jueves, 19 de diciembre de 2019

1-PREFACIO-QUE ES EL COMUNISMO?



LIBRE EXAMEN Y COMUNISMO
Jordán Bruno Genta 1960
Al Profesor Hiram Zaboni
Esclarecido alumno y amigo fiel.

PREFACIO

Este libro se propone demostrar que el Comunismo y, en particular, el Comunismo marxista, se reduce a una cuestión religiosa fundamental. Las contradicciones económicas,  sociales,  políticas e ideológicas Que utiliza profusamente la Propaganda —Capitalismo y Comunismo, Democracia y Comunismo, Libertad y Comunismo^, carecen de toda significación real y verdadera. Su invención y propagación responde al exclusivo  propósito de desorientar y dividir a las victimas, haciendo que se enfrenten y se anulen entre si.
La única contradicción real,  realísima,  es la que existe entre Catolicismo y Comunismo.  Toda la cuestión reside en Cristo y María, en Cristo y la Iglesia Romana que es todo uno y es toda la Verdad creadora y redentora.
El Comunismo tiene su principio en la negación de la Verdad y  en la posición del Libre Examen,  que ha sustituido la teología de Cristo por una seudo filosofía de la libertad y del Progreso indefinidos.
Todo anticomunismo que se apoye en la democracia,  en la libertad,  en el capitalismo o  en un nacionalismo panteísta, está condenado irremisiblemente a servir a la expansión del Poder Comunista.
El lector dirá si en estas páginas se logra demostrar que la única solución es la restauración de todas las cosas humanas en la Verdad y en la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo.
Agradezco a mi eminente amigo, el Sr. Nicolás Sachnowsky, gran señor ruso ortodoxo e imperial, la valiosa colaboración que me ha prestado con su estudio agregado como apéndice.  Mi cátedra privada de filosofía ofrece este libro como un nuevo testimonio de sus modestos empeños de  la Verdad y de la Patria.

JORDAN BRUNO GENTA
Buenos Aires 1º de Mayo de 1960

CAPITULO UNO
¡QUE ES EL COMUNISMO!

El Comunismo es una empresa  satánica contra Dios y contra la naturaleza creada y redimida por el Verbo de Dios. Su objetivo concreto y final es la destrucción de la Civilización Cristiana; su verdadero móvil, un incurable resentimiento nihilista.
Se equivocan gravemente quienes pretenden interpretar al Comunismo como un fenómeno asiático. La verdad es que no procede del Oriente, sino del seno mismo de la Cristiandad Occidental y por obra de cristianos renegados, al menos sus primeros ensayos históricos. El actual predominio judío en la dirección comunista y en la explotación financiera, se explica por
el proceso de descristianización de las naciones occidentales, bajo la influencia desintegradora del Libre Examen.
Para los cristianos reformadores que se rebelaron contra la autoridad de Roma y su Cátedra de la Unidad, cayendo en la anarquía y en la separación, vale la tremenda imputación de San Juan a los Judíos: "Estaba en el mundo y el mundo fue hecho por EL, pero el mundo no le conoció. Vino a los suyos y los suyos no le recibieron".
Después de mil quinientos años de acción redentora y civilizadora de la Iglesia de Cristo, hubo cristianos que la desconocieron, rechazaron e intentaron destruirla. Las gentes y las naciones apartadas del Divino Reformador, comenzaron a seguir a los reformadores improvisados que brotaban como hongos de todas las clases sociales, particularmente de las menos distinguidas y cultivadas; otros tantos "Cristos" demasiados humanos, nivelados en la vulgaridad que osaron confundirse con el único Cristo, verdadero Dios y Hombre verdadero.
Consumada la máxima subversión, confundida la Palabra de Dios con la de un hombre cualquiera que se cree iluminado de lo alto, todas las otras subversiones y confusiones que están comprendidas en la primera, se van a seguir inexorablemente. Sí todo el mundo es, en principio, sacerdote y lleva el Evangelio en su corazón, también puede sentirse rey, sabio, artista, general, magistrado, educador, empresario, etc.
¿No es, acaso, el Comunismo esta suma de subversión y confusión,  de negación y perversión?
¿No consiste la comunidad de los bienes  espirituales y materiales en esta completa igualdad?
Quiere decir que el Libre examen es el principio   del Comunismo.
Pueden los luteranos y otras yerbas del protestantismo hacer declaraciones anticomunistas, tal como las hiciera el propio Lutero contra el Comunismo anabaptista de su época; pero esa oposición por extrema que sea, no cambia en lo más mínimo, la verdad de que el Libre Examen conduce necesariamente al Comunismo, porque es el principio de la Revolución permanente contra toda distinción y jerarquía.
