 de Camilo [los de Orestes Guerra] listos para moverlos a donde hagan más falta si no fuesen necesarios aquí. Ordené situar en el Alto de Mompié los 7 hombres que quedaban de Camilo en La Plata y hasta Guillermo puede ser utilizado si las circunstancias lo requieren.

No hubo novedades hasta las 17.00 de ese mismo día, cuando Castro redactó un nuevo mensaje para Lalo reiterándole sus indicaciones y las de la escuadra de Labrada.

Todo está bien. Yo espero de un momento a otro se muevan los guardias. Si vienen por ahí, procura matarle la vanguardia y rechazarlos. Los otros 12 deben entonces tomar el camino de Meriño y emboscarse allí para el caso de que los que están dentro intenten atacarte. Esos 12 deben tener un jefe valiente y que sepa lo que tiene que hacer si se quedan aislados del lado de allá; subir Caracas y bajar por el Roble, hasta hacer contacto de nuevo.

Aun suponiendo que el enemigo podía lanzarse hacia El Roble, Fidel ordenó el envío de un mortero a la posición que ocupaba Cuevas, para fortalecer la emboscada en caso de avance, pero esas previsiones fueron vanas porque tal como lo había imaginado, en la mañana del 8 de julio, las tropas del gobierno estacionadas en Meriño iniciaron la retirada hacia San Lorenzo y El Tabaco.
El capitán Martínez Torres, comandante de aquellas tropas, había recibido la orden de avanzar hacia El Roble y continuar ascendiendo hasta Cahuara, para unirse en Jigüe al Batallón 18, maniobra prevista por el alto mando rebelde, pero argumentando que las compañías a su mando, la 91 y la 93 del Batallón 19, se les habían agotado las provisiones, decidió acertadamente retroceder hasta San Lorenzo para aprovisionarse y de ese modo, evitar de caer en la trampa.
Radio Rebelde jugó un papel fundamental durante la batalla
En la foto operada por el Che

El combate de Meriño se inició a las 08.45 del 8 de julio, cuando la vanguardia enemiga entró en la emboscada de Lalo Sardiñas. Al iniciarse el intercambio de disparos, el pelotón de Néstor Labrada situado al otro lado del camino, en la parte alta de una loma, disparó sobre el flanco izquierdo enemigo, forzando a las tropas del gobierno a buscar refugio en el interior de una serie de hoyos naturales mientras intentaban desesperadamente devolver la agresión. Cuarenta y cinco minutos después llegó la aviación para ametrallar el sector ocupado por los guerrilleros, lo que fue aprovechado por las tropas regulares para retroceder hacia las trincheras que habían cavado en los alrededores de Meriño antes de ponerse en marcha y disparar desde allí.
Las acciones se prolongaron hasta el mediodía, cuando Braulio Curuneaux, solicitó instrucciones al comando. Eso confundió un poco a Fidel Castro no solamente porque no tenía certeza de lo que sucedía en el camino de Meriño sino que tampoco sabía el rumbo del enemigo ni los planes que tenía el Che. Por eso, su respuesta no fue demasiado precisa: “…si tú ves que los guardias tratan de forzar el cruce hacia San Lorenzo, atacando a Lalo, y tú los divisas por el firme que sube, dispara sobre ellos a discreción para intimidarlos y dispersarlos”.
Cuando los relojes señalaban las 12.20, aparecieron volando bajo dos bombarderos B-26 y un caza F-47, acudiendo al pedido de auxilio que el capitán Martínez Torres había lanzado desde su desesperada posición. Los aparatos ametrallaron la región y soltaron algunas bombas antes de retirarse, para regresar en forma sucesiva y repetir la operación durante dos horas y media.
Finalizado el ataque aéreo, los guardias intentaron avanzar nuevamente sobre las posiciones guerrilleras pero los tiradores de Lalo Sardiñas volvieron a contenerlos.


Tras el ataque aéreo, las compañías enemigas intentaron avanzar nuevamente sobre las posiciones rebeldes, pero fueron nuevamente rechazadas por los hombres de Lalo y Labrada. Por su parte, el pelotón de Ciro del Río se adelantó hacia una nueva posición que le permitió hostilizar a los soldados por el flanco derecho, con el apoyo de la ametralladora 50 de Curuneaux.
A las 12.50, el Che le envió a Castro el siguiente mensaje:

Me da la impresión que todos los guardias se han descolgado para el otro lado del firme. Traté de hacer contacto con Lalo pero no ha vuelto mi mensajero. Ciro del Río está avanzando por el firme que ellos tenían hacia arriba.

Quince minutos después, mandó otro cuyo texto era el siguiente:

Los guardias estaban en la punta del firme pero parece que Lalo se retiró y ya tomaron la embocadura del camino a San Lorenzo. Estas son conjeturas; exacto no sé nada. Los mensajeros no hicieron contacto con Lalo. De aquí (500 m.) se ven pasar uno a uno para San Lorenzo.

Recién a las 14.00 recibió Castro en su puesto de mando un mensaje de Lalo dando cuenta del desarrollo de las acciones que se estaban llevando a cabo.

Tuvimos combate con los de Meriño. Le vimos 2 muertos pero considero tengan como ocho; esta emboscada de este lado es muy corta, pero le tiré 12 granadas y como ocho satélites a un montón que había en un hoyo y gritaban: “No dejen los heridos, huyan, nos están rodeando”, y uno decía: “avanza por el trillo”, y otro decía “avanza tú”. Duró como una hora y media, empezó a las 9 y 30, la aviación no hizo nada. Están intentando avanzar de nuevo; la emboscada de San Lorenzo no la moví para nada.

Fidel se apresuró a despachar refuerzos para apoyar a Lalo y evitar que los soldados gubernamentales se replegasen hacia San Lorenzo Y así se lo comunicó al Che en un nuevo parte que le envió a las 14.15.

Mandé a Raúl Castro [Mercader] con 8 hombres a reforzar a Lalo. Los 7 hombres que quedaban a Camilo de su columna en la Plata ya están al llegar aquí. Guillermo está situado en el alto de Mompié con su pelotón para trasladarlo aquí si las circunstancias lo requieren.
Si los guardias no han salido, esta noche mandaré 40 hombres a cavar trincheras en la loma donde está Lalo y lo reforzaré con los de Camilo que están al llegar (todos con automáticas y un rifle ametrallador). También situaré la bomba de 100 libras que ya está aquí.

Poco después, el Che y Jaime Vega se pusieron en marcha para atacar las retaguardias de las compañías 91 y 93, que continuaban aferradas al terreno. A las 15.20, Fidel Castro redactó un nuevo mensaje para Lalo, informándole que le enviaba hombres y armamento de refuerzo.

Dentro de unos minutos salen para allá un fusil ametrallador y seis hombres más con armas automáticas. Por la noche mandaré una bomba de cien libras para ponerla en el camino de San Lorenzo. Mandaré hombres también para hacer trincheras. Si se resiste bien ahí los copamos y rendimos.
…………………………………………………………………………………………
Cuevas, Vega, Che, Ciro y una escuadra de Camilo están avanzando por Meriño. Los felicito a todos.
P.D. Mandé a Fonso [Alfonso Zayas] que los tiroteara por el camino de la Mina a San Lorenzo.

El cuerpo de refuerzo que Fidel despachó hacia Meriño, en apoyo de Lalo Sardiñas  contaba con un total de cuarenta hombres al mando de Alfonso Zayas, provistos de un fusil Garand y otros diez de cerrojo. La unidad, tomó por el camino de Minas de Frío en dirección a San Lorenzo y al llegar al llegar a esa posición abrió fuego contra el campamento para forzar a sus ocupantes a salir. Inmediatamente después, ubicó a sus efectivos en un terreno elevado, próximo al camino de Meriño y una vez allí le escribió una nota a Fidel Castro, dando cuenta de sus movimientos.
Apremiados por la situación, los guardias intentaron una nueva salida por el camino de San Lorenzo pero volvieron a ser rechazados y una vez más debieron replegarse, hostigados desde la retaguardia por el Che, Andrés Cuevas, Jaime Vega y la ametralladora pesada de Curuneaux. En su huida abandonaron algunos mulos que Guevara menciona en el parte que le envió a Fidel a las 16.05.

Estoy a 300 m. de los guardias, pero debajo de ellos. Tengo 7 mulos que no los dejamos marchar pero necesitaríamos una ayudita en cualquier dirección, preferentemente retaguardia para tomarlos.

Eso obligó al comandante supremo a replantear una vez más su estrategia. Debía decidir si continuaba intentando forzar la ruta hacia San Lorenzo; si debía hacerlo por el camino de El Tabaco o mantenerse en espera, previendo que el enemigo enviase refuerzos desde aquella localidad. Eso lo llevó a expedir un nuevo parte a Lalo, dándole las siguientes instrucciones y otro a Celia Sánchez en Mompié, con directivas para parte de la oficialidad. Decía el primero:

Salgo a hacer contacto con Che y Cuevas y a ver si puedo reforzar el camino del Tabaco. Hagan una buena defensa de trincheras en el camino que viene de San Lorenzo y pónganle dos bombas. Puedes poner veinte hombres y la trípode hacia San Lorenzo y el resto hacia Meriño. Cuida también tu retaguardia por el firme dónde estás con alguna posta. Fonso [Alfonso Zayas] tomó posesión en un firme cerca del camino que sube a Meriño, para tirotear cualquier refuerzo que venga de S. Lorenzo. Si todavía no se han escapado por algún lado, hay que impedir mañana de todas formas que vengan refuerzos. Llena eso de huecos.

Y el de Celia:

Voy a hacer contacto con el Che y Cuevas. Laferté que se encargue de mandar antes de que sea de noche el personal para cavar trincheras. Guillermo que permanezca ahí.

En ese lapso (17.00), las tropas Martínez Torres intentaron nuevamente romper el bloqueo y ganar el camino en dirección a San Lorenzo, pero una vez más fueron contenidas, intercambiando disparos hasta las 18.30, cuando se vieron forzadas nuevamente a retroceder.
Tal como se lo manifestara a Celia en la nota, Castro abandonó Minas de Frío y partió en busca del Che y Andrés Cuevas, que combatían con la retaguardia del Batallón 19. Durante la marcha, se topó con varios efectivos que se replegaban, siguiendo una orden equivocada, de ahí su vigor al conminarlas a regresar. Ya en la posición de Lalo Sardiñas, intercambió una serie de impresiones y permaneció ahí hasta las 19.45, cuando ya cayendo la noche, procedió a enviarle un nuevo mensaje al Che, comentándole las últimas novedades.

