sábado, 17 de agosto de 2019

EL RÉGIMEN SE ENDURECE

EL RÉGIMEN SE ENDURECE


LA CAÍDA DE HUBER MATOS

Fracasadas las invasiones de Panamá, Nicaragua y República Dominicana, se produjeron una serie de acontecimientos que demostraron a la opinión pública internacional que Cuba estaba endureciendo su posición.
La primera señal en ese sentido la dio Pedro Luis Díaz Lanz, el veterano piloto comercial a quien Fidel Castro hizo designar comandante de la Fuerza Aérea Revolucionaria. Díaz Lanz se esfumó un día de La Habana y reapareció repentinamente en Washington para denunciar ante el Senado, la intromisión de elementos marxistas en las fuerzas armadas de su país.
La indignación que provocó su actitud hizo bramar a los jerarcas castristas, quienes lo acusaron de contrarrevolucionario y espía del imperialismo norteamericano.
Seguro de que se había presentado una inmejorable oportunidad para aclarar las cosas, el presidente Urrutia pronunció un discurso televisivo en el que además de rechazar las acusaciones, intentó forzar a Castro a definir la verdadera orientación del movimiento1.
Furioso, Fidel no solamente no le respondió sino que además lo denunció de intentar desestabilizar al gobierno y ser cómplice de Díaz Lanz, durante el multitudinario acto organizado para conmemorar un nuevo aniversario del ataque al Cuartel Moncada2.
A Urrutia no le quedó más remedio que presentar la renuncia y correr a la embajada de Venezuela para pedir asilo, sabiendo que su vida estaba en peligro.
 
El día del discurso, con miles de ómnibus, camiones, trenes y vehículos repletos de manifestantes convergiendo sobre la capital (un despliegue muy similar a las movilizaciones peronistas), Fidel representó una verdadera parodia al elevar su renuncia al cargo de primer ministro, pues sabía perfectamente que aquella muchedumbre le iba a exigir a gritos que la retirase.
Su aparición fue saludada por un rugido descomunal, que se prolongó varios minutos antes de que pudiera empezar a hablar. Todo estaba calculado; se refirió a la deserción de Díaz Lanz, a la posterior traición de Urrutia y después de acceder a “la exigencia del pueblo”, en cuanto a retirar su dimisión, nombró presidente a otro de sus títeres, el corpulento Osvaldo Dorticós, hasta ese momento, ministro de Leyes Revolucionarias.
En los días subsiguientes, se produjeron en La Habana una serie de atentados explosivos, que aumentaron el clima de confusión y forzaron la adopción de medidas extremas. Paralelamente, comenzaron a organizarse en el exterior grupos opositores y en República Dominicana la Legión Anticomunista del Caribe, organizada por Trujillo en enero de 1959, comenzó sus entrenamientos para llevar a cabo acciones, reforzada por exiliados cubanos.
Cuando el 28 de marzo la Policía Nacional Revolucionaria desbarató un plan criminal para asesinar a Fidel, se introdujo una enmienda en la Constitución Nacional destinada a disuadir futuros intentos, incorporando la pena de muerte.
Castro sabía que su par dominicano intentaba devolver el golpe del mes de agosto y para ello, ideó una estrategia tendiente a contrarrestarlo. En primer lugar, mandó poner en estado de alerta a sus unidades militares y acordó con el español Eloy Gutiérrez Menoyo y el norteamericano William Morgan, veteranos combatientes del Escambray, hacerle creer a su enemigo que fuerzas contrarrevolucionarias se habían apoderado de la ciudad de Trinidad y aguardaban la llegada de refuerzos para derrocar al gobierno.
Tal como sostiene Tony Raful en un artículo del 24 de febrero de 2015, publicado por “Listin Diario”3, Trujillo cayó como un niño; le ordenó al general Faustino Caamaño alistar los 200 efectivos de la legión (reforzados por disidentes cubanos y soldados regulares dominicanos) y mandó cargar las armas que pensaba entregar a los alzados, en un transporte Douglas C-47 que aguardaba sobre una de las plataformas del aeropuerto de San Isidro.
El plan era arriesgado pero valía la pena. En base al mismo, la aviación dominicana debería bombardear las unidades militares próximas a Trinidad, al tiempo que las fuerzas contrarrevolucionarias alzadas por Gutiérrez Menoyo y Morgan, cortaban la Carretera Central desde Cienfuegos e impedían todo movimiento en dirección a La Habana.
El 13 de agosto (cumpleaños de Fidel), el primer cargamento fue ubicado en el interior del DC-47 matrícula N 18596, que tripularía el ex coronel de aviación Antonio Soto Rodríguez -el mismo piloto que había conducido al prófugo Batista la noche del 31 de diciembre de 1958- y cuando todo estuvo listo, los cien efectivos de la Legión Anticomunista treparon a bordo para decolar minutos después, con destino a Sancti Spíritu.
Para entonces, los jefes alzados habían radiado un mensaje, informando que las tropas a su mando habían capturado Trinidad y eso dio la certeza de que todo marchaba de acuerdo a lo planificado.
Sin embargo, cuando el avión tocó pista y detuvo sus motores, fue atacado por efectivos del ejército rebelde, quienes abatieron e hirieron a varios de sus ocupantes, decomisando sus armas y llevándose detenidos al resto.
Mercenarios de la Legión Anticomunicta del Caribe capturados

