Cae el Instituto Juan Pablo II. Pero…¿dignamente?
En la trascendental batalla que se libra al interior de la
Iglesia Católica ha caído un baluarte: el Instituto Juan Pablo II. El artículo
de significativo título I vandali saccheggiano Roma…di nuovo(los vándalos saquean Roma otra vez) publicado
por George Weigel, ayuda a situar el hecho en su debido contexto. Según Weigel,
después del Concilio Vaticano II estalló una guerra de sucesión entre
«dos sectores de teólogos reformistas que hasta entonces habían estado aliados».
Unos y otros tenían respectivamente como órgano de difusión dos revistas: Conciliume y Communio. La
primera ultraprogresista, y moderada la segunda. Lo que estaba en disputa
era «el dominio sobre el profesorado en las principales facultades de
teología del mundo».
La elección de Juan Pablo II, que nombró a Joseph Ratzinger
prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, supuso la preponderancia de
los moderados sobre los extremistas.
A partir de 1978, estos últimos «se vieron
impedidos de jugar en primera división en la política eclesiástica, aunque
continuaran manteniendo un férreo dominio sobre la mayor parte de los cargos de
los seminarios y en numerosas publicaciones teológicas». Según explica el
escritor norteamericano, no depuró los seminarios de profesores progres, sino
que incluso fomentó la fundación de nuevas instituciones como el Ateneo de la
Santa Cruz, del Opus Dei (y, añadimos nosotros, el Regina Apostolorum de los
Legionarios de Cristo). Es más, el papa Wojtyla «confiaba tranquilo en que la
moneda auténtica –la teología buena– terminaría con la falsa moneda
ética». El Instituto Juan Pablo II para Estudios
sobre el Matrimonio y la Familia fue el «instrumento clave» de dicha
operación cultural, sobre todo para fomentar la aceptación de la
encíclica Veritatis Splendor de Juan Pablo II. Los
progresistas, a quienes Weigel califica de testarudos y despiadados, esperaron
el momento oportuno para hacer ajuste de cuentas. La oportunidad les llegó hace
pocas semanas, cuando el nuevo Instituto Juan Pablo II, cuyo gran canciller es
el arzobispo Vincenzo Paglia, efectuó una depuración «al más puro estilo
estalinista» del legado católico y pastoral de Juan Pablo II. El caso más resonante
fue la supresión, tras 38 años de existencia, de la cátedra de moral
fundamental, que estaba a cargo de monseñor Livio Melina. La conclusión, que está
igualmente expresada en el título del artículo de Weigel, es que «desde el
pasado 23 de julio se lleva a cabo en Roma un crudo acto vandálico: lo que
originalmente se conocía como el Pontificio Instituto Juan Pablo II para Estudios
sobre el Matrimonio y la Familia ha sido perentoria y sistemáticamente
despojado de sus más ilustres profesores, y sus cursos fundamentales de
teología moral han sido eliminados».
En la reconstrucción que hace el amigo George Weigel hay, no
obstante, un vacío que vamos a intentar llenar. Ante todo, es preciso
recordar que a los veintisiete años de pontificado de Juan Pablo II se
sucedieron ocho de gobierno de la Iglesia por parte de Benedicto XVI. En total,
fueron treinta y cinco años de predominio del sector moderado en la Iglesia.
¿Cómo es posible que a pesar de un periodo tan prolongado de predominio
reformista, los jacobinos hayan terminado por tomar el poder, y ejerzan hoy una
presión despiadada contra sus adversarios? Surgen sospechas de que la
razón estribe en la debilidad intrínseca del frente moderado. Debilidad
doctrinal, porque se sustentaba en su tentativa de justificar a toda costa un
acontecimiento como el Concilio Vaticano II, que carga con graves responsabilidades,
empezando por su negativa a condenar el comunismo en un momento histórico en
que éste constituía el mayor peligro para la Iglesia y para Occidente. Y
debilidad estrategia, porque quien está convencido de que defiende la verdad no
puede tolerar que en las universidades eclesiásticas y los seminarios se sigan
enseñando errores durante años, como sucedió durante los pontificados de Juan
Pablo II y de Benedicto XVI. La estrategia de promover la verdad evitando
condenar el error no funciona. La realidad ha confirmado que ésa era la
estrategia, y han corroborado por el contrario la ley de Thomas Gresham
(1519-1579), según la cual es la falsa moneda la que acaba con la legal, y no
al revés.
