LA LUCHA EN EL CONTINENTE
Lejos de lo que durante mucho tiempo se creyó, la guerra del
Atlántico Sur no se circunscribió solamente a los archipiélagos australes sino
que también involucró importantes áreas del continente e incluso, regiones
mucho más distantes, como veremos más adelante.
Aquel agitado 1 de mayo de 1982, los británicos intentaron
una de sus primeras incursiones en el sur argentino.
Recordará el lector que al referirnos al “Yehuin” dijimos
que una noche de fines de abril, durante una de sus misiones de apoyo en el
litoral patagónico, el radar de a bordo captó señales de lo que parecía ser un
submarino no identificado navegando en las proximidades. Días después, el
comando del TOAS recibió información de que en horas de la noche alguien emitía
señales lumínicas desde la bahía de San Sebastián, al norte de Tierra del
Fuego, en dirección al mar. Lo sugestivo es que cerca de allí, se encontraba
la Estancia Cullen,
establecimiento rural en el que tenía asiento personal del consulado inglés y
eso dio pie a las primeras sospechas. Fue uno de los primeros indicios de que
los británicos intentaban infiltrar tropas en territorio argentino para llevar
a cabo acciones de ataque y sabotaje contra las bases aéreas del continente.
Ese día fueron detectados dos submarinos ingleses navegando
en el Golfo San Jorge, cerca de Caleta Olivia, hecho que llevó al alto mando
argentino a lanzar el alerta a toda la región. La novedad no hizo más que
confirmar la información suministrada dos días antes por las autoridades del
TOAS en el sentido que comandos británicos habían desembarcado en la costa
patagónica, en un punto ubicado al sur de Caleta Olivia, entre esa localidad y
Puerto Deseado y que se habían refugiado en una estancia de la región. El parte
fue registrado en el Diario de Guerra del Liceo Militar “General Roca” de
Comodoro Rivadavia, el 1 de mayo a las 10.30 horas y puso en estado en prevención
a las guarniciones del sur.
Casi un mes después, el 29 de mayo a las 20.15 hs, el
director del mencionado establecimiento, teniente coronel Miguel Ángel Clodoveo
Arévalo, recibió un llamado urgente según el cual, tropas de
elite enemigas habían desembarcado en un punto no determinado, al sur del Golfo
San Jorge y estaban dispuestas a llevar a cabo acciones.
En el liceo, se hallaban detenidos varios de los efectivos
británicos que se habían rendido a las tropas argentinas el 2 de abril y por
esa razón se extremaban las medidas de seguridad. Se trataba de Jeffrey William
Warnes, de 37 años de edad; Stephen Charles York de 27, Richard Overall de 22
James William McKay de 21, Gary Moore de 19, Martin Thomas Smith y Stephen
Dale, quienes arribaron el 5 de abril a bordo de un Hércules C-130,
vigilados por un pelotón al mando del capitán Luis Bruno, jefe de la Compañía de Reserva del
Liceo.
La llegada de los prisioneros fue supervisada por el
teniente coronel Arévalo, quien dispuso su alojamiento en la Sala de Armas de una de las
compañías de cadetes, único sitio con rejas del establecimiento disponible en
ese momento.
Para entonces se especulaba con que comandos británicos
intentarían rescatar a sus compatriotas y por esa razón se ordenó tener lista a
la guarnición para entrar en combate, reforzándose las guardias y licenciando a
los jóvenes cadetes de entre 12 y 17 años que estudiaban allí, además de
alistar dos helicópteros para salir en busca de posibles incursores.
Los soldados Eduardo Taboada, Marcos Medina, Edgardo
Blaguerman, Enrique Pirani, Luis Daniel García, Oscar Steinbach, Fernando Luis
Sieyra, Darío Filazzolau y Claudio Tantignone eran nueve de los efectivos que,
al mando del capitán Héctor Marengo, se hallaban de guardia el día en que se
propagó el alerta en el liceo. Blaguerman y Tantignone hablaban inglés y por
esa razón fueron escogidos para custodiar a los prisioneros y hacer las veces
de intérpretes.
El primero llegó a trabar amistad con ellos, tanta, que una
noche en que un apagón sumió en tinieblas el lugar, los ingleses, presas del
temor, recurrieron a él llamándolo a gritos.
Durante su cautiverio, el de mayor edad, Warnes, le contó
varias cosas sobre su persona, entre ellas, que era casado, que tenía dos hijos
y que había combatido en Indonesia.
A los ingleses detenidos se los trató de acuerdo a la Convención de Ginebra.
Se les permitía hacer gimnasia en una habitación contigua a la sala de armas
custodiados por hombres fuertemente armados y se les proveyó todo lo necesario
para sus necesidades básicas. Ellos, por su parte, hablaban poco, obedecían las
indicaciones y mantenían en todo momento una actitud muy profesional.
Para entonces, las versiones sobre una misión de tipo
comando por parte de las fuerzas especiales del Reino Unido comenzaban a tomar
cuerpo.
Una noche, a poco del arribo de los prisioneros, se produjo
un fuerte tiroteo entre las tropas que defendían el liceo y fuerzas no
identificadas que se desplazaban por los alrededores, lo que hizo suponer a las
autoridades que se trataba de efectivos de elite enemigos que intentaban
acercarse a la unidad.
El 17 de abril, los prisioneros fueron deportados a
Montevideo y desde allí, devueltos a Gran Bretaña. Su partida no devolvió la
calma al cuartel sino todo lo contrario ya que la presencia de fuerzas
especiales desembarcadas en el continente cobró más fuerza que nunca cuando se
supo que el alto mando británico organizaba ataques a las bases aéreas en
territorio argentino, a efectos de contrarrestar la amenaza que implicaban para
la Fuerza de
Tareas los Super Etendard y A4 allí desplegados.
Se
tenían indicios de que el gobierno británico era
presionado por el Parlamento para apurar las acciones contra las bases
continentales, en especial aquella desde la que operaban los cazas de
origen francés armados con misiles Exocet, ya que veintiún diputados
conservadores de la Cámara de los Comunes
habían presentado una propuesta urgiendo a la primera ministra y su gabinete “…a no debilitar la presión militar en el
Atlántico Sur con el fin de eliminar la capacidad de las fuerzas argentinas que
podrían provocar pérdidas inaceptables a la flota británica”1.
Una vez en alerta las unidades militares del litoral patagónico,
se emitieron circulares a los oficiales de enlace de las policías provinciales
de Santa Cruz y Chubut, advirtiéndoles estar prevenidos y efectuar
patrullas a lo largo de la Ruta Nacional
Nº 3 para detectar cualquier movimiento o indicio de presencia foránea y
detener a toda persona extraña, sobre todo, si hablaba inglés o con marcado
acento anglosajón. Esas personas debían ser remitidas inmediatamente al
Destacamento de Inteligencia 182 de Neuquén y se ordenaba la más absoluta
reserva al respecto.
El
29 de abril, habiendo cundido el alerta de posibles desembarcos al sur
de Caleta Olivia, fueron alistados dos helicópteros Bell UH-1H
del Batallón de Aviación de Combate 601, el matrícula AE-419, al mando
del jefe
del Liceo, teniente coronel Arévalo y el AE-414 al del capitán Marengo,
que a
poco de ser abordados por efectivos de la unidad, partieron en aquella
dirección.
Debían efectuar una misión de búsqueda y ataque previo
reabastecimiento en la cercana brigada aérea y a las 21.00 horas
iniciar un movimiento de aproximación helitransportada al tiempo que tropas
de la Compañía
de Ingenieros 3 marchaban por tierra.
El AE-419, piloteado por el teniente Marcos Antonio Fassio,
llevaba al sargento primero Pedro Andrés Campos como copiloto y al sargento
Néstor Daniel Barros como ametralladorista. Había partido en primer lugar,
seguido quince minutos después por el AE-414 del capitán Marengo, en el que
viajaba Marcos Medina, uno de los soldados que tuvo a su cargo la custodia de
los prisioneros ingleses. Según sus palabras, a poco de llegar, saltaron a
tierra y se desplazaron hacia la costa, avanzando agazapados, con sus armas sin
los seguros, listos para disparar si la ocasión se presentaba. Una vez frente a
la playa, el capitán Marengo ordenó cuerpo a tierra y allí esperaron mientras
la gente del primer helicóptero montaba un puesto de guardia.
Permanecieron en el lugar cerca de media hora hasta que el
jefe de la sección mandó incorporarse y marchar hasta la cercana comisaría de
Caleta Olivia, que se hallaba ubicada cerca de la playa, donde llegaron al cabo
de veinte minutos.
A las 2 de la madrugada del 30 de abril,los soldados que se
encontraban descansando en el destacamento policial, recibieron la orden de
prepararse para reemplazar a los efectivos del primer helicóptero que en esos
momentos montaban guardia en la costa. Así lo hicieron y hacia allí se
dirigieron, siempre a pie, en medio de la noche.
La vigilancia en aquel punto se prolongó hasta las seis y
media de la mañana cuando, a falta de novedades, se dispuso levantar el puesto y
dirigirse hacia los helicópteros que aguardaban posados a 5 kilómetros de allí.
Ni bien Medina y sus compañeros aterrizaron, el AE-419
del teniente coronel Arévalo acababa de partir.
Salieron con rumbo sur, en un día brumoso, y volaron sin
contacto de radio durante varios minutos hacia una estancia llamada “La Floradora”, donde se
suponía que los comandos británicos se habían ocultado.
Arribaron al lugar algo más tarde de lo planeado porque a
causa de la niebla, habían equivocado la ruta y así, después de aterrizar,
echaron pie a tierra y se desplegaron por el terreno, tomando posiciones cuerpo
a tierra con sus armas apuntando hacia el establecimiento rural.
Pasaron un buen rato en esa situación, atentos a cualquier
movimiento, observando los edificios que se recortaban a lo lejos mientras los
oficiales recorrían el perímetro con sus prismáticos. Todo era silencio y
quietud y a excepción de la hierba, apenas meneada por el viento, nada se movía.
