sábado, 17 de agosto de 2019

LA FUGA DE BATISTA

El 24 de diciembre por la mañana, el general Eulogio Cantillo, jefe de operaciones militares del gobierno en la región de Oriente, hizo llegar a través del RP Francisco Guzmán, sacerdote jesuita y capellán de Fidel Castro en la sierra, un mensaje en el que solicitaba un encuentro con el comandante en jefe de las fuerzas revolucionarias, asegurando representar a un “grupo de oficiales honestos” del Ejército, deseosos de establecer la paz.
La reunión tuvo lugar cuatro días después, en las ruinas del abandonado ingenio azucarero Central Oriente, próximas a Palma Soriano, un sitio óptimo, rodeado de vegetación, recientemente ocupado por la guerrilla.
El primero en llegar fue el jefe guerrillero. Lo hizo a bordo de un jeep militar, escoltado por varios hombres fuertemente armados. A las 08.00 hizo lo propio Cantillo, en un helicóptero H-10 de la fuerza aérea cubana. A quienes se encontraban allí reunidos les impactó su presencia, luciendo su uniforme de campaña, con camisa de mangas cortas y pistola a la cintura.
 
Acompañado por un par de oficiales, el alto oficial pasó por entre varios combatientes rebeldes hasta detenerse frente a Fidel, quien lo saludó cortésmente y luego lo invitó a pasar al interior del edificio, donde aguardaban el Dr. Raúl Chibás, Celia Sánchez, Vilma Espín, el padre Guzmán y varios testigos más.
El primero en hablar fue Cantillo, quien manifestó su deseo de llegar a un acuerdo para poner fin a la lucha. Castro lo escuchó atentamente y cuando su interlocutor terminó de hablar, respondió con una larga enumeración de hechos, recordándole al militar que después de analizar la situación del Ejército y los crímenes cometidos por la dictadura, “…a él [se refería a Cantillo] no le tenían que importar Batista ni los Tabernillas ni toda aquella gente, no le tenía que importar nada, porque aquella gente había sido muy desconsiderada con los militares cubanos; que aquella gente había llevado a los militares a una guerra contra el pueblo, que es una guerra que se pierde siempre, porque contra el pueblo no se puede ganar una guerra”1.
Cantillo se mantenía en silencio, con la mirada clavada en su interlocutor, mientras aquel seguía hablando:

Después de decirle que los militares eran víctimas de las inmoralidades del régimen, que los presupuestos para comprar armamentos se los robaban, que a los soldados los engañaban constantemente, que aquella gente no merecía la menor consideración de los militares honorables, que el Ejército no tenía por qué cargar con la culpa de los crímenes que cometía la pandilla de los esbirros de confianza de Batista; le advertí, le advertí bien claramente, que yo no autorizaría jamás, por mi parte, ningún tipo de movimiento que permitiese la fuga de Batista.  Le advertí que si Batista quería fugarse, que se fugara enseguida y con él Tabernilla y todos los demás, pero que mientras que nosotros pudiéramos evitarlo, teníamos que impedir la fuga de Batista2.

El alto oficial respondió lacónicamente, reconociendo que su gobierno había perdido la guerra y que el régimen debía entregar el poder. Castro contestó que la única manera de reconciliar al pueblo con las fuerzas armadas era dar un golpe de mano en Santiago de Cuba tendiente a acabar con la dictadura y el militar aseguró coincidir, más cuando su oponente manifestó su plena seguridad en que el total de las guarniciones castrenses se sumarían a la asonada ni bien la misma estallara.
Cantillo estuvo de acuerdo y en seguida concertaron un compromiso de tres puntos que establecía lo siguiente:

1) Que el 31 de diciembre, a las tres de la tarde, el general Cantillo haría un llamamiento para pedir la renuncia del gobierno.

2) Serían detenidos los criminales de guerra.

3) Los cuarteles de Oriente se rendirían a las fuerzas rebeldes.

Cuando el general le comunicó a Castro que tenía pensado viajar a La Habana al día siguiente, éste le sugirió que no lo hiciera porque eso no sería oportuno, pero como el jefe militar insistió, le planteó otros tres puntos que consideraba fundamentales para llegar a un entendimiento:

1) No queremos contacto con la Embajada norteamericana.

2) No queremos golpe de Estado en la capital

3) No queremos que dejen escapar a Batista.

Cantillo volvió a manifestar su acuerdo y entonces Fidel le hizo prometer que cumpliría lo pactado al pie de la letra y sobre todo, que no se iba a dejar convencer por los personeros del gobierno, para llevar a cabo ningún golpe militar.

-Le prometo que no – fue la respuesta.

-Usted me jura que no – volvió a insistir Castro.

-Le juro que no3.

Cantillo partió de regreso, dejando a su oponente confiado y tranquilo, seguro de que se había logrado un entendimiento y que los seis puntos establecidos durante la conversación iban a ser considerados.
 
