Misterio de iniquidad: del Nuevo orden mundial al caos global
Misterio de iniquidad: del Nuevo orden mundial al caos global
Publicamos el texto del informe realizado por el Prof. Roberto de Mattei el 16 de mayo de 2019 en el Rome Life Forum, que se celebró en la Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino (Angelicum), sobre el tema “City of man vs City of God – Global One World Order vs Christendom”. El congreso fue organizado por la coalición internacional Voice of the Family.
El Mysterium iniquitatis según León XIII
Para intentar hacer un poco de luz sobre el mysterium iniquitatis, es necesario volver al primer momento de la historia universal.
En su Encíclica Humanum genus del 20 de abril de 1884 contra la masonería León XIII afirma:
“El
género humano, después que, por ´por la envidia de Lucifer´ se rebeló
desafortunadamente contra Dios, creador y dador de dones sobrenaturales,
se dividió en dos campos contrarios y enemigos uno del otro, de los
cuales uno combate sin descanso por el triunfo de la verdad y la virtud,
y el otro lucha por el triunfo del mal y del error. El primero es el
reino de Dios en la tierra, es decir, la verdadera Iglesia de
Jesucristo. Los que quieren pertenecer a ésta de corazón con sincero
afecto y como conviene para su salvación, deben entregarse al servicio
de Dios y de su Unigénito Hijo con todo su entendimiento y toda su
voluntad. El segundo es el reino de Satanás. Bajo su jurisdicción y
poder se encuentran todos quienes, siguiendo los funestos ejemplos de su
caudillo y de nuestros primeros padres, se niegan a obedecer la ley
divina y eterna y emprenden multitud de obras prescindiendo de Dios o
combatiendo contra Dios.»
El
Papa León XIII enseña entonces que la humanidad está dividida en dos
campos que se combaten sin tregua: el reino de Dios, constituido por la
Iglesia de Cristo, y el reino de Satanás, constituido por los secuaces
del demonio. Esta lucha no es un episodio en la historia, sino que se
remonta al primer momento de la creación del universo y durará hasta el
fin de los tiempos.
Los
Ángeles fueron creados al mismo tiempo que la luz, pero después que
Dios separó la luz de las tinieblas, algunos Ángeles se separaron de la
luz, que es Dios, para sumergirse en las tinieblas. Ello se repite en la
historia y constituye propiamente el mysterium iniquitatis:
un misterio en sí mismo impenetrable, porque nuestra inteligencia es
incapaz de comprender ni siquiera la íntima esencia del Sumo Bien, ni la
naturaleza profunda del Mal, del cual Dios permite la existencia, sin
quererlo. Es “una luz inaccesible” (1Tm. 6,
16), donde Dios habita, pero también existe una tiniebla inaccesible
que la luz divina no ilumina. Por esto decimos que Satanás obra en el
misterio. Como todo misterio, también el del mal es superior a la
comprensión de la razón, pero no la contradice. Con la razón iluminada
por la fe podemos recoger algún reflejo de luz en este misterio que,
como nos conforta San Pablo, a su debido tiempo será revelado (Tes. 2, 6-8). Solo “Dios es luz y en él no hay nada de oscuridad” (1 Jn. 2, 5).
Para explicar este misterio de iniquidad, León XIII se remite a las dos citas que, en su obra maestra La Ciudad de Dios, San Agustín describe con estas palabras: “Una
es la sociedad de los hombres devotos, la otra la de los rebeldes, cada
una con los ángeles que le pertenecen, en que de un lado es superior el
amor de Dios y en el otro el amor de sí mismo”.
La fuerza de atracción y de cohesión que la genera y la mantiene es el amor. “Dos
amores fundaron dos ciudades: la terrena, el amor propio hasta llegar a
menospreciar a Dios, la celestial, el amor a Dios hasta llegar al
desprecio de sí mismo”.
La elección radical es entre Dios, al cual se une íntimamente la
humildad de corazón, y el demonio, al cual se vincula el orgullo y el
amor de sí mismo. La esencia de este enfrentamiento es moral y se
arraiga en la libertad humana: hay que elegir según el rumbo que el amor
imprime a nuestra vida.