Trujillo fue el hazmerreir de los gobernantes del Caribe y le costó mucho digerir el trago. En San Isidro la desazón fue enorme, sobre todo entre los exiliados cubanos que pretendían regresar a su país para pelear Castro. Uno de ellos juró no bajar los brazos hasta lograr su cometido; se llamaba Félix Rodríguez y pertenecía a una familia de clase media alta (uno de sus tíos había sido ministro de Obras Públicas en tiempos de Batista). Había ingresado en la academia militar de Perkiomen, Pensilvania, pero la había abandonado para unirse a la cruzada. El no haber abordado aquel avión, como era su deseo, lo salvó de permanecer varios años en prisión y ello lo decidió a sacar provecho. Regresó a los Estados Unidos para terminar su carrera, jurando dedicar su vida a derrocar la revolución izquierdista que se había apoderado de su país.


Pese a las victorias militares y al oprobio que padecían los enemigos de la revolución, la situación en Cuba se complicaba cada día más.
A la crisis desatada por la fuga de Díaz Lanz y la renuncia de Urrutia le siguió un nuevo problema, mucho más complejo y grave, encarnado esta vez, en la emblemática figura de Huber Matos. El recto y extremadamente serio comandante militar de Camagüey veía con creciente preocupación, el vuelco del gobierno hacia la izquierda totalitaria y a su máximo dirigente desentenderse de los compromisos formulados oportunamente, esto es, llamar a elecciones democráticas, respetar la libertad de prensa, no ocupar cargos públicos y alejar a los elementos marxistas de los ámbitos de poder.
Como nada de eso parecía figurar en la agenda de Fidel, Matos le exigió reunión con el Directorio Nacional, para organizar una gran asamblea en la que discutir esos asuntos y ponerle freno al avance comunista.
La lectura de un artículo publicado en “Verde Olivo”, flamante órgano de las Fuerzas Armadas Revolucionarias fundado el 10 de abril de 1959, a instancias del Che, Raúl y Camilo, lo había puesto en guardia. Se trataba de una nota de marcada tendencia marxista, que dejaba al descubierto la infiltración de la fuerza por esa tendencia. En extremo preocupado, revisó otros números y al comprobar que, en efecto, la publicación se estaba transformando en un medio de difusión ideológica, abordó la avioneta que tenía asignada como comandante regional y se dirigió hacia La Habana, para plantear el asunto a Camilo.

-Mira, esto no es sólo incomprensible –le dijo extendiéndole el ejemplar en cuestión- también es inadmisible. Tú que eres el jefe del Estado Mayor del ejército estás siendo sorprendido por elementos comunistas. Fíjate en lo que dice este número de “Verde Olivo” y en esto otro…

Camilo tomó la revista y comenzó a leer. Y mientras lo hacía, su interlocutor continuó:

-Tú sabes que la revolución se ha comprometido a orientar democráticamente al personal de nuestras fuerzas armadas, porque dentro de éstas hay muchos hombres que tienen la mente en blanco en materia política. Son campesinos de buena fe que hoy llevan uniforme. Esto es propaganda comunista. ¿Cómo entiendes esto?

-¿Qué quieres que te diga? No sé, Huber… tendré que investigarlo, pueden ser cosas de mi hermano Osmany, o de Raúl y el Che. Prometo ocuparme del problema.

Matos no quedó conforme con los resultados del encuentro y cuando salía del edificio, recordó varias cosas, una de ellas, la conversación que había tenido con Fidel durante un recorrido por el sector portuario de la capital, cuando fueron a inaugurar un molino de trigo en el vecino municipio de Regla. Lo que el máximo dirigente revolucionario le dijo en aquella ocasión, lo había dejado con la boca abierta.

-¿Tú has descartado la idea de que los trabajadores perciban una participación de las utilidades de la empresa tal como expones en tu discurso La Historia me absolverá? –le había preguntado.

-No se puede Huber –fue la respuesta- Si posibilitamos que los trabajadores tengan independencia económica, eso conducirá en los hechos a la independencia política.

Apenas lo podía creer. Fidel Castro, la autoridad suprema de Cuba, el hombre que había asegurado millones de veces hacer de su nación una tierra de libertad, mejorando las condiciones de vida del pueblo, estaba negando esos derechos y hasta hablaba de coartarlos4.
Después de abandonar las oficinas de Camilo en el Estado Mayor del Ejército, Matos solicitó una reunión con Fidel y cuando estuvo con él a solas, le volvió a plantear sus inquietudes, exigiéndole con tono más imperativo, una reunión plenaria. Pero una vez más, aquel dio largas al asunto, diciéndole que lo hablara con Camilo.

-… yo ya conversé con Camilo- respondió Matos tratando de mantener la calma.

-Bueno, quizás este asunto sea cosa de Raúl, o del Che, o de Osmany…

-Pero tú eres el jefe y el que tiene que ponerle remedio a esto.

-Estan bien – dijo entonces Castro-, me encargaré del asunto.

