EL PASO DE LAS TERMÓPILAS
El
13 de julio de 1958, mientras se desarrollaba la batalla de Jigüe,
llegaron hasta el puesto de mando guerrillero, en el alto de Cahuara,
noticias alarmantes, dando cuenta de que algunas unidades del Batallón
17 de Infantería avanzaban desde San Lorenzo hacia Minas de Frío. La
novedad llenó de preocupación a Fidel Castro porque si esas tropas
lograban ocupar la localidad, el camino al corazón el dispositivo
rebelde quedaba despejado.
La amenaza que se cernía sobre las posiciones castristas era grande porque, de darse aquella posibilidad, era factible que tanto El Roble como Meriño también cayesen y eso le abría a Cantillo la posibilidad de arrojarse sobre su adversario por la parte posterior. Eran los tan esperados refuerzos que el mayor Quevedo había solicitado con insistencia y el riesgo latente de que el dispositivo subversivo podía quedar cortado en dos.
La amenaza que se cernía sobre las posiciones castristas era grande porque, de darse aquella posibilidad, era factible que tanto El Roble como Meriño también cayesen y eso le abría a Cantillo la posibilidad de arrojarse sobre su adversario por la parte posterior. Eran los tan esperados refuerzos que el mayor Quevedo había solicitado con insistencia y el riesgo latente de que el dispositivo subversivo podía quedar cortado en dos.
Pese a ello, Fidel tenía cifradas sus esperanzas en las capacidades del Che y en el hecho de que su fuerza de combate impidiese al enemigo concretar sus planes. En espera de tales contingencias, se abocó a contrarrestar el avance del ejército, sobre todo el envío de refuerzos y en reagrupar a su gente para esperarlos.
Como para agravar el cuadro de situación, en las primeras horas de la tarde (14.00), llegó hasta el puesto de mando una nota del Che informando que las fuerzas del gobierno progresaban en su marcha desde Meriño.
Los guardias venían
subiendo por el alto de Meriño. Di instrucciones a Raúl [Castro Mercader], para
que mandara la gente de Angelito Verdecia (que estaba descansando en la Mina) a
tapar ese camino. Parece que hubo una confusión y Angelito cayó en una
emboscada en la que resultó muerto, perdiendo su arma, según uno de la tropa
que vino desperdigado, los otros dos que iban con él no han aparecido.
Si los guardias avanzan y
rompen esa línea, no hay refuerzos para allí1.
El
combate al que hacía referencia Guevara había tenido lugar en el camino
que conducía a El Tabaco, cuando la tropa encabezada por Ángel Verdecia
se topó con un pelotón de guardias que subía la pendiente, desde el
alto de Meriño. Durante el intercambio de disparos, cuatro de ellos
cayeron heridos pero Verdecia murió, alcanzado a la altura del pecho.
Intentando ponerse a resguardo, los guerrilleros se dieron a la fuga
internándose aún más en la espesura, dejando abandonado el cuerpo de su
jefe.
Castro acusó el golpe. Verdecia era un buen combatiente y su pérdida se iba a sentir, pero mucho más le dolió que su cadáver cayese en manos del enemigo. Sumamente contrariado, tomó lápiz y papel y le escribió al Che, en su puesto de mando de Mompié, para que investigase lo sucedido y adoptase medidas.
Castro acusó el golpe. Verdecia era un buen combatiente y su pérdida se iba a sentir, pero mucho más le dolió que su cadáver cayese en manos del enemigo. Sumamente contrariado, tomó lápiz y papel y le escribió al Che, en su puesto de mando de Mompié, para que investigase lo sucedido y adoptase medidas.
No tengo nada que decirte.
Con toda seguridad llegó el aviso de que los guardias venían subiendo de S.
Lorenzo a Meriño, le dijeron a Angelito que fuera a interceptarlos en el alto,
sin calcular que tenían mucho más tiempo que él para llegar a ese punto y allí
mismo lo jodieron. Cuando yo salí de la Mina dije que cuidaran el camino del
Moro más acá del alto; tú me dijiste que lo mejor sería poner posta en el mismo
camino que sube de S. Lorenzo a Meriño, para vigilarlo y yo estuve de acuerdo.
¿Cómo pueden haber sorprendido entonces a Angelito en una emboscada? ¿Es que
acaso subieron por algún trillo y salieron más acá del alto? ¿Entonces, qué
pasó con los que debían estar en el alto de posta?
Si los guardias avanzan y
rompen esa línea, no hay refuerzos para allí1.
Pero
lo peor no había sucedido aún. Cuando promediaba la tarde, circuló la
versión de que el Batallón 17 finalmente había alcanzado los altos de
Meriño y eso lo ponía a tiro del comando general rebelde. A las 19.05,
un correo enviado a Castro por Guevara trajo el siguiente mensaje:
Esta tarde coronaron el
firme los guardias y dice Raúl [Castro Mercader] que tiene noticias que ya
están en Meriño, aunque yo no lo creo. Me parece necesario o un refuerzo o
evacuar preventivamente las Minas de todo lo superfluo. Tú dirás.
A la mañana siguiente llegó otro, más preocupante aún:
De Meriño todavía no hay
novedad, los soldados están en el caserío y tienen el firme; ordené el
repliegue sobre las Minas de todos los otros.
Es
importante la transcripción de todos estos correos porque nos muestran
con claridad la gravedad del momento y la tensión que comenzaba a
invadir al alto mando guerrillero. En ese último mensaje, el Che le
hacía saber a Fidel sus conclusiones sobre el combate en el que Verdecia
había perdido la vida. Según su opinión, la culpa la había tenido el
propio Ángel e incluso, tal vez, su guía porque la sección pasó por un
sendero que corría mucho más debajo del que seguían los soldados y eso
los había puesto al descubierto. Los relojes señalaban las 11.55 cuando
llegó un nuevo cable del Che portando noticias urgentes:
Sin que pueda decirte cómo,
los guardias están en las Minas. Apenas te había mandado la comunicación, llegó
la noticia que los guardias estaban sólo en el alto del firme. Ordené entonces
un repliegue general y que Ciro [del Río] defendiera esa posición junto con la
gente que era de Angelito Verdecia. Sin embargo, a la 1/2 hora me
comunicaron que los guardias estaban en el firme del Moro arriba y la gente de
Angelito estaba aislada entre dos tropas, en el firme. Mandé confirmar las
noticias porque me parecía imposible, pero a los 5 minutos comunicaron que los
guardias estaban en la Mina ya, que cortaban la comunicación; yo no pude hablar
más.
Quedaba
confirmado que el enemigo había alcanzado tan estratégica posición y
que desde ella amagaba toda la región, poniendo en peligro la
subsistencia misma de la guerrilla. Antes de hacerlo, había chocado en
El Moro con lo que quedaba de la sección de Angelito Verdecia,
entablando un duro combate de posiciones. El Che se apresuró a enviar un
informe detallando el cuadro de situación:
La situación es la
siguiente: Raúl [Castro Mercader], Ciro [del Río] y Angelito Frías pelean de
frente. La gente de Angelito queda entre dos fuerzas con escape hacia Meriño;
Fonso [Alfonso Zayas], César [Suárez] y Roberto [Fajardo] quedan cercados con
la sola posibilidad de faldear potreros entre las Vegas y la Mina; Orlando
[Pupo] tiene que escalar un firme difícil pero no está en mucho peligro. Daniel
[Readigo] y sus hombres tienen retirada fácil. Todo depende de que Raúl [Castro
Mercader] no haya perdido la cabeza y haya podido avisar a los compañeros. Con
la gente que nos queda se puede defender bien el camino, pero no se puede
defender otro que la Magdalena. El del Roble y la Candela quedan desguarnecidos.
En
previsión de un ataque, Guevara dispuso evacuar la escuela de reclutas
de Minas de Frío y envizar a su gente hacia La Magdalena, donde pensaba
asumir su defensa. Antesde ello, mandó preguntar a Fidel si necesitaba
que permaneciera en ese sector para resistir, previendo que el enemigo
pudiese seguir su avance hacia Jigüe con el fin de romper el cerco que
mantenía inmovilizados a sus compañeros, de ahí la respuesta que el
comandante supremo le envió a las 15.05 desde el alto de Cahuara,
diciéndole:
Mira a ver cómo puedes
recoger los restos de esas escuadras y restablecer el frente.
Me conformaría con disponer
de 4 días antes de que esas tropas puedan penetrar hasta aquí. Yo creo que si
aparecen la gente de Fonso, Verdecia y Suárez, se les podría encomendar a ellos
la Maestra y disponer de Ciro, Raúl [Castro Mercader] y Pupo, para utilizarlos
en la defensa de los caminos que vienen hacia acá. Mientras tanto haz lo que
puedas y trata de mantenerme informado.
A
las 20.00 de de aquella agitada jornada, cuando el sol terminaba de
ocultarse en el horizonte, Guevara hizo llegar un nuevo comunicado
informando que al parecer los guardias aún no habían tomado Minas de
Frío, pero que estaban a punto de hacerlo, y reiterando que se disponía a
resistir. Veinticinco minutos después mandó otro parte con las
siguientes novedades:
En la carrera por ver quién
es más comemierda e irresoluto, nos volvieron a ganar los guardias. La escuadra
que era de Angelito, (con 7 hombres) mantuvo en el alto del Moro al Ejército.
Había ordenado a Ciro que fuera a reforzar ese punto, pero este volvió a ser
“atacado” y “oyó silbar las balas” y se retiró. Los tiros en el alto hicieron
creer a todo el mundo que ya estaban encima. 500 metros de tendido se han
acortado y el teléfono, empatado rudimentariamente por mí, no anda; veré si lo
arreglan mañana. Ordené a todos los pelotones avanzar para recuperar
posiciones. Me quedan de reserva Angelito Frías y Raúl [Castro Mercader];
total: 10 armas. Si tratan de avanzar de frente o por las Vegas, podremos hacer
buena resistencia, si flanquean por Meriño, se nos van. A esta hora no sé si
hay o no guardias en este punto. Yo me quedo aquí; les deseo éxito pronto.
A
la mañana siguiente, el Che Guevara se trabó en combate con las fuerzas
que avanzaban desde San Lorenzo. Durante el enfrentamiento, Ciro del
Río, que en esos momentos exploraba un sector del terreno, cayó herido
por fuego propio. Se había introducido en una de las emboscadas y un
combatiente rebelde le disparó.
