miércoles, 14 de agosto de 2019

EL ENEMIGO CERCADO


El 28 de junio de 1958 dio comienzo lo que Fidel Castro dio en llamar la segunda etapa en la ofensiva enemiga, caracterizada por la férrea oposición del ejército rebelde y su capacidad para contener la arremetida, pese a su precaria situación y su pobre armamento, muy inferior en cantidad y calidad al de sus oponentes.
Sabiendo que tras los demoledores golpes que había sufrido entre el 28 y 30 de junio, Sánchez Mosquera iba a movilizar sus fuerzas en dirección a El Naranjo, Fidel Castro ordenó a al total de sus secciones regresar a sus posiciones anteriores para mantener el cerco sobre el área comprendida entre Pueblo Nuevo y Leoncito, pasando por el río Yara al este de Santo Domingo.
Los jefes de pelotones procedieron a cumplir la directiva y de ese modo, en las primeras horas del 1 de julio, sus hombres se encontraban de nuevo en sus lugares de origen, en espera de nuevas indicaciones.


El combativo escuadrón de Lalo Sardiñas lo hizo en Pueblo Nuevo, listo para contener cualquier intento de avance río arriba, en dirección a Santana o La Jeringa. Ese fue un día especial para ese jefe, cuyo nombre se hallaba envuelto en la duda desde su degradación tras el incidente que le costara la vida a uno de sus subalternos. En horas del mediodía, Fidel redactó una directiva según la cual, en reconocimiento a su extraordinario valor y desempeño en el combate, se suspendía el juicio pendiente al que debía ser sometido por la aquel asunto y se le restituía el cargo de capitán.

Es de imaginar la emoción que debe haber embargado a Lalo. Ni Fidel, ni el Che se habían equivocado al defenderlo con tanta insistencia pues había demostrado una gran capacidad para dirigir a sus hombres y un coraje a toda prueba a la hora de enfrentar a fuerzas extremadamente superiores y mejor equipadas.

El nuevo perímetro defensivo se completó con las secciones de Zenón Meriño y Andrés Cuevas, seguidas por las de Lalo a la izquierda, cubriendo las pendientes que conducían a El Naranjo, a metros del arroyo Los Mogos. Algo más allá, sobre el alto en el que se encontraba aquella localidad, se hallaba apostado el grupo al mando de Huber Matos y a su izquierda la escuadra de Braulio Curuneaux con la ametralladora 50 de tan trascendente desempeño.

Más allá del arroyo se encontraba la gente de Félix Duque, sobre la saliente denominada Estribo de Gamboa y luego “Daniel” (René Ramos Latour), en una posición algo más arriba, en un punto que la guerrilla denominó La Pulga, donde debía actuar como reserva operativa. Pero esa misma mañana, Al día siguiente, temprano por la mañana, Castro decidió hacer una variante y envió a Andrés Cuevas hacia La Plata para movilizarlo desde allí en caso de ser necesario y tener que echar mano a una fuerza extra.

Coincidiendo con aquel desplazamiento, esa misma mañana el enemigo se dispuso a sondear el terreno lanzando sus avanzadas desde Santo Domingo hasta el estribo de Gamboa, donde se hallaba posicionado Félix Duque.

Al tomar conocimiento de ello, Fidel se apresuró a enviarle un correo para advertirle de tales movimientos y le ordenó a Curuneaux que aún cuando viese pasar al enemigo en aquella dirección, se mantuviese quieto, sin hacer nada y dejase que el mismo chocase con la gente de Duque. Convencido de que la sección apostada en el estribo era lo suficientemente fuerte como para detener el avance de los guardias, le mandó decir a Huber Matos que se preparase para efectuar un movimiento tendiente a envolverlos, apoyado por la ametralladora pesada de Curuneaux.





El choque de las avanzadas de Sánchez Mosquera con la gente de Duque nunca se produjo porque al verla aparecer, inesperadamente Curuneaux comenzó a disparar. Evidentemente la orden de Fidel no le había llegado o bien, presa de la excitación, no pudo evitar abrir fuego. Al parecer, la primera de aquellas posibilidades es la más probable porque al finalizar el día, el propio Braulio le envió una nota a Fidel dando minuciosa cuenta de la munición gastada, aunque sin hacer ninguna otra alusión al asunto, como si la directiva de su superior nunca hubiese existido.



En el ataque de ayer le hice al enemigo 476 disparos, que unidos a los 275 anteriores suman 751, quedando por tanto 349 tiros”. Seguidamente, me pedía 162 tiros que había dejado en la casa del Santaclarero. Le respondí que debía mantenerlos allí como reserva1.



El 3 de julio Fidel decidió trasladarse hacia Minas de Frío, dejando a Camilo Cienfuegos a cargo del sector. Dos días antes, el enemigo había capturado San Lorenzo desde donde apenas se limitaba a efectuar patrullas por los alrededores, alcanzando en alguna que otra ocasión los lindes de El Naranjo. La guerrilla mantuvo sobre él un permanente hostigamiento que incluyó ráfagas de ametralladora 50 cada media hora, más como acción psicológica que otra cosa, según explica el propio Castro pues debían saber que las fuerzas rebeldes seguían allí, vigilando los accesos a la sierra.