Así pasaron los días; se puso en marcha de la reforma agraria, Fidel partió de viaje al exterior, se produjo la fuga de Díaz Lanz y la inmediata renuncia de Urrutia, se llevó a cabo el nuevo juicio a los pilotos de Batista y pasado un tiempo, acaeció misteriosa muerte del juez que los había absuelto, el comandante del ejército rebelde Félix Pena.
En vista de que el máximo líder de la revolución seguía sin definirse, Matos decidió cortar por lo sano. Decidido a aclarar el asunto ante la opinión pública, preparó una carta, notificando su renuncia a la comandancia militar de Camagüey y su disgusto por cómo se estaban desarrollando los hechos.
Se desata la crisis

Según parece, la llegada del agente soviético Alexander Alexeiev, el 1 de octubre, precipitó las cosas. El que una delegación del periódico comunista “Hoy”, lo estuviese esperando en el aeropuerto para conducirlo al hotel5 y el hecho de que dirigentes del PSP se hubiesen reunido al día siguiente para ponerlo al tanto de la situación, fue la prueba que el hombre nacido en Yara necesitaba para confirmar que la revolución se estaba volcando hacia el marxismo extremo.
El ruso tenía urgencia por contactar al Che y para ello se valió de su amistad con la actriz Violeta Casals, a quien le pidió que se lo presentara. El argentino, hacía apenas tres semanas que había llegado de su viaje mundial y se encontraba abocado a la tarea de organizar el Departamento de Industrialización del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA), que le había encomendado Fidel. Cuando el 8 de octubre, los medios de prensa anunciaron su designación como director, a Matos ya no le quedaron dudas de que Fidel Castro se estaba convirtiendo en comunista y que estaba arrastrando a la nación con él.
El Che se instaló en las modernas oficinas que le habían construido especialmente, llevando consigo a Manresa y a dos secretarias. Allí recibió a Alexeiev, el 12 de octubre y allí lo se reunió con él también Castro, cuatro días después.
¿Qué hacía el ruso yendo y viniendo hacia la sede del Instituto para hablar con los máximos jerarcas revolucionarios?
El día 19 de octubre Matos redactó su extensa carta, anunciando su decisión de abandonar el gobierno y su desilución por las promesas incumplidas. Intentaba advertir a la ciudadanía sobre lo que estaba sucediendo, y tratar de hacer entrar en razones a su máximo dirigente, aún a costa de su libertad.  
Porque al pueblo se le habían hecho promesas y las mismas no se estaban cumpliendo.
La mañana del 20 le extendió el sobre cerrado a su ayudante, el teniente Carlos Álvarez y le pidió que viajase a La Habana para entregárselo personalmente a Fidel. Decía la misiva:

Camagüey, octubre 19 de 1959
Dr. Fidel Castro Ruz
Primer ministro
La Habana

Compañero Fidel:

En el día de hoy he enviado al jefe del Estado Mayor, por conducto reglamentario, un radiograma interesando mi licenciamiento del Ejército Rebelde. Por estar seguro que este asunto será elevado a ti para su solución y por estimar que es mi deber informarte de las razones que he tenido para solicitar mi baja del ejército, paso a exponerte las siguientes conclusiones:
Primera: no deseo convertirme en obstáculo de la Revolución y creo que teniendo que escoger entre adaptarme o arrinconarme para no hacer daño, lo honrado y lo revolucionario es irse.
Segunda: por un elemental pudor debo renunciar a toda responsabilidad dentro de las filas de la Revolución, después de conocer algunos comentarios tuyos de la conversación que tuviste con los compañeros Agramonte y Fernández Vilá. Coordinadores Provinciales de Camagüey y La Habana, respectivamente: si bien en esta conversación no mencionaste mi nombre, me tuviste presente. Creo igualmente que después de la sustitución de Duque y otros cambios más, todo el que haya tenido la franqueza de hablar contigo del problema comunista debe irse antes de que lo quiten.
Tercera: sólo concibo el triunfo de la Revolución contando con un pueblo unido, dispuesto a soportar los mayores sacrificios... porque vienen mil dificultades económicas y políticas... y ese pueblo unido y combativo no se logra ni se sostiene si no es a base de un programa que satisfaga parejamente sus intereses y sentimientos, y de una dirigencia que capte la problemática cubana en su justa dimensión y no como cuestión de tendencia ni lucha de grupos.
Si se quiere que la Revolución triunfe, dígase adónde vamos y cómo vamos, óiganse menos los chismes y las intrigas, y no se tache de reaccionario ni de conjurado al que con criterio honrado plantee estas cosas.
Por otro lado, recurrir a la insinuación para dejar en entredicho a figuras limpias y desinteresadas que no aparecieron en escena el primero de enero, sino que estuvieron presentes en la hora del sacrificio y están responsabilizados en esta obra por puro idealismo, es además de una deslealtad, una injusticia, y es bueno recordar que los grandes hombres comienzan a declinar cuando dejan de ser justos.
Quiero aclararte que nada de esto lleva el propósito de herirte, ni de herir a otras personas: digo lo que siento y lo que pienso con el derecho que me asiste en mi condición de cubano sacrificado por una Cuba mejor. Porque aunque tú silencies mi nombre cuando hablas de los que han luchado y luchan junto a ti, lo cierto es que he hecho por Cuba todo lo que he podido ahora y siempre.
Yo no organicé la expedición de Cieneguilla, que fue tan útil en la resistencia de la ofensiva de primavera para que tú me lo agradecieras, sino por defender los derechos de mi pueblo, y estoy muy contento de haber cumplido la misión que me encomendaste al frente de una de las columnas del Ejército Rebelde que más combates libró. Como estoy muy contento de haber organizado una provincia tal como me mandaste.
Creo que he trabajado bastante y esto me satisface porque independientemente del respeto conquistado en los que me han visto de cerca, los hombres que saben dedicar su esfuerzo en la consecución del bien colectivo, disfrutan de la fatiga que proporciona el estar consagrado al servicio del interés común. Y esta obra que he enumerado no es mía en particular, sino producto del esfuerzo de unos cuantos que, como yo, han sabido cumplir con su deber.
Pues bien, si después de todo esto se me tiene por un ambicioso o se insinúa que estoy conspirando, hay razones para irse, si no para lamentarse de no haber sido uno de los tantos compañeros que cayeron en el esfuerzo.
También quiero que entiendas que esta determinación, por meditada, es irrevocable, por lo que te pido no como el comandante Huber Matos, sino sencillamente como uno cualquiera de tus compañeros de la Sierra -¿te acuerdas? De los que salían dispuestos a morir cumpliendo tus órdenes-, que accedas a mi solicitud cuanto antes, permitiéndome regresar a mi casa en condición de civil sin que mis hijos tengan que enterarse después, en la calle, que su padre es un desertor o un traidor.
Deseándote todo género de éxitos para ti en tus proyectos y afanes revolucionarios, y para la patria -agonía y deber de todos- queda como siempre tu compañero,