Llego aquí por el camino de la Mina a Meriño y me encuentro una gran confusión. Tengo aquí la escuadra de Ciro que iba en retirada, diciendo que había guardias en Meriño, que a mi entender eran Cuevas y compañía. La 30 iba también en retirada según me dice por orden tuya. Me extraña un poco que tú hayas dado esa orden quedándote ahí.
Acabo de conferenciar con Lalo hace media hora. La cosa por allá está muy bien; pero me temo que los 12 que estaban cuidando el camino de Limones y que por la mañana dispararon contra los guardias, al verse todo el día sin contacto, se retiren por Caracas. Todo eso hay que arreglarlo. A mí me parece que debemos vernos tú y yo, pues las mejores posiciones están o pueden estar en nuestro poder. El refuerzo sólo puede venir por San Lorenzo y yo te aseguro que no llega.
Yo dejaría un poquito de gente por aquí abajo y concentraría la fuerza en el camino que viene de Limones pues son ese punto y la posición de Lalo, en estos momentos, las más esenciales, ya que los guardias para abajo no van a ir de ninguna manera. Los mulos sólo pueden salir por cualquiera de esos dos caminos.

Lo que ocurrió fue que los hombres de Néstor Labrada emboscados en el camino de Limones, abandonaron la loma de Caracas con los siete refuerzos de la columna de Camilo y eso generó la confusión que Fidel subsanó ni bien se topó con ellos. Por otra parte, los refuerzos que la tropa enemiga esperaba en San Lorenzo nunca llegaron y eso selló su suerte y el destino de la batalla.
Atrapado en tan desesperante situación, el capitán Martínez Torres se dejó llevar por los consejos de su guía, el guajiro Armando Rabí y para evadir el cerco, inició el descenso hacia el valle de El Tabaco, tomando los escarpados pasos al otro lado del firme. Al amparo de la obscuridad, los soldados leales se deslizaron sigilosamente por el paso, dejando detrás el total de sus mulos.
Cuando Andrés Cuevas y su gente ingresaron en el campamento, lo hallaron completamente abandonado, con los mencionados mulos y parte del equipo a su disposición.
Fidel recibió la novedad a las 11.30 y quince minutos después le envió un nuevo comunicado a Lalo, poniéndolo al tanto de la novedad.

Los guardias parece que se descolgaron todos para el Tabaco. Dejaron siete mulos con alguna mercancía, calderos y mochilas. No se sabe por dónde se llevaron los otros. Los 12 tuyos, según noticias, se juntaron con siete de Camilo que subieron por el firme de Caracas y estaban por el camino de Limones. Mañana a las 4 y 30 de la madrugada, levanta a la gente y con la primera claridad manda a explorar el firme hasta el camino de Limones, toma el firme con la gente, teniendo cuidado con algún guardia rezagado que pueda quedar y registren todo bien buscando armas, balas, mochilas, etc. En una hora pueden terminar. Deja entonces una posta de seis hombres para que cuiden el camino hasta las 12 del día, y tú trasládate bien temprano para la Mina con el personal a descansar. Los mulos que se ocuparon no tenían balas. Investiga para ver qué pasó con los otros. Trae las minas.

Tal como explica Fidel Castro en su libro, pese a que el combate de Meriño no representó un aporte significativo en materia de armas, municiones y pertrechos, representó otra importante victoria sobre un enemigo mucho más poderoso y mejor pertrechado y sirvió para contener por un tiempo los intentos ofensivos del enemigo.
Las tropas de Batista perdieron ocho hombres y tuvieron un número indeterminado de heridos, en tanto los rebeldes no acusaron ni una sola baja.
Las compañías del Batallón 19 habían logrado escapar pero en el intento, perdieron buena parte de su equipo y se retiraron con el sabor amargo de no haber logrado el objetivo de penetrar en la profundidad en la sierra, unirse al Batallón 18 por el sur y desbaratar el débil dispositivo defensivo enemigo.
Notas
1 Se hizo en un horario poco acorde, a las 11.30 de la mañana, cuando todo el mundo se hallaba en sus lugares de trabajo y solo las amas de casa tenían encendidos sus aparatos.
2 Ernesto “Che” Guevara, Pasajes de la guerra revolucionaria, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1985, p. 72.
3 Carrillo encabezó la asonada junto al general Ramón Barquín, quien fue encarcelado al fracasar el golpe.
4 “Armas para Fidel”, diario “La Nación”, San José de Costa Rica, domingo 4 de mayo de 1958, pp. 20-21. Cumplida su misión, Rojo del Río recibió la autorización de Fidel Castro para regresar a Costa Rica. Lo hizo el 24 de abril, rumbo a Manzanillo, a bordo de un jeep conducido por un guerrillero, llevando como compañeros a dos reporteros norteamericanos, uno de ellos William Mc Iver. Al llegar a una arrocera, los viajeros se apearon y separaron, tomando rumbos diferentes. Rojo lo hizo por un camino que se abría hacia a la izquierda, acompañado por varios miembros del M-26 que, como él, iban armados con ametralladoras. En determinado momento, el grupo se topó con una patrulla policial y eso produjo un breve intercambio de disparos en el que el argentino fue el primero en abrir fuego. Logró evadirse cubierto por sus acompañantes, quienes concentraron el fuego con vigor para permitir su huida por un claro. De esa manera, tras mucho andar, llegó a una vivienda donde le facilitaron algunas prendas de vestir pertenecientes a una secta religiosa. Una vez en Manzanillo abordó un ómnibus que lo llevó directamente a La Habana tras un viaje de varias horas y tras una serie de peripecias en la capital, un conocido de Costa Rica lo proveyó de valija diplomática y pasaporte falsos con los que logró llegar al aeropuerto de Rancho Boyeros para abordar un avión de LACSA, la empresa donde prestaba servicios (ambos pilotos lo conocían) y regresar a San José, para reencontrarse con su familia. Pero su relación con Cuba y el movimiento guerrillero, no habían finalizado.
5 Huber Matos, op. Cit. p. 86-89.
6 Ver Anderson, p. 307.
7 [ver Anderson, p. 308]. Se trataba de Lidia Doce, correo y enlace que junto a Clodomira Acosta, llevarían a cabo una labor en extremo arriesgada llevando y trayendo mensajes de Fidel y el Che, sobre todo de la sierra al llano y las ciudades, desplegando notable valor y audacia. Oriunda de Manzanillo, era viuda y madre de un hijo cuando se produjo el desembarco del Granma.
Al momento de unirse al ejército rebelde atendía una panadería en San Pablo de Yao, donde las fuerzas castristas solían proveerse de víveres. Después que su hijo Efraín se uniera a la guerrilla, ella hizo lo propio, siendo designada para actuar como mensajera entre lso diferentes puestos de la sierra, asi como entre esta y el llano.
El Che conoció a Lidia un día de 1957 en San Pablo de Yao, a poco de ser ascendido a comandante. Le impresionó sobremanera su coraje y entrega y mucho le alegró saber que su hijo integraba el ejército rebelde desde hacía tiempo.
Tanto llegó a ser el respeto que sintió por ella, que además de dedicarle conceptuosas palabras, la designó comandante de uno de los campamentos auxiliares próximo a las líneas enemigas.
Pereció durante una misión a La Habana junto a la también mensajera Clodomira Acosta, el 11 de septiembre de 1958, al ser capturadas por las fuerzas policiales en una casa-refugio de la capital, donde también se alojaban otros combatientes clandestinos como Alberto Álvarez Díaz, Reinaldo Cruz Romeu, Leonardo Valdés Suárez, y Onelio D. Rodríguez. Cunducidos a prisión, sufrieron torturas y vejámenes. Las dos mujeres fueron ajusticiadas el día 17 y sus cuerpos arrojados al mar, donde desaparecieron para siempre.
8 Hijo y sucesor de Anastasio Somoza García, hermano de Anastasio Somoza Debayle, ocupó la presidencia de Nicaragua entre 1957 y 1963.
9 El periodista norteamericano se hallaba destinado en Caracas.
10 Ver Anderson, p. 309.
11 Ídem, p. 310.
12 Finalizada la guerra, Sturgis regresó a su país y en 1961 entrenó a los combatientes anticastristas que tomarían parte en la invasión de Bahía de Cochinos.
13 Fidel Castro Ruz, La victoria estratégica, Capítulo 14 “Contención en Santo Domingo”, https://lapolillacubana.wordpress.com/fidel-la-victoria-estrategica/
14 Ídem, Capítulo 12, “La primera batalla de Santo Domingo”,  http://www.cubadebate.cu/especiales/2010/09/09/la-victoria-estrategica-capitulo-12/#.VHi89tKG_v0
15 Ídem.
16 Ídem.
17 Ídem.
18 Fidel Castro Ruz, La victoria estratégica, capítulo 13, “El combate de Meriño”.
19 Ídem.
20 Ídem, como todas las citas siguientes.