Reunión de Castro con el general Cantillo en el Central Oriente

Con la rendición del Regimiento Nº 3 “Leoncio Vidal”, la ciudad de Santa Clara, que desde hacía tres día carecía de suministro eléctrico, quedó sumida en un inquietante y angustioso silencio.
Poco a poco, la gente comenzó a asomarse para ver que ocurría, primero a través de las ventanas y después, ganando tímidamente el exterior. El espectáculo que ofrecían las calles en algunos sectores era realmente estremecedor: cráteres de hasta 8 metros de diámetros, producto de los bombardeos aéreos, viviendas derruidas, edificios incendiados, vehículos atravesados en las arterias, edificaciones acribilladas por la metralla, barricadas y cantones levantados con trozos de macadam, adoquines, bolsas de arena e incluso mobiliario. Incluso se veían cuerpos tirados en varios lugares, muchos de ellos civiles, aunque la mayoría eran soldados, guardias y guerrilleros.
Poco a poco la ciudadanía se fue animando y pasado un tiempo, la algarabía ganó el exterior. La gente comenzó a saltar, a vivar, a aplaudir, a cantar y corear consignas e incluso varios jóvenes se ofrecieron para luchar.
Para entonces, la noticia de la fuga de Batista corría de boca en boca y los villaclareños comenzaban a sacar conclusiones.
La batalla finalizó cuando los francotiradores del Gran Hotel terminaron por ceder y salieron al exterior con los brazos en alto.
Según Pierre Kalfón, se trataba de al menos cuatro policías y cinco “tigres” de Rolando Masferrer, el militante revolucionario devenido en senador y partidario de Batista4; de acuerdo a Jon Lee Anderson, “…el día anterior, Acevedo había ordenado realizar pases rápidos con el automóvil frente al hotel para atraer el fuego de los francotiradores, pero abandonó esa táctica después de que hirieran a uno de sus hombres en una pierna”5.
Lo cierto es que aquellos hombres se habían rendido y en esos momentos se hallaban a merced del Che, encerrados en la prisión del Escuadrón de Policía, en espera de una decisión.
¿Pero que había sucedido en La Habana la noche de Fin de Año?
Cuando a las 21.00 del 31 de diciembre, el coronel Casillas le informó a Batista que la situación en Santa Clara era insostenible, el gobernante comprendió que debía emprender la huída y comenzó a adoptar medidas. Como para corroborar lo dicho por el comandante de la defensa de Las Villas, una hora después estableció comunicación el general Cantillo informando que Santiago acababa de caer y la resistencia de las fuerzas a su mando había cesado. Eso terminó por despejar cualquier duda.
Según algunas fuentes, Batista tardó ocho días en organizar la fuga. Se dice que el 22 de diciembre mandó llamar al general Fernando H. Tabernilla (“Silito)6, uno de los hijos de su segundo en el mando, joven comandante de la poderosa División de Infantería “Alejandro Rodríguez”, con asiento en la guarnición de Campo Columbia y le pidió que le preguntase a su hermano Carlos, coronel del aire y jefe de la Fuerza Aérea, de cuantos aviones disponía para una evacuación de emergencia. Inmediatamente después, dispuso pagar el saldo de los cinco millones de dólares que le debía al dictador Trujillo de República Dominicana por la compra de armas y luego se reunió con su estado mayor, para seguir de cerca lo que sucedía en Oriente.
El 31 de diciembre por la tarde (17.00), un empleado del Club de Oficiales de Columbia corrió hasta el salón principal en el que “Silito” Tabernilla departía con otros altos jefes militares y le comunicó que el general Batista se hallaba al teléfono. Cuando el alto oficial atendió, supo que el mandatario llamaba desde Kuquine, su finca de fin de semana en El Guatao, para averiguar si tenía alguna respuesta de su hermano y chequear si el general Cantillo había llegado desde Santiago.  A lo primero, Tabernilla respondió que se disponía de tres aviones y a lo segundo, que no tenía novedades.
Aviones DC-4 aguardan en el aeropuerto militar

Al recibir tales respuestas, Batista le indicó le dijera a su hermano que  tuviese los aparatos listos para decolar ni bien se lo indicara y que tratase de ubicar a Cantillo pues necesitaba verlo urgentemente en su residencia; incluso le puso una hora: las 20.30.
En realidad, Cantillo se hallaba en La Habana desde el día anterior, pero otros asuntos lo tenían ocupado. Cuando Tabernilla lo contactó a las 18.00, le manifestó que le resultaría imposible presentarse en el horario indicado porque al día siguiente era su aniversario de boda y desde hacía tiempo estaba organizando una gran recepción. Cuando Tabernilla insistió, el general le manifestó que no iba a poder viajar hasta El Guatao y por esa razón, volvió a sugerir  que pospusiese el encuentro para más adelante.
Enterado Batista, volvió a repetir la orden, pero corrió la hora de encuentro para las 22.30, indicándole a “Silito” que se trasladase a Kuquine de inmediato, pues también necesitaba hablar con él. Desde hacía varios días había manifestaciones y motines en las calles de la capital y no se podía perder un minuto de tiempo.
Tabernilla abordó su auto y partió raudamente. Cuando llegó, cuarenta minutos después, notó que en el lugar se encontraban el ministro de Relaciones Exteriores Gonzalo Güell y el secretario de la Presidencia, Andrés Domingo y Morales del Castillo.
Una vez en la sala principal, Batista lo invitó a sentarse y yendo directamente al grano preguntó si estaba seguro que aviones estaban listos. “Silito” respondió que sí y entonces el mandatario le pidió que se comunicase con los invitados a la recepción de Fin de Año que tendría lugar en el edificio del Central Columbia y les pidiese estar presentes a las 23.00. Para ayudarlo a hacer las llamadas, debía valerse de los edecanes militares.

-Dile a tu hermano Carlos que esta noche es la partida – manifestó el presidente sobre el final.

Fue necesario llamar urgentemente a los pilotos y tripulantes porque ese mismo día, Carlos Tabernilla los había autorizado a regresar a sus casas para pasar el Año Nuevo en familia.
Cantillo llegó a Kuquine pasadas las 22.30 y apenas habló quince minutos con el mandatario. Ahí mismo, se le ordenó a “Silito” renunciar a la jefatura de la gran unidad militar que tenía a su cargo y entregársela al recién llegado así como disponer el inmediato cambio de mando en todas las unidades. Luego les solicitó a ambos que se dirigiesen hacia la residencia presidencial en Campo Columbia y le recomendó expresamente a Cantillo que no liberase a Ramón Barquín ni a sus compañeros de prisión en la Isla de Pinos.
El mandatario llegó a la residencia minutos antes de las 24.00. Se dice que en el camino, su hijo mayor, Fulgencio Rubén Batista (“Papo”), sugirió no hablar de fuga sino de “salida ordenada”, pues eso sería menos impactante, un simple eufemismo con el que se pretendía tranquilizar las conciencias.
Antes de partir, el mandatario les telefoneó a su cuñado, el general Roberto Fernández Miranda, comandante del Destacamento Militar de La Cabaña y al presidente del Senado, Anselmo Alliegro, para pedirles que por nada del  mundo dejasen de acudir a la recepción de esa noche pues tenía algo importante que anunciar.
Una vez en la residencia presidencial, Batista le indicó a su hijo Jorge, de 16 años de edad, que les dijera a sus hermanos tener todo listo para viajar al exterior, inmediatamente después cambió sus ropas sport por un traje blanco y acto seguido, pasó al salón principal donde ya se encontraban los invitados.
El primero que se acercó a saludarlo fue el coronel Irenaldo García Báez, hijo del general Pilar Danilo García, quien lo notó tenso y preocupado. Mientras estrechaba su mano, Batista lo miró y en tono bajo le dijo:

-“Silito” tiene órdenes para ti. Cúmplelas al pie de la letra.