Permanecieron cerca de cuatro horas en ese lugar inhóspito, sin noticias
del AE-419 que debió haberse posado en las cercanías antes que ellos y sin
rastros del enemigo. Por esa razón, pasado el mediodía el capitán Marengo
decidió regresar a la comisaría para informar los resultados de su misión.
La pregunta que todos se hacían era: ¿qué había sido de
Arévalo y sus hombres?
A las 12.15 de aquel misterioso 30 de abril, el helicóptero
AE-419 fue declarado en emergencia. Veinte minutos después un aparato de
similares características, perteneciente a la Prefectura Naval
de Caleta Olivia, informó haber encontrado los restos de una aeronave fuera de
la bahía, a unos 10
kilómetros al sur de la localidad, por lo que a las
13.20 se ordenó a las unidades militares efectuar rastrillaje
total utilizando para ello todos los medios disponibles.
Mientras se daba cuenta de la novedad y se organizaba la
búsqueda, el general Osvaldo García impartió directivas terminantes en el
sentido de no informar el hecho a nadie y mucho menos comunicar la desaparición
de los efectivos a sus familiares.
Fue un civil, vecino de las inmediaciones, quien encontró
los primeros indicios del desastre.
El poblador, que recorría la zona colaborando con las
autoridades, dio con un pedazo del tanque de combustible que acercó
inmediatamente a la comisaría de Caleta Olivia donde informó que había partes
del aparato esparcidas en un radio de 300 metros.
Al saber la novedad, el capitán Marengo ordenó a sus
soldados abordar el AE-414 y sin perder tiempo despegaron hacia el sur. Diez
kilómetros después dieron con el siniestro, notando a primera vista que de
acuerdo a la forma en que se encontraban diseminados los restos, la nave no se
había estrellado sino que había estallado en el aire.
Una vez en tierra, los hombres de Marengo se introdujeron en
el mar e intentaron alcanzar la ría donde yacían los cuerpos. Como no lo
lograron, regresaron en espera de la bajamar y una vez que ésta se
produjo, repitieron la operación.
Desplazándose lentamente, con el agua helada hasta la cintura, llegaron
hasta el lugar donde flotaban los cadáveres. Los primeros en hacerlo fueron Medina
y el soldado clase 62 Adrián García quienes, presa del asombro, notaron que los
mismos se hallaban sin ropa y completamente mutilados.
Los soldados extrajeron seis cadáveres y ya se disponían a
hacer lo mismo con el resto cuando una repentina orden de relevamiento los
obligó a suspender el operativo y embarcar en el helicóptero. Volaron de
regreso a la comisaría de Caleta Olivia y allí se alojaron por segunda vez,
para permanecer en la zona tres días más. Finalmente se les indicó regresar al
liceo y allí quedaron hasta el fin del conflicto, cumpliendo su servicio
militar.
Al
capitán Marengo le llamaron la atención varios detalles,
el primero, que los cuerpos de los tripulantes estuvieran mutilados y
completamente desnudos; que el fuselaje del helicóptero estuviese en la
ría,
recostado sobre la costa, su rotor a 300 metros
de distancia hacia la derecha y las
piezas restantes esparcidas por los alrededores de manera irregular.
Pero lo más extraño resultó ser la directiva de suspender la operación
de rescate y regresar a la
comisaría.
A las 10.30 horas del día siguiente (1 de mayo) alguien
anotó en el Diario de Guerra del liceo: “01
1030 May 82. Se detectó 2 (dos) submarinos en dirección a Caleta Olivia”.
Mientras eso ocurría, el alto mando argentino ordenaba el
repliegue del Regimiento de Tanques 8
a Comodoro Rivadavia y dejaba apostados en Caleta Olivia
al Regimiento de Infantería 1 “Patricios” (RI1 “Patricios”) y a la Compañía de Ingenieros 3
(CI3).
Perecieron ese día en el helicóptero siniestrado, el jefe
del Liceo Militar “General Roca”, teniente coronel Miguel Ángel Clodoveo
Arévalo, el teniente primero Roberto Remi Sosa, los soldados clase 61 Fernando
Luis Sieyra y Marcelo Gustavo Cini y los soldados clase 63 Jesús Marcial, Oscar
Millapi y Daniel Alberto Palavecino además de los tripulantes del helicóptero,
teniente primero Marcos Antonio Fassio, sargento primero Pedro Andrés Campos y
sargento Néstor Daniel Barros.
Los restos del AE-419 y sus tripulantes fueron retirados del
lugar del siniestro en el más absoluto secreto y conducidos hasta un sector
lindante a la Compañía
de Transporte del Liceo Militar donde se efectuaron las pericias del caso. Esas
pericias jamás se dieron a conocer y eso llevó a suponer que las fuerzas armadas
argentinas ocultaron algo, posiblemente, que el helicóptero había sido
derribado y que había tropas enemigas en territorio continental, versión que
parecen confirmar las afirmaciones de varios testigos, quaseguran haber visto
el agujero de un proyectil en la parte inferior del fuselaje.
Los efectivos muertos fueron velados a cajón cerrado y
condecorados post-mortem con la “Medalla de la Nación Argentina
al Muerto en Combate” pero ni Marengo ni sus hombres ni los tripulantes del
AE-414 son considerados combatientes por el Ejército, pese a que llevaron a cabo
una misión idéntica a la de sus compañeros caídos.
Una versión que ha venido circulando desde esos días, no
confirmada oficialmente, da cuenta de que un rápido operativo cerrojo de las
FFAA habría cercado a los incursores abatiendo a seis de ellos y capturando a
un número igual2.
A treinta y seis años de la guerra, todo parece indicar que
efectivamente, el helicóptero Bell UH-1H de la Aviación de Ejército fue
abatido por comandos británicos infiltrados el 29 de marzo, los mismos que
habrían desembarcado de los dos submarinos que se aproximaron sigilosamente a
la costa aquel día. Esos hombres se habrían refugiado en un punto cercano a
Caleta Olivia, al parecer la estancia “La Floradora”, propiedad de súbditos ingleses y su
objetivo era, probablemente, la base aérea de Comodoro Rivadavia, desde la que
operaban las escuadrillas de aviones Canberra que ya habían realizado
incursiones sobre las fuerzas navales enemigas en las islas Georgias y
llevarían a cabo otras a partir del recrudecimiento de las acciones. A punto de
ser descubiertos, el 30 de abril habrían derribado al AE-419 y en la mañana del
1 de mayo debieron reembarcar en los submarinos detectados en el Golfo San
Jorge.
Veinticinco años después, algunos de los soldados que
prestaron servicio en el Liceo Militar “General Roca” recordarían esos hechos,
relatando a la prensa sus pormenores así como también, detalles del cautiverio
de los soldados ingleses que se habían rendido entre el 2 y el 3 de abril en
las Malvinas.
Edgardo Blaguerman tenía claro todavía el momento en que
varios de ellos les regalaron sus pañuelos al momento de abandonar la unidad
militar y cuando Jeffrey Warner le obsequió su paquete de primeros auxilios,
“trofeo” que todavía conservaba un cuarto de siglo después. Escoltándolos hasta
el ómnibus que los llevaría hacia el aeropuerto, quedó retratado en una
fotografía publicada por un diario chubutense mientras llevaba en el bolsillo
derecho de su chaqueta los pasaportes de los prisioneros. Sin embargo, durante el
reportaje que se le hizo en esa oportunidad, cerró su comentario con una
versión que más parece fantasía que realidad.
Al parecer, durante una batalla cuerpo a cuerpo en el mes de
junio, un teniente primero de apellido Echeverría -luego retirado-, estuvo a
punto de ser abatido por un inglés que, inesperadamente, le perdonó la vida. “No lo hago –le habría dicho- porque Blaguerman y Bruno me trataron bien
en Comodoro Rivadavia”. De ser cierta la versión, el británico en cuestión
se debe haber pasado la campaña perdonándole la vida a los argentinos.
El 5 de mayo de 1982, aviones Grumman S-2E Tracker y helicópteros Sea King de la 2ª Escuadrilla Aeronaval llevaron a cabo el primer ataque desde el portaaviones “25 de Mayo”.
Mariano Sciarroni relata sus pormenores en Malvinas. Tras los submarinos ingleses,
explicando que en la madrugada del 3 de mayo, el sistema de vigilancia del
destructor “Santísima Trinidad” detectó señales electrónicas intermitentes que
se perdieron a poco de aparecer en sus pantallas.
A las 10.43 se obtuvo un nuevo contacto en cercanías isla
Rasa (48º 38’ S de latitud y 65º 36’ O de longitud), a escasas 25 millas del Grupo de
Tareas que, como el anterior, se desvaneció a los pocos minutos.
En vista de ello, el Comando Naval a bordo del portaaviones
decidió enviar uno de los dos Sea King de su dotación, el matrícula 2-H-234,
que a las 11.03 despegó de cubierta al mando del teniente de navío Osvaldo
Iglesias. Completaban su tripulación el teniente de navío Guillermo Iglesias en
calidad de co-piloto y los suboficiales Antonio Carbone, Raúl Llanos y Julio
Perea como navegantes y operadores de los sistemas de sonar y detección lejana.
El helicóptero decoló bajo un cielo cubierto, con fuertes precipitaciones
y tras un corto vuelo sobre un mar color plomo, llegó al lugar (11.20).
Posicionado a 13 metros del agua, la
tripulación hizo bajar el transductor del sonar para intentar ubicar al objeto
que ocasionaba los ecos y al no detectar nada, se desplazó unas 12 millas náuticas al
sudoeste, para repetir la operación.