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La marina de guerra desembarcó tropas del Batallón 18 de Infantería en las playas del sur de Oriente
A comienzos de abril, el Directorio Nacional, cuya cúpula se hallaba prisionera en la Isla de Pinos, terminó de redactar un documento por el cual se disponía a llamar a una huelga general a nivel nacional, decidido como estaba a desencadenar una guerra de desgaste contra el gobierno.
Los principales puntos de la proclama establecían la suspensión del pago de los impuestos a partir del 1 de abril, paro completo del transporte público, declarar traidor a todo aquel que permaneciese en los cargos oficiales a partir del 5 de abril, lo mismo a quienes solicitasen el ingreso a las fuerzas armadas, conminar a los jueces a presentar sus renuncias y llamar a comercios, bancos, entidades financieras e industriales a cerrar sus puertas. La coordinación de todo el movimiento recayó en Faustino Pérez, quien acababa de salir de prisión, quien hizo un llamado a todas las células de M-26 para impulsar el sabotaje en todo el país.
Mientras eso sucedía en las ciudades, en la sierra Fidel preparaba acciones a gran escala, en tanto el Partido Socialista Popular hacía lo propio en el llano y las zonas urbanizadas intentando sincronizar sus movimientos con la guerrilla. Fue en ese momento que surgieron nuevos roces entre los elementos más conservadores del Directorio Nacional y la agrupación de ultraizquierda, hecho que forzó esta última a enviar un emisario a la sierra para tratar el asunto.
De nada valieron los llamados de Castro instando a admitir a todo el mundo en la lucha. La huelga del 9 de abril fue un rotundo fracaso, desde su llamado a través de los medios en un horario inadecuado1, hasta la nula respuesta por parte de la ciudadanía. Los comercios y los bancos abrieron sus puertas, la industria y el campo continuaron con sus actividades normales y el transporte funcionó como de costumbre. Por otra parte, la gente se dispuso a pagar sus impuestos regularmente y ningún funcionario renunció a su cargo. ¿Qué había pasado? Pues que ni la Confederación General del Trabajo, leal a Batista ni el Partido Socialista Popular, que se consideraba marginado, llamaron a sus afiliados a la acción.
La furia de Fidel fue increíble y la de los miembros del directorio también de ahí el cruce de acusaciones que se sucedió entre todos los implicados.
Castro acusó al Directorio de ineptitud, este a su vez le recriminó su “aventurerismo” y Batista pareció reír último al anunciar el fracaso de sus enemigos y el fiasco de la huelga; tan seguro se sintió, que hasta alardeó con el envío de armas al dictador Trujillo de la República Dominicana.
Pese al desánimo imperante, el Che Guevara no se dejó amilanar y mientras esperaba que las aguas se aquietasen, se abocó de lleno a sus tareas, entre ellas el adiestramiento de los nuevos cuadros, el funcionamiento de Radio Rebelde y la construcción de una pista de aterrizaje con un túnel para ocultar los aviones, esto último con la asistencia de dos pilotos recientemente incorporados al bando rebelde.
Precisamente por la emisora clandestina habló Fidel Castro el 10 de abril, para fustigar a los organizadores de la fracasada huelga general, en especial a aquellos que a su entender, la habían boicoteado, especialmente la Confederación General del Trabajo y ciertos sectores del Directorio Nacional.
Por esos días, Camilo, repuesto de sus heridas, fue enviado a explorar el llano y a su regreso, el 16 de abril, Fidel lo ascendió a comandante, asignándole la región comprendida por las localidades de Bayamo, Manzanillo y Las Tunas, sobre la que no solo iba a tener el mando militar sino también el político, para aplicar la reforma agraria y modificar en el Código Civil. Se trataba, sin duda, de un primer avance sobre el llano, en respuesta a las últimas informaciones recibidas según las cuales, Batista preparaba una gran ofensiva sobre la sierra.
En la segunda mitad del mes, Fidel y el Che se desplazaron hacia sus respectivas bases, el primero en su cuartel general de El Jíbaro y el segundo a una jornada de marcha de allí, en Minas del Bueycito, más precisamente en una hacienda de La Otilia que le había expropiado a un importante propietario de la región, sindicado como enemigo del campesinado y la revolución. De esa manera, se situó a escasos dos kilómetros del campamento enemigo, movida que además de implicar un riesgo considerable, constituía un abierto desafío a las fuerzas de Batista.
Con el propósito de mantener en permanente estado de alerta al enemigo, en horas de la noche el ejército rebelde disparaba decenas de “sputniks” sobre sus posiciones y enviaba numerosas patrullas para mantenerlo en constante tensión, sin embargo, poco tiempo después, el estado mayor guerrillero decidió suspender esas acciones porque las represalias de Sánchez Mosquera sobre los campesinos eran feroces.
Al Che le sorprendía la actitud del comandante enemigo, que quemaba las casas de los pobladores y mataba a los sospechosos de colaborar con la guerrilla, pero jamás se decidió a atacar La Otilia, donde aquellas estaban concentradas en mayor número.

Nunca he podido averiguar por qué razón Sánchez Mosquera permitió que estuviéramos cómodamente instalados en un a casa, en una zona relaitvamente llana y despoblada de vegetación, sin llamar a la aviación enemiga para que nos atacara. Nuestras conjeturas eran que él no tenía interés en entablar combate y que no quería hacer ver a la aviación lo cercanas que estaban las tropas, ya que tendría que explicar por qué no atacaba2.

Una de aquellas patrullas regresaba a su campamento una noche que el Che no especifica, cuando descubrió en el camino numerosos mulos acribillados.
Se trataba de una caravana con armas y víveres enviada desde Bayamo por la red urbana, interceptada a mitad de recorrido por la gente de Sánchez Mosquera, un golpe importante para la fuerza guerrillera aunque no precisamente demoledor.
El mes de abril encontró al Che efectuando constantes marchas e inspecciones y mientras el mundo seguía con interés el desarrollo de los acontecimientos, llegó a manos de Fidel una propuesta del exiliado Dr. Justo Carrillo Morales, antiguo oficial del ejército cubano, que el 3 de mayo de 1956 había encabezado un intento de golpe de estado para derrocar a Batista3.  El ex militar proponía una alianza a cambio de una declaración de reconocimiento hacia lo actuado por el arma, pero el comandante rebelde lo rechazó terminantemente por considerarlo propaganda para las fuerzas armadas.



Huber Matos tuvo el primer indicio del temperamento autoritario y complejo de Fidel Castro, la noche de su llegada, en casa del hijo de Crescencio.
El comandante supremo llegó alrededor de las 21.45 acompañado por un grupo de oficiales e irrumpió de manera repentina, ingresando por la puerta lateral. En eso momento dominaba el bullicio en la sala principal, mientras los presentes cenaban y hablaban animadamente.

-¡Aquí está Fidel! – dijo Crescencio cortando el bullicio y poniéndose de pie.

El corpulento líder avanzó dando grandes zancadas y una vez en medio del comedor, se detuvo y mirando a los presentes preguntó por el jefe de la expedición. Lo acompañaban Celia Sánchez, Haydee Santamaría, Delio Gómez Ochoa, René Ramos Latour y el capitán Ramón Paz.

-¿Quién de ustedes es Huber Matos?

El aludido se puso de pie y entonces Fidel le extendió la mano e inmediatamente después lo estrechó en un abrazo de oso.

-Bueno, creo que tienes mucho que contarme – le dijo pleno de alegría y excitación.

Alguien le señaló entonces la cabecera de la mesa, de frente a Huber y dando otros tres largos pasos, cubrió la distancia para tomar asiento en tanto los presentes lo seguían con fascinación. Pero la sonrisa que llevaba en el rostro desapareció cuando se percató que entre los comensales se hallaba Pedro Miret, quien intentó sonreír al ver la mirada afilada del máximo jefe.

-¿Y tú que haces aquí? – le preguntó Fidel notablemente molesto.

-Mira, Fidel – respondió el aludido – si yo no vengo en esta, no hay expedición.

Ante semejante descaro, Matos sintió que la sangre le hervía en las venas.

-Sobre eso hay mucho que hablar; vamos a dejarlo así por ahora – dijo y enseguida se calló para que la cosa no pasase a más.

Finalizada la cena, se formaron varios grupos de gente que charlaban animadamente. Huber se acercó a Celia Sánchez, quien se hallaba exultante y plena de entusiasmo y supo por su boca que Castro había estado preocupado por el asunto de las armas, preguntando constantemente por ellos. “Tranquilízate – solía decirle ella– esa gente viene”.
Cuando Huber salió de la casa, vio que numerosas personas rodeaban a Fidel, todos alborozados y plenos de entusiasmo, mucho más cuando aquel tomó uno de los fusiles que acababan de traer y comenzó a examinarlo.

-¡Ahora sí ganamos la guerra! – sintió que exclamaba feliz mientras manipulaba el arma- ¡Con esto los destrozamos!

Y mientras lo hacía, efectuaba disparos al aire que se perdían en medio de la noche. Inmediatamente después tomó una ametralladora y repitió la acción y así con varias piezas más mientras quienes le rodeaban, Huber Matos entre ellos, lo observaban sonrientes.
En un determinado momento, Fidel Castro tomó a Manuel Rojo del Río por un brazo y le manifestó que necesitaba hablar con él mientras se lo llevaba hacia un costado. Lo primero que hizo fue excusarse por aquella especia de secuestro que había sufrido y por su traslado semi-forzado a la sierra, explicándole con detalles que tenía urgente necesidad de expertos e instructores.

-Nos sobran hombres –le dijo- pero nos faltan armas y técnicos.

Acto seguido, le encomendó la tarea de adiestrar a la tropa, tanto en el manejo de armas livianas como en la defensa antiaérea porque las incursiones aéreas eran constantes. El argentino escuchó atentamente y aceptó, poniendo como condición que una vez finalizado el período de instrucción regresaba a Costa Rica para unirse a su familia. Pasaría un mes y medio junto al ejército rebelde, recorriendo las diferentes posiciones para adiestrar a la tropa en el manejo de las ametralladoras livianas contra los aviones que solían volar bajo, muchas veces rozando las copas de los árboles, al no hallar resistencia. Les mostró como abatir a un aparato que volaba a menos de mil metros de altura y como ponerse a cubierto para disparar sin ser detectado4.
Fidel ordenó cargar las armas en los mulos que había hecho traer para ese fin y dispuso que partieran lo antes posible, varios de ellos hacia las posiciones del Che Guevara en La Mesa y las restó para la Columna 1 que comandaba en persona. Inmediatamente después, dispuso incendiar el avión, porque a su entender era fácil de detectar desde el aire y además, los daños que presentaba hacían prácticamente imposible su reparación. Al comandante rebelde no le interesaba que cayese en manos del ejército y este lo utilizase para propaganda.
Fidel dispuso el transporte de las armas en varios mulos

Acompañados por algunos guerrilleros, Manuel Rojo del Río, Díaz Lanz y Verdaguer regresaron al aparato y después de retirar todo lo que podía resultar útil, abrieron los drenajes, esparcieron el combustible por las alas y le prendieron fuego. Casi inmediatamente, surgieron grandes llamaradas que envolvieron completamente el fuselaje.
Cuando todo el mundo regresaba a la casa del hijo de Crescencio, el estallido de los tanques los hizo girar instintivamente sus cabezas para observar. El espectáculo era dantesco. El fuego consumía al aparato, iluminando fantasmagóricamente la noche.


Después de revisar minuciosamente la partida de armas, Fidel se acercó a Huber Matos y le agradeció lo que había hecho.

-Muy buen trabajo, Huber, excelente. Ahora te mandaré otra vez al extranjero para que te dediques a organizar más expediciones.

Al escuchar eso, Matos sintió que debía decir algo.

-Mire, comandante, hace ya tiempo que quise incorporarme al Ejército Rebelde y usted me mandó decir que en él sería solo un hombre más, que lo que hacía falta aquí eran armas y municiones. Lo entendí perfectamente y puse manos a la obra. Salí del país a buscarlas y aquí me tiene con ellas…

-Es verdad –le interrumpió Fidel cambiando de tono.

-He venido con un grupo de compañeros decididos a luchar y quiero estar al lado de ellos en el combate. Hay suficientes cubanos capaces de organizar expediciones como la nuestra.

-No puedo estar tan seguro – fue la respuesta.

-Sí, los hay. No puedo regresar y dejar aquí a estos hombres. Estoy moralmente obligado a compartir riesgos y sacrificios con ellos.

-¡No, no, yo no lo creo así! – dijo Fidel visiblemente molesto aunque tratando de disimular sus sentimientos- Ésta no es una cosa que depende de ti. Aquí soy yo el que manda, tienes que repetir lo de Costa Rica. ¡Esa es tu función en esta guerra!

Creyendo que la conversación había finalizado, Castro se volvió hacia otro grupo de personas que se encontraban allí, sin imaginar que Matos aún tenía algo más para decir.

-Discúlpeme, no estoy discutiendo su mando, es una cuestión de carácter moral la que alego. Puedo repetirle, palabra por palabra, lo que acabo de decirle; pero creo que no es necesario.  Usted conoce mi intención, me quedo aquí, creo que tengo derecho a disponer de mi vida. Hay otros hombres, como el mismo Ricardo Lorié, que le serán muy útiles trayendo más armas a la sierra.