Al otro día mandé a buscar a Lalo con su personal para que participara en la emboscada que preparaba a la compañía del Ejército que había penetrado en Meriño. La tropa de Lalo era la única que no estaba en una posición defensiva en el sector de Santo Domingo, sino de ataque. Orienté, entonces, a Camilo que cubriera con la escuadra de Zenón Meriño el camino que subía desde Pueblo Nuevo hacia el firme, y que vigilara bien los movimientos de los guardias en ese flanco. La situación operativa en aquel momento permitía lo que pudiera parecer como un debilitamiento de la línea de contención en su extremo derecho, puesto que en caso de que el enemigo intentara de nuevo avanzar río arriba, la única disposición que habría que tomar era la de vigilar con atención su movimiento y fortalecer la defensa del camino que subía al firme desde Santana. Sin embargo, yo estaba convencido de que el próximo intento de Sánchez Mosquera iba a ser por el firme de El Naranjo o por el mismo de Gamboa, por donde había tanteado el día 1ro.



El sábado 5 de julio, se produjo un enfrentamiento importante, cuando las tropas regulares abandonaron Santo Domingo y comenzaron a trepar la pendiente con la intención de ocupar El Naranjo. El intercambio de fuego fue intenso y al emprender la retirada, los guardias sufrieron cuatro bajas además de perder un fusil Springfield con 350 tiros que pasó a engrosar el arsenal guerrillero. Casi al mismo tiempo, Ramón Paz contuvo al Batallón 18 por el Sur, frenando su avance definitivamente.

Aprovechando esa coyuntura, Fidel Castro le ordenó a Cienfuegos que estableciese contacto con Guillermo García, que en esos momentos cubría los accesos a La Jeringa y las nacientes del río Yara, en el alto de San Francisco y le indicase replegarse hacia su puesto de mando para recibir instrucciones. Lo mismo hizo con Curuneaux y mandó a “Daniel” a cubrir la elevación de Sabicú, próxima a la línea enemiga.

La ametralladora pesada fue utilizada con éxito en la acción de Meriño y una vez finalizada la misma, fue enviada nuevamente hacia El Naranjo para reforzar el sector izquierdo de “Daniel”.
El teatro de operaciones. En el recuadro rojo Sierra Maestra

El 9 de julio, presionado por la derrota de sus fuerzas en Meriño, Sánchez Mosquera lanzó sus fuerzas al ataque, enviando sus avanzadas por camino de Sabicú, a través de la espesura, indicándoles expresamente no tomar por ninguno de los accesos habituales. Sus hombres avanzaron formando una amplia línea recta de varios kilómetros de extensión, al tiempo que la artillería batía en forma constante la loma y la aviación ametrallaba y bombardeaba con napalm las posiciones rebeldes, demostrando bastante precisión pese a que lanzaban a ciegas.

Los guerrilleros supieron resistir valerosamente y cuando el enemigo alcanzó las lomas de Sabicú, se produjo un feroz enfrentamiento que tuvo por principales protagonistas a los pelotones de “Daniel”, Dunney Pérez Álamo y Geonel Rodríguez, apoyados firmemente por la ametralladora pesada que Curuneaux manipulaba con inusual destreza, y la sección de Huber Matos, que desde la izquierda del flanco rebelde, tiroteaba a la vanguardia enemiga, de espaldas a El Naranjo.

El combate se prolongó por espacio de dos horas y cuando cerca del mediodía pareció que comenzaba a ceder, se reanudó con más vigor, obligando a las tropas de Sánchez Mosquera a emprender el regreso a Santo Domingo, dejando detrás numerosas bajas, armas y municiones.

Llama poderosamente la atención que un puñado de combatientes no muy bien pertrechados y con un dispositivo de comunicaciones bastante elemental, haya logrado mantener a raya y rechazar a una fuerza tan poderosa. Las conclusiones de Fidel Castro son la mejor respuesta a cualquier interrogante que podamos formularnos en ese sentido.



El Combate de El Naranjo tuvo una significación mucho mayor que lo que pudieran indicar sus resultados concretos, en términos de bajas y botín ocupado. Representó el último esfuerzo del fuerte contingente enemigo estacionado en Santo Domingo por seguir avanzando hacia el corazón rebelde.

Téngase en cuenta que, en ese momento, esta era la tropa enemiga más peligrosa para nosotros por varias razones: era la que estaba más cerca de La Plata, una de las más numerosas y mejor equipadas, y la que contaba con el jefe más decidido e inteligente. Sin embargo, todos estos factores, aparentemente favorables, se estrellaron contra la resistencia de un puñado de combatientes bien preparados, decididos a luchar hasta el final para impedir el avance enemigo en esa dirección.