La renuncia de Benedicto XVI al pontificado el 11 de febrero
de 2013 supuso, además, el reconocimiento del fracaso de la mencionada
estrategia. La hermenéutica de la continuidad ha resultado incapaz de hacer
frente al jacobinismo eclesiástico, que no es una línea de
interpretación de documentos teológicos, sino un proyecto de conquista del
poder mediante hombres y actos. Que Francisco fuera elegido papa fue la
inevitable consecuencia del fracaso histórico del reformismo moderado. Jorge
Mario Bergoglio enfrenta su magisterio vivo de la Iglesia a
quienes invocan el magisterio vivo del Concilio. Si un
concilio de la Iglesia siempre tiene razón, ¿quién va a acusar a un pontífice
que se presenta como la encarnación de dicho concilio? Por su parte, el papa
Francisco, como todos los jacobinos, detesta por encima de todo la ambigüedad y
las contradicciones de los moderados mientras que respeta y teme la coherencia
de los contrarrevolucionarios. Y si hoy el Instituto Juan Pablo II es saqueado
por los vándalos es precisamente porque no resistió abiertamente al papa
Francisco cuando tenía que hacerlo.
La exhortación Amoris laetitia del 19 de
marzo de 2016 tenía el claro objetivo de destruir la Veritatis
splendor y las enseñanzas morales de Juan Pablo II para sustituirlos
por un nuevo paradigma moral. En nombre de Veritatis splendor y
de su propia trayectoria personal, los profesores del Instituto Juan Pablo II
deberían haberse opuesto unánimemente a este atentado a la moral católica, y
más aún después de la negativa por parte de Francisco de recibir en audiencia a
los cardenales autores de los dubia y del rescripto pontificio
del 5 de julio de 2017, según el cual la verdadera interpretación del documento
pontificio era la de los prelados argentinos. La intención del papa Francisco
estaba y está clara para todos. Pero ningún teólogo del Instituto suscribió
la Correctio filialis de haeresibus propagati del 24 de
septiembre de 2017 ni ha presentado documento alguno que someta a una severa
crítica a Amoris laetitia.
En una entrevista concedida el pasado 3 de agosto a La
Verità, monseñor Livio Melina se ha presentado como víctima de una
injusta depuración, y afirma que la habían emprendido con él por haber querido
interpretar Amoris laetitia a la luz del Magisterio de la
Iglesia. Pero es que no es posible interpretar Amoris laetitia a
la luz del Magisterio perenne, porque propone un nuevo paradigma moral que es
irreconciliable con Veritatis splendor. El papa Francisco está
convencido de ello, y nosotros también. Tal vez lo esté también monseñor
Melina, pero nunca lo ha dicho públicamente. Y su silencio no ha impedido que
lo defenestren. ¿Por qué nos vamos a extrañar? ¿No hemos aprendido nada de la
Revolución Francesa?
Hoy en día la batalla exige hombres que
luchen con claridad a favor o en contra de la Tradición de la Iglesia. Y
si se da el caso de que un pontífice adopte una postura contraria a la
Tradición, debemos distanciarnos respetuosamente de él permaneciendo
firmes dentro de la Iglesia de la cual él y no nosotros parece que
quisiera separarse. Un valiente teólogo como monseñor Melina dispone de
todos los medios intelectuales para entender que se pueden resistir los
errores doctrinales y pastorales de un papa sin faltar al amor y a la
devoción que debemos profesar a la cátedra de San Pedro. Ha pasado la
hora del minimalismo, y ha llegado el momento en que la verdad y el
error deben mirarse cara a cara y no hacer concesiones. Ésa es la única
posibilidad que tiene la verdad de triunfar. Necesitamos hombres que
combatan y que si es necesario caigan. Pero honrosa y dignamente.
(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