García Báez quedó desconcertado y cuando Cantillo se le acercó para darle instrucciones, tuvo que sentarse en un sillón para tratar de reordenar sus pensamientos.
El general, recién llegado de Oriente, le dijo que partían todos esa misma noche y que por esa razón, debía tomar los recaudos necesarios, principalmente, quemar los expedientes “K” donde figuraban los nombres de todos los implicados con el régimen y preparar a su familia para salir del país.
El primer impulso de García fue hablar con Batista, para convencerlo de permanecer al frente del gobierno pero el salón estaba tan lleno que no pudo hacerlo. Se encontraba allí lo más grabado del régimen, entre ministros, funcionarios, altos oficiales, algunos empresarios y obsecuentes, todos pugnando por acercarse al presidente, ignorantes de lo que estaba aconteciendo.
Entonces se dirigió a su casa, se colocó nuevamente el uniforme y partió velozmente hacia el edificio del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) dispuesto a cumplir las directivas.
Como dicen José Luis Padrón y Luis Adrián Betancourt en su libro Batista, últimos días en el poder, en La Habana todavía quedaban oficiales dispuestos a luchar e incluso a perder la vida por defender al régimen pues aún disponían de 10.000 hombres, tanques, aviones, buques, cañones y un considerable arsenal, ello sin contar los 10.000 agentes de policía, colaboradores y hasta milicianos civiles, amén del servicio secreto. Pero nada logró cambiar la decisión del presidente.
Cerca de la medianoche, Batista y sus más altos oficiales se retiraron a una sala contigua y con las puertas cerradas a sus espaldas, aguardaron que el mandatario hablara. Se encontraban allí reunidos, además de los oficiales de mayor graduación, el presidente del Senado, Dr. Anselmo Alliegro, el secretario de la Presidencia, Andrés Domingo y Morales del Castillo, el presidente electo Andrés Rivero Agüero, su vicepresidente Gastón Godoy Loret de Mola y el primer ministro y canciller Gonzalo Güell.
Dirigiéndose a los presentes, Batista propuso un brindis y luego de entrechocar las copas y beber unos sorbos, exclamó con forzada solemnidad: “¡Salud. Salud!”.
Finalizada la ceremonia, Cantillo, que como se ha dicho, había llegado a La Habana el día anterior, pasó a interpretar el papel que tenía asignado desde horas antes. Pidió la palabra y en tono grave exclamó:

—Señor Presidente, los jefes y oficiales del ejército consideramos que su renuncia contribuirá a restablecer la paz que tanto necesita el país.

Un silencio sepulcral pareció recorrer el salón, silencio roto por la voz del mandatario cuando comunicó que “aceptaba” y dimitía “para evitar un innecesario baño de sangre”. Ni bien pronunció esa frase, agregó que había cursado notas dando cuenta de su decisión a los representantes de la Iglesia, a la asociación que nucleaba a los productores de azúcar, café y tabaco y a otras altas personalidades de la isla. Acto seguido, anunció que entregaba el mando al general Cantillo y luego designó al Dr. Carlos Manuel Piedra, el más antiguo juez de la Suprema Corte, como su sucesor.
Una vez dicho eso, el dictador relevó al general Francisco “Silito” Tabernilla de la jefatura al frente de Campo Columbia y lo reemplazó por Cantillo, quien, como primera medida, pidió la renuncia de los tres comandantes de las fuerzas armadas.
El brindis de Fin de Año en Campo Columbia. Como podrá apreciarse, no
se trata de ninguna velada de gala, como mostró la película "El Padrino II".
A la izquierda, el general Francisco Tabernilla Dolz

Batista hizo firmar a los presentes el acta de renuncia en la cual dejaba estipulado que se le exigía la misma para evitar a la nación el mencionado baño de sangre y finalizada la reunión, regresó al salón principal para volver a alzar su copa y saludar a la concurrencia.
Una hora después, se encontraba a solas en su despacho, departiendo con “Silito” Tabernilla, el general Cantillo y Rivero Agüero. Uno de sus asistentes le alcanzó un café con leche en tanto el general revisaba unos papeles que dejó sobre el escritorio. En ese contexto, Batista le pidió al ordenanza que se ocupase de las veinticinco valijas que formaban su equipaje, que incluía sus archivos, cuadros y objetos de valor y los despachase hacia el aeropuerto a la mayor brevedad posible. Después abrió un cajón de su escritorio y le entregó a “Silito” los 15.000 dólares que le había prometido de regalo y mientras se los alcanzaba, le encomendó comunicar su renuncia a ministros, secretarios, legisladores, dirigentes políticos y sindicalistas.
El oficial partió enseguida y desde uno de los salones contiguos le pidió a Orlando Piedra, jefe de la Oficina de Investigaciones (pariente del presidente interino), que lo ayudase en la tarea.
En esas sonó el teléfono y casi al instante, el mismo ordenanza que le había traído la taza a Batista, atendió y le pasó. El mandatario intercambió unas palabras con la persona que se hallaba al otro lado de la línea y luego de cortar dijo:

-¡Vámonos!

-¿Hacia donde? – preguntó Rivero Agüero.

-¡Chico, no preguntes, vámonos, que te van a matar a ti también! Dile a tu mujer que se lleve a los muchachos! -e inmediatamente después, dirigiéndose a su esposa, agregó - ¡Marta, levanta a la niña!7.


Una caravana de treinta automóviles de lujo, fuertemente escoltada, se puso en movimiento desde Campo Columbia hacia el cercano aeropuerto militar.
A las 02.00, los vehículos atravesaron el perímetro formado por los tanques que el general Cantillo había desplegado en torno a la estación aérea y una vez dentro, se detuvieron junto al hangar de la compañía de aviación Q, propiedad de Batista. Allí estacionados, aguardaban dos DC-4 y un DC-3, con sus motores en marcha y las tripulaciones listas para decolar.
Se produjo un intenso movimiento cuando las personas descendieron de los mismos y se dirigieron velozmente hacia las escalerillas, urgidas por abordar los aparatos lo antes posible. Se dice que fue tal la premura con la que habían partido, que muchos de ellos lo hicieron luciendo sus smokings de gala, sus vestidos largos y sus joyas, pues no habían tenido tiempo de cambiarse (Fulgencio Rubén “Papo” Batista negará esto años después, en una entrevista concedida al periodista cubano Emilio Ichikawa).
Carlos Tabernilla
Coronel del aire
Se trataba de un centenar de individuos, hombres, mujeres y niños, todos ellos colaboradores del régimen a excepción de las dos domésticas del presidente, quienes se acomodaron en los asientos, la mayoría sin pronunciar palabra, ansiando el momento de partir. Evidenciaban un estado de zozobra y preocupación que se percibía claramente en sus rostros graves y preocupados. Rivero Agüero y su familia se hallaban entre ellos, lo mismo Pilar Danilo García y su hijo Irenaldo; el sanguinario coronel Conrado Carratalá Ugalde y su par Orlando Piedra8, todos acompañados por sus esposas e hijos.
“Panchín” Batista abordó el primer avión (vuelo 637) seguido por varios de sus laderos; en el tercero (vuelo 639) se acomodaron Los Tabernilla, los hermanos Batista, el coronel Leopoldo Pérez Coujil y Esteban Ventura Novo, feroz comandante de la Guardia Rural, llegado al aeropuerto a último momento después de dejar plantada a una copera en el Hotel Riviera, con la que tenía pensado pasar la noche.
Nadie sabía a ciencia cierta cuál era el destino de los aviones aunque la mayoría suponía que iban hacia la Florida. Solo Batista estaba al tanto.
A las 02.15 Cantilo le ordenó al jefe de la custodia presidencial disponer formación de honor y al paso del presidente, los soldados se cuadraron. Batista los saludó con gesto distante y antes de perderse en el interior de su avión, se volvió hacia Cantillo desde lo alto de la escalerilla y le impartió sus últimas directivas.