No hay que desestimar tampoco el hecho de que los golpes recibidos por esta tropa en la primera Batalla de Santo Domingo, pudieran haber creado un ambiente derrotista y cierta desmoralización entre los soldados y, sobre todo, en su engreído jefe. El hecho fue que, después del día 9, Sánchez Mosquera no hizo el menor intento de moverse en dirección alguna hasta que recibió la orden perentoria de abandonar Santo Domingo el día 26. Esta inercia me permitió trasladar de nuevo hacia otros sectores a Curuneaux y otros combatientes rebeldes que cubrían este frente, que quedó protegido durante todo ese tiempo por las escuadras de Duque, Geonel Rodríguez, Zenén Meriño, Huber Matos y Álamo, y por el personal de reserva de Daniel en el firme de El Naranjo.



Con la intención de cubrir el borde externo del frente de El Naranjo, Fidel movilizó algunos pelotones de las columna 3 y 4, al mando de Juan Almeida y Ramiro Valdés respectivamente, confiando a Camilo Cienfuegos su distribución en Agualrevés, La Jeringa, el cruce de Lima, el cruce del camino de Santana con el de Palma Mocha, y otros puntos estratégicos por donde se esperaba que llegase el enemigo.

La gente apostada en las inmediaciones de El Naranjo se mantuvo allí, soportando los embates de la aviación y el fuego de los morteros 81 que se les hacía desde Santo Domingo.

El 11 de julio, uno de esos disparos impactó de lleno en la casa de un campesino ubicada sobre la loma que conducía a Sabicú, que servía de posta al ejército rebelde, matando instantáneamente al combatiente Juan de Dios Zamora, que en esos momentos preparaba el almuerzo para la tropa e hiriendo de gravedad a Rita García y Eva Palma, que lo ayudaban, al capitán Geonel Rodríguez y al teniente Carlos López Mas, que descansaban en una de las habitaciones.

Rodríguez y Mas fueron evacuados inmediatamente hacia la comandancia de La Plata, para ser operados de urgencia, pero murieron ambos a causa de la hemorragia.
Fidel Castro racionando

Para Fidel Castro se trató de dos pérdidas importantes, sobre todo la de Geonel Rodríguez, “…joven estudiante de ingeniería Radio Rebelde informó con pesar, el día 12, la muerte de Geonel y su entierro en suelo rebelde. Era una pérdida particularmente dolorosa la de este joven estudiante de ingeniería, colaborador del Che en la creación de El Cubano Libre, el primer periódico guerrillero en la Sierra Maestra; combatiente modesto y valeroso, quien caía abatido, no por el fuego concentrado de un combate, sino por un azar infortunado”2.

Aquellas tres bajas fatales fueron el único suceso que empañó las exitosas acciones de una jornada intensa y pese a que constituyeron pérdidas importantes, no fueron impedimento para que Castro concentrase su atención en el siguiente objetivo, a saberse, el Batallón 18, cercado en el sur.





En su libro La victoria estratégica, Fidel refiere que el mismo día que murieron Geonel Rodríguez y a Carlitos Mas, el estado mayor guerrillero puso en marcha el plan que había trazado para derrotar definitivamente al Batallón 18 estacionado en Jigüe.

Mientras Camilo Cienfuegos dirigía las acciones por el nordeste y el Che contenía al ejército en Minas de Frío, a las 05.30 del 11 de julio, el grueso de la guerrilla abrió fuego sobre el campamento. La acción se prolongó cerca de un cuarto de hora y finalizó cuando la gente de Fidel, ajustándose al plan de batalla, silenció sus armas, simulando la retirada.

La idea era provocarle algunas bajas a la unidad para forzarla a evacuar al único herido en dirección a la playa y permitirle a Guillermo García, emboscado en esos momentos en la ribera, que atacase a la fuerza y la alquilase.

Así ocurrió. Los guardias de introdujeron en la emboscada generándose un intenso tiroteo en el que cinco de ellos cayeron muertos, dos fueron hechos prisioneros, uno de ellos herido de gravedad y se capturaron seis rifles y algo de municiones. Para entonces, Castro había dispuesto dos líneas defensivas en Purialón, con indicaciones de contener y rechazar probables refuerzos que llegaran de la costa. Además, contaba con los cuarenta efectivos que dominaban los accesos desde la playa, al mando de Lalo Sardiñas y Andrés Cuevas y sus dos ametralladoras pesadas de 30 que a esa altura eran consideradas piezas fundamentales.

El pelotón de Ramón Paz, por su lado, esperaba en las alturas de Manacas para descender hacia el río ni bien se iniciase la lucha y aniquilar a los refuerzos que intentasen aproximarse por ese sector.

Castro temía que sus escasas fuerzas no pudiesen contener una posible embestida hacia el alto de Cahuara, de ahí su estrategia de potenciar el fuego sobre las fuerzas sitiadas con el objeto de desgastarlas anímica y físicamente.

Para reforzar ese sector, partió por la mañana el Che, encabezando uno de los pelotones de reserva, llevando instrucciones de Fidel, de enviarle una sección de once hombres de Camilo para fortificar su posición, fogueados en los días anteriores en el combate de Meriño.

