miércoles, 14 de agosto de 2019

EL PASO DE LAS TERMÓPILAS

El 13 de julio de 1958, mientras se desarrollaba la batalla de Jigüe, llegaron hasta el puesto de mando guerrillero, en el alto de Cahuara, noticias alarmantes, dando cuenta de que algunas unidades del Batallón 17 de Infantería avanzaban desde San Lorenzo hacia Minas de Frío. La novedad llenó de preocupación a Fidel Castro porque si esas tropas lograban ocupar la localidad, el camino al corazón el dispositivo rebelde quedaba despejado.
La amenaza que se cernía sobre las posiciones castristas era grande porque, de darse aquella posibilidad, era factible que tanto El Roble como Meriño también cayesen y eso le abría a Cantillo la posibilidad de arrojarse sobre su adversario por la parte posterior. Eran los tan esperados refuerzos que el mayor Quevedo había solicitado con insistencia y el riesgo latente de que el dispositivo subversivo podía quedar cortado en dos.


Pese a ello, Fidel tenía cifradas sus esperanzas en las capacidades del Che y en el hecho de que su fuerza de combate impidiese al enemigo concretar sus planes. En espera de tales contingencias, se abocó a contrarrestar el avance del ejército, sobre todo el envío de refuerzos y en reagrupar a su gente para esperarlos.
Como para agravar el cuadro de situación, en las primeras horas de la tarde (14.00), llegó hasta el puesto de mando una nota del Che informando que las fuerzas del gobierno progresaban en su marcha desde Meriño.

Los guardias venían subiendo por el alto de Meriño. Di instrucciones a Raúl [Castro Mercader], para que mandara la gente de Angelito Verdecia (que estaba descansando en la Mina) a tapar ese camino. Parece que hubo una confusión y Angelito cayó en una emboscada en la que resultó muerto, perdiendo su arma, según uno de la tropa que vino desperdigado, los otros dos que iban con él no han aparecido.
Si los guardias avanzan y rompen esa línea, no hay refuerzos para allí1.
El combate al que hacía referencia Guevara había tenido lugar en el camino que conducía a El Tabaco, cuando la tropa encabezada por Ángel Verdecia se topó con un pelotón de guardias que subía la pendiente, desde el alto de Meriño. Durante el intercambio de disparos, cuatro de ellos cayeron heridos pero Verdecia murió, alcanzado a la altura del pecho. Intentando ponerse a resguardo, los guerrilleros se dieron a la fuga internándose aún más en la espesura, dejando abandonado el cuerpo de su jefe.
Castro acusó el golpe. Verdecia era un buen combatiente y su pérdida se iba a sentir, pero mucho más le dolió que su cadáver cayese en manos del enemigo. Sumamente contrariado, tomó lápiz y papel y le escribió al Che, en su puesto de mando de Mompié, para que investigase lo sucedido y adoptase medidas.

No tengo nada que decirte. Con toda seguridad llegó el aviso de que los guardias venían subiendo de S. Lorenzo a Meriño, le dijeron a Angelito que fuera a interceptarlos en el alto, sin calcular que tenían mucho más tiempo que él para llegar a ese punto y allí mismo lo jodieron. Cuando yo salí de la Mina dije que cuidaran el camino del Moro más acá del alto; tú me dijiste que lo mejor sería poner posta en el mismo camino que sube de S. Lorenzo a Meriño, para vigilarlo y yo estuve de acuerdo. ¿Cómo pueden haber sorprendido entonces a Angelito en una emboscada? ¿Es que acaso subieron por algún trillo y salieron más acá del alto? ¿Entonces, qué pasó con los que debían estar en el alto de posta?
Si los guardias avanzan y rompen esa línea, no hay refuerzos para allí1.
Pero lo peor no había sucedido aún. Cuando promediaba la tarde, circuló la versión de que el Batallón 17 finalmente había alcanzado los altos de Meriño y eso lo ponía a tiro del comando general rebelde. A las 19.05, un correo enviado a Castro por Guevara trajo el siguiente mensaje:

Esta tarde coronaron el firme los guardias y dice Raúl [Castro Mercader] que tiene noticias que ya están en Meriño, aunque yo no lo creo. Me parece necesario o un refuerzo o evacuar preventivamente las Minas de todo lo superfluo. Tú dirás.
A la mañana siguiente llegó otro, más preocupante aún:

De Meriño todavía no hay novedad, los soldados están en el caserío y tienen el firme; ordené el repliegue sobre las Minas de todos los otros. 
Es importante la transcripción de todos estos correos porque nos muestran con claridad la gravedad del momento y la tensión que comenzaba a invadir al alto mando guerrillero. En ese último mensaje, el Che le hacía saber a Fidel sus conclusiones sobre el combate en el que Verdecia había perdido la vida. Según su opinión, la culpa la había tenido el propio Ángel e incluso, tal vez, su guía porque la sección pasó por un sendero que corría mucho más debajo del que seguían los soldados y eso los había puesto al descubierto. Los relojes señalaban las 11.55 cuando llegó un nuevo cable del Che portando noticias urgentes:

Sin que pueda decirte cómo, los guardias están en las Minas. Apenas te había mandado la comunicación, llegó la noticia que los guardias estaban sólo en el alto del firme. Ordené entonces un repliegue general y que Ciro [del Río] defendiera esa posición junto con la gente que era de Angelito Verdecia. Sin embargo, a la 1/2 hora me comunicaron que los guardias estaban en el firme del Moro arriba y la gente de Angelito estaba aislada entre dos tropas, en el firme. Mandé confirmar las noticias porque me parecía imposible, pero a los 5 minutos comunicaron que los guardias estaban en la Mina ya, que cortaban la comunicación; yo no pude hablar más.
Quedaba confirmado que el enemigo había alcanzado tan estratégica posición y que desde ella amagaba toda la región, poniendo en peligro la subsistencia misma de la guerrilla. Antes de hacerlo, había chocado en El Moro con lo que quedaba de la sección de Angelito Verdecia, entablando un duro combate de posiciones. El Che se apresuró a enviar un informe detallando el cuadro de situación:

La situación es la siguiente: Raúl [Castro Mercader], Ciro [del Río] y Angelito Frías pelean de frente. La gente de Angelito queda entre dos fuerzas con escape hacia Meriño; Fonso [Alfonso Zayas], César [Suárez] y Roberto [Fajardo] quedan cercados con la sola posibilidad de faldear potreros entre las Vegas y la Mina; Orlando [Pupo] tiene que escalar un firme difícil pero no está en mucho peligro. Daniel [Readigo] y sus hombres tienen retirada fácil. Todo depende de que Raúl [Castro Mercader] no haya perdido la cabeza y haya podido avisar a los compañeros. Con la gente que nos queda se puede defender bien el camino, pero no se puede defender otro que la Magdalena. El del Roble y la Candela quedan desguarnecidos.
En previsión de un ataque, Guevara dispuso evacuar la escuela de reclutas de Minas de Frío y envizar a su gente hacia La Magdalena, donde pensaba asumir su defensa. Antesde ello, mandó preguntar a Fidel si necesitaba que permaneciera en ese sector para resistir, previendo que el enemigo pudiese seguir su avance hacia Jigüe con el fin de romper el cerco que mantenía inmovilizados a sus compañeros, de ahí la respuesta que el comandante supremo le envió a las 15.05 desde el alto de Cahuara, diciéndole:

Mira a ver cómo puedes recoger los restos de esas escuadras y restablecer el frente.
Me conformaría con disponer de 4 días antes de que esas tropas puedan penetrar hasta aquí. Yo creo que si aparecen la gente de Fonso, Verdecia y Suárez, se les podría encomendar a ellos la Maestra y disponer de Ciro, Raúl [Castro Mercader] y Pupo, para utilizarlos en la defensa de los caminos que vienen hacia acá. Mientras tanto haz lo que puedas y trata de mantenerme informado. 
A las 20.00 de de aquella agitada jornada, cuando el sol terminaba de ocultarse en el horizonte, Guevara hizo llegar un nuevo comunicado informando que al parecer los guardias aún no habían tomado Minas de Frío, pero que estaban a punto de hacerlo, y reiterando que se disponía a resistir. Veinticinco minutos después mandó otro parte con las siguientes novedades:

En la carrera por ver quién es más comemierda e irresoluto, nos volvieron a ganar los guardias. La escuadra que era de Angelito, (con 7 hombres) mantuvo en el alto del Moro al Ejército. Había ordenado a Ciro que fuera a reforzar ese punto, pero este volvió a ser “atacado” y “oyó silbar las balas” y se retiró. Los tiros en el alto hicieron creer a todo el mundo que ya estaban encima. 500 metros de tendido se han acortado y el teléfono, empatado rudimentariamente por mí, no anda; veré si lo arreglan mañana. Ordené a todos los pelotones avanzar para recuperar posiciones. Me quedan de reserva Angelito Frías y Raúl [Castro Mercader]; total: 10 armas. Si tratan de avanzar de frente o por las Vegas, podremos hacer buena resistencia, si flanquean por Meriño, se nos van. A esta hora no sé si hay o no guardias en este punto. Yo me quedo aquí; les deseo éxito pronto.
A la mañana siguiente, el Che Guevara se trabó en combate con las fuerzas que avanzaban desde San Lorenzo. Durante el enfrentamiento, Ciro del Río, que en esos momentos exploraba un sector del terreno, cayó herido por fuego propio. Se había introducido en una de las emboscadas y un combatiente rebelde le disparó.
A las 9.05 llegó hasta el puesto de Fidel Castro el siguiente mensaje, firmado por el Che: 

En este momento la gente está fajada en el firme de casa del Moro. Es un tiroteo no muy nutrido pero continuo. Ciro del Río fue herido en un pulmón por un compañero que lo confundió. Hasta ahora hay dos guardias muertos, según [José Ramón] Silva. El camino del Roble no está custodiado, pero parece que centralizan su esfuerzo por el alto.
Dos horas después llegó otro:

[...] los guardias nos tomaron el firme y van avanzando sobre la Mina, pero no hoy, por lo que sé en Meriño, y espero aguantarlos sin que lleguen siquiera a la Escuela [escuela de reclutas de Minas de Frío]. Todo depende de la decisión con que combata la gente; hay buenas posibilidades. Creo que pueden contar ellos con dos días de respiro incluyendo el de hoy.
El avance del ejército sobre Minas de Frío sustrajo a Fidel Castro de sus planes de accionar sobre Jigüe y lo forzó a poner toda su atención en lo que estaba sucediendo, y así adoptar las medidas necesarias para la defensa y cortar cualquier intentona que se hiciera en dirección a aquel punto. Depositaba sus esperanzas en que esas tropas no pudiesen atravesar el perímetro defensivo que se extendía entre El Roble y Mompié, pasando por La Magdalena y El Coco, pero tenía sus dudas, de ahí la permanente comunicación que mantenía con el Che, a quien informaba en detalle lo que iba sucediendo en Jigüe mientras aquel hacía lo propio con los hechos que acaecían en su sector.
La confirmación de que el ejército no había ocupado Minas de Frío aún le devolvió a Fidel el alma al cuerpo.

Cuando el Che me comunicó esa mañana que el enemigo no había podido aún ocupar Minas de Frío, me convencí de que la difícil situación creada en ese sector, y la consiguiente amenaza a la operación principal de Jigüe quedaban prácticamente resueltas, pues aunque los guardias pudieran llegar finalmente a las Minas les sería casi imposible continuar su avance desde allí. 
El 15 de julio por la mañana, Fidel le envió un mensaje al Che elogiando su desempeño en la defensa de la posición y poniéndolo al tanto de las últimas novedades.

Te felicito de que hayas logrado superar la crisis por allá, mejorando mucho nuestro ánimo al sabernos sin peligro desde esa dirección. Si están en Meriño e intentan bajar hacia acá lo que tienes es que mandarme un mensajero a caballo para avisarme rápido. Yo mandé a hacer trincheras más allá del Coco y podemos agarrarlos entre dos fuegos. De todas formas, al pasar por el camino del Roble deben ser tiroteados por el flanco. Si no pudieras retener la Mina, no dejes de dividir las escuadras como te indiqué, para que un grupo cuide la Maestra y el otro la Magdalena.

Entre el 15 y el 16 de julio, en enemigo ocupó Minas de Frío pero como dice Fidel Castro en su libro, no efectuó ningún otro movimiento. El Che se comunicó vía telefónica con él para pasarle las últimas novedades y de paso, dio a conocer sus futuros movimientos. El contacto se hizo desde La Magdalena, a través de las líneas de Mompié, que acababan de ser reparadas después de un corte de varios días, al parecer, obra de los guardias.

Dice el Che que los guardias no parecen tener intenciones de avanzar hoy [dijo el encargado de transmitir el mensaje]. Que recibió un refuerzo de seis hombres bien armados, los que utilizará en caso necesario para reforzar a los que cuidan la Magdalena. Que si tratan de ir por abajo, él personalmente se ocuparía de impedir que avancen. Y horas después, a las 5:20 de la tarde, volvía a informar: Dice el Che que no hay un solo guardia en Meriño; que de la Mina se han ido como 40 guardias; que no se ve movimiento de guardias desde Las Vegas hasta Meriño y que no se ve intento de avanzar por ahora. No ha habido actividad ninguna en La Mina; que si tratan de avanzar se lo impedirá en lo que a él le sea posible.
Aquel 16 de julio la situación no parecía tan desesperante como en el primer momento. Después de enfrentarse con el enemigo y de reforzar sus posiciones en torno a Minas de Frío, el Che regresó a su campamento en Mompié y Fidel terminó de ajustar los preparativos para el asalto a Jigüe, donde la situación del Batallón 18 comenzaba a tornarse crítica.
General Eulogio Cantillo
Ese mismo día, Guillermo García se hallaba posicionado en una loma próxima al sector de Manacas, casi encima del campamento enemigo. De acuerdo a los planes de Fidel, su pelotón debía abrir fuego contra los refuerzos que viniesen en ayuda, alertando, de ese modo, a los pelotones ubicados en la loma que conducía al alto de Cahuara y a las restantes posiciones. Braulio Curuneaux, siempre a cargo de la ametralladora calibre 50, debía interferir nuevamente las comunicaciones de la aviación enemiga para orientarla hacia el Batallón 18 y hacer que arrojase sus bombas ahí, lo mismo sus ráfagas de metralla, tal como había sucedido el día anterior.
De acuerdo al nuevo mensaje que Fidel Castro le envió a Guevara esa misma mañana, era imperioso proceder de manera simultánea contra las dos unidades enemigas que aún permanecían en el interior de la sierra, más precisamente, en el sector controlado por la guerrilla. Por parte del enemigo, el Batallón 11 de Infantería, al mando de Sánchez Mosquera, que se mantenía aferrado en Santo Domingo y la Compañía 92 del Batallón 19, seguía varada en las Vegas de Jibacoa.
Con respecto a las dos compañías que se encontraban en Minas de Frío, la 91 y 93 del Batallón 19, al mando ambas del capitán Antonio Suárez Fowler, las mismas se encontraban inmovilizadas por las fuerzas del Che y de momento no representaban peligro. Si el general Cantillo no se decidía a sacarlas de la comprometida situación en la que se hallaban, la idea de Fidel Castro era atacarlas y una vez rendidas, caer sobre Sánchez Mosquera en Santo Domingo.
El Che le envió esa misma noche un nuevo correo desde su campamento.