A las 9.05 llegó hasta el puesto de Fidel Castro el siguiente mensaje, firmado por el Che:
A las 9.05 llegó hasta el puesto de Fidel Castro el siguiente mensaje, firmado por el Che:
En este momento la gente
está fajada en el firme de casa del Moro. Es un tiroteo no muy nutrido pero
continuo. Ciro del Río fue herido en un pulmón por un compañero que lo confundió.
Hasta ahora hay dos guardias muertos, según [José Ramón] Silva. El camino del
Roble no está custodiado, pero parece que centralizan su esfuerzo por el alto.
Dos horas después llegó otro:
[...] los guardias nos
tomaron el firme y van avanzando sobre la Mina, pero no hoy, por lo que sé en
Meriño, y espero aguantarlos sin que lleguen siquiera a la Escuela [escuela de
reclutas de Minas de Frío]. Todo depende de la decisión con que combata la gente;
hay buenas posibilidades. Creo que pueden contar ellos con dos días de respiro
incluyendo el de hoy.
El
avance del ejército sobre Minas de Frío sustrajo a Fidel Castro de sus
planes de accionar sobre Jigüe y lo forzó a poner toda su atención en lo
que estaba sucediendo, y así adoptar las medidas necesarias para la
defensa y cortar cualquier intentona que se hiciera en dirección a aquel
punto. Depositaba sus esperanzas en que esas tropas no pudiesen
atravesar el perímetro defensivo que se extendía entre El Roble y
Mompié, pasando por La Magdalena y El Coco, pero tenía sus dudas, de ahí
la permanente comunicación que mantenía con el Che, a quien informaba
en detalle lo que iba sucediendo en Jigüe mientras aquel hacía lo propio
con los hechos que acaecían en su sector.
La confirmación de que el ejército no había ocupado Minas de Frío aún le devolvió a Fidel el alma al cuerpo.
La confirmación de que el ejército no había ocupado Minas de Frío aún le devolvió a Fidel el alma al cuerpo.
Cuando el Che me comunicó
esa mañana que el enemigo no había podido aún ocupar Minas de Frío, me convencí
de que la difícil situación creada en ese sector, y la consiguiente amenaza a
la operación principal de Jigüe quedaban prácticamente resueltas, pues aunque
los guardias pudieran llegar finalmente a las Minas les sería casi imposible
continuar su avance desde allí.
El
15 de julio por la mañana, Fidel le envió un mensaje al Che elogiando
su desempeño en la defensa de la posición y poniéndolo al tanto de las
últimas novedades.
Te felicito de que hayas
logrado superar la crisis por allá, mejorando mucho nuestro ánimo al sabernos sin
peligro desde esa dirección. Si están en Meriño e intentan bajar hacia acá lo
que tienes es que mandarme un mensajero a caballo para avisarme rápido. Yo
mandé a hacer trincheras más allá del Coco y podemos agarrarlos entre dos
fuegos. De todas formas, al pasar por el camino del Roble deben ser tiroteados
por el flanco. Si no pudieras retener la Mina, no dejes de dividir las
escuadras como te indiqué, para que un grupo cuide la Maestra y el otro la
Magdalena.
Entre
el 15 y el 16 de julio, en enemigo ocupó Minas de Frío pero como dice
Fidel Castro en su libro, no efectuó ningún otro movimiento. El Che se
comunicó vía telefónica con él para pasarle las últimas novedades y de
paso, dio a conocer sus futuros movimientos. El contacto se hizo desde
La Magdalena, a través de las líneas de Mompié, que acababan de ser
reparadas después de un corte de varios días, al parecer, obra de los
guardias.
Dice el Che que los
guardias no parecen tener intenciones de avanzar hoy [dijo el encargado de
transmitir el mensaje]. Que recibió un refuerzo de seis hombres bien armados,
los que utilizará en caso necesario para reforzar a los que cuidan la
Magdalena. Que si tratan de ir por abajo, él personalmente se ocuparía de
impedir que avancen. Y horas después, a las 5:20 de la tarde, volvía a
informar: Dice el Che que no hay un solo guardia en Meriño; que de la Mina se
han ido como 40 guardias; que no se ve movimiento de guardias desde Las Vegas
hasta Meriño y que no se ve intento de avanzar por ahora. No ha habido
actividad ninguna en La Mina; que si tratan de avanzar se lo impedirá en lo que
a él le sea posible.
Aquel
16 de julio la situación no parecía tan desesperante como en el primer
momento. Después de enfrentarse con el enemigo y de reforzar sus
posiciones en torno a Minas de Frío, el Che regresó a su campamento en
Mompié y Fidel terminó de ajustar los preparativos para el asalto a
Jigüe, donde la situación del Batallón 18 comenzaba a tornarse crítica.
![]() |
| General Eulogio Cantillo |
Ese
mismo día, Guillermo García se hallaba posicionado en una loma próxima
al sector de Manacas, casi encima del campamento enemigo. De acuerdo a
los planes de Fidel, su pelotón debía abrir fuego contra los refuerzos
que viniesen en ayuda, alertando, de ese modo, a los pelotones ubicados
en la loma que conducía al alto de Cahuara y a las restantes posiciones.
Braulio Curuneaux, siempre a cargo de la ametralladora calibre 50,
debía interferir nuevamente las comunicaciones de la aviación enemiga
para orientarla hacia el Batallón 18 y hacer que arrojase sus bombas
ahí, lo mismo sus ráfagas de metralla, tal como había sucedido el día
anterior.
De acuerdo al nuevo mensaje que Fidel Castro le envió a Guevara esa misma mañana, era imperioso proceder de manera simultánea contra las dos unidades enemigas que aún permanecían en el interior de la sierra, más precisamente, en el sector controlado por la guerrilla. Por parte del enemigo, el Batallón 11 de Infantería, al mando de Sánchez Mosquera, que se mantenía aferrado en Santo Domingo y la Compañía 92 del Batallón 19, seguía varada en las Vegas de Jibacoa.
Con respecto a las dos compañías que se encontraban en Minas de Frío, la 91 y 93 del Batallón 19, al mando ambas del capitán Antonio Suárez Fowler, las mismas se encontraban inmovilizadas por las fuerzas del Che y de momento no representaban peligro. Si el general Cantillo no se decidía a sacarlas de la comprometida situación en la que se hallaban, la idea de Fidel Castro era atacarlas y una vez rendidas, caer sobre Sánchez Mosquera en Santo Domingo.
El Che le envió esa misma noche un nuevo correo desde su campamento.
De acuerdo al nuevo mensaje que Fidel Castro le envió a Guevara esa misma mañana, era imperioso proceder de manera simultánea contra las dos unidades enemigas que aún permanecían en el interior de la sierra, más precisamente, en el sector controlado por la guerrilla. Por parte del enemigo, el Batallón 11 de Infantería, al mando de Sánchez Mosquera, que se mantenía aferrado en Santo Domingo y la Compañía 92 del Batallón 19, seguía varada en las Vegas de Jibacoa.
Con respecto a las dos compañías que se encontraban en Minas de Frío, la 91 y 93 del Batallón 19, al mando ambas del capitán Antonio Suárez Fowler, las mismas se encontraban inmovilizadas por las fuerzas del Che y de momento no representaban peligro. Si el general Cantillo no se decidía a sacarlas de la comprometida situación en la que se hallaban, la idea de Fidel Castro era atacarlas y una vez rendidas, caer sobre Sánchez Mosquera en Santo Domingo.
El Che le envió esa misma noche un nuevo correo desde su campamento.
Estoy en Mompié. Todo
tranquilo. Vine a verte porque tus proyectos dobles me parecen demasiado
arriesgados. Espero que me digas dónde estarás mañana para darme una carrera a
la noche.
El
día siguiente se fue en los preparativos para entregar a la Cruz Roja a
los prisioneros del Batallón 18, tratativas que había hecho el Che a
través de la organización humanitaria mientras Fidel se desplazaba con
los cautivos hacia La Plata. Por otra parte, la situación en el frente
se mantenía calma, con los efectivos de las compañías 91 y 93 inmóviles
en Minas de Frío y los rebeldes en sus posiciones, listos para entrar en
acción.
Recién el 17 se produjo un nuevo enfrentamiento entre la tropas que se retiraban de Santo Domingo y las avanzadas guerrilleras en tanto las que ocupaban Minas de Frío recibían la orden de retroceder hasta Las Mercedes y San Lorenzo, en espera de nuevas instrucciones. Tal como lo habían previsto Castro y el Che, la situación de toda esa gente en los puntos que ocupaba, se había tornado insostenible.
Recién el 17 se produjo un nuevo enfrentamiento entre la tropas que se retiraban de Santo Domingo y las avanzadas guerrilleras en tanto las que ocupaban Minas de Frío recibían la orden de retroceder hasta Las Mercedes y San Lorenzo, en espera de nuevas instrucciones. Tal como lo habían previsto Castro y el Che, la situación de toda esa gente en los puntos que ocupaba, se había tornado insostenible.
![]() |
| Preparativos en el alto de Cahuara, campamento central de Fidel Castro |
Ese
día, por la tarde (15.55), llegó hasta el alto de Cahuara, un nuevo
mensaje de Guevara, informando que los guardias habían abandonado esos
puntos y retrocedían hacia el firme de El Moro. Al tanto de ese detalle,
Fidel le ordenó a Raúl Castro Mercader que se lanzase tras ellos pues
se temía que aquella tropa pudiese correr en auxilio de las que se
hallaban cercadas en las Vegas de Jibacoa y la situación se tornase más
grave.
Debes estar atento para ir
tomando posiciones adelantándose a medida que los guardias retrocedan. Si
abandonamos el firme del Moro debes colocarte en la Maestra, en la encrucijada
de San Lorenzo, si se quedaran en el alto del Moro hay que tomarles el firme de
la derecha, por donde está construido el camino a las Vegas para hostilizarlos
si pretenden bajar por allí.
Así
los hizo Castro Mercader, comprobando tiempo después que, en realidad
los guardias no acudían en ayuda de nadie sino que abandonaban la región
en dirección a San Lorenzo, con la firma intención de seguir hacia Las
Mercedes, cubiertas por una sección del Batallón 17, enviada con ese fin
por Corzo Izaguirre.