En vano se querrá detener el curso de las variaciones del protestantismo, del idealismo filosófico, de los proyectos de constitución civil o de las reformas sociales.
En vano pretenderá Descartes frenar a sus discípulos de la duda metódica —fórmula técnica del libre examen—, previniéndoles que "no aprobaría de ningún modo a esos espíritus turbulentos e inquietos que no siendo llamados ni por nacimiento ni por fortuna al manejo de los negocios públicos, no dejan jamás de maquinar alguna nueva reforma; y si yo imaginara que en este escrito hay algo que me hiciera sospechoso de esta locura, lamentaría mucho que fuese publicado. Jamás mi designio ha ido más allá de la reforma de mis propios pensamientos". 
Ocurre que Lutero es precursor tanto de Tomás de Münzer, ideólogo del Comunismo anabaptista, como de Renato Descartes, padre de todas las formas del idealismo moderno, incluso del materialismo mecanicista de Russoe y del materialismo histórico de Marx.
Aunque el criterio escolar contrapone el materialismo al idealismo, la verdad es que el primero en cualquiera de sus formas, no es más que una construcción mental sin fundamento en la esencia de las cosas; o mejor, basada en una subversión del orden esencial que sólo puede ser fingida idealmente, construida dialécticamente por un pensamiento dividido del ser.
El gran humanista español, Juan Luis Vives, testigo y comentador de la Revolución comunista anabaptista de la Baja Alemania, nos ha dejado un esquema, del proceso dialéctico que desde el Libre Examen aplicado a la Verdad de Fe, lleva hasta la comunidad de los bienes materiales; un esquema objetivamente válido para todos sus ensayos históricos, incluso para explicar la revolución comunista mundial de nuestros días: "En otro tiempo, en Alemania, las cosas de piedad estaban de tal suerte constituidas que se mantenían firmes y estables ... Mas alguien advino que se atrevió a discutir algunas, al principio moderada y medrosamente, muy luego sin rebozo... para negarlas, suprimirlas o rechazarlas, mostrando tanta seguridad como si el objetante hubiese bajado del cielo conociendo los secretos designios de Dios, o se tratase de coser un zapato o un vestido...
De las discrepancias de opiniones surgió la discordia de la vida... y entonces, a los que habían suscitado la guerra en el fementido nombre de libertad e injustísima igualdad de los inferiores con los superiores, sucedieron los que decretaron, pidieron y exigieron no ya aquella igualdad, sino la comunidad de todos los bienes".
Con esta síntesis luminosa, inicia Vives su opúsculo acerca "De la Comunidad de los Bienes", escrito en latín, el año 1535, en la ciudad de Brujas donde residía. La revolución comunista acababa de ser aplastada a sangre y fuego en  Münster (Westfalia) ; ciudad que durante más de un año había soportado un régimen pavoroso de terror, despojo y exterminio, bajo la tiranía de los amigos del pueblo, el panadero Juan Matthys y el sastre Juan de Leyden, precursores de Hébert y Saint Just, de Lenín y Trotsky, de Stalin y Khrushchev, de Calles y Obregón, de Azaña y de Negrín.
El esquema de Vives describe las etapas de un proceso ideológico y político que se ha venido repitiendo en diversos escenarios históricos con diversa amplitud  y duración; pero que se inicia invariablemente con la Crítica de la Religión, sigue con la Crítica de las jerarquías intelectuales, políticas y sociales, para finalizar con la Crítica de la, propiedad privada y la pretendida implantación de la Comunidad de los bienes. Si conquista el Poder en alguna nación, su política exclusiva es el terror, la expropiación y el exterminio de todos los que  son  alguien  o tienen  algo.  No puede  proceder de  otro modo mientras obedece a la dialéctica comunista, esto es, a la violencia infinita contra la naturaleza de las cosas y su orden de distinciones y jerarquías.
