miércoles, 26 de junio de 2019

Sermón de Corpus Christi y artículo





Un precioso tesoro a conservar: sermón de Corpus Christi y artículo


Venga el sermón breve de este domingo de Corpus Christi y un excelente artículo de nuestro amigo, el periodista Agustín de Beitía, aparecido hoy en el diario La Prensa. Vale la pena.
Que no te la cuenten…
P. Javier Olivera Ravasi, SE

Un precioso tesoro a conservar
Por Agustín de Beitía
En la nochebuena de 1886, un joven Paul Claudel se acercó a la catedral de Notre Dame de París en busca de inspiración literaria. No era la religión lo que le interesaba. A los 18 años, influido por el clima de época, había perdido por completo la fe en la que se había criado. Comenzaba entonces a escribir y, como diría después, quien poseía un nombre en el arte, las ciencias o las letras, era no creyente.
Imbuido de esas ideas acudió a las Vísperas de Navidad. Había llegado atraído, según se dice, por la belleza de la Sagrada Liturgia, para tener algo sobre lo cual escribir. Y en medio de la ceremonia ocurrió lo inexplicable. «En un momento, mi corazón se sintió emocionado, y tuve fe. Tuve fe con tal intensidad de adhesión, con tal exaltación de todo mi ser, con una convicción tan poderosa, con tal seguridad, que no quedaba margen para ninguna especie de duda», contaría en su libro Mi conversión.
Es posible que haya pocos testimonios que vinculen más estrechamente la acción de la gracia divina con la Santa Misa. Como es probable también que el espíritu del joven escritor haya sido predispuesto de algún modo por la belleza y el esplendor de ese rito. De hecho, la antigua liturgia del rito romano, que se celebra en latín, nutrió espiritualmente a la Iglesia occidental durante más de un milenio, cautivando a numerosas personas, entre ellas no pocos escritores y artistas, e inspirando a todos los grandes compositores.
Los casos de J.R.R. Tolkien y Evelyn Waugh son bien conocidos. Hace pocos días, el blog Wanderer recordaba también una carta de Federico García Lorca a su familia, escrita desde New York en 1927, en la que el escritor granadino destacaba la «enorme poesía y belleza» de cualquier Misa celebrada en España, así como la «forma exquisita» del ceremonial.
No son ejemplos aislados. Hay una rica literatura sobre intelectuales atraídos por la Misa tradicional, que es la misa de nuestros padres y nuestros ancestros, también llamada Misa Tridentina o Misa de San Pío V, por ser este papa el que la promulgó en el año 1570. Pero es «la Misa de todas las épocas». Porque San Pío V introdujo sólo pequeñas modificaciones a un rito que ya estaba plenamente conformado en el siglo IV, con el papa San Dámaso (366-384), y que incluso tiene sus orígenes en las más remotas tradiciones apostólicas.
Esa Misa, que alimentó a los más destacados santos, suscitó la atracción también de los modernos conversos de la literatura que siguieron al cardenal Newman. «Muchas de estas figuras estaban vivas cuando tuvo lugar la reforma litúrgica (hace 50 años) y mostraron su desagrado con ella: no sólo Evelyn Waugh sino también Graham Green, el poeta y artista David Jones y muchos más», recuerda a este diario el académico británico Joseph Shaw, presidente de la Latin Mass Society.
La misma fascinación de los conversos podría experimentar hoy cualquier persona que haya crecido frecuentando la Misa posconciliar y asista por primera vez a la liturgia antigua. Con un mínimo de sensibilidad sentirá el mismo tipo de deslumbramiento de quien se asoma a un mundo nuevo, junto a la felicidad de quien regresa al propio hogar. Como en la figura del navegante de Chesterton, que al final de su periplo cree haber llegado a una isla maravillosa para darse cuenta de que es el mismo lugar del que partió.
Aquella «poesía y belleza» tan estimada por Lorca es difícil de precisar. Pero seguramente a ella contribuyen la rica ornamentación del celebrante y del altar, la gravedad de los desplazamientos, así como la solemnidad del rito, la profundidad de los momentos de adoración y, sin dudas, la música sacra, con el canto gregoriano y los coros polifónicos.