- Llama enseguida al magistrado Piedra. Convoca a una conferencia del Bloque de Prensa. Comunícate con el Embajador americano. No sueltes a los oficiales presos en Isla de Pinos9.

Mientras eso sucedía en la estación aérea, el represor Rolando Masferrer y sus temibles tigres se evadían por sus propios medios, lo mismo algunos personajes obscuros como el general Eleuterio Pedraza, el líder sindical Eusebio Mujal Barniol (buscó refugio en la embajada argentina), Justo Luis del Pozo, el mafioso estadounidense Meyer Lasky y varios propietarios de hoteles, casinos, casas de tolerancia y prostíbulos, que veían amenazada su seguridad por su cercanía con el régimen que caía.
En el puerto, en tanto, oficiales de la Marina de Guerra abordaban presurosamente varias embarcaciones, una de ellas el yate presidencial “Marta III”, sobre el que prácticamente se abalanzaron el contralmirante José Rodríguez Hernández y los comandantes Jesús Blanco y Julio Laurent, este último jefe del Servicio de Inteligencia Naval, los tres con sus respectivas familias, cargando sobre sus hombros horrendos crímenes, uno de ellos la represión de los marinos rebeldes de Cienfuegos.
La actitud de Batista dejó librados a su suerte a muchos funcionarios y hasta a una delegación militar dominicana encabezada por el general Arturo Espaillat, que lo esperaba desde hacía horas en una sala contigua de la residencia presidencial. Entre los primeros destacaban Santiago Rey Pernas, ministro de Gobierno y Justo Luis del Pozo, alcalde de La Habana, el vicepresidente en ejercicio y alcalde electo, Rafael Guas, el ex primer ministro Jorge García Montes, Eusebio Mujal, secretario General de la Confederación de Trabajadores (CTC), funcionarios de segundo orden y militares de menor rango, muchos de ellos responsables de crímenes y asesinatos.


Batista ingresó al avión y cuando la compuerta se cerró, las aeronaves comenzaron a rodar lentamente en dirección a la pista.
Partieron uno tras otro, a las 03.00 de aquella histórica mañana, elevándose lentamente en dirección noreste, primero el avión en el que viajaba Batista (vuelo 638), luego el segundo DC-4 que transportaba a su hermano e inmediatamente después el DC-3 que llevaba a los Tabernilla y a los hijos del dictador, incrementando su velocidad a medida que ganaban altura10.
Pasaje y tripulación viajaban convencidos de que el destino final iba a ser Miami, Daytona Beach, donde Batista tenía una casa, e incluso la isla de Nassau, pero una vez en el aire, el depuesto mandatario llamó a uno de los tripulantes y le mandó decir al coronel de aviación Antonio Soto Rodríguez, que pusiese proa a la República Dominicana, donde el gobernante local, Rafael Leónidas Trujillo tenía todo listo para darles asilo. Y era lo más lógico, los dos dictadores habían sido aliados y unas horas antes, Earl T. Smith, el embajador norteamericano en Cuba, les había aconsejado a los fugitivos que de momento no viajase a los Estados Unidos, porque las condiciones no estaban dadas.
Batista huye en la noche

Soto Rodríguez efectuó un pronunciado giro hacia el sudeste y dos horas después, aterrizó en Santo Domingo, seguido por el DC-3 que había decolado en tercer lugar. Habían sobrevolado los cayos de Sal Bank y Angulla, el sur de las islas Bahamas, la Gran Inagua y toda la República Dominicana, desde Monte Cristi hasta la capital.
El aparato restante, con los Tabernilla y los hijos mayores de Batista, continuó hasta Miami, donde se posó cerca de las 03.30, a menos de media hora de su partida.
En la Base Aérea de San Isidro, debieron esperar hasta las 08.00 para que  el general del aire Rafael Leónidas “Ramfis” Trujillo, hijo del dictador que gobernaba la isla, les diese la bienvenida. Lejos de allí, el gobernante dominicano conversaba con su ayuda de cámara mientras esperaba novedades.

-Este tipo le ha regalado el país a los fidelistas. Ahora sí tenemos el costado abierto a un ataque directo11.

A Trujillo le preocupaba más la suerte de su jefe del Servicio de Inteligencia, John Abbes García, miembro de la delegación militar que Batista había dejado plantada en su residencia al huir, que los recién llegados12. Aún así, le preparó alojamiento en una vivienda del complejo presidencial, la misma en la que en su momento se alojaron Juan Domingo Perón, Marcos Pérez Jiménez de Venezuela y Gustavo Rojas Pinilla de Colombia y dispuso todo lo necesario para que el resto de la comitiva encontrase alojamiento en diferentes hoteles de la capital13.


En Cuba, mientras tanto, tenían lugar importante sucesos. A las 08.00 de la mañana, Cantillo llamó a Carlos Manuel Piedra a la residencia presidencial de Campo Columbia y una hora después asumió la presidencia en carácter provisorio. Para hacerlo, puso las siguientes condiciones:

1-    Ratificación y cumplimiento de la orden de “alto al fuego” dada esa madrugada por el General Cantillo
2-    Apelación formal al mando rebelde para que adoptara igual medida.
3-    No integrar un gabinete definitivo de gobierno hasta haberse obtenido la aprobación en principio del doctor Fidel Castro.
4-    Que el Tribunal Supremo de Justicia le extendiera validez jurídica a su cargo mediante la forma de juramento constitucional.