La Encíclica "Qui Pluribus" de Pío IX, denunciaba hace más de un siglo,  al Comunismo como una "nefanda doctrina" tan contraria al derecho natural, la cual una vez admitida llevaría a la radical subversión de los derechos, bienes y propiedades de todos y aún de la misma sociedad humana". Pío XI,  en su definitiva Encíclica sobre el Comunismo ateo del año 1937, no solo repite la condena de su ilustre predecesor sino que lo declara "intrínsecamente perverso                                     contradice en absoluto la verdad de esta imputación de empresa anti divina y antinatural, la existencia de la poderosa Unión Soviética que dura y crece sin interrupción desde hace más de cuarenta años. Aparte de que el éxito no es criterio de verdad en el mundo histórico y de la notoria eficacia del mal en los acontecimientos humanos, debe advertirse que los dirigentes soviéticos —Lenín, Stalin, Khrushchev— se han preocupado menos por ser fieles a la línea estricta del nihilismo comunista que por la consolidación del Estado o Dictadura del Proletariado.
La Historia  Universal documenta la influencia decisiva  del Poder político en la propagación de la verdadera Fe o de las falsas creencias: la conversión de Constantino hizo cristiano al Imperio Romano; los príncipes alemanes que abrazaron la Reforma, afianzaron el protestantismo en sus súbditos; el triunfo político de la Revolución Francesa ha contaminado de laicismo masónico a todas las naciones católicas.
No podía escapar a los Jefes bolcheviques la importancia decisiva  para la Revolución Comunista,  de  disponer  de un centro político de irradiación y dirección del Movimiento en el mundo entero. De ahí que se dedicaran a consolidar y potenciar el Poder Soviético, haciendo de Moscú la capital del proletariado universal  y la  Jerusalén  del nuevo  Mesías,   de quien ya habla Vives en el opúsculo citado: "Alcanza de Dios una nueva naturaleza y, entonces, podrás conseguir esa comunidad de bienes que te has fingido en la mente, y ese Mesías que  estás   esperando:   abominable  impiedad  de  que  no  hablaré por ahora"
Bajo la sugestión del Gran Tentador, los Jefes del Comunismo remedan los caminos de Dios en su preparación providencial del Imperio Romano para recibir a la Iglesia de Cristo; ellos preparan la nueva Ciudad imperialista que va a recibir y a coronar al Anticristo.
Se comprende que hayan tenido que hacer ciertas concesiones a la naturaleza, a sus límites y exigencias jerárquicas para tener Fuerzas Armadas realmente poderosas, familias sanas y prolíficas, equipos idóneos de técnicos, empresarios e investigadores, rendimientos elevados, administración eficiente del Estado, etc., etc. Y desde la última guerra mundial no han vacilado en restablecer la Iglesia Ortodoxa 1 y la Idea de Patria con ciertas tradiciones monumentales de la Historia Rusa; claro está, todo regulado e instrumentado por el Poder político en vista del Imperio Mundial.
La acción comunista rigurosa se emplea en el exterior para ablandar, arruinar y desintegrar a las futuras víctimas; esto aparte de los millones de esclavos nivelados en la miseria y en los trabajos forzados en el inmenso espacio de la U.R.S.S. y de sus aliados.
Pero ese formidable Poder Soviético que está devorando las naciones con la misma facilidad que los espacios siderales, se ha levantado en el desprecio de la Palabra de Dios y de las palabras esenciales. Es un Estado sin religión ni metafísica, prodigio de la técnica científica que usan los émulos modernos de Simón el Mago para desafiar al pobre Cristo.
Cuando se derrumbe esa mole colosal no quedarán nada más que miserables despojos; ni una sola palabra de esas que serán siempre recordadas; ni una sola obra ejemplar y señera que despierte la admiración y merezca ser imitada por las generaciones futuras; esto es, nada que sea universal, eterno, clásico, definitivo en el valor, como nos ha dejado la vieja Rusia Imperial.
No entiende absolutamente nada de Comunismo, el que no ve que la cuestión fundamental no reside en la economía, ni en la organización social, ni en la política, ni en la filosofía, sino en. la religión; más precisamente, en la negación de Cristo y de la Iglesia que -prolonga la Encarnación en el tiempo.
Tan sólo el enfoque teológico, cristológico, ilumina el trasfondo satánico del movimiento comunista y nos da la clave de su expansión arrolladora en las -almas y en las naciones cristianas, o mejor, descristianizadas por el libre examen.
'" Aquí es oportuno aclarar que las potencias capitalistas y financieras no se oponen realmente, ni se han opuesto jamás al Comunismo. Por el contrario, sin su apoyo y complicidad no habría triunfado la Revolución Rusa ni la Unión Soviética sería hoy una potencia mundial;  ni tampoco se propagaría impunemente en  las  naciones del  mundo  todavía  libre.   Es que el Judaísmo, la Masonería y el Comunismo son tres manifestaciones  ideológicas de  la misma  negación y del  mismo odio al Divino Redentor, es decir, el nihilismo radical inspirado por Satanás.