Cuando el hidrófobo se perdió bajo las olas, el operador de
a bordo captó un rumor proveniente de un objeto metálico que se movía entre los
330º y el 030º, novedad que se informó al portaaviones de manera inmediata. A
los 110º volvieron a bajar el sonar y una vez más, ahora con mucha mayor claridad,
volvieron a sentir un nuevo rumor que desapareció inmediatamente después de
establecido el contacto. A las 12.56, encontrándose en el límite de su
autonomía, el Sea King notificó a la torre el hallazgo y emprendió el regreso.
Mucho mas al sur, a las 09.30, el vigía situado en la proa
del Neptune matrícula 2-P-111 que buscaba sobrevivientes del “General Belgrano”, descubrió lo que parecía ser un
submarino que se desplazaba semi-sumergido a 56º 00 S de latitud y 59º 30’
O de longitud. El avión
comunicó la novedad a tierra y solicitó instrucciones. Al tiempo que se
radiaba la noticia a las embarcaciones que operaban en el área, se le
ordenó dar caza al sumergible, tarea que le
insumió cerca de dos horas hasta que una contraorden lo obligó a
suspender la
misión y continuar con la búsqueda de los náufragos.
En esos momentos, el submarino nuclear HMS “Splendid” (S106)
buscaba al “25 de Mayo” con intenciones de hundirlo y de esa manera, dar el
golpe mortal a la flota argentina que aún representaba una seria amenaza para la Task Force.
El submarino británico era un arma formidable que, al
comando del capitán de fragata Roger Lane-Nott, desplazaba sumergido 4900
toneladas y podía alcanzar hasta 30 nudos de velocidad.
De acuerdo al relato de Sciaroni, disponía de cinco tubos de
lanzamiento en proa y se hallaba en misión de patrulla en Atlántico Norte
cuando al estallar el conflicto le fue ordenado regresar Faslane a fin de
avituallarse y ponerse en condiciones para una prolongada campaña en alta mar.
La unidad partió del sudoeste de Escocia el 1 de abril y
llegó a la zona asignada (noroeste de Malvinas), dos semanas después. Desde
ese punto llevó a cabo diversas misiones de reconocimiento sobre el litoral
argentino entre Río Gallegos, Comodoro Rivadavia y las bocas del Río de la Plata y el 21 de abril
recibió instrucciones de dirigirse a Punta Delgada, al sudeste de la Península de Valdés (480 millas al noroeste
de Malvinas), donde la Central
de Inteligencia británica había ubicado al “25 de Mayo” navegando a velocidad
de crucero. Una vez allí debía aguardar y proceder a hundirlo en caso de
comenzar las hostilidades.
El submarino localizó al portaaviones dos días después, cuando
se desplazaba sobre las aguas poco profundas del litoral, donde le resultaba
imposible operar, razón por la cual se le ordenó dirigirse hacia el sur y
buscar al resto de la flota.
El día 26 detectó al “Hércules” y al “Santísima Trinidad”
navegando a la altura de Comodoro Rivadavia, muy cerca de tres corbetas A69 y
de acuerdo a las instrucciones que había recibido, comenzó a seguir a la
formación hasta el día siguiente. Una nueva directriz lo obligó a poner proa
hacia el norte donde todo parecía indicar que el “25 de Mayo” navegaba en aguas
abiertas.
El capitán intentó explicar al Comando Naval que eso era
imposible porque el portaaviones debía estar cerca de sus escoltas pero su
superior, el vicealmirante Peter Herbert, le exigió en tono firme cumplir la
directiva.
El “Splendid” buscó al “25 de Mayo” hasta el día 29 de abril,
fecha en que se le mandó virar hacia el sur y buscar la
formación anterior, misión que no resultó difícil ya que en horas de la tarde,
sus pantallas detectaron a las unidades enemigas, incluyendo al recientemente incorporado el
ARA “Comodoro Py” (D-27).
El
submarino aminoró la marcha para emitir un mensaje y ese fue el momento
en que los buques argentinos aceleraron y desaparecieron en dirección
sudoeste. Poco después los equipos de a bordo captó un Sea King que
emitía señales con su radar y eso lo obligó a huir también e ellos.
El 1 de mayo la inteligencia
británica marcó al “Splendid” y a su gemelo “Spartan” la
nueva ubicación del “25 de Mayo”. Las dos naves se desplazaron hacia el punto
indicado pero al llegar no hallaron nada. Dos días después, el capitán
Lane-Nott fue advertido sobre la presencia de unidades de superficie argentinas
a solo 50 millas
náuticas al nornoreste de su posición y le mandaron atacarlas.
Toda esa información provenía de los satélites
norteamericanos SIGINT (Signal Intelligence) que habían reorientado sus antenas
hacia Buenos Aires y Puerto Belgrano, así como los Key Hole KH-11 Nº 3 y Nº 4 de
órbita baja, dotados con equipos de resolución diurna con óptica máxima de 10 cm y nocturna de 60 cm,
además de radares y censores
infrarrojos que permitían obtener la información en tiempo real. Puestos
en
órbita el 7 febrero 1980 y 3 septiembre 1981 respectivamente, sus
trayectorias normales fueron reprogramadas para que pasasen sobre el
Atlántico Sur dos
veces al día junto a otros tres satélites de inteligencia electrónica
cuya
triangulación facilitaba un inmejorable panorama de la zona.
Como bien explica Mariano Sciaroni, junto a ellos operaba un
KH-9 del programa Hexagon/Big Bird de reconocimiento fotográfico, lanzado especialmente
el 11 de mayo de 1982 a
bordo de un cohete Titán IIID, cuya misión era cubrir la guerra y ampliar el campo visual
del teatro de operaciones. Mientras tanto, la embajada de Estados Unidos en
Buenos Aires y la Fuerza
de Tareas descifraban las comunicaciones de la Armada Argentina
empleando la información suministrada por la empresa suiza Crypto AG,
fabricante de las cifradoras/descifradoras que aquella utilizaba, esto de
acuerdo a información extraoficial obtenida después del conflicto.
Ese mismo día, a las 07.35, la flota argentina ingresó en el
Golfo San Jorge y allí se mantuvo en espera de instrucciones.
Por entonces, se tenía la certeza en Buenos Aires de que
submarinos enemigos merodeaban sus aguas continentales, evidencia que parece
confirmar el diario de Guerra del Liceo Militar “General Roca” de Comodoro
Rivadavia, donde quedó asentado el avistaje de uno de ellos el 1 de mayo. Tres
días después, a las 08.00, el pesquero “Doña Mariela” detectó otro sumergible
desplazándose lentamente en superficie a los 45º 10’ S de latitud y 66º 00’ O de longitud. Al
parecer, percatado de su presencia, el intruso hizo inmersión de manera inmediata y
desapareció. Otros avistamientos en Punta Tombo y Playa Unión, provincia de
Chubut se sumaron a los anteriores, confirmando las sospechas.
Con la flota navegando en el Golfo San Jorge, el alto mando naval decidió lanzar un segundo avión para ubicar el submarino y destruirlo.
Convocados a la
Sala de Prevuelo del “25 de Mayo”, los pilotos de la Escuadrilla Aeronaval
Antisubmarina recibieron las
instrucciones pertinentes y a las 09.25, corrieron hacia el Grumman S-2E Tracker
matrícula 2-AS-24 que se hallaba en la pista para ocupar sus puestos y
esperar la orden de partida. El capitán de corbeta Héctor Skare lo hizo en el
asiento del piloto, el teniente de fragata Luis Sanguinetti en el del copiloto
y los suboficiales segundos Rodolfo Lencina y Jorge César Lencina, en los de
los operadores, en la parte posterior.
El almirante Allara observaba desde la torre de mando junto
al comandante del portaaviones, capitán de navío José Julio Sarcona y su
segundo, capitán de fragata Ricardo Aumann cuando los mecánicos dieron el visto bueno indicando que
todo estaba en orden.
Skare
y Sanguinetti clavaron la vista en el señalero de
cubierta y siguiendo sus indicaciones, dieron máxima potencia a sus
turbinas iniciando la corrida (09.35) hasta elevarse lentamente mientras
comenzaban a
sobrevolar el mar, dejando atrás la imponente mole del “25 y Mayo”.
Volaron cuatro horas sin dar con el objetivo por lo que, en
el límite de su autonomía (13.40 hora argentina), emprendieron
el regreso.
A las 16.16 despegó el Tracker 2-AS-26 del capitán de
corbeta Alberto Dabini. Su copiloto, el teniente de corbeta Juan Carlos Bazán,
el cabo principal Ernesto Paulinkas y el cabo primero Oscar Condorí completaban
la tripulación, la cual se mantuvo en vuelo hasta las 17.40 cuando después de
sobrevolar las posibles rutas del objeto, retornaron al portaaviones.
A las 23.40 partió el 2-AS-22 al mando del capitán de corbeta
Emilio Goitía, llevando al teniente de corbeta Horacio Núñez como copiloto, al
cabo primero Néstor Conde y al cabo segundo Juan Carreras como operadores. Su
vuelo duró algo más de dos horas y finalizó a las 01.18 del 4 de mayo, sin
ningún resultado.
Hubo
una accidentada misión nocturna a cargo del aparato
matrícula 2-AS-26 que después de su derrotero, debió dirigirse a Trelew
por experimentar fallas en uno de sus motores, reintegrándose al
portaviones a las 09.03 de día siguiente.
A las 00.23 del 4 de mayo se lanzó una nueva misión, esta
vez a cargo del Tracker 2-AS-22, piloteado por el teniente de navío Juan José
Membrana, con el teniente de fragata Gustavo Ottogalli como copiloto, el cabo
principal Ernesto Paulinkas como operador de medidas de apoyo electrónico y el
cabo primero Condorí a cargo de la pantalla radar. Debían sembrar una barrera
de trece sonoboyas en Golfo San Jorge, para que el equipo AQA-4 de a bordo, las
monitoreara de a una cada 15 minutos y así detectar posibles intrusos.
A las 02.40 el “Splendid” navegaba al ras del agua cuando su radar captó presencia enemiga al nor-noroeste de su posición. Esa señal se mantuvo hasta las 05.31 y fue aumentando considerablemente, obligando a su comandante a ordenar inmersión inmediata a plano profundo.