Ni bien llegó a destino, el Che redactó una comunicación para el comando superior, informando que Curuneaux, con su invalorable ametralladora calibre 50 a cuestas, se dirigía a Jigüe, cumpliendo las indicaciones del propio Fidel. Cerca del mediodía recibió la orden de enviar al reducido pelotón de Rogelio Acevedo con su ametralladora 30 hacia el puesto de mando, también para fortificar las posiciones en el alto de Cahuara y situar a Ramiro Valdés el camino que une Palma Mocha con Santo Domingo. De ese modo, se esperaba impedir la toma del sector próximo a Jigüe desde Santana por el norte y desde el río Palma Mocha por el sur, y de paso cubrir el desplazamiento de la propia tropa entre Santo Domingo y Jigüe.

Recibida la orden, los quince efectivos de Ramiro, todos integrantes de la Columna 4, partieron a cumplir la orden mientras el escuadrón de El Vaquerito (Roberto Rodríguez Fernández) se aprestaba a posicionarse sobre las laderas, en cercanías del alto de El Pino, para cerrar el dispositivo defensivo por ese lado. En concordancia con ello, la sección de Hugo del Río, se desplazó desde El Naranjal hasta una gran aliente que dominaba el río La Plata por el nordeste, lista para iniciar con El Vaquerito la aproximación sobre el campamento enemigo y rodearlo.



Tienen que irse aproximando cada vez más a los guardias y ganar terreno cuando la lucha se reanude aquí. Los tenemos completamente rodeados. Ahora hay que irles quitando cada vez más terreno y no dejarlos ni comer ni dormir2.



Poco antes, le hizo llegar al Che, sus planes en los siguientes términos:



Si las circunstancias lo llegasen a requerir, podría ser conveniente trasladar el personal de la Escuela, desguarnecer la mina [Minas de Frío], atrincherar la Maestra más acá del Pino [el alto llamado también del Cake, entre Minas de Frío y Mompié], y trasladar acá la mayor cantidad posible del personal ocupado en aquella zona. Nuestra estrategia debe ser, a mi entender, desangrar y diezmar los refuerzos enemigos, mientras debilitamos, reducimos y rendimos la tropa sitiada. El ejército está obligado a un gran esfuerzo en un momento en que luce estarse agotando. Me preocupa un poco el lado de Palma Mocha, que con unos pocos hombres podrá fortalecerse mucho. Con reservas aquí en el alto de Cahuara no me inquieta el lado de la Magdalena y el Mulato. Por Meriño me luce difícil que entren otra vez.

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Yo estoy calculando que esta tropa hará algunos intentos de escapar. Cuando sea rechazada por dos o tres partes quedará destruida moralmente y fácil de aniquilar.



Durante aquella primera jornada, los guerrilleros hostigaron el campamento enemigo con el fuego de sus fusiles y ametralladoras pesadas pero a las 14.30, Fidel ordenó un alto el fuego para hacerle creer al enemigo que se habían retirado. De esa manera, esperaba que los guardias saliesen en su persecución o, al menos, efectuasen misiones de exploración para caerles encima. Fue ene se momento que decidió poner en práctica una nueva arma.



A estas alturas ya se me había ocurrido la posibilidad de utilizar, como otra pieza en el combate contra la tropa cercada, los altoparlantes de Radio Rebelde. Llegado el momento en que los guardias comenzaran a sentirse desmoralizados ante su imposibilidad de romper el sitio, me parecía indudable que tendría un efecto psicológico importante para ellos escuchar desde el monte las trasmisiones que realizábamos con el Himno Nacional, las exhortaciones a la rendición con plenas garantías para sus vidas y, tal vez, hasta la utilización, igual que en Santo Domingo, de las canciones pegajosas y de letras tan intencionadas del Quinteto Rebelde.



Al finalizar el tiroteo sobre las posiciones enemigas, Castro mandó buscar los altoparlantes y la pequeña planta generadora, además del personal técnico y los locutores que debían operarlos, y les ordenó a los encargados de cumplir la tarea aguardar en Mompié hasta recibir nuevas instrucciones.

Castro también pensaba emplear las claves y el equipo de comunicaciones por onda corta que sus hombres habían capturado en Santo Domingo, sabiendo por buena fuente, que no había contacto entre el sitiado Batallón 18 y la Compañía G-4, estacionada en la costa.

Había algo a esa altura de los acontecimientos, que intrigaba a Fidel y al alto mando guerrillero ya que desde el comienzo de la batalla de Jigüe, la aviación no se había hecho presente. Daban para pensar muchas cosas al respecto, pero el comandante supremo de las fuerzas rebeldes no quería ilusionarse como tampoco crear falsas expectativas a su gente.