El “Cuerpo místico de Satanás”
La
Ciudad de Dios es la Iglesia en sus tres estados: militante, sufriente y
triunfante. Un vínculo espiritual une en un único Cuerpo Místico a los
fieles que luchan en la tierra, a las almas que sufren en el Purgatorio y
a los beatos que se alegran en el Cielo. El hombre, de hecho, es un ser
social no solo en el orden natural, sino también en el sobrenatural. La
comunicación vital de los bienes sobrenaturales entre los miembros de
las tres iglesias es la Comunión de los Santos.
Una
íntima solidaridad existe entre los Hijos de la tinieblas. El vínculo
que los une es el odio. Ellos se odian y se detestan uno al otro, pero
se unen en la lucha contra el Bien, como dice el Salmo: “convenerunt in unum adversus Dominum et adversus Christum eius” (Sl. 2, 2).
El P. Sebastiano Tromp, un teólogo jesuita que colaboró en la redacción de la Encíclica Mystici Corporis de Pío XII y que en el Concilio Vaticano II fue consultor del Cardenal Ottaviani, dedica un apéndice de su tratado Corpus Christi quod est ecclesia al De corpore diaboli,
mostrando, fundamentándose en citas de las Escrituras y patrísticas,
que la ciudad de Satanás forma una especie de cuerpo místico del
demonio.
San Gregorio Magno, en su libro Moralium habla con frecuencia del corpus diabuli, constituido por el diablo y sus secuaces. “Como los santos son miembros de Cristo, así los impíos sin fe son miembros del diablo”; “El diablo es el padre de todos los inicuos y todos los impíos son los miembros de este jefe”.
La Civitas diabuli no es únicamente un conjunto de errores o de perversiones morales, sino que tiene una estructura organizada. Tiene
sus dogmas, ritos, jerarquías, porque constituye una falsificación de
la verdadera Iglesia. Es una contra-Iglesia, que el Apocalipsis define
como “sinagoga de Satanás” (Apoc. 2,
9; 3, 9). Tertuliano describe los rituales que eran utilizados en el
siglo II, revelando que ya en aquella época existía una parodia
diabólica de los misterios cristianos. San Irineo habla de los Cainitas
que exaltaban como liberadores a los grandes rebeldes contra Dios: Caín,
Esaú, Judas. Los siete gnósticos medievales, al igual que los cátaros,
consideraban a Caín, a los constructores de la torre de Babel y a los
habitantes de la ciudad de Sodoma como sus precursores. La masonería,
que hereda la fe y las costumbres del gnosticismo, constituye el motor
de propulsión visible de la civitas diabuli después
del siglo XVIII. Ninguna otra secta recibió tantas condenas por parte
de la Iglesia en los últimos tres siglos y la Encíclica Humanum genus de León XIII constituye una suerte de compendio.
El Cuerpo Místico de Cristo y el Corpus diabuli son dos reinos que se oponen en la historia como la vida y la muerte,
el bien y el mal, la luz y las tinieblas: su finalidad es el de
aniquilarse uno al otro. La lucha entre los dos ejércitos es perpetua e
implacable y se resume en estas palabras: “Yo
a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi
Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.» (San Mateo, 16,18-19). Por una parte, la Iglesia, que es el Reino de Cristo, por otra parte un enemigo que es mencionado como “las puertas del infierno” y que en vano empeñará todos sus esfuerzos para prevalecer sobre la Iglesia.
El demonio y el infierno
Es
importante destacar que no se puede hablar del demonio sin hablar del
infierno. La tierra, el purgatorio, el paraíso son los lugares habitados
por las almas que forman la Civitas Dei. Pero también los miembros de la Civitas diabuli
habitan en lugares -la tierra y el infierno- porque para ellos no hay
purgatorio. El infierno, de acuerdo con la doctrina católica, designa no
solo el estado de los condenados, sino también el lugar donde son
eternamente castigados los ángeles rebeldes y los hombres que murieron
en pecado mortal.
¿Por qué los miembros de la Civitas diabuli
hablan frecuentemente del demonio, pero no hablan del infierno sino
para negarlo? Porque quien ama a una persona tiende a hablar siempre de
ella, bien o mal, y del demonio se puede hablar de forma seductora,
presentándolo como víctima, como ángel decaído que conserva una belleza
siniestra, allanando así el camino a su culto. Hablar del infierno
significa, en cambio, describir un lugar de eternos tormentos, en sí
mismo horrible y repugnante, significa evocar la justicia de un Dios que
juzga infaliblemente y condena de manera inapelable. Por ello los
operadores del mal ignoran el infierno y si hablan es solo para negarlo o
para afirmar que está vacío.