Inmediatamente después, Piedra designó a su gabinete. Al ex vicepresidente, el Dr. Gustavo Cuervo Rubio lo nombró primer ministro; a José Manuel Cortina García, ministro de Relaciones Exteriores y al general Enrique Loynaz del Castillo, ministro de Defensa. Pero este último rechazó el nombramiento porque, según su parecer, el nuevo gobierno era producto de presiones por parte de los rebeldes.
Una hora después. Piedra y Cantillo mantuvieron un encuentro con los representantes de los principales diarios de la capital y a las 11.00 partieron hacia el Palacio de Gobierno para prestar juramento.
Finalizada la ceremonia, el flamante mandatario anunció por cadena nacional que se había hecho cargo del gobierno.


Quien estalló en ira al saber lo que había ocurrido fue Fidel Castro. Cantillo no solo había traicionado todo lo que habían acordado sino que incluso, hizo todo lo contrario. Facilitó la huida del dictador, estableció contacto con la legación norteamericana, organizó una suerte de asonada en la que negoció con el presidente saliente su designación como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, exigió la dimisión de la máxima autoridad del Senado y facilitó el nombramiento de Piedra.
Por esa razón, en horas del mediodía, el comandante en jefe de las fuerzas revolucionarias se dirigió por radio a la nación para llamar a la huelga general y desconocer la autoridad del nuevo mandatario. "¡Revolución sí; golpe de Estado militar no!", fue la consigna.
Aprovechando esa coyuntura, los presos políticos detenidos en el Castillo del Príncipe organizaron una fuga en masa y en diferentes puntos de La Habana, se organizaron manifestaciones de protesta y actos de sabotaje.
En la tarde de aquel agitado día, el gobierno dispuso la liberación de los presos en la Isla de Pinos y poco después tuvo lugar la reunión plenaria del Tribunal Supremo que buscaba dar solución a la situación jurídica del nuevo gobierno. Durante las sesiones, los miembros de la asamblea invalidaron la designación de Piedra y reconocieron al Dr. Manuel Urrutia como presidente provisional revolucionario, poniendo punto final a las maniobras del flamante comandante en jefe de las fuerzas armadas.
A las 14.00, Piedra, que no había tomado parte en la reunión, telefoneó al tribunal para averiguar el motivo de la tardanza y cuando le dijeron que su nombramiento no había sido reconocido, llamó a Cantillo para manifestarle que abandonaba el cargo y se retiraba a la vida privada. En ese preciso instante llegaban al Palacio de Gobierno el embajador Earl T. Smith de los Estados Unidos, junto a sus colegas de España, la Santa Sede, Brasil y Chile, dispuestos a presentar sus respetos al nuevo mandatario (Piedra) e intercambiar impresiones sobre el futuro de la nación.


Mientras las agencias internacionales hacían correr las últimas novedades en cuanto al triunfo de la revolución y la caída de Batista, el Che retomó su rol de represor brutal, ordenando las primeras ejecuciones sin juicio contra los antiguos representantes del régimen.
La ruta del Che estuvo jalonada  por numerosas ejecuciones
Hemos dicho que a poco de finalizadas las acciones, los nueve o diez francotiradores apostados en el 10º piso del Gran Hotel se entregaron a las fuerzas revolucionarias. Salieron del edificio con los brazos en alto y enseguida fueron rodeados para ser desarmados y conducidos hasta la Estación de Policía a punta de fusil, donde ya se encontraban detenidos el coronel Cornelio Rojas y varios oficiales de la repartición. En ese mismo momento, combatientes a las órdenes de Víctor Bordón detuvieron en las afueras de la ciudad al coronel Joaquín Casillas y a su segundo, Cecilio Fernández Suero, cuando intentaban evadirse vestidos de guajiros. Al momento de ser apresados, lucían ambos sombreros de paja, guayaberas y brazaletes del M-26.
Los combatientes cumplieron al pie de la letra la orden de detener a todo aquel que intentara salir hacia La Habana por el oeste y eso posibilitó la captura de ambos jerarcas.
Casillas intentó caer bien se mostró en extremo agradable. Anderson cuenta que en un principio trató seducir a Bordón llamándolo “gran estratega” y que luego explicó que debía viajar a la capital para participar en la junta militar que iba zanjar la cuestión, un asunto que se debía resolver entre cubanos14. Cuando intentó retomar sus halagos y adulaciones, el oficial rebelde lo detuvo en seco espetándole con violencia que no se iba a organizar ninguna junta militar porque en adelante, sería Fidel Castro quien decidiría el destino de los cubanos.

-¡Ya deja de halagarme. Deberás acompañarme a Santa Clara para hablar con el Che!

Al oir eso, Casillas y Fernández Suero palidecieron. El primero intentó hablar, pidiendo por favor que lo llevasen ante otro jefe pero su captor le dijo que no porque el argentino era la máxima autoridad. Fueron conducidos ambos hasta un jeep y partieron fuertemente escoltados hacia el centro de la ciudad.
La reunión con el comandante guerrillero fue tensa de movida ya que ni bien los vio entrar, le echó en cara a Casillas uno de sus más horrendos crímenes.

-¡Ah! ¡Conque usted es el asesino de Jesús Menéndez!15.

Casillas sintió que las piernas se le aflojaban y lo mismo que Fernández Suero, supo en ese mismo momento que sus horas estaban contadas. Fueron ambos arrojados a prisión y ahí permanecieron hasta la tarde, cuando el primero fue retirado de su calabozo y conducido hasta el paredón de la unidad, donde fue ejecutado de manera inmediata16.
A las 14.00 de ese mismo día, los verdugos abrieron las celdas en las que se hallaban encerrados los francotiradores del Gran Hotel y al igual que a Casillas, los sacaron al patio y los pasaron por las armas.
Poco después llegó el turno del coronel Cornelio Rojas, un hombre valiente, miembro de una de las familias más importantes de Las Villas17.
La muerte de Rojas fue en extremo injusta, no solo porque no había tomado parte en actos brutales sino porque, incluso, en su juventud, había tenido inclinaciones revolucionarias. De él se dijo alguna vez, que  había conspirado contra Batista junto a Río Chaviano, jefe del Regimiento “Leoncio Vidal” y que coincidía en algunos puntos con los líderes rebeldes.
La orden de ejecución le llegó directamente a Rodolfo Santín, quien en esos días oficiaba de jefe del regimiento de Santa Clara. Al escucharla, el oficial rebelde empalideció pues conocía al imputado y estaba seguro nunca que había actuado como criminal.
Más ejecuciones en Santa Clara. El Che actuó de manera implacable

Informado Rojas de la decisión, solicitó una audiencia con Santín y el capitán Otén Menzana, para hacerles un pedido especial. Se reunieron los tres en el interior de la celda en la que se hallaba recluido y ahí, quien hasta el día anterior fuera comandante de policía de Las Villas, le pidió al primero que como no quería sufrir, seleccionase a los mejores tiradores. También le solicitó Menzana que integrara el pelotón de fusilamiento por saberlo bueno con las armas, pero aquel se negó rotundamente.
-Consigue a los mejores tiradores – dijo Rojas- y tú Otén, que yo sé que eres buen tirador, también participa.