En aquella primera acción, el personal de Guillermo García hizo un prisionero, que envió de manera inmediata al nuevo puesto de mando de Fidel en Cahuara. Durante el interrogatorio, el hombre brindó detalles esclarecedores en cuanto a la composición y el armamento de la unidad a la que pertenecía, es decir, el Batallón 18 de Infantería.
Fidel y el Che junto a un combatiente durante un alto en la batalla

De esa manera, el alto mando guerrillero supo que la componente de aquella fuerza había estado estacionado en Maffo y que ni bien se inició la ofensiva, se había movido en dirección a Jigüe; que estaba dividido en dos compañías provistas de dos morteros, uno calibre 81 y el otro 60, más una bazooka, que la munición comenzaba a escasear y lo más interesante de todo, que su comandante era José Quevedo Pérez, compañero de estudios universitarios de Fidel, un dato para tener en cuenta.

El 12 por la mañana, Castro ubicó a Curuneaux en el alto de Cahuara, colocando al campamento enemigo a tiro de su ametralladora pesada. Cerca suyo hizo lo propio la sección de Jaime Vega que desde su posición, a la derecha, podía acudir en ayuda de Guillermo en caso de que los guardias se movieran en dirección al río La Plata. Debía mantener silencio absoluto, lo mismo el resto de las posiciones, pues se intentaba confundir a las tropas cercadas, haciéndoles creer que el área se hallaba despejada.



En última instancia, si el enemigo lograse romper la línea y proseguir su avance río abajo, o si ocurriese la eventualidad de que se filtrase alguna tropa en esa misma dirección por cualquier otro punto, Guillermo -según las instrucciones recibidas- debía perseguirla para atraparla en Purialón con el apoyo de los hombres de Lalo y Cuevas. De esta manera, todas las posibilidades quedaban previstas.



Pero ni ese día ni el 13 de julio las fuerzas del gobierno hicieron movimientos, lo que fue aprovechado por la guerrilla para reforzar sus posiciones, a saberse, 80 hombres decididos, sin contar la sección de Acevedo, con su ametralladora calibre 30, que recibió destiempo la orden de pasar a Jigüe y no llegaría a Cahuara sino hasta la tarde de la siguiente jornada. En el río, por su parte, se encontraba el fuerte pelotón de Guillermo García, integrado por otros 40 hombres y en Purialón los 75 que sumaban las secciones de Lalo Sardiñas, Andrés Cuevas y Ramón Paz.



A cada momento era mayor mi convicción de que el golpe combinado que pensábamos dar en esta batalla -la rendición del batallón cercado y la destrucción de los refuerzos- tendría una significación determinante en el curso de la guerra y, por tanto, en el fin de la tiranía. En mis mensajes de esos días a los distintos capitanes que participaban en la operación, les machacaba con la idea de que estábamos enfrascados en una acción decisiva. A Lalo Sardiñas el día 14, por ejemplo, le decía: “Hay que hacer un esfuerzo grande, porque esta batalla puede ser el triunfo de la Revolución.



En la mañana del 14 de julio, el general Quevedo envió parte de su tropa hacia la costa en busca de provisiones y de paso, evacuar heridos. Se trataba de toda una sección, la 103, conformada por tres pelotones de 100 efectivos cada uno.

La salida de esa fuerza del campamento se a las 14.00, con una patrulla de vanguardia avanzando por el firme, y otra por la margen izquierda del río, en tanto una tercera lo hizo llevando los mulos y los heridos, a traves del camino principal. Una hora después, cayó en la emboscada de Guillermo García, recibiendo intenso fuego y desencadenando un combate que se prolongó hasta entrada la noche cuando las tropas del gobierno se replegaron nuevamente hacia Jigüe.




Apenas una docena de soldados lograron quebrar el cerco y escapar hacia el sur, dejando al resto, incluyendo mulos y arrieros, en manos de la guerrilla. En un segundo enfrentamiento que se produjo al día siguiente, esos hombres abatieron a Eugenio Cedeño, combatiente del pelotón de Lalo Sardiñas, que recibió un disparo en el pecho, que acabó con él instantáneamente.

Cinco muertos dejaron los guardias en el terreno, otros diez resultaron heridos y veintiuno fueron hechos prisioneros, sin contar los seis arrieros y treinta y nueve mulos capturados junto con veinte fusiles, varios de ellos Garand semiautomáticos e incluso un Browning automático.

Se trató de un duro golpe para el Batallón 18, con efectos devastadores para sus integrantes. El informe que redactó Quevedo después de las acciones parece decirlo todo.



Ya no quedaban dudas de que estábamos cercados y de que el cerco era completo, porque recibíamos incesante fuego de hostigamiento por todas direcciones. Sólo nos quedaba una alternativa de las dos siguientes: todo el batallón tratar de romper el cerco y escapar hacia la playa, o resistir el máximo de tiempo posible en espera de refuerzos. La decisión era difícil, pero no tuvimos dudas en cuanto a tomar la que consideramos más acertada, o sea, la segunda.



Lo que llamó poderosamente la atención del mando guerrillero fue la ausencia total de refuerzos destinados a socorrer a la unidad cercada y la aviación, que no se hizo presente en ningún momento, ni siquiera con sus pequeños aparatos de observación.



