EL ENEMIGO CERCADO
El 28 de junio de 1958 dio comienzo lo que Fidel Castro dio en llamar la
segunda etapa en la ofensiva enemiga, caracterizada por la férrea oposición del
ejército rebelde y su capacidad para contener la arremetida, pese a su precaria
situación y su pobre armamento, muy inferior en cantidad y calidad al de sus
oponentes.
Sabiendo que tras los demoledores golpes que había sufrido entre el 28 y 30
de junio, Sánchez Mosquera iba a movilizar sus fuerzas en dirección a El Naranjo,
Fidel Castro ordenó a al total de sus secciones regresar a sus posiciones
anteriores para mantener el cerco sobre el área comprendida entre Pueblo Nuevo
y Leoncito, pasando por el río Yara al este de Santo Domingo.
Los jefes de pelotones procedieron a cumplir la directiva y de ese modo, en
las primeras horas del 1 de julio, sus hombres se encontraban de nuevo en sus
lugares de origen, en espera de nuevas indicaciones.
El combativo escuadrón de Lalo Sardiñas lo hizo en Pueblo Nuevo, listo para
contener cualquier intento de avance río arriba, en dirección a Santana o La
Jeringa. Ese fue un día especial para ese jefe, cuyo nombre se hallaba envuelto
en la duda desde su degradación tras el incidente que le costara la vida a uno
de sus subalternos. En horas del mediodía, Fidel redactó una directiva según la
cual, en reconocimiento a su extraordinario valor y desempeño en el combate, se
suspendía el juicio pendiente al que debía ser sometido por la aquel asunto y
se le restituía el cargo de capitán.
Es de imaginar la emoción que debe haber embargado a Lalo. Ni Fidel, ni el
Che se habían equivocado al defenderlo con tanta insistencia pues había
demostrado una gran capacidad para dirigir a sus hombres y un coraje a toda
prueba a la hora de enfrentar a fuerzas extremadamente superiores y mejor
equipadas.
El nuevo perímetro defensivo se completó con las secciones de Zenón Meriño
y Andrés Cuevas, seguidas por las de Lalo a la izquierda, cubriendo las
pendientes que conducían a El Naranjo, a metros del arroyo Los Mogos. Algo más
allá, sobre el alto en el que se encontraba aquella localidad, se hallaba
apostado el grupo al mando de Huber Matos y a su izquierda la escuadra de
Braulio Curuneaux con la ametralladora 50 de tan trascendente desempeño.
Más allá del arroyo se encontraba la gente de Félix Duque, sobre la
saliente denominada Estribo de Gamboa y luego “Daniel” (René Ramos Latour), en
una posición algo más arriba, en un punto que la guerrilla denominó La Pulga,
donde debía actuar como reserva operativa. Pero esa misma mañana, Al día
siguiente, temprano por la mañana, Castro decidió hacer una variante y envió a
Andrés Cuevas hacia La Plata para movilizarlo desde allí en caso de ser
necesario y tener que echar mano a una fuerza extra.
Coincidiendo con aquel desplazamiento, esa misma mañana el enemigo se
dispuso a sondear el terreno lanzando sus avanzadas desde Santo Domingo hasta
el estribo de Gamboa, donde se hallaba posicionado Félix Duque.
Al tomar conocimiento de ello, Fidel se apresuró a enviarle un correo para
advertirle de tales movimientos y le ordenó a Curuneaux que aún cuando viese
pasar al enemigo en aquella dirección, se mantuviese quieto, sin hacer nada y
dejase que el mismo chocase con la gente de Duque. Convencido de que la sección
apostada en el estribo era lo suficientemente fuerte como para detener el
avance de los guardias, le mandó decir a Huber Matos que se preparase para
efectuar un movimiento tendiente a envolverlos, apoyado por la ametralladora
pesada de Curuneaux.
El choque de las avanzadas de Sánchez Mosquera con la gente de Duque nunca
se produjo porque al verla aparecer, inesperadamente Curuneaux comenzó a
disparar. Evidentemente la orden de Fidel no le había llegado o bien, presa de
la excitación, no pudo evitar abrir fuego. Al parecer, la primera de aquellas
posibilidades es la más probable porque al finalizar el día, el propio Braulio
le envió una nota a Fidel dando minuciosa cuenta de la munición gastada, aunque
sin hacer ninguna otra alusión al asunto, como si la directiva de su superior
nunca hubiese existido.
En el ataque de ayer le hice al
enemigo 476 disparos, que unidos a los 275 anteriores suman 751, quedando por
tanto 349 tiros”. Seguidamente, me pedía 162 tiros que había dejado en la casa
del Santaclarero. Le respondí que debía mantenerlos allí como reserva1.
El 3 de julio Fidel decidió trasladarse hacia Minas de Frío, dejando a
Camilo Cienfuegos a cargo del sector. Dos días antes, el enemigo había
capturado San Lorenzo desde donde apenas se limitaba a efectuar patrullas por
los alrededores, alcanzando en alguna que otra ocasión los lindes de El
Naranjo. La guerrilla mantuvo sobre él un permanente hostigamiento que incluyó
ráfagas de ametralladora 50 cada media hora, más como acción psicológica que
otra cosa, según explica el propio Castro pues debían saber que las fuerzas
rebeldes seguían allí, vigilando los accesos a la sierra.
