miércoles, 14 de agosto de 2019

GUERRA EN TUCUMÁN


PRIMER SEMESTRE DEL AÑO

Marzo de 1974. Mario Roberto Santucho arenga a las tropas en el monte


El noroeste argentino fue desde siempre el gran objetivo de la subversión. Uturuncos en Tucumán (1959), la guerrilla guevarista de Salta (1963/1964), Taco Ralo (1968) son prueba de ello. Su geografía selvática y montañosa, sus ríos, arroyos, pantanos, montes y la escasa población hacían de él un lugar ideal para desencadenar la guerra foquista.
Todas aquellas experiencias habían fracasado tanto las peronistas como las izquierdistas, dejando al descubierto grandes falencias y mucha improvisación; los cuadros insurgentes se desgastaron o fagocitaron entre sí y solo bastaron unas pocas partidas policiales y tropas de Gendarmería para acabar con ellas.
Fue por eso que el ERP tardó casi cuatro años en abrir su frente rural pues necesitó mucho entrenamiento y dinero para organizar una fuerza considerable y colocarla sobre el terreno. 
La guerrilla urbana era una cosa y la rural otra, mucho más dura y compleja. En las grandes ciudades, en los pueblos y en las localidades de provincia, el combatiente disponía de recursos, vías de escape, asistencia y apoyo; se podía mimetizar entre la población y contaba con el amparo de la estructura y las posibilidades que brindaba la vida cotidiana. 
En el monte, en la selva y la montaña, la situación era otra. Allí los cuadros estaban librados a su suerte, aislados, lejos de todo, a merced de un entorno hostil y las inclemencias del tiempo, las rutas y los accesos eran dificultosos y las posibilidades de agotar los recursos también.
Por eso resultaba imperiosa una buena preparación y en ese sentido, la mejor escuela era Cuba hacia donde los altos mandos subversivos comenzaron a enviar a sus hombres.
Un primer antecedente de la presencia del ERP en el área lo encontramos en septiembre de 1968, cuando Santucho estableció un campamento en Caspichango, cerca del río de las Calaveras y el camino a Tafí del Valle, con la idea de iniciar el entrenamiento de algunos cuadros. Un año después, el 12 de octubre de 1969 tuvo lugar un plenario del Comité Central del PRT en el que el dirigente propuso iniciar acciones para abrir un frente rural en la región a más tardar, en abril de 1970.
Pese a que el recuerdo de Taco Ralo estaba fresco en la memoria de los presentes, nadie puso reparos y se aprobó la moción. De manera inmediata se iniciaron los aprestos destinados a poner en marcha la operación y se impartieron directivas destinadas a seleccionar a los cuadros y distribuir el armamento. Sin embargo, diecisiete días después, todo se vino abajo; Tirso Yáñez fue detenido en la ciudad de Monteros y junto a él cayeron 39 militantes a los cuales se les inició proceso.
Habría que esperar otros tres años para iniciar el reconocimiento del sector sudoeste de la provincia, tarea encomendada a Ramón Rosa Jiménez (nombre de guerra “El Zurdo”), hachero según algunos, antiguo obrero del ingenio azucarero y dirigente sindical según otros, quien vivía en pleno monte, a escasos kilómetros de Santa Lucía. El estado mayor del ERP le encomendó misiones de exploración y relevamiento con el objeto de establecer los primeros campamentos e iniciar el adoctrinamiento de la población, previo estudio de las condiciones políticas y sociales del sector.
Hoy se menciona a Jiménez como a uno de los fundadores del Ejército Revolucionario del Pueblo y un tenaz combatiente aunque hay quienes dudan de su existencia o afirman que se trató de un simple campesino cuya figura ha sido sobredimensionada por la posteridad. 
Con la ayuda de Máximo Sosa y Ángel Vargas, Jiménez inició una serie de recorridas entre Santa Lucía, Frías Silva, Los Sosa, Caspichango y Monteros buscando el lugar adecuado para establecer el cuartel general guerrillero. En julio se les incorporaron Manuel Negrín, Roberto Eduardo Coppo, Juan Manuel Carrizo y otros militantes con quienes se intensificaron las tareas de exploración que se complementaban con prácticas de tiro, captación y propaganda.
Según la leyenda, Jiménez era un verdadero baqueano, que conocía el monte metro a metro, piedra por piedra y arbusto por arbusto. Su historial lo sitúa entre quienes participaron del asalto al Banco Comercial del Norte en la capital tucumana, a fines de 1970 (de donde se extrajeron 5000 dólares), en el primer grupo seleccionado para viajar a Cuba y entre los protagonistas de la resonante fuga de la cárcel tucumana de Villa Urquiza, donde cayeron muertos cinco guardias y otros tres resultaron heridos.
Combatientes del ERP en el monte tucumano reciben directivas
(Imagen: "Estrella Roja")

Desde hacía tiempo se lo veía merodear la región, guiando a gente extraña, hombres altos, blancos y rubios que a la población local se le antojaron estudiantes universitarios a quienes introducía en la espesura por caminos alternativos. Circulaba con un documento falso a nombre de Pedro Antonio Olmos pero todo el mundo lo conocía y murmuraba cosas de él. Lo extraño es que tratándose de un prófugo, de alguien que se había fugado de una prisión circulase abiertamente por la región de la que era oriundo, sin preocuparse de las consecuencias, más cuando hacía proselitismo y era evidente que intentaba captar a los más incautos.
Llegamos al mes de octubre, más precisamente al domingo 15 (otros autores sitúan el hecho el día 16), cuando al caer la noche Jiménez salió del bar que funcionaba en el club social, para regresar a su casa. El mito popular dice que desataba su caballo cuando se le acercaron dos policías para pedirle los documentos.
De acuerdo con la prensa de la época, los sujetos discutieron y entonces Jiménez extrajo una pistola 45 y se la apoyó en el abdomen a uno de los agentes. Al ver el movimiento, su compañero se le arrojó encima y después de caer al suelo, le efectuó dos disparos dejándolo gravemente herido.
Entre los vecinos que observaron la escena se encontraban Eudoro Ibarra, de 39 años que tenía diferencias con el supuesto hachero y Oscar Saraspe (o Zaraspe), de 29, según las crónicas subversivas un pendenciero encargado del bar y uno de los pocos pobladores que tenía auto. Al ver a Jiménez caído, corrieron ambos hacia los policías y les ofrecieron ayuda. Se dice que un tercer testigo le propuso Saraspe ir por su Renault Gordini para conducir al herido hasta el hospital pero aquel, en tono despectivo le respondió.

-No voy a ensuciar mi auto con este guerrillero. Yo a este lo llevo arrastrando.