Estoy en Mompié. Todo tranquilo. Vine a verte porque tus proyectos dobles me parecen demasiado arriesgados. Espero que me digas dónde estarás mañana para darme una carrera a la noche.
El día siguiente se fue en los preparativos para entregar a la Cruz Roja a los prisioneros del Batallón 18, tratativas que había hecho el Che a través de la organización humanitaria mientras Fidel se desplazaba con los cautivos hacia La Plata. Por otra parte, la situación en el frente se mantenía calma, con los efectivos de las compañías 91 y 93 inmóviles en Minas de Frío y los rebeldes en sus posiciones, listos para entrar en acción.
Recién el 17 se produjo un nuevo enfrentamiento entre la tropas que se retiraban de Santo Domingo y las avanzadas guerrilleras en tanto las que ocupaban Minas de Frío recibían la orden de retroceder hasta Las Mercedes y San Lorenzo, en espera de nuevas instrucciones. Tal como lo habían previsto Castro y el Che, la situación de toda esa gente en los puntos que ocupaba, se había tornado insostenible.
Preparativos en el alto de Cahuara, campamento central de Fidel Castro
Ese día, por la tarde (15.55), llegó hasta el alto de Cahuara, un nuevo mensaje de Guevara, informando que los guardias habían abandonado esos puntos y retrocedían hacia el firme de El Moro. Al tanto de ese detalle, Fidel le ordenó a Raúl Castro Mercader que se lanzase tras ellos pues se temía que aquella tropa pudiese correr en auxilio de las que se hallaban cercadas en las Vegas de Jibacoa y la situación se tornase más grave.

Debes estar atento para ir tomando posiciones adelantándose a medida que los guardias retrocedan. Si abandonamos el firme del Moro debes colocarte en la Maestra, en la encrucijada de San Lorenzo, si se quedaran en el alto del Moro hay que tomarles el firme de la derecha, por donde está construido el camino a las Vegas para hostilizarlos si pretenden bajar por allí.
Así los hizo Castro Mercader, comprobando tiempo después que, en realidad los guardias no acudían en ayuda de nadie sino que abandonaban la región en dirección a San Lorenzo, con la firma intención de seguir hacia Las Mercedes, cubiertas por una sección del Batallón 17, enviada con ese fin por Corzo Izaguirre.

De esta manera, no solo Minas de Frío, sino además, todo un extenso territorio en el sector noroccidental -incluidos Meriño, El Tabaco, San Lorenzo, Gabiro y La Esmajagua-, quedaba liberado. Resultaba obvio que el enemigo no podría volver a penetrar en él; era otra victoria nuestra, esta vez sin necesidad de combatir2.
La noche del 16 de julio, Braulio Curuneaux, el experto encargado de la ametralladora 50, se hallaba a cargo de la radio, junto a otros compañeros, cuando interceptó un mensaje radiado por una avioneta de observación enemiga al jefe de la Compañía G-4. Sin perder tiempo, tomó lápiz y papel y anotó lo que estaba escuchando.
De acuerdo a los partes que el ejército pasaba a sus mandos en el frente, la tropa que se encontraba concentrada en la costa debía avanzar en dirección a Jigüe para romper el cerco guerrillero y rescatar al Batallón 18 atrapado allí.
Era la prueba fehaciente de que los tan temidos refuerzos estaban en camino.
Sin perder tiempo, Curuneaux terminó de redactar la nota y se la envió urgentemente a Fidel. Cuando el mensajero la entregó en Cahuara, el comandante la desplegó y leyó su contenido atentamente. Una duda lo asaltó ni bien terminó su lectura, ¿el enemigo se dirigía hacia ese punto para reforzar a la unidad sitiada y seguir adelante con los planes originales o simplemente iba a sacarlo de la trampa? Como lo primero, a esas alturas, resultaba totalmente absurdo, según la opinión de Fidel3, se apresuró, esa misma noche a transmitir esa información a los capitanes apostados en la línea de contención, en la zona de Purialón, Lalo Sardiñas, Andrés Cuevas y Ramón Paz, indicándoles que estuviesen alertas.

Un batallón no es nada para ustedes. En Santo Domingo se destruyó uno con muchos menos hombres, y Paz ha rechazado dos veces al ejército con 8 hombres. Ojalá manden un solo batallón para que quede prisionero de ustedes.

La nota venía acompañada por las siguientes instrucciones:

Es de suma importancia que el arroyo de Manacas, que está situado de la parte [de] allá del alto donde está Paz, esté tomado por nosotros, para que no intenten dar un rodeo por allí. Considero conveniente reforzar a Paz con una escuadra por lo menos para que con algunos hombres más suyos, la sitúe en dicho arroyo a unos seiscientos u ochocientos metros del camino. Paz que se sitúe en el lugar más alto posible del punto que le señalé, tratando de que los guardias no hagan contacto con él en los primeros momentos, en cuyo caso, los del arroyo Manacas deben atacar por el flanco a los guardias que lleguen al alto donde está él.
Lo perfecto es que los guardias crucen sin chocar con Paz y el combate comience cuando caigan en la emboscada de Lalo y Cuevas, para que sean encerrados; ya ustedes saben lo que pasa cuando eso ocurre, no hay quien venga a sacarlos. Lalo y Cuevas, deben tener bien tomados todos los firmes y altos que ellos puedan intentar tomar para rechazarlos completamente.
No dejen de usar las minas, sobre todo las bombas de cien libras.
Tomen todas las disposiciones desde bien temprano para que les alcance el tiempo. No se preocupen de ninguna otra cosa. Concentren la atención en la tarea de ustedes. Es posible que el avión ametralle primero; eso los hará venir más confiados.
Yo no he querido mover un solo hombre de ahí, porque nuestro propósito en esta batalla decisiva debe ser muy ambicioso, no sólo rendir la tropa sitiada, sino, destruir también los refuerzos.
Esto puede ser el fin de Batista.
¡Mucha serenidad y mucho ánimo y buena suerte!

                                                                                                          Fidel

PD: Quiero añadir que el ataque de flanco lo puede hacer Paz desde el alto y la gente del arroyo Manacas desde abajo.
Castro también puso en alerta a Raúl Podio, emboscado desde hacía dos días en la loma de Gran Tierra, a la derecha del río La Plata, advirtiéndole sobre los desplazamientos del enemigo e instruyéndolo al respecto.
Lejos de lo que Curuneaux suponía, los mandos del Ejército no estabas enviando un batallón hacia la región de Minas de Frío, sino a la Compañía G-4, que desde el comienzo de la operación se hallaba de reserva en la playa, a modo de retaguardia. Pero Fidel y su gente ignoraban eso y pensaban que se iban a enfrentar a una unidad completa ya que a su modo de ver las cosas, no bastaba con solo una sección para sacar a aquella gente de semejante atolladero.
Aun así, Castro tenía confianza y se lo dio a entender a Braulio (Curuneaux), cuando le envió el siguiente mensaje:

Si nada más han enviado un batallón, queda en el camino. Vamos a ver cuál es el resultado de la batalla contra los refuerzos. Si derrotamos los refuerzos estos [los guardias cercados en Jigüe] se rendirán irremisiblemente con poco esfuerzo de nuestra parte. Esta es la oportunidad de hacerle a la Dictadura un desguazo completo que puede ser su caída. Están obligados a mandar refuerzos y a los refuerzos los podemos aniquilar.
También el Che, como no podía ser de otro modo, fue receptor de una notificación de Fidel, poniéndolo al tanto de los hechos.