                        Huber Matos


Como para agravar la situación, menos de dos días después, se produjo el vuelo de Díaz Lanz, lanzando miles de panfletos sobre La Habana, en los que denunciaba el vuelco del régimen hacia el marxismo y la amenaza que ello implicaba.
El aviador, que hasta hacía tres meses era el comandante de la Fuerza Aérea Revolucionaria, despegó desde la península de Florida la mañana del 21 de octubre a bordo de un bimotor B-26 y sobrevoló la capital cubana a muy baja altura, para arrojar el millón y medio de volantes que había mandado imprimir el día anterior con su “Carta abierta al pueblo de Cuba”. Se trataba de un verdadero alegato antitotalitario, que intentaba despertar las conciencias de la ciudadanía y ponerla en estado de alerta6.
Cuando la aeronave penetró el espacio habanero, el Che se encontraba en su oficina junto a Manresa y sus dos secretarias. Ni bien sonaron las alarmas, se asomaron por la ventana y con indignado asombro vieron al aviador en momentos que lanzaba su carga.
El vuelo de Díaz Lanz puso al descubierto una profunda crisis en el seno de la revolución

Desde La Cabaña, las baterías antiaéreas abrieron fuego y de Campo Columbia despegaron varios cazas para interceptarlo. Sus proyectiles mataron a dos civiles y causaron más de cuarenta heridos entre la población inocente.
El Che se mantuvo en silencio, furioso ante lo que veía, pero trató de aparentar calma. En ese momento, entraron sus escoltas para solicitar autorización de subir hasta la terraza y disparar contra el avión, pero aquel los contuvo.

-No –respondió-, quédense aquí. Pueden causar más daño que ese maldito aparato.

Recién entonces reparó en que una de las muchachas se había ocultado debajo de un escritorio y que allí se encontraba temblando, con el terror dibujado en el rostro. Pero era tanta su impotencia, que no dijo nada.
Finalizada su misión, Díaz Lanz cobró altura y escapó ileso, efectuando un pronunciado viraje sobre la ciudad, en dirección a Miami.
Nunca se conocerán a fondo los efectos que produjo su raid, pero logró un primer cometido al echar por tierra el acuerdo que Fidel Castro intentaba firmar ese día con los representantes de diferentes agencias norteamericanas, destinado a promover el turismo a gran escala. Como asegura Anderson en su libro, en medio de la confusión, los agentes de viajes se apresuraron a abandonar el país y el acuerdo murió antes de nacer7.
Ese mismo día, Fidel habló ante una multitud que se congregó frente a la embajada de los Estados Unidos, adjudicando a Díaz Lanz las muertes y los heridos de la jornada (el aviador no llevaba armas) y a Huber Matos estar planificando un alzamiento militar en Camagüey.
A esa altura, la situación de quien fuera comandante de la Columna 9 era en extremo comprometida. Desde las radios y la televisión, se proferían todo tipo de insultos contra su persona y era cuestión de tiempo que los sicarios del régimen le cayesen encima.
Carlos Franqui, director del periódico “Revolución”, intentó advertirle; Faustino Pérez se hallaba en extremo intranquilo y el ministro de Hacienda, Rufo López Fresquet, comenzó a evaluar la posibilidad de abandonar el país, aunque sin mostrar sus discrepancias con el gobierno.
Matos estaba solo y así se lo advirtió a sus subalternos del Regimiento Nº 2 "Ignacio Agramonte".

-Escuchen. Me voy. Mi presencia en las fuerzas armadas y en este proceso es incompatible con la desviación ideológica que se está produciendo. Ustedes han sido mis compañeros leales, les adelanto esta información porque no debo irme sin informarlos previamente. Esta determinación es de carácter irrevocable y quiero pedirles que se mantengan en sus cargos.

Como era de esperar, los hombres a su mando intentaron compartir su suerte, pero aquel se los impidió.

-Si tú te vas, nosotros haremos lo mismo –le dijeron.

Pero su respuesta fue terminante.