Al otro día
mandé a buscar a Lalo con su personal para que participara en la emboscada que
preparaba a la compañía del Ejército que había penetrado en Meriño. La tropa de
Lalo era la única que no estaba en una posición defensiva en el sector de Santo
Domingo, sino de ataque. Orienté, entonces, a Camilo que cubriera con la
escuadra de Zenón Meriño el camino que subía desde Pueblo Nuevo hacia el firme,
y que vigilara bien los movimientos de los guardias en ese flanco. La situación
operativa en aquel momento permitía lo que pudiera parecer como un
debilitamiento de la línea de contención en su extremo derecho, puesto que en
caso de que el enemigo intentara de nuevo avanzar río arriba, la única
disposición que habría que tomar era la de vigilar con atención su movimiento y
fortalecer la defensa del camino que subía al firme desde Santana. Sin embargo,
yo estaba convencido de que el próximo intento de Sánchez Mosquera iba a ser
por el firme de El Naranjo o por el mismo de Gamboa, por donde había tanteado
el día 1ro.
El sábado 5 de julio, se produjo un enfrentamiento importante, cuando las
tropas regulares abandonaron Santo Domingo y comenzaron a trepar la pendiente
con la intención de ocupar El Naranjo. El intercambio de fuego fue intenso y al
emprender la retirada, los guardias sufrieron cuatro bajas además de perder un
fusil Springfield con 350 tiros que pasó a engrosar el arsenal guerrillero.
Casi al mismo tiempo, Ramón Paz contuvo al Batallón 18 por el Sur, frenando su
avance definitivamente.
Aprovechando esa coyuntura, Fidel Castro le ordenó a Cienfuegos que
estableciese contacto con Guillermo García, que en esos momentos cubría los
accesos a La Jeringa y las nacientes del río Yara, en el alto de San Francisco
y le indicase replegarse hacia su puesto de mando para recibir instrucciones.
Lo mismo hizo con Curuneaux y mandó a “Daniel” a cubrir la elevación de Sabicú,
próxima a la línea enemiga.
La ametralladora pesada fue utilizada con éxito en la acción de Meriño y
una vez finalizada la misma, fue enviada nuevamente hacia El Naranjo para
reforzar el sector izquierdo de “Daniel”.
El 9 de julio, presionado por la derrota de sus fuerzas en Meriño, Sánchez Mosquera lanzó sus fuerzas al ataque, enviando sus avanzadas por camino de Sabicú, a través de la espesura, indicándoles expresamente no tomar por ninguno de los accesos habituales. Sus hombres avanzaron formando una amplia línea recta de varios kilómetros de extensión, al tiempo que la artillería batía en forma constante la loma y la aviación ametrallaba y bombardeaba con napalm las posiciones rebeldes, demostrando bastante precisión pese a que lanzaban a ciegas.
![]() |
| El teatro de operaciones. En el recuadro rojo Sierra Maestra |
El 9 de julio, presionado por la derrota de sus fuerzas en Meriño, Sánchez Mosquera lanzó sus fuerzas al ataque, enviando sus avanzadas por camino de Sabicú, a través de la espesura, indicándoles expresamente no tomar por ninguno de los accesos habituales. Sus hombres avanzaron formando una amplia línea recta de varios kilómetros de extensión, al tiempo que la artillería batía en forma constante la loma y la aviación ametrallaba y bombardeaba con napalm las posiciones rebeldes, demostrando bastante precisión pese a que lanzaban a ciegas.
Los guerrilleros supieron resistir valerosamente y cuando el enemigo
alcanzó las lomas de Sabicú, se produjo un feroz enfrentamiento que tuvo por
principales protagonistas a los pelotones de “Daniel”, Dunney Pérez Álamo y
Geonel Rodríguez, apoyados firmemente por la ametralladora pesada que Curuneaux
manipulaba con inusual destreza, y la sección de Huber Matos, que desde la
izquierda del flanco rebelde, tiroteaba a la vanguardia enemiga, de espaldas a
El Naranjo.
El combate se prolongó por espacio de dos horas y cuando cerca del mediodía
pareció que comenzaba a ceder, se reanudó con más vigor, obligando a las tropas
de Sánchez Mosquera a emprender el regreso a Santo Domingo, dejando detrás
numerosas bajas, armas y municiones.
Llama poderosamente la atención que un puñado de combatientes no muy bien
pertrechados y con un dispositivo de comunicaciones bastante elemental, haya
logrado mantener a raya y rechazar a una fuerza tan poderosa. Las conclusiones
de Fidel Castro son la mejor respuesta a cualquier interrogante que podamos
formularnos en ese sentido.
El Combate de
El Naranjo tuvo una significación mucho mayor que lo que pudieran indicar sus
resultados concretos, en términos de bajas y botín ocupado. Representó el
último esfuerzo del fuerte contingente enemigo estacionado en Santo Domingo por
seguir avanzando hacia el corazón rebelde.
Téngase en
cuenta que, en ese momento, esta era la tropa enemiga más peligrosa para
nosotros por varias razones: era la que estaba más cerca de La Plata, una de
las más numerosas y mejor equipadas, y la que contaba con el jefe más decidido
e inteligente. Sin embargo, todos estos factores, aparentemente favorables, se
estrellaron contra la resistencia de un puñado de combatientes bien
preparados, decididos a luchar hasta el final para impedir el avance enemigo en
esa dirección.
No hay que
desestimar tampoco el hecho de que los golpes recibidos por esta tropa en la
primera Batalla de Santo Domingo, pudieran haber creado un ambiente derrotista
y cierta desmoralización entre los soldados y, sobre todo, en su engreído jefe.