El P. Garrigou-Lagrange afirma que, al negar el infierno, la masonería da una prueba de su existencia. Los frutos, de hecho, revelan la existencia del árbol. Quien
odia a Dios no solo admite su existencia -pues si no la admitiera no lo
combatiría- sino que también prueba, con la misma perversidad satánica,
la existencia del infierno. ¿Qué otra cosa son las profanaciones de la
Eucaristía, las liturgias tenebrosas que culminan en la blasfemia contra
todo aquello que es divino sino manifestaciones de un odio que tiene su
origen en el infierno y en el demonio?
El pecado original
La
lucha de las dos ciudades se explica no solo con la actuación de
Satanás, sino también con el pecado original transmitido por Adán a sus
descendientes. El pecado es una enfermedad hereditaria. Todos, después
de Adán, nacen en pecado, en todo tiempo y en todo lugar. La humanidad
está por lo tanto enferma, pero no está muerta, porque el pecado inclina
la naturaleza del hombre hacia el mal, pero no la corrompe enteramente.
La naturaleza está enferma, pero el mal no constituye la esencia de la
naturaleza.
El
pecado original hirió el alma y el cuerpo del hombre, produciendo un
desorden moral que culminó en el pecado y en un desorden físico que
culminó en la muerte. La consecuencia más grave del pecado de Adán no
fue, sin embargo, la introducción de la muerte del cuerpo, sino la
introducción de la muerte en el alma, la ruptura de la sublime relación
que estrechaba a Dios con la criatura racional. Muerte, enfermedades,
sufrimientos, angustias, errores, dudas, conflictos: todo esto es debido
al pecado original. Escribe Donoso Cortés: “El
pecado cubrió el cielo de luto, el infierno de llamas y la tierra de
matorrales; llevó al mundo la enfermedad y la pestilencia, el hambre y
la muerte; cavó la tumba a las ciudades más ilustres y pobladas,
presidió las exequias de Babilonia, la ciudad de los suntuosos jardines,
y de Nínive, la soberbia, de Persepoli hija del sol, de Menfi de los
profundos misterios, de Sodoma la lasciva, de Atenas cuna del arte, de
Jerusalén la ingrata, de Roma la grande; Dios de hecho sí ha querido
estas cosas, las ha querido únicamente como castigo y remedio del
pecado. El pecado es responsable de los gemidos que salen del pecho de
los hombres y de las lágrimas que, gota a gota, brotan de los ojos de
los hombres. Pero el aspecto aún más grave del pecado, que ningún
intelecto puede concebir y ninguna palabra puede expresar, es que ello
ha podido arrancar lágrimas de los santísimos ojos del Hijo de Dios,
suave cordero que subió a la cruz cargado de los pecados del mundo”. En el Huerto de los Olivos “conoció
tristeza y turbación, y el horror del pecado era la causa de aquella
insólita turbación y de aquella inusual tristeza. Su frente sudó sangre,
y el espectro del pecado era la causa de aquel extraño sudor. Fue
clavado sobre una madera y fue el pecado el que lo crucificó, fue el
pecado el que le provocó la agonía, el pecado el que le provocó la
muerte”.
El mysterium iniquitatis no
tiene sin embargo su origen en el pecado de Adán y Eva sino en el de
Lucifer. La desobediencia de Adán y Eva sufrió de hecho la influencia de
Satanás, pero nadie influenció a Satanás, cuyo pecado no mereció el
perdón de Dios, a diferencia del de nuestros progenitores, porque fue
causa del mismo. Por ello, si Cristo, nuevo Adán, es el jefe de la
Ciudad de Dios, no es Adán sino Lucifer el jefe de la Civitas diabuli.
Revolución y Contra-Revolución
Si
San Agustín es el águila del pensamiento que, con inigualable
profundidad describe la antítesis entre las dos ciudades, nadie mejor
que Plinio Corrêa de Oliveira, en su obra Revolución y Contra-Revolución, describió la historia de la lucha entre la Civitas dei y Civitas diabuli en los últimos siglos.