Al detectar el avión, el submarino seguía la derrota
del “25 de Mayo” hacia el norte, pegado a la costa del Golfo de San Jorge.
Como el eco desapareció inmediatamente después de la
inmersión, Lane-Nott dispuso el ascenso a superficie, para “tantear el
ambiente”. Lo hizo muy cautelosamente, comprobando con alivio que no había nada
y por con siguiente, podía seguir adelante con su misión.
A
las 06.47 el submarino ubicó al portaaviones desplazándose
junto a uno de sus escoltas y otras embarcaciones menores. Sin perder
tiempo,
se decidió atacarlo pero de manera repentina, los ecos desaparecieron y
no se volvieron a recuperar. Dos horas y treinta y cuatro minutos
después, el equipo de alerta de a bordo captó una nave de envergadura
desplazándose a 11 nudos en dirección al continente, novedad que llevó a
la tripulación a ocupar puestos de combate.
El comandante sacó el periscopio a la superficie y para su
desazón comprobó que la señal en cuestión correspondía al enorme carguero
“Formosa”, que navegaba hacia tierra firme con una bomba sin estallar en sus
bodegas, después del erróneo ataque de la Fuerza Aérea
Argentina.
Lane-Noot suspendió el ataque por entender que el objetivo
no revestía peligro y procedió a trazar un bosquejo de la embarcación, lo mismo el de un segundo transporte, con el que dio una hora después.
Mientras
tanto, en el "25 de Mayo" tenía lugar una febril actividad. A las 14.55
despegó nuevamente el 2-AS-22, piloteado en esta ocasión por el capitán
de corbeta Julio Covarrubias (subcomandante de la
escuadrilla), quien llevaba a bordo al teniente de fragata Daniel
Alberto
Marinsalta (copiloto), al suboficial segundo Hugo Vallejos y al cabo
primero
Raúl Cufré (operadores).
El avión decoló sin novedad y poco después identificó al
“Formosa” y a otras tres naves lejanas, ajenas al conflicto, sin lograr
contactos significativos. Por esa razón, a las 19.35 emprendió el regreso ignorando
que una hora y media antes, el “Splendid” lo había ubicado en su pantalla.
Durante todo ese día y parte del siguiente, el Grupo de Tareas 79.1, encabezado por el portaaviones “25 de Mayo”, navegó paralelamente a la costa patagónica, 70 millas al sudeste de Puerto Deseado, procurando dar con del atacado Aviso “Sobral” que en esos momentos se desplazaba lentamente hacia el litoral, con varios muertos y heridos a bordo además de importantes daños en su estructura.
El 5 de mayo el GT 79.1 hacía lo propio a la altura de Bahía
de los Huesos (provincia de Chubut) cuando recibió un pedido de auxilio en 500
kilociclos, proveniente de la mencionada embarcación. Se decidió de inmediato
el envío de una patrulla de búsqueda para dar con ella, catapultándose a las
07.05 al Tracker muleto 2-AS-23 al mando del teniente de navío Carlos Cal,
quien voló acompañado por el guardiamarina Gustavo Ferrari como copiloto, el suboficial
segundo Rodolfo Aníbal Lencina como navegante y el cabo segundo Enzo Panaritti,
como operador de sonar.
El avión iba armado con torpedos MK-44 SW de 196 kilogramos
de
peso y tenía como misión efectuar exploración y dar con el Aviso
“Sobral” que navegaba con rumbo desconocido en algún punto del Mar
Argentino.
A las 07.43 el piloto informó que tenía un contacto chico en
su pantalla, a 44º 20’
de latitud Sur y 64º 40’
de longitud Oeste y que se disponía a explorar. Tras efectuar un leve
viraje comenzó a volar hacia ese punto y en esas condiciones detectó a
lo lejos la estela de un periscopio
perteneciente a un submarino no identificado que navegaba a la altura de
Bahía
Camarones, en dirección norte, a 090º y 10 millas.
Decidido a no dejar escapar la presa, se preparó para atacarla,
convencido que se trataba de una nave enemiga.
Con los relojes de a bordo señalando las 07.46, el avión
alcanzó la posición y tras hacer las correspondientes evaluaciones, disparó un
torpedo y una sonoboya pasiva.
El aparato permaneció orbitando en el lugar hasta que, al
cabo de unos minutos, se le ordenó proseguir con la búsqueda del “Sobral”.
Cuando el teniente Cal informó sobre la presencia del
submarino, los pilotos de Sea King y Grumman S-2E Tracker fueron convocados en la Sala de Prevuelo del
portaaviones, para recibir las instrucciones de una nueva misión de ataque.
A
las 08.00 se dio por finalizada la reunión y a las 08.05
despegó el Sea King SH-3 matrícula 2-H-231, equipado con un sonar
ASQ-13. Lo tripulaban los tenientes de navío Osvaldo Iglesias (Tarzán) y
Guillermo Iglesias
(Oaki) como piloto y copiloto, el teniente de fragata Edgardo García
como
navegador y los suboficiales Martín Ramos y José Ponce, como operadores
de
sensores. Debían restablecer contacto con el submarino enemigo y, de ser
posible, atacarlo.
A las 08.47 despegó un segundo Sea King, matrícula 2-H-232 llevando
como piloto al comandante de la escuadrilla, capitán Norberto Barro (Rufo), y como copiloto al
teniente Antonio Urbano, para apoyar las acciones del 2-H-231.
Un minuto después fue catapultado el Grumman S-2E Tracker
matrícula 2-AS-24 al mando del teniente de navío Enrique Fortini, a quien
acompañaban su igual en el rango, Carlos Ferrer (Chingolo) como copiloto y los
suboficiales José Raimondo y Raúl Ignacio Cufre como operadores 3 y 4. Fortini,
había volado una misión de exploración antisuperficie en el Tracker 2-AS-26, la tarde el 2 de mayo, llevando en aquella oportunidad al teniente de navío
Rafael Sgueglia y los suboficiales Rodolfo Lencina y Ernesto Paulinkas, con
instrucciones de ubicar al grupo de portaaviones enemigo.
En pleno vuelo hacia el objetivo, el Sea King 2-H-231
efectuó táctica antisubmarina, acústica pasiva, arriando el sonar al cabo de
varios minutos de búsqueda en tanto el 2-H-232 se mantenía en apoyo, alistando
sus torpedos después de anunciar por radio que su sonar presentaba
inconvenientes.
Fue
entonces que el teniente Fortini sembró tres sonoboyas
en una trayectoria Alfa, a efectos de cubrir una amplia zona en torno a
su posición. Eso le permitió confirmar el rumor hidrofónico de hélices
que coincidía con
el contacto que tuvo a las 09.10 el teniente García con el 2-H-231, en
los 44º 27’ S de latitud y 64º 19’ O de longitud.
Fortini ordenó informar la novedad al portaviones y al resto
de la escuadrilla y guiado por los dos helicópteros, obtuvo otros ocho
contactos MAD (Anomalías Magnéticas), calificados como submarino navegando en
dirección sur/sudeste, Era la evidencia de que la unidad enemiga detectada en la
madrugaba, merodeaba todavía las inmediaciones.
A las 10.00, el sonar del Sea King 2-H-231 seguía
manteniendo el contacto, constatando que el objeto aumenta su velocidad y que,
efectivamente, se trataba de una unidad mecánica inteligente.
Fortini decidió atacar y para ello efectuó un pronunciado
viraje en busca del blanco, siempre guiado por el helicóptero. Durante el
trayecto, su copiloto procedió a programar el torpedo y minutos después anunció
que estaba listo para disparar.
El avión abrió su bodega de armamento y sobre los 44º 33’ S de latitud y 64º 16’ O de longitud, a solo a 20 millas del lugar en el
que se había producido el ataque anterior, lanzó el torpedo MK-44 SW MOD 1 para
iniciar una serie de órbitas que le permitieron seguir de cerca
el desenlace del ataque.
El proyectil cayó con su paracaídas de frenado desplegado y
se sumergió en las frías aguas del océano, iniciando su trayectoria hacia las
profundidades, después de activar su motor de 30 caballos de fuerza.
Con el objeto descendiendo en espiral a 7,7 metros por segundo,
los escuchas a bordo de las aeronaves seguían su evolución helicoidal, notando
claramente como su hélice aceleraba las revoluciones y se alejaba, señal evidente
de que había detectado el blanco. Sin embargo, no se produjo ninguna explosión
y los rumores hidrofónicos desaparecieron.
El submarino logró evadir el torpedo mientras descendía
presurosamente hacia el fondo del mar intentando posarse en su lecho.
Fortini hizo una barrida con el radar para ver si captaba
algo y pasadas las 11.00, cumpliendo la orden transmitida por el teniente de
fragata Guillermo Alfredo Frogone, controlador de a bordo en el portaaviones,
emprendió el regreso, seguido por los helicópteros.
A las 05.06 del 5 de mayo, el HMS “Splendid” se encontraba frente a Bahía de los Nodales, provincia de Santa Cruz, casi a la altura de río Deseado, siguiendo un rumor clasificado como S-36. El día anterior había navegado frente a Cabo Blanco, al sur del Golfo San Jorge, en procura de unidades de la flota argentina, cumpliendo órdenes del alto mando naval.
A las 08.38 el controlador de sonar detectó un rumor de
hélices y una hora después (09.36) obtuvo un nuevo contacto a 15.300 yardas al
nor-noroeste de su posición, verificando que se trataba de un objeto que navegaba
a 10 nudos con un curso de 140º al que, diecisiete minutos después, clasificó
como submarino. Sin embargo, el mismo desapareció inmediatamente, novedad que
el capitán Lane-Noot apuntó en su libro de bitácora señalando que posiblemente
se tratase del “Salta”. Por esa razón, mandó quitar los torpedos Mark-8 que
tenía en los tubos y los reemplazó por un Mark-24 para ataque submarino.