El hecho fue que, después del día 9, Sánchez Mosquera no hizo el menor intento
de moverse en dirección alguna hasta que recibió la orden perentoria de
abandonar Santo Domingo el día 26. Esta inercia me permitió trasladar de nuevo
hacia otros sectores a Curuneaux y otros combatientes rebeldes que cubrían este
frente, que quedó protegido durante todo ese tiempo por las escuadras de Duque,
Geonel Rodríguez, Zenén Meriño, Huber Matos y Álamo, y por el personal de
reserva de Daniel en el firme de El Naranjo.
Con la intención de cubrir el borde externo del frente de El Naranjo, Fidel
movilizó algunos pelotones de las columna 3 y 4, al mando de Juan Almeida y
Ramiro Valdés respectivamente, confiando a Camilo Cienfuegos su distribución en
Agualrevés, La Jeringa, el cruce de Lima, el cruce del camino de Santana con el
de Palma Mocha, y otros puntos estratégicos por donde se esperaba que llegase
el enemigo.
La gente apostada en las inmediaciones de El Naranjo se mantuvo allí,
soportando los embates de la aviación y el fuego de los morteros 81 que se les
hacía desde Santo Domingo.
El 11 de julio, uno de esos disparos impactó de lleno en la casa de un
campesino ubicada sobre la loma que conducía a Sabicú, que servía de posta al
ejército rebelde, matando instantáneamente al combatiente Juan de Dios Zamora,
que en esos momentos preparaba el almuerzo para la tropa e hiriendo de gravedad
a Rita García y Eva Palma, que lo ayudaban, al capitán Geonel Rodríguez y al
teniente Carlos López Mas, que descansaban en una de las habitaciones.
Rodríguez y Mas fueron evacuados inmediatamente hacia la comandancia de La
Plata, para ser operados de urgencia, pero murieron ambos a causa de la
hemorragia.
Para Fidel Castro se trató de dos pérdidas importantes, sobre todo la de Geonel Rodríguez, “…joven estudiante de ingeniería Radio Rebelde informó con pesar, el día 12, la muerte de Geonel y su entierro en suelo rebelde. Era una pérdida particularmente dolorosa la de este joven estudiante de ingeniería, colaborador del Che en la creación de El Cubano Libre, el primer periódico guerrillero en la Sierra Maestra; combatiente modesto y valeroso, quien caía abatido, no por el fuego concentrado de un combate, sino por un azar infortunado”2.
![]() |
| Fidel Castro racionando |
Para Fidel Castro se trató de dos pérdidas importantes, sobre todo la de Geonel Rodríguez, “…joven estudiante de ingeniería Radio Rebelde informó con pesar, el día 12, la muerte de Geonel y su entierro en suelo rebelde. Era una pérdida particularmente dolorosa la de este joven estudiante de ingeniería, colaborador del Che en la creación de El Cubano Libre, el primer periódico guerrillero en la Sierra Maestra; combatiente modesto y valeroso, quien caía abatido, no por el fuego concentrado de un combate, sino por un azar infortunado”2.
Aquellas tres bajas fatales fueron el único suceso que empañó las exitosas
acciones de una jornada intensa y pese a que constituyeron pérdidas
importantes, no fueron impedimento para que Castro concentrase su atención en
el siguiente objetivo, a saberse, el Batallón 18, cercado en el sur.
En su libro La victoria
estratégica, Fidel refiere que el mismo día que murieron Geonel Rodríguez y
a Carlitos Mas, el estado mayor guerrillero puso en marcha el plan que había
trazado para derrotar definitivamente al Batallón 18 estacionado en Jigüe.
Mientras
Camilo Cienfuegos dirigía las acciones por el nordeste y el Che contenía al
ejército en Minas de Frío, a las 05.30 del 11 de julio, el grueso de la
guerrilla abrió fuego sobre el campamento. La acción se prolongó cerca de un
cuarto de hora y finalizó cuando la gente de Fidel, ajustándose al plan de
batalla, silenció sus armas, simulando la retirada.
La idea era provocarle algunas bajas a
la unidad para forzarla a evacuar al único herido en dirección a la playa y
permitirle a Guillermo García, emboscado en esos momentos en la ribera, que
atacase a la fuerza y la alquilase.
Así ocurrió. Los guardias de
introdujeron en la emboscada generándose un intenso tiroteo en el que cinco de
ellos cayeron muertos, dos fueron hechos prisioneros, uno de ellos herido de
gravedad y se capturaron seis rifles y algo de municiones. Para entonces,
Castro había dispuesto dos líneas defensivas en Purialón, con indicaciones de
contener y rechazar probables refuerzos que llegaran de la costa. Además,
contaba con los cuarenta efectivos que dominaban los accesos desde la playa, al
mando de Lalo Sardiñas y Andrés Cuevas y sus dos ametralladoras pesadas de 30
que a esa altura eran consideradas piezas fundamentales.
El pelotón de Ramón Paz, por su lado,
esperaba en las alturas de Manacas para descender hacia el río ni bien se
iniciase la lucha y aniquilar a los refuerzos que intentasen aproximarse por
ese sector.
Castro temía que sus escasas fuerzas
no pudiesen contener una posible embestida hacia el alto de Cahuara, de ahí su
estrategia de potenciar el fuego sobre las fuerzas sitiadas con el objeto de
desgastarlas anímica y físicamente.