No es extraño que un hedonista y disoluto como Oscar Wilde -de quien se afirma que se convirtió al final de su vida- aludiera a la sublimidad de la ceremonia. Wilde lo dejó asentado en una preciosa página en El retrato de Dorian Gray que evoca con gran fuerza descriptiva el impacto estético que le causó a su protagonista, y se presume que a él mismo.
«Ciertamente -dice ese fragmento- el ritual romano siempre le había atraído mucho. El sacrificio diario de la Misa, más terriblemente real que todos los sacrificios del mundo antiguo, le conmovía tanto por su supremo desprecio del testimonio de los sentidos como por la primitiva simplicidad de sus elementos y el eterno patetismo de la tragedia humana que trataba de simbolizar. Le gustaba arrodillarse sobre el frío mármol, y contemplar al sacerdote, con su tiesa casulla floreada, apartar lentamente con sus manos marfileñas el velo del tabernáculo, y alzar la custodia con la pálida hostia que, a veces, a uno le gustaría creer, es en realidad el «panis caelestis», el alimento de los ángeles; o revestido con los atributos de la Pasión de Cristo, partir la sagrada forma dentro del cáliz y golpearse el pecho para pedir la remisión de todos los pecados. Los humeantes incensarios, que los serios monaguillos, con sus encajes y sotanas rojo escarlata, lanzaban al aire como grandes flores doradas, ejercían en Dorian Gray una sutil fascinación».
No por nada a esta liturgia se la ha comparado con una inmersión en una obra de arte sacro. La belleza, se sabe, tiene por objeto elevar el espíritu. Peter Kwasniewski, un teólogo estadounidense especialista en liturgia, ha escrito en abundancia sobre ello. El profesor, que fue contactado también para esta nota y de quien acaba de traducirse al español su primer libro sobre el tema, Resurgimiento en medio de la crisis. Sagrada Liturgia, Misa tradicional y renovación en la Iglesia, recuerda que la belleza apunta hacia más allá de si misma, nos apela y nos atrae. Y en definitiva la considera como el primer, último y más efectivo mensajero de Dios.
Porque la belleza en la liturgia conduce a contemplar el misterio. Kwasniewski dirá, con una hermosa frase, que la liturgia vierte un «argumento» directamente en nuestras almas. Y es verdad. Lo primero que se aprecia en la liturgia romana antigua es el sentido de lo sagrado. Algo evidente desde el momento mismo en que el sacerdote se arrodilla para rezar las oraciones al pie del altar y el Confiteor, y se reconoce indigno de entrar en el Santo de los Santos. Un sentido de lo sagrado que se prolonga al verlo celebrar luego la Misa con esa misma orientación hacia el altar, o ad orientem, elemento éste que resalta el carácter sacrificial de la Misa y teocéntrico.
Todo cobra sentido. Desde el sacerdote que realiza él mismo las tareas que le son propias, como las lecturas o la comunión, hasta las frecuentes reverencias de los fieles. Desde el espíritu de recogimiento que envuelve a todos, hasta el uso del latín, lengua que garantiza la pureza doctrinal y la universalidad de la Iglesia.
Hay todavía un impacto intelectual asombroso al descubrir oraciones que hoy fueron recortadas o son desconocidas fuera de este ámbito. De ellas se ha dicho con justicia que fueron desarrolladas a lo largo de la historia para instruir a los fieles, aumentar su fe e inflamar su devoción. Abrir los ojos a esas palabras cargadas de sentido es también un tesoro invaluable.
REFORMA
Parece mentira que la Misa de San Pio V haya sido reemplazada después del Concilio Vaticano II. Pero así sucedió bajo el pontificado de Pablo VI. Desde 1965 y durante cuatro años, una cascada de decretos empezó a modificar la liturgia. Se abandonó el latín. Se cambió la orientación de los altares y el sacerdote ya no se volvió más hacia Dios para ofrecerle el divino sacrificio en nombre de los fieles sino hacia el pueblo. Se eliminaron las oraciones al pie del altar. Se difundió la comunión en la mano (ahora de pie y distribuida por laicos). Se suprimió la oración colecta… El 30 de noviembre de 1969, hace hoy casi cincuenta años, Pablo VI promulgó el llamado «Novus Ordo Missae», que es la liturgia que hoy conocemos, incorporando todos esos cambios.
