sábado, 17 de agosto de 2019

TIEMPO DE INVASIONES

Expedicionarios cubanos embarcan en Punta Piedras


A mediados del mes de abril, Cuba despachó sus primeros agentes encubiertos con la misión de extender su revolución a Nicaragua, abriendo un frente guerrillero en el pequeño país centroamericano.
El primero en hacerlo fue el cubano Carlos Lugo, quien voló a Tegucigalpa el día 17, con el objeto de alcanzar los campamentos de entrenamiento, al sur de la ciudad.
La guerrilla nicaragüense
El 24 de abril Rafael Somarriba y Onelio Hernández abordaron un avión en Campo Columbia y volaron directamente a la región montañosa hondureña donde entrenaba la fuerza rebelde. Les siguieron Manuel Baldizón, Enrique Morales Palacios, Aníbal Sánchez Aráuz, Manuel Canelo y Rodolfo Romero, seguidos desde México por Virgilio Godoy, Klaus Khul y Aldo Díaz y un segundo grupo formado por Fanor Rodríguez Osorio, Mauricio Morales Córdoba, Enrique Marenco, Silvio Ramírez, Álvaro Urrutia Ramírez y Ramón Minos Velásquez1.
Somarriba permaneció en el campamento un tiempo y regresó a La Habana para reunirse con el Che y el comandante Eliseo, jefe de la aviación revolucionaria (12 de mayo) y ahí acordaron los pasos a seguir. Inclinados sobre los mapas, estudiaron cada uno de los procedimientos y del intercambio de opiniones surgió la idea de sobrevolar la zona de operaciones las veces que fuera necesario, hasta que las tripulaciones que debían transportar las armas y municiones desde la isla estuviesen familiarizadas con el terreno.

Hoy, a la distancia, desclasificados algunos documentos, nuevas versiones vienen a desentrañar lo ocurrido. El Che Guevara quería tomar parte en la operación, encabezando personalmente la incursión, de ahí que Fidel Castro se apresurara a enviarlo en misión diplomática al exterior, para alejarlo de la escena y evitar que se inmiscuyese.
Desde el mes de abril, la fuerza guerrillera, conformada por medio centenar de efectivos, aguardaba en la finca Las Lomas, próxima a la frontera con Nicaragua, el momento de entrar en acción. Otros veintisiete hombres se entrenaban en Sábana Grande, 30 kilómetros al sur de Tegucigalpa, bajo el mando del teniente Guillermo Duarte y varios más intentaban alcanzar los campamentos para incorporarse a la legión.
Parte de esa fuerza era cubana, lo mismo la logística, la inteligencia y el armamento, el resto era de origen hondureño y apenas uno o dos habían llegado de Guatemala.
Se trataba del segundo intento que la nación caribeña efectuaba fuera de sus fronteras, para extender la revolución, de ahí las expectativas que imperaban en La Habana y las medidas precautorias que se estaban adoptando.
El 17 de mayo llegó Las Lomas el comandante Eliseo. Estuvo poco tiempo; reconoció personalmente la pista de aterrizaje, tomó sus medidas, trazó un mapa y partió de regreso a Tegucigalpa, para arrendar una avioneta con la que pensaba efectuar una serie de vuelos sobre el improvisado aeródromo.
Rafael Somarriba (colocándose la gorra)
Su primer aterrizaje fue algo accidentado; había extraviado el camino y fue gracias a las señas que le hicieron Somarriba y Ugarte que logró orientarse y posarse en tierra. Tres días después, regresó a la capital cubana para transmitirle al Che sus opiniones.
Mientras tanto, en Tegucigalpa, el presidente Ramón Villeda Morales estableció contacto con Somarriba para alertarlo sobre una inspección que la OEA había organizado en la frontera con Nicaragua, en la que participarían helicópteros y pilotos de ese país, de Honduras y Estados Unidos.
Somarriba dispuso evacuar los campamentos, destruir la documentación comprometedora y enterrar el equipo; luego le ordenó a su gente cambiar sus uniformes por ropas civiles y los dividió en tres grupos que puso al mando de Manuel Baldizón, Onelio Hernández y Carlos Lugo, recientemente llegado de Cuba.
Lo hicieron a tiempo porque cuando el grupo comenzaba a dispersarse, dos helicópteros se posaron sobre el parque Danlí trayendo a bordo a representantes de la OEA y oficiales de la Guardia Nacional. Los recién llegados interrogaron a los lugareños, entre ellos a Ugarte y Somarriba -a quienes confundieron con trabajadores rurales- y sin sospechar nada, se retiraron.
El que los delegados internacionales y la Guardia Nacional no hubiesen detectado ningún signo extraño fue considerado un éxito por los guerrilleros.
Somarriba regresó una vez más a La Habana (24 de mayo) y en la reunión que mantuvo con el Che y Faure Chomón expuso lo sucedido, poniendo especial énfasis en lo sucedido.
Al finalizar las conversaciones, el Che le comunicó que otros dos cubanos se incorporarían a  la expedición: el capitán Camilo Dájer y el combatiente Marcelo Fernández, estudiante universitario, quienes lo acompañarían de regreso a Honduras.
Lo que ignoraban los tres, era que el presidente Villeda había comenzado a vacilar y temeroso de represalias por parte de de su ejército, le comunicó a Somarriba cuando aquel llegó a Tegucigalpa, que presionado como estaba por la situación, no iba a poder aceptar la partida de armas que estaban por llegar desde Cuba.

-Comandante Somarriba, sé que usted no estará de acuerdo con nuestra decisión, pero circunstancias muy especiales nos obligan a no aceptar las armas ofrecidas. Nuestra preocupación es enorme porque, históricamente, le estamos fallando a nuestro pueblo. Si usted triunfa en Nicaragua tendremos un gobierno amigo, que apoyará a mi gobierno. Le ruego, encarecidamente, transmita al comandante Ernesto Che Guevara nuestra gratitud, a nombre mío y en el de mi oprimido pueblo2.

Eso motivó un nuevo viaje de Somarriba a La Habana donde, a puertas cerradas, expuso al Che aquel nuevo inconveniente. Guevara lo tranquilizó y le los detalles del inminente traslado de las armas y los pasos que debería seguir.
Jesús Miguel (Chuno) Blandón reproduce en su trabajo, la charla que mantuvieron ambos en aquella oportunidad:

-Los aviones que se van a utilizar ya los he cambiado de la base militar a la pista del balneario de Varadero --dijo el Che--. ¿Y qué pasó con las armas que les íbamos a dar a los hondureños?

-Ese asunto se jodió, hermano. Al principio había una gran decisión, pero cuando comencé a apretar los tornillos, se rajaron. Pero dijeron que nos iban a seguir ayudando.

-Entonces --dice el Che--, ¿quieres decir que vas a echar reata tú solo?

-Solo no, ¿que no estás tú detrás?

-Qué lástima. Los hondureños nunca van a tener otra oportunidad como ésta para deshacerse del ejército.

Luego, el Che habló de las armas:

-Tú no puedes viajar con los aviones que llevan las armas. Tienes que viajar aparte para esperarlas en las montañas. No corras riesgos innecesarios, porque, si te pasa algo, se jodió todo. Selecciona a los hombres de más confianza para que, junto contigo, estén a la expectativa de la llegada de los aviones. Yo no te voy a dar hora ni día. Esta operación es una de las más delicadas.

-¿Va a ser de día o de noche? --pregunta Somarriba.

-Tienes que estar pendiente las 24 horas. Inclusive, Eliseo tiene instrucciones de que si durante el vuelo los siguen algunos aviones, que tire al mar todo el cargamento. Este asunto sólo hay dos personas que lo saben: tú y yo3.

De regreso en Honduras, Somarriba se dispuso a organizar la llegada del tan preciado cargamento y lo primero que hizo fue ponerse en contacto con su enlace guatemalteco, Edgard Alvarado, para entregarle diez mil dólares con los que debía adquirir una partida de diez pistolas. El sujeto desapareció para siempre, llevándose consigo el dinero.
Una vez más, quien debía liderar la guerrilla nicaragüense voló a La Habana para pedir instrucciones. Encontró al Che inquieto y preocupado, caminando de un lado a otro de la habitación mientras le explicaba que tenía muchas dificultades y que, de momento, le resultaría imposible enviarle las armas. En determinado momento, se detuvo y alzando la voz manifestó:

-Mira, hermano, pase lo que pase, el movimiento revolucionario de Nicaragua no se va a detener. Quizás hasta yo vaya contigo desde el primer momento.

Luego, durante la cena, mientras Aleida servía los primeros platos, el argentino agregó:

-Fidel me ha ordenado que mañana salga para Yakarta, Indonesia.

Al día siguiente, Guevara invitó a Rafael a su boda. Como no podía ser de otro modo, el nicaragüense acudió y una vez que la ceremonia hubo concluido, el flamante esposo lo llevó a un costado y le presentó a Arnaldo López, un oficial del ejército rebelde que durante su ausencia, actuaría como enlace entre el jefe nicaragüense y Raúl Castro.

-El comandante Raúl Castro está enterado de nuestros planes –le dijo- Raúl se encargará de Nicaragua.

A todo esto, en Honduras, la fuerza guerrillera se impacientaba; se preguntaba si sería capaz de encender la mecha de la guerra civil en su país y si podría derrotar a la Guardia Nacional somocista. Incluso especulaba con la llegada del Che para dirigirla.
Después de la ceremonia, Guevara y Aleida se retiraron a su casa de Santiago de las Vegas y al día siguiente, Somarriba voló de regreso a Honduras para llevarle tranquilidad a su gente. Ordenó despejar la pista y mandó preparar sábanas blancas con las que pensaba orientar a los pilotos que traían las armas desde la isla.
Ramón Villeda Morales
Presidente de Honduras
Pasado el mediodía del 7, cuando los combatientes descartaban la ayuda cubana, dos bombarderos B-29 cargados de armas, decolaron uno tras otro de Campo Columbia y enfilaron rumbo al sudoeste, en dirección a Honduras. A las 17.30, el ruido de sus motores puso en alerta a los guerrilleros y cuando las aeronaves aparecieron en la lejanía, hubo gritos, saltos y abrazos al tiempo que Somarriba hacía desplegar las sábanas para orientar a los pilotos.
Los aviadores las vieron desde sus cabinas y empujando sus mandos hacia adelante, comenzaron a descender, posándose en la pequeña pista de tierra de 600 metros por 60, uno detrás del otro.
Cuando la portezuela del avión Nº 1 se abrió, el comandante Eliseo saltó a tierra y corrió a estrechar en un abrazo al jefe nicaragüense. Inmediatamente después, comenzó la descarga; cajones repletos de armas, municiones, medicamentos, uniformes, raciones, tiendas de campaña y borceguíes, el mejor de los tesoros para un combatiente.
Treinta y cinco minutos después, el cargamento estaba en tierra y los hombres comenzaban a trasladarlo a los depósitos especialmente acondicionados en los alrededores. Entonces Eliseo le extendió a Somarriba el dinero prometido y con él una carta de su superior:

-Comandante –le dijo con lágrimas en los ojos- nuestro Che se va mañana para Yakarta. Le manda un fuerte abrazo y le pide que se cuide por el bien de Nicaragua.

Ni bien terminó de hablar, volvieron ambos a estrecharse en un abrazo y sin decir más, el cubano enfiló hacia su avión. Los B-29 encendieron sus motores y después de ubicarse en la cabecera de la pista, comenzaron a carretear, primero el Nº 2 y luego el que piloteaba Eliseo.

-¡Viva la revolución cubana! ¡Patria o Muerte, Venceremos! – gritaron las tripulaciones antes de abordar los aparatos.

-¡Viva la revolución nicaragüense! ¡Patria libre o morir! – respondieron los nicaragüenses.


El día 21 de junio estaba todo listo para iniciar la marcha. En horas de la mañana, Ramón Raudales y otros siete hombres, se presentaron en el campamento, pidiendo hablar con su jefe. Uno de ellos le llamó la atención por su aspecto débil y las dimensiones de sus anteojos.

-¿Cómo te llamas? – preguntó Rafael.

-Carlos Fonseca Amador. Estuve en Tegucigalpa, decidí salir hacia Danlí.

Somarriba lo observó detenidamente y miró a Onelio, quien también se mostraba asombrado.

-¿Por qué sólo a mí me interroga? – preguntó el muchacho.

-Porque estoy preocupado por ti. Toda esa gente que ves, ha tenido un entrenamiento de tres meses en la montaña. Te veo muy débil. Me preocupa tu vista, llevas unos lentes muy fuertes, eso significa que eres corto de vista.

-Soy estudiante y soy revolucionario. Déjeme probar. Creo que puedo aguantar

Finalmente, los jefes se convencieron, le entregaron al entusiasta voluntario un Garand con su carga de tres cartuchos junto con una mochila y lo pusieron a hacer práctica de tiro con los recién llegados.
Fue la primera equivocación del jefe guerrillero; aceptar a un desconocido con evidentes muestras de que no estaba capacitado para la lucha. La segunda, decirles a los cubanos que los jefes de las secciones debían ser nicaragüenses porque se iba a combatir en aquel suelo y eso podía herir susceptibilidades. En una palabra, por una nimiedad, se relegaba a segundo plano a gente con experiencia.
La noche del 21 de junio, la columna expedicionaria se puso en marcha hacia el sur.
Antes de partir, el presidente Villeda les hizo llegar un mensaje a través de la red urbana, advirtiéndoles que los ejércitos de Honduras y Nicaragua se habían movilizado para interceptarlos. Sin embargo, la misma nunca llegó, porque los enlaces en la ciudad los creían en marcha.
El día 22, la columna -bautizada “Rigoberto López Pérez”4- alcanzó las márgenes del río Guayambre, cerca de Chichicaste, donde Somarriba la dividió en tres pelotones, el de vanguardia, con el que marcharía el Estado Mayor a su mando, el del centro a las órdenes del cubano Carlos Lugo y el de retaguardia, dirigido por Onelio Hernández. Para entonces, Carlos Fonseca ya manifestaba cansancio y daba señales de debilidad.