Por supuesto que hoy toda la izquierda y los paladines de los derechos humanos aseguran que Saraspe cumplió su amenaza pero según el periodista y abogado Daniel Gutman, muchas personas en el pueblo lo niegan.
El relato subversivo dice que entre los cuatro patearon a Jiménez en el suelo y luego fueron por una ambulancia (la única de Santa Lucía), para trasladarlo a la comisaría (en realidad fue conducido en el auto de Saraspe y eso le costó la vida). Una vez allí le propinaron una furibunda golpiza después de sacarlo por los pies del vehículo y arrastrarlo hasta el interior. Otros policías habrían tomado parte en el hecho.
Horas después, los agresores volvieron a sacarlo a la rastra y lo condujeron hasta el hospital de Monteros donde estuvo internado hasta el día siguiente cuando le dieron el alta. Una vez en San Miguel de Tucumán, lo llevaron a prisión y allí se perdió todo rastro de él. 
Su familia lo buscó por días hasta que finalmente, luego de recorrer distintas dependencias, alguien les sugirió el cementerio y allí el sepulturero les señaló una tumba recién abierta donde acababan de enterrar un cadáver envuelto en una sábana.
Al día siguiente, los diarios de Tucumán informaron que el detenido había fallecido durante la intervención quirúrgica que se le practicó para extraerle las balas pero de acuerdo con el relato izquierdista, nadie lo creyó1.
Nosotros no negaremos la existencia de Jiménez pero la historia nos parece un tanto novelada. ¿Cuál versión es cierta? No lo sabemos, pero ha indicios de que murió víctima de las heridas y desapareció ya que su cuerpo jamás fue entregado.
Todo parece indicar que los primeros combatientes arribaron al monte entre 1973 y 1974, noventa hombres y diez mujeres divididos en cuatro pelotones de 25 hombres cada uno, quienes venían de Cuba luego de un riguroso programa de preparación que incluía tácticas de supervivencia, manejo de armamento, andinismo, desplazamiento por selvas y montañas, lucha cuerpo a cuerpo, defensa personal, primeros auxilios y contacto con la población, un entrenamiento espartano, propio de tropas de asalto, que se completaba con cursos teóricos sobre marxismo y revolución.
Cuadros del ERP realizan el juramento de su bandera en plena espesura.
Sectores nacionalistas y liberales insisten en que la mujer que aparece en
la imagen es Nilda Garré. El dato es falso dado que la futura funcionaria
integró las filas de Montoneros y según versiones jamás empuñó un arma


Los primeros cuadros llegaron en el mes de abril, y perder tiempo establecieron sus los campamentos, depósitos para ocultar armas y municiones, postas y puestos de vigilancia. Debió pasar un año para que hicieran su presentación pública con la toma de Acheral, en el departamento de Monteros, el 30 de mayo de 1974.
Ese día, a las 20:30 horas, una columna de la Compañía de Monte “Ramón Rosa Jiménez” descendió de los montes y ocupó la población. Un grupo ocupó la comisaría reduciendo a los tres agentes que se encontraban de turno, otro se dirigió a la oficina telefónica y un tercero a la estación ferroviaria en tanto dos piquetes bloqueaban los accesos por la Ruta 38, para impedir la llegada o salida de cualquier persona.
Los guerrilleros acababan de evacuar el campamento de Rodeo Viejo, donde efectuaban ejercicios de diferente tipo, porque fuerzas policiales reforzadas según “Estrella Roja”, por efectivos militares, acababan de entrar en la zona. Acheral era una respuesta a esa acción, de ahí la meticulosidad de su planificación.
Los guerrilleros pintaron las paredes con inscripciones y arengaron a los parroquianos en un bar, para retirarse inmediatamente después en dos camionetas robadas.
Era el debut de la unidad militar y un llamado de atención a las autoridades. De acuerdo con el trabajo de Paul H. Lewis, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Tulane (Nueva Orleans), el ERP contaba -en Tucumán- con una estructura de 2500 simpatizantes2 y 30 observadores montoneros a los que se sumaría posteriormente la Unidad Básica de Combate Logística de aquella organización. Estimaciones realizadas por estudiosos fuera del país, elevan el número de cuadros en combate en 1975 a 400 efectivos, desmintiendo a la bibliografía apologética según la cual, los milicianos comprometidos en acciones de guerra apenas alcanzaban los 150 hombres. De aquellos 2500 simpatizantes (número que otros autores elevan a casi el doble), el total prestó algún tipo de colaboración y buena parte se incorporó a las filas en el monte, sobre todo para ocupar las vacantes que iban dejando los caídos.
Percatado el gobierno provincial de que algo extraño sucedía en la espesura, inició los preparativos para neutralizar cualquier amenaza que desde allí acechase, despachando las primeras partidas policiales.
Grupos de la Guardia de Infantería, la Policía Montada y Gendarmería treparon las elevaciones y se internaron en la fronda tratando de dar con los merodeadores, misiones que contaron con cobertura aérea a partir de septiembre3.
El 26 de julio, a menos de un mes de la muerte de Perón, los guerrilleros se apoderaron de la fábrica Norwinco S.A. situada en la localidad de Bella Vista, cabecera del departamento de Leales. Lo primero que hicieron fue reducir el puesto de guardia y después de arengar a los trabajadores, repartieron ejemplares de “Estrella Roja” y pintaron leyendas alusivas al ERP y la lucha armada, llevándose al retirarse dos revólveres calibre 38, tres máquinas de escribir y otros objetos. El día anterior, habían detenido un camión perteneciente al Ingenio San Pablo y distribuyeron las 350 bolsas de azúcar que transportaba entre la población de Villa Carmela.
Luego de esta acción, el ERP emitió el siguiente comunicado:

Sabemos que estas acciones no son ninguna solución definitiva para los problemas de los trabajadores. A través de las mismas solo devolvemos al pueblo parte de lo que los patrones les arrancan a diario. Además, en contacto directo con los compañeros trabajadores podemos explicarles por qué combate nuestro ERP, por qué ha empezado a combatir en Tucumán la Unidad de Monte "RAMÓN ROSA JIMÉNEZ".
La guerrilla rural es un gran paso adelante en la construcción de un poderoso EJERCITO REVOLUCIONARIO DEL PUEBLO que destruya para siempre el régimen explotador en nuestro patria.
Sepan los patrones que su desarrollo es producto de la decisión de todo ol pueblo tucumano de luchar unidos hasta acabar con los explotadores y formar la patria de los obreros: LA PATRIA SOCIALISTA.
LA COMPAÑÍA RAMÓN ROSA JIMÉNEZ ES EL BRAZO ARMADO DEL PUEBLO TUCUMANO.


¡NINGUNA TREGUA A LAS EMPRESAS IMPERIALISTAS!

¡NINGUNA TREGUA AL EJERCITO OPRESOR!

¡LA SANGRE DERRAMADA NO SERA NEGOCIADA!

¡A VENCER O MORIR POR LA ARGENTINA!