-No, yo les ruego que no hagan eso. Podría pensarse que se han confabulado conmigo, que se trata de una conspiración, y no podemos perder de vista que somos militares. Nos haríamos daño si ustedes también renuncian. Me he esforzado ante Fidel para que revise la marcha del proceso revolucionario, que se mantenga fiel a sus propias promesas
, pero me encuentro ante una pared. Ustedes pueden aguantar un poco más; y luego, si ven que no hay cambios conforme nosotros los queremos, actúen como les dicte su conciencia8.

Los fieles de Matos aceptaron a regañadientes y eso le dio mayor soltura para actuar.
El mismo día que despachó al teniente Álvarez con la carta de renuncia, hizo lo propio por la vía reglamentaria, notificándole a Camilo su decisión. Acto seguido, le entregó a su esposa una copia de su dimisión y le indicó expresamente que la utilizase en el momento que creyese adecuado.

-Yo no sé lo que está pasando por la mente de Fidel. Después de lo de Urrutia podemos esperar cualquier cosa. Guarda esta copia, tú sabrás usarla llegado el momento.

Poco después, recibió en su domicilio un llamado de Calixto García, jefe del Primer Distrito Militar, intentando sondear a su estado de ánimo. Huber, que nunca sintió simpatías por aquel hombre, comprendió enseguida que estaba haciendo una vil jugarreta y dedujo que Fidel se hallaba detrás.
Esa misma noche, Castro le ofreció a Napoleón Béquer el puesto de Matos, pero aquel lo rechazó, movido por amistad, reiterándole su pedido de traslado a Oriente, para trabajar en la reforma agraria.
Los relojes marcaban las 01.00 de la mañana, cuando el teléfono volvió a sonar. Era Camilo, pidiéndole que viajase a la capital lo antes posible.

-Oye, Huber, ¿podrías venir a La Habana ahora mismo?

Matos lo sintió presionado e intuyó que Fidel se hallaba a su lado.

-Camilo, tú sabes que me retiraron la avioneta que tenía. Me dieron otra que no puede volar de noche porque no cuenta con los instrumentos necesarios.

-Bueno, entonces, ¿cuándo puedes viajar?

-En horas de la mañana, en el primer vuelo de Cubana.

Los espacios de vacío que se producían en la conversación eran la pauta de que Camilo dialogaba en voz baja con alguien. Entonces le volvió a reiterar lo importuna que había sido su renuncia y le pidió que recapacitara. Evidentemente, Castro estaba con él.

Tres horas y media después, la campanilla del teléfono nuevamente. Era su segundo en la comandancia de Camagüey, el capitán Francisco Cabrera González, quien le informaba que acababa de hablar con Castro y este le había ordenado que se hiciera cargo de la comandancia.

-Huber, acabo de hablar con Fidel. Me despertó con su llamada y me ordenó que me hiciera cargo de la jefatura del distrito inmediatamente. Cuando se refirió a ti acompañó sus palabras con un mundo de insultos. Lo escuché con paciencia y le respondí que estaba bien, que iba a cumplir sus instrucciones. Pero sabes bien que nosotros somos hermanos. Así que tú me dirás ahora lo que hacemos.

-Bien, él ya te lo ha dicho: tú eres ahora el jede del distrito. En mi carta le dije que esperaba que designara un sucesor para mi cargo y la lo ha hecho.

Pero Cabrera tenía algo más que decir:

-Huber, lo de la sucesión de funciones es sólo una parte. Las estaciones de radio locales están vociferando contra nosotros. Nos llaman traidores; nos amenazan con toda clase de indultos. Lo menos que nos dicen es que somos “hijos de perra”. Están arengando a la gente, al pueblo, para que se reúna y vengan contra nosotros. Estoy sumamente preocupado por esto. Hasta dijeron que hay que sacar la alimaña del cuartel y merecemos el peor de los finales. También me informaron que la policía se ha sublevado con la compañía del ejército que está en el aeropuerto, que está directamente bajo las órdenes de Fidel. Todo esto es una preocupación9.

Matos escuchó con detenimiento y cuando su interlocutor hubo finalizado, le dijo siguiera con calma todas las indicaciones que se le habían dado. Ni bien cortó, se dirigió al aparato de radio y al sintonizar la emisora local pudo comprobar que, efectivamente, los ataques contra su persona eran extremadamente violentos. Reconoció las voces de Jorge Enrique Mendoza y Orestes Valera, dos obscuros personajes, que para ocultar su cuestionada actuación durante la guerra, intentaban aparecer como los más incondicionales a Fidel.
Matos se encaminó al cercano Departamento de Cultura y una vez allí, pidió una cinta y un grabador, para registrar lo que estaba sucediendo. Sus palabras iban dirigidas al pueblo, con lectura de su carta de renuncia y el detalle de los hechos, tal como habían acaecido desde el momento mismo en que le hiciera el primer planteo a Fidel. Temía por su vida y por esa razón, quería dejar constancia de su proceder.
De regreso en su domicilio, se encontró con el Dr. Miguelino Socarrás, capitán-médico del Ejército Revolucionario, quien acababa de renunciar a su puesto, en disconformidad con lo que estaba sucediendo.

-Comandante, tengo un avión con el piloto esperando en una pista a un cuarto de hora de aquí. Vámonos del país, yo lo acompaño. Un hombre en su situación, tiene que emigrar rápidamente. Lárguese, usted ha oído la cantidad de insultos y provocaciones que le están dedicando desde temprano por varias emisoras, Yo sé que lo hacen para justificar lo que preparan. Arengan a la multitud con el propósito de eliminarlo físicamente en la forma más degradante. No espere un minuto más, el avión está aguardando por nosotros.