-Bueno, entonces lo que te interesa es pelear – replicó Fidel contrariado.

-Quiero compartir la suerte de los que han venido conmigo.

-Está bien, quédate –respondió Castro extremadamente molesto- Reúnete con tu grupo, que yo les buscaré un jefe.

Huber se retiró con su gente, para relatarles la conversación que acababa de tener con el máximo comandante. Los hombres expresaron su alegría al saber que se quedaba con ellos pero dejaron ver su preocupación porque Miret pudiese ser su cabecilla. Evelio Rodríguez habló por todos cuando se ofreció a tratar el asunto directamente con Castro y nadie lo detuvo cuando se dirigió directamente hacia él. Ninguno de ellos soportaba la idea de tener a su frente a aquel oportunista.

-Comandante, nosotros nos incorporamos a la lucha pero Miret no puede ser el jefe del grupo. Nómbrenos a otro cualquiera, no nos interesa ese señor.

Atento a la distribución de las armas, Castro no respondió, pero Evelio alcanzó a percibir un gesto de afirmación cuando terminó de hablar. Poco después, Humberto Rodríguez, teniente del ejército rebelde, se aproximó al grupo para decirles que el comandante acababa de designarlo jefe y que le había encomendado organizar con ellos una nueva sección. Se trataba de un hombre agradable y cordial, que había recibido heridas en combate y tenía vasta experiencia como combatiente en la selva. Con él se incorporó también Carlos Mas, joven locuaz de apenas dieciséis años de edad, quien se mostró sumamente servicial a la hora de cargar las armas en mulos y vehículos5.
Los guerrilleros pasaron la noche en aquel lugar y a la mañana siguiente, antes de la salida del sol, partieron hacia la sierra divididos en varios grupos.


A mediados del mes de mayo el ejército cubano lanzó la gran ofensiva de verano, denominada Operación FF (Fin de Fidel), que consistía en un amplio movimiento de pinzas destinado a envolver sierra y bloquear todos sus accesos.
Ni bien se enteró de ello, Castro mandó construir bastiones defensivos, cavar trincheras, establecer puestos de observación y señalar lugares para montar emboscadas, al tiempo que distribuía sus fuerzas para vigilar cada uno de los caminos por los que podía llegar el enemigo. Para ello, posicionó a Crescencio Pérez en el monte Caracas e hizo lo propio al este con Ramiro Valdés, para contener cualquier intento por el lado de La Mesa y La Botella.

Fidel Castro y Juan Almeida durante las acciones

El 6 de mayo el Ejército ocupó las primeras estribaciones de la sierra y capturó a un combatiente, al que sometió a interrogatorio. Cuarenta y ocho horas después, unidades de la marina de guerra se aproximaron a la costa, entre Chivirico y la Ensenada de las Cuevas, para desembarcar al Batallón 18 en dos diferentes puntos y el 10, la aviación bombardeó La Plata.
La ofensiva del ejército fue de tal magnitud, que Fidel Castro llegó a temer por la suerte de la revolución, una sensación en extremo desagradable que incluso lo llevó a pedirle a Celia una dosis de cianuro por si caía en poder del enemigo6.


El Che, mientras tanto, recorría el dispositivo defensivo e impartía directivas para reforzarlo. Cuando viajaba de La Mesa a Minas de Frío recibió una nota de Fidel pidiéndole que regresase al campamento y mencionándole la posibilidad envenenar los pozos de agua poniendo en práctica una táctica similar a la de “tierra arrasada”.
En cumplimiento de esa directiva, Guevara le pidió a Oscar Fernández Mell, un médico de La Habana recientemente incorporado a la guerrilla, que lo acompañase y juntos abordaron un jeep para dirigirse a El Jíbaro.
Desplazándose a gran velocidad tomaron por diferentes senderos, huellas en plena selva, caminos de cornisa y lodazales, esquivando rocas, troncos, pozos y animales de todo tipo.
Fernández Mell viajaba en silencio, pálido y temeroso, sujetándose con fuerza de la estructura del vehículo y así continuó durante todo el trayecto hasta alcanzar el campamento central, donde llegaron a media tarde. Cuando su compañero de viaje le dijo que era la primera vez que manejaba en esas condiciones, casi se cae desmayado.
Fidel, por su parte, efectuaba una recorrida de inspección por el frente costero. Una vez de regreso, envió a la eficaz Lidia Doce, su nuevo correo, a establecer contacto con sus enlaces en La Habana, Manzanillo y Camagüey para acordar una estrategia7.
Mientras tanto, las visitas al territorio liberado continuaban, en especial las de los miembros de la cúpula del PSP y otros militantes comunistas que buscaban estrechar filas con el ejército rebelde.
Entre el 19 y el 20 de mayo el que regresó fue Masetti, para hacerle un nuevo reportaje a Fidel. El periodista argentino, futuro líder guerrillero, estaba tan fascinado con el movimiento y sus cabecillas, que había buscado cualquier pretexto para volver a contactarlos. Partió de vuelta el día 22 y eso posibilitó una nueva reunión entre el Estado Mayor guerrillero y el PSP, representado en este caso por Lino y Rafael.
Traían ambos muchas expectativas pero todo quedó en lo mismo. Como siempre, se hicieron muchas promesas, se establecieron principios de acuerdo, se habló de cerrar filas pero una vez finalizadas las conversaciones, renacieron los resquemores y todo quedó en la nada.
A Fidel Castro le preocupaba sobremanera la ofensiva del Ejército, cuyo avance sobre la sierra parecía inminente, más cuando se filtró información de que Washington, temeroso de las tendencias de algunos altos dirigentes del ejército rebelde y de las inclinaciones de su máximo líder, reanudó el envío de armas al régimen de Batista, incluyendo 300 cohetes aire-tierra que llegaron a través de la Base Naval de Guantánamo y 30 tanques provenientes de Nicaragua, a bordo de un carguero, burdo intento por hacer creer a la opinión pública que quienes estaban proveyendo esos blindados eran los dictadores Luis Anastasio Somoza8 y Rafael Trujillo.
La entrevista que Fidel Castro le concedió al corresponsal para América Latina del “Chicago Tribune”, Jules Dubois, a través de Radio Rebelde, fue lo que terminó de decidir al Departamento de Estado en cuanto a ofrecer su colaboración a Batista para acabar con la guerrilla9, aun cuando el líder revolucionario había manifestado que el Movimiento 26 de Julio nunca había hablado de socialismo, ni de nacionalizar industrias. Incluso había hecho referencias a revisar la vieja constitución de 1940, que establecía claramente las garantías, derechos y obligaciones de todos quienes participasen de la producción, incluyendo la libre empresa y la inversión extranjera.
A comienzos de junio, la Fuerza Aérea cubana utilizó por primera vez los misiles norteamericanos. En uno de esos raids, destrozó la finca de Mario, uno de los tantos guajiros que colaboraba con la revolución, provocando tal furia en Fidel, que en una carta dirigida a Celia Sánchez, habló de hacerle pagar a los Estados Unidos lo que estaban haciendo10.
Por entonces, el comandante supremo tenía en el Che Guevara a su brazo derecho y único confidente. En esos días las dudas lo asaltaban a menudo, sospechaba de todo el mundo y no creía en las capacidades de nadie.

Fidel desconfiaba del discernimiento y las decisiones de prácticamente todos sus subordinados, pero esas dudas nos se extendían al Che, quien se había convertido en su principal confidente y, en los hechos, jefe de estado mayor. Cuando estaban separados, le enviaba esquelas constantemente para comunicarle planes militares, asuntos financieros, maniobras políticas y, como un joven entusiasta, relatar los experimentos con las armas nuevas producidas por la fábrica11.

La gran ofensiva del ejército comenzó entre el 15 y el 20 de mayo cuando 10.000 efectivos divididos en 14 batallones al mando del general Eulogio Cantillo, se movilizaron en dirección a la sierra, apoyados por poderosas piezas de artillería, divisiones blindadas, unidades navales y la aviación. Todo para combatir contra 280 hombres mal armados y peor alimentados, que padecían los rigores del clima y el terreno, así como enfermedades, deserciones e incluso, el accionar de los delatores.
Cantillo reforzó las guarniciones costeras por el sur, intentando cortar una posible retirada por ese lado, apostó fragatas en puntos estratégicos del litoral para batir con sus piezas las elevaciones, desplegó dos batallones por el norte y ubicó a la sección del mayor Raúl Corzo Izaguirre en el ingenio azucarero de Estrada Palma, a solo 1 kilómetro de Las Mercedes, de frente a las posiciones de Crescencio Pérez.
Al este de Bueycito, el Batallón 11 de Infantería al mando de Sánchez Mosquera se dispuso a avanzar sobre el sector ocupado por la columna del Che, dirigida en esos momentos por Ramiro Valdés, en tanto el Batallón 18 permanecía en la desembocadura del río La Plata como reserva.
Por el lado de las fuerzas rebeldes, Castro mantuvo su comando en Las Mercedes con permanentes enlaces yendo y viniendo entre las diferentes posiciones, a saberse, Las Vegas de Jibacoa, La Plata, Mompié y Minas del Frío, con la Escuela de Reclutas a medio camino entre esta última base y el cuartel general de Fidel, dispositivo bien distribuido que abarcaba un espacio de 12 kilómetros, con el mar por el sur a solo 14 millas de la retaguardia.
Solo el Che inspiraba confianza a Fidel Castro (Fotografía: Roberto Salas)