                                                                 ERP


En la asamblea clandestina que tuvo lugar luego de aquella incursión, el comando del PRT-ERP decidió incorporar nuevos combatientes y conseguir armamento a efectos de acometer acciones de mayor envergadura e iniciar operaciones de guerra convencional.
En un trabajo de nuestra autoría titulado El Operativo Independencia. La guerra contra la guerrilla subversiva en Tucumán (1974-1975-1975), explicamos brevemente el proceso inicial de la guerrilla en el sudeste de la provincia y sus consecuencias tras un año y medio de lucha4. Ahí decimos que los primeros combatientes arribaron entre octubre de 1973 y mayo de 1974 provenientes de las secciones que el ERP mantenía activas en las principales ciudades del noroeste. Traían consigo instrucciones precisas en cuanto a iniciar maniobras de reconocimiento, exploración, adaptación y captación de la población rural y mantener la distancia de los centros poblacionales5.
Tropas del ERP con su bandera
En marzo de 1974, aquel primer grupo sedicioso, conformado por unos 20 milicianos, escuchó la arenga y las directivas que en pleno monte les dio el Comandante “Carlos”, nombre de guerra de Santucho, quien había viajado especialmente al lugar para recibir al grupo y entregarle sus estandartes.
La posición más importante que el ERP levantó en la selva durante esa primera fase de la operación fue el Ingenio Fronterita, donde quedó constituido su comando integrado por Mario Roberto Santucho, Manuel Negrín, Roberto Coppo, Antonio Fernández, Eduardo Pedro Palas, Salvador Falcón y el comandante de la Compañía de Monte, Capitán “Santiago” (Hugo Irurzún).
Un segundo campamento con igual cantidad de hombres (y algunas mujeres) fue montado en Potrero Negro, al mando del comandante “Raúl” (Leonel Juan Carlos Mac Donald), y otros de relativa importancia se instalaron en las inmediaciones, siempre al sudoeste de la capital provincial, entre los ríos Lules y Salí, una zona de bosques tupidos y sucesivas montañas que facilitaría notablemente el desplazamiento de la guerrilla.
Finalizada la etapa de adiestramiento, el ERP creyó llegado el momento de iniciar operaciones y puso manos a la obra buscando incrementar su número, conseguir armas y hacer acopio de provisiones.

A principios de abril tuvo lugar un suceso impresionante, que ha sido soslayado por quienes trataron el tema de la guerrilla en Tucumán El sábado 6, a las 14:30, la Dirección Provincial del Agua se disponía a abonar los haberes a 240 empleados de la repartición, quienes una vez finalizada la jornada laboral, aguardaban en el local de la empresa, situado a 30 kilómetros de la capital.
A la hora indicada, se hicieron presentes los encargados Aldo René Pérez, de 43 años, Julián Antonio Britos de 37 y el inspector de obras Juan Carlos Estrada, portando en dos maletas los jornales y los correspondientes registros.
Una vez dentro de la casilla prefabricada destinada a esa labor, el capataz José V. Salazar comenzó a llamar a los trabajadores por orden alfabético, siendo el primero de ellos, Félix Abreu. El trabajador se acercó a la mesa que servía de escritorio y se detuvo en espera del conteo.
En ese preciso instante, emergieron de los cañaverales cuatro sujetos armados quienes luego de efectuar varios disparos al aire, se identificaron como integrantes del Ejército Revolucionario del Pueblo. Llevaban sus cabezas cubiertas por medias de nylon y portaban pistolas 45 a excepción de uno que sostenía una ametralladora.
Pese a la orden de permanecer quietos, varios obreros escaparon hacia la espesura y otros se cubrieron detrás de los árboles en tanto Ángel Domingo Galván se arrojaba cuerpo a tierra y se pegaba al terreno. Al ver ese movimiento, uno de los desconocidos le apuntó con su arma y disparó, hiriéndolo de gravedad en el hombro derecho.
Galván quedó tendido en el suelo, sin conciencia, y eso paralizó a sus compañeros. El sujeto de la metralla se apostó en la entrada junto a un compañero, en tanto los otros dos ingresaban en la prefabricada y se apoderaban de los fondos, $ 22.900.000 en total, que se llevaron a la carrera por el mismo camino por el que habían llegado, mientras cubrían su retirada con nuevos disparos al aire.
La policía se hace presente en el obrador de la Dirección Provincial
del Agua donde los trabajadores masacraron a un subversivo
(Imagen. "La Razón")

Ocurrió que el que marchaba en último lugar, un sujeto de fuerte contextura física, agotó las municiones, detalle advertido por uno de los trabajadores que regresaba de su vivienda –hacia la que había escapado- con una escopeta de dos caños entre sus manos.
Sin dudarlo un instante, el hombre apuntó y disparó, alcanzando al atacante en el hombro izquierdo.
El sujeto soltó un lamento y cayó pesadamente sujetándose la herida, notando con espanto que los trabajadores, armados con machetes y palos, se le venían encima.
La escena que tuvo lugar fue realmente aterradora. Una vez junto al extremista, los jornaleros lo atacaron con violencia, destrozándole la cabeza, los brazos, el torso y las piernas en tanto el resto le propinaban puntapiés y le arrojaban piedras.
Los otros tres extremistas alcanzaron la ruta provincial 303 donde abordaron un vehículo que los esperaba con el motor encendido. Los obreros que se lanzaron en su persecución no lograron atraparlos pero encontraron un paquete con clavos “miguelito” de reciente elaboración, un par de calzados y las medias de nylon femeninas con las que los desconocidos se cubrían el rostro.
Las autoridades del obrador dieron rápido aviso a la policía la cual, una vez constituida en el lugar, pudo advertir que el extremista linchado portaba un revólver calibre 32 con su número de serie limado y sus cápsulas servidas, el cual figuraba como robado a un efectivo de la policía montada.
Con la ayuda de los mismos obreros, la policía cargó el cadáver en la parte posterior de una camioneta y condujo a Galván hasta el Hospital Padilla de San Miguel de Tucumán, donde quedó internado para su atención. 
El cadáver del extremista linchado yace en
la parte posterior de una camioneta. Varios
trabajadores lo observan
(Imagen. "La Razón")

El treinta de ese mes, cuatro desconocidos que se desplazaban por la Ruta 9 en un automóvil sedán marca Valiant atacaron un retén de la policía caminera ubicado en el desvío a Tafí Viejo, 10 kilómetros al norte de la ciudad capital. 
Al ver a los desconocidos descender del rodado, el cabo Marcelo Lazarte les impartió la voz de alto y al no obtener respuesta, abrió fuego, recibiendo un impacto directo a la altura de la cadera. Los sujetos se identificaron como integrantes del ERP y antes de huir se apoderaron del armamento del suboficial a quien abandonaron desangrándose sobre la ruta. El operativo de búsqueda que se montó inmediatamente después, no arrojó resultados.