Al anochecer interceptamos un mensaje de la avioneta al jefe de un batallón, al parecer situado en la playa diciéndole que avanzara ocupando los puntos llaves, esto es, las alturas y protegiera el arria de mulos con un pelotón.
Esta misma noche acabo de enviar mensajero a Cueva[s], Lalo y Paz informándole esto. Cuentan entre los 3 con 76 hombres bien armados con una moral altísima de lucha, buenas posiciones y están prevenidos. En pocas ocasiones anteriores, tal vez ninguna, se esperó al enemigo en mejores condiciones. Lo que más me atrae de toda esta operación es la destrucción de los refuerzos, vengan por donde vengan. Teniendo la tropa sitiada al borde del colapso y el gobierno obligado a socorrerla, nosotros debemos tratar de convertir esta operación en una batalla decisiva. Ya el Ejército no puede hacer más, ha llegado en estos días al límite de su potencialidad; más bombas, más metralla, más cohete, más napalm y más morteros no puede usar; ni tampoco más columnas; se palpa su impotencia. Situado tú en el vértice de la Mina y Camilo en la Plata, con los refuerzos de Almeida y Ramirito a mano, no podemos tener mejores perspectivas de victoria.

A las 06.00 del jueves 17 de julio, la Compañía 4 del Regimiento 18, al mando del capitán José Sánchez González, partió desde la desembocadura del río La Plata hacia el interior de la sierra, con la misión de romper el cerco establecido por las fuerzas guerrilleras y rescatar al grueso de su unidad, inmovilizada dese hacía varios días en Jigüe. Su avance fue precedido por fuego de ablande de la fragata F-303 “Máximo Gómez”, posicionada frente a la playa, una de las unidades mejor equipadas de la Marina de Guerra Cubana, con una avioneta de observación haciendo reglaje. Era la segunda vez, desde septiembre de 1955, cuando la caída de Perón en la Argentina, que una marina de guerra latinoamericana, apoyada por la aviación, entraba en operaciones4.
Esa misma mañana, los combatientes que atendían Radio Rebelde le informaron a Fidel Castro que el amplificador del equipo de radio se había descompuesto, y que para repararlo era imperioso llevarlo hasta la comandancia de La Plata. Fue una contingencia en verdad inoportuna porque el problema vino a interrumpir la llegada de noticias desde el frente, donde el Batallón 18 parecía estar a punto de caer.
Cuando el sol comenzaba despuntar, llegó hasta la comandancia un parte de Guillermo informando que se hallaba emboscado en su posición, y que tenía al enemigo inmovilizado: 

Ahora sí [los guardias] no se pueden mover pues los domino perfectamente. No pueden ni bajar al río, le tengo una posta a Cien m [metros] de la casa de abajo, creo que tienen que ensuciar dentro de las trincheras.

Los guerrilleros dedicaron el resto de la mañana, a instalarse en sus nuevas posiciones, aproximando aún más su línea de fuego al enemigo, Ignacio Pérez al noroeste, apoyado por la ametralladora calibre 30 de Rogelio Acevedo y Braulio Curuneaux algo más al sudoeste, sobre una ladera.
La subida de las pendientes les llevó a los efectivos del gobierno mucho tiempo y esfuerzo. En ese tiempo, el bombardeo naval batió el área con contundencia. Cinco horas después, su vanguardia sobrepasó el recodo que forma el río en Purialón y unos metros más adelante entró en combate, al ser sorprendida por las avanzadas rebeldes.
Los hombres de Lalo Sardiñas y Andrés Cuevas se sostuvieron con firmeza en sus posiciones, batiendo a los guardias con decisión, a pesar del fuego de los morteros y los fusileros de la compañía.
Quince minutos después, el ejército contaba con sus primeras bajas y varios de sus cuadros se retiraban en desorden, dejando al resto de los pelotones completamente dislocados.
Ramón Paz
Ramón Paz tenía que cerrar el paso de aquellas tropas en la loma de Manacas pero en ningún momento reaccionó. Debió haber descendido rápidamente hacia el río y cortarles el paso para acorralarlos dentro de un círculo de fuego nutrido y obligarlos a rendirse o directamente aniquilarlos, pero nada de eso sucedió y eso le permitió al enemigo alejarse, perdiéndose de ese modo una oportunidad inmejorable.
Aun así, los hombres de Lalo y Cuevas lograron contener el avance, matando a doce guardias y tomándoles veinticuatro prisioneros. El botín capturado incluía diecisiete fusiles Springfield, diez carabinas San Cristóbal, cuatro fusiles semiautomáticos Garand, dos fusiles ametralladoras Browning, una ametralladora calibre 30 con su correspondiente trípode, 18.000 balas y cuarenta y ocho granadas de fusil, además de los víveres destinados al Batallón 18, con los mulos que los transportaban. Por el lado rebelde no se había producido una sola baja.
A Fidel Castro todavía le intrigaba la actitud de Ramón Paz y su falta de acción durante el combate, pero una nota recibida durante la noche, despejó sus dudas. De acuerdo al mismo, el oficial había actuado correctamente y eso pareció convencer al comandante supremo de su honestidad. Castro le envió un parte, pidiéndole que le reenviara el mensaje que le había hecho llegar la noche anterior con las instrucciones dirigidas a él, a Andrés Cuevas y Lalo Sardiñas, al tiempo que le levantaba el ánimo.
La respuesta de Ramón no tardó en llegar. Se lo notaba mortificado y hasta furioso porque entendía que se ponían en duda sus capacidades, de ahí el tono de su respuesta.
La realidad es que entendimos que me situara más arriba, pues usted sabe que yo no soy capaz de rehuir un combate, ni dejar de cumplir una orden suya aunque en ella me vaya la vida; pues un hombre de mi convicción no quiere la vida el día que se considere indigno de vestir el uniforme de nuestro glorioso ejército. Ahora mi dolor es que no he podido coger ni un arma y tengo 9 hombres desarmados. Mándeme órdenes, pero que sean de pelear.
Quedaba en claro que el jefe del pelotón había interpretado mal las directivas al situarse en lo alto del firme y no moverse en ningún momento. Por eso Fidel le escribió diciéndole:

No tienes que decirme lo que yo sé sobradamente de tu valor y capacidad de lucha y de mando porque lo has sabido probar muchas veces. Te pedí mi comunicación para cerciorarme de la forma en que había enviado las instrucciones porque a mí me cabe la responsabilidad de cualquier fallo que pueda haber. [...] Mi preocupación de que te situaras en lo más elevado del pico era pensando en la conveniencia de que los guardias no fuesen a hacer contacto contigo antes que con Cuevas. La instrucción que les dio el avión era la de ir tomando los puntos llaves. Nosotros tomamos las precauciones debidas a la situación. Se esperaba un ataque en regla y no el envío de una compañía solitaria que venía como si estuviera desfilando por el paseo del Prado. Son cosas absurdas de las que hace el enemigo.
Las órdenes de Castro habían sido precisas. Era imperioso cerrar el paso por la parte posterior, adelantando las líneas desde el arroyo Manacas y atacar al enemigo por uno de sus flancos.
Lo sucedido dejó profundamente abatido a Paz, que en ningún momento quiso que se malinterpretara su proceder. Fidel intentó por todos los medios convencerlo de que lo ocurrido había sido producto de una simple confusión y que nadie pensaba que lo suyo había sido inacción y mucho menos cobardía, pero nada pareció convencer al oficial.
El botín capturado permitió a la guerrilla armar a unos cuarenta combatientes, que a pedido expreso de Castro, habían llegado desde la Escuela de Reclutas de Minas de Frío para fortalecer los destacamentos de Cuevas y Lalo. Con ese refuerzo se pudo asegurar aún más la línea de fuego en torno a Purialón y posicionar a otros quince hombres en puntos mucho más próximos a Jigüe.
Braulio Curuneaux con su ametralladora
pesada calibre 50