-¡No señor –respondió el último- es lo único que yo no puedo hacer; yo soy tu amigo!

-Entonces, consígueme tú los mejores tiradores y me los traes acá – fue la respuesta de Rojas.

Y sin decir más, Menzana salió en busca de quienes deberían encargarse de la difícil tarea.

Rojas y Santín permanecieron en la celda hablando un tiempo más y al cabo de un instante, regresó Otén con los integrantes del pelotón.

-¡Muchachos –les dijo Rojas al verlos- yo quiero que todos los tiros me den acá!

Y al así decir, señaló con el índice la parte superior del rostro. Y luego agregó:

-¡Si ustedes lo creen conveniente, que me pinten una diana en la frente!

-No, Eso no es necesario – respondieron los tiradores.

Era impresionante ver al coronel Rojas tan firme y decidido y a Santín temblando como una hoja. Parecía por momentos, que los papeles se habían invertido.
A mitad de la tarde, Rojas fue sacado de su celda. Ni Santín ni Menzana dirigieron el pelotón que debía fusilarlo; esa responsabilidad recayó en otro oficial. El condenado salió caminando con plena seguridad, “como si el mundo le perteneciera” dijo alguien alguna vez.
De esa manera, luciendo su camisa blanca y su sombrero, atravesó el patio central con paso firme y seguro, rodeado por sus verdugos y así continuó hasta el paredón mientras una cámara registraba la escena.
Antes de pararse frente al pelotón, el condenado recibió los auxilios espirituales de un ministro evangélico. Inmediatamente después, con los caños de los fusiles apuntándole directamente al rostro, alzó el brazo derecho y con tono firme exclamó:

-¡¡Viva Cuba, muchachos! Ya tienen la revolución. Ahí se las dejo. ¡No la pierdan!! ¡¡Estoy a disposición de ustedes!!

La descarga se produjo mientras Rojas hablaba. Todos los tiros le dieron en la frente, de ahí que su sombrero volara aparatosamente por los aires. Pero él se mantuvo digno y sereno aún en el momento de la muerte. Cayó lentamente hacia la izquierda y quedó tendido sobre el cemento, con los ojos abiertos y la mitad de la cabeza destrozada, apoyada sobre un creciente charco de sangre.
Había muerto honrosamente, como desafiando a la muerte, sin temor, al estilo de los nobles patricios, tan dignamente como lo exigía su elevado linaje familiar. No hubo clemencia para él; el Che quería sangre y estaba dispuesto a derramarla.
A Rojas le siguieron el cabo Juan Rodríguez (Centella), asesino y torturador de numerosos militantes del M-26, entre ellos Raúl Torres y a éste dos guardias más.
En este punto nos topamos, una vez más, con versiones disímiles y hasta encontradas, producto de aquellos que han abordado el tema de manera tendenciosa.
Según algunas fuentes, durante su breve comandancia en Santa Clara, el Che ordenó fusilar a veintitrés personas. Nicolás Márquez y el sitio Balance Cubano, indican esa cifra y nos brindan sus nombres:

1. Ramón Alba
2. José Barroso
3. Joaquín Casillas Lumpuy
4. Félix Cruz
5. Alejandro García Olayón
6. Héctor Mirabal
7. J. Mirabal
8. Felix Montano
9. Cornelio Rojas
10. Vilalla
11. Domingo Alvarez Martínez
12. Cano del Prieto
13. José Fernández Martínez
14. José Grizel Segura (Manacas)
15. Arturo Pérez Pérez
16. Ricardo Rodríguez Pérez
17. Francisco Rosell
18. Ignacio Rosell Leyva
19. Antonio Ruíz Beltrán
20. Ramón Santos García
21. Pedro Socarrás
22. Manuel Valdés
23. Tace José Veláquez

En la página “Che: más mito que realidad”20, que toma la información de “Futuro de Cuba”, tenemos, en cambio, diez fusilados:

Ramón Alba
José Barroso
Joaquín Casillas Lumpuy
Félix Cruz
Héctor Mirabal
J. Mirabal
Félix Montano
Alejandro García Olayon
Alejandro Rojas
Vilalla

En “Che Guevara.  El verdadero rostro de Ernesto Guevara de la Serna”, se puede leer a la derecha, “Homenaje a las víctimas del Che” y debajo de ese título, diecisiete nombres (ni veintitrés, ni diez).

1. Ramón Alba Moya
2. Joaquín Casillas Lumpuy
3. Arturo Pérez Pérez
4. Diego Álvarez Martínez
5. José Fernández Martínez
6. Héctor Mirabal
7. Félix Montano Fernández
8. Cano Prieto
9. Ricardo Rodríguez Pérez
10. Cornelio Rojas Fernández
11. Francisco Rosell
12. Ignacio Rosell Leyva
13. Antonio Ruiz Beltrán
14. Ramón Santos García
15. Isidoro de Jesús Socarrás
16. Manuel Valdés
17. José Velázquez Fernández

En la carta de Félix José Hernández, fechada en París el 28 de enero de 2012, titulada “La muerte del coronel Cornelio Rojas” que Apicalternativa – La Decana. Agencia de Periodismo Independiente Continental, reproduce en su espacio22, el autor se refiere a catorce ejecutados, sin mencionar sus nombres23.
Cuatro fuentes, cuatro versiones y hasta nombres diferentes ya que, en algunas de las listas, los mismos difieren o no aparecen.
Así como el gobierno de Piedra duró lo que un suspiro, la gestión de Cantillo como comandante supremo de las Fuerzas Armadas también caducó a las pocas horas. Por indicación directa de Castro, el coronel Barquín fue liberado y en compañía de Armando Hart voló hacia La Habana para hacerse del control.  Cantillo simplemente le entregó el mando y se retiró mientras en Santa Clara, el Che y Camilo iniciaban el avance hacia la capital y Fidel comenzaba a organizar su aparatosa marcha triunfal a través del país.