Siguiendo el relato de Daniel Gutman, la noche del 20 de septiembre de 1974, una columna de 45 efectivos, luciendo uniformes militares, descendió de las boscosas sierras del Aconquija e ingresó en Santa Lucía, población rural distante a 50 kilómetros al sudoeste de San Miguel de Tucumán, sobre la ruta que unía los Valles Calchaquíes con Monteros y Concepción.
Entraron por el norte, atravesando un amplio sector descampado y después de ladear los ruinosos edificios del ingenio azucarero, enfilaron hacia el centro, más precisamente rumbo a la comisaría, donde el agente Hermenegildo Medina se encontraba cumpliendo su turno. 
Evidentemente alguien corrió a avisarle porque cuando se asomó para ver que sucedía, encontró a varios desconocidos apuntándole con sus fusiles FAL e incluso, metralletas.
Le dijeron que levantase los brazos y no se moviera y así lo hizo. Uno de los uniformados se le acercó, le extrajo el revólver calibre 38 de la cartuchera y lo obligó a ingresar, seguido por varios de ellos.
El país se hallaba conmocionado por el asesinato del ex vicegobernador de Córdoba, Hipólito Atilio López a manos de la Triple A y el secuestro de los hermanos Juan y Jorge Born en la Capital Federal por los Montoneros, pero eso parecía otro mundo para la bucólica y apacible Santa Lucía.
Con la comisaría en su poder, los subversivos se dividieron en varios grupos y se dispersaron en diferentes direcciones, comunicándose entre sí a través de sus equipos de radio.
Una sección montó una ametralladora pesada en el atrio de la iglesia, dominando el cruce de las actuales avenidas Libertador y Marcos Avellaneda; otra ocupó la central telefónica y la oficina de Correos, una tercera se dirigió al domicilio de doña Dora, que era la única que tenía teléfono en el pueblo y a lo del “Negro” Salinas, a quien le sustrajeron la camioneta. 
Fuera del ejido urbano, sobre la ruta 307, fueron establecidos retenes de control para evitar la entrada y salida de personas.
Con el poblado en su poder, los guerrilleros se encaminaron a las casas del policía Eudoro Ibarra y el encargado del bar, Oscar Saraspe, a quienes habían condenado en ausencia por la muerte de Ramón Rosa Jiménez. Llegaron simultáneamente hallando en la última a las dos pequeñas hijas del dueño de casa y a su esposa pegándose un baño. Por el contrario, en la primera, Ibarra preparaba un asado en compañía de dos vecinos. Su hija de tres años jugaba en la vereda, sus hijos varones, de quince y doce años habían ido hasta el almacén a comprar bebidas y su esposa enfermera se encontraba fuera, aplicando una inyección. 
Héctor Oscar Saraspe y su familia el año que fue asesinado

Cuando los combatientes llegaron a lo de Saraspe, la pequeña de nueve años le dijo que se su padre se encontraba en el bar, justo frente a la vivienda. En lo de Ibarra preguntaron por él y cuando el dueño de casa se identificó, le apuntaron con sus armas y le dijeron que permaneciese quieto. A los dos invitados les ordenaron ponerse contra la pared y a la niña, que en eso momentos entró, la mandaron nuevamente afuera.
Una vez dentro del club, los insurgentes repararon en la única mesa ocupada, donde tres hombres departían mientras jugaban al dominó y bebían cerveza (o vino). Cuando se les acercaron, volvieron la vista a ellos, asombrados al ver que se trataba de uniformados y uno de ellos sonrió.

-¿Quién de ustedes es Oscar Saraspe? – preguntó el que parecía ser el jefe.

-Yo – respondió el aludido.

Sin decir más, el combatiente alzó su FAL y le descerrajó dos tiros a quemarropa, alcanzando al encargado del bar a la altura del pecho. Sus compañeros, petrificados, lo vieron caer al suelo y quedar allí tendido, inmóvil, mientras los desconocidos daban media vuelta y abandonaban el local.
En lo de Ibarra ocurrió otro tanto. Cuando la niña salió a la vereda, un guerrillero le apuntó a la cabeza y lo mató, regando con su sangre la pared contra la cual se hallaba parado. 
Una vez fuera, los subversivos que salían del club se cruzaron con la esposa de Saraspe, que en esos momentos se dirigía a la cantina para indagar. Al reparar en los “militares” les preguntó si se llevaban detenido a su marido y estos le respondieron que no. Una parte de ellos abordó la camioneta de Salinas y se perdieron en la noche en tanto el resto se replegó hacia la comisaría, tomando distintos caminos.
La esposa de Ibarra escuchó el estampido en su casa y apresuró el paso, preocupada porque algo malo hubiese ocurrido. Cuando llegó, encontró en frente de la vivienda una leyenda que decía “Ibarra pagó su castigo” y junto a ella la inscripción ERP. Adentro, los invitados se hallaban el shock y sus hijos lloraban desconsolados junto al cadáver de su padre6.
La guerrilla rural guevarista se había cobrado sus primeras víctimas. Poco después, la organización dio a conocer el parte de guerra informando sobre la acción, el cual fue publicado en la edición de “Estrella Roja” correspondiente al mes de octubre7.

      Tucumán                                                                Parte de Guerra

Al pueblo

El día 20 de septiembre a las 20:30 hs., una sección de la COMPAÑÍA DE MONTE “RAMÓN ROSA JIMENEZ” DEL ERP procedió a copar la localidad de SANTA LUCIA con el objetivo de cumplir la sentencia contra EUDORO IBARRA Y HECTOR OSCAR ZARASPE, ambos declarados culpables por un tribunal revolucionario de mas torturas y posterior asesinato del combatiente del pueblo RAMÓN ROSA GIMÉNEZ, ocurridos la noche del 16 de octubre de 1972.
Luego de copar la Central telefónica y la Comisaría local, los integrantes de nuestro Ejército Guerrillero ubicaron e identificaron a los sentenciados, procediéndose inmediatamente a su ajusticiamiento público.
Cumplido así este acto de justicia revolucionaria contra esos dos enemigos del pueblo, la sección se retiró ordenadamente hacia sus bases de operaciones.

Cumplimos en hacer conocer a nuestro pueblo el detalle de los elementos recuperados para la causa popular en la Comisaría de Santa Lucía.

-Pistola Colt No. 6381 de la Policía de la capital Federal.
-Revolver calibre 38 de la Policía de Tucumán.
-25 proyectiles calibre 11,25 y 3 calibre 38.
-1 correaje completo.
-1 cartuchera y 2 cargadores.
-1 máquina de escribir portátil Olivetti.
-Documentación personal y policial.
-3 sellos y $24.000 de recaudación de multas.

En la misma edición, la organización publicó un parte dando cuenta de quiénes eran los ajusticiados y una reseña del ignoto Ramón Rosa Jiménez de quien jamás se ha visto una fotografía fidedigna.

                                      Comunicado

QUIENES ERAN IBARRA Y ZARASPE

EUDORO IBARRA, agente de policía de la Comisaría de Santa Lucía, fue el autor material de la muerte de RAMON ROSA JIMENEZ. En esa comisaría nuestro compañero fue brutalmente torturado. IBARRA participó activamente en la tortura, siendo ésta tan feroz y descontrolada, que nuestro compañero murió días después a causa de las heridas y la rotura del hígado que le fueron allí producidas por las patadas,. Trompadas y todo tipo de golpes.
HECTOR OSCAR ZARASPE, no menor sentencia podía corresponderle a este asesino al servicio de las fuerzas represivas, ya que aquel mismo día de la tortura, por decisión propia, arrastró con bárbara saña, en su automóvil particular al ‘Zurdo’ Jiménez, atado y semiinconsciente, por las calles de Santa Lucía, buscando dar un escarmiento a todos aquellos que quisieran seguir su ejemplo de lucha.
Ambos, con la destrucción física de nuestro compañero, intentaron con su odio más brutal hacia el pueblo y la guerrilla, contener el avance de la revolución.
Vano intento, ya que del fusil caído de RAMON ROSA JIMENEZ, surgieron decenas de nuevos brazos obreros y populares para recogerlo y continuar su lucha, y surgió también la COMPAÑÍA DE MONTE que lleva su nombre y que hoy, desde los cerros y montes tucumanos, crece y se extiende hacia el bajo para terminar de una vez por todas con las injusticias, combatiendo con las armas a quienes las sustentan y defienden:
Los explotadores, la policía, el ejército contrarrevolucionario, los delatores, informantes y demás elementos antipopulares.
El brazo de la justicia popular puso fin a estos dos asesinos; y será además implacable con todos aquellos que intenten atacar o destruir a las fuerzas revolucionarias y populares.
Los burgueses, los patrones, todos los explotadores y represores, querrán hacer aparecer a los ajusticiados como pobres víctimas inocentes, pero en realidad todo el pueblo de Santa Lucía puede corroborar las actitudes criminales que dieron lugar a la justa condena de estos dos declarados enemigos del pueblo.