El 19 de mayo la aviación lanzó un nuevo ataque, ocasionando daños relativos. Inmediatamente después, Corzo Izaguirre adelantó sus fuerzas hacia Las Mercedes pero fue contenido y rechazado por Crescencio Pérez a solo 400 metros de la línea defensiva.
Desde hacía bastante tiempo Fidel dudaba de la capacidad de Crescencio y por esa razón, le pidió al Che que se hiciera cargo de aquella fuerza, directiva que el argentino se apresuró a cumplir de manera inmediata. De esa manera, dio comienzo una batalla de tres meses, en la que ambas fuerzas se jugarían todo, el prestigio, la victoria y la supervivencia.
La actividad que desplegó el Che Guevara en esos agitados días fue febril, supervisando personalmente las diferentes posiciones, distribuyendo armamento, seleccionado cuadros, organizando la defensa, emboscando unidades enemigas y hasta dándose tiempo para asistir a una asamblea de campesinos en la que, entre otras cosas, se abordó el conflictivo tema de la reforma agraria.
En plena batalla, llegó Lidia con la novedad de que en La Habana, Faustino Pérez se negaba a entregar el mando. Sin embargo, apenas hubo tiempo para tratar el asunto porque el desarrollo de las acciones acaparaba toda la atención de los mandos. Guevara se vio forzado a regresar al frente para reorganizar la defensa, enviando a los combatientes novatos a construir trincheras y resguardos en torno a Las Mercedes.
Mientras tanto, las deserciones y los juicios por traición golpeaban duro en el corazón de la guerrilla. Tras un nuevo raid aéreo en el que dos cazas dispararon cohetes sobre las posiciones de Guevara (4 de junio), por lo menos diez combatientes pidieron abandonar las filas, entre ellos algunos encargados de lanzar las granadas “sputniks”. El Che se vio en la necesidad de buscar reemplazantes y cuando una segunda incursión provocó nuevas deserciones, no le quedó más remedio que echar mano de los reclutas inexpertos que había puesto a trabajar en las defensas próximas a Las Mercedes.
Dada la envergadura de la ofensiva y el volumen de las fuerzas que avanzaban sobre el ejército guerrillero, Fidel Castro volvió a sugerir envenenar los pozos de agua y convertir los desfiladeros en trampas mortales pero a falta de hombres para la tarea, se dejó la idea a un lado para abordar otros asuntos que requerían mayor urgencia.
Por esos días llegó al campamento rebelde un personaje extraño, Frank Surgis, aventurero norteamericano nacido en Norfolk, Virginia, el 9 de diciembre de 1924, cuyo verdadero nombre era Frank Angelo Fiorini, quien venía a “ofrecer sus servicios” como combatiente y asesor12.
No era el primer estadounidense en llegar a la sierra para sumar su concurso. Entre los colaboradores con los que el Che contó para adiestrar combatientes en la Escuela de Reclutas se encontraba Herman Marks, un veterano de la guerra de Corea que tenía experiencia en la guerra de guerrillas, pero de movida, la actitud del recién llegado despertó recelos en la cúpula guerrillera, especialmente en Guevara, que lo suponía agente del FBI o la CIA (no se equivocaba). Inexplicablemente, este sujeto, llegado de la nada, fue admitido sin más trámite que su pedido de incorporación y de esa manera, siguió la campaña hasta la victoria final y la huida de Batista, recabando información para pasar a la central de inteligencia.
Cuando el Batallón 18 terminó de posicionarse en el extremo occidental de la sierra (10 de junio), Fidel Castro asumió personalmente la defensa de Las Vegas, que parecía ser el siguiente objetivo del enemigo. Para entonces, el Che Guevara se había hecho cargo de las tropas que mandaba Crescencio y había mandado fusilar a un oficial rebelde acusado de homicidio. Sucedió el 14 de junio, cuando cumplió 30 años de edad pero apenas tuvo tiempo de recordar el acontecimiento, porque la situación era en extremo crítica.
Cuando Guevara llegó al frente para relevar a Crescencio, Fidel se retiraba de Mompié, cediendo el terreno al enemigo, que avanzaba en dirección a El Descanso, para seguir luego hacia Los Lirios, donde fue detectado por las avanzadas de Lalo Sardiñas, que sin pérdida de tiempo, se apresuraron a dar cuenta de la novedad.
El 16 de junio, el general Cantillo emitió desde Bayamo la directiva Nº 99 ordenando que dos compañías del Batallón 18 se desplazasen por el río La Plata para unirse a las tropas que convergían desde el norte y marchar cuesta arriba. Eso permitió al Ejército apoderarse de Las Vegas de Jibacoa y continuar hacia Minas de Frío, obligando al Che a reforzar los espacios inmediatos a las posiciones que abandonaba Fidel. La situación parecía apremiante porque el 20 de junio el enemigo tomó las Vegas de Jibacoa y capturó Santo Domingo13.
El ejército cubano se dispone a penetrar en la sierra

Con las tropas rebeldes en plena retirada, el argentino alcanzó Mompié, en cuyas inmediaciones se reunió con Fidel, a quien encontró en extremo atribulado. Tan preocupado estaba el comandante supremo guerrillero que le pidió que permaneciera junto a él al tiempo que despachaba órdenes indicándoles a Camilo Cienfuegos y Juan Almeida que regresasen.
La noche del 26 de junio se produjeron cuatro fugas importantes, la de un delator de apellido Rosabal, la de Pedro Guerra que al fugarse se llevó consigo un revolver y la de dos oficiales del ejército prisioneros. El Che lanzó a varios hombres en su persecución y a medida que fueron cayendo los pasó por las armas, sin juicio previo.
Esa misma tarde, el Batallón 18, ocupó Jigüe, lo que parecía indicar que la ofensiva estaba alcanzando su clímax pero para sorpresa de Castro y el Che, en lugar de continuar el avance, su comandante, se dedicó fortificar el lugar, perdiendo un tiempo precioso.
El 28 de junio por la mañana, el Batallón 22, al comando del coronel Eugenio Menéndez, se apoderó de Santo Domingo y una vez allí, recibió un mensaje de Sánchez Mosquera ordenándole seguir el curso del río hasta la localidad de Santana y establecer allí su campamento.
Poco tiempo después, el Batallón 17 ocupó el desierto caserío de San Lorenzo, recientemente abandonado por sus pobladores, en tanto las compañías 91 y 93 del Batallón 19 al mando del capitán Martínez Torres se desplazaban hacia Meriño, siguiendo el camino de El Tabaco y la loma de Caraquita. En ese último punto chocaron con la sección del teniente Ciro del Río, que por orden del Che había montado una emboscada en el lugar. Se desató allí un breve aunque nutrido tiroteo que finalizó con la retirada de los guerrilleros y el avance del destacamento regular hasta el caserío, que como San Lorenzo, había sido abandonado por sus habitantes.
Para entonces, había dado comienzo la primera batalla de Santo Domingo, que marcó el fin de la ofensiva gubernamental.
Con el Batallón 22, iniciando el avance hacia Santana y el Nº 11 haciendo lo propio en dirección al río El Naranjo, debía concretarse el movimiento de pinzas que quedaría cerrado al tomar contacto ambas unidades con el Batallón 18, que llegaba por el sur14.
Para Fidel resultaba vital impedir que el enemigo alcanzase el curso superior del río Yara y para ello, ubicó a Lalo Sardiñas en las inmediaciones de Pueblo Nuevo, convencido de que esa era una de las rutas por las que iba a llegar el enemigo. El Batallón 22 continuó su avance en dirección a El Cacao, atravesando primeramente El Verraco y al no ser advertido por el comandante del Nº 11 de que había presencia enemiga en las inmediaciones, con la que se había topado dos días antes, se introdujo de lleno en la trampa.
La celada de Lalo dio cuenta de su vanguardia. El estallido de una mina colocada en el camino unos metros antes de la emboscada, tuvo efectos demoledores y el fuego combinado que siguió inmediatamente después, obligó a los guardias a aferrarse a sus posiciones junto al río y mantenerse inmóviles.
La vanguardia del batallón fue prácticamente aniquilada porque de nada sirvió el fuego de la sección de morteros que comenzó a caer sobre la posición guerrillera a partir de las 14.10. Esta se mantuvo firme y obligó al enemigo pegarse al terreno prácticamente sin levantar la cabeza.
Diez minutos después, el pelotón de Zenón Meriño bajó de la loma que ocupaba en El Naranjo y arremetió contra uno de los flancos del Batallón 22. El refuerzo que recibió de Andrés Cuevas sirvió para comprometer aún más la situación de las fuerzas regulares que para peor, sintieron el rigor de la ametralladora 50 de Braulio Curuneaux, que logró contener a los refuerzos recientemente llegados del Batallón 11 e incluso los rechazó apoyada por el fuego concentrado de los demás tiradores.
Dos veces los guerrilleros contuvieron a Menéndez y finalmente lo obligaron a abandonar el sector.
La noche sorprendió a las tropas de Batista en situación desesperante, con la Compañía N del Batallón 22 diezmada, el grueso aferrado al terreno y el resto muerto o dispersándose en diferentes direcciones.
Aquella victoria fue el primer indicio de que el ejército regular, integrado mayoritariamente por conscriptos inexpertos, recientemente incorporados, comenzaba a acusar el golpe. Además, sirvió para elevar la moral de los efectivos rebeldes, bastante alicaída hasta entonces.
La gente de Lalo se apoderó de 30 fusiles, una ametralladora de 30 mm, un mortero de 60, municiones, parque y al menos 60 mochilas, además de abatir a una veintena de efectivos y capturar veintitrés prisioneros.


En lo que a Camilo Cienfuegos respecta, esa misma tarde llegó a La Plata, en cumplimiento de la orden de Fidel y desde ahí emprendió una dura caminata hacia Casa de Piedra, sabiendo que la sección de Félix Duque también se dirigía hacia allí. Debía montar una emboscada y esperar los refuerzos que enviaba Cantillo, para neutralizarlos.
Mientras tanto, en Santo Domingo, las cercadas tropas del Batallón 11 comenzaban a quedar rodeadas por Ramiro Valdés, que por orden de Fidel se había desplazado hacia El Cacao, sincronizando sus movimientos con los de Guillermo García, que debía adelantar sus líneas hacia La Manteca, cerrando por el sur cualquier intento de escape o de llegada de refuerzos.
Por el norte, en tanto, René Ramos Latour (Daniel) permanecía en reserva, lo mismo Andrés Cuevas y Lalo Sardiñas, en sus posiciones próximas a Pueblo Nuevo, bloqueando el paso al Batallón 22 que vivaqueaba a orillas del río. La idea era desgastar a esa tropa y después de desbordarla, desplazarse hacia Santo Domingo, para reforzar a las unidades de Ramiro, Guillermo y Almeida.
Lalo Sardiñas
Fidel no disponía de más gente, es decir, no podía cerrar totalmente el dispositivo por ese lado enviando soldados a la región de Leoncito, pero eso no le preocupaba demasiado porque si el enemigo intentaba algún movimiento en ese sentido, debería hacerlo por el río y eso permitiría interceptarlo con relativa facilidad. Y en ese sentido, Camilo fue advertido para que estuviese preparado, de ser necesario actuar.
El domingo 29 de junio, por la mañana, Camilo se topó con una sección de Sánchez Mosquera que iba en socorro del Batallón 22, trabándose ambas en duro combate. Las tropas regulares intentaron perforar las líneas guerrilleras en El Naranjo pero les faltó empuje y fueron detenidas y luego rechazada hacia Santo Domingo. Los guardias retrocedieron llevándose consigo al menos diez heridos, según el parte que Camilo le envió a Fidel, pero la guerrilla sufrió una baja fatal, la de Wilfredo Lara, cuyo nombre de guerra era “Gustavo”, muerto en el firme de Casa de Piedra, cuando se intentaba contener al enemigo en retirada.
De acuerdo al parte emitido por Radio Rebelde al finalizar el enfrentamiento, las fuerzas rebeldes se hicieron de un fusil ametralladora Browning, dos Garand, tres San Cristóbal, una carabina M-1, tres fusiles Springfield y unas 3 000 balas15.
Inmediatamente después de finalizado el combate, Camilo se dirigió río arriba hacia Santo Domingo para dar apoyo a la sección que se disponía a arremeter sobre esa posición en tanto el pelotón de Duque regresaba a su antigua ubicación en las alturas de Gamboa.
Esa misma noche, después de confirmar que su gente ocupaba las posiciones asignadas, Fidel le ordenó a Guillermo avanzar desde El Cacao hacia la finca de Lucas Castillo, donde Sánchez Mosquera tenía instalado su puesto de mando. La idea era partir a la fuerza enemiga “…en dos partes por ese sector, atacando también desde Naranjo, Santana y casa de Piedra”16, movimiento que podía significar la victoria final.