Esto nos permite comprender la coincidencia final y la colaboración obligada de la Plutocracia con el Comunismo, de la Banca con el Soviet: niegan, odian y tienden a lo mismo; luego son lo mismo.
Nos recuerda San Agustín que "el alma enamorada de su poder, olvida el bien universal y se desliza hacia el interés privado, aspirando a ser lo más, decrece; por eso se dice que la avaricia es la raíz de todos los males". La 'avaricia es, justamente, la raíz de la Plutocracia y del Comunismo, los dos grandes males de la sociedad contemporánea.
El libre examen es avaricia intelectual, subjetivismo de la Verdad teológica, metafísica y moral, suficiencia del propio juicio con desprecio de toda autoridad. En lugar de la ironía socrática que lleva a la conciencia de la propia ignorancia o de la humildad como principio de Sabiduría, el derecho a la duda universal, de juzgar toda palabra divina y humana; el derecho de reservarse exclusivamente para sí, de aceptar o rechazar toda autoridad exterior.
Lo que no ha sido examinado y aprobado por el único y su yo, no es verdadero, ni bueno ni bello ni justo, comenzando por el Bautismo de los párvulos; para que sea válido es preciso, que lo apruebe el interesado y se lo haga administrar voluntariamente, tal como hacían los anabaptistas que protagonizaron la primera revolución comunista del Occidente Cristiano.
Extrema avaricia y la más culpable ésta de la inteligencia cuyo bien es la Verdad que está en el alma que la atesora pero sobre ella; "en ti sobre ti", como enseña San Agustín.
Si es paradójica la expresión, no hay otro modo más adecuado de significar la trascendencia de la Verdad en el alma que la posee: posesión íntima, cabal, personalísima del bien universal e indivisible,, el más comunicativo y participable de todos los bienes.
El alma que está en la Verdad no es "una mónada sin ventanas hacia afuera", encerrada en si misma y aislada; por el contrario, está abierta y en comunicación con Dios y con las otras almas. Es el alma en estado docente; sabe escuchar y puede dialogar.
La Verdad es una, indivisible, inmutable; idéntica a través de la diversidad de las lenguas, razas, nacionalidades, épocas, idiosincracias y otras peculiaridades. La Verdad es docente de suyo; por eso Cristo, la Verdad de Dios, es el Maestro. Y sus discípulos para enseñar a las gentes tenían necesidad de que el Maestro instituyera una Cátedra que continuara la unidad y la integridad de su magisterio divino. Esa Cátedra de definición es la roca sobre la que está edificada su Iglesia.
¿Cómo hubiera podido permanecer intacta la Verdad de Dios sin la Cátedra de Pedro en medio de las necesidades y miserias, de las tentaciones y perversiones humanas?
¿Cómo hubiera podido permanecer una e inmóvil a través de la multitud de los criterios individuales y de las mudables edades y circunstancias?
¿Cómo hubiera podido llegar esa misma Palabra hasta Lutero, mil quinientos años después de haber sido enseñada por Dios hecho hombre?
Pero el fraile triste, arrebatado por Satanás, se instituyó a sí mismo en la Cátedra de Dios y creyó que su juicio era más, mucho más que el de los Papas y Obispos, que el de los teólogos y filósofos.  Ni la Cátedra romana,  ni los Concilios ecuménicos, ni los Padres y Doctores de la Iglesia, "ni las ridículas reglas de los lógicos", ni las "fantasías de los filósofos, ni el viejo Aristóteles", tienen la autoridad de su sentimiento interior y de su propia, experiencia para establecer la validez de un testimonio, de una afirmación o de una sentencia. "Ni el  Papa, ni un Obispo, ni hombre alguno, declara Lutero, tienen el derecho de imponer una sola sílaba al cristiano sin su consentimiento". Y con respecto a la Palabra misma de Dios, concluye: "puesto que todos somos sacerdotes no se nos puede negar la facultad de discutir y juzgar lo justo y lo infinito según la Fe".
Así es como la Palabra que es "Camino, Verdad y Vida", se arroja a los perros para que sea despedazada por el arbitrio, la ignorancia, el resentimiento y la vulgaridad de la jauría de los intelectuales y manuales sueltos.
Le debemos a Lutero la primera Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, esto es, del libre examen aplicado a las cosas de Dios:
"Libertad del individuo y derecho de cada cual a guiarse por la experiencia de su propio espíritu".
"... Si has recibido la Palabra por la Fe, considera cumplidos todos los preceptos y considérate a ti mismo libre en todo"..