¡NINGUNA TREGUA A LA POLICIA Y AL EJERCITO OPRESOR!
¡VIVA LA JUSTICIA POLULAR REVOLUCIONARIA!

ESTADO MAYOR DE LA COMPAÑÍA DE MONTE
“RAMON ROSA JIMENEZ”

¡A VENCER O MORIR POR LA PATRIA!

                                                                                          ERP

EJERCITO REVOLUCIONARIO DEL PUEBLO



La apología de Ramón Rosa Jiménez contiene afirmaciones esclarecedoras en cuanto al modus operandi del ERP, sus modos de hacer justicia y sus métodos represivos.

Quién era el Zurdo Jimenez
El Zurdito Jimenez (Ricardo) es uno de los mejores y más fiel exponentes del valeroso proletariado azucarero. Hijo de humildes obreros del surco, nació en Sauce Huacho y al igual que todos los niños obreros del campo tucumano su juguete fue una macheta con que ayudar a sus padres a yapar el jornal.
Carrero, hachero en los fondos de la explotadora familia de los Frías Silva, fue masticando en años el sabor amargo de la explotación capitalista en los cañaverales tucumanos.
Golpeado por el ambiente de miseria, hambre y explotación existentes en los ingenios, comienza a participar en las luchas sindicales y posteriormente en las encaradas contra el cierre del Ingenio Sta. Lucía. Decretado por la Dictadura Militar. En aquellas jornadas toma contacto con  nuestro Partido abrazando la ideología marxista-leninista, aprendiendo que sólo con la construcción del Partido Revolucionario, la fortaleza de la ideología proletaria y el desarrollo de todas las herramientas necesarias podían romperse las cadenas de la explotación.
Cuando en 1968 nuestro Partido define la necesidad de la lucha armada como camino revolucionario que debe seguir nuestro pueblo y arroja de su seno a los sectores morenistas, el Zurdo, obrero de vanguardia levanta en alto la bandera de la justa violencia revolucionaria. Sus rápidos avances, su férrea determinación de combate, lo llevan a ser seleccionado para integrar el primer contingente de compañeros que viajan al exterior para recibir instrucción especializada.
A su regreso es tomado prisionero por la Dictadura a fines de 1969. Cuando la lucha tendencial de principios de 1970 el Zurdo adhiere en forma inquebrantable a los puntos de vista del ala leninista contra los sectores vacilantes que llevan al Partido a renegar del IV Congreso y su decisión de desarrollar la guerra revolucionaria. Desde la cárcel llega su permanente aliente, y el IV Congreso que funda el ERP lo elige miembro del comité Central del Partido. El 6 de septiembre de 1971 señala su retorno a la lucha activa al conseguir su libertad luego del Combate de Villa Urquiza donde juega un papel destacado.
Las fábricas, el surco y el monte sabrán nuevamente de su presencia, curtidos obreros y campesinos, sufridos hacheros escucharán la palabra paciente y esclarecedora del Zurdo. Su natural sencillez y humildad. Unido a la fortaleza de sus puntos de vista revolucionarios fueron uniendo firmemente a ‘Ricardo’ a sus hermanos de clase.
Su apresamiento, tortura y posterior asesinato a manos de la policía tucumana solo consiguieron su desaparición física y la propia muerte del querido guerrillero es guardada en la mente y el corazón de su pueblo como ejemplo claro a seguir por las nuevas camadas revolucionarias.

Podemos observar que quienes hoy reclaman justicia por el tratamiento dispensado a militantes y combatientes guerrilleros en tiempos del Estado represor soslayan la actitud de quienes se han puesto en víctimas pero no dudaban en someter a “juicio” y condenar en ausencia a sus enemigos, en decidir sobre su suerte y ejecutarlos sin miramientos, a la vista de familiares y amigos, sin darles siquiera la posibilidad de defenderse.
Ibarra y Saraspe fueron condenados por un tribunal irregular, por un cuerpo clandestino y sin validez, que decidió sus muertes sin los amparos a los que tiene derecho toda persona procesada, sobre todo cuando las causas son tan graves.
Así hacían la guerra quienes decían defender al pueblo y sobre todo, representarlo.
Según la apología del “Zurdo” Jiménez publicada en “Estrella Roja”, su desaparición física y su deceso se hallaban guardados “…en la mente y el corazón de su pueblo”, pero lo cierto es que nadie en Tucumán y mucho menos en el país, sabía de él, no tenía idea de quién era e ignoraba su vida y su trayectoria pues pocos fuera de la organización lo conocían. Su nombre no fue bandera de nada salvo de la unidad militar que el ERP puso en operaciones en los cerros y las selvas de Tucumán lleva su nombre.
Ramón Rosa Jiménez es un mito del que incluso algunos dudan.

Uno de los tantos errores que se repiten a lo largo del tiempo es aquel según el cual, la guerra contra la guerrilla subversiva en Tucumán se inició luego de la muerte de Perón. Eso es falso.
Hemos visto que el ERP inició sus primeras exploraciones en abril de 1970 y que sus recorridas apuntaban a un reconocimiento del terreno en busca de un área donde establecer sus campamentos e iniciar acciones. Tres años después llegaron los primeros combatientes y entre 1973 y 1974 se produjeron los primeros enfrentamientos.
A mediados de mayo de aquel último año, manos anónimas colocaron 240 kilogramos de explosivos en el edificio que el periódico “El Tribuno” construía en el barrio Limache, a escasos 7 kilómetros del centro de Salta, sobre la Ruta Nacional Nº 9.
Según pudo establecerse, en horas de la noche un grupo de desconocidos que circulaba en cuatro automóviles se detuvo frente a la estructura de hormigón y después de reducir a Víctor Mamani, su sereno, lo introdujo en uno de los rodados y lo llevó encapuchado hasta el paraje denominado La Isla, donde fue abandonado, atado de pies y manos.
Mientras tanto, quienes habían quedado en el edificio, procedieron a descargar los 240 kilogramos de explosivo que traían en 8 bolsas de 30 kilogramos cada una y los colocaron en puntos estratégicos del interior, a efectos de lograr el mayor daño posible. Una vez que hubieron terminado, conectaron las cargas al detonante y después de ajustar su mecanismo, abandonaron el lugar.
Mientras tanto, en pleno descampado, Mamani logró desatarse, se quitó la capucha y corrió hacia el puesto policial de Limache para dar cuenta de lo ocurrido.
Sin perder tiempo, los agentes informaron al Departamento Central y desde allí se radió un mensaje, solicitando a la Brigada de Explosivos el envío de una unidad.
Lo primero que hicieron los efectivos al llegar al lugar fue acordonar el área y cortar la circulación. Acto seguido, efectuaron una minuciosa inspección del dispositivo y procedieron a desconectar los cables con el mayor de los cuidados.
De haber logrado su objetivo, los terroristas habrían destruido por completo el edifico afectando las viviendas del Barrio Parque El Tribuno y aquellas próximas al hipódromo, con grave perjuicio para sus moradores. Podría haber sido el mayor atentado terrorista de la historia de Salta.