El 6 de mayo a las 07.05 decoló del “25 de Mayo” el Tracker matrícula 2-AS-24 al comando del capitán de corbeta Dabini, acompañado por el teniente de fragata Sanguinetti, el suboficial segundo Vallejo y cabo principal Raúl Cravero. Su misión consistía en sembrar una barrera de sonoboyas para tratar de ubicar el posible intruso que merodeaba desde el día anterior y monitorearlas hasta dar con él.
El aparato llegó a los 41º 53’ S de latitud y 63º 03’ O de longitud y a las
08.50, su pantalla captó una señal que perdió a solo dos millas de distancia.
El avión lanzó sobre el objeto una bomba de profundidad que se perdió en los abismos
marinos sin hacer impacto y regresó al portaaviones a las 09.30. El “25 de
Mayo” navegaba hacia Viedma sin sus escoltas ya que los mismos se habían
rezagado en el Golfo San Matías al cargar combustible.
En horas de la tarde, un Fokker F-27 de la Fuerza Aérea (el
aparato matricula TC-78), informó haber avistado un submarino que navegaba al
ras del agua a 40º 15 S de latitud y 60º 15 O de longitud, a 150 millas de Puerto
Belgrano.
El avión volaba bajo el indicativo “Titán”, al mando del
mayor Osvaldo Botto, con el capitán Julio Mirgone como copiloto, el capitán
Carlos Romeo Filippi como navegante, y los suboficiales José Altamiranda, Rubén
Seguí y Esteban Godoy completando la tripulación. Esa misma mañana, entre las
08.00 y las 12.50, había realizado patrullajes en apoyo de la Armada sin resultados, por
lo que agotado el combustible, emprendió el regreso a Viedma.
El Fokker volvió a despegar a las 14.00 y pasadas las 17.00
sobrevoló al submarino a 5000
pies de altura, cuando navegaba cerca de Bahía Blanca,
distinguiendo claramente parte de la torreta, el periscopio y la estela que iba
dejando en el agua.
Se supo después que era el “Salta” ganando mar abierto para dirigirse a Mar del Plata en cumplimiento de órdenes
superiores.
En vista de lo que había ocurrido, el Comando de la Fuerza de Submarinos le
indicó regresar a aguas seguras (al “Salta”) en tanto se decidía un nuevo
ataque a la unidad no identificada.
El submarino atacado por el Tracker de Dabini era el HMS
“Spartan” (S105), que operaba al mando del capitán de fragata James Taylor.
De acuerdo a Sciaroni, a fines de marzo la embarcación
operaba en el Mediterráneo y allí se encontraba cuando el 1 de abril recibió
instrucciones de dirigirse a Gibraltar para reabastecerse y partir de inmediato
hacia el sur. Así lo hizo y una vez en la base, se lo proveyó de torpedos
Tigerfish Mark-24 y Sperafish que le proporcionó el HMS “Oracle”.
Navegando a 23 nudos de velocidad, el “Spartan” llegó a
Puerto Argentino (14 de abril) ubicando inmediatamente al decomisado
“Forrest” y al “Isla de los Estados” sembrando minas en la entrada del
fondeadero. Dos días después se le ordenó desplazarse hacia el litoral
patagónico y el 1 de mayo inició la búsqueda del “25 de Mayo” junto al “Splendid”.
El 6 de ese mes se hallaba al sudeste de
Puerto Belgrano cuando fue visto por la aviación argentina.
Para entonces, ya había detectado la actividad aérea de los Tracker e incluso
de los Embraer 111 Bandeirantes de origen brasilero y sabía que debería tomar
todas las precauciones si no quería ser descubierto y atacado.
El 7 de mayo los británicos extendieron la zona de exclusión
marítima hasta las 12
millas náuticas del litoral patagónico-bonaerense
abarcando de ese modo, todo el Mar Argentino. Ese día, a las 16.00, partió
desde el “25 de Mayo”, con muy poca visibilidad y bajo plafond, el Tracker
matrícula 2-AS-26, tripulado por el teniente de navío Fortini y el teniente de
corbeta Rafael Cornejo Solá, piloto y copiloto respectivamente, quienes
llevaban al suboficial Jorge Lencina como operador de radar y al cabo primero
Néstor Conde como operador de medidas de apoyo.
Iban en busca submarinos, volando rasante hacia el este,
efectuando esporádicos ascensos para encender el radar y ver si
descubrían algo, pegándose nuevamente al agua después de tres o cuatro
barridas.
Recién a las 20.10 el operador descubrió un contacto a 42º 31’ S de latitud y 62º 05’ O de longitud pero el mismo
se perdió 11 millas
más adelante, sin volver a aparecer. Aún así, Cornejo Solá decidió atacar y
después de ordenar el alistamiento del armamento, soltó una bomba de
profundidad que estalló con fuerza al llegar al alcanzar el nivel programado.
Fortini y Cornejo se conocían desde los tiempos de la crisis
del Canal de Beagle, cuando volaron juntos esos mismos aviones esperando el
inicio de las hostilidades con Chile.
A las 09.31 del 8 de mayo, el capitán de corbeta Alberto
Dabini dejó la cubierta del “25 de Mayo” a bordo del Tracker 2-AS-24. Lo acompañaban
su copiloto, el teniente de fragata Sanguinetti, el operador de radar, cabo
principal Paulinkas y el operador de medidas de apoyo, cabo primero Cufre.
El aparato voló hacia los paralelos 39º S y 44º S y los
meridianos 59º O y 60º O, y regresó sin ninguna novedad. A las 17.18
hizo lo propio el 2-AS-26 del capitán de corbeta Emilio Goitía, que llevaba
como tripulantes al teniente de corbeta Tomás Pascual, el suboficial segundo
Vallejos y el cabo principal Cravero. Alas 19.15 obtuvieron un pequeño
contacto clasificado como posible submarino, pero se esfumó a los 42º 00’ S de latitud y 61º 11’ O de longitud.
El mismo no pudo ser retomado, por lo que en el límite de su
autonomía, el avión emprendió el regreso sin nada nuevo que reportar. En la
madrugada del día siguiente partió en la misma dirección el 2-AS-22, pero el
tiempo le impidió llegar al objetivo.
Algo que confunde a los investigadores es que además del
“Splendid” y el “Spartan”, hubo otros submarinos operando en la zona.
Como bien se sabe, las marinas de la Argentina y Gran Bretaña
notificaron a todas las naciones, en especial a las de la región y a aquellas
que tenían naves en el área, que adoptasen los recaudos necesarios y las
mantuvieran alejadas del teatro de operaciones con el fin de evitar incidentes.
Varios países alejaron sus flotas pesqueras así como sus buques de
transporte y tanto Brasil como Uruguay comunicaron que replegaban sus unidades
navales a aguas jurisdiccionales en tanto durase el conflicto.
Sciaroni menciona al submarino nuclear norteamericano USS
“Parche” atravesando en esos días el Cabo de Hornos en ruta al Mar de Barents,
proveniente de su base en el océano Pacifico.
También merodeaban submarinos soviéticos de la Patrulla de África
Occidental con base en Angola, así como aeronaves de exploración TU-95RTs de la
misma nacionalidad, pertenecientes al 392º Regimiento Aéreo Independiente de
Reconocimiento a Larga Distancia. Tenían su base en Luanda y sobrevolaron la flota
británica en varias oportunidades.
Aviones C-212 de la Fuerza Aérea Uruguaya avistaron un submarino en
sus aguas jurisdiccionales y según fuentes no oficiales, los sumergibles
australianos HMSA “Onslow” y HMSA “Ovens”, que operaban para Gran Bretaña en
las costas de Libia y China, también habrían estado en el Atlántico Sur durante
el conflicto.
Junto al “Conqueror”, el “Splendid” y el “Spartan” fueron
desplegados hacia Malvinas los submarinos nucleares HMS “Courageous” y HMS
“Valiant”. Junto a ellos llegaron los convencionales HMS “Onyx” y HMS “Otus”, de los que Sciaroni y
otras fuentes no dan plena seguridad de que hayan participado en las
operaciones. Por el contrario, numerosos trabajos e investigaciones británicas, así
como sitios en Internet, lo confirman aunque sin tomar parte en misiones de
envergadura.
En cuanto al “Onyx”, fue el submarino que detectó el
vicecomodoro Riccardini el 21 de mayo a las 11.16 (Boeing 707 matrícula TC-92, indicativo "Tronco"), cuando volaba a los 35º 23
S de latitud y 43º 44 O de longitud, a 1200 millas al sudeste
de Ezeiza3.
La nave británica había zarpado de Gosport, Inglaterra, la
mañana del 25 de abril, pero en horas de la tarde su comandante, el capitán de
corbeta Andrew Johnson, se vio forzado a regresar a Dolphin para dejar a un marinero
enfermo. Volvió a hacerse a la mar al día siguiente, 26 de abril, navegando en
superficie hasta la isla Ascensión, a la que llegó dos semanas después.
Tras efectuar una serie de reparaciones, se posicionó junto
al RFA “Tidespring” con el objeto de cargar combustible y finalizada la
operación embarcó una sección de 40 hombres del SAS y el SBS y a un grupo de
especialistas en guerra electrónica que debían operar en distintas unidades.
Durante el trayecto fue avistado por las patrullas aéreas de
exploración argentinas y a poco de su llegada, desembarcó a los comandos del
SAS/SBS, tanto en las islas como en el continente.
El 8 de mayo el “Onyx” se desplazaba en inmersión por el
Área María, al norte del archipiélago, entre la
Isla Gran Malvina y la Isla Soledad, cuando fue
detectado y atacado por el “San Luis”.
El
submarino argentino le disparó un torpedo MK-37 modelo 3
que el “Onyx” logró esquivar. Sin embargo, en el intento, sufrió averías
en la
quilla y la proa que le trabaron dos Mark 8 en el interior de sus tubos.