Para el pensador brasileño existe un proceso revolucionario que tuvo su origen entre los siglos XIV y
XV cuando en Europa se produce un cambio profundo de los espíritus. La
filosofía del placer del humanismo generó la Revolución religiosa
protestante que, más allá de las aparentes divergencias, forma un solo
bloque coherente con la humanística. La Revolución Francesa recibió las
tendencias liberales e igualitarias del humanismo y del protestantismo,
llevándolas al plano político y social. La Revolución comunista extendió
al mundo y llevó a las últimas consecuencias el odio igualitario de la
Revolución francesa.
Una
nueva civilización planetaria habría de substituir a la Civilización
Cristiana. Durante la Revolución Francesa, el 17 de junio de 1790, un
revolucionario prusiano, Anacharsis Clootz (1755-1794), se presentó ante
la Asamblea como “el orador del género humano”,
a la cabeza de una delegación de personajes de diferentes lenguas y
nacionalidades, anunciando la construcción de una República universal
que abarcaría a todos los pueblos de la tierra. Otro protagonista de la
Revolución, el Abbé Henri Grégoire (1750-1831), exigió, en nombre de la
igualdad universal, la abolición de la “aristocracia de la piel”.
El 4 de junio de 1793 fue organizada una mascarada y desfiló hasta la
Convención una representación de hombres y mujeres negras, precedidas
por una bandera sobre la cual estaban pintados un mulato y un negro,
armados con una pica, que llevaban un gorro frigio, símbolo de la
Revolución. “Ciudadanos –anunció Grégoire, en medio del entusiasmo de los diputados de la Convención– existe aún una aristocracia: la de la piel. Ustedes la harán desaparecer”.
La
utopía del mestizaje viene por lo tanto de lejos y es la expresión del
panteismo igualitario de la Revolución francesa que pretendía destruir
toda desigualdad, no solo social, sino también de naturaleza, para
construir la contrafacción de la República cristiana medieval. Fue
solo después de la caída del Imperio hasburgo, en 1918, que la utopía
pareció realizarse, con el advenimiento, prácticamente contemporáneo, de
la dictadura del proletariado comunista, del Tercer Reich
nacional-socialista y de la Sociedad de las Naciones, después
transformada en la Organización de las Naciones Unidas. Todos estos proyectos, sin embargo, fracasaron estrepitosamente. El sueño de la construcción del “novus ordo saeculorum”,
que había abierto el siglo XX, fue substituido por un sueño de
destrucción de signo opuesto: el reino del Caos. El Nuevo Orden Mundial
es, en realidad, el caos mundial, que hoy tiene los colores del
Amazonas, el paraíso feliz en el cual los pueblos indígenas se
transmitieron la sabiduría del culto de la naturaleza y la Carta de la
Tierra substituye la Declaración de los derechos del hombre, ahora
superada por la fase tribal de la cuarta y de la quinta Revolución. El
Amazonas, de territorio físico surge como lugar teológico, objeto por
excelencia de la geolatría, el culto ofrecido a la Madre Tierra que
absorbe en su vientre a todas las criaturas inanimadas, vientre donde
todo coexiste y nada es, porque una vez anulada toda desigualdad la nada
se revela el último secreto del universo. La metafísica de la nada es
el corazón de la nueva religión.
Pero también este sueño nihilista viene de lejos. En
los últimos días en los cuales Clootz y Grégoire exponían sus propias
utopías, el Marqués de Sade (1740-1814), secretario de la tristemente
célebre sección jacobina de las Picas, revelaba el verdadero objetivo de
la Revolución en su planfeto Français, encore un effort si vous voulez être républicains (Franceses, un esfuerzo más si quieren ser republicanos) en el cual celebraba la apoteosis del delito y la disolución de todas las normas morales.
Antes
que Sade, teórico de esta metafísica de la disolución, fue el P.
Léger-Marie Deschamps (1716-1774), un monje benedictino ateo, quien
influenció secretamente a Diderot y a los enciclopedistas franceses. Sus
manuscritos fueron reencontrados casi un siglo después de su muerte y
publicados por primera vez en la Rusia bolchevique, en 1930. El
estudioso ruso Igor Safarevic y el académico polaco Bronislaw Baczko
colocaron en evidencia el significado de estos escritos que deificaban
el mal. Deschamps proclama la igualdad general en la cual el todo
coincide con la nada: “Todos los seres fluyen y confluyen uno en el otro y todos no son sino aspectos diversos de un único género universal”.