De esta manera, no solo
Minas de Frío, sino además, todo un extenso territorio en el sector
noroccidental -incluidos Meriño, El Tabaco, San Lorenzo, Gabiro y La Esmajagua-,
quedaba liberado. Resultaba obvio que el enemigo no podría volver a penetrar en
él; era otra victoria nuestra, esta vez sin necesidad de combatir2.
La
noche del 16 de julio, Braulio Curuneaux, el experto encargado de la
ametralladora 50, se hallaba a cargo de la radio, junto a otros
compañeros, cuando interceptó un mensaje radiado por una avioneta de
observación enemiga al jefe de la Compañía G-4. Sin perder tiempo, tomó
lápiz y papel y anotó lo que estaba escuchando.
De acuerdo a los partes que el ejército pasaba a sus mandos en el frente, la tropa que se encontraba concentrada en la costa debía avanzar en dirección a Jigüe para romper el cerco guerrillero y rescatar al Batallón 18 atrapado allí.
Era la prueba fehaciente de que los tan temidos refuerzos estaban en camino.
Sin perder tiempo, Curuneaux terminó de redactar la nota y se la envió urgentemente a Fidel. Cuando el mensajero la entregó en Cahuara, el comandante la desplegó y leyó su contenido atentamente. Una duda lo asaltó ni bien terminó su lectura, ¿el enemigo se dirigía hacia ese punto para reforzar a la unidad sitiada y seguir adelante con los planes originales o simplemente iba a sacarlo de la trampa? Como lo primero, a esas alturas, resultaba totalmente absurdo, según la opinión de Fidel3, se apresuró, esa misma noche a transmitir esa información a los capitanes apostados en la línea de contención, en la zona de Purialón, Lalo Sardiñas, Andrés Cuevas y Ramón Paz, indicándoles que estuviesen alertas.
De acuerdo a los partes que el ejército pasaba a sus mandos en el frente, la tropa que se encontraba concentrada en la costa debía avanzar en dirección a Jigüe para romper el cerco guerrillero y rescatar al Batallón 18 atrapado allí.
Era la prueba fehaciente de que los tan temidos refuerzos estaban en camino.
Sin perder tiempo, Curuneaux terminó de redactar la nota y se la envió urgentemente a Fidel. Cuando el mensajero la entregó en Cahuara, el comandante la desplegó y leyó su contenido atentamente. Una duda lo asaltó ni bien terminó su lectura, ¿el enemigo se dirigía hacia ese punto para reforzar a la unidad sitiada y seguir adelante con los planes originales o simplemente iba a sacarlo de la trampa? Como lo primero, a esas alturas, resultaba totalmente absurdo, según la opinión de Fidel3, se apresuró, esa misma noche a transmitir esa información a los capitanes apostados en la línea de contención, en la zona de Purialón, Lalo Sardiñas, Andrés Cuevas y Ramón Paz, indicándoles que estuviesen alertas.
Un batallón no es nada para
ustedes. En Santo Domingo se destruyó uno con muchos menos hombres, y Paz ha
rechazado dos veces al ejército con 8 hombres. Ojalá manden un solo batallón
para que quede prisionero de ustedes.
La nota venía acompañada por las siguientes instrucciones:
Es de suma importancia que
el arroyo de Manacas, que está situado de la parte [de] allá del alto donde
está Paz, esté tomado por nosotros, para que no intenten dar un rodeo por allí.
Considero conveniente reforzar a Paz con una escuadra por lo menos para que con
algunos hombres más suyos, la sitúe en dicho arroyo a unos seiscientos u
ochocientos metros del camino. Paz que se sitúe en el lugar más alto posible
del punto que le señalé, tratando de que los guardias no hagan contacto con él
en los primeros momentos, en cuyo caso, los del arroyo Manacas deben atacar por
el flanco a los guardias que lleguen al alto donde está él.
Lo perfecto es que los
guardias crucen sin chocar con Paz y el combate comience cuando caigan en la
emboscada de Lalo y Cuevas, para que sean encerrados; ya ustedes saben lo que
pasa cuando eso ocurre, no hay quien venga a sacarlos. Lalo y Cuevas, deben
tener bien tomados todos los firmes y altos que ellos puedan intentar tomar
para rechazarlos completamente.
No dejen de usar las minas,
sobre todo las bombas de cien libras.
Tomen todas las
disposiciones desde bien temprano para que les alcance el tiempo. No se
preocupen de ninguna otra cosa. Concentren la atención en la tarea de ustedes.
Es posible que el avión ametralle primero; eso los hará venir más confiados.
Yo no he querido mover un
solo hombre de ahí, porque nuestro propósito en esta batalla decisiva debe ser
muy ambicioso, no sólo rendir la tropa sitiada, sino, destruir también los
refuerzos.
Esto puede ser el fin de
Batista.
¡Mucha serenidad y mucho
ánimo y buena suerte!
Fidel
PD: Quiero añadir que el
ataque de flanco lo puede hacer Paz desde el alto y la gente del arroyo
Manacas desde abajo.
Castro
también puso en alerta a Raúl Podio, emboscado desde hacía dos días en
la loma de Gran Tierra, a la derecha del río La Plata, advirtiéndole
sobre los desplazamientos del enemigo e instruyéndolo al respecto.
Lejos de lo que Curuneaux suponía, los mandos del Ejército no estabas enviando un batallón hacia la región de Minas de Frío, sino a la Compañía G-4, que desde el comienzo de la operación se hallaba de reserva en la playa, a modo de retaguardia. Pero Fidel y su gente ignoraban eso y pensaban que se iban a enfrentar a una unidad completa ya que a su modo de ver las cosas, no bastaba con solo una sección para sacar a aquella gente de semejante atolladero.
Aun así, Castro tenía confianza y se lo dio a entender a Braulio (Curuneaux), cuando le envió el siguiente mensaje:
Lejos de lo que Curuneaux suponía, los mandos del Ejército no estabas enviando un batallón hacia la región de Minas de Frío, sino a la Compañía G-4, que desde el comienzo de la operación se hallaba de reserva en la playa, a modo de retaguardia. Pero Fidel y su gente ignoraban eso y pensaban que se iban a enfrentar a una unidad completa ya que a su modo de ver las cosas, no bastaba con solo una sección para sacar a aquella gente de semejante atolladero.
Aun así, Castro tenía confianza y se lo dio a entender a Braulio (Curuneaux), cuando le envió el siguiente mensaje:
Si nada más han enviado un
batallón, queda en el camino. Vamos a ver cuál es el resultado de la
batalla contra los refuerzos. Si derrotamos los refuerzos estos [los guardias
cercados en Jigüe] se rendirán irremisiblemente con poco esfuerzo de nuestra
parte. Esta es la oportunidad de hacerle a la Dictadura un desguazo completo
que puede ser su caída. Están obligados a mandar refuerzos y a los refuerzos
los podemos aniquilar.
También el Che, como no podía ser de otro modo, fue receptor de una notificación de Fidel, poniéndolo al tanto de los hechos.
Al anochecer interceptamos
un mensaje de la avioneta al jefe de un batallón, al parecer situado en la
playa diciéndole que avanzara ocupando los puntos llaves, esto es, las alturas
y protegiera el arria de mulos con un pelotón.
Esta misma noche acabo de
enviar mensajero a Cueva[s], Lalo y Paz informándole esto. Cuentan entre los 3
con 76 hombres bien armados con una moral altísima de lucha, buenas posiciones
y están prevenidos. En pocas ocasiones anteriores, tal vez ninguna, se esperó
al enemigo en mejores condiciones. Lo que más me atrae de toda esta operación
es la destrucción de los refuerzos, vengan por donde vengan. Teniendo la tropa
sitiada al borde del colapso y el gobierno obligado a socorrerla, nosotros
debemos tratar de convertir esta operación en una batalla decisiva. Ya el
Ejército no puede hacer más, ha llegado en estos días al límite de su
potencialidad; más bombas, más metralla, más cohete, más napalm y más morteros
no puede usar; ni tampoco más columnas; se palpa su impotencia. Situado tú en
el vértice de la Mina y Camilo en la Plata, con los refuerzos de Almeida y
Ramirito a mano, no podemos tener mejores perspectivas de victoria.
A
las 06.00 del jueves 17 de julio, la Compañía 4 del Regimiento 18, al
mando del capitán José Sánchez González, partió desde la desembocadura
del río La Plata hacia el interior de la sierra, con la misión de romper
el cerco establecido por las fuerzas guerrilleras y rescatar al grueso
de su unidad, inmovilizada dese hacía varios días en Jigüe. Su avance
fue precedido por fuego de ablande de la fragata F-303 “Máximo Gómez”,
posicionada frente a la playa, una de las unidades mejor equipadas de la
Marina de Guerra Cubana, con una avioneta de observación haciendo
reglaje. Era la segunda vez, desde septiembre de 1955, cuando la caída
de Perón en la Argentina, que una marina de guerra latinoamericana,
apoyada por la aviación, entraba en operaciones4.
Esa misma mañana, los combatientes que atendían Radio Rebelde le informaron a Fidel Castro que el amplificador del equipo de radio se había descompuesto, y que para repararlo era imperioso llevarlo hasta la comandancia de La Plata. Fue una contingencia en verdad inoportuna porque el problema vino a interrumpir la llegada de noticias desde el frente, donde el Batallón 18 parecía estar a punto de caer.
Cuando el sol comenzaba despuntar, llegó hasta la comandancia un parte de Guillermo informando que se hallaba emboscado en su posición, y que tenía al enemigo inmovilizado:
Esa misma mañana, los combatientes que atendían Radio Rebelde le informaron a Fidel Castro que el amplificador del equipo de radio se había descompuesto, y que para repararlo era imperioso llevarlo hasta la comandancia de La Plata. Fue una contingencia en verdad inoportuna porque el problema vino a interrumpir la llegada de noticias desde el frente, donde el Batallón 18 parecía estar a punto de caer.