Mario
Sciaroni afirma que esos daños pudieron haberse producido el 30 de mayo,
en momentos en que el sumergible británico fue atacado por el “Hipólito
Bouchard” a la altura de
Río Grande pero el sonido de un estallido, claro y fuerte, que escuchó
la
tripulación del “San Luis” el día 8, es más que sugerente.
¿Cómo se hizo las averías el “Onyx”? ¿Fue al de encallar
cerca de la costa, después de desprender secciones del SAS y SBS tal como lo
declararon los británicos o el MK-37 del “San Luis” llegó a tocarlo? ¿Contra
que impactó el torpedo cuando estalló? ¿Fue contra él o contra alguna roca
submarina cercana?
Como se podrá observar, son muchos los interrogantes y
ninguna posibilidad se descarta, aunque la versión que más se ajusta a la
realidad es aquella que sostiene que los daños se produjeron durante las
maniobras de evasión, el 8 de mayo.
Ahora bien, ¿era el “Onyx el submarino atacado o fue el
“Splendid” que también sufrió averías durante la campaña?
Suposiciones y probabilidades a un lado, el submarino debió regresar
a Gran Bretaña donde recién entonces pudieron remover los torpedos atascados en
el interior de sus tubos.
El 9 de mayo por la mañana, el “25 de Mayo” navegaba junto a sus escoltas a la altura de Viedma, cuando recibió la orden de replegarse a Puerto Belgrano.
En cumplimiento de esa directiva, el portaaviones se dirigió
hacia el norte, desplazándose en forma paralela a la costa bonaerense y así
navegó hasta las 15.57, momento en el que avistó primero el canal de acceso y luego la gran rada.
A esa altura, mientras bordeaba la isla Bermejo, partieron de
su cubierta las escuadrillas de cazas A4Q y helicópteros Sea King para
aterrizar en la cercana Base Aeronaval Comandante Espora, operación que
finalizó pasadas las 16.30.
El buque hizo su ingreso en el fondeadero, con el “Comodoro
Py” navegando a su lado y a las 04.30 del 10 de mayo catapultó a los Tracker,
amarrando en el muelle principal a las 08.50. Inmediatamente después comenzó el
desembarco del personal.
Dice Mariano Sciaroni que su campaña significó “…un pequeño triunfo operacional no
debidamente reconocido…” que debería ser motivo de orgullo para toda la Armada Argentina.
Al respecto, cita palabras que el capitán Wayne Hughs Jr.,
de la Armada
de los Estados Unidos vuelca en su libro
Tácticas de Flota y de Combate Aéreo.
Ciertamente,
en mar abierto, una flota inferior a su oponente (como era la argentina
respecto a la británica) sería generalmente destruida por un enemigo aun
ligeramente superior, que a su vez sufriría daños menores en el enfrentamiento.
Y es por ello –afirma – que la Armada Argentina obró correctamente a nivel estratégico
al retirarse a sus aguas territoriales, sustrayéndose a una acción flota contra
flota.
Resulta evidente que la Armada Argentina no estaba en
condiciones de disputar el dominio del mar a su par británica porque carecía de
medios adecuados para ello, sobre todo, enfrentar el potencial de los
submarinos nucleares, sin embargo tanto su portaaviones como la aviación
embarcada los tuvo a maltraer durante buena parte de la campaña.
A partir de esa fecha, el Comando de la Aviación Naval
dispuso que la 2ª Escuadrilla Aeronaval de Helicópteros efectuara patrullajes
desde Viedma hasta una distancia de 100 millas dentro del triangulo formado por esa
ciudad y los radiales 070º y 200º, precisamente el área donde operaba el
“Spartan”. Las mismas estuvieron coordinadas con la 1ª División de Destructores
y tuvieron lugar entre el 22 y el 28 de mayo con tres Sea King armados con
MK-44 y en ocasiones dos cargas ASA extras que obtuvieron pequeños contactos
(el principal el 27 por la tarde), sin que se concretase ningún ataque.
El 28 los Sea King fueron replegados a Espora para planear
la misión de rescate a la
Isla Borbón y la Escuadrilla Naval Antisubmarina pasó a operar
desde Río Gallegos después de incorporar los dos Embraer 111 Bandeirantes
facilitados por Brasil.
La noche del 16 de mayo ocurrió otro hecho extraño, muy similar al que tuvo lugar en Caleta Olivia el 29 de marzo.
Ese día, el HMS “Onyx”, que desde el repliegue de la flota
argentina se dedicaba a patrullar el litoral patagónico, se aproximó cautelosamente
a Tierra del Fuego para desprender varias balsas neumáticas con efectivos del
SAS y el SBS a bordo. Se tenía la certeza de que en la zona, operaban también
el HMS “Splendid” y el HMS “Otus” por lo que las unidades de la flota de mar
que guarnecían el litoral argentino se hallaban en máxima alerta a fin de
prevenir incursiones enemigas en el continente.
Los
comandos intentaban desembarcar en cercanías de Río
Grande y ocultarse cerca de la base aérea desde la que operaban los
aviones
Neptune, A4, Mirage y el temido binomio Super Etendard/Exocet. Debían
llevar a cabo actos de sabotaje y alertar a las unidades de la Task Force sobre la
partida de las misiones de bombardeo.
Los británicos acababan de poner en marcha la Operación Mikado,
encomendada para su organización al general de brigada Peter de la Billière, director del
servicio del SAS.
El propio almirante Lewin, miembro del Alto Estado Mayor,
fue quien ordenó a De la
Billière la planificación de un operativo en el continente para
golpear al enemigo en su centro neurálgico, a saberse, la base aeronaval desde
la que operaban los cinco cazas Super Etendard con sus letales Exocet AM-39.
Los comandos debían destruir esos aviones y los tres misiles que aún quedaban y matar a todos sus pilotos, principal
peligro para la Fuerza
de Tareas.
De la
Billière había seleccionado un grupo de hombres
pertenecientes al Escuadrón G del Regimiento 22 del SBS embarcado en el
“Fearless” y a todos los del Escuadrón B, al mando del mayor
John Moss, quienes venían de participar en los ejercicios que la OTAN. Moss acababa de finalizar un programa de entrenamiento intensivo en Alemania destinado a la captura de aeropuertos enemigos.
Para
ello, debía destacarse en primer lugar un helicóptero
Sea King en el que viajaría un grupo de hombres con instrucciones de
reconocer el
blanco y evaluar su dispositivo de defensa. Señalado el mismo, dos
Hércules C-130 con cincuenta y cinco efectivos a bordo aterrizaría en la
base enemiga y llevaría a cabo la misión, destruyendo los aviones y
matando a sus
pilotos.
Una segunda opción proponía una fuerza de veinticuatro
soldados del SBS desprendiéndose desde un submarino y una vez finalizada la operación, retirándose a un punto cercano a la
frontera con Chile.
En vista de ello, las tropas especiales estuvieron
practicando aterrizajes a bordo de transportes Hércules C-130 hasta que uno de
ellos se accidentó y por poco le cuesta la vida a varios de sus integrantes.
Sabían
los ingleses que la misión era riesgosa porque las
tropas de infantería de marina argentinas allí apostadas estaban
preparadas para el combate y eso dificultaría en extremo su concreción.
El Alto Mando británico desechó la primera opción por
considerarla impracticable y se concentró en la segunda, adoptando todos los
recaudos del caso.
En el “Hipólito Bouchard” los relojes señalaban las 16.30 cuando el jefe de armas submarinas y el oficial ayudante que se encontraba a su lado, detectaron una emisión sonar en la popa (un pim sonar, es decir, el sonido que producen las ondas sobre un casco metálico).
Media hora después, el capitán impartió la orden de cubrir
maniobras de anclas pero a los diez minutos, desaparecidas las emisiones de las
pantallas, se volvió a situación normal, con el buque fondeado en el lugar
asignado por el Alto Mando Naval4.
A
las 17.10 se escuchó un rumor hidrofónico y eso llevó al
capitán de fragata Washington Barcena, comandante del “Hipólito
Bouchard” a establecer contacto con el destructor
“Piedrabuena” para preguntar si registraban las mismas señales. La
respuesta fue
negativa y por es razón, los vigías de a bordo fueron puestos en alerta
máxima en tanto se ordenaba realizar búsqueda lejana, tanto aérea como
de superficie, utilizando para ello
los veteranos radares SPS 40, SPS 10 y los equipos de sonar WLR 1 y MAE,
barriéndose en forma manual la banda 1, en busca de rumores hidrofónicos5.
Al mismo tiempo, se dispuso el alistamiento de las piezas de
127.2 mm
y las ametralladoras antiaéreas de igual calibre mientras se ponían a punto los
sistemas de misiles Exocet MM-38, los de torpedos MK-44 y 244S y los 533 erizos
antisubmarinos junto con seis cargas de profundidad MK-96.
En plena noche (eran las 19.05), el radarista informó haber
detectado un eco pequeño pero intermitente a 3000 yardas del buque y
eso llevó a adoptar todas las medidas para verificar el contacto.
Siete minutos después se pudo observar que las señales se
convertían en tres resonancias nítidas con un punto muy intenso y una “V”
saliendo del mismo en dirección contraria al movimiento relativo, la típica
forma que producían los gomones al ser captados.
Los supuestos botes neumáticos se desplazaban con rumbo 340 a una velocidad de 18
nudos, a 1200 yardas
de la embarcación7 y se acercaban al continente.
Con la tripulación corriendo a ocupar sus puestos de
combate, el encargado del sonar informó que había detectado un nuevo rumor
hidrofónico en el azimut 070 y a las 19.22 el radar de control de tiro MK-25
adquirió los blancos8.
En ese preciso momento, el comandante del “Hipólito Bouchard”
solicitó a su par del “Piedrabuena”, Horacio Raúl Grassi, autorización para abrir fuego y este
la concedió.