El panteísmo coincide con el nihilismo, porque todo es nada y todo debe
hacerse nada. La nada es la única antítesis rigurosa al ser. El
anticosmismo, que es la negación y la aniquilación de toda realidad, se
manifiesta a través de la disolución de toda ética, de todo derecho, de
toda sociedad, de toda familia, de toda propiedad.
Aplicando a nuestros días una célebre página de Mons. Jean-Jacques Gaume (1802-1879), podríamos decir “Si, arrancando la máscara a la Revolución, le preguntáramos: ¿Quién eres?,
ella os dirá: Yo no soy lo que se cree. Muchos hablan de mí y
poquísimos me conocen. Yo no soy ni la oligarquía financiera, ni el
mundialismo norteamericano, ni el Moloch
ruso, ni el dragón chino. No soy los inmigrantes islámicos que invaden
Europa para conquistarla, ni los sodomitas que se manifiestan contra la
familia para destruirla Yo no soy ni Marco Pannella ni Emma Bonino. No
soy Obama ni Soros. Estos hombres son mis hijos, no son yo. Estas cosas
son mis obras, no son yo. Estos hombres y estas cosas son hechos
pasajeros y yo soy un estado permanente.
“Yo soy el odio a todo orden religioso y social que el hombre no ha establecido y en el cual él no es rey y Dios conjuntamente. Yo soy la proclamación de los derechos del hombre contra los derechos de Dios. Yo soy la filosofía de la rebelión, la política de la rebelión, la religión de la rebelión: yo soy la negación armada (nihil armatum);
soy la fundación del estado religioso y social ¡según la voluntad del
hombre en lugar de la voluntad de Dios! En una palabra, soy la anarquía,
porque soy Dios destronado y el hombre en su lugar. Es por ello que me
llamo Revolución, es decir, derrocamiento”.
Nihil armatum:
esta definición recoge la esencia de la Revolución, que no es la nada,
porque si fuese la nada no existiría. Pero es una marcha organizada, una
marcha armada hacia la nada, bajo el poder de aquel poder de las
tinieblas del que muchas veces habla San Pablo en sus Epístolas. (Ef. 6 12; Col. 1, 13; Lc. 22, 53).
El suicidio de la Revolución
Al Señor, que de sí mismo dijo “Yo soy Aquel que es” (Éxodo, 3, 14), Satanás, jefe y alma de la Revolución, le grita: “Nada es fuera de mí y yo me odio porque soy”. El demonio querría precipitar la creación en la nada y precipitarse a sí mismo en la nada. El mysterium iniquitatis
es el misterio de la tensión del mal rumbo a la nada, sin poder
alcanzar esta meta. Si este suicidio total pudiese ser ejecutado, la
Revolución habría prevalecido sobre Dios,
una vez que el aniquilamiento -supremo acto de dominio- solo le es
posible a Dios, pero también porque el mal solo existe como privación
del bien y sin el bien no puede existir, como así también la enfermedad
no puede existir sin el cuerpo del enfermo al que agrede. La muerte
significa el fin no solo del enfermo sino también de la enfermedad que
agrede. La muerte significa el fin no solo del enfermo, sino también de
la enfermedad.
Es
la razón por la cual el itinerario de la Revolución hacia la nada no
puede alcanzar su finalidad, que es la destrucción radical y definitiva
de la Iglesia y de la Civilización Cristiana. Ese bien que queda y del
cual la Revolución tiene necesidad para sobrevivir es el germen de su
derrota. Observamos este principio en la historia, en la cual Dios
siempre se sirve de un pequeño resto íntegramente fiel para operar el
gran retorno de la verdad y del bien. Un eminente biblista, Mons. Salvatore Garofalo dedicó un profundo estudio a La noción profética del “Resto de Israel”, en el cual muestra como este concepto es una bisagra de la tradición profética. El principio se expresa en la fórmula residuum revertetur (un resto volverá).
De hecho, Dios quiere servirse de los débiles y de los pequeños delante
de los hombres para confundirlos y vencer a los poderosos.