-¿Te acuerdas que te molestaste porque te preguntaba? –le dijo Somarriba- Yo no te puedo dejar botado en la montaña, pero tampoco puedo retrasar la marcha de la revolución por esperarte.

-Yo quiero ir a la lucha. Cámbieme de posición – respondió el estudiante.

-La posición no tiene que ver. Todos vamos a pie y en las mismas condiciones.

-¿Y qué piensa hacer conmigo?

-Lo mejor sería que regresaras. Más tarde te puedes integrar a la lucha urbana. Ya ves que la montaña es un enemigo feroz.

-Cámbieme el arma por una liviana.

Una vez más, el jefe de la expedición cedió. Ordenó que se le entregara una carabina San Cristobal y que cargasen su mochila en una de las mulas y finalmente le indicó al muchacho que se incorporase a la vanguardia.
Esa misma noche, la legión alcanzó la parte norte de El Chaparral, una hondonada que se adentraba en la selva, donde decidieron acampar. Estaban tan exhaustos, que no adaptaron las medidas de seguridad que indicaba el reglamento; las postas se situaron mal y la vigilancia fue pobre.
Mientras inspeccionaban la tropa, a los jefes guerrilleros les llamó la atención el calamitoso estado de Fonseca, con su cara hecha una llaga por la picadura de insectos y su esquelético cuerpo dando la sensación de que en cualquier momento se iba a quebrar.

-Te dije que ibas a tener muchos problemas y nos vas a causar muchos retrasos – le espetó nuevamente Rafael.

-Déjeme seguir. Yo quiero combatir. A mí nadie me mandó. Yo vine por mi cuenta.

Aquellas palabras parecieron ablandar al jefe de la expedición

-Iremos hasta el final, suceda lo que suceda – le respondió y siguió adelante con la revista.

Poco después apareció un campesino que dijo llamarse Chebo y ser oriundo de Baldizón. De acuerdo con su relato, al menos treinta hombres se dirigían hacia el lugar para incorporarse a la expedición y no había rastros del ejército en las inmediaciones.
Somarriba decidió esperar a aquella gente porque las mulas no daban más y quería compartir la carga con ellos.
A través de la radio pudieron captar un mensaje de la Guardia Nacional a una de sus patrullas que, al parecer, se desplazaba por inmediaciones de Ocotal, camino al Jícaro.

-Cuartel central, aquí patrulla en Ocotal. Sin novedad, cambio – escucharon decir al jefe.

Dado el cuadro de situación, Somarriba decidió desplazar su tropa hacia la parte sur de la hondonada, casi en la frontera con Nicaragua, pues temía que el ejército apareciese en cualquier momento por el norte y les cerrase el paso. Al llegar a ese punto, despachó dos pelotones para que atravesasen la línea limítrofe y se asegurasen de que las vías de acceso estuviesen despejadas, la primera al mando de Onelio Hernández y la segunda al de Manuel Baldizón.
Los exploradores partieron y cuando varias horas después regresaron, el segundo informó haber visto un camión de la Guardia atravesando un  puente carretero, no así Onelio que encontró la ruta libre.
Carlos Fonseca
(nicaragüense)
El 24 de junio a las 04.00, Guillermo Vélez llegó corriendo hasta la tienda del Estado Mayor para informar que los dos guatemaltecos habían huido. Siguiendo los procedimientos que indicaba el reglamento, Rafael llamó urgentemente a Harold Martínez y le ordenó escoger a un grupo de hombres para perseguirlos y fusilarlos. La patrulla partió por un sendero a través de la selva, pero al cabo de tres horas regresó, informando que no había podido localizarlos.
Lo que ignoraban los guerrilleros, era que el ejército ya los había ubicado y aguardaba apostado en las inmediaciones, 15 metros por arriba de su posición, esperando la orden de disparar. La misma llegó a las 12.45, hora en que los soldados abrieron fuego sobre la retaguardia, abatiendo a varios hombres.
La gente de Somarriba intentó responder la agresión pero al no poder ubicar las posiciones del enemigo entró en confusión. A la media hora, comenzaron a lloverles proyectiles de morteros y granadas, mientras desde diferentes ángulos las ráfagas de 30 y 50 mm, comenzaban a causar estragos.
Somarriba le gritó a su asistente, el guatemalteco Víctor Lara, pidiéndole que lo siguiera y cuando cambiaban de lugar, una bala mató a José Aróstegui, encargado de una ametralladoras de 30.
En la posición que ocupaba el Estado Mayor, Onelio Hernández cayó herido de gravedad. Una segunda ráfaga lo volvió a alcanzar de lleno, dejándolo moribundo.

-¡¡Viva la revolución!! – gritaban los guerrilleros para darse ánimo.

-¡¡Ya ríndanse, hijos de puta!! – respondían los soldados sin dejar de tirar.

Al cabo de una hora (tal vez más), el comandante Alberto Espinoza, jefe del destacamento hondureño, ordenó un alto el fuego y a viva voz, propuso parlamentar. Somarriba aceptó y señaló un árbol cercano para efectuar la reunión. Llegaron ambos hasta el lugar, acompañados por sus asistentes y cuando estaban a punto de iniciar la conversación, una ráfaga de ametralladora, disparada accidentalmente por un soldado, les pasó a escasos milímetros, seccionando la base del árbol.
Espinoza informó que tenía órdenes de la embajada norteamericana en Honduras, así como de la Comisión Militar Mixta, de no tomar prisioneros.

-En ese caso –contestó Rafael- no tenemos nada que hablar, sigamos combatiendo.

Ambos jefes se retiraron y el fuego se reanudó con más violencia que nunca.
A esa altura, la Guardia Nacional de Nicaragua se había incorporado a la lucha y atacaba la vanguardia guerrillera por el norte en tanto el ejército hondureño hacía lo propio sobre el centro y la retaguardia.
La situación era complicada porque los subversivos estaban arrinconados y no se podían mover. Para peor, Aróstegui, aquel que accionaba la ametralladora de 30, había muerto y eso le permitía al enemigo maniobrar con cierta soltura.
En vista de ello, Marcelo Fernández corrió junto a Somarriba y le propuso retirar el cadáver de su compañero para hacerse cargo. Cuando salió corriendo, una nueva ráfaga lo alcanzó, provocándole la muerte instantánea, lo mismo a Aníbal Sánchez, en momentos en que regresaba a su posición.
Rafael, corrió desesperado hasta donde se encontraba tirado Onelio y al comprobar que todavía vivía, intentó vendarle las heridas. En el fragor del combate lo arrastró hacia un árbol cercano e intentó protegerlo lo mejor que pudo pero una granada arrojada con precisión, le arrancó la pistola de las manos y le voló la cantimplora y lo arrojó hacia un lodazal que se extendía a unos metros de distancia, donde quedó tendido unos segundos. Cuando regresó junto a su compañero, notó que ya estaba muerto.
Cerca de allí, el débil Carlos Fonseca accionaba su fusil. Mientras lo hacía, las voces de los soldados continuaban intimando a rendición, algo que para los combatientes, significaba una muerte segura. Sabiendo eso, el joven estudiante se incorporó y gritó con fuerza:

-¡¡Viva la revolución nicaragüense!! ¡¡Viva Sandino!!

Pero apenas terminó de pronunciar esas palabras, cayó alcanzado por una bala.

-¡Comandante, ya me mataron! – le dijo a Rafael con un hilo de voz.

Acompañado por su ayudante, Somarriba corrió hacia él, comprobando que perdía abundante sangre del pecho. Entre ambos le acomodaron la cabeza sobre una pila de hojas y le pidieron que dejara de gritar porque si seguía haciéndolo, se iba a desangrar.
Cuando Rafael llamó al doctor Barboza, médico de la expedición, alguien desde la espesura gritó que estaba muerto.
En ese momento, Fonseca, pudo balbucear unas palabras:

-Comandante, prométame dos cosas… que no me va a dejar tirado aquí en la montaña y… que la revolución no se detendrá.

-Así es. Si caemos, otros levantarán nuestros fusiles.

-Combatamos... –respondió el herido casi inconsciente- ¡Viva Sandino!

Rafael se incorporó y corrió hacia el puesto de mando, para interiorizarse de la situación. Intercambió allí un par de opiniones y se fue a ver a los heridos, esquivando temerariamente la acción de las ametralladoras enemigas, que seguían barriendo sus posiciones.
Finalizada la recorrida, el jefe expedicionario regresó donde el cadáver de Onelio y viendo que ya nada se podía hacer por él, se acomodó detrás de un árbol e hizo fuego, apuntando con la mira telescópica hacia las rocas donde se hallaba apostada una las ametralladoras pesadas.
El soldado que la accionaba dejó de tirar, cayó sin vida sobre un peñasco y comenzó a rodar junto a su arma, hasta precipitarse por un abismo.
El combate llevaba tres horas cuando Rafael efectuó una nueva recorrida por las posiciones. Mientras el fuego arreciaba, se lo vio ir y venir, siempre desafiando las balas, corroborando que la cantidad de muertos y heridos era cada vez mayor.
Entonces, por sobre el fragor de la batalla se alzó nuevamente la voz del comandante Espinoza, ordenando un nuevo alto el fuego.

-¡Paren el fuego! He recibido nuevas instrucciones. Podemos negociar la rendición.

Un silencio agobiante invadió la región. Somarriba se incorporó y fue a dialogar con su Estado Mayor (capitán Manuel Baldizón, Carlos Lugo, Carlos Dájer) para acordar los pasos a seguir. Cuando hubo terminado, salió a un claro y se dispuso a dialogar.
Allí estaba nuevamente Espinoza para hacerlo entrar en razones.

-Están rodeados por dos semicírculos, el ejército hondureño al norte y la Guardia Nacional Nicaragüense al sur. Si ustedes deponen las armas, su vida será respetada.

Rafael pensó unos instantes y al cabo de unos segundos decidió rendirse. Le ordenó a su gente arrojar las armas y salir de la selva con los brazos en alto, caminando lentamente hacia el claro.
Cuando subía la loma, Manuel Baldizón resbaló y rodó hacia abajo, asustando a los soldados que lo rodeaban, quienes le dispararon y lo mataron ahí mismo, lo mismo a otros dos hombres que corrieron a socorrerle.
Rafael protestó por aquella acción pero se le ordenó bruscamente que cerrara la boca. La tropa se apoderó de las armas y luego despojó a muertos y heridos de sus pertenencias, para atar seguidamente a los sobrevivientes con las manos hacia atrás e iniciar la marcha en fila india hacia Danlí, siempre con los guardias apuntando amenazadoramente a los prisioneros.
Tres días después llegaban a Tegucigalpa en varios camiones militares. Los heridos fueron llevados al Hospital de San Felipe y los ilesos a diferentes prisiones de la capital, la mayoría al 1º Batallón de Infantería, donde quedaron incomunicados.
Guerrilleros capturados por el ejército hondureño

Carlos Fonseca agonizó toda la noche pero sobrevivió5; le extrajeron una bala del pecho y eso le permitió respirar mejor.

Al cuarto día, el presidente Villeda se presentó en la unidad militar para conocer la situación de los detenidos. Notó con disgusto que se los había golpeado e intimado pero poco y nada pudo hacer al respecto. Sorprendido por ver aún con vida a Somarriba, lo hizo conducir a una oficina contigua y cerrando la puerta detrás suyo, comenzó a hablar. Cuando caminaba por los pasillos, el prisionero pudo ver a soldados hondureños y nicaragüenses dialogando con quienes parecían ser militares norteamericanos.
Una vez en la oficina, el presidente Villeda explicó llorando que él no había traicionado la revolución, que los Somoza habían comprado al coronel Osvaldo López Arellano, comandante del ejército hondureño y que en esos momentos se negociaba su canje con los norteamericanos, por el coronel Armando Velásquez Cerrato, a quien los Somoza mantenía preso en Managua. El mandatario dejaba ver claramente su falta de autoridad y su marcada debilidad.
Recordando las instrucciones que le diera el Che durante las conversaciones secretas en La Habana, Rafael miró fijamente al presidente y le dijo:

-Señor presidente, póngase en contacto con Fidel o Raúl. Ellos le dirán lo que tiene que hacer.

Dos días después, Villeda regresó para informar que tenía todo arreglado. De esa manera, el 3 de julio Somarriba y los sobrevivientes de El Chaparral abordaron un avión y partieron con destino a La Habana, ansiosos por regresar al amparo del gobierno revolucionario. La guerrilla nicaragüense había colapsado antes de pisar su país6.