Cuando el sol comenzaba despuntar, llegó hasta la comandancia un parte de Guillermo informando que se hallaba emboscado en su posición, y que tenía al enemigo inmovilizado:
Ahora sí [los guardias] no
se pueden mover pues los domino perfectamente. No pueden ni bajar al río, le
tengo una posta a Cien m [metros] de la casa de abajo, creo que tienen que
ensuciar dentro de las trincheras.
Los
guerrilleros dedicaron el resto de la mañana, a instalarse en sus
nuevas posiciones, aproximando aún más su línea de fuego al enemigo,
Ignacio Pérez al noroeste, apoyado por la ametralladora calibre 30 de
Rogelio Acevedo y Braulio Curuneaux algo más al sudoeste, sobre una
ladera.
La subida de las pendientes les llevó a los efectivos del gobierno mucho tiempo y esfuerzo. En ese tiempo, el bombardeo naval batió el área con contundencia. Cinco horas después, su vanguardia sobrepasó el recodo que forma el río en Purialón y unos metros más adelante entró en combate, al ser sorprendida por las avanzadas rebeldes.
Los hombres de Lalo Sardiñas y Andrés Cuevas se sostuvieron con firmeza en sus posiciones, batiendo a los guardias con decisión, a pesar del fuego de los morteros y los fusileros de la compañía.
Quince minutos después, el ejército contaba con sus primeras bajas y varios de sus cuadros se retiraban en desorden, dejando al resto de los pelotones completamente dislocados.
La subida de las pendientes les llevó a los efectivos del gobierno mucho tiempo y esfuerzo. En ese tiempo, el bombardeo naval batió el área con contundencia. Cinco horas después, su vanguardia sobrepasó el recodo que forma el río en Purialón y unos metros más adelante entró en combate, al ser sorprendida por las avanzadas rebeldes.
Los hombres de Lalo Sardiñas y Andrés Cuevas se sostuvieron con firmeza en sus posiciones, batiendo a los guardias con decisión, a pesar del fuego de los morteros y los fusileros de la compañía.
Quince minutos después, el ejército contaba con sus primeras bajas y varios de sus cuadros se retiraban en desorden, dejando al resto de los pelotones completamente dislocados.
![]() |
| Ramón Paz |
Ramón
Paz tenía que cerrar el paso de aquellas tropas en la loma de Manacas
pero en ningún momento reaccionó. Debió haber descendido rápidamente
hacia el río y cortarles el paso para acorralarlos dentro de un círculo
de fuego nutrido y obligarlos a rendirse o directamente aniquilarlos,
pero nada de eso sucedió y eso le permitió al enemigo alejarse,
perdiéndose de ese modo una oportunidad inmejorable.
Aun así, los hombres de Lalo y Cuevas lograron contener el avance, matando a doce guardias y tomándoles veinticuatro prisioneros. El botín capturado incluía diecisiete fusiles Springfield, diez carabinas San Cristóbal, cuatro fusiles semiautomáticos Garand, dos fusiles ametralladoras Browning, una ametralladora calibre 30 con su correspondiente trípode, 18.000 balas y cuarenta y ocho granadas de fusil, además de los víveres destinados al Batallón 18, con los mulos que los transportaban. Por el lado rebelde no se había producido una sola baja.
A Fidel Castro todavía le intrigaba la actitud de Ramón Paz y su falta de acción durante el combate, pero una nota recibida durante la noche, despejó sus dudas. De acuerdo al mismo, el oficial había actuado correctamente y eso pareció convencer al comandante supremo de su honestidad. Castro le envió un parte, pidiéndole que le reenviara el mensaje que le había hecho llegar la noche anterior con las instrucciones dirigidas a él, a Andrés Cuevas y Lalo Sardiñas, al tiempo que le levantaba el ánimo.
La respuesta de Ramón no tardó en llegar. Se lo notaba mortificado y hasta furioso porque entendía que se ponían en duda sus capacidades, de ahí el tono de su respuesta.
Aun así, los hombres de Lalo y Cuevas lograron contener el avance, matando a doce guardias y tomándoles veinticuatro prisioneros. El botín capturado incluía diecisiete fusiles Springfield, diez carabinas San Cristóbal, cuatro fusiles semiautomáticos Garand, dos fusiles ametralladoras Browning, una ametralladora calibre 30 con su correspondiente trípode, 18.000 balas y cuarenta y ocho granadas de fusil, además de los víveres destinados al Batallón 18, con los mulos que los transportaban. Por el lado rebelde no se había producido una sola baja.
A Fidel Castro todavía le intrigaba la actitud de Ramón Paz y su falta de acción durante el combate, pero una nota recibida durante la noche, despejó sus dudas. De acuerdo al mismo, el oficial había actuado correctamente y eso pareció convencer al comandante supremo de su honestidad. Castro le envió un parte, pidiéndole que le reenviara el mensaje que le había hecho llegar la noche anterior con las instrucciones dirigidas a él, a Andrés Cuevas y Lalo Sardiñas, al tiempo que le levantaba el ánimo.
La respuesta de Ramón no tardó en llegar. Se lo notaba mortificado y hasta furioso porque entendía que se ponían en duda sus capacidades, de ahí el tono de su respuesta.
La realidad es que
entendimos que me situara más arriba, pues usted sabe que yo no soy capaz de
rehuir un combate, ni dejar de cumplir una orden suya aunque en ella me vaya la
vida; pues un hombre de mi convicción no quiere la vida el día que se considere
indigno de vestir el uniforme de nuestro glorioso ejército. Ahora mi dolor es
que no he podido coger ni un arma y tengo 9 hombres desarmados. Mándeme
órdenes, pero que sean de pelear.
Quedaba
en claro que el jefe del pelotón había interpretado mal las directivas
al situarse en lo alto del firme y no moverse en ningún momento. Por eso
Fidel le escribió diciéndole:
No tienes que decirme lo
que yo sé sobradamente de tu valor y capacidad de lucha y de mando porque lo
has sabido probar muchas veces. Te pedí mi comunicación para cerciorarme de la
forma en que había enviado las instrucciones porque a mí me cabe la responsabilidad
de cualquier fallo que pueda haber. [...] Mi preocupación de que te situaras en
lo más elevado del pico era pensando en la conveniencia de que los guardias no
fuesen a hacer contacto contigo antes que con Cuevas. La instrucción que les
dio el avión era la de ir tomando los puntos llaves. Nosotros tomamos las
precauciones debidas a la situación. Se esperaba un ataque en regla y no el
envío de una compañía solitaria que venía como si estuviera desfilando por el
paseo del Prado. Son cosas absurdas de las que hace el enemigo.
Las
órdenes de Castro habían sido precisas. Era imperioso cerrar el paso
por la parte posterior, adelantando las líneas desde el arroyo Manacas y
atacar al enemigo por uno de sus flancos.
Lo sucedido dejó profundamente abatido a Paz, que en ningún momento quiso que se malinterpretara su proceder. Fidel intentó por todos los medios convencerlo de que lo ocurrido había sido producto de una simple confusión y que nadie pensaba que lo suyo había sido inacción y mucho menos cobardía, pero nada pareció convencer al oficial.
El botín capturado permitió a la guerrilla armar a unos cuarenta combatientes, que a pedido expreso de Castro, habían llegado desde la Escuela de Reclutas de Minas de Frío para fortalecer los destacamentos de Cuevas y Lalo. Con ese refuerzo se pudo asegurar aún más la línea de fuego en torno a Purialón y posicionar a otros quince hombres en puntos mucho más próximos a Jigüe.
Lo sucedido dejó profundamente abatido a Paz, que en ningún momento quiso que se malinterpretara su proceder. Fidel intentó por todos los medios convencerlo de que lo ocurrido había sido producto de una simple confusión y que nadie pensaba que lo suyo había sido inacción y mucho menos cobardía, pero nada pareció convencer al oficial.
El botín capturado permitió a la guerrilla armar a unos cuarenta combatientes, que a pedido expreso de Castro, habían llegado desde la Escuela de Reclutas de Minas de Frío para fortalecer los destacamentos de Cuevas y Lalo. Con ese refuerzo se pudo asegurar aún más la línea de fuego en torno a Purialón y posicionar a otros quince hombres en puntos mucho más próximos a Jigüe.
![]() |
| Braulio Curuneaux con su ametralladora pesada calibre 50 |
El
cerco sobre el Batallón 18, en tanto, se hacía más estrecho y a la
guerra psicológica que se les hacía a los guardias a través de los
altoparlantes, se sumaron las cartas y los mensajes que sus familiares
les habían enviado, capturados a los refuerzos en los recientes
enfrentamientos. En cuanto a mantenerlos inmovilizados en sus
posiciones, los disparos de fusilería y los de la ametralladora 50,
aunque rigurosamente calculados y medidos, según el decir de Fidel,
fueron por demás efectivos5.
Para peor, en lo que a los soldados regulares se refiere, la aviación
no podía prácticamente actuar porque la proximidad de las líneas
guerrilleras sobre sus posiciones era en extremo reducida y eso los
ponía en grave riesgo.
Al
mejor estilo de las Termópilas, las fuerzas de Batista debieron
recurrir a sus mejores tropas para quebrar las líneas de la guerrilla y
apoderarse de la región.
Y así como Jerjes envió contra Leónidas a Los Inmortales, su guardia de elite, sus mejores guerreros, las tropas mejor preparadas, Cantillo lanzó contra los combatientes rebeldes al Batallón “Los Livianos”, sus fuerzas especiales, 352 efectivos comandados por el capitán Noelio Montero Díaz, que constituían una temida fuerza de choque, destinada a romper definitivamente el asedio en torno al Batallón 18. La poderosa unidad de combate tenía su asiento de paz en Columbia y hasta el momento en que entró en operaciones, había permanecido en la zona como división independiente.
Esa misma mañana fueron desembarcadas una batería de cañones de montaña de 75 mm y otra de morteros calibre 81, destinadas a apoyar el avance de las tropas regulares hacia el interior del dispositivo guerrillero6.
Mientras la maniobra se llevaba a cabo, las unidades navales y la artillería terrestre se aprestaban a batir la zona para apoyar el avance de las mencionadas fuerzas hacia Jigüe.