Para reforzar ese sector, partió por
la mañana el Che, encabezando uno de los pelotones de reserva, llevando
instrucciones de Fidel, de enviarle una sección de once hombres de Camilo para
fortificar su posición, fogueados en los días anteriores en el combate de
Meriño.
Ni bien llegó a destino, el Che
redactó una comunicación para el comando superior, informando que Curuneaux,
con su invalorable ametralladora calibre 50 a cuestas, se dirigía a Jigüe,
cumpliendo las indicaciones del propio Fidel. Cerca del mediodía recibió la
orden de enviar al reducido pelotón de Rogelio Acevedo con su ametralladora 30
hacia el puesto de mando, también para fortificar las posiciones en el alto de
Cahuara y situar a Ramiro Valdés el camino que une Palma Mocha con Santo
Domingo. De ese modo, se esperaba impedir la toma del sector próximo a Jigüe
desde Santana por el norte y desde el río Palma Mocha por el sur, y de paso
cubrir el desplazamiento de la propia tropa entre Santo Domingo y Jigüe.
Recibida la orden, los quince
efectivos de Ramiro, todos integrantes de la Columna 4, partieron a cumplir la
orden mientras el escuadrón de El Vaquerito (Roberto Rodríguez Fernández) se
aprestaba a posicionarse sobre las laderas, en cercanías del alto de El Pino,
para cerrar el dispositivo defensivo por ese lado. En concordancia con ello, la
sección de Hugo del Río, se desplazó desde El Naranjal hasta una gran aliente
que dominaba el río La Plata por el nordeste, lista para iniciar con El Vaquerito
la aproximación sobre el campamento enemigo y rodearlo.
Tienen que irse aproximando cada vez más a
los guardias y ganar terreno cuando la lucha se reanude aquí. Los tenemos
completamente rodeados. Ahora hay que irles quitando cada vez más terreno y no
dejarlos ni comer ni dormir2.
Poco antes, le hizo llegar al Che, sus
planes en los siguientes términos:
Si las circunstancias lo llegasen a requerir,
podría ser conveniente trasladar el personal de la Escuela, desguarnecer
la mina [Minas de Frío], atrincherar la Maestra más acá del Pino [el alto
llamado también del Cake, entre Minas de Frío y Mompié], y trasladar acá la
mayor cantidad posible del personal ocupado en aquella zona. Nuestra estrategia
debe ser, a mi entender, desangrar y diezmar los refuerzos enemigos, mientras
debilitamos, reducimos y rendimos la tropa sitiada. El ejército está obligado a
un gran esfuerzo en un momento en que luce estarse agotando. Me preocupa un
poco el lado de Palma Mocha, que con unos pocos hombres podrá fortalecerse
mucho. Con reservas aquí en el alto de Cahuara no me inquieta el lado de la
Magdalena y el Mulato. Por Meriño me luce difícil que entren otra vez.
……………………………………………………………………………………..
Yo estoy calculando que esta tropa hará
algunos intentos de escapar. Cuando sea rechazada por dos o tres partes quedará
destruida moralmente y fácil de aniquilar.
Durante aquella primera jornada, los
guerrilleros hostigaron el campamento enemigo con el fuego de sus fusiles y
ametralladoras pesadas pero a las 14.30, Fidel ordenó un alto el fuego para
hacerle creer al enemigo que se habían retirado. De esa manera, esperaba que
los guardias saliesen en su persecución o, al menos, efectuasen misiones de
exploración para caerles encima. Fue ene se momento que decidió poner en
práctica una nueva arma.
A estas alturas ya se me había ocurrido la
posibilidad de utilizar, como otra pieza en el combate contra la tropa cercada,
los altoparlantes de Radio Rebelde. Llegado el momento en que los guardias
comenzaran a sentirse desmoralizados ante su imposibilidad de romper el sitio,
me parecía indudable que tendría un efecto psicológico importante para ellos
escuchar desde el monte las trasmisiones que realizábamos con el Himno
Nacional, las exhortaciones a la rendición con plenas garantías para sus vidas
y, tal vez, hasta la utilización, igual que en Santo Domingo, de las canciones
pegajosas y de letras tan intencionadas del Quinteto Rebelde.
Al finalizar el tiroteo sobre las
posiciones enemigas, Castro mandó buscar los altoparlantes y la pequeña planta
generadora, además del personal técnico y los locutores que debían operarlos, y
les ordenó a los encargados de cumplir la tarea aguardar en Mompié hasta
recibir nuevas instrucciones.
Castro también pensaba emplear las
claves y el equipo de comunicaciones por onda corta que sus hombres habían
capturado en Santo Domingo, sabiendo por buena fuente, que no había contacto
entre el sitiado Batallón 18 y la Compañía G-4, estacionada en la costa.
Había algo a esa altura de los
acontecimientos, que intrigaba a Fidel y al alto mando guerrillero ya que desde
el comienzo de la batalla de Jigüe, la aviación no se había hecho presente.
Daban para pensar muchas cosas al respecto, pero el comandante supremo de las
fuerzas rebeldes no quería ilusionarse como tampoco crear falsas expectativas a
su gente.
En aquella primera acción, el personal
de Guillermo García hizo un prisionero, que envió de manera inmediata al nuevo
puesto de mando de Fidel en Cahuara. Durante el interrogatorio, el hombre
brindó detalles esclarecedores en cuanto a la composición y el armamento de la
unidad a la que pertenecía, es decir, el Batallón 18 de Infantería.