Desastre en República Dominicana
De mucho mayor envergadura fue la expedición que Cuba envió dos meses después contra la República Dominicana.
El Che Guevara había escogido bien los objetivos. Tanto Nicaragua como la isla caribeña estaban gobernadas por dictadores brutales, por verdaderas dinastías feudales que surgidas de la nada, habían alcanzado el poder a través de la milicia, entronizándose a perpetuidad, haciéndose suceder por familiares y allegados.
La excusa era perfecta, se lanzaba una expedición de “ayuda” para derrocar a tiranos sanguinarios y de esa manera se hacía pie en nuevos territorios, extendiendo la revolución más allá de las fronteras.
Bajo el patrocinio del Che, activistas dominicanos se establecieron en La Habana dispuestos a trazar planes y acordar las acciones a seguir. En el mes de marzo fundaron el MLD (Movimiento de Liberación de Dominicana) y redactaron un estatuto que contenía el programa de acción, estableciendo claramente sus objetivos. Lo integraban elementos de Unión Patriótica Dominicana -distribuida en Venezuela, Cuba y Estados Unidos-, el Frente Unido Dominicano, con sedes en Nueva York y Puerto Rico; el Partido Socialista Popular Dominicano y el Frente Independiente Democrático cuya base de operaciones era Venezuela.
Fidel y el Che estuvieron de acuerdo en designar a Delio Gómez Ochoa como delegado personal, encargado de coordinar la operación. Se trataba de un veterano combatiente que se había sido jefe del IV Frente “Simón Bolívar”, y que hasta ese momento, se desempeñaba como comandante del Regimiento de Infantería Nº 7 con asiento en Holguín, su ciudad natal.
La colaboración de Camilo Cienfuegos fue decisiva al poner a disposición del MLD los combatientes y medios necesarios para su puesta en marcha. Los cubanos tenían presentes los fracasos de Cayo Confites y Luperón y no querían repetir la experiencia7. Y para ello, despacharon con destino a Caracas una misión encabezada por Gómez Ochoa, el militar dominicano Enrique Jiménez Moya (aquel que había entregado los pases a la delegación cubana cuando el viaje de Fidel a Venezuela) y el embajador de Cuba en Caracas, Francisco Pividal, quien debía recoger los 150.000 dólares que Rómulo Betancourt había prometido para financiar la expedición.
Con ese dinero en el interior de un maletín, los emisarios regresaron a La Habana, compraron las primeras armas y adquirieron un Curtiss C-46, contratando para tripularlo al experimentado piloto venezolano Julio César Rodríguez.
Mientras eso sucedía, la afluencia de dominicanos a Cuba continuaba, siendo designados para recibirlos Delio Gómez Ochoa y Efigenio Ameijeiras, jefe de la Policía Nacional Revolucionaria.
Enrique Jiménez Moya
Al grupo que pertenecía Mayobanex Vargas lo fueron a esperar dos dominicanos. Llegaron en un avión de la Compañía Cubana de Aviación el 7 de marzo a la 01.00 de la madrugada y fueron conducidos al Hotel San Luis sito en la calle Beloscaín (cerca del Malecón), en varios automóviles de alquiler8.
Por entonces, el grupo expedicionario tenía asignadas varias propiedades, no solo para alojarse sino para almacenar armas y municiones y utilizarlas como oficinas. Una de ellas se encontraba en Tarará, muy cerca del chalet que ocupaba el Che9 y otra en el domicilio particular del embajador -y reconocido historiador-, Francisco Pividal, calle A, entre 1ª y 3ª, del barrio El Vedado.
La central de operaciones funcionaba en la planta alta del Club 21, sito en la esquina de la calle N y 21, frente al Hotel Capri y allí convergían a diario, militantes de toda procedencia, dominicanos y cubanos la mayoría. Incluso disponían de un sofisticado equipo de radio que les permitía establecer contacto con las diferentes centrales, aún aquellas ubicadas fuera del país.
José Miguel Abreu Cardet y Emilio Cordero Michel le daban mucha importancia a la ayuda que Camilo ofreció a los expedicionarios, poniendo a su disposición todo lo que necesitasen, incluyendo una avioneta, un helicóptero y varios vehículos.
En tanto en La Habana tenían lugar esos hechos, en la apartada región de Sierra de los Órganos, selvático y montañoso punto de la provincia de Pinar del Río próximo al poblado de Diego Núñez, los expedicionarios se ejercitaban en las técnicas guerrilleras. Lo hacían en “Mil Cumbres”, una amplia finca que fuera propiedad de un funcionario de Batista y que como tantas otras, había sido confiscada por la revolución. Allí entrenaban, al mando del cubano Roberto Fajardo Sotomayor,  211 dominicanos (cuatro de ellos mujeres), 22 cubanos, 13 venezolanos, 9 portorriqueños, 3 norteamericanos, igual número de españoles y un guatemalteco, mientras en la capital, el brazo político realizaba febriles gestiones para conseguir más equipo y dinero.
Hacia allí fueron enviadas las armas provistas por el gobierno -fusiles Garand, Browning Automatic Rifle (BAR), carabinas San Cristóbal, rifles M-1 y M-2, ametralladoras pesadas calibre 50, 30, ametralladoras de mano Thompson 45, así como el cargamento de fusiles Fal, mochilas, hamacas, botas- y municiones enviados desde Venezuela.
Los ejercicios comenzaron el 29 de marzo y consistían en largas caminatas por las montañas, prácticas de tiro, lucha y defensa, adiestramiento físico, tácticas guerrilleras, uso de explosivos, comunicaciones, estrategia y resistencia. Las mujeres, que solían adiestrarse a la par de los hombres (Dulce María Díaz, Betty Rodríguez, Dominicana Perozo y Linda Ortiz), complementaban su trabajo limpiando la ropa de sus compañeros, aseando la propiedad, cocinando e incluso, haciendo las veces de enfermeras.
A fines del mes de marzo, el alto mando revolucionario -Fidel Castro, el Che Guevara, Camilo Cienfuegos, Enrique Jiménez Moya, Delio Gómez Ochoa- llegó a la conclusión de que la fuerza guerrillera estaba lista y que las condiciones estaban dadas para iniciar los aprestos.
Cuando a mediados de mayo los últimos combatientes terminaron de llegar, el estado mayor guerrillero, integrado por Jiménez Moya, Gómez Ochoa y el comandante de la finca -el médico dominicano José Horacio Rodríguez Vázquez-, dividieron la fuerza en cinco columnas y anunciaron que el momento de la partida había llegado. Los nombres que recibieron esas columnas fueron los de héroes independentistas: “Simón Bolívar”, “José Martí”, “Máximo Gómez”, “Juan Pablo Duarte” y “Gregorio Luperón”.
El grueso de la expedición partiría de la Bahía de Nipe, el 13 de junio, a bordo de dos embarcaciones; el resto lo haría desde Cienaguilla, al día siguiente, en el C-46, estableciendo, de esa manera, tres focos guerrilleros diferentes, uno, destinado al macizo central, con sus elevaciones y bosques frondosos (estaría a cargo de la gente que llegaría por aire) y los otros dos, a ambos flancos de Puerto Plata, para converger posteriormente, sobre la Cordillera Septentrional. Se especulaba con el apoyo que desde las ciudades y el sector rural les brindaría la red clandestina local y con la incorporación masiva de estudiantes, campesinos y trabajadores, de ahí la urgencia por poner en marcha la operación pues cabía la posibilidad de que fuesen detectados y neutralizados.
En la primera semana de junio, Julio César Rodríguez condujo el Curtiss C-46 desde Campo Columbia a Holguín, donde aterrizó cerca del mediodía. En el aeropuerto castrense de esa localidad, personal militar procedió a camuflarlo, pintándole las insignias de la aviación dominicana. Lo extraño es que lo hizo mal, como veremos y no se adoptaron las precauciones necesarias para la ocasión porque los trabajos se hicieron a plena luz del día, a la vista de los automovilistas y transeúntes que transitaban por la cercana Carretera Central, que unía la localidad con la capital.
En esos momentos, en el puerto de La Habana se estaban acondicionando las tres embarcaciones que iban a transportar la expedición. En las dos primeras se iba a transportar la tropa en tanto la tercera permanecería en reserva, por si surgía algún inconveniente de último momento10. Al mismo tiempo, unidades de la Marina de Guerra hacían aprestos en la Base Naval de Casablanca, próxima a la capital, reforzando sus cubiertas con soportes y planchas metálicas y montando ametralladoras pesadas de 30 y 50 mm y un mortero de 61 en cada una, además de recibir algunas bazookas con las que fueron reforzadas sus dotaciones. Se trataba de las fragatas F-301 “José Martí”, F-303 “Máximo Gómez”11 y F-302 “Antonio Maceo”, las más modernas de la flota cubana, equipadas con piezas de 76 mm, ametralladoras antiaéreas de 40 mm y modernos equipos de detección.
El 3 de junio, a las 16.00, los combatientes dejaron “Mil Cumbres” e iniciaron una caminata de 23 kilómetros en dirección a la Carretera Central. Llegaron pasadas las 24.00 y debieron esperar hasta las 05.00 del día 4 para que los ómnibus asignados los recogiesen y condujesen hasta los puntos de partida, en el otro extremo de la isla.
Orestes Acosta Herrera piloto cubano
Superados los inconvenientes del viaje (el micro que viajaba delante sufrió desperfectos mecánicos en dos oportunidades), los expedicionarios arribaron a Oriente (7 de junio) y sin perder tiempo, sus comandantes procedieron a seleccionar a quienes debían embarcar en los yates y los que volarían en el Curtiss C-46. A los hombres se les pidió que se afeitasen las barbas, para evitar el rumor de que viajaban cubanos en la expedición y a las mujeres que se mantuvieran a cubierto hasta la hora de partida.
Fue entonces que algunos efectivos anunciaron su decisión de desertar. De acuerdo a sus argumentos, no se sentían seguros, dos o tres dijeron estar enfermos y los más habían perdido la fe. Se les manifestó que hasta tanto la expedición arribase a Dominicana serían llevados en calidad de “retenidos” a una unidad militar y de esa manera, se alejó la posibilidad de una delación e incluso la amenaza de que pudiesen ser agentes al servicio de Trujillo.
Lejos de allí, en la zona de Madruga, sobre las estribaciones de la Loma del Grillo, comenzaba su adiestramiento un segundo grupo invasor que permanecería en calidad de refuerzo para despachado hacia Dominicana una vez que el primero hubiese consolidado sus posiciones12.
El grueso de los expedicionarios se encaminó hacia los puntos de partida, dividido en dos; un grupo lo hizo hacia Manzanillo y el otro a la península del Ramón, donde agradaban los yates para ser abordados. El momento de la despedida fue muy emotivo, con muchos de los guerrilleros abrazándose a sus esposas e hijos, sabiendo que podía ser la última vez que se vieran. Al parecer, al momento de caminar hacia los muelles los combatientes entonaron el Adiós muchachos de Carlos Gardel, canción aún en boga en esos días.
Los hombres asignados al avión se dirigieron a la pista militar de Cienaguilla, la misma construida por los rebeldes durante la guerra civil, donde los aguardaba Manuel Rojo del Río el piloto argentino que había entrenado a la guerrilla en el manejo de armas livianas durante la guerra revolucionaria.
En el aeropuerto de Holguín, en tanto, Julio César Rodríguez y su copiloto, el cubano Orestes Acosta, veterano de Sierra Maestra, efectuaban la inspección de rutina en torno al aparato. Se les había informado que la pista de Cienaguilla no ofrecería inconvenientes pero por precaución, se talaron unas palmeras que se alzaban a metros de la cabecera este, pues más de uno temía que el avión, en extremo sobrecargado, pudiese impactar contra ellas.
Se le encomendó  la tarea a Leopoldo Gómez Ochoa, el hermano de Delio, quien acudió al pueblo más cercano, para conseguir unos tractores.
Fue y vino con los vehículos mientras varios combatientes se dedicaban a despejar la pista de malezas. Mientras aquellos hombres se dedicaban a esas tareas, el grueso de la división aguardaba en Sierra Maestra, efectuando marchas a través de la selva, ejercicios físicos y limpieza del armamento.
El Curtiss C-46 despegó de Holguín y veinte minutos después aterrizó en Cienaguilla. La gente que aguardaba allí se movió aceleradamente, para cargar armas y equipo mientras hombres fuertemente armados montaban guardia en los accesos.
En la península de Ramón, la actividad también era intensa. Los hombres que debían abordar las embarcaciones llegaron por la carretera de Holguín, pasando por El Manguito a través de la ruta de Mayarí. Al llegar a ese poblado, tomaron la ruta de Banes, dejaron a un lado el pequeño puerto de Antilla, en la entrada de la península de Ramón y siguieron por el mismo camino hasta Punta Piedra, cerca de El Ramón, donde se detuvieron.
Los escasos pobladores de la región, humildes pescadores la mayoría, vieron con asombro a aquel grupo de hombres bajar de los vehículos cargando pesados bultos y mucho más se sobresaltaron cuando al día siguiente se hizo presente el mismísimo Camilo Cienfuegos, siempre sonriente, luciendo su gran sombrero y su poblada barba.
Camilo llegó a bordo de un helicóptero, previo paso por Antilla, donde Danilo Gómez Ochoa y Enrique Jiménez Moya, recién llegados de Holguín, se disponían a abordar una lancha para dirigirse a Punta Piedra.
Gómez Ochoa y Jiménez Moya lo vieron aterrizar y corrieron a abrazarlo, felices por el encuentro. Conversando animadamente, abordaron el “Tinima”, el yate Nº 3 que debía quedar de reserva por si sucedía alguna contingencia y se dirigieron a Punta Piedra, donde aguardaba el grueso de los expedicionarios.
Los expedicionarios junto a Camilo Cienfuegos antes de partir

Camilo y los jefes rebeldes se sentaron bajo un árbol para trazar la hoja de ruta y después de intercambiar una serie de opiniones, ordenaron a la tropa abordar las embarcaciones.
Ciento veintiún efectivos, comandados por José Horacio Rodríguez Vázquez (dominicano), se alinearon sobre el pequeño muelle y comenzaron a subir al “Carmen Elsa”, el mayor de los tres buques cuyo timonel, Stelio Bellelis –apodado “El Griego”-, observaba en silencio la maniobra. Cuando los cuarenta y ocho hombres restantes se aprestaban a embarcar en el Nº 2, un inconveniente mecánico obligó su reemplazo por el “Tinima”.
El buque dañado fue alejado del amarradero y su reemplazante comenzó a acercarse lentamente, guiado por el español Francisco Martín. Cuando la operación terminó, los combatientes, dirigidos por José Antonio Campos Navarro (también dominicano), comenzaron a subir, tomando ubicación en el interior.
Para entonces, la Operación Tomate estaba en marcha; las fragatas F-303 “Máximo Gómez”11 y F-302 “Antonio Maceo” navegaban desde Casablanca al punto de espera en alta mar, en tanto la F-301 “José Martí”, se mantenía en estado de alerta, lista para levar anclas ni bien recibiese la orden.