Durante esos primeros días de la batalla, no hubo presencia alguna de la aviación, ni siquiera de la avioneta de observación. Sabíamos que el jefe del batallón no tenía manera de comunicarse con su compañía de retaguardia en la costa y, mucho menos, con el puesto de mando en Bayamo o alguna otra unidad en operaciones, por lo que solo podía hacerlo por medio de la avioneta, cuando esta sobrevolara el campamento. Por tanto, era razonable suponer que el mando enemigo no estaba del todo consciente de la muy difícil situación de su Batallón 18, lo cual hacía más increíble el hecho de que no se preocupara siquiera por establecer contacto mediante la avioneta.



Hallándose en una situación realmente desesperante, el general Quevedo decidió una movida de último momento, enviando a un práctico a quebrar el cerco guerrillero con el fin de alcanzar el comando de la Compañía G-4 en la costa y solicitar refuerzos.

El mensajero salió en horas de la noche, atravesó el cerco enemigo entre el río La Plata y Purialón y llegó a la playa para entregar el mensaje. Prueba de ello fue la llegada de dos monomotores F-47 y dos bombarderos B-26 a las 06.00 del 15 de julio, los primeros por el nordeste y los segundos por el sudoeste, precedidos por una avioneta de reconocimiento. Los aviones bombardearon y ametrallaron las posiciones guerrilleras y ni bien se retiraron, les sucedió una segunda oleada y a esta otra, hasta las 13.00, devastando la zona con sus cargas de napalm y sus ráfagas de 20 y 30 mm.

El general Quevedo describe los hechos con total realismo.



…nosotros aumentábamos el volumen de fuego sobre las posiciones enemigas y aquello era realmente impresionante. El picar de los aviones entrando en los desfiladeros entre montañas, el estruendo de las explosiones, con la caja de resonancia que producen las alturas y el eco sordo de las mismas, las explosiones de las granadas y el fuego cruzado de la fusilería y armas automáticas, daban a aquel espacio de tierra cubana un carácter infernal. Pero, ante cada ataque o ametrallamiento de la aviación, en vez de apagar el fuego enemigo, parecía que lo acrecentaba, parecía que nada les hacía, y que nadie retrocedía. Los rebeldes estaban enardecidos y nos gritaban todo tipo de improperios, a la vez que disparaban sus armas, nosotros les contestábamos el fuego y las palabras.



En la madrugada del 15 de julio, después de tres días de silencio, la guerrilla abrió fuego, batiendo con fiereza el campamento enemigo.

Desde su puesto de mando, en lo alto de una loma próxima al arroyo Jigüe, Fidel Castro observaba a través de sus binoculares los efectos del ataque. Allí debajo, las tropas del gobierno estaban recibiendo un castigo feroz aún cuando la consigna era ahorrar municiones y disparar contra blancos seguros.

La reacción de las fuerzas de Sánchez Mosquera fue lenta y recién al segundo día apareció la aviación. Como en las ocasiones anteriores, dos bombarderos B-26 procedentes esta vez del nordeste y dos monoplanos F-47 del sudoeste, atacaron el área provocando algunas bajas. Una bomba estalló a 40 metros del puesto de mando de Fidel provocando una lluvia de pedregullos y trozos de madera que hirieron a varios hombres, uno de ellos Pedro Miret, alcanzado en una mano y el pecho por el rebote de una bala, cuando se encontraba en el interior de su trinchera.




Al promediar el 15 de julio, la situación de las tropas sitiadas en el Jigüe era desesperante, escaseaban las municiones, las provisiones se habían agotado, el calor se hacía sofocante y el fuego esporádico de la guerrilla las obligaba a permanecer agazapadas en sus trincheras o encerradas en sus instalaciones, en espera de unos refuerzos que nunca llegaron.

Por otra parte, en Minas de Frío, el Che continuaba conteniendo los intentos de avance que el ejército hacía desde San Lorenzo y en la línea conformada por El Roble, La Magdalena, El Coco y Mompié, se esperaba otro tanto porque esas eran las vías por donde la gente de Sánchez Mosquera podía intentar alguna acción en dirección a Jigüe.

Las comunicaciones entre Fidel Castro y el Che eran constantes y les brindaba a ambos una idea bastante aproximada de lo que sucedía, por eso, cuando el segundo informó que el enemigo no había logrado apoderarse nuevamente de Meriño, el primero tuvo la convicción de que las topas de Batista estaban colapsando y que la amenaza de un ataque por ese lado se había desvanecido.

Era el momento ideal para poner en funcionamiento la nueva arma que Fidel había ideado: Radio Rebelde, con sus parlantes y equipos montados fuera del alcance enemigo, para operar sobre la tropa como una suerte de “Rosa de Tokyo” y echar por tierra su ánimo.
El papel de Radio Rebelde en la batalla fue decisivo


Finalizadas las últimas incursiones aéreas, los guerrilleros montaron los componentes del equipo de radio en lugares especialmente escogidos y a las 01.00 del día 16, en plena noche, comenzaron a transmitir. Primero fueron arengas, luego noticias y mensajes que se sucedieron sin interrupción para entorpecer el sueño de los soldados y luego música, precedida por el Himno Nacional y marchas triunfales.