-Socarrás, te doy las gracias y reconozco tu gesto en todo lo que vale. Pero no puedo hacer lo que me pides porque me convertiría en un desertor. He renunciado; he pedido mi separación de las fuerzas armadas porque no estoy de acuerdo con el rumbo que va tomando la Revolución. Ésta es mi posición de principios y debo defenderla aún a costa de mi vida.

-¡Pero, comandante!... Mire que dentro de unas horas las turbas fanatizadas vendrán y lo arrastrarán por las calles. Por la radio están azuzando a la gente, temo por usted.

-No Socarrás. Te repito que no, mi posición está decidida.

-Lo menos que le puede suceder es que lo fusilen –insistió el médico militar- Es más, yo creo que será así, pero corre el riesgo de caer en manos de esa jauría y usted puede evitar semejante desastre.

-Me arrastrarán ahora pero tal vez esto salve al país.

-Está bien, comandante –terminó diciendo Socarrás con un dejo de fastidio al no lograr su objetivo-, me marcho, pero comete un error tremendo quedándose aquí.

Estrecharon ambos efusivamente sus manos y Socarrás se retiró, seguro de que esa era la última vez que veía con vida a su jefe.
Mientras las radios arremetían con mayor violencia contra su persona, Matos se dedicó a arreglar sus asuntos personales.
Eran las seis de la mañana del 21 de octubre cuando recibió una nueva llamada. Era Camilo para decirle que llegaba a Camagüey en dos horas y que enviara a alguien al aeropuerto para buscarlo. Huber escogió a quien fuera jefe de su escolta, José Martí Ballester y se dispuso a esperar.
Los 1800 hombres que componían su tropa estaban furiosos y querían actuar, pero él los contuvo. Sabía que Fidel necesitaba una víctima y la misma podía ser Camilo, atacado por los soldados al intentar detener al “traidor”. Para entonces, hombres armados al mando de Jorge Enrique Mendoza, controlaban las estaciones de policía (dos en total), la central telefónica, el aeropuerto, las emisoras de radio, el canal de televisión y el periódico local. 
La novedad de lo que ocurría se la trajo su hijo Rogelio, que sin su permiso, había salido a dar una vuelta con su bicicleta.

-Papi, los soldados están furiosos y si vienen a llevarte preso les van a tirar.

Recién entonces, él y su esposa decidieron enviar a los niños a un lugar seguro. Inmediatamente después, convocó a los suboficiales a su cargo y les ordenó mantener la calma, remarcando expresamente que nadie debía intervenir si era arrestado.
Camilo aterrizó en el aeródromo de Camagüey acompañado por una veintena de efectivos fuertemente armados (llevaban fusiles, ametralladoras y bazookas). Martí Ballester los escoltó hasta el cuartel y una vez allí, se encaminó hacia la casa del ex comandante, decidido a cumplir las instrucciones que traía. Su rostro era grave y denostaba preocupación.

-Permanezcan aquí afuera – le dijo a sus hombres. Y luego llamó a la puerta.

Cuando Matos abrió, lo encontró abatido y angustiado.

-Huber –le dijo-, comprende que esto para mí no es nada agradable. Sabes que nosotros mantenemos la misma posición respecto al comunismo. Creo que Fidel está actuando equivocadamente, pero quiero que tú me comprendas.

Pasaron ambos a una habitación del piso superior y después que el dueño de casa cerrara la puerta, el recién llegado continuó hablando.

-Que a mí me haya tocado esta misión… Me siento abochornado en este momento, pero tengo que cumplir la orden.

Se produjo entonces un breve silencio en el que ninguno de los dos dijo nada.

-Oye, ¿no se puede tomar un poco de café? –preguntó el recién llegado para quebrarlo.

Estaba excesivamente tenso y como buen cubano, necesitaba beber café para bajar la ansiedad.
Matos le pidió a su esposa que preparara un poco y luego continuaron dialogando.

-Bueno –volvió a hablar Camilo mientras bebía un sorbo-, tienes que acompañarme, Fidel quiere que te arreste y que me entregues el mando, yo no veo muy claro esto.

-Tampoco lo entiendo yo –respondió Huber- porque en horas de la madrugada, Fidel llamó por teléfono al capitán Francisco Cabrera y lo designó jefe del distrito. No se como puedo entregar un mando que ya no está en mis manos. Además, un jefe arrestado está automáticamente desposeído del mando.

-Comprendo, pero mira, vamos a la comandancia porque debo dejar esto terminado. Si me ves serio contigo, quizás hasta hosco, es porque estoy desempeñando un papel que jamás hubiera deseado. Además, en público tengo que hacer el papel que Fidel me ordenó.

-¿Sabes que te mandaron para que cuando intentaras arrestarme mis hombres se opusieran? Desde la madrugada los están provocando con improperios lanzados por radio. Mendoza y Valera están en eso por instrucciones de Fidel. Cuídate, Camilo, tu popularidad es motivo de preocupación para Fidel y más aún para Raúl.

-Tienes razón, Huber, no lo había pensado, pero ahora no tengo otra opción.

-Cumple las órdenes que has recibido: Procedamos como si no hubiéramos hablado sobre el problema de la infiltración comunista. No pienso mal de ti, sé que estás viviendo una seria lucha interior.