Y así como Jerjes envió contra Leónidas a Los Inmortales, su guardia de elite, sus mejores guerreros, las tropas mejor preparadas, Cantillo lanzó contra los combatientes rebeldes al Batallón “Los Livianos”, sus fuerzas especiales, 352 efectivos comandados por el capitán Noelio Montero Díaz, que constituían una temida fuerza de choque, destinada a romper definitivamente el asedio en torno al Batallón 18. La poderosa unidad de combate tenía su asiento de paz en Columbia y hasta el momento en que entró en operaciones, había permanecido en la zona como división independiente.
Esa misma mañana fueron desembarcadas una batería de cañones de montaña de 75 mm y otra de morteros calibre 81, destinadas a apoyar el avance de las tropas regulares hacia el interior del dispositivo guerrillero6.
Mientras la maniobra se llevaba a cabo, las unidades navales y la artillería terrestre se aprestaban a batir la zona para apoyar el avance de las mencionadas fuerzas hacia Jigüe.
Era la carta de triunfo del
enemigo en esta operación, con la cual pensaban ilusamente que podrían sacar al
batallón cercado de su desesperada situación. Ese mismo día desembarcaron en La
Plata la mayor parte de los elementos del batallón, más unas cuantas piezas de
artillería de 75 milímetros7.
Un
par de horas después, llegó desde el norte una formación de cuatro
bombarderos B-26. Los aparatos abrieron sus compuertas y dejaron caer
sus cargas de 250 libras, arrasando los alrededores de Purialón y las
elevaciones próximas, incursiones que se repetirían hasta bien entrada
la tarde. Pero los equipos de comunicaciones de las fuerzas guerrilleras
lograron interceptar casi todas las comunicaciones del Ejército y de
ese modo supieron cuales iban a ser sus siguientes movimientos.
Las tropas enemigas dedicaron todo el día 18 a completar sus preparativos, y en la madrugada del sábado 19, Los Livianos se pudieron en marcha, movilizando a sus tres compañías, (I, K y L), que acababan de ser reforzadas por los restos de la Compañía G-4 del Batallón 18, que habían logrado ponerse a salvo.
Antes de iniciar su movimiento, el capitán Montero Díaz dispuso extender sus flancos un poco más de lo habitual, en especial el de la derecha, intentando peinar las laderas de ese lado de La Plata y no dejar punto sin cubrir.
En sintonía con ese desplazamiento, las poderosas peizas de las unidades navales abrieron, lo mismo los cañones emplazados en el sector costero. Casi al mismo tiempo, formaciones aéreas, sucediéndose una tras otra, ametrallaron el sector y arrojaron sus cargas explosivas, buscando preferentemente los puestos de mando guerrilleros.
Siguiendo el relato de Fidel Castro, la aviación se mantuvo particularmente activa ese día, aunque sin lograr quebrar la férrea línea rebelde. Aun así, el castigo fue duro y cerca del mediodía, una bomba de 500 libras estalló en la trinchera que ocupaban Francisco Luna, Victuro Acosta y El Bayamés, en el sector controlado por Andrés Cuevas, matando a los tres instantáneamente.
Las tropas enemigas dedicaron todo el día 18 a completar sus preparativos, y en la madrugada del sábado 19, Los Livianos se pudieron en marcha, movilizando a sus tres compañías, (I, K y L), que acababan de ser reforzadas por los restos de la Compañía G-4 del Batallón 18, que habían logrado ponerse a salvo.
Antes de iniciar su movimiento, el capitán Montero Díaz dispuso extender sus flancos un poco más de lo habitual, en especial el de la derecha, intentando peinar las laderas de ese lado de La Plata y no dejar punto sin cubrir.
En sintonía con ese desplazamiento, las poderosas peizas de las unidades navales abrieron, lo mismo los cañones emplazados en el sector costero. Casi al mismo tiempo, formaciones aéreas, sucediéndose una tras otra, ametrallaron el sector y arrojaron sus cargas explosivas, buscando preferentemente los puestos de mando guerrilleros.
Siguiendo el relato de Fidel Castro, la aviación se mantuvo particularmente activa ese día, aunque sin lograr quebrar la férrea línea rebelde. Aun así, el castigo fue duro y cerca del mediodía, una bomba de 500 libras estalló en la trinchera que ocupaban Francisco Luna, Victuro Acosta y El Bayamés, en el sector controlado por Andrés Cuevas, matando a los tres instantáneamente.
![]() |
| Cantillo envía a la sierra a Los Livianos, su cuerpo de elite |
La
vanguardia de Los Livianos alcanzó esa última posición y a las 14.00
entró en combate, demostrando que se trataba, efectivamente, de una
fuerza altamente capacitada. La embestida fue contenida pero en más de
una oportunidad, la gente de Andrés Cuevas creyó que la línea iba a ser
quebrada.
Intentando lavar su imagen. Ramón Paz se apresuró a descender desde el firme de Manacas y bordeando un trecho del río, logró envolver la retaguardia enemiga y cortarle el paso, mientras parte de su sección tiroteaba a un pelotón de los Livianos sin éxito. Los soldados gubernamentales lograron rechazarlos y los guerrilleros debieron correr para ponerse a cubierto. Cuando atravesaban a la carrera un descampado, una bala alcanzó a Roberto Corría, que cayó muerto en el acto.
A tres horas de iniciado el enfrentamiento, las tropas del ejército comenzaron a dar señales de cansancio. Fidel Castro no es claro cuando habla de que se escucharon entre sus filas gritos de rendición, entremezclados con el sonido cada vez más espaciado del fuego enemigo, pues uno no se sabe bien si se refiere a que los soldados intimaban a los guerrilleros a deponer las armas o si eran ellos los que se querían entregar. Lo cierto es que el aguerrido Andrés Cuevas interpretó esto último y abandonó su trinchera para avanzar cautelosamente hacia sus oponentes, con intenciones de aceptar la capitulación. Entonces, cuando apenas dio los primeros pasos, se escuchó el sonido de una ráfaga y el bravo capitán rebelde cayó muerto, atravesado por varios disparos.
Fue un terrible para su gente y para el ejército castrista en general ya que se trataba de uno de sus mejores oficiales, con gran aliciente sobre la tropa y notable determinación a la hora del combate. Cuando Fidel Castro le escribió al Che para referirle los hechos, dejó entrever no solo su pena sino el pesar que embargó a los combatientes tras su desaparición:
Intentando lavar su imagen. Ramón Paz se apresuró a descender desde el firme de Manacas y bordeando un trecho del río, logró envolver la retaguardia enemiga y cortarle el paso, mientras parte de su sección tiroteaba a un pelotón de los Livianos sin éxito. Los soldados gubernamentales lograron rechazarlos y los guerrilleros debieron correr para ponerse a cubierto. Cuando atravesaban a la carrera un descampado, una bala alcanzó a Roberto Corría, que cayó muerto en el acto.
A tres horas de iniciado el enfrentamiento, las tropas del ejército comenzaron a dar señales de cansancio. Fidel Castro no es claro cuando habla de que se escucharon entre sus filas gritos de rendición, entremezclados con el sonido cada vez más espaciado del fuego enemigo, pues uno no se sabe bien si se refiere a que los soldados intimaban a los guerrilleros a deponer las armas o si eran ellos los que se querían entregar. Lo cierto es que el aguerrido Andrés Cuevas interpretó esto último y abandonó su trinchera para avanzar cautelosamente hacia sus oponentes, con intenciones de aceptar la capitulación. Entonces, cuando apenas dio los primeros pasos, se escuchó el sonido de una ráfaga y el bravo capitán rebelde cayó muerto, atravesado por varios disparos.
Fue un terrible para su gente y para el ejército castrista en general ya que se trataba de uno de sus mejores oficiales, con gran aliciente sobre la tropa y notable determinación a la hora del combate. Cuando Fidel Castro le escribió al Che para referirle los hechos, dejó entrever no solo su pena sino el pesar que embargó a los combatientes tras su desaparición:
[...] espero que se les
haya ocasionado a los guardias un enorme destrozo, pero la muerte de Cuevas
tiene a todos aquí muy tristes y la casi segura victoria nos resulta amarga.
En
horas de la tarde, Castro emitió un comunicado para informar sobre la
muerte de Cuevas y su ascenso post-mortem, al grado de comandante:
Se asciende póstumamente al
grado de Comandante del Ejército Rebelde por su ejemplar conducta militar y su
heroico valor al Capitán Andrés Cuevas, muerto en el día de hoy, cuando
avanzaba sobre el enemigo. En lo adelante se mencionará su nombre con el grado
de Comandante. Márquese el sitio de su sepultura para construir allí un
obelisco que perdurará con el recuerdo imborrable de todos sus compañeros de
ideal8.
Una
vez que Fidel terminó de redactar ese memo, llegaron a Cahuara otros
veinte hombres desarmados, encabezados por René de los Santos. El
comandante los recibió y enseguida los despachó hacia el frente, con la
orden de que fuesen provistos y equipados con parte del arsenal
capturado. Debían reforzar las secciones de Lalo Sardiñas, Ramón Paz y
el fallecido Andrés Cuevas, a esa hora reemplazado por su segundo y
ponerse a las órdenes de aquellos jefes y de Antonio Sánchez Díaz,
apodado “Pinares”, por ser oriundo de la provincia de Pinar del Río.
Basándose en los últimos informes, Castro se concentró en la situación, analizando en detalle los hechos, para buscar nuevas alternativas. Fue así que, en horas de la noche, cursó a Lalo Sardilas las siguientes decisiones:
Basándose en los últimos informes, Castro se concentró en la situación, analizando en detalle los hechos, para buscar nuevas alternativas. Fue así que, en horas de la noche, cursó a Lalo Sardilas las siguientes decisiones:
Este es un momento
decisivo. Los compañeros tienen que llenarse de valor a pesar de las bajas. Si
retrocedemos habremos perdido la oportunidad de escribir una de las páginas más
gloriosas de la historia de Cuba; si resisten nuestros hombres, ese ejército no
podrá avanzar y Batista estará perdido. Confío en ti que tienes valor y tienes
inteligencia para afrontar la situación. Si la gente amanece mañana pegada a
los guardias los aviones no podrán bombardearlos; si continúan ametrallando por
el río, la gente se puede apartar del camino, pero tomando precauciones para
cortar a los guardias, si intentan avanzar. [...] Si en cualquier
circunstancia hubiera que perder terreno, hay que resistir firmemente un poco
más acá. En ninguna forma debe quedar libre el camino al enemigo. Yo estoy
seguro [de] que con el destrozo que ustedes les han hecho hoy esa tropa no
avanza. ¡Mucho ánimo y mucho valor que esta es una oportunidad para todos
ustedes de escribir una página en la Historia!