La
marcha auto-destructiva de la Revolución está destinada hacerse añicos
contra un resto de verdad y de bien que constituye el principio y el
presupuesto de su derrota. Donde
hay una vela que arde, una luz brilla, más o menos intensamente, según
la llama de amor que la consuma. Este resto, aunque sea mínima la luz
que brilla en la noche, tiene en sí la fuerza irresistible del amanecer,
la fuerza del nuevo día de sol que comienza. La luz penetra, ilumina, calienta, vivifica, como el bien que por su naturaleza es comunicable, fecundo, difusivo. El mal, por su naturaleza, es estéril e infecundo. Este es el drama del mal: no es capaz de extinguir el último resto de bien que sobrevive. Aunque también el mal, ciertamente, se puede difundir. Su fuerza, sin embargo, no es intrínseca sino extrínseca. Se
difunde a través de las acciones de los malvados, hombres y demonios, y
se impone con la astucia y con la violencia, no con la fuerza pacífica y
conquistadora de la verdad y del bien. En este sentido es un “nihil armatum”.
Jesús dijo “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.” (Jn. 8, 12). El
demonio quiere apagar la luz del mundo, quiere sumergir al mundo en las
tinieblas, a imagen de su reino. Pero las tinieblas no tienen en sí
mismo la fuerza para derrotar total y definitivamente a la luz, porque
es de la luz que también ellas obtienen la propia existencia.
El
mundo infernal es el mundo del caos tenebroso, expresado por las
criaturas deformes esculpidas en el exterior de las catedrales
medievales y en las figuras grotescas de los cuadros de Hieronymus
Bosch.
La
imagen del Cielo no puede ser representada en una pintura. Tal vez solo
una catedral gótica o románica pueda dar un lejano reflejo. Y si una
catedral se incendia quiere decir que el infierno penetró en la misma,
porque el lenguaje de los símbolos tampoco pierde su fuerza expresiva en
el siglo XXI
La obra seductora del demonio
La
Revolución es satánica en su esencia, porque tiene como objetivo
deshacer la obra de la Creación y de la Redención para construir el
Reino social del demonio, un infierno en la tierra que prefigura el de
la eternidad, como así también el Reino social de Cristo prefigura el
Reino del Paraíso celestial.
Es
verdad de fe que los demonios existen, que combaten a los hombres, los
tientan y a veces los invaden. La principal actividad de Satanás es la
de la tentación. El demonio insinúa, instiga, induce a pecar. En
este sentido él es, al menos indirectamente, la causa de nuestros
pecados. El mismo Jesucristo tuvo la experiencia de esta acción del
tentador, que le dijo: “Haec tibi omnia dabo, si cadens adoraveris me”: “Yo te daré todo esto si postrándote me adoras” (Mt. 4,9)
El
Cuerpo Místico de Cristo se fundamenta en dos pilares: su estructura
visible, cuyo vértice es el Papa, Vicario de Cristo, y su estructura
invisible, compuesta por los santos, de quienes Nuestra Señora
representa el modelo y el resumen, al punto de poder ser definida
“Vicaria de Cristo”, en virtud de que se refiere a la autoridad no
visible, sino invisible, que ejerce sobre sus verdaderos devotos, como
corazón de la Iglesia.
La
principal obra del demonio es conquistar las cúpulas visibles o
invisibles del Cuerpo Místico de Cristo: las autoridades que gobiernan a
la Iglesia y los santos que profesan y viven la Verdad.
La
tentación para los hombres que representan a la Iglesia visible es el
poder. El demonio les sugiere no servir a la Iglesia sino a sus propias
ambiciones. Pero las almas que más preocupan al demonio son las llamadas
a la santidad. Satanás está sobretodo a la búsqueda de quienes, como
él, recibieron más gracias de Dios. La seducción consiste en convencer a
estas almas que el bien que hacen es fruto de su propio esfuerzo y de
su propio mérito, haciéndoles olvidar que todo aquello que de bueno
realizan es obra de Dios. A estas almas el tentador les ofrece la
autocomplacencia de los dones que recibieron para transformarlos de
humildes en orgullosos y si esto no es posible les ofrece entonces la
tentación de no tender al máximo bien, que es la perfección, sino
contentarse con el bien menor que, con frecuencia, es un mal,
substituyendo el camino pedregoso de la Cruz, por una espiritualidad
acomodaticia que renuncia al heroísmo.