"... Todos los sacramentos quedan entregados a tu libertad personal".
Estas fórmulas entre las innumerables que se pueden citar bastan para identificar al hombre emancipado de toda autoridad espiritual que se complace en su verdad; el único que cree tener el Evangelio de Dios encerrado en su corazón y que se llama a si mismo, "Evangelista por la Gracia de Dios" (Lutero).
En lugar del Papa legítimo, sucesor de Pedro, se auto-proclaman el papa Lutero, el papa Münzer, el papa Zwinglio, el Papa Calvino y tantos otros papas cuantos se sienten inspirados y llamados de lo alto.
El libre examen es, pues, el origen de esta horrenda confusión de Cristo y de la autoridad delegada por El, con cada uno de los innumerables "cristianismos" particulares, sus evangelistas, apóstoles y papas, improvisados en el delirio del fin del mundo y del principio del milenio a cargo de cualquiera de los falsos cristos. Esto nos explica el febril empeño de los comunistas anabaptistas alemanes, durante el proceso de su revolución social entre 1524 y 1535, por apresurar el cataclismo escatológico del milenio; empeño análogo al de los bolcheviques de hoy, dedicados a acelerar la inevitable catástrofe social que se continuará con el paraíso comunista.
La subversión de lo divino y sobrenatural promovida por la dialéctica del libre examen, tenía que continuarse necesariamente con el arrasamiento de todas las distinciones y jerarquías naturales en lo político y social, tal como nos ilustra el sutil ingenio de Vives:
"¿Qué diré de la dignidad, del honor, del Imperio? Suprime hoy los senadores, los cónsules, el príncipe y mañana existirán por cada doce senadores suprimidos, doce mil; por cada dos cónsules, dos mil; y mil príncipes por el que suprimieras".
Y por esta pendiente se llega finalmente a la negación de la propiedad privada, la distinción y jerarquía externas de la persona y sostén de la libertad familiar.
Sobre las ruinas acumuladas por la Revolución Comunista, "cuando todos hayan adquirido las cualidades colectivas, en aquella condición utópica de una sociedad sin ninguna diferencia de clases, el Estado político que ahora se concibe sólo como instrumento de dominación capitalista sobre el proletariado, perderá toda su razón de ser y se disolverá" (Pío XI) ; tendrá lugar entonces el salto a la libertad, previsto por Engels y al Estado administrador de hombres habrá sucedido un Estado administrador de cosas.
Claro está que para esa nueva época de una humanidad que no tiene necesidad de Cristo porque va a disfrutar de una felicidad real aquí abajo, el Libre Examen ha venido preparando un hombre nuevo en los últimos cuatro siglos.
Es todavía Vives quien nos habla en su inapreciable opúsculo, de este hombre nuevo que reclama la comunidad de todos los bienes: "Crea, pues, hombres nuevos y entonces esa República de Platón, no solamente zaherida por los filósofos sino rechazada por la naturaleza misma de las cosas, podría tener existencia. Porque con los hombres tales como son y con las pasiones que les mueven, en vez de la comunidad se obtendrán- odios, discusiones, pendencias, contiendas y guerras, ya que nuestra naturaleza repudia la comunidad de bienes, la re huye, la repele".
En lugar del hombre viejo renovado por la sangre de Jesucristo y por la gracia santificante, el hombre del pecado enamorado de su libertad y de su poder, que se finge en estado de salud perpetua (Bondad Natural), con un buen sentido ilimitado y una libertad enteramente dueña de sus actos, capaz de osarlo todo.
Lutero es también el precursor del hombre nuevo, con su famosa tesis de la justificación por la sola Fe, sin las obras; de que el hombre no es libre para el bien y la razón no alcanza verdaderamente lo espiritual ("La Libertad del Cristiano").
Aparentemente hace radicar la salvación en el mérito exclusivo de Cristo; pero, en verdad, divide la ciencia y la vida temporales de la Fe y de la Iglesia de Cristo. Si ya estamos justificados o condenados y nada significan nuestras obras para la salvación o perdición en la eternidad, esta, vida de aquí abajo nada tiene que ver con la, vida de allá arriba. El único punto de incidencia es la experiencia íntima de la Fe que para lo único que sirve es para la piedra libre del pecado: "Sé pecador, un verdadero pecador y peca de firme, pero cree más firmemente todavía".