La tarde del domingo 19 de mayo de 1974, las Fuerzas Armadas y de Seguridad pusieron en marcha un gigantesco operativo antisubversivo destinado a cubrir el sector sudoeste de la provincia de Tucumán con el objeto de desalojar a las fuerzas subversivas que operaban allí Se trataba de una amplia región boscosa recostada sobre los primeros contrafuertes del Aconquija, en el límite con la provincia de Catamarca, cuyas alturas oscilan entre los 5552 y 5500 metros sobre el nivel del mar. La cubría una tupida selva subtropical a la que solo se accedía por sendas estrechas, que obligan a la tropa a avanzar en fila india, tal como lo hacían arrieros y cazadores.

Fue la primera vez que fuerzas policiales, tanto federales como provinciales, contaron con el apoyo logístico del Ejército, la Armada y la Gendarmería Nacional.
Era el inicio de un vasto movimiento que tenía por finalidad neutralizar los intentos de la guerrilla y sobre todo, dar con sus campos de adiestramiento y cortar sus vías de escape hacia Salta, Catamarca, Chile y Bolivia8.
El objetivo era El Rodeo, un área abrupta y boscosa situada al oeste del ingenio La Fronterita, en las coordenadas 27º 01’ 55’’ S/65º 27’ 29’’ O.
El comando de las fuerzas conjuntas movilizó más de 500 efectivos en un movimiento de pinzas que tenía como punto de partida Manantiales, en las afueras de San Miguel de Tucumán yTafí del Valle por el oeste.
Las tropas descendieron por las rutas 38 y 307, transportadas por camiones y vehículos militares; las que tomaron por la primera pasaron cerca de Lules y la Reducción en tanto las segundas atravesaron El Mollar, Santa Lucía y Acheral, dejando atrás los vestigios de culturas milenarias, muy anteriores a la llegada de los españoles.
Quince helicópteros de la Marina de Guerra, el Ejército, la Gendarmería y la Policía Federal sobrevolaban el sector informando las novedades al comando, en el Aeropuerto Benjamín Matienzo y a los efectivos que se desplazaban en tierra. La mayoría iban artillados y contaban coheteras y ametralladoras de grueso calibre.
El procedimiento coincidía con el fin de la rebelión policial que había aquejado a la provincia días atrás, de ahí la decisión de enviar a los federales y reforzarlos con cuadros y unidades de las Fuerzas Armadas.
El comando general de la fuerza se estableció en Famaillá, 35 kilómetros al sudoeste de la capital, donde el Ejército improvisó un helipuerto y un centro de comunicaciones a cargo de personal especializado.

Tropas de la Policía Federal y Provincial rastrillan las estribaciones del Aconquija
con el apoyo del Ejército y la Gendarmería
(Imagen: revista "Siete Días")




Desde allí, partían y llegaban los helicópteros realizando vuelos de reconocimiento a baja altura. De esa manera, se estableció un puente aéreo entre Famaillá y el Aeropuerto Benjamín Matienzo, el cual fue cerrado por el Ejército salvo a aquellas personas que debían abordar los vuelos regulares.
Pertrechadas con uniformes de combate, las fuerzas policiales y la Gendarmería establecieron retenes en las rutas, efectuando rigurosos controles viales. Los automóviles eran obligados a detenerse, se chequeaba la documentación y se revisaba minuciosamente los vehículos. A sus ocupantes se los obligaba a descender y tras obligarlos a colocar las manos sobre los techos y capots, se los palpaba de armas y sometía a interrogatorio9.
El lunes 20, las tropas iniciaron el avance, desplegándose en abanico desde La Fronterita hasta el Ingenio Santa Lucía, rastrillando la zona en un radio de 20 kilómetros. Iban guiadas por baqueanos, gente experimentada que conocía el área como la palma de su mano y temía la presencia de aquellos desconocidos que deambulaban por el monte y hablaban con acento extraño.
Los indicios partían de tiempo atrás, cuando la policía infiltró a dos de sus agentes disfrazados de campesinos, quienes llegaron a la región guiados por un lugareño. Los mismos fueron interceptados por varios desconocidos, quienes creyéndolos cazadores, los desarmaron y les permitieron partir. Se estimaba que su número era de aproximadamente medio centenar de y se sabía que disponían de armamento y equipo ya que se los había visto merodear en torno a El Rodeo, El Filo, Potrero de las Tablas y al oeste de Sauce Huacho.
Pese al hermetismo manifestado por las autoridades, trascendió que las fuerzas policiales tuvieron un enfrentamiento en el sector montañoso de Lules, muy cerca de la central eléctrica. El mismo culminó con la huida del grupo y la detención de cinco individuos, uno de ellos Roberto Eduardo Coppo, importante dirigente del ERP, implicado en el secuestro y asesinato de Oberdan Sallustro.
Al cierre de las ediciones, las tropas se aproximaban al objetivo mientras en la capital y diferentes localidades de la provincia, se practicaban redadas y allanamientos que terminaron con la detención de un centenar de personas, las cuales fueron conducidas al Departamento Central de Policía para su identificación.
Durante una de aquellas batidas fue hallada una “cárcel del pueblo” en una vivienda abandonada, situada en Bulnes 824, así como armas, municiones, seis mimeógrafos automáticos y material impreso.
En el Ingenio San José, la policía registró casa por casa, intentando dar con otros refugios extremistas.
La finca de Bulnes 824 en las afueras de Tucumán en cuyos fondos
fue hallada una "cárcel del pueblo"
(Imagen: "La Razón") 