La invasión se puso en marcha a las 17.30 del 13 de junio, cuando las dos embarcaciones soltaron amarras y enfilaron hacia la salida de la bahía. Desde el muelle, Camilo, Enrique Jiménez Moya y Danilo Gómez Ochoa agitaban sus brazos junto a sus asistentes y compañeros, algunos de los cuales sacudían pañuelos blancos.
Las naves se introdujeron en el canal que separa la saliente de tierra de Cayo Saetia y ganaron el mar, sintiendo los primeros embates del oleaje. Por poco impactan uno con otro cuando el timonel del “Carmen Elsa” efectuó un brusco viraje intentando esquivar un banco de arena. Como ya obscurecía, Francisco Martín le pidió a su par que encendiese algunas luces en la popa, para evitar nuevos inconvenientes.
La navegación se tornó dificultosa, más cuando al día siguiente las olas provocaron mareos y descomposturas. Para peor, las raciones norteamericanas provistas por Venezuela estaban en mal estado y eso generó un peligroso brote de diarrea.
Por suerte el clima era bueno y el sol tropical mantenía el ánimo en alto, aún cuando cerca del mediodía, el calor se tornó agobiante y fue necesario racionar el agua.
Una vez en mar abierto, las embarcaciones viraron hacia este y bordeando el litoral cubano, pasaron entre la isla Inagua Grande y las costas de Baracoa.
Los timoneles demostraron destreza a la hora de guiar las embarcaciones por aquel mar de aguas cristalinas, siguiendo las cartas náuticas. Por la tarde volvieron a variar el rumbo y eso los ubicó a unas veinte millas de la legendaria isla Tortuga, mítico punto del litoral norte de Haití, que sirviera de refugio a piratas y filibusteros en los siglos XVI, XVII y XVIII, inmortalizado en tantas novelas y películas de aventuras.
Finalmente, la noche del 14 de junio, el mismo día que el Che cumplía 31 años, el vigía divisó a lo lejos las primeras luces de la República Dominicana.

El entusiasmo creó soñadas esperanzas. Pusieron rumbo a las luces que aparecían y desaparecían al ritmo de las grandes olas que levantaban y hundían las embarcaciones para devolverlas de nuevo a la cresta de la próxima ola. Dos combatientes cubanos se ocupaban de las ametralladoras de popa y proa: eran los veteranos de la guerra de guerrillas, Luís González Castellanos conocido por El Indio, oficial rebelde y combatiente del III Frente Mario Muñoz; el otro era Adriano Ricardo Ginarte, oficial de las guerrillas de los llanos orientales13.

La alegría estalló entre los pasajeros del yate no solo porque tenían delante el objetivo sino que, además, llevaban buena parte de la tropa enferma y eso tornaba imperioso el desembarco.
Lamentablemente, la alegría duró poco. Avistadas las luces en medio de la negrura, la nave se encaminó hacia la costa pero a los pocos minutos, su timón se rompió, dejándola literalmente a la deriva.
La desazón se apoderó de los combatientes cuando al paso de las horas, el problema no se solucionaba. Afortunadamente entre los viajeros había uno que hasta hacía poco tiempo, estuvo sirviendo en la marina de su país, el dominicano José Messón, quien se ofreció a reparar el daño, poniendo manos a la obra con llamativa destreza. De esa manera, tres horas después, el problema quedó solucionado y la embarcación pudo reanudar su derrota, dirigiéndose directamente al objetivo. Sin embargo, cuando la nave echó a andar las luces ya no se veían. Entonces el timonel comenzó a navegar en círculos, tratando de ubicar la costa pero las horas fueron pasando y la misma no aparecía. Todo era negrura y soledad.
Como el combustible comenzaba a agotarse, el “Griego” le ordenó al encargado de la radio lanzar un SOS a las fragatas, que aguardaban novedades a mitad de camino. Pero el pedido jamás llegó, por lo que el yate con los revolucionarios a bordo se mantuvo a la deriva, agotando el combustible a medida que pasaba el tiempo.
Con las primeras luces del día, se presentó otra complicación: el “Tinima” no se hallaba a la vista. ¿Qué había sucedido? ¿Por qué no estaba detrás de ellos?
El "Tinima" trofeo de guerra dominicano

En vista de la grave situación, el operador del “Carmen Elsa” continuó emitiendo SOS hasta que los mismos fueron captados por un radioaficionado en La Habana que, sin pérdida de tiempo, los retransmitió a las autoridades navales. Una vez radiado el mensaje a las fragatas, sus comandantes establecieron contacto entre sí e inmediatamente después se lanzaron a la búsqueda de los yates.
Recién a las 09.00 del 16 de junio lograron comunicarse con el “Carmen Elsa”, solicitándole su ubicación. El operador de a bordo pasó las coordenadas y las naves de guerra pusieron proa en esa dirección.
Recién al caer la noche la “Antonio Maceo” logró ubicarlo y establecer contacto visual a través de señales luminosas.

-¡¡Son cubanos, son cubanos!! – gritaban en el yate aliviados al comprobar que no se trataba de una nave enemiga.

Pese a lo embravecido del mar, desde la fragata se arrojaron varias cuerdas que sirvieron para amarrar a ambas naves. Completada la operación, el yate fue remolcado hacia el norte y así se fue alejando de las peligrosas aguas dominicanas. Por medio de poleas, el personal de a bordo hizo llegar a los extenuados expedicionarios agua potable y algo de alimento, que sirvieron para aliviar la situación, en extremo compleja en esos momentos por la elevada cantidad de enfermos.
En el otro extremo de Oriente, mientras tanto, los acontecimientos seguían su curso.
Producida la partida de las naves, Enrique Jiménez Moya y Danilo Gómez Ochoa abordaron el jeep en el que habían llegado hasta Antilla y se dirigieron a Cienaguilla, donde ya se encontraba Manuel Rojo del Río.
Cuando llegaron, encontraron a los miembros de la expedición jugando un partido de béisbol con los lugareños, por lo que hubo que pedirles que lo interrumpieran para iniciar de inmediato los aprestos.
Para el mediodía, los trabajos de carga e inspección habían finalizado por lo que Enrique ordenó a la tropa formar frente a la portezuela del avión y a modo de arenga, les habló del significado de la expedición y de los pormenores previos. Luego pidió cinco voluntarios para custodiar el avión cuando se hiciese la descarga en la República Dominicana y les deseó a todos buena suerte.
Finalizada la ceremonia, los combatientes comenzaron a embarcar. Entonces, desde todas partes comenzaron a aparecer campesinos, acompañados por sus esposas e hijos, deseosos de despedir a aquellos aventureros que partían en una misión arriesgada de la que era muy probable que no regresaran vivos.
El Estado Mayor guerrillero, integrado por Enrique, su segundo Rinaldo Santiago Pou (dominicano) y Delio Gómez Ochoa, fue el último en subir y lo primero que notó fueron los orificios practicados con un taladro en las ventanas del aparato, para asomar por allí los caños de las ametralladoras en caso de aparecer la aviación trujillista. Los hombres se acomodaron como mejor pudieron y cuando todo estuvo listo, los pilotos encendieron motores, mientras echaban un rápido vistazo al panel.
Enrique le pidió a su compatriota, Juan de Dios Ventura Simó, que se ubicase cerca de la cabina por si la tripulación necesitaba de él. Oficial de la Fuerza Aérea dominicana, tenía vasta experiencia en materia de vuelos y podía resultar útil en caso de emergencia14.
Cuando todo estuvo listo, Julio César y Orestes dieron máxima potencia y el C-46 comenzó a carretear, cobrando velocidad.
Manuel Rojo del Río y los campesinos que se habían agolpado al borde de la pista, notaron las dificultades que tuvo el avión para levantar vuelo, pero respiraron aliviados cuando lo vieron elevarse y pasar por encima de los árboles, haciendo temblar sus copas.
La aeronave sobrevoló Santiago de Cuba, Guantánamo y Baracoa, internándose en la inmensidad del mar, para dirigirse derecho hacia la isla Tortuga.
Al llegar a la Bahía de Luperón, viró en dirección sur, y después de sobrepasar Puerto Plata, Santiago y La Vega, divisó la pista de Constanza rodeada por los picos del cordón central.
Al planificar la operación, se había pensado tomar tierra en San Juan de Maguana, pero Juan de Dios Ventura explicó que el lugar presentaba numerosos desniveles, por lo que se lo descartó de plano, lo mismo a Jarabacoa, porque su pista era demasiado corta.
Constanza era más segura pero se hallaba pegada a una unidad militar, donde además de las tropas regulares, tenía su asiento la Legión Anticomunista del Caribe, organización creada por Trujillo para combatir la infiltración comunista.
No hubo inconvenientes durante el trayecto pero al adentarse en territorio dominicano, piloto y copiloto distinguieron el brillo del sol sobre el fuselaje de un avión.
Previendo algún tipo de inconveniente, Rodríguez tomó el micrófono y alertó al pasaje. Sin perder tiempo, los “artilleros” tomaron posición junto a las ventanas y asomaron los caños de sus ametralladoras por los orificios que se les habían practicado.
El Curtiss C-46 cubano aguarda en Cienaguilla el momento de la partida

Se supo al poco tiempo que se trataba de un avión civil de la línea Pan Am, cubriendo el trayecto Miami-Puerto Príncipe, cuyo comandante radió la novedad la base de San Isidro, informando la presencia de lo que parecía una aeronave militar en su ruta.
Por fortuna ese día era domingo y el personal que operaba en la estación aérea era reducido, de ahí que las medidas precautorias se adoptaran tarde.
El avión se fue aproximando a la pista y sobre los límites del poblado desplegó el tren de aterrizaje.
Casi se produce una catástrofe cuando una de sus ruedas rozó la parte superior de la unidad militar, pasando a escasos centímetros, pero para alivio de pasaje y tripulación, nada ocurrió; el C-46 se posó suavemente, carreteó sobre la cinta asfáltica y se detuvo a metros del edificio principal, girando sobre su eje hasta quedar de frente al cuartel.

La nave tocó la pista y rodó muy suave, en un aterrizaje extraordinariamente perfecto. Llegamos hasta el extremo de la pista y cuando el avión giró, abrimos la puerta y pusimos el tablón cepillado (...) Así comenzó el desembarco15.

Los relojes marcaban las 18.25 cuando el aparato se detuvo. Manteniendo los motores encendidos, sus ocupantes saltaron a tierra y comenzaron la descarga mientras los encargados de la custodia, encabezados por Ramón López López (Nené), corrían a tomar posiciones en un montículo de tierra, a un costado de la pista.
La llegada del avión no inquietó a los soldados que montaban guardia en el cuartel, acostumbrados como estaban a la presencia del aeropuerto, pero hubo un sargento al que le llamaron la atención algunos detalles. La bandera dominicana lucía al revés y en el fuselaje se leía “Escuadrón de Bombardeo”, una unidad inexistente en la aviación dominicana.
El oficial a cargo de la estación aérea no se percató de esos pormenores, de ahí que en un primer momento, la descarga se efectuase sin inconvenientes.
Durante la operación, el cubano Pablo Mirabal sufrió una lesión que dificultó sus movimientos. Ello se debió a que el avión mantuvo sus motores encendidos y por esa razón, el tablón por el que debía deslizarse el cargamento cayó a tierra, resultando imposible mantenerlo fijo.
A decir verdad, la descarga fue muy desorganizada ya que, ni bien echaron pie a tierra, la mayor parte de los combatientes se alejó del aparato, dejando la tarea a unos pocos.
Hubo un momento de zozobra cuando los guardias distinguieron dos camiones militares en el camino de acceso al aeropuerto. Los vehículos venían repletos de soldados y eso puso a todos en estado de alerta.
Tal como se ha dicho, la llegada del avión había llamado la atención de un suboficial y este había alertado a sus mandos, quienes de manera inmediata, dispusieron una inspección.
Cuando los vehículos se desplazaban paralelamente a la pista, los guerrilleros abrieron fuego, forzándolos a detenerse.
Los ocupantes del primer camión cayeron abatidos, no así los del segundo, que dio media vuelta y se alejó a gran velocidad, en busca de ayuda.
Habiendo acabado la descarga, el avión cerró sus compuertas y comenzó a carretear, ganando altura sin inconvenientes.
Cuando pasó por encima del cuartel, los soldados alzaron hicieron fuego, perforando su fuselaje en varias partes. Aún así, aligerados de peso como estaban, los pilotos pudieron maniobrar y se alejaron hacia el horizonte mientras en tierra, los combatientes corrían hacia los cercanos matorrales, para perderse en su interior, siguiendo el curso de un canal.