A las 19.25, el destructor efectuó varios disparos
utilizando sus piezas de 127,2
mm de la batería principal de artillería y casi al mismo
tiempo, los gomones giraron y se retiraron en dirección este mientras la lejana
ciudad e Río Grande se estremecía con el retumbar de los cañones.
Las pantallas de radar mostraron claramente como los ecos se
abrían en abanico y se alejaban del buque, por lo que pasadas las 19.55, el
“Hipólito Bouchard” salió en su busca para batirlos. Varios minutos después,
los merodeadores habían desaparecido.
Pese a lo cerrado de la noche y lo concentrado de la niebla,
el destructor recorrió el área apuntando con sus reflectores hacia la negrura
del mar, sin encontrar nada. Sin otra novedad que reportar, siendo las 20.40,
regresó al mismo lugar que ocupaba antes de las detecciones, y allí fondeó en
espera de instrucciones.
Dos días después tuvo lugar el hecho de mayor resonancia en lo que a operaciones en el territorio continental se refiere.
En horas de la noche, el “Invencible” navegaba con rumbo
oeste cuando a través de los altavoces, su comandante anunció que estaba a
punto de iniciarse una incursión de comandos al noroeste del archipiélago, con el
objeto de desembarcar a un grupo del SBS en la Gran Malvina.
Ningún miembro de la tripulación se hubiese sorprendido por
ello ya que desde el 1 de mayo ese tipo de acciones se venían efectuando con
bastante frecuencia en diferentes puntos de las islas, lo raro fue que, por
primera vez, el comandante lo anunciaba por los altoparlantes.
Aquella fría y cerrada noche, el buque navegaba escoltado
por la fragata “Broadsword”, su fiel y eficiente escudera, separados ambos por
una milla de distancia cuando repentinamente, aumentaron la velocidad hasta
superar los 25 nudos. Quienes subieron al puente pudieron ver que las
embarcaciones navegaban completamente a obscuras y en el más absoluto silencio
de radar.
Muy pocos a bordo sabían lo que ocurría. El rumbo a seguir
se suministraba por etapas, parcialmente, segmento a segmento, dando a conocer
el siguiente paso ni bien se recibía la orden de efectuarlo. Según John
Whiterow, corresponsal del “The Times”
a bordo del “Invencible”, al preguntar que era lo que estaba ocurriendo,
alguien lo llevó a un costado y le dijo que se planeaba lanzar un helicóptero
hacia la Argentina
para depositar efectivos en el continente.
El portaaviones navegó a esa velocidad durante toda la
noche, con su gigantesca estructura metálica vibrando por el esfuerzo de sus
turbinas, hasta que repentinamente, al llegar a un punto en medio de la
obscuridad, giró en redondo y puso proa hacia el este, alejándose a toda marcha
de regreso al corazón de la flota.
Amanecía cuando los observadores pudieron distinguir la
obscura silueta de la “Broadsword” navegando siempre a su lado mientras emitía
señales luminosas con la linterna Aldiss, desde su cubierta. Era un mensaje para
el comandante que decía “Pidan a Dios que
tengamos éxito”, algo inusual que desconcertó aún más a los tripulantes que
en esos momentos se hallaban allí ubicados, lo mismo a quienes estaban en el
puente de mando.
El Sea King matrícula ZA290 partió del “Invencible” a las 03.15Z (00.15 hora argentina) tripulado por el teniente Richard Hutchings, el teniente Alan R. C. Bennet y el sargento Peter B. Imrie. Llevaba a bordo veinte comandos del SAS, que debían ser depositados en Tierra del Fuego, cerca de la Base Aérea Militar de Río Grande, para sabotear a los cazabombarderos Super Etendard allí desplegados.
El aparato y su gemelo, el ZA292, habían sido transferidos
desde el “Hermes” la noche del 17 de mayo para una operación de
reconocimiento de largo alcance, en dirección al continente. Pertenecían ambos
al Escuadrón 846 con asiento en Yeovilton y habían embarcado en Portsmouth, vía Lee-on-Solent, el 3 de abril.
Dos días después partieron a bordo del portaaviones con destino a la isla
Ascensión.
Mientras el ZA290 llevaba a cabo la misión, el ZA292 debía
permanecer en el “Invencible” como reserva.
En la mañana del 18 de mayo el Sea King del teniente
Hutchings apareció misteriosamente destruido en territorio chileno, a 18 kilómetros de
Punta Arenas, después de efectuar un supuesto aterrizaje de emergencia en un paraje conocido como Aguas Frescas, a escasos 2 kilómetros de la
costa.
En un primer momento se pensó que la aeronave se había
estrellado pero eso no fue así. Su tripulación lo hizo posar en tierra,
posiblemente averiado, y luego lo incendió.
Unos obreros que trabajaban en un aserradero cercano, vieron
la columna de humo y el resplandor de las llamas que emergían del helicóptero y
alarmados, dieron aviso a las autoridades locales. Estas se hicieron presentes
y de ese modo pudieron constatar el hecho.
El gobierno trasandino inició una investigación al tiempo
que ordenaba patrullar la zona en busca de los tripulantes. Tardaron más de una
semana en encontrarlos en un bosque cercano, donde se habían escondido.
Los ingleses se entregaron a las autoridades locales y estas
los condujeron a Punta Arenas para trasladarlos en avión hasta Santiago y
devolverlos a Inglaterra por ese mismo medio.
Para entonces, hacía varios días que los carabineros habían
enterrado los restos del helicóptero y sumido el asunto en el más completo
misterio.
Como era de suponer, comenzaron a surgir las más variadas
versiones, una de ellas la del “Daily
Express” de Londres y el corresponsal Michael Nicholson, embarcado en el
“Hermes”, según la cual, el Sea King había despegado de ese portaaviones
llevando a bordo ocho hombres del SAS.
La información era errónea ya que la máquina, como se ha
dicho, había partido desde el “Invincible” conduciendo un total de veinte
comandos. Además, el mismo periodista informó que los helicópteros eran dos y
que uno de ellos se estrelló en el mar, pereciendo todos sus ocupantes10.
Jeffrey Ethell y Aalfred Price, autores de Guerra Aérea en el Atlántico Sur,
sostienen que el Sea King en cuestión levantó vuelo a las 19.15Z (16.00 hora
argentina) cuando el “Invincible” comenzaba a navegar a máxima velocidad hacia
el oeste y que al día siguiente el ZA294 se precipitó al mar con tropas de
elite que transportaba desde el “Hermes” al “Intrepid”, al incrustarse un
albatros en su rotor. El hecho habría tenido lugar a 200 millas al
este/noreste de Puerto Argentino y generó todo tipo de suposiciones11.
Esa versión fue la misma que dieron a conocer las
autoridades británicas que, en su momento, dijeron que el aparato siniestrado
había partido del “Hermes” con los SAS y que minutos después se accidentó
al chocar con el albatros. De acuerdo a la información oficial, la aeronave
cayó al mar, flotó invertida unos minutos y se hundió, pereciendo 21 de
las 30 personas que viajaban a bordo.
Entre el personal rescatado se encontraban su piloto y
copiloto, P. Humphreys y R. Horton, en tanto el cabo M. D. Love, operador de a
bordo, se había ahogado con los 20 comandos mencionados.
Lo que ninguna versión británica explica es porqué un
helicóptero de la fuerza de tareas británica apareció en territorio chileno,
porqué se incendió y cuáles fueron las causas por las que fue enterrado
presurosamente por personal militar chileno.
Tantas contradicciones llevaron a los analistas a efectuar
una serie de conjeturas entre las cuales destacan algunas verosímiles y otras
no tanto.
Según algunas, el ZA290 depositó a los SAS en Tierra del
Fuego y cuando volaba sobre Río Chico, de regreso al portaaviones, comprobó que
los radares del “Hipólito Bouchard” y el “Piedrabuena” lo habían detectado. Al
intentar escapar, los pilotos se extraviaron y por esa razón, optaron por
dirigirse a Chile.
Todo parece indicar que el helicóptero despegó del
“Invincible” para rescatar a los comandos sobrevivientes que habían intentado
desembarcar cerca de Río Grande el día 16, que una docena de ellos perecieron y
que una vez en tierra, los efectivos restantes se diseminaron en diferentes
direcciones en busca de protección.
El 18 de mayo el destructor ubicó al ZA290 volando
sobre Río Chico, y lo obligó a retirarse rumbo al oeste, sin lograr su cometido;
en proximidades de Punta Arenas hizo un “aterrizaje forzoso” por “desperfectos
mecánicos” y luego se “incendió”.
El Sea King accidentado el 19 de mayo, efectivamente,
trasladaba tropas del SAS desde el “Hermes” al “Intrepid” cuando, según
versiones británicas, un albatros se incrustó en su rotor y provocó su caída al
mar. Solo que la cantidad de comandos no era de 20 sino bastante menor y de
ellos, solo un par habría perecido junto con el operador de a bordo. La
afirmación hecha por los autores de Malvinas,
la Guerra Aérea,
de que en días posteriores se encontraron restos de un ave marina flotando en
el mar, es poco creíble.
Dos días después, otro Sea King británico fue baleado por
efectivos del Regimiento de Infantería 24 apostados en Santa Cruz. Según
versiones aún no confirmadas, a la semana siguiente, tropas que viajaban en ese
aparato intercambiaron disparos con soldados de la misma unidad.
La noche del 20 de mayo el radar de la Fuerza Aérea captó
numerosos ecos de superficie sobre el mar, a una distancia de entre 50 y 60 millas de Río Grande y
a 120º de azimut. En vista de ello, el TOAS, le ordenó al Grupo Aeronaval
Insular que verificara la información y en cumplimiento de esa directiva, se
despachó desde Río Gallegos un Grumman S-2E Tracker que ratificó la presencia
de los ecos mencionados. Casi al mismo tiempo, el puesto de comando principal
de la I Brigada
de Infantería de Marina observó en sus pantallas movimientos inusuales de
buques no identificados próximos a la costa, entre Cabo Peña y Punta María, por
lo que también solicitó ratificación aérea.