Realmente, nuestra impresión después del primer triunfo en Pueblo Nuevo era que podíamos aprovechar la situación creada para tratar de obtener la captura del grueso de la fuerza enemiga estacionada en Santo Domingo, lo cual sería algo determinante para el curso posterior de la ofensiva enemiga. La posibilidad de poder derrotar y capturar una de las tres agrupaciones enemigas principales que actuaban contra nuestras fuerzas, de ellas la más poderosa, mejor equipada y comandada por uno de los jefes más notorios con que contaba el Ejército de la tiranía, era demasiado atractiva como para dejar pasar la ocasión sin intentarlo. No cabría duda alguna de que, si éramos capaces de lograr ese objetivo, el mando enemigo sufriría un golpe del que difícilmente podría recuperarse, tanto por la significación moral de nuestra victoria como por la implicación material negativa, ya que se vería privado de una de las piezas fundamentales para sus planes. Nuestras fuerzas, por su parte, recibirían una importante inyección de recursos con los que podríamos asumir la iniciativa y lanzarnos a una contraofensiva indetenible17.

El 3 de julio tuvo lugar un breve enfrentamiento entre las avanzadas del ejército y la columna de Guevara. El combate fue desfavorable para el comandante argentino y viendo que había sido desbordado, decidió retirarse para evitar caer muerto o prisionero. Tal como apuntó en su diario con cruda franqueza, aquella fue una de las pocas veces que experimentó un miedo pánico y sintió la “necesidad de vivir”.
La experiencia fue en extremo intensa y lo hizo reflexionar en lo que a valores y riesgos se refiere así como a tomar mayor conciencia de la necesidad de preservar a los máximos cuadros para dirigir a la tropa hacia el triunfo final.
De regreso en su campamento, lo esperaba una carta de su madre, una suerte de bálsamo después de haber visto la muerte tan cerca y le debó haber servido para relajarse y bajar la adrenalina.
La lectura lo llevó de regreso al seno de su familia, en la lejana Argentina. El pasado 2 de abril, Ana María, su hermana menor, se había casado con Facundo Chávez; Roberto era padre de dos hermosas rubias de 1 y 2 años y su mujer, esperaba un tercer hijo; Celia y su novio Luis Rodríguez Argañaraz habían recibido un premio de la Facultad de Arquitectura y progresaban en su trabajo, el pequeño Juan Martín seguía adelante con sus estudios y la tía María Luisa continuaba deprimida y enferma aunque siempre preguntaba por él. Por entonces, sus padres se habían separado y don Ernesto vivía en su oficina de la calle Paraguay, muy cerca de la Facultad de Medicina, donde seguía intentando hacer buenas operaciones inmobiliarias. Y en lo que a separaciones se refiere, desde hacía bastante tiempo, el Che maduraba la idea de divorciarse de Hilda por quien, justo es decirlo, nunca sintió demasiada atracción. Incluso ella había intentado contactarlo varias veces desde Perú pero él no le respondió ni encontró tiempo para escribirle unas líneas. Su vida era entonces en extremo intensa y las pasiones las descargaba con la bella mulata Zoila o con alguna ocasional campesina cautivada por sus encantos.


Mientras tanto, en la Sierra de Cristal, Raúl Castro obtenía importantes victorias y daba demoledores golpes de mano contra las fuerzas gubernamentales. En respuesta a los bombardeos con napalm y cargas de alto poder que la aviación venía llevando a cabo desde el comienzo de la ofensiva, el 26 de junio atacó las instalaciones de la Moa Bay Mining Co., tomando prisioneros a una docena de empleados norteamericanos y canadienses que trabajaban allí. Repitió la acción en las minas de níquel de Nicaro y el ingenio azucarero de la United Fruit de Guaro y mientras el gobierno todavía acusaba esos golpes y se esforzaba por ofrecer las correspondientes disculpas al Departamento de Estado norteamericano, secuestró un ómnibus que se dirigía hacia la base estadounidense de Guantánamo y tomó prisioneros a los veinticuatro marines que viajaban en él, para llevárselos al interior de la jungla.
Ni bien llegó a su campamento, emitió un comunicado denunciando los indiscriminados ataques de la aviación sobre los poblados campesinos aclarando que sus últimas acciones habían sido en respuesta a la provisión de armas de Estados Unidos al gobierno cubano.
Cuando el senado norteamericano presionó al poder ejecutivo exigiendo la inmediata intervención militar, Fidel Castro le hizo llegar un mensaje a su hermano, a través de Radio Rebelde, ordenándole liberar inmediatamente a los prisioneros. El comandante supremo de la revolución parecía ceder a las presiones internacionales pero acababa de lograr un gran triunfo al quedar al descubierto la asistencia de Washington al régimen de Batista.
Cumpliendo con aquel mandato, Raúl comenzó a liberar poco a poco a los cautivos, soltando a los últimos el 18 de julio. Tan temerario y peligroso había sido su proceder, que el mismísimo Guevara lo calificó de extremista.


La mañana del 6 de julio; Fidel recibió en su comando la confirmación de que el Ejército estaba entrando en Meriño. Lo hizo a través de una nota que Celia Sánchez le envió desde La Plata donde decía que el Che, llamó a través de la flamante línea telefónica que la guerrilla extendió hasta Minas de Frío, para informar a Piti Fajardo que  250 guardias acababan de ingresar en la zona en dirección a El Roble y preguntaba si retiraba las fuerzas de Las Vegas y las llevaba hacia ese punto para defender la posición.
“Que no retire las fuerzas de las Vegas –fue la respuesta de Castro- Que yo mando refuerzos para tomar El Roble. Que traslade al Roble la bomba de 100 libras”18.
Andrés Cuevas
La situación obligó al comandante supremo a alterar los planes. En lugar de dirigirse a Minas de Frío, como tenía pensado, se encaminó hacia El Roble de Meriño, encabezando el pelotón de Andrés Cuevas y una de las escuadras de Camilo a las órdenes de Felipe Cordumy, a quienes pensaba ubicar en dos emboscadas par cortar el avance de los guardias e impedirle su retirada. Al mismo tiempo le envió un mensaje a Lalo Sardiñas, apostado en Pueblo Nuevo, para que se dirigiese lo más rápido posible a Minas de Frío y desde allí partiese a reforzar la emboscada de Cordumy. Fidel aspiraba a capturar la tropa que se había aventurado a ingresar en Meriño e impedir la llegada de refuerzos desde San Lorenzo.
Con la llegada de Jaime Vega para fortificar la posición de Cuevas, quedó bloqueada toda intentona que el enemigo pudiese efectuar para superar El Roble y alcanzar al Batallón 18 que trepaba la sierra por el Sur.
Mientras las fuerzas a su mando efectuaban todo ese despliegue, Fidel Castro le envió un mensaje a Camilo, en Santo Domingo, poniéndolo al tanto de sus últimas decisiones:
Esta Columna de guardias está en una verdadera ratonera. Lo que necesitamos es alguna tropa más, para impedir la llegada de refuerzos. Pero no quiero debilitar esa posición [la de Santo Domingo]; por eso, después de pensarlo muy bien, he decidido mover de ahí, la única tropa, que no está en posición defensiva, sino de ataque: la de Lalo. [...] Con Lalo aquí, creo que podemos hacer algo bueno19.
El comandante guerrillero sabía perfectamente que la posición enemiga en Santo Domingo se hallaba debilitada y que apenas podía realizar alguno que otro movimiento defensivo, de ahí que al comunicarse con el Che le explicase su decisión de desplazar a Raúl Castro Mercader desde Pueblo Nuevo a Minas de Frío para mantenerlo en los alrededores como reserva.
Lalo Sardiñas llegó a Meriño a marchas forzadas. La primera impresión que tuvo del lugar fue mala y por eso, al mediodía del 6 de julio le escribió a Fidel comentándole que tras inspeccionar la posición, había llegado a la conclusión de que no era un lugar adecuado para montar una emboscada y por esa razón, exploraría otro un poco más abajo. En vista de ello, su superior le envió doce hombres de refuerzo para cubrir todos los accesos y con ellos una nota que contenía las siguientes instrucciones:

Te mando los hombres que quedaron. Sitúalos en el otro punto que te indiqué con un jefe valiente, que cuide aquel camino y a la vez ataque por la retaguardia a cualquier grupo enemigo que intente salir de Meriño, por el camino donde tú estás20.

Lalo ubicó a los recién llegados sobre una saliente del pico Caraquitas y designó a Néstor Labrada a cargo de la sección, encomendándole expresamente mantener cubierto el camino de Limones.
Después de estudiar detenidamente la posición, Fidel Castro mandó llamar a Braulio Curuneaux a El Naranjo para ubicarlo con su ametralladora 50, al este del cerco, sobre la falda que conducía a La Magdalena, en una posición contigua a la del Che y la escuadra de Hugo del Río, que vigilaba el acceso a Minas de Frío.
Al amanecer del 7 de julio llegó hasta su puesto de mando un nuevo mensaje del Che con lo que Fidel denomina “una confusa información de Cuevas egún la cual, los guardias venían subiendo por El Roble. Obligado a replantear su estrategia, redactó una nota para Guevara, que despachó de forma urgente a las 11.50 de esa misma mañana. Decía la misma:

Si Cuevas dice que los guardias subían por el Roble, puede significar que vienen de la playa hacia arriba y no tenga nada que ver con los movimientos en Meriño. Si así fuera, lo que tiene que hacer él es virar los cañones hacia el otro lado, mientras planeamos alguna otra maniobra. Si eso fuese rigurosamente cierto, el plan nuestro podría ser destacar una patrullita que se hiciera fuerte en una posición buena un kilómetro o dos más debajo de Cuevas, para ver si, cuando aquella haga contacto con el enemigo, los de Meriño avanzan hacia abajo y caen en la trampa. Trata de ver qué quiso decir Cuevas.