Al mismo tiempo, en alta mar, acontecían nuevas incidencias.
El “Carmen Elsa”, remolcado por la “Antonio Maceo”, se alejó de las costas dominicanas llevando a bordo a varios de sus hombres enfermos. El comandante de la fragata, capitán Román Álvarez Rodríguez, se comunicó con la tripulación del yate y le hizo saber que tenía órdenes de abortar la expedición en caso de que la misma no estuviese en condiciones. Y eso era lo que, al menos en apariencia, estaba sucediendo. Para peor, la llegada del avión había quebrado el factor sorpresa y era posible que las fuerzas de Trujillo estuviesen esperando en la costa, listas para aniquilarlos.
Entonces, José Cordero Michel alzó su voz para decir que ellos estaban allí para luchar y que estaban dispuestos a morir antes que rendirse.

Vamos a abonar con nuestra sangre las playas de la República Dominicana. En esa sangre estoy seguro de que germinará el árbol de la libertad16.

Sus palabras fueron apoyadas por César Federico Larancuent y a este le siguieron los demás, razón po la cual, al capitán de la nave de guerra no le quedó más remedio que seguir adelante con la operación.
Al día siguiente, personal a sus órdenes pasó al “Carmen Elsa” para reparar sus maquinarias. Aprovechando ese momento, los expedicionarios se bañaron en el mar y procedieron a dar cuenta del agua y los alimentos que les habían provisto.
Mientras el personal de la “Maceo” trabajaba en el cuarto de máquinas, la “Máximo Gómez” se ubicó a media milla de distancia, lista para brindar cobertura en caso de un ataque aéreo.
El equipo de reparaciones logró poner las máquinas en condiciones, pero fue necesario trasladar a veintiún combatientes a la fragata debido a que las bombas de achique no funcionaban y el habitáculo se había inundado. Los jefes revolucionarios señalaron a los que se encontraban en peor estado -uno de ellos el cubano Adriano Ricardo Ginarte- y poco después comenzaron a ser izados a cubierta, por medio de sogas.
Jiménez Moya le pidió al Dr. Emilio Estrada que viajase de regreso con los enfermos y una vez en La Habana, informase lo acontecido al Comité Central del Movimiento de Liberación Dominicana. Cumplida esa misión, debía incorporase a la división de refuerzo que se preparaba en Madruga y regresar con ella para reintegrarse a la lucha.
Fragata F-301 "José Martí"
(Imagen: http://www.historianaval.org/Fotos/MG_Fotos/Unidades/fotos_mg_buques.htm)

A partir de entonces, se sucedieron una serie de hechos que llevaron a la detención del timonel del “Carmen Elsa” y sus dos asistentes.
Por orden de su capitán, la F-302 “Antonio Maceo”, pasó al yate varios galones de combustible, alimentos, agua potable y un pequeño equipo de comunicaciones, porque el que le correspondía, había sido embarcado, por error, en el “Tínima”. Inmediatamente después, se estableció contacto con el capitán de la Máximo Gómez” a efectos de solicitarle uno de los tantos transmisores de largo alcance que tenía a bordo, para reemplazarlo por aquel. Entonces, se le indicó al “Griego”, que se dirigiese hacia la fragata para hacer el cambio y ahí se produjo un segundo incidente.
Una vez más, el supuesto avezado timonel, estrelló la embarcación contra la estructura metálica de la nave de guerra, generando recelos y dudas sobre su comportamiento y el de sus dos asistentes (uno de ellos de apellido Teodokakis).
En vista de ello, se dispuso su inmediata detención y encierro bajo llave, en un camarote de la nave.
En ese mismo instante, llegó a la cabina de mando de la “Antonio Maceo”, un cable radiado desde la Base Naval de Casablanca, dando cuenta que la F-301 “José Martí” navegaba hacia ese destino para incorporarse al operativo.
En el preciso instante en que el capitán leía el mensaje, se escuchó en el puente la voz de uno de los vigías, anunciando barco a la vista.
Se trataba del “Tinima”, que se aproximaba lentamente hacia la fragata, después de cuatro días de desaparición.
Muchos son aún, los que se preguntan qué fue de la embarcación en ese lapso de tiempo pero la respuesta sigue siendo un misterio, guardado por espacio de medio siglo.
Según el historiador Anselmo Brace, el yate regresó a Cuba para solicitar ayuda y al cabo de dos días, volvió a hacerse a la mar.
Por entonces, el C-46 hacía cuatro días que había aterrizado en Dominicana y las fuerzas armadas de Trujillo se hallaban en estado de alerta, patrullando las posibles vías de acceso por aire, mar y tierra. A raíz de ello, el alto mando cubano despachó cables cifrados a sus unidades de superficie ordenándoles acompañar a los yates hasta los puntos de desembarco.
Se les indicó a las tripulaciones adoptar posiciones de combate y a los maquinistas dar máxima potencia, al tiempo que los timoneles ponían proa hacia la costa.
Hubo agitación sobre las cubiertas cuando los artilleros corrieron a sus puestos y los prácticos tomaron posiciones.
La F-301 “José Martí” encabezó la marcha, seguida por la F-303 “Máximo Gómez” y el “Carmen Elsa” que se desplazaba a su lado. Inmediatamente después venía la F-302 “Antonio Maceo” y detrás el “Tinima”, tratando de no rezagarse.
Cerca de la 17.00, la flotilla invasora comenzó a disminuir la velocidad y a las 23.00 del 19 de junio detuvo sus hélices para traspasar a los yates una nueva carga de combustible. Como se había dispuesto el silencio de radio, las comunicaciones se hicieron por medio de señales luminosas, tal como suele verse en las películas de guerra y de esa manera, finalizado el movimiento, las fragatas dieron la vuelta y regresaron a aguas abiertas en tanto los yates, giraban en “U” y enfilaban directamente hacia las costas, el “Carmen Elsa” rumbo a las playas de Maimón y el “Tinima” en dirección a Estero Hondo.


En tierra firme, las cosas no marchaban bien. Después de abandonar el aeropuerto, los hombres se internaron en los cañaverales y siguiendo el curso de un canal, se alejaron hacia lo más recóndito de las montañas.
Al intentar cruzar la vía de agua, algunos efectivos resbalaron y cayeron al lodo, otros se hundieron hasta la cintura y uno de ellos perdió su mochila que en plena obscuridad, no pudo ser encontrada. Y para peor, el equipo de radio había quedado en el avión y eso los dejaba incomunicados.
La pérdida de aquella mochila significó un duro golpe para los expedicionarios porque en ella no solamente estaba guardado buena parte del dinero que necesitaban para moverse en los meses de lucha, sino también los mapas, planos y otros objetos de valor.
Intentando contrarrestar aquel contratiempo, Jiménez Moya dividió el grupo en dos columnas, la primera con treinta y cuatro hombres bajo su mando y el de su asistente, el cubano Ramón López (“Nené”) y la segunda integrada por veintiún combatientes, encabezada por Delio Gómez Ochoa.
Echaron a andar en la noche y algo más adelante, el grupo de Enrique detuvo a un soldado (que terminó llevándose consigo) incorporando por la fuerza a cuanto campesino se cruzaba su ruta para obligarlos a transportar el equipo.
Avanzaron a través de un sendero, por más de seis horas y al desembocar en un llano, se toparon con una reducida fuerza del ejército, desatándose el primer combate de la campaña. Tres efectivos regulares fueron abatidos y eso les permitió escapar, aunque para entonces, las fuerzas armadas ya habían sido alertadas y la aviación iniciaba sus raids bombardeando y ametrallando la región, incluso con napalm.


Al igual que en Sierra Maestra, los guerrilleros descansaban de día y se movían de noche para evitar ser descubiertos. Pero lo hacían de manera desorganizada, sin seguir un patrón de conducta de ahí que varios de ellos se extraviaran y perdieran el contacto, como le aconteció al pelotón de “Nené”.
El 15 de junio, al caer el sol, el grupo de Jiménez Moya chocó con una patrulla del ejército, mucho más numerosa que las anteriores. Al parecer, uno de los soldados vio a un guerrillero intentando cubrirse bajo una lona y dio la voz de alerta, recibiendo un tiro en la cara que lo mató en el acto.
Se generalizó entonces un violento tiroteo en el que los guerrilleros abatieron a otros dos hombres e hirieron a tres. En la confusión, uno de los campesinos huyó y se encaminó a la unidad militar más próxima para alertar al ejército y ofrecerse como guía. El trato que los expedicionarios le habían dado a esa gente, forzándola a cargar sus bultos, más el pánico que le tenían a los militares, motivaron la decisión. 
Ni bien terminó el enfrentamiento, apareció la fuerza aérea, bombardeando las rutas de escape. Para fortuna de los expedicionarios, lo hizo sin demasiada precisión y eso les permitió retirarse sin mayores daños. La geografía no ayudaba y la impericia de los pilotos tampoco.
Delio Gómez Ochoa (izq.) y Enrique Jiménez Moya
Quienes resultaron damnificados por los ataques fueron los pobladores de la región aunque es probable que las fuentes pro cubanas exageren un tanto la cantidad de muertos y heridos.
Detrás de cada incursión llegaban los helicópteros haciendo reconocimiento aéreo, pero en ningún momento lograron detectar a la guerrilla.
El 16 de junio Jímenez Moya y su gente acampaba en La Guamita. Se hallaban agotados y famélicos, razón por la cual, la noche anterior fue poco, por no decir nada, lo que avanzaron.
Fueron detectados por el ejército pero faltos de entrenamiento y de una buena conducción, los soldados abrieron fuego precipitadamente, eliminando el factor sorpresa.
Se generalizó un nuevo enfrentamiento que comenzó en horas de la mañana y se prolongó hasta la tarde, sin que ninguno de los bandos pudiese prevalecer sobre el otro. Según los partes de la guerrilla, un teniente y varios soldados cayeron abatidos y en verdad, la resistencia rebelde fue tenaz, ya que obligó a las tropas a solicitar apoyo aéreo.
Los aviones llegaron desde el sudoeste para atacar la espesura, convencidos de que la fuerza invasora se estaba replegando. El error que cometieron fue garrafal porque los que se retiraban eran soldados regulares, siguiendo instrucciones de su comando. La metralla los acribilló, matando a varios e hiriendo a muchos más.
Al retirarse del sector, los subversivos dejaron un muerto, pero se escabulleron en pequeños grupos sin ser detectados. Sin embargo, a las pocas horas sobrevino el desastre.
A solo tres días del desembarco, el grupo de “Nené” fue localizado y exterminado. La leyenda dice que el valeroso combatiente cubano trepó a un árbol para otear el horizonte y al detectar a una patrulla enemiga, abrió fuego y mató a varios de sus integrantes, antes que los soldados acabasen con él. En realidad, nunca sabremos lo que ocurrió salvo que la mayoría de sus hombres pereció y el resto se dispersó sin rumbo, hasta acabar apresados y fusilados sin juicio.


Después de la intentona de Cayo Confites en 1947, Trujillo había adoptado medidas para contrarrestar cualquier intento de invasión desde el mar y en ese sentido, disponía de la flota más poderosa de Centroamérica, superior, incluso, a la cubana. Además, había adquirido una buena remesa del arsenal norteamericano, puesto a la venta al finalizar la Segunda Guerra Mundial y eso le permitía ufanarse de su ejército y sus fuerzas de seguridad.
La flota dominicana constaba de dos destructores, cinco fragatas, dos corbetas, varias lanchas patrulleras y numerosos guardacostas. De los primeros, el RD “Trujillo” (D-101) desplazaba 1335 toneladas, contaba con dos piezas de 120 mm, cuatro antiaéreas de 20, cuatro tubos lanzatorpedos y dos morteros. Su velocidad máxima era de 35 nudos y su autonomía de 7000 millas. El otro destructor, el RD “Generalísimo” (D-102), desplazaba la misma cantidad de toneladas pero tenía un armamento superior, consistente en dos piezas de artillería de 102, siete antiaéreas de 20 y cuatro tubos lanzatorpedos. Y si bien su velocidad era menor (15 nudos) y su autonomía de 6000 millas, constituía un arma tan poderosa y formidable como su similar.
De las fragatas, podemos mencionar a la RD “Presidente Troncoso” (F-103) de 1445 toneladas de desplazamiento y entre las corbetas, a la RD “Colón” (C-101), de 900 toneladas de desplazamiento, cuyo armamento consistía en una pieza de artillería de 102 mm y tres baterías antiaéreas.
Al comprobar que se hallaba frente a una invasión, Trujillo puso a sus fuerzas armadas en estado de alerta. Los pases y las licencias fueron cancelados, el ejército fue movilizado, las unidades navales iniciaron su alistamiento y la fuerza aérea adoptó medidas para iniciar operaciones.
A la fragata RD “Presidente Troncoso” se le asignó la zona comprendida entre Puerto Plata y la Bahía La Isabela, la corbeta C-105 debía cubrir desde ese último punto hasta Montecristi y el guardacostas G-101, de Puerto Plata a Cabo Francés, hacia donde fue enviado el “Trujillo”, para cerrar el dispositivo. De esa manera, el litoral norte quedó completamente protegido y todo el cerco reforzado por la fuerza aérea que debía patrullar desde la frontera con Haití hasta Las Terrenas, llevando en sus aviones oficiales navales, expertos en la detección de buques en el mar.