La mañana del 22 de mayo sorprendió a las tropas escalando el Aconquija en lenta y penosa marcha, dificultada por el mal tiempo. Había comenzado a llover, hacía frío y una densa bruma envolvía las laderas de los cerros.
En San Miguel de Tucumán, mientras tanto, eran liberadas unas 50 personas, permaneciendo detenidas otras tantas, algunas con pedido de captura y otras por habérseles hallado armas y elementos sospechosos. Entre ellas, además de Coppo, se encontraban Eduardo Raúl Aguilar, Miguel Antonio Quinteros, Juan Moya, Eduardo Antonio González, Roberto Mario Quinteros, Lorenzo Mamani, Vicente Viterman Quinteros, Ángel Tomás Bulacio, Cayetano Pedro Quinteros, Eduardo Juan Gallo, Isidro Ángel Garay, Pablo Ibarra, Enrique Antonio Garay, Agustín Conrado López, el pintor Efraín Villa, el campesino Francisco Alderete y la enfermera Rosa Cerafina López.
Las condiciones climáticas dificultaron notablemente el avance e impidieron los vuelos de reconocimiento. Por esa razón, el Estado Mayor ordenó un alto y aprovechó la ocasión para esperar al comisario Villar que al frente de sus Centuriones, escuadrón de elite, especialmente entrenado para operaciones de tipo comando, volaba hacia la provincia.
En cuanto a la “cárcel del pueblo” descubierta en la vivienda de la calle Bulnes, se pudo determinar que se hallaba debajo de una habitación construida expresamente en los fondos de la propiedad y que hasta el lunes 20 la finca había estado ocupada por una pareja joven.
Cuando la policía irrumpió en su interior, un agente notó que la madera del piso cubría un espacio hueco razón por la cual se ordenó excavar donde el palo con el que se golpeaba la superficie mostró un sonido diferente.
Retiradas las tablas y removida la tierra, fue hallada una tapa de cemento redonda en cuya superficie destacaban dos manijas de hierro (se encontraba a un metro de profundidad). Al ser levantada, la policía halló un habitáculo subterráneo de 4 metros de largo, por 4 de ancho y 2 de alto, del que partía un pasadizo de casi tres metros en dirección a la calle. La cámara disponía de luz eléctrica y tubos de ventilación, carecía de mobiliario y todo parecía indicar que nunca estuvo ocupada.
En cuanto a la vivienda, se trataba de una construcción modesta, de una sola planta, situada en un barrio de las afueras de la ciudad y hasta octubre del año anterior había pertenecido a un boxeador10, que se la había vendido a una mujer en la suma de $5.000.000.
Túnel que lleva a la
cárcel del pueblo
("La Razón")
La pareja joven arrendó la finca en noviembre y al mes siguiente se instaló con ellos otro matrimonio. Recibían visitas permanentemente y mantenían un trato agradable con el vecindario. Nadie sospechó nada cuando comenzaron a sacar tierra y colocarla en la parte posterior de una camioneta que partía cargada y regresaba vacía. Según manifestaron a los agentes vecinos del lugar, estaban construyendo un pozo ciego (la zona carecía de cloacas) y cuando les ofrecieron ayuda la declinaron, manifestando que no la necesitaban. 
Las dos parejas desaparecieron el 20 de mayo, coincidiendo con la puesta en marcha del operativo antisubversivo. Al hacerlo, dejaron una máquina de escribir IBM, papel en blanco e impresos de tinte político.
Las autoridades pudieron determinar que la propiedad funcionaba como centro de inteligencia de la guerrilla y que desde ahí se coordinaban los movimientos entre la ciudad y el teatro de operaciones.
Ese mismo día, al caer la noche, el subdelegado de la Policía Federal en Tucumán, subcomisario Antonio Caligiuri, confirmó la llegada de los Centuriones desde Buenos Aires y confirmó que se encontraban en la zona de guerra. Negó que se hubieran producido enfrentamientos con los insurgentes y señaló que las inclemencias del tiempo impedían continuar las acciones.
Informó también que a Francisco Alderete enlace de la guerrilla con las células urbanas, se le habían secuestrado $ 2.700.000 m/n y a continuación permitió a los representantes de la prensa fotografiar el arsenal capturado.
El mismo consistía en una escopeta 12 mm, dos rifles calibre 22, dos pistolas 22, una 45, mochilas, ropa de combate y borceguíes, así como los objetos secuestrados en Bulnes 824, a saberse, la mencionada máquina de escribir IBM, mimeógrafos, cámaras fotográficas, resmas de papel en blanco, impresos subversivos y bibliografía, entre la que destacaban manuales para la elaboración de explosivos y el manejo de armas. Se les permitió también visitar la improvisada prisión y recorrer la propiedad.
Dada la situación, el gobierno de Salta decidió reforzar su frontera con Tucumán enviando varios destacamentos policiales con la misión de cortar el paso a cualquiera avanzada en esa dirección y de ese modo reforzar el operativo que se llevaban a cabo en el Aconquija. 
El 25 de mayo la situación climática empeoró considerablemente; el frío se tornó intenso, agravado por los vientos, densos nubarrones y además de la lluvia, la bruma envolvía los cerros.
Eso paralizó las operaciones e impidió las misiones aéreas, sin embargo, una comunicación recibida desde el puesto policial de La Banderita, alertó sobre la presencia de extraños en inmediaciones de la frontera con Catamarca.
Las tropas procedieron a vivaquear esperando que el clima mejorase y en esa situación los sorprendió el 164º aniversario de la fecha patria, la cual festejaron racionando y lanzando vivas a la patria.
El repentino mejoramiento del clima permitió reiniciar el avance.
Un sol radiante asomó por el horizonte el mañana del 26 y la bruma desapareció, creando las condiciones para acometer el asalto. Los oficiales al mando de las unidades se comunicaron con Famaillá y tras imponer al comando de la situación, recibieron la orden de continuar el ascenso hacia lo más profundo del monte.

Promediaba la tarde cuando las avanzadas policiales alcanzaron el objetivo. Se trataba de un claro en lo más profundo de la selva, de aproximadamente 20 metros de diámetro, donde aun quedaban indicios de presencia reciente.
Los efectivos rodearon el lugar e ingresaron cautelosamente desde distintas direcciones, aferrando fuertemente sus armas, atentos al más mínimo detalle. Había rastros de fogatas, una carpa desarmada, otras cinco tiradas en los alrededores, alguna que otra vasija y pertrechos de diversa procedencia.
Lo más significativo fue el armamento. Los guardias confiscaron una pistola 45, tres revólveres 38, al menos una ametralladora liviana, 14 barras de trotyl, mechas, elementos quirúrgicos, cajas con municiones de grueso calibre e indumentaria consistente en cuatro pantalones verde oliva, cuatro gorras del mismo tono, una campera de lana marrón y una camisa con manchas de sangre en el cuello, evidencia clara que en el intercambio de disparos acaecido días atrás, al menos uno de los guerrilleros había sido alcanzado.
El equipo sanitario constaba de pinzas, bisturíes, agujas, tijeras, hilo, gazas, vendas, jeringas, recipientes metálicos y tubos para efectuar transfusiones, todo dentro de una caja de madera.
Mientras se efectuaban patrullas de reconocimiento por los alrededores, el comandante de la sección estableció contacto con el comando y transmitió las novedades.

-Objetivo ocupado. No hay rastros de presencia enemiga, cambio.