Satanás
prefiere conquistar, en vez de a laicos, a hombres de la Iglesia,
aquellos que tienen la vocación más alta; perder a un alma pura y
generosa, perder a un santo, perder a un Obispo, perder a un Papa: esa
es la mayor conquista de Satanás. Para eso es necesaria la mayor
seducción posible, que consiste en no proponer a su víctima groseros
bienes materiales, sino bienes espirituales alternativos apelando al
deseo de absoluto del hombre. León XIII, como dejó testimonio en su Exorcismo, vio el trono de la abominación y de la impiedad, puesto incluso “ubi sedes beatissimi Petri et Cathedra veritatis ad lucem gentium constituta est”.
Las puertas del infierno y las puertas del Cielo
En el Apocalipsis San Juan habla del abismo del cual Satanás es el rey (Ap. 9, 11), porque posee las llaves (ib.9, 1); cuando abre las puertas para desencadenar sobre el mundo y sus satélites «subió del pozo una humareda como la de un horno grande, y el sol y el aire se oscurecieron con la humareda del pozo.» (ib. 9, 2).
Demonios
y vapores salen del infierno, se difunden en la tierra, penetran en el
interior del templo de Dios. La humareda de Satanás anestesia antes de
provocar la muerte. Pero las puertas del infierno no prevalecerán,
porque también se abren las puertas del Cielo y de ellas salen torrentes
de gracias que purifican el aire y despiertan a los durmientes,
dándoles la fuerza para combatir. La fuerza de la gracia nos llega a
través de los sacramentos, a través de la Santísima Virgen María, y a
través de las innumerables gracias que recibimos y a las que
correspondemos. A través de las puertas del Cielo, además, afluyen hoy
sobre la tierra legiones de ángeles en lucha con los demonios. Si es
verdad, como afirma Santo Tomas, que “todas las cosas físicas son gobernadas por los ángeles”,
ello significa que todo aquello que nos circunda, todo aquello que
sucede, es gobernado por los ángeles, presentes en cada instante y en
todo lugar, protagonistas del plan divino, guías en la lucha contra el
demonio, el mundo y la carne que llevamos a cabo todos los días.
Las
dos ciudades, compuestas por los Ángeles y por los hombres, siempre y
dondequiera están confundidas en la tierra y por ello su enfrentamiento
es continuo y universal. Entre ellas no hay compromiso posible.
Nosotros, hasta que la sangre no corre, creemos estar en paz. En realidad estamos en guerra. Los Ejercicios espirituales de San Ignacio recuerdan la actitud militante del
cristiano, llamado a escoger entre dos banderas, que no son otras que
las dos ciudades de las que habla San Agustín. San Ignacio y San Agustín
no hacen sino explicitar la máxima evangélica según la cual “nadie puede servir a dos señores o adherirá a uno o despreciará al otro porque adherirá al uno y odiará al otro” (Mt. 6, 24; Lc.16,
13). Nuestra vida es un momento de esta lucha, que es la historia de
una guerra sin cuartel entre los servidores del orden de Dios y los
secuaces del caos infernal. Por otra parte, escribe precisamente Santa
Ildegarda di Bingen, la racionalidad, que es la más alta prerrogativa de
las almas espirituales, “consiste
en la posibilidad de elegir entre dos partidos, tomando consigo aquello
que escoge y rechazando su opuesto, porque en una elección no se pueden
escoger juntas dos cosas discordantes”.
¿Reino del Anticristo o Reino de María?
Hoy
la victoria parece sonreír al demonio y podemos preguntarnos si nuestra
época coincide con la era del Anticristo, la suprema expresión del mal
en historia. Sin embargo, si así fuera, deberíamos concluir que estamos
en el fin del mundo y que hemos llegado habiendo conocido el reino
social del demonio, pero no el Reino social de Cristo. Los protestantes,
los modernistas y sus precursores y secuaces, aún admitiendo a Cristo,
niegan a la Iglesia o, no negándola, la consideran invisible, y por
tanto niegan su triunfo. Su concepción es la de una Ecclesia spiritualis o invisibilis,
reducida a una congregación de predestinados, a una asamblea de santos,
destinados a ser perseguidos, sin nunca ser victoriosos en la historia.