De esa manera, el alto mando guerrillero supo que la componente de aquella fuerza había estado estacionado en Maffo y que ni bien se inició la ofensiva, se había movido en dirección a Jigüe; que estaba dividido en dos compañías provistas de dos morteros, uno calibre 81 y el otro 60, más una bazooka, que la munición comenzaba a escasear y lo más interesante de todo, que su comandante era José Quevedo Pérez, compañero de estudios universitarios de Fidel, un dato para tener en cuenta.
![]() |
| Fidel y el Che junto a un combatiente durante un alto en la batalla |
De esa manera, el alto mando guerrillero supo que la componente de aquella fuerza había estado estacionado en Maffo y que ni bien se inició la ofensiva, se había movido en dirección a Jigüe; que estaba dividido en dos compañías provistas de dos morteros, uno calibre 81 y el otro 60, más una bazooka, que la munición comenzaba a escasear y lo más interesante de todo, que su comandante era José Quevedo Pérez, compañero de estudios universitarios de Fidel, un dato para tener en cuenta.
El 12 por la mañana, Castro ubicó a
Curuneaux en el alto de Cahuara, colocando al campamento enemigo a tiro de su
ametralladora pesada. Cerca suyo hizo lo propio la sección de Jaime Vega que
desde su posición, a la derecha, podía acudir en ayuda de Guillermo en caso de
que los guardias se movieran en dirección al río La Plata. Debía mantener
silencio absoluto, lo mismo el resto de las posiciones, pues se intentaba
confundir a las tropas cercadas, haciéndoles creer que el área se hallaba
despejada.
En última instancia, si el enemigo lograse
romper la línea y proseguir su avance río abajo, o si ocurriese la eventualidad
de que se filtrase alguna tropa en esa misma dirección por cualquier otro
punto, Guillermo -según las instrucciones recibidas- debía perseguirla para
atraparla en Purialón con el apoyo de los hombres de Lalo y Cuevas. De esta
manera, todas las posibilidades quedaban previstas.
Pero ni ese día ni el 13 de julio las
fuerzas del gobierno hicieron movimientos, lo que fue aprovechado por la
guerrilla para reforzar sus posiciones, a saberse, 80 hombres decididos, sin
contar la sección de Acevedo, con su ametralladora calibre 30, que recibió
destiempo la orden de pasar a Jigüe y no llegaría a Cahuara sino hasta la tarde
de la siguiente jornada. En el río, por su parte, se encontraba el fuerte
pelotón de Guillermo García, integrado por otros 40 hombres y en Purialón los
75 que sumaban las secciones de Lalo Sardiñas, Andrés Cuevas y Ramón Paz.
A cada momento era mayor mi convicción de que
el golpe combinado que pensábamos dar en esta batalla -la rendición del
batallón cercado y la destrucción de los refuerzos- tendría una significación
determinante en el curso de la guerra y, por tanto, en el fin de la tiranía. En
mis mensajes de esos días a los distintos capitanes que participaban en la
operación, les machacaba con la idea de que estábamos enfrascados en una acción
decisiva. A Lalo Sardiñas el día 14, por ejemplo, le decía: “Hay que hacer un
esfuerzo grande, porque esta batalla puede ser el triunfo de la
Revolución.
En la mañana del 14 de julio, el
general Quevedo envió parte de su tropa hacia la costa en busca de provisiones
y de paso, evacuar heridos. Se trataba de toda una sección, la 103, conformada
por tres pelotones de 100 efectivos cada uno.
La salida de esa fuerza del campamento
se a las 14.00, con una patrulla de vanguardia avanzando por el firme, y otra
por la margen izquierda del río, en tanto una tercera lo hizo llevando los
mulos y los heridos, a traves del camino principal. Una hora después, cayó en
la emboscada de Guillermo García, recibiendo intenso fuego y desencadenando un
combate que se prolongó hasta entrada la noche cuando las tropas del gobierno
se replegaron nuevamente hacia Jigüe.
Apenas una docena de soldados lograron
quebrar el cerco y escapar hacia el sur, dejando al resto, incluyendo mulos y
arrieros, en manos de la guerrilla. En un segundo enfrentamiento que se produjo
al día siguiente, esos hombres abatieron a Eugenio Cedeño, combatiente del
pelotón de Lalo Sardiñas, que recibió un disparo en el pecho, que acabó con él
instantáneamente.
Cinco muertos dejaron los guardias en
el terreno, otros diez resultaron heridos y veintiuno fueron hechos
prisioneros, sin contar los seis arrieros y treinta y nueve mulos capturados
junto con veinte fusiles, varios de ellos Garand semiautomáticos e incluso un
Browning automático.
Se trató de un duro golpe para el
Batallón 18, con efectos devastadores para sus integrantes. El informe que
redactó Quevedo después de las acciones parece decirlo todo.
Ya no quedaban dudas de que estábamos
cercados y de que el cerco era completo, porque recibíamos incesante fuego de
hostigamiento por todas direcciones. Sólo nos quedaba una alternativa de las
dos siguientes: todo el batallón tratar de romper el cerco y escapar hacia la
playa, o resistir el máximo de tiempo posible en espera de refuerzos. La
decisión era difícil, pero no tuvimos dudas en cuanto a tomar la que
consideramos más acertada, o sea, la segunda.
Lo que llamó poderosamente la atención
del mando guerrillero fue la ausencia total de refuerzos destinados a socorrer
a la unidad cercada y la aviación, que no se hizo presente en ningún momento,
ni siquiera con sus pequeños aparatos de observación.