En la madrugada del 20 de junio, el comando naval dominicano ordenó al guardacostas G-101 dirigirse a La Isabela, para transferir a la fragata “Presidente Troncoso” dos marinos de su dotación y entregarle a su comandante dos sobres lacrados, con instrucciones, uno para él y el otro destinado a su par de la corbeta C-105.
La unidad se desplazaba por un banco de niebla cuando el vigía de turno creyó distinguir algo en la obscuridad. Se trataba de la inconfundible silueta de un barco que se dirigía a la costa, a unos 11 nudos de velocidad.
Informado el capitán, mandó anotar la hora en el libro de bitácora (05.00) y tocando a zafarrancho de combate, ordenó encender las luces de cubierta para enfocar en aquella dirección. Al ver al yate, mandó hacer un disparo de advertencia e intimó a través del megáfono, detener las máquinas para una inspección.
Lejos de acatar la orden, el “Carmen Elsa” abrió fuego de fusilería y su ametralladora pesada perforó el casco del guardacostas en varios sectores.
Ante tal agresión, la embarcación dominicana respondió con la ametralladora de proa y el cañón antiaéreo ubicado en popa, en tanto la marinería hacía lo propio con sus armas livianas.
Un proyectil de 30 impactó en la proa del yate, desencadenando un incendio. Mientras la tripulación seguía tirando, un grupo de expedicionarios corrió para extinguir las llamas. Para su fortuna, las piezas del guardacostas se trabaron y eso los salvó de ser hundidos.
Los expedicionarios continuaron disparando y cortaron el cable del timón de su oponente, dejándolo a la deriva.
El yate logró alejarse pero para entonces, el guardacostas ya había radiado un mensaje, dando cuenta del combate y la ubicación de la nave enemiga.
Con las primeras luces del día, la fuerza aérea dejó sus bases y se dirigió a la zona de operaciones. Bombarderos B-26, aviones a reacción Vampiros, cazabombarderos Mustang P-51 y cazas North American AT-6 se adentraron en el mar buscando a los invasores, pero como la niebla aún era espesa, el “Carmen Elsa” logró evadirse, enfilando a toda máquina hacia la Bahía de Maimón.

Maimón es una bahía larga y estrecha, por lo que los revolucionarios temían que fuerzas situadas en una de las orillas de la boca los pudieran exterminar, además, existía el peligro de ser localizados por los aviones mientras navegaban por las aguas interiores de la rada. Ante esas tétricas perspectivas atravesaron frente a la boca de la bahía y continuaron hacia la playa17.

La situación era en extremo delicada y las posibilidades de ser aniquilados peligrosamente altas. Además, el factor sorpresa se había perdido, y debido a ello, el cubano Aldo Rodríguez Pérez entró en estado de shock y se arrojó al mar, intentando alcanzar la playa. Sus compañeros lo vieron llegar a la orilla y luego perderse en la maleza, para no saber más nada de él.
El “Carmen Elsa” terminó encallando en una pequeña bahía, conocida como El Bufadero18, donde sus hombres saltaron al agua y comenzaron a avanzar hacia la orilla, lo más de prisa que se lo permitían sus piernas.
Mientras tanto, el “Tinima” se dirigía a la ensenada de Estero Hondo, después de eludir a la RD “Presidente Troncoso”. Cuando estaba a punto de llegar, José Antonio Campos Navarro, jefe de la sección, corrió hacia la proa para solucionar un desperfecto pero ante un brusco movimiento del yate, cayó al agua y ya nunca volvió a emerger. Arrastrado por el peso de su mochila, pereció ahogado en el fondo del mar. Fue un golpe duro para los expedicionarios pues tenían en él a un líder nato.
El "Carmen Elsa" se aproxima a la costa

Caía una fina llovizna sobre la bahía cuando el yate viró hacia Punta Burén, buscando un punto adecuado para desembarcar. A escasos 60 metros de la costa detuvo sus máquinas y después de lanzar el ancla, arrojó sus botes de goma para que los combatientes pasasen a ellos.
Remando con fuerza, en plena obscuridad, llegaron a la orilla y una vez en tierra, se dividieron en dos grupos para adentrarse en el terreno, el primero en dirección a las colinas y el segundo hacia los acantilados que se extendían a la derecha. Durante el avance, el primer grupo se topó con un campesino, al que interrogaron para orientarse; temblando como una hoja, el hombre les indicó el camino y cuando lo dejaron ir, corrió hasta el puesto militar de El Papayo y advirtió a los militares de su presencia.
Sin perder tiempo, el jefe de la guarnición radió un mensaje al comando y este pasó las alertas correspondientes, movilizando a las unidades del área para  interceptar a los incursores.
En ese preciso momento, aviones Mustang P-51 de exploración detectaron al “Tinima” frente a la playa y pasaron la novedad a su base. El alto mando estableció comunicación con la “Presidente Troncoso” y le ordenó dirigirse hacia el área para atacar al navío.
A esa altura, los aviadores ya tenían instrucciones de arremeter contra el desembarco.
Los aviones viraron y regresaron a los acantilados distinguiendo a un grupo de gente que retrocedía hacia el sector. Pensando que eran soldados persiguiendo al enemigo, no los atacaron y eso permitió a los guerrilleros ponerse a cubierto. Sin embargo, el efecto duró poco porque los cazas regresaron e iniciaron el bombardeo.
En esos momentos, marchaba desde Mao una división del ejército integrada por 110 efectivos, jóvenes campesinos la mayoría, habituados a los rigores del trabajo y la geografía, muy bien entrenados y en extremos decididos a la hora de entrar en combate.
Al tiempo que los aviones lanzaban sus bombas, la fragata “Presidente Troncoso” se posicionó frente a la bahía y comenzó a cañonear el área de desembarco, obligando a los expedicionarios a aferrarse sus posiciones.
A media mañana llegaron a Maimón una docena de tanques Sherman junto con dos cañones de grueso calibre, que comenzaron a batir las posiciones regularmente. Los expedicionarios soportaron el fuego entre cavernas y peñascos pero a la larga cedieron por hambre y agotamiento.
Antes que las fuerzas de Trujillo concentrasen en torno a ellos 3000 efectivos, grupos reducidos lograron burlar el cerco y se escabulleron en diferentes direcciones. En uno de ellos se desplazaba el doctor Octavio Mejía-Ricart Guzmán, eminente facultativo que había estudiado en Oxford y Alemania y que al momento de alistarse en la expedición, tenía una cátedra en la Universidad de La Habana.
Este grupo se topó con un batallón al mando del mayor Anselmo Pilarte, trabándose en combate. El oficial regular cayó herido, junto a uno de sus soldados y eso permitió tomarlo prisionero mientras el resto de su tropa se dispersaba.
Mejía revisó sus heridas, las limpió cuidadosamente, las desinfectó y después de dejarlo en un lugar seguro, a resguardo de la aviación, sobre un camino seguro, en el que iba a ser hallado por su gente o algún campesino, reanudaron la marcha. Dos días después, caerían prisioneros.
Desembarco en Punta Burén

Los soldados los sorprendieron en una hondonada y después de desarmarlos, los condujeron a los cuarteles de San Isidro, donde sufrieron terribles golpizas y terminaron asesinados por negarse a firmar un documento acusatorio contra  Castro y Betancourt.
El 21 de junio un Mustang P-51 debió efectuar un aterrizaje de emergencia y un Vampiro a reacción se estrelló en campo abierto, pereciendo su piloto.
Los escasos expedicionarios que habían logrado burlar el cerco, escapando de los acantilados, conformaron grupos reducidos que se dispersaron por la región, desplazándose siempre de noche y manteniéndose ocultos durante el día.
Aunque  la mayoría de los campesinos corrían a delatarlos (más por temor a las represalias que por cuestiones ideológicas), hubo casos en los que la población ofreció desinteresadamente sus servicios, como aquella jovencita de Las Cayas, que los convidó con café y terminó asesinada por las tropas y su casa incendiada o cuando el capataz del Rancho Manuel escondió a Francisco A. Ubiera y le entregó ropa civil para que se mimetizase entre los pobladores.
Las peripecias de aquel combatiente fueron dignas de una película. Con su nueva indumentaria, llegó hasta un puesto militar donde, siguiendo la costumbre de la época, pidió a los soldados si lo podían acercar hasta Santiago de los Caballeros, donde residía su familia. Lo hizo en la caja de un camión que transportaba tropas, descendiendo en Gurabito, donde moraba un cuñado, ignorando que el mismo era delator del ejército.
El reencuentro con su familia fue más que emotivo después de tantos años de ausencia pero la alegría duró poco. Su pariente lo entregó y terminó asesinado, después de sufrir todo tipo de apremios. Por su parte, el capataz de Rancho Manuel que lo había ayudado, fue sacado a culatazos de su vivienda y colgado de un árbol, a la vista de la población.
En otra ocasión, tres jóvenes de Santiago de los Caballeros intentaron unirse a la guerrilla pero cuando viajaban hacia Estero Hondo fueron interceptados  y acribillados.
El 24 de junio el gobierno anunció oficialmente que la fuerza invasora había sido aniquilada pero eso no era del todo exacto. Pequeños grupos seguían deambulando por el norte y el centro del país (en algunos casos individuos solos), resultando su persecución una verdadera carnicería. Enrique Jiménez Moya y su compañero estuvieron deambulando durante dos días hasta que, completamente exhaustos, cayeron prisioneros. Cuando eran conducidos a un puesto militar, el primero buscó escapar golpeando a uno de sus guardias, pero acabó acribillado por sus captores. Por orden del mismo Trujillo, se condujo su cadáver hasta la base de San Isidro y luego de ser exhibido a la prensa, se lo enterró en una fosa desconocida.
El 17 de junio cayó Rafael Perello, cuando cubría la retirada de dos compañeros. Se dice que al agotársele las municiones, tomó un cuchillo y embistió contra sus enemigos pero terminó reducido y luego trasladado a San Isidro, donde murió de manera horripilante.
North American AT-6 dominicano

José Antonio Batista Cernuda (“Chefito”) logró conducir a quince de sus hombres a través de selva y montañas. El día 21, tras haber ordenado un alto, apuntó en su diario: “Nuestra causa está perdida, pero: A vencer o morir…”, demostrando que aún tenía temple.
Durante todo el día 17 los había guiado un campesino pero en la madrugada del 18, éste los abandonó; su situación se tornó desesperante cuando la comida se agotó pero aún en esas condiciones, lograron abatir a dos efectivos regulares en un nuevo enfrentamiento y escabullirse una vez más, acosados por la aviación (llegaron a arrojarles volantes prometiendo respetar sus vidas). El 23 de agosto se toparon con una nueva patrulla y en el enfrentamiento abatieron a seis soldados, incluyendo su guía, sufriendo uno de ellos heridas considerables. El combatiente debió ser dejado al cuidado de un campesino y el resto del grupo se alejó, siguiendo un sendero que se internaba en la espesura19.
El día 26 se toparon con tres campesinos que se ofrecieron a ayudarlos y, lo que era mejor, conseguirles alimentos.
Los guajiros aparecieron cuando los guerrilleros acampaban. Les propusieron que dos de ellos acompañasen a su jefe, hasta un rancho cercano donde, según aseguraban, había víveres y confiados accedieron. Partieron detrás del guajiro, caminando durante horas, hasta llegar a un punto en medio en la espesura, donde aquel les dijo que esperasen. Lo que en realidad hizo fue correr a delatarlos y guiar a los militares hasta el lugar para que los ametrallasen.
El 26 de junio el resto de la sección cayó en una emboscada, cerca de un aserradero. Al menos tres combatientes fueron abatidos y el resto se dio a la fuga, pero famélicos y extenuados como estaban, fueron cayendo uno a uno, comprobando con asombro que una cantidad importante de captores, eran mercenarios cubanos.
Solo “Chefito” y un compañero alcanzaron a escapar. El 27 por la tarde los prisioneros fueron entregados en el aeródromo de Constanza y conducidos en avión hasta San Isidro, quedaron incomunicados.
La suerte de los dos fugitivos no duró mucho; el día 28 una patrulla los rodeó y obligó a arrojar las armas. “Chefito” intentó sacar una pistola que tenía oculta entre sus ropas pero ahí mismo fue acribillado. Su compañero fue conducido a San Isidro y tras padecer atroces tormentos, acabó sus días contra el paredón de fusilamiento.
El grupo de Delio Gómez Ochoa no tuvo mejor suerte. Después de internarse en las montañas, fue detectado y acosado, tanto por la aviación, como por el ejército, delatado por los campesinos y perseguido por las patrullas. Para peor, el alto mando dominicano lanzó tras ellos a los “Cocuyos de la Cordillera”, tropas de elite organizadas por el general José Arismendy Trujillo (“Petán”), hermano del dictador, integrada por jóvenes fanáticos montañeses, perfectamente entrenados y adaptados a los rigores de la topografía.
Los guerrilleros vagaron por las alturas, siempre en la obscuridad y así pasaron por La Playa y El Botao (28 de junio), buscando la frontera con Haití, escondiéndose de los pobladores, a veces combatiendo, en la mayoría de los casos eludiendo a los uniformados. Cuando apenas quedaban cinco (dos dominicanos y tres cubanos), fueron rodeados. El hecho ocurrió el 9 de julio, cerca de Constanza y estuvo precedido por el asesinato de tres compañeros que se habían rezagado el día anterior. 
Delio Gómez Ochoa en la morgue de San Isidro, obligado a
reconocer el cadáver de Enrique Jiménez Moya
El alto mando dominicano envió hacia la zona a un grupo de civiles para parlamentar con los guerrilleros y convencerles de deponer su actitud. Los combatientes exigieron la presencia del párroco de Constanza y la petición les fue concedida al día siguiente. Durante las conversaciones, el clérigo notó que solo los dominicanos se encontraban allí; dijo que estaba allí para llegar a un entendimiento y que lo más sensato era entregarse porque Trujillo había perdonado a otros prisioneros y no quería más derramamiento de sangre. Eso los convenció, no así a los tres cubanos, que se habían mantenido fuera de la vista del sacerdote (Delio Gómez Ochoa, Pablito y Frank López), quienes decidieron alejarse para alcanzar Haití con la idea de abordar un bote y escapar de regreso a Cuba. Caerían prisioneros al día siguiente, al ser sorprendidos por una patrulla del ejército.
Con la victoria asegurada, Trujillo decidió mostrar al mundo las pruebas de la invasión. Seis de los siete prisioneros fueron expuestos ante las cámaras y fotografiados por centenares de reporteros. A Frank López lo mantuvieron oculto, porque deseaban sonsacarle información. Los militares dominicanos necesitaban ubicar el lugar donde había ocultado el armamento, luego del desembarco y para ello, estaban dispuestos a cualquier cosa. Como no lo lograron, lo trasladaron a los cuarteles de San Isidro y una vez allí, lo ultimaron de un disparo en la cabeza. Tiempo después, ejecutaron a otro prisionero y eso redujo al grupo a apenas cinco sobrevivientes, Delio y Mayobanex Vargas entre ellos, quienes fueron juzgados y condenados a treinta años de prisión.