Aunque existía la posibilidad de que los ecos en cuestión
fuesen producto de “engaño electrónico” del enemigo, se dispuso que el
comandante del BIM1 se desplazase al frente de una compañía de vehículos
anfibios a oruga (VAO), en apoyo de las tareas de exploración que se estaban
realizando 3 kilómetros
al sur de Punta María. Para reforzar esas medidas, se decidió establecer controles en los puentes de la Ruta Nacional Nº 3, sobre los
ríos Chico y Santa Cruz, tareas que se prolongaron hasta la madrugada del 21 de mayo.
Ese último día, en horas de la mañana, tres helicópteros de la Aviación Naval
patrullaron la zona poniendo especial empeño en los establecimientos rurales de
la región, las rutas de acceso y los caminos alternativos que conducían a las
poblaciones.
Por su parte, el Regimiento de Infantería 1 “Patricios”
recibió la orden del coronel Arturo Alais, jefe de la Agrupación “Comodoro
Rivadavia”, de replegar el Escuadrón “Pringles” de la localidad de
Pico Truncado y dejar una sola sección para custodiar la planta
turbocompresora de gas. El resto del batallón permaneció en el sector junto al grueso
de la unidad (el RI1 “Patricios”), como parte de la reserva del
Comando de la IX Brigada,
debido a las constantes intentonas del enemigo, de atacar las bases
aeronavales en tierra firme.
La guerra en territorio continental pareció alcanzar su clímax cuando en la madrugada del 22 al 23 de mayo un repentino alerta roja puso en guardia al regimiento.
El sábado 22
a las 21.30 horas, el Centro de Información y Control de
Comodoro Rivadavia notificó la presencia de tres ecos no identificados en el
radial 180 de su pantalla -posiblemente helicópteros-, llevando a suponer que estaba a punto de producirse un nuevo intento de aproximación
enemigo.
El alto mando dispuso el envío de una patrulla aérea de
intercepción y ataque por lo que a las 22.03 partieron de Comodoro Rivadavia
dos Pucará IA-58, el matrícula A-558 al comando del teniente Miguel Filipanics
y el A-540 piloteado por el alférez Mario Luis Valko, quienes llevaban la orden
de interceptar y atacar.
Durante ese primer vuelo, los pilotos no divisaron nada y
regresaron, aterrizando en su base a las 22.37. Una hora después volvieron a decolar (23.41) y esta vez sí, a poco de iniciado su vuelo, Filipanics
alcanzó a divisar tres aeronaves no identificadas que al verlo llegar, apagaron
sus luces de posición y se retiraron.
Al dar aviso a la torre, se le indicó abrir fuego en tanto
desde tierra se lanzaba una alarma general hacia todos los aeródromos de Santa
Cruz y Chubut, ordenándose al mismo tiempo el obscurecimiento total de las ciudades de Trelew
y Comodoro Rivadavia.
Con el teniente Filipanics aún en vuelo, se perdió toda
comunicación con el alférez Valko, mientras un Mirage III E se aprestaba a decolar para
interceptar y derribar a posibles helicópteros británicos.
El caza partió al comando del primer teniente Horacio Bosich
a quien la torre de control guió hacia los blancos después de establecer
contacto radar. Volaba en plena obscuridad, a 1000 pies de altura, armado con un misil Matra 530 IR y cañones de 30 mm, sobre un terreno de elevaciones. En esas condiciones hizo
el enganche y cuando estaba a punto de oprimir el obturador, una repentina duda
lo hizo desistir. No tenía certeza de la naturaleza del blanco y por esa razón
decidió continuar hacia delante, hasta hacer contacto visual. No lo logró y eso
dio al enemigo el tiempo suficiente para evadirse.
La torre de control lo guió hasta el objetivo en cinco
oportunidades más pero en la obscuridad de la noche, a Bosich le fue imposible
dar con él.
Ya de regreso, cuando estaba a punto de tomar pista, la base
apagó las luces ante un nuevo alerta roja, razón por la cual el piloto volvió a
tomar altura y efectuó varios giros hasta que la amenaza cesó.
Esa misma noche (22 al 23 de mayo), los soldados Marcelo
Díaz y Sergio Freire, integrantes de la sección que debía instalar radares en
diferentes puntos del litoral patagónico, llegaron a un paraje conocido como La Lobería. Venían de montar
sistemas similares en Caleta Córdova, al norte de Comodoro Rivadavia, Caleta
Olivares y Rada Tilly, casi en el límite con Santa Cruz. De
acuerdo a las órdenes recibidas, tenían que seguir hacia el norte, para
emplazar cuatro más.
Los trabajos en ese punto fueron idénticos a los anteriores
y cuando todo estuvo listo, los soldados y sus oficiales, se retiraron a
racionar.
Entre las 02.00 y 03.00 de la madrugada, una explosión
estremeció la región. La sección entera se puso de pie y con sus armas listas corrió
hacia donde se encontraba el radar comprobando, al llegar, que el mismo había
sido destruido por un disparo de mortero. Por la mañana, patrullas destacadas
en el litoral dieron con cinco botes neumáticos abandonados en la costa, evidencia
tangible de que se había producido un desembarco y que tropas británicas se
habían infiltrados en la zona.
Al día siguiente, efectivos del Ejército detuvieron a un
grupo de personas que vestían saco y corbata y portaban maletines, comprobando
que se trataba de tropas de elite enemigas que transportaban armamento y
explosivos para actos de sabotaje, novedad que volvió a poner en alerta a toda
la región.
Por esa razón, se despacharon aviones Pucará IA-58 del Grupo
4 de Ataque perteneciente a la
IX Brigada Aérea para efectuar patrullas sobre el litoral
argentino.
El 23 de
mayo por la mañana, al día siguiente de la incursión británica en Lobería, un
pelotón del Ejército que recorría la región llegó a una precaria vivienda entre
aquel punto y Rada Tilly, donde se tenía la evidencia que comandos enemigos se
habían alojado.
Los
soldados bajaron del camión que los transportaba y se aproximaron
cautelosamente, atentos al más mínimo movimiento. Una vez frente a la propiedad, el conscripto Sergio
Freire abrió la puerta de una patada y al irrumpir en el interior, tanto él como
sus compañeros encontraron a una temblorosa mujer que con su bebé en brazos
gritaba desesperada: “¡¡Los gringos ya se
fueron!!”.
El 24 de mayo se
hicieron numerosos vuelos en busca del alférez Valko. Un Fokker F-27 y
un DHC-6 Twin Otter, con los indicativos “Negro” y “Romeo”, recorrieron la
costa sur del Golfo San Jorge seguidos por un helicóptero Bell-212, que llevaba el
indicativo “Liebre”. Hallaron los restos del Pucará a diez kilómetros al sur de
Caleta Olivia y otros dos mar adentro, cosa que apresuraron a notificar a sus respectivas
unidades para iniciar su rescate. Como después se supo, el piloto, nacido en la
ciudad de Buenos Aires el 28 de junio de 1958, había perecido instantáneamente.
La gran pregunta que todo el mundo se hizo inmediatamente
después de recuperado su cuerpo fue si se trató de un accidente o si se había
precipitado a tierra durante una acción de combate. Ese día también desapareció
el subteniente Juan Omar Abraham cuando aprovechando la bajante se internó en el mar en busca de Valko. Su cuerpo fue hallado el 25 de mayo, flotando al sur
de la ría.
Las fuerzas armadas argentinas combatieron también en el
continente, resistiendo y desbaratando intentos de desembarco de tropas de
elite enemigas, efectuando misiones de ataque, exploración y rescate e incluso,
abatiendo y haciendo prisioneros a efectivos infiltrados.
Como acertadamente ha dicho el ex combatiente Héctor
Cibeira, quien durante la guerra integró la Compañía de Comunicaciones 101, “Es ingenuo pensar que nos estábamos
enfrentando a la segunda potencia de la
OTAN y que no tendrían comandos, espías y servicios dentro
del continente. Justamente el lugar [desde] donde les estaban produciendo los
mayores daños. Porque el daño a los ingleses no provino de las islas, sino de
la costa, y eso era lo que ellos quería detener. Es inocente pensar que los
ingleses se iban a quedar con los brazos cruzados viendo cómo los aviones
argentinos les bombardeaban y destruían la flota”.
Notas
1 Jorge Muñoz, Ataquen Río Grande, Inst. Publ. Navales, Bs.
As., pp. 77-78.
2 Ídem, p. 83.
3 El HMS “Onyx”, fue el
encargado de torpedear el casco chamuscado del “Sir Galahad” para hundirlo como
tumba de guerra al finalizar el conflicto. Desplazaba 2410 tn a 12 nudos y más aún
y disponía de cinco tubos lanzatorpedos a proa y dos a popa.
4 Eugenio L. Facchin y José
L. Speroni, “El Bouchard y el fracaso de la Operación Mikado”,
(http://www.irizar.org/823facchin-speroni.pdf). El repliegue de la
Flota de Mar tras el hundimiento del "General Belgrano", no significó en
absoluto su retirada de la guerra, por el contrario, siguió operando en
el litoral patagónico y el Mar Argentino, tal el caso del "Cabo San
Antonio", que entre otras misiones, participó en el traslado del grueso
de la Brigada de Infantería de Marina Nº 1 desde Puerto Belgrano a Río
Grande, tarea que completó en dos viajes.
5 Ídem
6 Ídem
7 Ídem
8 Ídem
9 En esos momentos desempeñaba
las funciones de oficial en comando táctico (OCT).
10 Algunas versiones
consignaban que el accidente había ocurrido el 19 y no el 18.
11 B. H. Andrada, Guerra aérea en las Malvinas; Eduardo
José Costa. Guerra bajo la Cruz del Sur;
Publicado 26th February 2015 por Malvinas.Guerra en el Atlántico Sur