La puesta en marcha de la reforma fue un giro copernicano para los fieles. También se prestó a deformaciones que no harían más que agravarse. Se eliminaron las balaustradas que delimitaban el presbiterio. Se removieron muchos tabernáculos del lugar central y en su lugar se colocó el asiento del sacerdote. Los jeans asomaron bajo las vestimentas litúrgicas, que se exigían fueran pobres. Se abolió la costumbre de santiguarse con agua bendita, el incienso, los reclinatorios, cirios y confesionarios. La iconoclastia llevó a cierto clero a dejar las iglesias «tan despojadas y sin adornos como un garaje», según la feliz expresión que usa Vitorio Messori en el prólogo del libro del teólogo Nicola Bux Cómo ir a Misa y no perder la fe.
«On nous change la réligion», lema surgido de Francia, fue el grito de los disconformes, que aún denuncian -y con razón- por la protestantización del nuevo rito introducido en la Iglesia, con un marcado giro antropocéntrico y más parecido a un banquete que al sacrificio incruento de Nuestro Señor. La crítica no es antojadiza. Pablo VI encomendó la reforma a una comisión integrada por seis asesores protestantes para favorecer el ecumenismo.
El disgusto generalizado confirmó la impresión de que el cambio había sido impuesto por las jerarquías, no reclamado por los fieles.
RESISTENCIA
Hasta escritores no católicos se movilizaron en un intento extremo de salvar lo que consideraron un «patrimonio de la cultura universal». Fue en una petición pública firmada por cincuenta de las más prominentes figuras culturales del momento, entre ellos artistas, músicos y escritores como Agatha Christie, Colin Davis, Iris Murdoch y Nancy Mitford.
«No estamos, en este momento, considerando la experiencia religiosa o espiritual de millones de individuos», escribieron. «El rito en cuestión, en su magnífico texto en latín, ha inspirado también una multitud de logros invaluables en las artes: no solo obras místicas, sino trabajos de poetas, filósofos, músicos, arquitectos, pintores y escultores de todos los países y épocas».
Muchos fueron los intelectuales que se alzaron contra la reforma. Tolkien nunca aceptó la introducción de la lengua vernácula y, para vergüenza de su nieto, siguió respondiendo en latín. Waugh escribió una carta en 1966 a Lady Diana Mosley en la que se quejaba. «La Pascua significaba mucho para mí…antes de que el Papa Juan y su Concilio destruyeran la belleza de la liturgia. Todavía no me rocié con nafta para prenderme fuego, pero ahora me aferro obstinadamente a la Fe, sin alegría. Ir a la Iglesia es un mero deber. No viviré para verla restaurada…». Waugh moriría diez días después.
Joseph Shaw enumera otros autores disconformes: la novelista Alice Thomas Ellis, con su colección de ensayos titulada Serpent on a Rock; la nuera de Malcolm Muggeridge, Anne Roche Muggeridge, con su libro Revolution in the City of God; o el filósofo alemán Dietrich von Hildebrand, que escribió trabajos particularmente importantes sobre el tema, en especial Trojan Horse in the City of God y Devastated Vineyard.
Hoy está claro que la Misa de San Pío V tiene un valor indiscutido como catequesis. El papa Benedicto XVI afirmó que «la Sagrada Liturgia celebrada según el uso romano no sólo enriqueció la fe y la piedad sino la cultura de muchas poblaciones». Así lo expresó en el motu proprio Summorum Pontificum con el que aclaró que este rito nunca había sido abrogado, como llegó a creerse, y con el que liberalizó su uso como «forma extraordinaria del rito romano».
El mismo papa alemán es el que reconoce que actualmente hay «deformaciones de la liturgia hasta el límite de lo soportable». Y con el tiempo ha advertido que el punto central de las mismas es el asunto de la sumisión. Más aún, en el volumen litúrgico de sus obras completas llega a decir que la causa más profunda de la actual crisis de la Iglesia sería el oscurecimiento de Dios en la liturgia. Bajo esta perspectiva, la importancia de recuperar la liturgia romana en el «usus antiquor» se acrecienta. La llamada «Misa de todas las épocas» sobrevivió hasta hoy pese a todos los esfuerzos por ocultarla y relegarla. Considerada como «un tesoro precioso que hay que conservar», y como una de las riquezas del patrimonio litúrgico de la Iglesia, está allí para ser descubierta. Esperando para ayudar a revitalizar la fe de todos y favorecer la esperada renovación de la Iglesia.
Por Agustín de Beitía