Esta vida no es un lugar de prueba, sino que la voluntad humana es como una cabalgadura que puede estar montada por uno de dos jinetes. Si va Dios en la silla, el hombre quiere y dispone según Dios. Si va el diablo, el hombre quiere y marcha como al diablo se le antoja. No está en sí mismo optar por uno u otro y ofrecerse a él. Ambos jinetes luchan entre si hasta que uno de ellos prevalece sobre el caballo. "Si alguno me ofreciese la libertad de la voluntad yo la rechazaría". 
Aparentemente este maniqueísmo desembozado se presenta como una justificación del "no poder hacer otra cosa" que seguir al principio bueno o malo que nos lleva por donde quiere; pero, en rigor, es la piedra libre del pecado que decíamos: del vive como quieras o como puedas.
De aquí a la negación del pecado no hay más que un paso; y otro más para convertir la negativa en afirmativa y proclamar la Bondad Natural del hombre.
El judío Baruch Spinoza, un siglo después de Lutero, desarrolló en su "Tratado Teológico-Político", la ética del hombre nuevo que hace del egoísmo la ley natural, la manifestación espontánea de su naturaleza divina, es decir, necesariamente buena.
"El Poder de la naturaleza es, en efecto, el poder mismo de Dios que ejerce un derecho soberano sobre todas las cosas.
El derecho de cada uno se extiende hasta donde alcanza su poder. Y como es una ley general de la Naturaleza que cada uno se esfuerce por mantenerse en su estado, sin tener en cuenta más que a sí mismo, es decir, su propia conservación.. . .. . Así, cualquiera que esté obligado a vivir bajo el único imperio de la naturaleza tiene el derecho de realizar lo que juzga útil... de apropiarse por todos los medios, sea por fuerza, sea por astucia, sea por súplicas, o por todos los demás que juzgue oportunos, lo necesario para la satisfacción de sus deseos; y a tener por enemigo a aquél que se lo estorbe" (Capítulo XVI).
Como se advierte a primera vista, se está lejos aquí de condenar al egoísmo, expresión pura de la avaricia. Por el contrario, esta inclinación viciosa se propone como ley de la naturaleza individual, como la tendencia misma de su ser cuya satisfacción es la felicidad.
En el siglo XVIII, llamado de las Luces, se completa la imagen   del   hombre   nuevo,   enteramente   prefabricado;   sus rasgos
fundamentales son  cuatro:  1º)   suficiencia del juicio individual,  conforme a  la  tesis  cartesiana de  que  "el   buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo"; 2°)  la bondad natural que cubre la cínica deificación spinoziana del egoísmo, fingiendo que "siempre son rectos los primeros movimientos de la naturaleza" (Russó) ; 39)  la igualdad completa de todos los hombres que "por ley natural, son tan iguales como los animales de cada especie"  (Russó) ; 49)  el progreso indefinido, sin fin, de la humanidad.
He aquí la ficción del hombre nuevo que es el supuesto de todas las ciencias de la conducta que se vienen construyendo desde entonces: ética, psicología, política, ciencias sociales y jurídicas, pedagogía, economía e historia contemporáneas.
Son ciencias  de la realidad humana que desconocen  el Pecado  Original   y   sus  consecuencias   penales,   así   como   la Divina Redención y la acción de la Gracia. Todas ellas planteadas sobre una falsa conciencia de si mismo,  que explica también la falta de autenticidad en casi toda la literatura y manifestaciones  artísticas de nuestro  tiempo.  Dostoievski  y Nietzsche han sido los que más lúcida e implacablemente han denunciado esa gran falsificación de la ciencia y de la vida, consumada en los dos últimos siglos.
 En la perspectiva de la nueva ciencia del hombre nuevo, la historia de las sociedades "no descubre otra cosa que la violencia de los poderosos y la opresión de los débiles" (Rousseau) ; o "la historia de cualquier sociedad hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases. . . opresores y oprimidos en oposición constante" (Marx y Engels).
El pasado del hombre viejo es una historia de violencia e iniquidad que corrompió su estado original, —"nace bueno y la sociedad lo corrompe"—; ahora recuperado en el hombre nuevo que despierta a la conciencia de la inhumanidad del antiguo régimen con su división de clases y sus aborrecibles desigualdades. La tarea perentoria del hombre nuevo es la reforma social, arrasando el viejo régimen hasta sus cimientos y proyectando otro enteramente nuevo, una constitución civil que preserve la igualdad natural e impida la reaparición de las antiguas distinciones y jerarquías.