Durante esos primeros días de la batalla, no
hubo presencia alguna de la aviación, ni siquiera de la avioneta de
observación. Sabíamos que el jefe del batallón no tenía manera de comunicarse
con su compañía de retaguardia en la costa y, mucho menos, con el puesto de
mando en Bayamo o alguna otra unidad en operaciones, por lo que solo podía
hacerlo por medio de la avioneta, cuando esta sobrevolara el campamento. Por
tanto, era razonable suponer que el mando enemigo no estaba del todo consciente
de la muy difícil situación de su Batallón 18, lo cual hacía más increíble el
hecho de que no se preocupara siquiera por establecer contacto mediante la avioneta.
Hallándose en una situación realmente
desesperante, el general Quevedo decidió una movida de último momento, enviando
a un práctico a quebrar el cerco guerrillero con el fin de alcanzar el comando
de la Compañía G-4 en la costa y solicitar refuerzos.
El mensajero salió en horas de la
noche, atravesó el cerco enemigo entre el río La Plata y Purialón y llegó a la
playa para entregar el mensaje. Prueba de ello fue la llegada de dos
monomotores F-47 y dos bombarderos B-26 a las 06.00 del 15 de julio, los
primeros por el nordeste y los segundos por el sudoeste, precedidos por una
avioneta de reconocimiento. Los aviones bombardearon y ametrallaron las
posiciones guerrilleras y ni bien se retiraron, les sucedió una segunda oleada
y a esta otra, hasta las 13.00, devastando la zona con sus cargas de napalm y
sus ráfagas de 20 y 30 mm.
El general Quevedo describe los hechos
con total realismo.
…nosotros aumentábamos el volumen de fuego
sobre las posiciones enemigas y aquello era realmente impresionante. El picar
de los aviones entrando en los desfiladeros entre montañas, el estruendo de las
explosiones, con la caja de resonancia que producen las alturas y el eco sordo
de las mismas, las explosiones de las granadas y el fuego cruzado de la
fusilería y armas automáticas, daban a aquel espacio de tierra cubana un
carácter infernal. Pero, ante cada ataque o ametrallamiento de la aviación, en
vez de apagar el fuego enemigo, parecía que lo acrecentaba, parecía que nada
les hacía, y que nadie retrocedía. Los rebeldes estaban enardecidos y nos
gritaban todo tipo de improperios, a la vez que disparaban sus armas, nosotros
les contestábamos el fuego y las palabras.
En la madrugada del 15 de julio,
después de tres días de silencio, la guerrilla abrió fuego, batiendo con fiereza
el campamento enemigo.
Desde su puesto de mando, en lo alto
de una loma próxima al arroyo Jigüe, Fidel Castro observaba a través de sus
binoculares los efectos del ataque. Allí debajo, las tropas del gobierno
estaban recibiendo un castigo feroz aún cuando la consigna era ahorrar
municiones y disparar contra blancos seguros.
La reacción de las fuerzas de Sánchez
Mosquera fue lenta y recién al segundo día apareció la aviación. Como en las
ocasiones anteriores, dos bombarderos B-26 procedentes esta vez del nordeste y
dos monoplanos F-47 del sudoeste, atacaron el área provocando algunas bajas.
Una bomba estalló a 40 metros del puesto de mando de Fidel provocando una
lluvia de pedregullos y trozos de madera que hirieron a varios hombres, uno de
ellos Pedro Miret, alcanzado en una mano y el pecho por el rebote de una bala,
cuando se encontraba en el interior de su trinchera.
Al promediar el 15 de julio, la
situación de las tropas sitiadas en el Jigüe era desesperante, escaseaban las
municiones, las provisiones se habían agotado, el calor se hacía sofocante y el
fuego esporádico de la guerrilla las obligaba a permanecer agazapadas en sus
trincheras o encerradas en sus instalaciones, en espera de unos refuerzos que
nunca llegaron.
Por otra parte, en Minas de Frío, el
Che continuaba conteniendo los intentos de avance que el ejército hacía desde
San Lorenzo y en la línea conformada por El Roble, La Magdalena, El Coco y
Mompié, se esperaba otro tanto porque esas eran las vías por donde la gente de
Sánchez Mosquera podía intentar alguna acción en dirección a Jigüe.
Las comunicaciones entre Fidel Castro
y el Che eran constantes y les brindaba a ambos una idea bastante aproximada de
lo que sucedía, por eso, cuando el segundo informó que el enemigo no había
logrado apoderarse nuevamente de Meriño, el primero tuvo la convicción de que
las topas de Batista estaban colapsando y que la amenaza de un ataque por ese
lado se había desvanecido.
Era el momento ideal para poner en
funcionamiento la nueva arma que Fidel había ideado: Radio Rebelde, con sus
parlantes y equipos montados fuera del alcance enemigo, para operar sobre la
tropa como una suerte de “Rosa de Tokyo” y echar por tierra su ánimo.
![]() |
| El papel de Radio Rebelde en la batalla fue decisivo |
Finalizadas las últimas incursiones aéreas, los guerrilleros montaron los componentes del equipo de radio en lugares especialmente escogidos y a las 01.00 del día 16, en plena noche, comenzaron a transmitir. Primero fueron arengas, luego noticias y mensajes que se sucedieron sin interrupción para entorpecer el sueño de los soldados y luego música, precedida por el Himno Nacional y marchas triunfales.
Para entonces, Fidel había redactado
un mensaje destinado a su antiguo compañero de estudios, el general Quevedo,
intimándolo a rendición. Ya le había enviado una esquela el día 10, saludándolo
cordialmente y proponiéndole un diálogo, pero su condiscípulo la había
rechazado.