El cerco sobre el Batallón 18, en tanto, se hacía más estrecho y a la guerra psicológica que se les hacía a los guardias a través de los altoparlantes, se sumaron las cartas y los mensajes que sus familiares les habían enviado, capturados a los refuerzos en los recientes enfrentamientos. En cuanto a mantenerlos inmovilizados en sus posiciones, los disparos de fusilería y los de la ametralladora 50, aunque rigurosamente calculados y medidos, según el decir de Fidel, fueron por demás efectivos5. Para peor, en lo que a los soldados regulares se refiere, la aviación no podía prácticamente actuar porque la proximidad de las líneas guerrilleras sobre sus posiciones era en extremo reducida y eso los ponía en grave riesgo.
Al mejor estilo de las Termópilas, las fuerzas de Batista debieron recurrir a sus mejores tropas para quebrar las líneas de la guerrilla y apoderarse de la región.
Y así como Jerjes envió contra Leónidas a Los Inmortales, su guardia de elite, sus mejores guerreros, las tropas mejor preparadas, Cantillo lanzó contra los combatientes rebeldes al Batallón “Los Livianos”, sus fuerzas especiales, 352 efectivos comandados por el capitán Noelio Montero Díaz, que constituían una temida fuerza de choque, destinada a romper definitivamente el asedio en torno al Batallón 18. La poderosa unidad de combate tenía su asiento de paz en Columbia y hasta el momento en que entró en operaciones, había permanecido en la zona como división independiente.
Esa misma mañana fueron desembarcadas una batería de cañones de montaña de 75 mm y otra de morteros calibre 81, destinadas a apoyar el avance de las tropas regulares hacia el interior del dispositivo guerrillero6.
Mientras la maniobra se llevaba a cabo, las unidades navales y la artillería terrestre se aprestaban a batir la zona para apoyar el avance de las mencionadas fuerzas hacia Jigüe. 

Era la carta de triunfo del enemigo en esta operación, con la cual pensaban ilusamente que podrían sacar al batallón cercado de su desesperada situación. Ese mismo día desembarcaron en La Plata la mayor parte de los elementos del batallón, más unas cuantas piezas de artillería de 75 milímetros7.
Un par de horas después, llegó desde el norte una formación de cuatro bombarderos B-26. Los aparatos abrieron sus compuertas y dejaron caer sus cargas de 250 libras, arrasando los alrededores de Purialón y las elevaciones próximas, incursiones que se repetirían hasta bien entrada la tarde. Pero los equipos de comunicaciones de las fuerzas guerrilleras lograron interceptar casi todas las comunicaciones del Ejército y de ese modo supieron cuales iban a ser sus siguientes movimientos.
Las tropas enemigas dedicaron todo el día 18 a completar sus preparativos, y en la madrugada del sábado 19, Los Livianos se pudieron en marcha, movilizando a sus tres compañías, (I, K y L), que acababan de ser reforzadas por los restos de la Compañía G-4 del Batallón 18, que habían logrado ponerse a salvo.
Antes de iniciar su movimiento, el capitán Montero Díaz dispuso extender sus flancos un poco más de lo habitual, en especial el de la derecha, intentando peinar las laderas de ese lado de La Plata y no dejar punto sin cubrir.
En sintonía con ese desplazamiento, las poderosas peizas de las unidades navales abrieron, lo mismo los cañones emplazados en el sector costero. Casi al mismo tiempo, formaciones aéreas, sucediéndose una tras otra, ametrallaron el sector y arrojaron sus cargas explosivas, buscando preferentemente los puestos de mando guerrilleros.
Siguiendo el relato de Fidel Castro, la aviación se mantuvo particularmente activa ese día, aunque sin lograr quebrar la férrea línea rebelde. Aun así, el castigo fue duro y cerca del mediodía, una bomba de 500 libras estalló en la trinchera que ocupaban Francisco Luna, Victuro Acosta y El Bayamés, en el sector controlado por Andrés Cuevas, matando a los tres instantáneamente.
Cantillo envía a la sierra a Los Livianos, su cuerpo de elite
La vanguardia de Los Livianos alcanzó esa última posición y a las 14.00 entró en combate, demostrando que se trataba, efectivamente, de una fuerza altamente capacitada. La embestida fue contenida pero en más de una oportunidad, la gente de Andrés Cuevas creyó que la línea iba a ser quebrada.
Intentando lavar su imagen. Ramón Paz se apresuró a descender desde el firme de Manacas y bordeando un trecho del río, logró envolver la retaguardia enemiga y cortarle el paso, mientras parte de su sección tiroteaba a un pelotón de los Livianos sin éxito. Los soldados gubernamentales lograron rechazarlos y los guerrilleros debieron correr para ponerse a cubierto. Cuando atravesaban a la carrera un descampado, una bala alcanzó a Roberto Corría, que cayó muerto en el acto.
A tres horas de iniciado el enfrentamiento, las tropas del ejército comenzaron a dar señales de cansancio. Fidel Castro no es claro cuando habla de que se escucharon entre sus filas gritos de rendición, entremezclados con el sonido cada vez más espaciado del fuego enemigo, pues uno no se sabe bien si se refiere a que los soldados intimaban a los guerrilleros a deponer las armas o si eran ellos los que se querían entregar. Lo cierto es que el aguerrido Andrés Cuevas interpretó esto último y abandonó su trinchera para avanzar cautelosamente hacia sus oponentes, con intenciones de aceptar la capitulación. Entonces, cuando apenas dio los primeros pasos, se escuchó el sonido de una ráfaga y el bravo capitán rebelde cayó muerto, atravesado por varios disparos.
Fue un terrible para su gente y para el ejército castrista en general ya que se trataba de uno de sus mejores oficiales, con gran aliciente sobre la tropa y notable determinación a la hora del combate. Cuando Fidel Castro le escribió al Che para referirle los hechos, dejó entrever no solo su pena sino el pesar que embargó a los combatientes tras su desaparición:

 [...] espero que se les haya ocasionado a los guardias un enorme destrozo, pero la muerte de Cuevas tiene a todos aquí muy tristes y la casi segura victoria nos resulta amarga.
En horas de la tarde, Castro emitió un comunicado para informar sobre la muerte de Cuevas y su ascenso post-mortem, al grado de comandante:

Se asciende póstumamente al grado de Comandante del Ejército Rebelde por su ejemplar conducta militar y su heroico valor al Capitán Andrés Cuevas, muerto en el día de hoy, cuando avanzaba sobre el enemigo. En lo adelante se mencionará su nombre con el grado de Comandante. Márquese el sitio de su sepultura para construir allí un obelisco que perdurará con el recuerdo imborrable de todos sus compañeros de ideal8.
Una vez que Fidel terminó de redactar ese memo, llegaron a Cahuara otros veinte hombres desarmados, encabezados por René de los Santos. El comandante los recibió y enseguida los despachó hacia el frente, con la orden de que fuesen provistos y equipados con parte del arsenal capturado. Debían reforzar las secciones de Lalo Sardiñas, Ramón Paz y el fallecido Andrés Cuevas, a esa hora reemplazado por su segundo y ponerse a las órdenes de aquellos jefes y de Antonio Sánchez Díaz, apodado “Pinares”, por ser oriundo de la provincia de Pinar del Río.
Basándose en los últimos informes, Castro se concentró en la situación, analizando en detalle los hechos, para buscar nuevas alternativas. Fue así que, en horas de la noche, cursó a Lalo Sardilas las siguientes decisiones:

Este es un momento decisivo. Los compañeros tienen que llenarse de valor a pesar de las bajas. Si retrocedemos habremos perdido la oportunidad de escribir una de las páginas más gloriosas de la historia de Cuba; si resisten nuestros hombres, ese ejército no podrá avanzar y Batista estará perdido. Confío en ti que tienes valor y tienes inteligencia para afrontar la situación. Si la gente amanece mañana pegada a los guardias los aviones no podrán bombardearlos; si continúan ametrallando por el río, la gente se puede apartar del camino, pero tomando precauciones para cortar a los guardias, si intentan avanzar. [...] Si en cualquier circunstancia hubiera que perder terreno, hay que resistir firmemente un poco más acá. En ninguna forma debe quedar libre el camino al enemigo. Yo estoy seguro [de] que con el destrozo que ustedes les han hecho hoy esa tropa no avanza. ¡Mucho ánimo y mucho valor que esta es una oportunidad para todos ustedes de escribir una página en la Historia!
Hasta ese momento, pese a la diferencia numérica y la cantidad de armamento, el balance en aquellos dos días de combate era altamente favorable a la guerrilla. El enemigo había sufrido siete muertos el doble de heridos y de veintiún prisioneros además de una buena cantidad de armamento. Las fuerzas rebeldes, por su parte, contabilizaban cuatro muertos e igual cantidad de heridos pero mantenían la moral alta y el espíritu combativo intacto. 
Demostrando gran valor y mucha determinación, en horas de la noche Pinares y Lalo aproximaron sus secciones a las posiciones enemigas y batiéndolas con firmeza, lograron rechazarlas cuando reintentaban perforar la línea. Paz, por su parte, arremetió contra la retaguardia pero pese a la decisión con que lo hizo, no pudo evitar que algunos soldados se filtrasen y escapasen en dirección a la costa.
La Fuerza Aérea cubana utilizó cazas T-33 durante sus ataques
Pasado el mediodía de aquella segunda jornada de combate, los muertos del enemigo habían ascendido a diecisiete, sin contar los heridos; además, se habían capturado catorce fusiles San Cristóbal, diez Garand, dos cajas de proyectiles para morteros calibre 81 y una tropa de mulos cargada de provisiones.
Parecía tratarse de un gran triunfo ya que no solo se había podido evitar que el enemigo perforase las líneas guerrilleras sino que incluso, lo habían rechazado, aun tratándose de tropas de elite, mucho más numerosas.
El jueves 17, por la tarde, Juan Almeida solicitó refuerzos a Cahuara. Sin perder tiempo, Fidel Castro le ordenó a Juan Vitalio Acuña Núñez9, que alistase a los diez hombres que tenía a su mando y partiera de inmediato hacía el frente, para situarse a la derecha de Guillermo García, al otro lado del río, de frente a la tropa cercada.
Como hemos dicho, el día 18 había transcurrido en calma y apenas se hostigó al enemigo con algo de fuego para mantenerlo aferrado al lugar.
En vista de que los soldados sitiados nada podían hacer, los guerrilleros aproximaron aún más sus líneas y comenzaron a cavar nuevas defensas, algunas a solo 40 metros de distancia, con el objeto de estrechar el cerco todavía más.
Para entonces, Minas de Frío había pasado a un segundo plano en lo que a prioridades se refiere y toda la atención se concentraba en Purialón y Jigüe, donde la presencia del ejército era una amenaza concreta. Y en ese sentido, Fidel volvió a escribirle al Che para ordenarle que en caso de que los guardias intentasen algo desde allí (Minas de Frío), hiciese lo posible por contenerlos y de ese modo dar tiempo a organizar las defensas de Cahuara y La Magdalena. Inmediatamente después, debería replegarse (el Che) a través de la loma de La Iglesia y esperar que los guardias entablasen combate con ellos (Castro) para atacarlos desde atrás.
Según la opinión de Fidel, el sendero que conducía a La Magdalena era el punto ideal para acorralar a cualquier tropa que se aventurase por allí, sin arriesgar el dispositivo de defensa ni la línea de fuego en torno al batallón sitiado. Y para darle más seguridad a su colega argentino, siempre aprensivo a poner en marcha dos operaciones al mismo tiempo (consideraba que no disponían de fuerzas suficientes como para hacerlo), finalizó diciendo: “Entre el mar y el Jigüe tenemos un ejército para impedir que vengan refuerzos”.
Pero ocurrió que lejos de lo que el máximo comandante rebelde esperaba, a saberse, un avance del enemigo por el norte, para auxiliar al Batallón 18, las tropas apostadas en Minas de Frío no se movieron. Era evidente que su moral estaba por el suelo y que los mandos de Batista padecían de un mal que en la guerra suele costar caro, por más buena tropa que se tenga: la ineptitud.
El 19 de julio el pelotón de Almeida se posicionó sobre una leve elevación del terreno, desde donde dominaba el camino que une Palma Mocha con El Naranjal. Cumplían órdenes de Fidel, quien temía aún que alguna fuerza pudiese llegar por esa ruta desde la primera de aquellas localidades o de La Caridad y golpear por la retaguardia, medida que el propio comandante consideraría después como excesiva, pues nada de eso ocurrió.
Pese a la baja moral del Batallón 18, el mismo todavía podía causar daños. Y así ocurrió ese día por la tarde, cuando en el intercambio de disparos, una ráfaga de ametralladora calibre 30, disparada por la tropa sitiada, alcanzó al teniente Teodoro Banderas, del pelotón de Juan Vitalio Acuña Núñez, y lo mató en el acto.
Era imperioso ponerle fin a esa situación y eso fue lo que decidió Fidel cuando comenzaba a caer la noche.

No cabía duda de que era necesario acabar de resolver la situación, que ya se prolongaba demasiado. Existía aún el peligro de que el mando enemigo, en una acción desesperada e irracional, lanzara contra nuestras posiciones de Jigüe un ataque aéreo masivo, incluido el uso de napalm, que pudiera causar algún daño. Era muy conveniente disponer de una vez de las armas y el parque, que seguramente se capturarían, para emprender las operaciones ulteriores contra las demás fuerzas que habían penetrado al interior del territorio rebelde. Por otra parte, ya nuestros hombres comenzaban a sentir también el rigor del hambre y la fatiga10.