Cuando terminaron de hablar, descendieron ambos las escaleras y después que Huber se despidiera de su esposa, salieron al exterior para dirigirse a la jefatura del regimiento, Camilo delante con cierta prisa y el detenido detrás, ambos con gestos adustos. Inmediatamente después, la oficialidad entregó las armas y se dispuso a esperar en tanto Ramiro Valdés, que había llegado con Cienfuegos, se ubicó junto a Matos, para vigilar sus movimientos.
En ese preciso instante, llegó Fidel a Camagüey. Venía a incitar a la población y movilizarla contra el “alzamiento”.
Enterado de eso, el capitán Cabrera se acercó a Matos y le dijo por lo bajo que estaban incentivando al pueblo para conducirlo hasta el cuartel.

-Están llamando al pueblo, lo están enardeciendo para que venga hasta aquí. Estoy seguro de que preparan las condiciones para lincharte pero la tropa no lo va a permitir.

-Mira, Cabrera, si la gente intenta hacerme daño, ustedes no intervengan. Si moralmente soy todavía el jefe de ustedes, los oficiales deben atender mis instrucciones permaneciendo calmados, dejando que los acontecimientos sigan su curso.

En ese momento llegó el teniente Rodobaldo Llauradó con la novedad de que los soldados acababan de tomar posiciones en las azoteas y a lo largo del perímetro en torno a la unidad militar y que estaban dispuestos a disparar en caso de acercarse la turba.

-No –ordenó Matos-, ve a la guardia y dile que vaya, posta por posta, con una orden terminante de no usar las armas para nada.

Poco después sonó el teléfono. Era Dorticós pidiendo hablar con Matos. Atendió Camilo y después de cruzar un par de palabras, le pasó con el detenido.

-Huber, ¿qué es lo que está pasando? – preguntó el mandatario.

-Presidente, he renunciado a mi cargo, por un asunto que he discutido hace tiempo con Fidel y su respuesta ha sido este escándalo mayúsculo y mi arresto.

-Hay que buscar una solución, esto no se puede manejar así. ¿Dónde está Fidel? Necesito hablar con él.

-Camilo es quien se lo puede decir, presidente, le agradezco su disposición, aquí le paso con Camilo.

Cuando Camilo hubo concluido su conversación, el teléfono sonó otra vez. Su rostro cambió cuando escuchó del otro lado al propio Fidel, quien llamaba desde la delegación regional del INRA, para preguntar como marchaba todo.

-Camilo, ¿cómo están las cosas?

-En el cuartel todo está en orden, pero los oficiales están muy disgustados. Nosotros hemos creado el malestar, empezando por la campaña radial insultante de Mendoza y Valera. Aquí no hay traición ni sedición, ni nada de lo que se dice. Deberíamos haberlo manejado de otra manera. Los capitanes estaban molestos pero tranquilos; ahora están indignados y quieren renunciar. Lo que se ha hecho es una metedura de pata.

Castro respondió con una andanada de insultos, tantos que Matos se percató de ello por la cara de desconcierto de Camilo, a quien tenía sentado a poco más de un metro de distancia.

-Acabo de hablar con el presidente Dorticós y le piensa que a este problema hay que encontrarle una salida decorosa con la mayor urgencia –respondió Cienfuegos.

Pero Fidel le ordenó seguir adelante con sus instrucciones, casi sin dejarlo hablar.

-Se hará como tú dices –concluyó Camilo-, pero lo que hemos hecho es una metedura de pata.

A Matos le pareció que Camilo se había arriesgado en exceso al reprocharle a Fidel su proceder y que, al igual que Urrutia, Dorticós creía ser el verdadero presidente cuando apenas era una marioneta.
Minutos después, Fidel Castro llegó al cuartel, al frente de la turbamunda. La situación se tornó extremadamente tensa cuando los soldados se aprestaron a tomar posiciones con el firme propósito de defender a su jefe. Frente a ellos tres mil o cuatro mil personas vociferaban como poseídas mientras sus jefes pugnaban por incentivarlas.
Lo primero que hizo Castro, una vez dentro del edificio, fue reunir a los capitanes en la planta baja y decirles, extremadamente airado, que Matos era un traidor, que estaba apoyando una gran conspiración en la que además de los exiliados en Miami se hallaba involucrado Trujillo y que intentaba desestabilizar el gobierno.

-¡Muéstrenos las pruebas! –le espetó uno de los oficiales.

-¡Yo las tengo! – respondió Fidel.

-¡¿Y por qué no las presenta entonces?! – insistió el resto.

Pero Castro ya no oía; siguió insultando y acusando.

-¡¡Ustedes… todos!! –gritó fuera de sí- ¡¡Váyanse con La Rosa Blanca. Váyanse con La Rosa Blanca que yo me voy con el pueblo!!

Se refería a la organización pro-Batista que había atentado contra su vida en el mes de marzo.

-¡¿Usted cree en serio que a eso se le puede llamar pueblo?! – dijo otro oficial señalando hacia la concentración, pero no obtuvo respuesta.

Castro continuó en la misma actitud, bramando y gesticulando, y en el momento que intentó salir del recinto, los hombres lo contuvieron, exigiéndole la presencia de su jefe.

-¡Espere, ¿por qué no traemos a Huber acá para que usted sostenga delante de él todo lo que nos ha dicho a nosotros?!

-¡No, no… yo no quiero nada con Huber! –aulló Fidel- ¡Huber es muy impulsivo!