Ello deriva en una escatología catacumbalista y victimista, que rechaza
a la Iglesia constantiniana y al ideal del Reino social de Cristo. Hoy
muchos católicos hacen suya esta teología protestante y modernista. La
secularización es considerada irreversible y la Iglesia reducida a una
minoría de fieles que renuncia a conquistar el espacio público. De ahí
la tentación de creerse en el fin del mundo y de deponer las armas,
refugiándose en la espera. No se combate el mundo, porque no se cree en
el deber de “instaurare omnia in Christo”, de restaurar la Civilización Cristiana sobre las ruinas del mundo moderno, de acuerdo con el gran programa de San Pío X.
Dios
sin embargo no coloca en el corazón del hombre deseos irrealizables y
la aspiración de tantos católicos devotos al Reino social de Cristo está
destinada a realizarse en la historia antes que el fin de los tiempos.
Ello significa que no estamos viviendo los tiempos del Anticristo, sino
únicamente una época anticristiana, aquella de la cual San Juan dice: “Nunc Antichristi multi facti sunt” (1 Jn. 2,
18). La principal prueba de ello está en la batalla que conducimos
contra la Revolución para instaurar el Reino social de Jesús y de María,
que no será otro que el triunfo de la Santa Iglesia en la sociedad y en
los corazones. Combatimos porque Dios ha puesto en nuestros corazones
el amor por la lucha.
El objeto de nuestra esperanza
La nuestra no es una batalla sin esperanza. Quien no espera desiste de la lucha y quien continúa combatiendo lo hace porque está animado por la esperanza. La esperanza es la virtud que ilumina las tinieblas de la noche. En
la noche nosotros no vemos y el objeto de nuestra esperanza es
propiamente aquello que nuestros sentidos no ven, porque únicamente se
ejercita la esperanza cuando no se ve aquello que se espera. Por ello
ejercitamos la virtud de la esperanza solo en esta tierra: en el Cielo
poseeremos aquello que hoy esperamos. En este sentido, quien espera es
semejante a quien ya posee. Esperando, él ya posee en la tierra de
manera imperfecta aquello que un día poseerá de manera perfecta en la
eternidad.
El Concilio de Trento enseña que la esperanza es un deber del cristiano: “In Dei auxilio firmissimam spem collocare et reponere omnes debent.”
Porque, como dicen los teólogos, no se puede esperar sin fe, la mayor
virtud de la Iglesia militante es aquella suma de fe y de esperanza que
se llama confianza, la cual consiste en creer y esperar los bienes que a
nuestros sentidos aparecen más lejanos. San Pablo define la confianza
como “gloriam spei” (“la esperanza de la gloria”) (Hebr. 3, 6) y Santo Tomás de Aquino como “spes roborata ex aliqua opinione”, “la esperanza fortalecida por una sólida convicción”.
La
esperanza fortifica nuestras acciones y hace eficaces nuestras
oraciones. Es bello luchar en defensa de una Iglesia, de la cual está
velada la deslumbrante belleza, pero que amamos, porque creemos y
esperamos en ella. Si en el Cielo no habrá esperanza es porque ya se
tendrá la posesión del bien esperado, en el infierno se tendrá una
eterna desesperación, porque se sufrirá la ausencia del bien en el cual
no se ha creído y no se ha esperado. Y aquello en lo cual creemos y
esperamos no es otro sino Dios y todos los bienes que a Él nos acercan.
Por ello, con San Claudio de la Colombière, repetimos: “Os espero a Vos mismo de Vos mismo ¡oh Creador mío! Para el tiempo y para la eternidad.”
Todo
podemos perder excepto la confianza. Confiemos no únicamente en obtener
el premio de las buenas obras sino también, como dice San Agustín, en
la realización, con la ayuda de Dios, de dichas buenas obras. Confiemos
en luchar hasta la victoria porque la esperamos y porque el objeto de la
esperanza es el mismo Dios, que esperamos no solo poseerlo un día en el
Cielo, sino glorificarlo ya en la tierra combatiendo por el Reino
social de Jesús y de María, del cual Él nos hace esperar la realización.
El Señor enciende la esperanza en los corazones que esperan en Él y
quien espera lo hace porque ha recibido el don de la esperanza. Una
inmensa confianza, alimentada por la promesa de Fátima, anima nuestra
lucha en la batalla en la tierra de la cual el Cielo se complace.