La nueva comunicación decía
textualmente:
Con profunda tristeza he sabido, por los
primeros prisioneros, que Ud. es el jefe de la tropa sitiada. Sabemos que Ud. es un militar
caballeroso y culto Oficial de Academia, doctor en Derecho. Ud. sabe que la
causa por la que están sacrificándose y muriendo esos soldados y Ud mismo no es
una causa justa.Ud., militar de honor y conocedor de las leyes, sabe que la
Dictadura es la violación de todos los derechos constitucionales y humanos de
su pueblo. Usted sabe que la Dictadura no tiene derecho a sacrificar a los
soldados de la República, para mantener al Régimen que oprime a la Nación,
arrebata las libertades y se mantiene bajo el terror y el crimen; no tiene
derecho a enviar a los soldados de la República a combatir contra sus propios
hermanos, que solo reclaman vivir con libertad y dignidad. Nosotros no estamos
en guerra contra el Ejército, estamos en guerra contra la Tiranía. Nosotros no
queremos matar soldados; nosotros lamentamos profundamente cada soldado que
muere, defendiendo una causa innoble y vergonzosa. Creemos
que el Ejército es para defender la Patria, no la Tiranía.
Los políticos ladrones, los Ministros, los
Senadores y los Generales, están en La Habana, sin correr riesgos ni pasar
trabajos, mientras sus soldados están sitiados por un cerco de acero, pasando
hambre y al borde de la destrucción. A
Ud, y a los soldados los han enviado a morir, conduciéndolos a una verdadera
trampa, situándolos en un hueco de donde no tienen escapatoria alguna, sin
mover un solo soldado para tratar de salvarlos. Morirán de hambre o morirán de bala,
si la batalla se prolonga. Sacrificar a esos hombres en una
batalla perdida, en aras de una causa innoble, es un crimen que un hombre de
sentimientos no puede cometer.
En esta situación le ofrezco una rendición
decorosa y digna. Todos sus hombres serán tratados con el mayor respeto y
consideración. Los oficiales podrán conservar sus armas. Acéptelas, que no se
rendirá usted a un enemigo de la patria, sino a un revolucionario sincero, a un
combatiente que lucha por el bien de todos los cubanos, hasta de los mismos
soldados que nos combaten, a un compañero de las aulas universitarias, que
desea para Cuba lo mismo que para Ud.
Inmediatamente después, se transmitió
un segundo mensaje escrito por el doctor René Vallejo, uno de los médicos de la
guerrilla, dirigido a su colega y también compañero de estudios universitarios
en La Habana, Charles Wolf, jefe de sanidad de la fuerza cercada:
Estimado Charles.
He sabido que eres el oficial médico de esa
tropa que está sitiada y sin esperanza de salvación. Todos los soldados que han
tratado de salir han sido capturados por nosotros. Como médico y persona
decente que me consta tú eres y por la obligación en que estamos por nuestra
profesión de salvar vidas humanas, te exhorto para que aconsejes a tus
compañeros que se rindan. Te doy mi palabra de honor que todos serán respetados
y tratados como seres humanos. No vaciles en hacerlo en la seguridad de que
estarás cumpliendo un sagrado deber para con la patria y tus compañeros.
El tercer comunicado fue de los
prisioneros, quienes hablaron del trato correcto que estaban recibiendo e
instaban a deponer las armas, poniendo especial énfasis, sobre el final, en que
todo intento de resistencia iba a resultar inútil. Le siguió a eso un nuevo
texto de Fidel, donde se exponían las condiciones para la rendición
incondicional del batallón y otro más breve destinado a los soldados rasos.
Decía el primero:
El ejército rebelde, seguro de que toda
resistencia es inútil y solo conduciría a mayores derramamientos de sangre con
esta batalla que dura ya 5 días, y por tratarse de una lucha entre cubanos, os
ofrece las siguientes condiciones de rendición.
1. Solamente se ocuparán las armas. Todas las
demás pertenencias personales, serán respetadas.
2. Los heridos serán entregados a la Cruz
Roja como se está haciendo con los soldados prisioneros heridos de la
batalla de Santo Domingo.
3. Los prisioneros todos, soldados, clases y oficiales serán puestos en libertad en un plazo no mayor de 15 días.
4. Los heridos, hasta que sean recogidos por la Cruz Roja, serán atendidos en nuestros hospitales por médicos y cirujanos capacitados.
5. Todos los miembros de esa tropa sitiada recibirán cigarros, alimentos y todo lo que necesiten de inmediato.
6. Ningún prisionero será interrogado, maltratado o humillado de palabra o de obra, y recibirán el trato generoso y humano que han recibido siempre de nosotros los soldados prisioneros.
7. Enviaremos noticias inmediatas por radio a las esposas, madres, padres y familiares de cada uno de ustedes, que en estos momentos lloran desesperados, por tener noticias ni saber la suerte que pueden correr.
8. Si se aceptan estas condiciones, envíen un hombre con bandera blanca y diciendo en voz alta: Parlamento, Parlamento.
3. Los prisioneros todos, soldados, clases y oficiales serán puestos en libertad en un plazo no mayor de 15 días.
4. Los heridos, hasta que sean recogidos por la Cruz Roja, serán atendidos en nuestros hospitales por médicos y cirujanos capacitados.