Russó ha dejado en "El Contrato Social", las bases de esa constitución civil o estructura jurídica de la Democracia abstracta, mecánica y mayoritaria. El "Manifiesto Comunista" de Marx y Engels, publicado en 1848, no es otra cosa que el plan ejecutivo de la Democracia jacobina y así lo declara expresamente:
"El primer paso de la revolución obrera es la constitución del proletariado en clase dominante, la conquista de la democracia".
"El proletariado se valdrá de su dominación política para despojar a la burguesía de todo .capital, para centralizar todos los medios de producción en manos del Estado".
Es obvio que la democracia basada en el sufragio universal o soberanía popular, es el medio de promover la sub-versión legalmente; esto es, lograr que los dirigidos, los subalternos, los inferiores que deben obedecer, pero que son la gran mayoría, gobiernen a los que naturalmente deben mandar y que son ínfima minoría.
El Contrato Social que confiere al Estado un poder absoluto sobre sus miembros, es el camino abierto al proletariado organizado para que llegue a  ser democráticamente (    e! soberano. Que se respete en algunos casos, el derecho de las minorías, es una  concesión  accidental que no hace al fondo del problema.
Claro está que no es nunca la masa proletaria, el titular de la soberanía, sino el equipo de agitadores profesionales que se hace elegir por ella. Así es como los más vulgares y abyectos aduladores de la multitud, usurpan el lugar propio de las legítimas superioridades.
En cuanto al resultado, no existe diferencia alguna entre los agitadores profesionales que llegan por la vía democrática y los que conquistan el poder por la violencia como los protagonistas del Terror Jacobino en la Francia revolucionaria: Hébert, Chaumette, Lebon, Marat, Saint Just, Robespierre, etc, etc. Lo mismo da una República Popular que una Dictadura del Proletariado.
El Comunismo marxista se ha planteado, desde el principio, en el escenario de la Historia Universal; pero su trayectoria dialéctica se ajusta estrictamente al esquema de Vives. Sus maestros y directores principales, Carlos Marx y Federico Engels, se iniciaron con la crítica  negativa de la Religión, atacando concreta y directamente a Cristo y a su Iglesia Católica. Sus primeros ensayos ideológicos reproducen y comentan la crítica materialista que el hegeliano de izquierda, Luis Feuerbach, maestro de ambos, expone en su obra "La Esencia del Cristianismo".
     En el próximo capítulo, vamos a demorarnos en el examen de los argumentos principales de esa crítica que Marx resume en su breve "Introducción a la Crítica de la Filosofía, del Derecho de Hegel", escrita en 1844; y Engels en su opúsculo: "Luis Feuerbach y el Fin de la Filosofía Clásica Alemana", cuya redacción original es de los años 1845-6. Es oportuno destacar que estas dos exposiciones sumarias, junto con las Tesis sobre Feuerbach de Marx, son lecturas imprescindibles para   la   inteligencia   cabal   del   Comunismo   bolchevique   de Marx, Lenín, Stalin y Khrushchov.
Después de la crítica de la Religión Católica, la dialéctica materialista pasa a la negación de toda filosofía del ser y del orden inmutable de las esencias y del fin último: "no hay nada definitivo, absoluto, consagrado; en todo pone de relieve lo que tiene de perecedero y no deja más que el proceso ininterrumpido del devenir y del perecer, una trayectoria en ascenso sin fin, desde lo más bajo a lo más alto, cuyo reflejo en el cerebro pensante es esta misma filosofía".
Se comprende que el propósito exclusivo de esta crítica negativa, es justificar la destrucción de la Civilización Greco-romano- cristiana puesto que "todo lo que existe merece perecer" (Engels).
Es que la dialéctica materialista o materialismo dialéctico no es un método de investigación científica, sino el instrumento ideológico para la expropiación y el exterminio, tal como lo declara el propio Marx: "la comprensión positiva de lo existente incluye la inteligencia de su negación... es necesariamente crítica y revolucionaria".
En este proceso de la negación infinita o del infinito negativo, el Comunismo Marxista  después  de la Religión y de la Filosofía, emprende la crítica del Derecho que abarca todas las formas del ethos social. Las distinciones y jerarquías naturales, comenzando por la autoridad   política, no son más que superestructuras ideológicas dependientes de las condiciones   materiales existentes en la sociedad; esto es, reflejo de la estructura económica y de la ley económica del desarrollo histórico-social. Marx expone en "El Capital" con gran aparato científico, su perversa "teoría de la explotación", en base a la apropiación por parte del patrono del exceso de servicios  y rendimientos  que  presta  el  obrero   (plusvalía), más allá de los equivalentes a su sustentación y a la producción  de su potencial  de trabajo. Esta forma de explotación del hombre por el hombre, inherente al sistema burgués, se concreta  en una diferencia y oposición radicales de clases sociales, es decir, opresores capitalistas y  proletarios oprimidos. El Estado con sus magistrados, sus Fuerzas Armadas, sus guardianes, sus educadores, no es otra cosa que el instrumento de los privilegiados para asegurar la   tranquila explotación de la masa proletaria. Y la Religión es "el opio del pueblo", un instrumento más  de opresión.