Para entonces, Fidel había redactado un mensaje destinado a su antiguo compañero de estudios, el general Quevedo, intimándolo a rendición. Ya le había enviado una esquela el día 10, saludándolo cordialmente y proponiéndole un diálogo, pero su condiscípulo la había rechazado.

La nueva comunicación decía textualmente:



Con profunda tristeza he sabido, por los primeros prisioneros, que Ud. es el jefe de la tropa sitiada. Sabemos que Ud. es un militar caballeroso y culto Oficial de Academia, doctor en Derecho. Ud. sabe que la causa por la que están sacrificándose y muriendo esos soldados y Ud mismo no es una causa justa.Ud., militar de honor y conocedor de las leyes, sabe que la Dictadura es la violación de todos los derechos constitucionales y humanos de su pueblo. Usted sabe que la Dictadura no tiene derecho a sacrificar a los soldados de la República, para mantener al Régimen que oprime a la Nación, arrebata las libertades y se mantiene bajo el terror y el crimen; no tiene derecho a enviar a los soldados de la República a combatir contra sus propios hermanos, que solo reclaman vivir con libertad y dignidad. Nosotros no estamos en guerra contra el Ejército, estamos en guerra contra la Tiranía. Nosotros no queremos matar soldados; nosotros lamentamos profundamente cada soldado que muere, defendiendo una causa innoble y vergonzosa. Creemos que el Ejército es para defender la Patria, no la Tiranía.

Los políticos ladrones, los Ministros, los Senadores y los Generales, están en La Habana, sin correr riesgos ni pasar trabajos, mientras sus soldados están sitiados por un cerco de acero, pasando hambre y al borde de la destrucción. A Ud, y a los soldados los han enviado a morir, conduciéndolos a una verdadera trampa, situándolos en un hueco de donde no tienen escapatoria alguna, sin mover un solo soldado para tratar de salvarlos. Morirán de hambre o morirán de bala, si la batalla se prolonga. Sacrificar a esos hombres en una batalla perdida, en aras de una causa innoble, es un crimen que un hombre de sentimientos no puede cometer.

En esta situación le ofrezco una rendición decorosa y digna. Todos sus hombres serán tratados con el mayor respeto y consideración. Los oficiales podrán conservar sus armas. Acéptelas, que no se rendirá usted a un enemigo de la patria, sino a un revolucionario sincero, a un combatiente que lucha por el bien de todos los cubanos, hasta de los mismos soldados que nos combaten, a un compañero de las aulas universitarias, que desea para Cuba lo mismo que para Ud.

Inmediatamente después, se transmitió un segundo mensaje escrito por el doctor René Vallejo, uno de los médicos de la guerrilla, dirigido a su colega y también compañero de estudios universitarios en La Habana, Charles Wolf, jefe de sanidad de la fuerza cercada:



Estimado Charles.

He sabido que eres el oficial médico de esa tropa que está sitiada y sin esperanza de salvación. Todos los soldados que han tratado de salir han sido capturados por nosotros. Como médico y persona decente que me consta tú eres y por la obligación en que estamos por nuestra profesión de salvar vidas humanas, te exhorto para que aconsejes a tus compañeros que se rindan. Te doy mi palabra de honor que todos serán respetados y tratados como seres humanos. No vaciles en hacerlo en la seguridad de que estarás cumpliendo un sagrado deber para con la patria y tus compañeros.



El tercer comunicado fue de los prisioneros, quienes hablaron del trato correcto que estaban recibiendo e instaban a deponer las armas, poniendo especial énfasis, sobre el final, en que todo intento de resistencia iba a resultar inútil. Le siguió a eso un nuevo texto de Fidel, donde se exponían las condiciones para la rendición incondicional del batallón y otro más breve destinado a los soldados rasos. Decía el primero:



El ejército rebelde, seguro de que toda resistencia es inútil y solo conduciría a mayores derramamientos de sangre con esta batalla que dura ya 5 días, y por tratarse de una lucha entre cubanos, os ofrece las siguientes condiciones de rendición.

1. Solamente se ocuparán las armas. Todas las demás pertenencias personales, serán respetadas.

2. Los heridos serán entregados a la Cruz Roja como se está haciendo con los soldados prisioneros heridos de la batalla de Santo Domingo.
3. Los prisioneros todos, soldados, clases y oficiales serán puestos en libertad en un plazo no mayor de 15 días.
4. Los heridos, hasta que sean recogidos por la Cruz Roja, serán atendidos en nuestros hospitales por médicos y cirujanos capacitados.
5. Todos los miembros de esa tropa sitiada recibirán cigarros, alimentos y todo lo que necesiten de inmediato.
6. Ningún prisionero será interrogado, maltratado o humillado de palabra o de obra, y recibirán el trato generoso y humano que han recibido siempre de nosotros los soldados prisioneros.
7. Enviaremos noticias inmediatas por radio a las esposas, madres, padres y familiares de cada uno de ustedes, que en estos momentos lloran desesperados, por tener noticias ni saber la suerte que pueden correr.
8. Si se aceptan estas condiciones, envíen un hombre con bandera blanca y diciendo en voz alta: Parlamento, Parlamento.