5. Todos los miembros de esa tropa sitiada recibirán cigarros, alimentos y todo lo que necesiten de inmediato.
6. Ningún prisionero será interrogado, maltratado o humillado de palabra o de obra, y recibirán el trato generoso y humano que han recibido siempre de nosotros los soldados prisioneros.
7. Enviaremos noticias inmediatas por radio a las esposas, madres, padres y familiares de cada uno de ustedes, que en estos momentos lloran desesperados, por tener noticias ni saber la suerte que pueden correr.
8. Si se aceptan estas condiciones, envíen un hombre con bandera blanca y diciendo en voz alta: Parlamento, Parlamento.
El comunicado destinado a los soldados
rasos establecía lo siguiente:
Soldado: Si tus jefes te obligan a
sacrificarte en una batalla que está perdida y sin la menor esperanza de
salvación para ninguno de ustedes, ríndete a discreción. Puedes avanzar de día
con los brazos en alto y el arma a la espalda, en cualquier dirección que
camines te encontrarás con nuestras fuerzas. Si
es de noche, avanza solo hacia estos altoparlantes diciendo en voz alta: no
disparen, soy soldado y acepto deponer las armas.
El último mensaje de aquella tanda fue
el anuncio de un alto el fuego de tres horas a partir de las 12.00 de ese día,
para dar tiempo a los soldados a entregarse. En tal sentido, Fidel despachó
órdenes precisas a los jefes de pelotones, prohibiendo terminantemente disparar
a cualquier soldado que abandonase sus posiciones en ese lapso de tiempo. La
medida sería aprovechada por las tropas cercadas para salir de sus trincheras,
estirar las piernas, tomar algo de sol, limpiar sus armas y desplazarse
libremente por el campamento. Incluso se ha dicho que algunos guardias llegaron
a tomar contacto directo con los combatientes rebeldes que ocupaban los puntos
más próximos.
Pero la calma no fue respetada por
Sánchez Mosquera que aprovechó el cese del fuego para lanzar ataques aéreos
durante toda la tarde y la mañana siguiente.
Los aviones llegaron volando bajo,
para arrojar bombas incendiaras de 500 libras, explosivos convencionales y
cohetes, al tiempo que acribillaban la espesura sin miramientos. Pero tal como
apunta Castro, los pilotos demostrarían su impericia en la lucha de montaña, al
errar las posiciones y descargar sus proyectiles prácticamente a ciegas, sin
ninguna precisión.
A esa altura, los combatientes le
habían perdido el miedo a la aviación y su comando, había comenzado a emplear
una ardid que resultaría en extremo eficaz a la hora de engañar a la fuerza
aérea.
Utilizando el equipo de
comunicaciones, Braulio Curuneaux interfirió las radios de los aviones de
observación enviando mensajes falsos para guiándolos hacia sus propias
posiciones y bombardearlas, sabiendo que el equipo con el que Quevedo contaba
se había averiado.
Yo le había dado las instrucciones
pertinentes a Curuneaux desde la noche anterior, y en realidad, el truco
funcionó en alguna medida, pues algunos de los aviones descargaron sus
bombas dentro o muy cerca del perímetro del campamento enemigo. Pero no parece
que esta maniobra haya surtido efectos concretos, sino más bien psicológicos.
Al comprobar que las tropas sitiadas
no pensaban entregarse, Fidel ordenó a través de los altoparlantes reiniciar el
ataque (16.00). Sabía que el batallón no se iba a rendir a la primera
intimación y en ese sentido, había adoptado medidas para una acción
contundente, tal como se lo hizo saber al Che en uno de los tantos mensajes que
le envió.
No me hago ilusiones. Hay [que] apretarlos
más todavía pero ya están en condiciones muy desventajosas. Mandé preparar
posiciones por el único lado que les queda fuera del alcance de nuestro fuego.
Se les han acabado los víveres hace días. No tienen ya ni un grano de sal
siquiera. Están virtualmente muertos de hambre.
Necesitado de incrementar el poder de fuego de su fuerza a
los efectos de lograr el definitivo quiebre del enemigo, Fidel dispuso
estrechar aún más el cerco, ubicando más gente en las posiciones libres, una de
ellas la ladera que trepa hasta Manacas en el este, en la otra orilla del río,
desde donde se dominaba perfectamente el campamento. También le pidió a
Guillermo que evacuase su posición junto a la vía de agua y bloquease cualquier
salida por el Sur.
De esta forma, el objetivo de impedir a los guardias llegar
siquiera al agua se cumplía en su totalidad, con lo que el cerco adquiría el
carácter de un estrangulamiento inexorable. Ahora solo cabía esperar. Como le
escribí también al Che en el mensaje antes citado: “[...] creo que si logramos
impedir la llegada de refuerzos en 48 horas, se rinden irremisiblemente”.
Tocaba al fin el momento del combate contra el refuerzo.
Notas
1 Fidel Castro Ruz, La victoria estratégica, capítulo 14,
“Contención en Santo Domingo”. Ídem para las referencias siguientes.
2 Sus restos fueron sepultados allí, en la entrada misma de la comandancia,
donde permanecen hasta hoy, pues su madre nunca los reclamó ya que fue su deseo
que reposaran por siempre en el lugar donde había combatido. Una rústica cruz,
labrada por sus compañeros de lucha, marcó el sitio por mucho tiempo.
3 Fidel Castro Ruz, op. Cit, capítulo 16, “La Batalla de Jigüe, las primeras
acciones del cerco”. Ídem para las siguientes referencias.