Paralelamente a la expropiación de los proletarios se inicia la de los capitalistas menores, por la centralización de los capitales.
Cada capitalista liquida a muchos otros. "La centralización de los medios de producción v la socialización del trabajo llegan a un punto en que son incompatibles con la envoltura capitalista. Esta se rompe. Suena la hora postrera de la propiedad capitalista. Los expropiadores son expropiados. . . expropiación de algunos usurpadores por la masa del pueblo".
Y así es como en el extremo desarrollo de las leyes económicas inmanentes a la misma producción capitalista, cuando la miseria, la opresión, la servidumbre, la degradación y la explotación han alcanzado su  punto culminante, se opera el tránsito inevitable,  más o menos catastrófico, a la sociedad sin Religión, sin Patria, sin clases, sin familia y sin propiedad privada; esto es, la utópica sociedad comunista sin ninguna de las instituciones divinas ni naturales de la  Tradición. Y el  tránsito hacia el  régimen de  la  comunidad  de todos  los bienes, se puede hacer, repetimos, tanto por vía democrática como   por   vía   revolucionaria.   Lo   mismo   es   una   república popular que una dictadura del proletariado.
Esta sumaria exposición de la ideología comunista nos evidencia que a los comunistas no les interesa en absoluto la Verdad porque La Verdad es lo que es; y ellos no aceptan que la Verdad sea lo que es, sino lo que se hace y se es capaz de hacer. No les interesa la identidad esencial sino el hecho consumado, el éxito experimental.
Ya lo expresó claramente Marx en sus "Tesis sobre Feuerbach":
"La cuestión de si el pensamiento humano alcanza la Verdad objetiva, no es una cuestión teórica sino práctica".
La ideología marxista no es, pues, una teoría científica, ni un método de investigación, ni nada que tenga que ver con el conocimiento y la verdad. Es exclusivamente lo que decía Lenín cuando se preparaba para despojar y asesinar a millones de rusos: "una guía para la acción". Una guía para la acción nihilista; una seudofilosofía, que no interpreta el mundo, sino que pretende transformarlo, o mejor, arrasar todas las jerarquías espirituales y naturales.
Y este es el fantasma anunciado por el "Manifiesto Comunista" que comenzó a recorrer Europa hace más de un siglo y que hoy se pasea triunfante por el mundo entero.
Las democracias occidentales con su laicismo masónico, sus libertades anárquicas, su exaltación numérica de los inferiores y su vulgaridad irremediable, constituyen la vía ancha que lleva, quieras que no, al Comunismo ateo y bolchevique.
Nietzsche vio con torturante lucidez los tiempos que están llegando:
"Sacrificar a Dios en aras de la Nada; este paradójico misterio de una crueldad, fue reservado para la generación que viene y todos nosotros estamos en el secreto".
He aquí la respuesta a la pregunta que encabeza este primer capítulo, cuyo largo análisis ha tenido por objeto demostrar que el Comunismo es el sacrificio de Dios en aras de la Nada; o lo que es igual, nihilismo satánico.
A modo de síntesis y como confirmación, la más autorizada, de la interpretación objetiva de las ideas y de los acontecimientos expuestos, se transcribe un notable pasaje de la Encíclica "Diuturnum Illud", de León XIII:
"Las consecuencias de la llamada Reforma comprueban este hecho. Sus jefes y colaboradores socavaron con las piquetas de las nuevas doctrinas, los cimientos de la sociedad civil y de la sociedad eclesiástica y provocaron repentinos alborotos y osadas rebeliones, principalmente en Alemania. Y esto con una fiebre tan grande de guerra civil y de muerte que casi no quedó territorio alguno libre de la crueldad de las turbas. De aquella herejía nacieron en el siglo pasado una filosofía falsa y el derecho nuevo, la soberanía popular y una descontrolada licencia que muchos consideran como la única libertad. De aquí se ha llegado a esos errores recientes que se Comunismo, socialismo y nihilismo, peste vergonzosa y amenaza de muerte para la sociedad civil." (Año 1881)