Hasta
ese momento, pese a la diferencia numérica y la cantidad de armamento,
el balance en aquellos dos días de combate era altamente favorable a la
guerrilla. El enemigo había sufrido siete muertos el doble de heridos y
de veintiún prisioneros además de una buena cantidad de armamento. Las
fuerzas rebeldes, por su parte, contabilizaban cuatro muertos e igual
cantidad de heridos pero mantenían la moral alta y el espíritu combativo
intacto.
Demostrando gran valor y mucha determinación, en horas de la noche Pinares y Lalo aproximaron sus secciones a las posiciones enemigas y batiéndolas con firmeza, lograron rechazarlas cuando reintentaban perforar la línea. Paz, por su parte, arremetió contra la retaguardia pero pese a la decisión con que lo hizo, no pudo evitar que algunos soldados se filtrasen y escapasen en dirección a la costa.
Demostrando gran valor y mucha determinación, en horas de la noche Pinares y Lalo aproximaron sus secciones a las posiciones enemigas y batiéndolas con firmeza, lograron rechazarlas cuando reintentaban perforar la línea. Paz, por su parte, arremetió contra la retaguardia pero pese a la decisión con que lo hizo, no pudo evitar que algunos soldados se filtrasen y escapasen en dirección a la costa.
![]() |
| La Fuerza Aérea cubana utilizó cazas T-33 durante sus ataques |
Pasado
el mediodía de aquella segunda jornada de combate, los muertos del
enemigo habían ascendido a diecisiete, sin contar los heridos; además,
se habían capturado catorce fusiles San Cristóbal, diez Garand, dos
cajas de proyectiles para morteros calibre 81 y una tropa de mulos
cargada de provisiones.
Parecía tratarse de un gran triunfo ya que no solo se había podido evitar que el enemigo perforase las líneas guerrilleras sino que incluso, lo habían rechazado, aun tratándose de tropas de elite, mucho más numerosas.
El jueves 17, por la tarde, Juan Almeida solicitó refuerzos a Cahuara. Sin perder tiempo, Fidel Castro le ordenó a Juan Vitalio Acuña Núñez9, que alistase a los diez hombres que tenía a su mando y partiera de inmediato hacía el frente, para situarse a la derecha de Guillermo García, al otro lado del río, de frente a la tropa cercada.
Como hemos dicho, el día 18 había transcurrido en calma y apenas se hostigó al enemigo con algo de fuego para mantenerlo aferrado al lugar.
En vista de que los soldados sitiados nada podían hacer, los guerrilleros aproximaron aún más sus líneas y comenzaron a cavar nuevas defensas, algunas a solo 40 metros de distancia, con el objeto de estrechar el cerco todavía más.
Para entonces, Minas de Frío había pasado a un segundo plano en lo que a prioridades se refiere y toda la atención se concentraba en Purialón y Jigüe, donde la presencia del ejército era una amenaza concreta. Y en ese sentido, Fidel volvió a escribirle al Che para ordenarle que en caso de que los guardias intentasen algo desde allí (Minas de Frío), hiciese lo posible por contenerlos y de ese modo dar tiempo a organizar las defensas de Cahuara y La Magdalena. Inmediatamente después, debería replegarse (el Che) a través de la loma de La Iglesia y esperar que los guardias entablasen combate con ellos (Castro) para atacarlos desde atrás.
Según la opinión de Fidel, el sendero que conducía a La Magdalena era el punto ideal para acorralar a cualquier tropa que se aventurase por allí, sin arriesgar el dispositivo de defensa ni la línea de fuego en torno al batallón sitiado. Y para darle más seguridad a su colega argentino, siempre aprensivo a poner en marcha dos operaciones al mismo tiempo (consideraba que no disponían de fuerzas suficientes como para hacerlo), finalizó diciendo: “Entre el mar y el Jigüe tenemos un ejército para impedir que vengan refuerzos”.
Pero ocurrió que lejos de lo que el máximo comandante rebelde esperaba, a saberse, un avance del enemigo por el norte, para auxiliar al Batallón 18, las tropas apostadas en Minas de Frío no se movieron. Era evidente que su moral estaba por el suelo y que los mandos de Batista padecían de un mal que en la guerra suele costar caro, por más buena tropa que se tenga: la ineptitud.
El 19 de julio el pelotón de Almeida se posicionó sobre una leve elevación del terreno, desde donde dominaba el camino que une Palma Mocha con El Naranjal. Cumplían órdenes de Fidel, quien temía aún que alguna fuerza pudiese llegar por esa ruta desde la primera de aquellas localidades o de La Caridad y golpear por la retaguardia, medida que el propio comandante consideraría después como excesiva, pues nada de eso ocurrió.
Pese a la baja moral del Batallón 18, el mismo todavía podía causar daños. Y así ocurrió ese día por la tarde, cuando en el intercambio de disparos, una ráfaga de ametralladora calibre 30, disparada por la tropa sitiada, alcanzó al teniente Teodoro Banderas, del pelotón de Juan Vitalio Acuña Núñez, y lo mató en el acto.
Era imperioso ponerle fin a esa situación y eso fue lo que decidió Fidel cuando comenzaba a caer la noche.
Parecía tratarse de un gran triunfo ya que no solo se había podido evitar que el enemigo perforase las líneas guerrilleras sino que incluso, lo habían rechazado, aun tratándose de tropas de elite, mucho más numerosas.
El jueves 17, por la tarde, Juan Almeida solicitó refuerzos a Cahuara. Sin perder tiempo, Fidel Castro le ordenó a Juan Vitalio Acuña Núñez9, que alistase a los diez hombres que tenía a su mando y partiera de inmediato hacía el frente, para situarse a la derecha de Guillermo García, al otro lado del río, de frente a la tropa cercada.
Como hemos dicho, el día 18 había transcurrido en calma y apenas se hostigó al enemigo con algo de fuego para mantenerlo aferrado al lugar.
En vista de que los soldados sitiados nada podían hacer, los guerrilleros aproximaron aún más sus líneas y comenzaron a cavar nuevas defensas, algunas a solo 40 metros de distancia, con el objeto de estrechar el cerco todavía más.
Para entonces, Minas de Frío había pasado a un segundo plano en lo que a prioridades se refiere y toda la atención se concentraba en Purialón y Jigüe, donde la presencia del ejército era una amenaza concreta. Y en ese sentido, Fidel volvió a escribirle al Che para ordenarle que en caso de que los guardias intentasen algo desde allí (Minas de Frío), hiciese lo posible por contenerlos y de ese modo dar tiempo a organizar las defensas de Cahuara y La Magdalena. Inmediatamente después, debería replegarse (el Che) a través de la loma de La Iglesia y esperar que los guardias entablasen combate con ellos (Castro) para atacarlos desde atrás.
Según la opinión de Fidel, el sendero que conducía a La Magdalena era el punto ideal para acorralar a cualquier tropa que se aventurase por allí, sin arriesgar el dispositivo de defensa ni la línea de fuego en torno al batallón sitiado. Y para darle más seguridad a su colega argentino, siempre aprensivo a poner en marcha dos operaciones al mismo tiempo (consideraba que no disponían de fuerzas suficientes como para hacerlo), finalizó diciendo: “Entre el mar y el Jigüe tenemos un ejército para impedir que vengan refuerzos”.
Pero ocurrió que lejos de lo que el máximo comandante rebelde esperaba, a saberse, un avance del enemigo por el norte, para auxiliar al Batallón 18, las tropas apostadas en Minas de Frío no se movieron. Era evidente que su moral estaba por el suelo y que los mandos de Batista padecían de un mal que en la guerra suele costar caro, por más buena tropa que se tenga: la ineptitud.
El 19 de julio el pelotón de Almeida se posicionó sobre una leve elevación del terreno, desde donde dominaba el camino que une Palma Mocha con El Naranjal. Cumplían órdenes de Fidel, quien temía aún que alguna fuerza pudiese llegar por esa ruta desde la primera de aquellas localidades o de La Caridad y golpear por la retaguardia, medida que el propio comandante consideraría después como excesiva, pues nada de eso ocurrió.
Pese a la baja moral del Batallón 18, el mismo todavía podía causar daños. Y así ocurrió ese día por la tarde, cuando en el intercambio de disparos, una ráfaga de ametralladora calibre 30, disparada por la tropa sitiada, alcanzó al teniente Teodoro Banderas, del pelotón de Juan Vitalio Acuña Núñez, y lo mató en el acto.
Era imperioso ponerle fin a esa situación y eso fue lo que decidió Fidel cuando comenzaba a caer la noche.
No cabía duda de que era
necesario acabar de resolver la situación, que ya se prolongaba demasiado.
Existía aún el peligro de que el mando enemigo, en una acción desesperada e
irracional, lanzara contra nuestras posiciones de Jigüe un ataque aéreo masivo,
incluido el uso de napalm, que pudiera causar algún daño. Era muy conveniente
disponer de una vez de las armas y el parque, que seguramente se capturarían,
para emprender las operaciones ulteriores contra las demás fuerzas que habían
penetrado al interior del territorio rebelde. Por otra parte, ya nuestros
hombres comenzaban a sentir también el rigor del hambre y la fatiga10.
Era
más que evidente que se necesitaba llevar a cabo el asalto final con un
ataque frontal sobre las posiciones del enemigo. Como se ha dicho, en
esos momentos su moral era extremadamente baja, con sus cuadros agotados
e incluso carentes de suministros, en tanto los guerrilleros, por el
contrario, la tenían en su punto más alto, motivados como estaban por
las victorias recientes. Pero había que sopesar los resultados y las
consecuencias de un movimiento de esas características, así como el
tiempo a emplear, la cantidad de bajas que se podían sufrir, cuantas
municiones se iban a consumir, etc. Pero el líder guerrillero estaba
convencido de que los soldados de Batista no podían resistir mucho más y
decidió atacar, aunque las novedades llegadas desde el otro frente,
cambiaron considerablemente la situación.