Era más que evidente que se necesitaba llevar a cabo el asalto final con un ataque frontal sobre las posiciones del enemigo. Como se ha dicho, en esos momentos su moral era extremadamente baja, con sus cuadros agotados e incluso carentes de suministros, en tanto los guerrilleros, por el contrario, la tenían en su punto más alto, motivados como estaban por las victorias recientes. Pero había que sopesar los resultados y las consecuencias de un movimiento de esas características, así como el tiempo a emplear, la cantidad de bajas que se podían sufrir, cuantas municiones se iban a consumir, etc. Pero el líder guerrillero estaba convencido de que los soldados de Batista no podían resistir mucho más y decidió atacar, aunque las novedades llegadas desde el otro frente, cambiaron considerablemente la situación.
Esa misma noche, llegaron al campamento noticias en extremo alentadoras. Los refuerzos que acudían en auxilio del batallón habían sido aniquilados y se batían en retirada después de sufrir considerables pérdidas. Eufórico, Castro mandó alistar a su gente y se dispuso a acometer la embestida final pero antes, le escribió una nueva carta al mayor Quevedo, intimándolo a reconsiderar su situación. Decía la misma:

El camino de La Plata usted sabe que es como un paso de las Termópilas, que miles de soldados no podrían franquear.
Si no fuese usted el caballero que es, el hombre humano y decente que con tanta bondad ha tratado a los ciudadanos donde quiera que ha estado; si no fuese usted el jefe querido de sus soldados por el trato que les ha dado; si no fuese usted el militar de sentimientos patrióticos y democráticos, forzado por amargas circunstancias a librar esta campaña contra la razón, el derecho y la justicia, en la que ninguna honra ni gloria podría ganar, aunque la fortuna militar lo acompañara, no me dolería que pereciera usted de hambre y metralla con todos sus soldados, que en definitiva están sirviendo [a] la ignominiosa causa de la tiranía y han costado la vida de muchos buenos compatriotas. Pero mi conciencia de hombre honrado, mi sensibilidad humana hacia otros hombres en la adversidad, me imponen al menos la obligación de hacer algo por esos hombres que están ahí, engañados la mayor parte, creyendo las burdas historias que han inventado los que comercian con la sangre de los soldados de la República, y por usted, que para amargura de nosotros que lo hemos puesto en esta difícil situación, sin saber siquiera que de usted se trataba, es uno de los militares más decentes que conozco en el Ejército y que por un prurito de honor que solo se justifica en defensa de la patria y de las causas justas, sacrifique su vida y la de sus hombres en aras de la infamia. Yo tengo también un interés: ahorrar vidas de mis hombres. Tenga la seguridad que me bastaría ordenar un asalto en masa con fuerzas dos veces superiores a las que a usted le queda[n] y tomamos esa posición por muy tenaz resistencia que nos hagan, porque nuestra tropa está enardecida y nos favorecen todas las ventajas tácticas. Pero, ¿tendrían derecho a esperar sus soldados el mismo trato si nos hacen sacrificar en una batalla que ya tienen perdida, a numerosos compañeros?

Fragata F-303 "Máximo Gómez" de la marina cubana

Mientras tanto, ¿no comprende usted que atrincherados nuestros hombres en firmes y desfiladeros que son infranqueables, el intento de rescatar esa tropa, sería la sepultura de cientos de sus compañeros de armas sin que lograran el empeño?
¿Sabe usted que las tropas están agotadas y los detenidos por deserción en la jefatura de operaciones suman centenares, en cuyo estado deplorable de ánimo no podrían vencer nuestra resistencia tenaz y resuelta? ¿Si en dos meses no han podido penetrar en ciertas zonas, cómo van a penetrar ahora por caminos mucho más fuertemente defendidos y favorecidos por el terreno? ¿No observa usted que la aviación, única arma a la que pueden ya aferrarse, no hace la menor mella en nuestras filas, y que nuestros hombres están tan cerca de ustedes que no pueden ser ametrallados y bombardeados sin que ustedes también lo sean?
¿Qué esperanza puede tener usted, Comandante, que justifique el sacrificio de tantas vidas suyas y nuestras?
¡El honor militar! ¿Y no cree usted que el honor militar exigía antes que nada, que el Ejército de la República y sus oficiales de Academia jamás hubiesen sido puestos al servicio del crimen, del robo y de la opresión?
Usted es un hombre culto y sabe que le hablo con la razón y el corazón. Tenga el valor de ser sincero con su conciencia, ser leal a ella, a la Patria y a la humanidad, y no morir oscuramente sin que la nación y sus conciudadanos se lo agradezcan ni se lo admiren, que la persona humana tiene derecho a fines más nobles. El valor de usted y su vida, hombre honrado y capaz que la patria necesita, no deben sacrificarse inútilmente.
Hay muchos prisioneros heridos de su batallón y en el combate de hoy habían ya 14 compañeros suyos heridos de gravedad en nuestro poder, que no podrán ser evacuados y atendidos como lo requiere su estado mientras la batalla se prolongue con el trabajo abrumador que imponen a nuestro personal las obligaciones militares. Tenemos concertada la entrega de todos los prisioneros heridos a la Cruz Roja, que viene con salvoconducto del Jefe de Operaciones para el martes 22. Materialmente no podemos hacer más por ellos. Envíe a nuestra línea, si lo desea, a su médico para que se cerciore de cuanto digo.
Dígnese escuchar estas razones, no a un adversario ocasional, sino a su amigo, a su compañero de las aulas universitarias y su sincero compatriota, a quien la victoria, por estar usted de por medio y haberse derramado tanta sangre, no puede saberle más amarga.
Espero de su condición de militar de honor que devuelva al portador de esta carta, la que lleva a usted cumpliendo simplemente una orden [...].
Fidel le entregó el mensaje a un soldado prisionero, al parecer, cocinero del batallón y en horas de la madrugada lo envió de regreso con su gente.
Quevedo recibió el mensaje y después de leerlo, escuchó de boca del portador que las fuerzas guerrilleras establecerían un alto el fuego a partir de las 10.00 del día siguiente.
El alto oficial cubano se detuvo a pensar unos segundos y luego tomó lápiz y papel para escribir la respuesta.
Devolvió los saludos, agradeció el mensaje y dijo que no iba a tomar ninguna decisión hasta las 18.00 de ese día, pues a esa hora iba a establecer contacto con sus mandos para saber los resultados del enfrentamiento entre los refuerzos y las avanzadas rebeldes. 
Cuando el mensajero estuvo de regreso en Cahuara, Fidel se apresuró a leer la nota que traía y eso le dio esperanzas, más cuando al poco tiempo llegó Ramiro Valdés para decirle que había hablado con Quevedo, y que le había dicho que si a la hora mencionada no tenía ninguna novedad, estaba dispuesto a rendir su batallón.
Era una gran noticia, sin dudas, más porque en el al alto de Cahuara nadie dudaba que los mentados refuerzos iban a ser derrotados.
Durante el alto el fuego, varios guerrilleros, encabezados por Braulio Curuneaux, Guillermo García e Ignacio Pérez, entraron en el campamento enemigo para confraternizar con los soldados. Fueron momentos de relax y distención que sirvieron para observar in situ, la verdadera situación en la que se encontraba esa agente.