El comunicado destinado a los soldados rasos establecía lo siguiente:



Soldado: Si tus jefes te obligan a sacrificarte en una batalla que está perdida y sin la menor esperanza de salvación para ninguno de ustedes, ríndete a discreción. Puedes avanzar de día con los brazos en alto y el arma a la espalda, en cualquier dirección que camines te encontrarás con nuestras fuerzas. Si es de noche, avanza solo hacia estos altoparlantes diciendo en voz alta: no disparen, soy soldado y acepto deponer las armas.



El último mensaje de aquella tanda fue el anuncio de un alto el fuego de tres horas a partir de las 12.00 de ese día, para dar tiempo a los soldados a entregarse. En tal sentido, Fidel despachó órdenes precisas a los jefes de pelotones, prohibiendo terminantemente disparar a cualquier soldado que abandonase sus posiciones en ese lapso de tiempo. La medida sería aprovechada por las tropas cercadas para salir de sus trincheras, estirar las piernas, tomar algo de sol, limpiar sus armas y desplazarse libremente por el campamento. Incluso se ha dicho que algunos guardias llegaron a tomar contacto directo con los combatientes rebeldes que ocupaban los puntos más próximos.

Pero la calma no fue respetada por Sánchez Mosquera que aprovechó el cese del fuego para lanzar ataques aéreos durante toda la tarde y la mañana siguiente.

Los aviones llegaron volando bajo, para arrojar bombas incendiaras de 500 libras, explosivos convencionales y cohetes, al tiempo que acribillaban la espesura sin miramientos. Pero tal como apunta Castro, los pilotos demostrarían su impericia en la lucha de montaña, al errar las posiciones y descargar sus proyectiles prácticamente a ciegas, sin ninguna precisión.

A esa altura, los combatientes le habían perdido el miedo a la aviación y su comando, había comenzado a emplear una ardid que resultaría en extremo eficaz a la hora de engañar a la fuerza aérea.

Utilizando el equipo de comunicaciones, Braulio Curuneaux interfirió las radios de los aviones de observación enviando mensajes falsos para guiándolos hacia sus propias posiciones y bombardearlas, sabiendo que el equipo con el que Quevedo contaba se había averiado.



Yo le había dado las instrucciones pertinentes a Curuneaux desde la noche anterior, y en realidad, el truco funcionó en alguna medida, pues algunos de los aviones descargaron sus bombas dentro o muy cerca del perímetro del campamento enemigo. Pero no parece que esta maniobra haya surtido efectos concretos, sino más bien psicológicos.



Al comprobar que las tropas sitiadas no pensaban entregarse, Fidel ordenó a través de los altoparlantes reiniciar el ataque (16.00). Sabía que el batallón no se iba a rendir a la primera intimación y en ese sentido, había adoptado medidas para una acción contundente, tal como se lo hizo saber al Che en uno de los tantos mensajes que le envió.



No me hago ilusiones. Hay [que] apretarlos más todavía pero ya están en condiciones muy desventajosas. Mandé preparar posiciones por el único lado que les queda fuera del alcance de nuestro fuego. Se les han acabado los víveres hace días. No tienen ya ni un grano de sal siquiera. Están virtualmente muertos de hambre.



Necesitado de incrementar el poder de fuego de su fuerza a los efectos de lograr el definitivo quiebre del enemigo, Fidel dispuso estrechar aún más el cerco, ubicando más gente en las posiciones libres, una de ellas la ladera que trepa hasta Manacas en el este, en la otra orilla del río, desde donde se dominaba perfectamente el campamento. También le pidió a Guillermo que evacuase su posición junto a la vía de agua y bloquease cualquier salida por el Sur.



De esta forma, el objetivo de impedir a los guardias llegar siquiera al agua se cumplía en su totalidad, con lo que el cerco adquiría el carácter de un estrangulamiento inexorable. Ahora solo cabía esperar. Como le escribí también al Che en el mensaje antes citado: “[...] creo que si logramos impedir la llegada de refuerzos en 48 horas, se rinden irremisiblemente”. Tocaba al fin el momento del combate contra el refuerzo.

Notas

1 Fidel Castro Ruz, La victoria estratégica, capítulo 14, “Contención en Santo Domingo”. Ídem para las referencias siguientes.

2 Sus restos fueron sepultados allí, en la entrada misma de la comandancia, donde permanecen hasta hoy, pues su madre nunca los reclamó ya que fue su deseo que reposaran por siempre en el lugar donde había combatido. Una rústica cruz, labrada por sus compañeros de lucha, marcó el sitio por mucho tiempo.

3 Fidel Castro Ruz, op. Cit, capítulo 16, “La Batalla de Jigüe, las primeras acciones del cerco”. Ídem para las siguientes referencias.