Ilustraciones
Batista junto a su segunda esposa y un invitado en su residencia de fin de semana de Kuquine

A lo largo de su marcha, el Che Guevara ordenó numerosas ejecuciones

Un condenado acaba de ser pasado por las armas

Otro condenado en la sierra. En la foto, Raúl Castro

Tiro de gracia en la nuca

Otro condenado recibe el tiro de gracia.
El Che no mostró piedad a la hora de hacer justicia
Mientras las fuerzas del Che y Camilo avanzaban hacia La Habana, se produjeron numerosos  incidentes en las calles (Imágen: película "El Padrino II" de Francis Ford Coppola)

El aparatoso brindis de Fin de Año que muestra
la película "El Padrino II" no tuvo nada que ver con la realidad
(Imágen: película "El Padrino II" de Francis Ford Coppola)

Otra imagen de la recepción de Fin de Año en Campo Columbia.  Siguiendo su costumbre, Hollywood magnificó los hechos (Imágen: película "El Padrino II" de Francis Ford Coppola)

Jefes rebeldes vistoriosos. De pie, a partir de la izquierda: Raúl Castro,
Antonio Núñez Jiménez, el Che, Juan Almeida y Ramiro Valdés


Choques y enfrentamientos en las calles de La Habana

Los diarios anuncian la fuga de Batista

Coronel de Policía Cornelio Rojas, miembro de una distinguida familia de Las Villas.
Su ejecución por orden del Che fue injusta e innecesaria

El coronel Cornelio Rojas aguarda su ejecución en la prisión
de la Estación de Policía, cuya comandancia ejerció
hasta la caída de Santa Clara

Rojas camina hacia el paredón de fusilamiento con asombrosa integridad
"Como si el mundo le perteneciera" dijo alguien

Nada parece conmoverlo

"¡¡Viva Cuba, muchachos. Ya tienen  su revolución.
Ahí se las dejo. No la pierdan!!"

Los verdugos abren fuego

Rojas recibe la descarga
Su sombrero vuela por el aire

El cuerpo de Rojas cae lentamente hacia la izquierda

Tres instantáneas de la ejecución del coronel Rojas.
En la de abajo, su cuerpo yace sin vida, con los ojos abiertos.
Fue hasta último momento, un hombre valiente

General Fernando Tabernilla Dolz, el segundo hombre fuerte de la isla,
conversando con oficiales

General Pilar Danilo García
De los jerarcas de Batista fue uno de los más despiadados

Leopoldo Pérez Coucil

El feroz Rolando Masferrer Rojas,  jefe de "Los Tigres", senador y verdugo.
Pertenecía a una familia distinguida. Era primo hermano
del coronel Cornelio Rojas, fusilado en Santa Clara

Orlando Piedra, familiar del presidente provisional designado
por Batista. Fue uno de los más crueles esbirros del régimen

Conrado Carratalá Ugalde

Esteban Ventura Novo

Coronel Irenaldo García Báez. Al igual que su padre
el Gral. Pilar Danilo García, aplicó métodos brutales

El tenebroso Julio Laurent

Esteban Ventura Novo, Conrado Carratalá Ugalde y  Pilar Danilo García durante el brindis de Fin de Año en Campo Columbia
Notas

1 Fidel Castro Ruz, “Fidel Castro, el 1 de enero de 1959: Esta vez sí que es la Revolución”, Cubadebate, 1 de enero de 2014 (http://www.cubadebate.cu/opinion/2014/01/01/fidel-castro-el-1-de-enero-de-1959-esta-vez-si-que-es-la-revolucion/#.VQHYRI4oGn8).