Esa misma noche, llegaron al campamento noticias en extremo alentadoras. Los refuerzos que acudían en auxilio del batallón habían sido aniquilados y se batían en retirada después de sufrir considerables pérdidas. Eufórico, Castro mandó alistar a su gente y se dispuso a acometer la embestida final pero antes, le escribió una nueva carta al mayor Quevedo, intimándolo a reconsiderar su situación. Decía la misma:
Esa misma noche, llegaron al campamento noticias en extremo alentadoras. Los refuerzos que acudían en auxilio del batallón habían sido aniquilados y se batían en retirada después de sufrir considerables pérdidas. Eufórico, Castro mandó alistar a su gente y se dispuso a acometer la embestida final pero antes, le escribió una nueva carta al mayor Quevedo, intimándolo a reconsiderar su situación. Decía la misma:
El camino de La Plata usted
sabe que es como un paso de las Termópilas, que miles de soldados no podrían
franquear.
Si no fuese usted el
caballero que es, el hombre humano y decente que con tanta bondad ha tratado a
los ciudadanos donde quiera que ha estado; si no fuese usted el jefe querido de
sus soldados por el trato que les ha dado; si no fuese usted el militar de
sentimientos patrióticos y democráticos, forzado por amargas circunstancias a
librar esta campaña contra la razón, el derecho y la justicia, en la que
ninguna honra ni gloria podría ganar, aunque la fortuna militar lo acompañara,
no me dolería que pereciera usted de hambre y metralla con todos sus
soldados, que en definitiva están sirviendo [a] la ignominiosa causa de la
tiranía y han costado la vida de muchos buenos compatriotas. Pero mi conciencia
de hombre honrado, mi sensibilidad humana hacia otros hombres en la adversidad,
me imponen al menos la obligación de hacer algo por esos hombres que están ahí,
engañados la mayor parte, creyendo las burdas historias que han inventado los
que comercian con la sangre de los soldados de la República, y por usted, que
para amargura de nosotros que lo hemos puesto en esta difícil situación, sin
saber siquiera que de usted se trataba, es uno de los militares más decentes
que conozco en el Ejército y que por un prurito de honor que solo se justifica
en defensa de la patria y de las causas justas, sacrifique su vida y la de
sus hombres en aras de la infamia. Yo tengo también un interés: ahorrar
vidas de mis hombres. Tenga la seguridad que me bastaría ordenar un asalto
en masa con fuerzas dos veces superiores a las que a usted le queda[n] y
tomamos esa posición por muy tenaz resistencia que nos hagan, porque nuestra
tropa está enardecida y nos favorecen todas las ventajas tácticas. Pero,
¿tendrían derecho a esperar sus soldados el mismo trato si nos hacen sacrificar
en una batalla que ya tienen perdida, a numerosos compañeros?
![]() |
| Fragata F-303 "Máximo Gómez" de la marina cubana |
Mientras tanto, ¿no comprende usted que atrincherados nuestros hombres en firmes y desfiladeros que son infranqueables, el intento de rescatar esa tropa, sería la sepultura de cientos de sus compañeros de armas sin que lograran el empeño?
¿Sabe usted que las tropas
están agotadas y los detenidos por deserción en la jefatura de operaciones
suman centenares, en cuyo estado deplorable de ánimo no podrían vencer nuestra
resistencia tenaz y resuelta? ¿Si en dos meses no han podido penetrar en
ciertas zonas, cómo van a penetrar ahora por caminos mucho más fuertemente
defendidos y favorecidos por el terreno? ¿No observa usted que la aviación,
única arma a la que pueden ya aferrarse, no hace la menor mella en nuestras
filas, y que nuestros hombres están tan cerca de ustedes que no pueden ser
ametrallados y bombardeados sin que ustedes también lo sean?
¿Qué esperanza puede tener
usted, Comandante, que justifique el sacrificio de tantas vidas suyas y
nuestras?
¡El honor militar! ¿Y no
cree usted que el honor militar exigía antes que nada, que el Ejército de la
República y sus oficiales de Academia jamás hubiesen sido puestos al servicio
del crimen, del robo y de la opresión?
Usted es un hombre culto y
sabe que le hablo con la razón y el corazón. Tenga el valor de ser sincero con
su conciencia, ser leal a ella, a la Patria y a la humanidad, y no morir
oscuramente sin que la nación y sus conciudadanos se lo agradezcan ni se lo
admiren, que la persona humana tiene derecho a fines más nobles. El valor de
usted y su vida, hombre honrado y capaz que la patria necesita, no deben
sacrificarse inútilmente.
Hay muchos prisioneros
heridos de su batallón y en el combate de hoy habían ya 14 compañeros suyos
heridos de gravedad en nuestro poder, que no podrán ser evacuados y atendidos
como lo requiere su estado mientras la batalla se prolongue con el trabajo
abrumador que imponen a nuestro personal las obligaciones militares. Tenemos
concertada la entrega de todos los prisioneros heridos a la Cruz Roja, que
viene con salvoconducto del Jefe de Operaciones para el martes 22.
Materialmente no podemos hacer más por ellos. Envíe a nuestra línea, si lo
desea, a su médico para que se cerciore de cuanto digo.
Dígnese escuchar estas
razones, no a un adversario ocasional, sino a su amigo, a su compañero de las
aulas universitarias y su sincero compatriota, a quien la victoria, por estar
usted de por medio y haberse derramado tanta sangre, no puede saberle más
amarga.
Espero de su condición de
militar de honor que devuelva al portador de esta carta, la que lleva a usted
cumpliendo simplemente una orden [...].
Fidel
le entregó el mensaje a un soldado prisionero, al parecer, cocinero del
batallón y en horas de la madrugada lo envió de regreso con su gente.
Quevedo recibió el mensaje y después de leerlo, escuchó de boca del portador que las fuerzas guerrilleras establecerían un alto el fuego a partir de las 10.00 del día siguiente.
El alto oficial cubano se detuvo a pensar unos segundos y luego tomó lápiz y papel para escribir la respuesta.
Devolvió los saludos, agradeció el mensaje y dijo que no iba a tomar ninguna decisión hasta las 18.00 de ese día, pues a esa hora iba a establecer contacto con sus mandos para saber los resultados del enfrentamiento entre los refuerzos y las avanzadas rebeldes.
Cuando el mensajero estuvo de regreso en Cahuara, Fidel se apresuró a leer la nota que traía y eso le dio esperanzas, más cuando al poco tiempo llegó Ramiro Valdés para decirle que había hablado con Quevedo, y que le había dicho que si a la hora mencionada no tenía ninguna novedad, estaba dispuesto a rendir su batallón.
Era una gran noticia, sin dudas, más porque en el al alto de Cahuara nadie dudaba que los mentados refuerzos iban a ser derrotados.
Durante el alto el fuego, varios guerrilleros, encabezados por Braulio Curuneaux, Guillermo García e Ignacio Pérez, entraron en el campamento enemigo para confraternizar con los soldados. Fueron momentos de relax y distención que sirvieron para observar in situ, la verdadera situación en la que se encontraba esa agente.
Quevedo recibió el mensaje y después de leerlo, escuchó de boca del portador que las fuerzas guerrilleras establecerían un alto el fuego a partir de las 10.00 del día siguiente.
El alto oficial cubano se detuvo a pensar unos segundos y luego tomó lápiz y papel para escribir la respuesta.
Devolvió los saludos, agradeció el mensaje y dijo que no iba a tomar ninguna decisión hasta las 18.00 de ese día, pues a esa hora iba a establecer contacto con sus mandos para saber los resultados del enfrentamiento entre los refuerzos y las avanzadas rebeldes.
Cuando el mensajero estuvo de regreso en Cahuara, Fidel se apresuró a leer la nota que traía y eso le dio esperanzas, más cuando al poco tiempo llegó Ramiro Valdés para decirle que había hablado con Quevedo, y que le había dicho que si a la hora mencionada no tenía ninguna novedad, estaba dispuesto a rendir su batallón.
Era una gran noticia, sin dudas, más porque en el al alto de Cahuara nadie dudaba que los mentados refuerzos iban a ser derrotados.
Durante el alto el fuego, varios guerrilleros, encabezados por Braulio Curuneaux, Guillermo García e Ignacio Pérez, entraron en el campamento enemigo para confraternizar con los soldados. Fueron momentos de relax y distención que sirvieron para observar in situ, la verdadera situación en la que se encontraba esa agente.
Esa tarde, envié a Radio
Rebelde un parte en el que se anunciaba la próxima victoria de la batalla
contra el Batallón 18, que calificábamos de decisiva. No quise dar todavía la
noticia de la rendición -en vías de tomarse el acuerdo-, por temor a que el
mando enemigo reaccionara con el bombardeo de su propio personal. Además, dar
enseguida la información podría precipitar la decisión de ordenar la retirada
inmediata del resto de las fuerzas enemigas que habían penetrado en territorio
rebelde -concretamente las estacionadas en Santo Domingo, las Vegas de
Jibacoa y Minas de Frío-, sin darnos tiempo a preparar las condiciones
para impedírselo. Esa tarde ordené, también, la concentración en el propio
Jigüe de todo el personal rebelde en la zona, incluidas las fuerzas que habían
combatido en Purialón. Previendo que la rendición sería acordada esa noche, mi
intención era partir de allí al amanecer hacia La Plata con una parte del
personal, el que participaría en las próximas acciones en la zona de Santo
Domingo, mientras que otra parte marcharía en dirección a Mompié para
intervenir en el cerco y la captura de la tropa enemiga acampada en las
Vegas de Jibacoa.
Entre
las 15.00 y las 15.30, el mayor Quevedo se comunicó con Braulio
Curuneaux para decirle que a las seis de la tarde subiría la loma con el
fin de dialogar. El alto oficial solicitaba dos caballos, uno para él y
otro para el médico del batallón, el mencionado doctor Wolf, petición a
la que Castro accedió de inmediato.
Cerca de las 16.00 se enviaron hacia el campamento dos mulos y algo de alimento y a las 18.00 el líder rebelde descendió la pendiente para encontrarse con su antiguo compañero.
El diálogo fue en tono cordial. Al encontrarse frente a frente ambos comandantes se estrecharon la mano y Fidel hasta palmeó en el hombro a su oponente. Tomaron asiento bajo unos árboles y enseguida comenzaron a dialogar.