No fue más que una falsa alarma porque ninguna tropa llegó por la ruta del sur como Cuevas mencionaba. En definitiva, no existió ese presunto movimiento enemigo, pese a que, como dice Castro en su libro La victoria estratégica, ese era el movimiento más lógico desde el punto de vista del mando gubernamental, porque con él, el territorio en poder de la guerrilla, en el sector más occidental, quedaría dividido y todas sus fuerzas al oeste del río La Plata, separadas y desvinculadas de las demás.
Castro y su estado mayor esperaban ansiosamente que las tropas del ejército se introdujeran en la trampa que habían montado pero no ocurrió así. A las 06.10 del 7 de julio, el Che le mandó decir que los soldados preparaban sus mulos en Meriño y según su parecer, se disponían a iniciar algún movimiento hacia el sector de El Roble, pero no tenía plena seguridad de que fuese así. A las 07.40 envió un segundo mensaje que decía lo siguiente:

Ya aparejaron todos los mulos y quitaron la posta del lado del alto de Meriño. Aparentemente esperan algo de la aviación. Ya avisé a Cuevas. Si se mueven en algún sentido le doy nuevo aviso. El camino que parece más probable es el del Roble pero todavía están regados en las casas. Hay que tener en cuenta el camino que sube a la Mina [de Frío]. Yo le avisaré a Ciro [del Río] en el momento que avancen para algún lado.

Fidel sintió algo de alivio al comprobar que el Che coincidía con él pero había algo en su interior que le decía que tales movimientos de tropa eran, lisa y llanamente, una retirada hacia San Lorenzo.

La tibia conducta del mando enemigo para asegurar el enlace de esta tropa con otra procedente del Sur, y el hecho cierto de que ordenar a los guardias de Meriño que avanzaran sin apoyo hasta El Roble significaría hacerlos penetrar más aún al interior de nuestro territorio, con la perspectiva segura de caer en una trampa, me hicieron considerar como probable la variante de la retirada.

Aún así, no cantó victoria y a las 07.45 le escribió a Lalo Sardiñas para que adoptase las medidas pertinentes, exponiéndole claramente las dos posibilidades.

Los guardias han aparejado todos los mulos. Ya quitaron la posta del Alto de Meriño; parece que se van a mover hacia el Roble. Debes estar atento. Para cualquier dirección que se muevan vamos a tratar de destruirlos. Si tratan de salir hacia San Lorenzo, cójanlos entre tú y los 12 [de Néstor Labrada], que desde acá se le ocupará el campamento y se les atacará por la retaguardia. Si avanzan hacia el Roble o Las Minas, tu misión es no dejarlos recibir refuerzos.

Una hora y media después, despachó un nuevo parte para el Che.

Ya mandé aviso a Lalo con instrucciones para cada situación. Mandaré explorar los caminos que vienen de San Lorenzo y Las Vegas y tengo a Raúl [Castro Mercader] y los 6 de Camilo [los de Orestes Guerra] listos para moverlos a donde hagan más falta si no fuesen necesarios aquí. Ordené situar en el Alto de Mompié los 7 hombres que quedaban de Camilo en La Plata y hasta Guillermo puede ser utilizado si las circunstancias lo requieren.

No hubo novedades hasta las 17.00 de ese mismo día, cuando Castro redactó un nuevo mensaje para Lalo reiterándole sus indicaciones y las de la escuadra de Labrada.

Todo está bien. Yo espero de un momento a otro se muevan los guardias. Si vienen por ahí, procura matarle la vanguardia y rechazarlos. Los otros 12 deben entonces tomar el camino de Meriño y emboscarse allí para el caso de que los que están dentro intenten atacarte. Esos 12 deben tener un jefe valiente y que sepa lo que tiene que hacer si se quedan aislados del lado de allá; subir Caracas y bajar por el Roble, hasta hacer contacto de nuevo.

Aun suponiendo que el enemigo podía lanzarse hacia El Roble, Fidel ordenó el envío de un mortero a la posición que ocupaba Cuevas, para fortalecer la emboscada en caso de avance, pero esas previsiones fueron vanas porque tal como lo había imaginado, en la mañana del 8 de julio, las tropas del gobierno estacionadas en Meriño iniciaron la retirada hacia San Lorenzo y El Tabaco.
El capitán Martínez Torres, comandante de aquellas tropas, había recibido la orden de avanzar hacia El Roble y continuar ascendiendo hasta Cahuara, para unirse en Jigüe al Batallón 18, maniobra prevista por el alto mando rebelde, pero argumentando que las compañías a su mando, la 91 y la 93 del Batallón 19, se les habían agotado las provisiones, decidió acertadamente retroceder hasta San Lorenzo para aprovisionarse y de ese modo, evitar de caer en la trampa.
Radio Rebelde jugó un papel fundamental durante la batalla
En la foto operada por el Che

El combate de Meriño se inició a las 08.45 del 8 de julio, cuando la vanguardia enemiga entró en la emboscada de Lalo Sardiñas. Al iniciarse el intercambio de disparos, el pelotón de Néstor Labrada situado al otro lado del camino, en la parte alta de una loma, disparó sobre el flanco izquierdo enemigo, forzando a las tropas del gobierno a buscar refugio en el interior de una serie de hoyos naturales mientras intentaban desesperadamente devolver la agresión. Cuarenta y cinco minutos después llegó la aviación para ametrallar el sector ocupado por los guerrilleros, lo que fue aprovechado por las tropas regulares para retroceder hacia las trincheras que habían cavado en los alrededores de Meriño antes de ponerse en marcha y disparar desde allí.
Las acciones se prolongaron hasta el mediodía, cuando Braulio Curuneaux, solicitó instrucciones al comando. Eso confundió un poco a Fidel Castro no solamente porque no tenía certeza de lo que sucedía en el camino de Meriño sino que tampoco sabía el rumbo del enemigo ni los planes que tenía el Che. Por eso, su respuesta no fue demasiado precisa: “…si tú ves que los guardias tratan de forzar el cruce hacia San Lorenzo, atacando a Lalo, y tú los divisas por el firme que sube, dispara sobre ellos a discreción para intimidarlos y dispersarlos”.
Cuando los relojes señalaban las 12.20, aparecieron volando bajo dos bombarderos B-26 y un caza F-47, acudiendo al pedido de auxilio que el capitán Martínez Torres había lanzado desde su desesperada posición. Los aparatos ametrallaron la región y soltaron algunas bombas antes de retirarse, para regresar en forma sucesiva y repetir la operación durante dos horas y media.
Finalizado el ataque aéreo, los guardias intentaron avanzar nuevamente sobre las posiciones guerrilleras pero los tiradores de Lalo Sardiñas volvieron a contenerlos.


Tras el ataque aéreo, las compañías enemigas intentaron avanzar nuevamente sobre las posiciones rebeldes, pero fueron nuevamente rechazadas por los hombres de Lalo y Labrada. Por su parte, el pelotón de Ciro del Río se adelantó hacia una nueva posición que le permitió hostilizar a los soldados por el flanco derecho, con el apoyo de la ametralladora 50 de Curuneaux.
A las 12.50, el Che le envió a Castro el siguiente mensaje:

Me da la impresión que todos los guardias se han descolgado para el otro lado del firme. Traté de hacer contacto con Lalo pero no ha vuelto mi mensajero. Ciro del Río está avanzando por el firme que ellos tenían hacia arriba.

Quince minutos después, mandó otro cuyo texto era el siguiente:

Los guardias estaban en la punta del firme pero parece que Lalo se retiró y ya tomaron la embocadura del camino a San Lorenzo. Estas son conjeturas; exacto no sé nada. Los mensajeros no hicieron contacto con Lalo. De aquí (500 m.) se ven pasar uno a uno para San Lorenzo.

Recién a las 14.00 recibió Castro en su puesto de mando un mensaje de Lalo dando cuenta del desarrollo de las acciones que se estaban llevando a cabo.

Tuvimos combate con los de Meriño. Le vimos 2 muertos pero considero tengan como ocho; esta emboscada de este lado es muy corta, pero le tiré 12 granadas y como ocho satélites a un montón que había en un hoyo y gritaban: “No dejen los heridos, huyan, nos están rodeando”, y uno decía: “avanza por el trillo”, y otro decía “avanza tú”. Duró como una hora y media, empezó a las 9 y 30, la aviación no hizo nada. Están intentando avanzar de nuevo; la emboscada de San Lorenzo no la moví para nada.

Fidel se apresuró a despachar refuerzos para apoyar a Lalo y evitar que los soldados gubernamentales se replegasen hacia San Lorenzo Y así se lo comunicó al Che en un nuevo parte que le envió a las 14.15.

Mandé a Raúl Castro [Mercader] con 8 hombres a reforzar a Lalo. Los 7 hombres que quedaban a Camilo de su columna en la Plata ya están al llegar aquí. Guillermo está situado en el alto de Mompié con su pelotón para trasladarlo aquí si las circunstancias lo requieren.
Si los guardias no han salido, esta noche mandaré 40 hombres a cavar trincheras en la loma donde está Lalo y lo reforzaré con los de Camilo que están al llegar (todos con automáticas y un rifle ametrallador). También situaré la bomba de 100 libras que ya está aquí.

Poco después, el Che y Jaime Vega se pusieron en marcha para atacar las retaguardias de las compañías 91 y 93, que continuaban aferradas al terreno. A las 15.20, Fidel Castro redactó un nuevo mensaje para Lalo, informándole que le enviaba hombres y armamento de refuerzo.

Dentro de unos minutos salen para allá un fusil ametrallador y seis hombres más con armas automáticas. Por la noche mandaré una bomba de cien libras para ponerla en el camino de San Lorenzo. Mandaré hombres también para hacer trincheras. Si se resiste bien ahí los copamos y rendimos.
…………………………………………………………………………………………
Cuevas, Vega, Che, Ciro y una escuadra de Camilo están avanzando por Meriño. Los felicito a todos.
P.D. Mandé a Fonso [Alfonso Zayas] que los tiroteara por el camino de la Mina a San Lorenzo.

El cuerpo de refuerzo que Fidel despachó hacia Meriño, en apoyo de Lalo Sardiñas  contaba con un total de cuarenta hombres al mando de Alfonso Zayas, provistos de un fusil Garand y otros diez de cerrojo. La unidad, tomó por el camino de Minas de Frío en dirección a San Lorenzo y al llegar al llegar a esa posición abrió fuego contra el campamento para forzar a sus ocupantes a salir. Inmediatamente después, ubicó a sus efectivos en un terreno elevado, próximo al camino de Meriño y una vez allí le escribió una nota a Fidel Castro, dando cuenta de sus movimientos.
Apremiados por la situación, los guardias intentaron una nueva salida por el camino de San Lorenzo pero volvieron a ser rechazados y una vez más debieron replegarse, hostigados desde la retaguardia por el Che, Andrés Cuevas, Jaime Vega y la ametralladora pesada de Curuneaux. En su huida abandonaron algunos mulos que Guevara menciona en el parte que le envió a Fidel a las 16.05.

Estoy a 300 m. de los guardias, pero debajo de ellos. Tengo 7 mulos que no los dejamos marchar pero necesitaríamos una ayudita en cualquier dirección, preferentemente retaguardia para tomarlos.