Desembarco en Haití
A mediados septiembre de 1958, Roger Redondo, veterano combatiente del Escambray, guiaba su automóvil por la carretera de Cienfuegos, acompañado por Héctor Rodríguez. Conversaban ambos sobre los motivos que los llevaban hasta allí cuando a solo cinco kilómetros de la ciudad de Trinidad, el conductor redujo la velocidad y dobló a la derecha, tomando un camino lateral que conducía a Ancón.
Rodríguez miró su reloj y vio que eran las 17.00. Roger continuó guiando por aquella calzada de tierra y cuando hubo recorrido 500 metros, se detuvo frente a una finca, donde los aguardaba su propietario, Tomás Serquera. Los recién llegados introdujeron el automóvil en el predio y después de estrechar la mano de su dueño, se dirigieron a la vivienda, distante a unos pasos del acceso.
Una vez dentro, Serquera les presentó a dos extranjeros que habían llegado esa misma mañana, procedentes de Casilda. Y mientras lo hacía, explicó a los recién llegados que su intención era incorporarse a las filas rebeldes.
A Roger y a Héctor les llamó la atención uno en particular, el sujeto que decía ser ciudadano argelino pero que hablaba español con sospechosa fluidez. Se trataba de Henry Fuerte de Antón, quien según su propio relato, era hijo de padres españoles y por lo que se veía, dominaba el francés y el árabe a la perfección. Había servido en el ejército colonial francés para pasar luego a las guerrillas de Ben Khedda, en Argelia.
Fuerte continuó explicando que tras varios meses de lucha, trabajó como marino mercante y que al cabo de un tiempo se radicó en Haití, desde donde salió para Caracas unos meses antes. El otro era venezolano, hijo de una política de izquierda y no tenía ninguna experiencia en materia de militancia.
Cuando Roger les preguntó cómo habían llegado a Cuba, el argelino dijo que habían abordado un carguero en Venezuela y una vez en Casilda, tomaron contacto con el grupo de Piro Guinart que los recogió y condujo hasta la finca.
Combatientes rebeldes en el Escambray.
Al centro, Henry Fuertes de Antón ("El Argelino")

Redondo y Rodríguez se miraron y sin decir nada, supieron lo que cada uno pensaba. ¿Qué era todo aquello? ¿Cómo era posible que alguien encontrase a dos desconocidos caminando por las calles de una pequeña población portuaria y así como así, sin conocerlos, los recogiese y llevase hasta la morada de un importante enlace revolucionario? Evidentemente ahí ocurría algo raro y era imperioso investigar.
De momento, se decidió que los dos extranjeros permaneciesen ocultos en la finca en tanto se hiciesen las averiguaciones correspondientes.
Después de un par de horas, los presentes se pusieron de pie, y tras los saludos, Roger y Héctor regresaron al automóvil, comprometiéndose a enviar noticias.
Las averiguaciones efectuadas en Santa Clara permitieron determinar que, efectivamente, el menos locuaz de los “voluntarios” era venezolano y que su madre hacía gestiones para regresarlo a casa (lo que finalmente ocurrió). En cuanto al argelino, las fuentes mencionaban una discreta relación con el Che Guevara y nada más.
En los días que siguieron, después que el venezolano regresara al regazo de su madre, a Henry Fuerte se le confió el adiestramiento de los nuevos reclutas en el Escambray, asignándosele un área en Los Hornos. Una vez allí, demostró tener nociones de combate, disciplina militar y buen manejo de las armas. Bajo su mando, los combatientes cavaron trincheras, repararon caminos e instalaron una elemental red telefónica que a la hora de los combates resultó bastante eficiente.
El 1 de enero de 1959, ni bien terminó la guerra, Fuerte desapareció y no se lo volvió a ver. Había partido en dirección a La Habana, llamado por el Che y allí se encontraba cuando aquel hizo su entrada, el 5 por la noche.
Ocho meses después, Fuerte reapareció encabezando la organización de una guerrilla contra Haití, asistido por el mexicano Rangel Guerrero, quien revestía como oficial del ejército rebelde.
Hay toda una historia en torno a esta expedición según la cual, la misma iba dirigida a Dominicana para pelear contra Trujillo y que extravió el rumbo cuando navegaba. Eso no es así. Todo el mundo sabía que el Che venía programando una acción en ese sentido y para ello mandó llamar a René Depestre en el mes de marzo. Además, como se ha dicho, Henry Fuerte había vivido en Haití y eso constituye todo un indicio en cuanto al verdadero objetivo de la misión. Por otra parte, las afirmaciones de Juan F. Benemelis resultan esclarecedoras.
Según sus palabras, la Operación Haití se puso en marcha ni bien Fidel Castro se instaló en La Habana (8 de enero de 1959). Su delegado en Haití, Antonio Rodríguez Echaval, había viajado hasta allí para entrevistarse con él y en esa ocasión bosquejaron los detalles, trabajando en combinación con el Che, que como se ha dicho, había cursado un mensaje en calve a Depestre para que también pasara a la isla.
El comité político-militar encargado de la logística quedó conformado por Louis Dejoie, Daniel Fignole, el coronel Pierre Armand y Augusto Mamperás Dejoie y de después de montar sus oficinas cerca del Paseo del Prado, comenzó a reclutar efectivos, recurriendo incluso, de las colonias de emigrados haitianos en Nueva York, Centroamérica, Venezuela y el Caribe.
Poco después, alquilaron una finca al sur de La Habana, cerca del pueblo de Jamaica y dio comienzo el entrenamiento de los cuadros, que comenzaban a llegar paulatinamente desde diferentes puntos.
Francois Duvalier
"Papá Doc"
Se ofrecieron más de 500 voluntarios para integrar la legión, la mayoría cubanos. Aureliano Sánchez Arango puso a disposición las embarcaciones que iban a ser necesarias y Radio Progreso comenzó a emitir programas en francés, intentando llegar a las células clandestinas que operaban en el interior de Haití. Fue en ese momento, que dado el número de voluntarios que se estaba ofreciendo para tomar parte en la operación, se barajó la posibilidad de un posterior asalto a República Dominicana.
Como en los casos anteriores, la expedición se organizó en combinación con las fuerzas armadas cubanas. Fuerte y Rangel trabajaron con total libertad y en eso demostraron eficiencia, sobre todo a la hora de seleccionar a la treintena de hombres que iban a integrar la legión, a saberse, dieciocho  cubanos, diez haitianos y un venezolano, amén de reunir el armamento y conseguir suministros.
José Abreu Cardet dice en su ponencia, presentada en el XII Congreso Dominicano de Historia que se organizó en el mes de octubre de 2009 en la Academia Dominicana de Historia, que en agosto de ese año, el grupo expedicionario secuestró un barco en Puerto Padre y se dirigió a Dominicana20. Sin embargo, la realidad es otra.
Finalizados los preparativos, la fuerza guerrillera se concentró en Puerto Padre, donde aguardaba amarrado el yate “La Rubia” que venía siendo acondicionado especialmente para la misión y cuando todo estuvo listo, se le ordenó abordar la embarcación. Partieron en horas de la noche, ganando mar abierto, en busca de la fragata F-303 “Máximo Gómez”, cuyo capitán, acababa de abrir el sobre lacrado que contenía sus instrucciones21. De acuerdo a las mismas, la nave debía escoltar al “La Rubia” hasta aguas haitianas y solo abrir fuego en caso de necesidad, es decir, si alguno de los dos buques era atacado.
El yate abandonó el viejo muelle de madera sobre el malecón (Av. Francisco Cabrera), distante a escasos cien metros de donde finaliza la Av. Libertad, y se internó en la bahía, navegando lentamente hacia Puerto Carupano. Los expedicionarios experimentaban muchas sensaciones; la emoción de repetir la hazaña del “Granma” e iniciar la guerra contra un tirano brutal, la nostalgia que les provocaba alejarse de sus seres queridos y la incertidumbre generada por los fracasos de Nicaragua y República Dominicana.
Al echar una última mirada a Puerto Padre, la villa natal de Paco Cabrera, vieron sus luces alejándose de a poco en medio de la noche y la obscuridad envolviéndolo todo. Lo último que distinguieron fueron la torre de la iglesia y el fuerte de La Loma, sobre la colina, el añejo castillo español, construido en el siglo XIX para la defensa de la región.
El yate pasó junto a la isla en las que se levantan las instalaciones de Puerto Carupano, dejando atrás el antiguo puente ferroviario que la unía con tierra firme; se introdujo a baja velocidad en el canal natural que conducía a mar abierto y dejando los pueblitos costeros de Socucho a la izquierda y Punta La Boca a la derecha, ganó la inmensidad oceánica mientras daba potencia a sus motores.
La tripulación y los expedicionarios sintieron la nave subir y bajar al compás de las ondas marinas y eso produjo algunos mareos que si bien no fueron de excesiva importancia, obligaron a varios de ellos a permanecer en cubierta.
La nave viró a la derecha y comenzó a navegar paralelamente a la costa, desandando la misma ruta que había hecho Colón casi cinco siglo antes, cuando llegó a Cuba procedente de La Española 22.
El yate puso proa hacia el banco Brown y a mitad de camino entre la costa y ese punto, estableció contacto visual con la “Máximo Gómez”. Desde la fragata se le hicieron señales luminosas y así pudieron coordinar la ruta a seguir.
El “La Rubia” viró unos grados hacia el sudeste y enfiló directamente al Paso de los Vientos, seguido de cerca por la nave de guerra. De esa manera, se aproximó nuevamente a la costa y navegando en línea paralela a las actuales provincias de Las Tunas y Holgín, alcanzó Guantánamo, último punto antes de introducirse en aguas internacionales.
En la Punta de Maisi, el piloto giró el timón hacia el sur y apuntó hacia el lugar de desembarco, en el extremo occidental de la gran península haitiana.
Por esa razón, resulta absurda la afirmación de Abreu Cardet cuando dice que se trató de un accidente y que la expedición llegó a Haití por casualidad.
Seguido siempre por la ”Máximo Gómez”, el yate cruzó el Golfo de la Gonave de un extremo a otro y a la altura de la isla de Navaza23, viró hacia el este para acercarse a los arenales del sur de Les Irois. Varias millas detrás, la fragata giró 180º y se alejó hacia sus aguas jurisdiccionales, en cuyos límites se detuvo, en espera de nuevas instrucciones.
Los rebeldes desembarcaron de noche y una vez en la costa, aguardaron en vano a la división del ejército haitiano que debía sublevarse. Eso los forzó a moverse en su busca pero en su lugar, se toparon con los ton ton macoutes, la terrible fuerza de choque de Duvalier, que hizo una carnicería de ellos.
Oteando el horizonte en plena obscuridad

El general Pierre Mercerón había concentrado sus fuerzas en las montañas de Caracausse y el 20 de agosto les cayó encima, aniquilándolos por completo. Solo cinco logaron huir. Del resto, los que no cayeron en combate fueron conducidos a las mazmorras del régimen y fusilados sin piedad, después de padecer atroces tormentos.
A tres días de aquella batalla, el ministro de Relaciones Exteriores de Haití, Louis Maré, denunció el hecho ante la conferencia de cancilleres que se realzaba en Santiago de Chile, y acusó directamente a Cuba de promover una invasión24.
Entre octubre y noviembre de ese mismo año, el gobierno cubano financió una itentona guerrillera en Paraguay, agrupando en territorio brasilero, cerca de la frontera, a un centenar de efectivos -cubanos la mayoría-, quienes cruzaron desde el Mato Grosso en dirección a San Pedro.
No lograron el cometido; el ejército del general Stroessner logró cercarlos y neutralizarlos, aniquilando a varios de ellos y arrojando al resto a sus prisiones25.