Esa tarde, envié a Radio Rebelde un parte en el que se anunciaba la próxima victoria de la batalla contra el Batallón 18, que calificábamos de decisiva. No quise dar todavía la noticia de la rendición -en vías de tomarse el acuerdo-, por temor a que el mando enemigo reaccionara con el bombardeo de su propio personal. Además, dar enseguida la información podría precipitar la decisión de ordenar la retirada inmediata del resto de las fuerzas enemigas que habían penetrado en territorio rebelde -concretamente las estacionadas en Santo Domingo, las Vegas de Jibacoa y Minas de Frío-, sin darnos tiempo a preparar las condiciones para impedírselo. Esa tarde ordené, también, la concentración en el propio Jigüe de todo el personal rebelde en la zona, incluidas las fuerzas que habían combatido en Purialón. Previendo que la rendición sería acordada esa noche, mi intención era partir de allí al amanecer hacia La Plata con una parte del personal, el que participaría en las próximas acciones en la zona de Santo Domingo, mientras que otra parte marcharía en dirección a Mompié para intervenir en el cerco y la captura de la tropa enemiga acampada en las Vegas de Jibacoa. 
Entre las 15.00 y las 15.30, el mayor Quevedo se comunicó con Braulio Curuneaux para decirle que a las seis de la tarde subiría la loma con el fin de dialogar. El alto oficial solicitaba dos caballos, uno para él y otro para el médico del batallón, el mencionado doctor Wolf, petición a la que Castro accedió de inmediato.
Cerca de las 16.00 se enviaron hacia el campamento dos mulos y algo de alimento y a las 18.00 el líder rebelde descendió la pendiente para encontrarse con su antiguo compañero. 
El diálogo fue en tono cordial. Al encontrarse frente a frente ambos comandantes se estrecharon la mano y Fidel hasta palmeó en el hombro a su oponente. Tomaron asiento bajo unos árboles y enseguida comenzaron a dialogar.
Fidel fue claro a la hora de detallar los hechos, desde el inicio de la batalla y convincente al sostener que toda resistencia por parte de las tropas sitiadas iba a ser inútil. Quevedo comprendió y viendo que todos los refuerzos que el ejército había enviado hacia la zona habían sido derrotados, aceptó los términos de la rendición. Lo único que exigió fueron garantías sobre la integridad física de la tropa, la atención médica del personal herido o enfermo, la entrega de los prisioneros a la Cruz Roja Internacional (como se venía haciendo) y el traspaso de todo el armamento por parte de sus soldados aunque no las armas cortas de los oficiales, quienes las retendrían. A ello agregó que pensaba tratar el asunto con sus oficiales y se comprometió a hacer llegar una respuesta definitiva esa misma noche.
Fue el momento en que tropas regulares y guerrilleros compartieron raciones, al subir algunos de los primeros hasta el punto de encuentro y ponerse a cocinar.
Fidel Castro y su plana mayor siguen las incidencias del combate a través de la radio
Pasada la medianoche, el comandante guerrillero descendió hasta el campamento enemigo y entró en él sin problemas, aun sabiendo que los guardias conservaban sus armas. No hubo incidentes de ningún tipo; los soldados lo vieron llegar con cierta fascinación y más asombrados quedaron cuando lo vieron conversar con ellos como si se tratase de un amigo de muchos años.
La entrega de las armas comenzó ni bien comenzó a clarear. Fueron necesarios varios mulos para cragar con todo ese arsenal, que constaba de ciento cincuenta y ocho fusiles y ametralladoras, tres de ellas pesadas, calibre 30, un mortero de 81 mm y otro de 60, buen número de granadas y mucho más de municiones11.
Ciento cuarenta y seis fueron los efectivos que se rindieron a las fuerzas rebeldes en Jigüe, los que sumados a los prisioneros, elevaban el número a doscientos cuarenta. Un total de cuarenta y un guardias fueron muertos y treinta resultaron heridos. A la mayoría se los envió hacia La Plata y otros a la chacra de Santos Pérez, en Jigüe Arriba, donde ya había varios más de los enfrentamientos pasados. La idea era entregarlos a la Cruz Roja en las Vegas de Jibacoa, el día 22, que fue la fecha acordada oportunamente, de ahí la nota que el Che le envió a Fidel, haciendo referencia al traspaso.

Recuerda que hay que trazar un plan para mañana, pues ya la Cruz Roja mandó preguntar hora. Hay que traer todos los heridos de abajo y mandar un mensajero a las Vegas. El plan era el siguiente: Comunicarle al comandante de las Vegas, por medio de una mensajera femenina, la hora en que se iniciará la entrega y anunciarle que será en la casa de Bismark; previamente, tomar los altos de Bismark y el firme de enfrente con un par de escuadras; advertir que si la aviación continúa tan activa no podemos hacer la entrega a esa hora y deberá esperarse al anochecer; admitir que en la casa de Bismark debe estar el representante de la Cruz Roja con autoridades, sin hacer ostentación de fuerza y decirle el número aproximado de heridos, advirtiendo que en próximas entregas se darán más prisioneros enfermos12.
Y luego se quejaba por la falta de noticias. La mensajera a la que se refería el Che en su nota era Teté Puebla, de destacada actuación durante las acciones y, como explica Fidel, futura jefa del pelotón femenino “Mariana Grajales”. Ese mismo día, Radio Rebelde se refirió a la entrega de heridos y prisioneros en los siguientes términos:

Mañana martes 22 de julio a las 2 de la tarde, esperamos entregar a la Cruz Roja Internacional los militares heridos que están prisioneros del Ejército Rebelde desde hace varios días.
Aceptado por el jefe de operaciones enemigo que la entrega de los prisioneros heridos se efectúe en la zona de Las Vegas de Jibacoa, adonde pueden llegar vehículos motorizados y el Delegado Internacional de la Cruz Roja, Sr. Peirre Jecqier [Pierre Jacquier] y sus acompañantes, dichos heridos han comenzado a ser trasladados por el territorio libre de Cuba hacia esa zona.
Queda solo que dicho jefe de operaciones ordene a los aviones enemigos que suspendan su ametrallamiento y bombardeo, mientras se efectúe la entrega de los heridos al delegado de la Cruz Roja Internacional.
Ha sido precisamente esa región una de las más castigadas por el napalm y las bombas explosivas, en estos días.
Inmediatamente que termine el proceso de entrega de los heridos, pueden reanudar los aviones de la tiranía sus ametrallamientos y bombardeos, que a nosotros los rebeldes no nos impresionan esos raids aéreos, a lo que ya estamos más que acostumbrados.
Nuestra protesta contra los bombardeos se refiere solamente a que se aplican criminalmente contra la indefensa población campesina.
Los médicos rebeldes han hecho esfuerzos increíbles por salvar y mejorar a esos soldados heridos, lográndolo en muchos casos, a pesar de la carencia de recursos médicos y de la cantidad de heridos.
Esperamos que mañana estén en las manos humanitarias y protectoras de la Cruz Roja Internacional esos prisioneros heridos13.

A los seis muertos que sufrió la fuerza guerrillera durante la campaña, hubo que agregarle uno más al día siguiente, Luis Enrique Carracedo, muerto al disparársele accidentalmente su arma, durante el traslado de los prisioneros hacia el cuartel de La Plata.
El descenso hacia el punto de encuentro con la Cruz Roja comenzó el día 21, con Fidel Castro avanzando en el centro de la extensa columna de hombres junto al mayor Quevedo y su ayudante, el cabo Camba, quien había pedido permanecer junto a él.
Esa misma noche llegaron al hospital de Martínez Páez, próximo a la comandancia de La Plata, donde pernoctaron, y a la mañana siguiente, Quevedo reanudó la marcha en dirección a la cárcel de Puerto Malanga, donde pensaba “…saludar a los guardias allí prisioneros y conocer el lugar cuya ocupación había sido el objetivo concreto de su misión en la Sierra Maestra”14..
Castro continuó hacia a comandancia, a la que llegó el 22 de julio por la tarde, horas antes de que Radio Rebelde anunciase a todo el país la capitulación del Batallón 18.
La batalla había finalizado con una aplastante victoria del ejército rebelde y el colapso de las fuerzas gubernamentales.
Las palabras con las que Fidel cierra el capítulo correspondiente en su libro, son más que elocuentes al respecto.
A partir de Jigüe, ya no me quedaba duda alguna del desenlace de la ofensiva enemiga e, incluso, de la derrota relativamente cercana de la tiranía15.