Eso obligó al comandante supremo a replantear una vez más su estrategia. Debía decidir si continuaba intentando forzar la ruta hacia San Lorenzo; si debía hacerlo por el camino de El Tabaco o mantenerse en espera, previendo que el enemigo enviase refuerzos desde aquella localidad. Eso lo llevó a expedir un nuevo parte a Lalo, dándole las siguientes instrucciones y otro a Celia Sánchez en Mompié, con directivas para parte de la oficialidad. Decía el primero:

Salgo a hacer contacto con Che y Cuevas y a ver si puedo reforzar el camino del Tabaco. Hagan una buena defensa de trincheras en el camino que viene de San Lorenzo y pónganle dos bombas. Puedes poner veinte hombres y la trípode hacia San Lorenzo y el resto hacia Meriño. Cuida también tu retaguardia por el firme dónde estás con alguna posta. Fonso [Alfonso Zayas] tomó posesión en un firme cerca del camino que sube a Meriño, para tirotear cualquier refuerzo que venga de S. Lorenzo. Si todavía no se han escapado por algún lado, hay que impedir mañana de todas formas que vengan refuerzos. Llena eso de huecos.

Y el de Celia:

Voy a hacer contacto con el Che y Cuevas. Laferté que se encargue de mandar antes de que sea de noche el personal para cavar trincheras. Guillermo que permanezca ahí.

En ese lapso (17.00), las tropas Martínez Torres intentaron nuevamente romper el bloqueo y ganar el camino en dirección a San Lorenzo, pero una vez más fueron contenidas, intercambiando disparos hasta las 18.30, cuando se vieron forzadas nuevamente a retroceder.
Tal como se lo manifestara a Celia en la nota, Castro abandonó Minas de Frío y partió en busca del Che y Andrés Cuevas, que combatían con la retaguardia del Batallón 19. Durante la marcha, se topó con varios efectivos que se replegaban, siguiendo una orden equivocada, de ahí su vigor al conminarlas a regresar. Ya en la posición de Lalo Sardiñas, intercambió una serie de impresiones y permaneció ahí hasta las 19.45, cuando ya cayendo la noche, procedió a enviarle un nuevo mensaje al Che, comentándole las últimas novedades.

Llego aquí por el camino de la Mina a Meriño y me encuentro una gran confusión. Tengo aquí la escuadra de Ciro que iba en retirada, diciendo que había guardias en Meriño, que a mi entender eran Cuevas y compañía. La 30 iba también en retirada según me dice por orden tuya. Me extraña un poco que tú hayas dado esa orden quedándote ahí.
Acabo de conferenciar con Lalo hace media hora. La cosa por allá está muy bien; pero me temo que los 12 que estaban cuidando el camino de Limones y que por la mañana dispararon contra los guardias, al verse todo el día sin contacto, se retiren por Caracas. Todo eso hay que arreglarlo. A mí me parece que debemos vernos tú y yo, pues las mejores posiciones están o pueden estar en nuestro poder. El refuerzo sólo puede venir por San Lorenzo y yo te aseguro que no llega.
Yo dejaría un poquito de gente por aquí abajo y concentraría la fuerza en el camino que viene de Limones pues son ese punto y la posición de Lalo, en estos momentos, las más esenciales, ya que los guardias para abajo no van a ir de ninguna manera. Los mulos sólo pueden salir por cualquiera de esos dos caminos.

Lo que ocurrió fue que los hombres de Néstor Labrada emboscados en el camino de Limones, abandonaron la loma de Caracas con los siete refuerzos de la columna de Camilo y eso generó la confusión que Fidel subsanó ni bien se topó con ellos. Por otra parte, los refuerzos que la tropa enemiga esperaba en San Lorenzo nunca llegaron y eso selló su suerte y el destino de la batalla.
Atrapado en tan desesperante situación, el capitán Martínez Torres se dejó llevar por los consejos de su guía, el guajiro Armando Rabí y para evadir el cerco, inició el descenso hacia el valle de El Tabaco, tomando los escarpados pasos al otro lado del firme. Al amparo de la obscuridad, los soldados leales se deslizaron sigilosamente por el paso, dejando detrás el total de sus mulos.
Cuando Andrés Cuevas y su gente ingresaron en el campamento, lo hallaron completamente abandonado, con los mencionados mulos y parte del equipo a su disposición.
Fidel recibió la novedad a las 11.30 y quince minutos después le envió un nuevo comunicado a Lalo, poniéndolo al tanto de la novedad.

Los guardias parece que se descolgaron todos para el Tabaco. Dejaron siete mulos con alguna mercancía, calderos y mochilas. No se sabe por dónde se llevaron los otros. Los 12 tuyos, según noticias, se juntaron con siete de Camilo que subieron por el firme de Caracas y estaban por el camino de Limones. Mañana a las 4 y 30 de la madrugada, levanta a la gente y con la primera claridad manda a explorar el firme hasta el camino de Limones, toma el firme con la gente, teniendo cuidado con algún guardia rezagado que pueda quedar y registren todo bien buscando armas, balas, mochilas, etc. En una hora pueden terminar. Deja entonces una posta de seis hombres para que cuiden el camino hasta las 12 del día, y tú trasládate bien temprano para la Mina con el personal a descansar. Los mulos que se ocuparon no tenían balas. Investiga para ver qué pasó con los otros. Trae las minas.

Tal como explica Fidel Castro en su libro, pese a que el combate de Meriño no representó un aporte significativo en materia de armas, municiones y pertrechos, representó otra importante victoria sobre un enemigo mucho más poderoso y mejor pertrechado y sirvió para contener por un tiempo los intentos ofensivos del enemigo.
Las tropas de Batista perdieron ocho hombres y tuvieron un número indeterminado de heridos, en tanto los rebeldes no acusaron ni una sola baja.
Las compañías del Batallón 19 habían logrado escapar pero en el intento, perdieron buena parte de su equipo y se retiraron con el sabor amargo de no haber logrado el objetivo de penetrar en la profundidad en la sierra, unirse al Batallón 18 por el sur y desbaratar el débil dispositivo defensivo enemigo.

Notas

1 Se hizo en un horario poco acorde, a las 11.30 de la mañana, cuando todo el mundo se hallaba en sus lugares de trabajo y solo las amas de casa tenían encendidos sus aparatos.

2 Ernesto “Che” Guevara, Pasajes de la guerra revolucionaria, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1985, p. 72.

3 Carrillo encabezó la asonada junto al general Ramón Barquín, quien fue encarcelado al fracasar el golpe.

4 “Armas para Fidel”, diario “La Nación”, San José de Costa Rica, domingo 4 de mayo de 1958, pp. 20-21. Cumplida su misión, Rojo del Río recibió la autorización de Fidel Castro para regresar a Costa Rica. Lo hizo el 24 de abril, rumbo a Manzanillo, a bordo de un jeep conducido por un guerrillero, llevando como compañeros a dos reporteros norteamericanos, uno de ellos William Mc Iver. Al llegar a una arrocera, los viajeros se apearon y separaron, tomando rumbos diferentes. Rojo lo hizo por un camino que se abría hacia a la izquierda, acompañado por varios miembros del M-26 que, como él, iban armados con ametralladoras. En determinado momento, el grupo se topó con una patrulla policial y eso produjo un breve intercambio de disparos en el que el argentino fue el primero en abrir fuego. Logró evadirse cubierto por sus acompañantes, quienes concentraron el fuego con vigor para permitir su huida por un claro. De esa manera, tras mucho andar, llegó a una vivienda donde le facilitaron algunas prendas de vestir pertenecientes a una secta religiosa. Una vez en Manzanillo abordó un ómnibus que lo llevó directamente a La Habana tras un viaje de varias horas y tras una serie de peripecias en la capital, un conocido de Costa Rica lo proveyó de valija diplomática y pasaporte falsos con los que logró llegar al aeropuerto de Rancho Boyeros para abordar un avión de LACSA, la empresa donde prestaba servicios (ambos pilotos lo conocían) y regresar a San José, para reencontrarse con su familia. Pero su relación con Cuba y el movimiento guerrillero, no habían finalizado.

5 Huber Matos, op. Cit. p. 86-89.

6 Ver Anderson, p. 307.

7 [ver Anderson, p. 308]. Se trataba de Lidia Doce, correo y enlace que junto a Clodomira Acosta, llevarían a cabo una labor en extremo arriesgada llevando y trayendo mensajes de Fidel y el Che, sobre todo de la sierra al llano y las ciudades, desplegando notable valor y audacia. Oriunda de Manzanillo, era viuda y madre de un hijo cuando se produjo el desembarco del Granma.

Al momento de unirse al ejército rebelde atendía una panadería en San Pablo de Yao, donde las fuerzas castristas solían proveerse de víveres. Después que su hijo Efraín se uniera a la guerrilla, ella hizo lo propio, siendo designada para actuar como mensajera entre lso diferentes puestos de la sierra, asi como entre esta y el llano.

El Che conoció a Lidia un día de 1957 en San Pablo de Yao, a poco de ser ascendido a comandante. Le impresionó sobremanera su coraje y entrega y mucho le alegró saber que su hijo integraba el ejército rebelde desde hacía tiempo.

Tanto llegó a ser el respeto que sintió por ella, que además de dedicarle conceptuosas palabras, la designó comandante de uno de los campamentos auxiliares próximo a las líneas enemigas.

Pereció durante una misión a La Habana junto a la también mensajera Clodomira Acosta, el 11 de septiembre de 1958, al ser capturadas por las fuerzas policiales en una casa-refugio de la capital, donde también se alojaban otros combatientes clandestinos como Alberto Álvarez Díaz, Reinaldo Cruz Romeu, Leonardo Valdés Suárez, y Onelio D. Rodríguez. Cunducidos a prisión, sufrieron torturas y vejámenes. Las dos mujeres fueron ajusticiadas el día 17 y sus cuerpos arrojados al mar, donde desaparecieron para siempre.

8 Hijo y sucesor de Anastasio Somoza García, hermano de Anastasio Somoza Debayle, ocupó la presidencia de Nicaragua entre 1957 y 1963.

9 El periodista norteamericano se hallaba destinado en Caracas.

10 Ver Anderson, p. 309.

11 Ídem, p. 310.

12 Finalizada la guerra, Sturgis regresó a su país y en 1961 entrenó a los combatientes anticastristas que tomarían parte en la invasión de Bahía de Cochinos.

13 Fidel Castro Ruz, La victoria estratégica, Capítulo 14 “Contención en Santo Domingo”, https://lapolillacubana.wordpress.com/fidel-la-victoria-estrategica/

14 Ídem, Capítulo 12, “La primera batalla de Santo Domingo”,  http://www.cubadebate.cu/especiales/2010/09/09/la-victoria-estrategica-capitulo-12/#.VHi89tKG_v0

15 Ídem.

16 Ídem.

17 Ídem.

18 Fidel Castro Ruz, La victoria estratégica, capítulo 13, “El combate de Meriño”.

19 Ídem.

20 Ídem, como todas las citas siguientes.

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