Fidel fue claro a la hora de detallar los hechos, desde el inicio de la batalla y convincente al sostener que toda resistencia por parte de las tropas sitiadas iba a ser inútil. Quevedo comprendió y viendo que todos los refuerzos que el ejército había enviado hacia la zona habían sido derrotados, aceptó los términos de la rendición. Lo único que exigió fueron garantías sobre la integridad física de la tropa, la atención médica del personal herido o enfermo, la entrega de los prisioneros a la Cruz Roja Internacional (como se venía haciendo) y el traspaso de todo el armamento por parte de sus soldados aunque no las armas cortas de los oficiales, quienes las retendrían. A ello agregó que pensaba tratar el asunto con sus oficiales y se comprometió a hacer llegar una respuesta definitiva esa misma noche.
Fue el momento en que tropas regulares y guerrilleros compartieron raciones, al subir algunos de los primeros hasta el punto de encuentro y ponerse a cocinar.
Cerca de las 16.00 se enviaron hacia el campamento dos mulos y algo de alimento y a las 18.00 el líder rebelde descendió la pendiente para encontrarse con su antiguo compañero.
El diálogo fue en tono cordial. Al encontrarse frente a frente ambos comandantes se estrecharon la mano y Fidel hasta palmeó en el hombro a su oponente. Tomaron asiento bajo unos árboles y enseguida comenzaron a dialogar.
Fidel fue claro a la hora de detallar los hechos, desde el inicio de la batalla y convincente al sostener que toda resistencia por parte de las tropas sitiadas iba a ser inútil. Quevedo comprendió y viendo que todos los refuerzos que el ejército había enviado hacia la zona habían sido derrotados, aceptó los términos de la rendición. Lo único que exigió fueron garantías sobre la integridad física de la tropa, la atención médica del personal herido o enfermo, la entrega de los prisioneros a la Cruz Roja Internacional (como se venía haciendo) y el traspaso de todo el armamento por parte de sus soldados aunque no las armas cortas de los oficiales, quienes las retendrían. A ello agregó que pensaba tratar el asunto con sus oficiales y se comprometió a hacer llegar una respuesta definitiva esa misma noche.
Fue el momento en que tropas regulares y guerrilleros compartieron raciones, al subir algunos de los primeros hasta el punto de encuentro y ponerse a cocinar.
![]() |
| Fidel Castro y su plana mayor siguen las incidencias del combate a través de la radio |
Pasada
la medianoche, el comandante guerrillero descendió hasta el campamento
enemigo y entró en él sin problemas, aun sabiendo que los guardias
conservaban sus armas. No hubo incidentes de ningún tipo; los soldados
lo vieron llegar con cierta fascinación y más asombrados quedaron cuando
lo vieron conversar con ellos como si se tratase de un amigo de muchos
años.
La entrega de las armas comenzó ni bien comenzó a clarear. Fueron necesarios varios mulos para cragar con todo ese arsenal, que constaba de ciento cincuenta y ocho fusiles y ametralladoras, tres de ellas pesadas, calibre 30, un mortero de 81 mm y otro de 60, buen número de granadas y mucho más de municiones11.
Ciento cuarenta y seis fueron los efectivos que se rindieron a las fuerzas rebeldes en Jigüe, los que sumados a los prisioneros, elevaban el número a doscientos cuarenta. Un total de cuarenta y un guardias fueron muertos y treinta resultaron heridos. A la mayoría se los envió hacia La Plata y otros a la chacra de Santos Pérez, en Jigüe Arriba, donde ya había varios más de los enfrentamientos pasados. La idea era entregarlos a la Cruz Roja en las Vegas de Jibacoa, el día 22, que fue la fecha acordada oportunamente, de ahí la nota que el Che le envió a Fidel, haciendo referencia al traspaso.
La entrega de las armas comenzó ni bien comenzó a clarear. Fueron necesarios varios mulos para cragar con todo ese arsenal, que constaba de ciento cincuenta y ocho fusiles y ametralladoras, tres de ellas pesadas, calibre 30, un mortero de 81 mm y otro de 60, buen número de granadas y mucho más de municiones11.
Ciento cuarenta y seis fueron los efectivos que se rindieron a las fuerzas rebeldes en Jigüe, los que sumados a los prisioneros, elevaban el número a doscientos cuarenta. Un total de cuarenta y un guardias fueron muertos y treinta resultaron heridos. A la mayoría se los envió hacia La Plata y otros a la chacra de Santos Pérez, en Jigüe Arriba, donde ya había varios más de los enfrentamientos pasados. La idea era entregarlos a la Cruz Roja en las Vegas de Jibacoa, el día 22, que fue la fecha acordada oportunamente, de ahí la nota que el Che le envió a Fidel, haciendo referencia al traspaso.
Recuerda que hay que trazar
un plan para mañana, pues ya la Cruz Roja mandó preguntar hora. Hay que traer
todos los heridos de abajo y mandar un mensajero a las Vegas. El plan era el
siguiente: Comunicarle al comandante de las Vegas, por medio de una mensajera
femenina, la hora en que se iniciará la entrega y anunciarle que será en la
casa de Bismark; previamente, tomar los altos de Bismark y el firme de enfrente
con un par de escuadras; advertir que si la aviación continúa tan activa no
podemos hacer la entrega a esa hora y deberá esperarse al anochecer; admitir
que en la casa de Bismark debe estar el representante de la Cruz Roja con
autoridades, sin hacer ostentación de fuerza y decirle el número aproximado de
heridos, advirtiendo que en próximas entregas se darán más prisioneros enfermos12.
Y
luego se quejaba por la falta de noticias. La mensajera a la que se
refería el Che en su nota era Teté Puebla, de destacada actuación
durante las acciones y, como explica Fidel, futura jefa del pelotón
femenino “Mariana Grajales”.
Ese mismo día, Radio Rebelde se refirió a la entrega de heridos y
prisioneros en los siguientes términos:
Mañana martes 22 de julio a
las 2 de la tarde, esperamos entregar a la Cruz Roja Internacional los
militares heridos que están prisioneros del Ejército Rebelde desde hace varios
días.
Aceptado por el jefe de
operaciones enemigo que la entrega de los prisioneros heridos se efectúe en la
zona de Las Vegas de Jibacoa, adonde pueden llegar vehículos motorizados y el
Delegado Internacional de la Cruz Roja, Sr. Peirre Jecqier [Pierre
Jacquier] y sus acompañantes, dichos heridos han comenzado a ser trasladados
por el territorio libre de Cuba hacia esa zona.
Queda solo que dicho jefe
de operaciones ordene a los aviones enemigos que suspendan su ametrallamiento y
bombardeo, mientras se efectúe la entrega de los heridos al delegado de la Cruz
Roja Internacional.
Ha sido precisamente esa
región una de las más castigadas por el napalm y las bombas explosivas, en
estos días.
Inmediatamente que termine el
proceso de entrega de los heridos, pueden reanudar los aviones de la tiranía
sus ametrallamientos y bombardeos, que a nosotros los rebeldes no nos
impresionan esos raids aéreos, a lo que ya estamos más que acostumbrados.
Nuestra protesta contra los
bombardeos se refiere solamente a que se aplican criminalmente contra la
indefensa población campesina.
Los médicos rebeldes han
hecho esfuerzos increíbles por salvar y mejorar a esos soldados heridos,
lográndolo en muchos casos, a pesar de la carencia de recursos médicos y de la
cantidad de heridos.
Esperamos que mañana estén
en las manos humanitarias y protectoras de la Cruz Roja Internacional esos
prisioneros heridos13.
A
los seis muertos que sufrió la fuerza guerrillera durante la campaña,
hubo que agregarle uno más al día siguiente, Luis Enrique Carracedo,
muerto al disparársele accidentalmente su arma, durante el traslado de
los prisioneros hacia el cuartel de La Plata.
El descenso hacia el punto de encuentro con la Cruz Roja comenzó el día 21, con Fidel Castro avanzando en el centro de la extensa columna de hombres junto al mayor Quevedo y su ayudante, el cabo Camba, quien había pedido permanecer junto a él.
Esa misma noche llegaron al hospital de Martínez Páez, próximo a la comandancia de La Plata, donde pernoctaron, y a la mañana siguiente, Quevedo reanudó la marcha en dirección a la cárcel de Puerto Malanga, donde pensaba “…saludar a los guardias allí prisioneros y conocer el lugar cuya ocupación había sido el objetivo concreto de su misión en la Sierra Maestra”14..
Castro continuó hacia a comandancia, a la que llegó el 22 de julio por la tarde, horas antes de que Radio Rebelde anunciase a todo el país la capitulación del Batallón 18.
La batalla había finalizado con una aplastante victoria del ejército rebelde y el colapso de las fuerzas gubernamentales.
Las palabras con las que Fidel cierra el capítulo correspondiente en su libro, son más que elocuentes al respecto.
A partir de Jigüe, ya no me quedaba duda alguna del desenlace de la ofensiva enemiga e, incluso, de la derrota relativamente cercana de la tiranía15.
El descenso hacia el punto de encuentro con la Cruz Roja comenzó el día 21, con Fidel Castro avanzando en el centro de la extensa columna de hombres junto al mayor Quevedo y su ayudante, el cabo Camba, quien había pedido permanecer junto a él.
Esa misma noche llegaron al hospital de Martínez Páez, próximo a la comandancia de La Plata, donde pernoctaron, y a la mañana siguiente, Quevedo reanudó la marcha en dirección a la cárcel de Puerto Malanga, donde pensaba “…saludar a los guardias allí prisioneros y conocer el lugar cuya ocupación había sido el objetivo concreto de su misión en la Sierra Maestra”14..
Castro continuó hacia a comandancia, a la que llegó el 22 de julio por la tarde, horas antes de que Radio Rebelde anunciase a todo el país la capitulación del Batallón 18.
La batalla había finalizado con una aplastante victoria del ejército rebelde y el colapso de las fuerzas gubernamentales.
Las palabras con las que Fidel cierra el capítulo correspondiente en su libro, son más que elocuentes al respecto.
A partir de Jigüe, ya no me quedaba duda alguna del desenlace de la ofensiva enemiga e, incluso, de la derrota relativamente cercana de la tiranía15.