El análisis realizado in situ permitió determinar que la posición había estado habitada al menos tres días atrás y por consiguiente, los guerrilleros debían hallarse en las inmediaciones. En vista de ello, fueron despachados desde Famaillá y el Aeropuerto una docena de helicópteros con instrucciones de sobrevolar las inmediaciones de El Rodeo. Los pobladores del área los vieron evolucionar sobre Potrero de las Tablas, El Filo, Monteros, Simoca y Sauce Huacho, en busca de la columna en retirada.
Las operaciones se prolongaron hasta el lunes 27, cuando el comando interfuerzas dispuso el repliegue.
El material hallado en el campamento fue cargado en mulas y transportado hasta Sauce Huacho. Una vez allí, fue pasado a un camión militar y conducido hasta la capital para su inspección y posterior inventario.
El regreso de las tropas llevó toda la jornada y en horas de la noche el personal de la Policía Federal llegado de Buenos Aires abordó un avión Hércules C-130 de la Fuerza Aérea Argentina que aguardaba en el Aeropuerto y emprendió el regreso.
Mientras tanto, en San Miguel de Tucumán fueron liberados 23 de los 50 detenidos que aun permanecían en prisión. Los 27 restantes continuaron a disposición del juez federal Jesús Santos, quien entendía en la causa, esperando una nueva indagatoria.
Cuarenta y ocho horas después de ocupado El Rodeo, cuatro subversivos que habían logrado quebrado el cerco fueron arrestados en un bar de Monteros, localidad situada a 53 kilómetros al sudoeste de San Miguel de Tucumán.
controles en las rutas
(Imagen: "Siete Días")
Los desconocidos departían en una de las mesas cuando un agente fuera de servicio reparó en ellos y le pidió al propietario del local que se comunicase con el Departamento Central de Policía. Minutos después se hicieron presentes varios patrulleros cuyos ocupantes rodearon al grupo y lo redujeron. Se trataba de Alberto Ismael Vázquez, Manuel Mario Littores, Aníbal Reartes y José Adolfo Loria, integrantes del ERP a quienes se les secuestraron varios bolsos, una pistola 45 a cada uno y diez cargadores11.
Conducidos a la comisaría local, fueron derivados a la capital donde quedaron a disposición del juez Santos quien, para ese momento, había dispuesto la liberación de otros a 22 detenidos, quedando tan solo 5 bajo sospecha de sedición12.
El 31 de mayo la policía descubrió una nueva finca en Manantial, 10 kilómetros al sur de San Miguel de Tucumán, la cual había sido utilizada por la guerrilla como centro de operaciones y “cárcel del pueblo”. También allí fue encontrada una habitación subterránea destinada a futuros secuestros así como material comprometedor.
Era evidente que el ERP preparaba una acción a gran escala y en ese sentido, había establecido reductos y postas en toda la provincia.
La propiedad se hallada en un descampado a 3 kilómetros de la Ruta 38; se accedía a ella por caminos de tierra y la rodeaban numerosas propiedades rurales semicubiertas por la vegetación, en especial árboles cítricos.
Se trataba de una edificación sencilla, con el exterior pintado de blanco y las ventanas de azul; disponía de tres habitaciones, una cocina y un baño y contaba con luz eléctrica aunque carecía de mobiliario.
La finca había funcionado como criadero de aves y en ese sentido, se levantaban cerca de la casa dos tinglados de esas características, es decir, techo de chapa a dos aguas sostenidos por postes de madera, paredes bajas y alambrados por ambos lados. Justamente, en uno de ellos fue hallada la “cárcel del pueblo” luego de que excavar en un punto donde la tierra parecía removida.
El habitáculo se encontraba a seis metros de profundidad y a él se accedía por un corto pasillo al que daban tres celdas de 2x2.
Según testimonios recogidos en el lugar, los ocupantes apenas se dejaban ver y desaparecieron al comenzar el operativo guerrillero, llevándose apenas lo necesario.
Horas después, se hicieron presentes el juez Jesús Santos y el general Luciano Benjamín Menéndez, comandante de la V Brigada de Infantería, quienes supervisaron la propiedad e intercambiaron opiniones con el personal a cargo del operativo.
Ese mismo día, un comando integrado por siete extremistas asaltó la sucursal del Banco Empresario de Lules, llevándose una fuerte suma de dinero.
El hecho tuvo lugar a las 07:30 a.m., cuando el gerente de la entidad, Ramón Graneros, llegaba al local situado en la calle 9 de Julio al 200.
Sorprendido por los asaltantes, fue obligado a ingresar y una vez reducidos los cinco empleados que se encontraban dentro, no tuvo más remedio que abrir las cajas y entregar los fondos.
Con el botín en su poder, los asaltantes se identificaron como integrantes del ERP y escaparon a toda prisa, advirtiéndoles previamente, permanecer quietos durante 15 minutos

Es parte del imaginario colectivo suponer que las operaciones militares en la provincia de Tucumán se iniciaron durante el gobierno de Isabel Perón. Con el líder aun en el poder, las fuerzas policiales dieron comienzo a las acciones contando con el apoyo de la Gendarmería Nacional, la Armada y el Ejército, en especial la V Brigada de Infantería, al mando del general Luciano Benjamín Menéndez, de marcado protagonismo en los años siguientes. 






Imágenes

Guerrilleros en el monte (Imagen: "Estrella Roja")


Formación frente a la bandera (del ERP)
(Imagen: "Estrella Roja")




Iglesia de Santa Lucía. Allí los subversivos instalaron una ametralladora pesada




Combatientes de ambos sexos dispuestos a todo
(Imagen: "Estrella Roja")




Listos para entrar en acción
(Imagen: "Estrella Roja")



Plano de Santa Lucía publicado en la edición Nº 41 de "Estrella Roja"


Héctor Oscar Saraspe
(Sitio: "Por la Memoria")



Bajo este galpón ubicado en los fondos de Bulnes 824
fue hallada la "cárcel del pueblo"
(Imagen "La Razón")



Frente a la propiedad la policía apila el material incautado. Se pueden apreciar mimeógrafos, cajas y una máquina de escribir
(Imagen "La Razón")




Notas

Daniel Gutman, Sangre en el monte, Sudamericana, Bs. Aires, 2010, p. 11-14.

2 Paul H. Lewis, Guerrillas and Generals: The Dirty War in Argentina (Guerrillas y generales: la Guerra sucia en la Argentina), Praeger Publishers, Nueva Orleáns, 2001.

3 Si bien durante esa primera etapa no se produjeron enfrentamientos, se llevaron a cabo 37 detenciones.


5 Poco después comenzarán a llegar cuadros oriundos de las grandes ciudades, en especial Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Santa Fe y La Plata.
6 Daniel Gutman, op. Cit. pp. 11-6. Cita a Lucía Mercado, Santa Lucía de Tucumán. La Base, Ediciones Lucía Mercado, Bs. Aires, 2005.
7 “Estrella Roja” Nº 41, lunes 7 de octubre de 1974. 
8 Días antes, el presidente Hugo Banzer había denunciado públicamente que grupos de guerrilleros habían ingresado a Bolivia desde la Argentina.
9 El riguroso dispositivo de seguridad impidió a los medios de prensa el acceso a la región. El martes 21 de mayo, los camarógrafos televisivos Berthy Arnaldo Díaz y Sergio Quiroga fueron demorados en el aeropuerto provincial junto a un periodista del diario “El Pueblo” de apellido Ledesma, quienes intentaban cubrir los hechos.
10 La vivienda fue adquirida por Victoria G. de Loreto quien, al conocer los pormenores de la investigación, se presentó ante las autoridades para aclarar su situación. Le había arrendado la propiedad a la pareja en el mes de noviembre y no tenía conocimientos de las actividades que desarrollaban.
11 Dos de las pistolas pertenecían al Ejército.
12 Entre los liberados se encontraba la única mujer, Rosa Serafina López. Permanecieron en prisión el enlace Francisco Alderete, Luis Paz, ambos por tenencia de armas de guerra y el pintor Efraín Villa, quien había vivido en Chile durante el régimen de Allende y regresado al país luego del golpe que lo derrocó.