Al oír eso, Matos no le quedaron dudas de que Castro era un cobarde porque evitaba enfrentarse a él. Y como su plan de provocar a los soldados había fracasado, tuvo que hacerse presente con esa muchedumbre, creyendo que de ese modo, lograría revertir la situación. Además, estaba seguro (Matos) que aquello había sido armado porque después del vuelo de Días Lanz y la precipitada renuncia del presidente Urrutia, el verdadero pueblo camagüeyano rechazaba las acusaciones.
A media hora de haber llegado, después de hablar con los oficiales, Fidel subió al primer piso y pasando velozmente delante de Huber -sin siquiera mirarlo- se dirigió a los balcones, donde ya se habían instalado micrófonos, para hablarle a la multitud.
Ramiro Valdés había desenfundado su pistola y apuntaba a Matos amenazadoramente.
Al ver aparecer a Fidel, la gente comenzó a gritar, solicitando un castigo ejemplar para los “traidores”. Él les habló en el mismo tono, acusando al ex comandante de Camagüey de renegado y de encabezar una conspiración. Mientras hablaba, agitaba su cuerpo y movía los brazos frenéticamente, agregando que por su culpa (la de Matos), no se habían podido entregar a las cooperativas, los tractores donados para la reforma agraria.
Cuando dijo que el reo no se atrevía a presentarse ante ellos para hacer su descargo, que no tenía agallas para ir hasta allí a defenderse, éste miró a Camilo y le exigió interceder por él.

-Dile a Fidel que sí, que tengo muchas cosas que decir; iré ahí hasta el micrófono y hablaré delante de él.

En un primer momento, Cienfuegos dudó pero ante la insistencia del detenido, se dirigió hasta el balcón y tocó el hombro de Fidel. Como aquel estaba tan enardecido, no se dio por aludido, por eso, tomándolo de la manga, acercó sus labios al oído y le dijo que Matos deseaba hablar. Como respuesta, Fidel mandó sacarlo de allí y trasladarlo al aeropuerto local, fuertemente custodiado.
Hombres armados, al mando de Ramiro Valdés, lo obligaron a ponerse de pie y lo condujeron hasta un jeep que aguardaba estacionado en la puerta.
Al ver eso, los oficiales prorrumpieron en gritos y manifestaron su deseo de compartir la suerte de su jefe.

-¡Nosotros también estamos arrestados! – exclamaron luego de renunciar a sus cargos.

-¡No! –gritó Matos-, no hay por qué. Vaya cada uno a su unidad. Todo tiene que seguir normalmente para ustedes.

-La decisión nuestra es quedar detenidos como tú – fue la respuesta.

De esa manera, fueron obligados a abordar otros vehículos y bajo estricta vigilancia, se los evacuó en dirección al aeropuerto10.
Al llegar a la estación aérea, su máxima autoridad, el capitán Roberto de Cárdenas, mostró su consternación por lo que estaba sucediendo, pero nadie pareció escuchar sus palabras.
Los detenidos fueron obligados a abordar un transporte de la fuerza aérea estacionado en la plataforma y una vez en su interior, partieron hacia La Habana, donde los esperaba días de cárcel, oprobio y humillación.
Llegaron a Campo Columbia en horas de la tarde y de manera inmediata, fueron trasladados al edificio del Estado Mayor, donde quedaron alojados, a disposición de la implacable justicia revolucionaria.



Imágenes
Fidel Castro dirige las acciones en el aeropuerto
de Trinidad durante la fallida invasión trujillista

Pedro Luis Díaz Lanz
Su vuelo dejó al descubierto las intenciones del régimen

Huber Matos junto a su familia, antes de su detención

Díaz Lanz comparece ante una comisión del Senado norteamericano en 1959

Huber Matos detenido junto a sus hombres, es conducido hacia La Habana     



Notas
1 Jon Lee Anderson, op. Cit., p. 415.
2 Ídem.
3 Tony Raful, “Trujillo, Fidel lo engañó como a un niño”, en “Listin Diario”, el periódico de los dominicanos, 24 de febrero de 2015, http://www.listindiario.com/puntos-de-vista/2015/2/23 /357439/Trujillo-Fidel-lo-engano-como-a-un-nino
4 Huber Matos, op. Cit., pp. 313-314.
5 Alexeiev se alojó en el modesto Hotel Sevilla, en el sector antiguo de la ciudad. Jon Lee Anderson, op. Cit., pp. 416-417.
6 Según algunos reportes, Díaz Lanz voló al comando de un B-25, según otros, lo hizo en una avioneta.
7 Jon Lee Anderson, op. Cit., p. 428.
8 Huber Matos, op. cit., p. 338.
9 Ídem, pp. 340-341. 10 Fueron arrestados con Huber Matos, ese día, los capitales Miguel Ruiz Maceira, Rosendo Lugo, Napoleón Béquer, Roberto Cruz Zamora, José López Legón y Emilio Cosío y los tenientes Vicente Rodríguez Camejo, Edgardo Bonet Rosell, José Martí Ballester, Alberto Covas Álvarez, Miguel Crespo García, Rodobaldo Llauradó Ramos, Elvio Rivera Limonta, Jesús Torres Calunga, José Pérez Álamo, William Lobaina Galdós, Manuel Esquivel Ramos y Manuel Nieto y Nieto. Huber Matos, op. cit., p. 349, nota al pie.