Incursión en Panamá
A esa altura de los hechos, era evidente que Cuba estaba lanzando ataques al exterior y que pretendía sujetar a las naciones del Caribe a su órbita.
Ernesto de la Guardia
Presidente de Panamá
A las cancillerías del hemisferio, comenzaron a llegar cables cifrados dando cuenta de los intentos de Castro y el Che en ese sentido y aún cuando Washington mantenía una actitud ambigua y falsa, “dejando hacer” para luego adoptar una actitud provechosa (recordemos que Castro aún no se había declarado comunista), los gobiernos latinoamericanos observaban con creciente temor la política de La Habana.
Las sospechas quedaron confirmadas cuando dos meses antes del intento nicaragüense, una expedición integrada por ochenta y tres efectivos cubanos (entre ellos una joven de 24 años), dos panameños y un estadounidense, partió de la ensenada de Batabanó, sobre la costa sur de la isla25 y se dirigió en línea recta a Panamá, decidida a desencadenar la guerra civil.
Los dirigía César Vega, compañero de Fidel Castro en la universidad y veterano de Cayo Confite, quien llevaba como segundo a Gilberto Betancourt, dirigente de las células urbanas del M-26, que contaba con varias acciones de sabotaje en su haber, casi todas en la capital cubana.
El contingente había estado entrenando en Pinar del Río, bajo las órdenes de Dermidio Escalona, junto a otros ciento quince efectivos y llegó al sumidero por distintos medios, la mayoría en ómnibus y automóviles. Allí aguardaba amarrada la motonave “Mayarí”, a la que subieron uno tras otro, la noche del 18 de abril.
Pese al hermetismo con el que se había organizado la expedición, la noticia se filtró y llegó a la redacción del periódico “La Estrella de Panamá”, que en su edición del día 16 publicó la alarmante noticia de que el país estaba a punto de ser invadido y que los expedicionarios contaban con ayuda local26. Eso alertó a los mandos militares que de manera inmediata cursaron directivas, poniendo en estado de alerta a todas sus unidades. Ese mismo día, a las 21.30, el canciller Miguel J. Moreno hizo entrega de un comunicado a las embajadas de los países de la OEA acreditadas en Panamá, alertando a sus respectivos gobiernos acerca de los graves sucesos que estaban aconteciendo.
La novedad vino a confirmar lo que se sospechaba desde fines de marzo, en cuanto al envío de armas e instructores a Colombia, a través de un puente aéreo clandestino entre La Habana y las localidades del Valle, Uraba y Antioquía27. En vista de ello, varias naciones movilizaron sus fuerzas. Colombia despachó dos fragatas e igual número de aviones cazas para vigilar sus costas; Guatemala hizo lo propio con una aeronave de aprovisionamiento militar y el alistamiento de voluntarios y Ecuador ofreció dos unidades de su aviación.
El “Mayarí” soltó amarras el 19 de abril y se alejó lentamente de la costa, rumbo a mar abierto. Después de atravesar el conjunto de islas menores que cierran el golfo por el sudoeste, dejó atrás el extremo austral de la cayería Las Cayamas, los Cayos del Hambre y las islas de Magíes y bordeó la Isla de Pinos de noreste a sudoeste, para dejar a su derecha los Cayos los Indios y adentrarse en el mar Caribe.
La embarcación navegó hacia las costas de Honduras y cuando se hallaba a 200 millas viró hacia el este, apuntando directo al objetivo.
El desembarco se produjo el viernes 24 de abril, a las 08.00 p.m., en un punto denominado Playa Colorada, cerca de Guna Yala y San Blas, una región desértica, apenas poblada por unas pocas tribus aborígenes.
Los hombres a bordo del “Mayarí” arrojaron el ancla y pasaron a los botes para remar hacia la playa. Como en esos momentos, el mar se hallaba embravecido, las embarcaciones se estrellaron contra los acantilados de Nombre de Dios, provocando la muerte de Enrique Morales Brid y otros dos expedicionarios.
El domingo 26, la Guardia Nacional tomó prisioneros a dos de ellos, el estudiante panameño Picans y el mismísimo Gilberto Betancourt, a quienes condujo detenidos a una unidad militar. Poco después caerían el panameño Guillermo González y los cubanos Antonio Puente Blanco y Roberto A. Arancibia Blanco quienes, según algunas fuentes, presentaron combate. El 27 de abril, el embajador panameño ante la Organización de Estados Americanos, Ricardo Arias Espinoza, denunció la agresión y solicitó la puesta en vigor del TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia recíproca, aprobado en Río de Janeiro en 1947. Al día siguiente, el Consejo resolvió el envío de una comisión para investigar los hechos.
Fidel Castro se encontraba de gira por los Estados Unidos cuando se enteró del fracaso. No le quedó más remedio que intervenir y ordenar el envío de dos agentes de su servicio de Inteligencia, el capitán Armando Torres y el teniente Fernando Ruiz, quienes llevaban órdenes de contactar a Vega e instarlo a rendirse.
El encuentro tuvo lugar en plena selva y tras varias horas de conversación, el jefe expedicionario accedió a entrevistarse con la delegación de la OEA que había viajado especialmente hasta la zona del Canal28.
Además de los tres muertos durante el desembarco, la incursión sufrió la baja de otro cubano, que decidió desertar para casarse con una panameña.
Vega se entregó el 1 de mayo y junto a su gente, fue embarcado en buques de la armada norteamericana y luego conducido a la Cárcel Modelo de Panamá. Tras ser sometido a proceso por el Segundo Tribunal Superior de Justicia, el 25 de junio, fue condenado a abandonar el país junto al resto de su legión. Los expedicionarios abordaron un avión de la Compañía Panameña de Aviación (pago por Cuba) y regresaron a su país. Solo aquellos que se habían enfrentado a la Guardia Nacional, permanecieron detenidos y otros dos, de nacionalidad panameña, buscaron refugio en la embajada de Chile.
El "Mayarí" navega hacia Panamá

La expedición había fracasado, provocando pérdidas al estado panameño por más de trescientos mil dólares, además de graves perjuicios a su economía y su comercio, que se vieron paralizados durante algunos días. Pero también dejó al descubierto varias cosas, la primera, según se ha dicho, que Cuba había puesto en marcha una política de agresión y la segunda, que no solamente los tiranos despiadados eran su objetivo. En aquellos momentos, Panamá era gobernada por Ernesto de la Guardia, un economista civil que había llegado a la presidencia el 1 de octubre de 1956, por elecciones populares y gobernaba democráticamente. No sería el único, en 1963 el Che lanzaría contra su país de nacimiento una desastrosa guerrilla que tenía por finalidad, derrocar al presidente más honesto y de la historia argentina del siglo XX.
El alerta roja estaba encendido; los gobiernos de América estaban en guardia y sus fuerzas armadas se preparaban para repeler la agresión.




Imágenes
Rafael Leónidas Trujillo
Presidente de República Dominicana

Expedicionarios cubanos en junio de 1959

Capitán Román Álvarez Rodríguez
Comandante de la fragata F-302 "Antonio Maceo"

North American P-51B dominicano

Puerto Padre. Desde allí partió la expedición a Haití

Lo último que vieron los expedicionarios desde el yate, al partir de 
Puerto Padre fue el castillo de La Loma, la vieja fortaleza española del siglo XIX 

En las playas al sur de Les Irois, se produjo el desembarco cubano

Los temibles Ton Ton Macoutes, la guardia personal 
de Duvalier masacraron a los expedicionarios

Los escasos sobrevivientes de la invasión fueron sometidos 
a juicio por el gobierno haitiano. Sentado en primer plano
Mayobanex Vargas

1959. Cuba infiltró guerrillas en Venezuela, Colombia, Paraguay y Brasil
Notas
1 Los dos últimos eran guatemaltecos.
2 Jesús Miguel (Chuno) Blandón, “El Che y la guerrilla nicaragüense”, p. 8 
(http://www.radiolaprimerisima.com/files/doc/ElCheylaguerrillanicaraguense.doc).
3 Ídem, pp. 8-9.
4 Nombre del joven poeta que asesinó a Anastasio Somoza García el 21 de septiembre de 1956, durante un acto en la Casa del Obrero de Managua. Pereció acribillado al instante por la guardia presidencial.
5 Sería el fundador del Frente Sandinista de Liberación Nacional.
6 Jesús Miguel (Chuno) Blandón, op. Cit.; José Miguel Abreu Cardet y Emilio Cordero Michel, Dictadura y revolución en el Caribe. Las expediciones de junio de 1959, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2009. Los combatientes abatidos en el El Chaparral fueron: Antonio Barbosa, Aníbal Sánchez Aráuz, José Manuel Arosteguí, Manuel Canelo, Manuel Baldizón, Enrique Morales Palacios, Adán Suárez Rivas y los internacionalistas cubanos Onelio Hernández y Marcelo Fernández.
7 Se trata del movimiento armado contra Trujillo, organizado en Cuba en julio de 1947; el mismo que tomó parte Fidel Castro. Dos años después, los enemigos del dictador volvieron a intentar su derrocamiento, aterrizando con un PBY Catalina en la Bahía de Luperón (19 de julio de 1949). Los expedicionarios no pudieron establecer contacto con la resistencia clandestina de Puerto Plata y la intentona fracasó.
8 José Miguel Abreu Cardet y Emilio Cordero Michel, op. Cit. p. 27. Citan a Mayobanex Vargas, Testimonio histórico, Junio 1959, 2da. ed., Santo Domingo, Editora Cosmos, 1981, p. 10.
9 Se las había puesto a disposición el propio Camilo Cienfuegos.
10 Se trataba de embarcaciones de placer confiscadas a funcionarios del gobierno depuesto, luego del triunfo de la revolución.
11 Durante la guerra civil había entrado en acción en el combate de La Plata.
12 Lo integraban dominicanos, venezolanos, cubanos y un argentino.
13 José Miguel Abreu Cardet y Emilio Cordero Michel, op. Cit. pp. 47-48.
14 Durante los preparativos de la expedición e incluso mientras duró el vuelo, Ventura fue sospechado de ser un agente al servicio de Trujillo, de ahí que permaneciese aislado en un hotel de La Habana hasta último momento. El tiempo demostraría que era un cabal partidario de la revolución.
15 Gómez Ochoa, Delio. La victoria de los caídos. Constanza, Maimón y Estero Hondo, Santo Domingo, Editora Alfa & Omega, 1998, pp 91-92, citado por José Miguel Abreu Cardet y Emilio Cordero Michel.
16 Ídem, p. 51.
17 José Miguel Abreu Cardet y Emilio Cordero Michel, op. Cit. p. 60.
18 También llamada La Pava.
19 El guerrillero herido y el campesino fueron ejecutados por el ejército.
20 José Abreu Cardet, 1959: “De las expediciones, los dictadores y los héroes”, ponencia presentada en la Academia Dominicana de Historia durante el XII Congreso Dominicano de Historia, octubre de 2009.
21 La nave había zarpado de la Base Naval de Casablanca dos días antes.
22 La Española o Santo Domingo, actual República Dominicana y Hatí.
23 Administrada por los Estados Unidos, es reclamada por Haití.
24 Juan F. Benemelis, Las guerras secretas de Fidel Castro, Hypermedia Editorial, Madrid, 2015, p. 17-18. Sin firma, “Cuban Guerrillas attempts against Trujillo & Duvalier (1959/61). Intentos guerrilleros cubanos contra Trujillo y Duvalier (1959/61)”, The Cuban History com. The History, Culture and Legacy of de People of Cuba.(http://www.thecubanhistory.com
/2012/07/attempts-of-cuban-guerrillas-against-trujillo-and-duvalier-3/).
25 Juan F. Benemelis, op. Cit., p. 24. Otras fuentes hablan de 97 efectivos.
26 Batanabó se encuentra al sur de La Habana, sobre la costa meridional de Cuba.
27 Entre los complotados se encontraban el abogado Rubén Miró, de marcada tendencia castrista y el doctor Roberto Arias, sobrino de los ex presidentes Arnulfo Arias Madrid y Ricardo Arias Espinoza e hijo del también presidente Harmodio Arias. Estaba casado con la bailarina inglesa Margot Fonteyn (ver: Omar Jaén Suárez, Jaime Alemán y Pilar Arosemena se encuentran en el tiempo, Panamá, 2014, edición del autor, p. 411 “Ascendencia Arias” ).
28 Juan F. Benemelis, op. Cit., p. 27. Las fuentes consultadas difieren en algunos puntos. Según Benemelis, el desembarco en Playa Colorada se produjo el día 21 y la Guardia Nacional detuvo a los dos primeros guerrilleos el 22. Según su relato, no se produjeron muertes durante la incursión y la única baja fue la del cubano que desertó además de omitir que quien descubrió al "Mayarí" encallado en la playa fue el intendente de San Blas, Bredio Benavides, quien dio aviso a las autoridades militares.