2 Ídem.
3 Ídem.
4 Pierre Kalfón, op. Cit., p. 256.
5 Jon Lee Anderson, op. Cit., p. 354.
6 Hijo del general Francisco Tabernilla Dolz, el segundo hombre más poderoso de Cuba.
7 Luis Hernández Serrano, “La última madrugada del dictador Fulgencio Batista”, Juventud Rebelde Diario de la Juventud cubana, 2 de enero de 2010 (http://www.juventudrebelde.cu/cuba/2010-01-02/la-ultima-madrugada-del-dictador-fulgencio-batista/).
8 Todos ellos responsables de horrendos crímenes. Pilar Danilo García, antiguo comandante del Regimiento Nº 3 “Leoncio Vidal”, ascendido a coronel por Decreto Nº 94 del 10 de marzo de 1952, pasó a dirigir el Regimiento “Plácido” de la Guardia Rural en Matanzas. En el mes de marzo de 1958 Batista lo designó jefe de la Policía Nacional, donde llevó a cabo la represión, ordenando expresamente ajusticiar a todos los prisioneros que cayesen en su poder. Ascendido a general de brigada el 10 de agosto de ese año, se cuentan entre sus víctimas, activistas y opositores al régimen como Emilio Rodríguez, Ciro Hidalgo, Reinaldo Arlet, Orlando Cuellar, Juan Lifont, Noel Fernández, Leonel Fraguelas Vicente Chávez y Jorge Matos.
Su hijo Irenaldo fue ascendido a teniente coronel a cargo de la Policía Nacional el mismo día del golpe de 1952. Cometió numerosos crímenes en Matanzas, especialmente contra los atacantes del cuartel Goicuria. Entre sus principales víctimas se encuentran Fermín Cowley Gallegos, Julián Alemán y René Fraga. Llevó a cabo incursiones punitivas en Holguín y Jibara. En la primera de esas ciudades se graduó de abogado, lo que no le impidió seguir adelante con su carrera militar. El mató personalmente con la bayoneta de su rifle a Julio García Rodríguez, un militante revolucionario que había pertenecido a la policía y en abril de 1958 ejecutó en Rancho Boyeros a Jaime Hugo Vilella Prats, joven de 18 años que militaba en el M-26. Se le imputa una brutal acción durante la represión de los amotinados en la cárcel de El Príncipe de La Habana, en julio de 1958.
Sobre Conrado Carratalá Ugalde, coronel de primera de la División Central del Cuerpo de Policía, pesaban acusaciones similares, lo mismo sobre Orlando Piedra y Leopoldo Pérez Coujil
9 Luis Báez, “La caravana de la derrota”, CubaDebate, 3 de enero de 2004, http://www.cubadebate.cu/opinion/2004/01/03/la-caravana-de-la-derrota/#.VQIdtHyG_Ss. Batista se llevó con él 400 millones de pesos.
10 Según algunos autores, entre ellos Luis Báez, los aviones fueron cinco, tres de los cuales volaron a República Dominicana y los dos restantes a Estados Unidos. En su entrevista a Emilio Ichikawa, Rubén “Papo” Batista habla de tres aparatos y confirma que su padre salió en el segundo (que fue el primero en partir).
11 Enero de 1961, Miami Herald (http://media.miamiherald.com/static/pdfs/ bayofpigs/
enero_1961.pdf),
12 Abbes había intermediado en la venta de armas dominicanas al régimen de Batista. Caído el mandatario cubano, debió esconderse en La Habana durante una semana hasta que una avioneta Cessna procedente de Miami, aterrizó clandestinamente en la isla y lo llevó de regreso a su país, operación que costó la suma de 30.000 dólares. Ver Luis Báez, “La caravana de la derrota”.
13 Recién al segundo día Trujillo recibió a Batista. Se dijeron muchas cosas de ese encuentro, algunas de ellas, que fue algo tenso, que el mandatario dominicano le exigió a su huésped el pago de lo adeudado por la venta de las armas (que, como se ha dicho, según otras fuentes buena parte había sido saldada antes de abandonar el país) y que incluso lo mandó encarcelar unas horas en la prisión de “La Victoria”, cuando el cubano le explicó que no estaba en condiciones de abonar la suma.
Un par de meses después, el depuesto mandatario voló a la isla Madeira, posesión portuguesa en el litoral africano, donde había conseguido asilo y de ahí pasó a la villa de Estoril, en las afueras de Lisboa, donde vivió varios años antes de radicarse en España.
14 Jon Lee Anderson, op. Cit., p. 355.
15 El Che se refería a un conocido dirigente sindical asesinado por Casillas en 1948. Menéndez había logrado acuerdos con el gobierno e incluso, con representantes norteamericanos para mantener los precios del azucar tal como lo estipulaban las leyes internacionales. Para contrarrestar su accionar, el régimen representado por el presidente Grau San Martín dispuso su detención y para ello envió a Casillas, por entonces flamante capitán, con expresas órdenes de arrestarlo. El oficial abordó el tren en el que viajaba del dirigente en Manzanillo y a punta de pistola le ordenó ponerse de pie. Menéndez intentó hacer valer su inmunidad como diputado por el Partido Socialista Popular y le dio la espalda para regresar a su asiento. Entonces Casillas le disparó, provocándole la muerte instantánea. Por entonces, el Che apenas se había inscripto en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires.
16 Según la versión oficial revolucionaria, Casillas fue muerto a tiros cuando intentó fugarse al ser trasladado hacia la comandancia del Che, pero eso es inexacto. Su segundo, Fernández Suero, debió esperar hasta el mes de agosto de ese mismo año, para ser fusilado en Matanzas.
17 Su abuelo, Cornelio Rojas Hurtado, había sido uno de los héroes de la guerra de la Independencia. General de brigada, había nacido en San Juan de los Remedios el 16 de septiembre de 1833. Fue uno de los terratenientes más prósperos de la región de Holguín. Tomó parte en la Revolución de 1868, donde fue ascendido a comandante por el propio brigadier Antonio Maceo. Sufrió prisión y destierro y a su regreso se unió a la rebelión contra los españoles, tomando parte en numerosos combates. Entre sus hijos destacan el coronel Cornelio Rojas Escobar, también héroe de la Independencia y entre sus nietos, Pedro Ignacio Rojas Cano, legislador asesinado en un atentado, Manuel Jerónimo de Jesús Rojas, farmacéutico y Amparo Rojas Cano, que contrajo matrimonio con el coronel Luis Masferrer Grave de Peralta.. Por consiguiente. Cornelio Rojas y Rolando Masferrer, jefe de la sección de represores conocida como “los tigres”, eran primos hermanos.
18 Félix José Hernández, “La muerte del Coronel Cornelio Rojas”, Apicalternativa – La Decana. Agencia de Periodismo Independiente Continental, domingo 29 de enero de 2012 (http://apicladecana.blogspot.com.ar/2012/01/la-muerte-del-coronel-cornelio-rojas.html).
19 Balance Cubano, http://balancecubano.blogspot.com.ar/2010/10/lista-de-fusilados-y-algunas-torturas.html; Nicolás Márquez, op. Cit, p. 148.
20 http://che-guevara.awardspace.com/lista_de_fusilados_por_che.htm. Toma textualmente la información del sitio “Futuro de Cuba”: http://www.futurodecuba.org/lista_de_cubanos_asesinados_por.htm
21 “Che Guevara. El verdadero rostro de Ernesto Guevara de la Serna”, http://verdaderoche.blogspot.com.ar/2010/05/la-cara-oculta-del-che.html
22 Félix José Hernández, op. Cit.
23 Al menos hasta mediados del mes de marzo de 2015, los mencionados sitios conservaban esa información.

Fuentes
-Eugenio Suárez Pérez, Acela Caner Román; “Fidel y los últimos combates de 1958”, 27 de diciembre de 2013, Juventud Rebelde-Diario de la juventud cubana, (http://www.juventudrebelde.cu/cuba/2013-12-27/fidel-y-los-ultimos-combates-de-1958/).
-Fidel Castro Ruz, “Fidel Castro, el 1 de enero de 1959: Esta vez sí que es la Revolución”, CubaDebate, 1 de enero de 2014 (http://www.cubadebate.cu/opinion/2014/01/01/fidel-castro-el-1-de-enero-de-1959-esta-vez-si-que-es-la-revolucion/#.VQHYRI4oGn8)
-Luis Báez, “La caravana de la derrota”, CubaDebate, 3 de enero de 2004, http://www.cubadebate.cu/opinion/2004/01/03/la-caravana-de-la-derrota/#.VQIdtHyG_Ss
-Luis Hernández Serrano, “La última madrugada del dictador Fulgencio Batista”, Juventud Rebelde Diario de la Juventud cubana, 2 de enero de 2010 (http://www.juventudrebelde.cu/cuba/2010-01-02/la-ultima-madrugada-del-dictador-fulgencio-batista/).
-Ciro Bianchi Ross, “Batista: el derrumbe”, Juventud Rebelde Diario de la Juventud Cubana, 29 e diciembre de 2012 (http://www.juventudrebelde.cu/columnas/lectura/2012-12-29/batista-el-derrumbe/).
-Emilio Ichikawa, “Entrevista con el Sr. Fulgencio Rubén Batista y Godínez, hijo del General --Fulgencio Batista y Zaldívar”. Coral Gables, 2006 (http://www.eichikawa.com/entrevistas/Fulgencio_ Batista.html).
-Eduardo de la Torre, documental La batalla de Santa Clara.