sábado, 17 de agosto de 2019

EL TRIUNFO DE LA REVOLUCIÓN



Entrada triunfal de Castro en La Habana. A la izquierda, Camilo Cienfuegos, a la derecha, Huber Matos


A las 18.00 horas del 1 de enero de 1959, la voz de Fidel Castro salió al aire a través de Radio Rebelde para anunciar a la ciudadanía que el último bastión de resistencia gubernamental había caído.

El júbilo estalló en la segunda ciudad más importante del país y la gente se unió a los combatientes para festejar cantando y saltando en las calles.

Acto seguido, Fidel se comunicó con Camilo Cienfuegos y el Che Guevara para ordenarles iniciar el avance sobre La Habana. Su deseo era marchar junto a ellos para hacer su entrada triunfal en la capital, pero como dice Pierre Kalfon, si no pudo hacerlo fue porque las tratativas en Santiago se dilataron y eso imposibilitó su vuelo hacia Santa Clara.

Castro fue terminante a la hora de impartir sus instrucciones. Solo los miembros del M-26 debían marchar hacia la gran ciudad y Camilo tenía que ser la vanguardia1.

A Carlos Franqui, encargado de Radio Rebelde, le extrañó esta última decisión. Podía entender que Fidel excluyese a los militantes del Directorio Revolucionario porque, después de todo, eran “un muerto resucitado por Guevara en Pedrero”, a espaldas de su consideración, pero que Camilo, que hasta ese momento había actuado subordinado al Che, fuese el encargado de tomar la capital, no lo podía comprender por ningún motivo. Después de todo, el argentino había llevado adelante una campaña impresionante, había tomado todos los pueblos entre el Escambray y Santa Clara, había capturado el tren blindado y conquistado la ciudad. ¿Por qué no se le permitía entonces ser el primero en entrar, más cuando era el número dos de la revolución? Jon Lee Anderson reproduce sus reflexiones en Che Guevara, una vida revolucionaria:

Recuerdo que medité largamente  las razones de esta orden de Fidel… El Che había tomado el tren blindado y la ciudad de Santa Clara, era la segunda figura en importancia de la Revolución. ¿Qué motivos tenía Fidel para enviarlo a La Cabaña, una posición secundaria?2.

En realidad, Castro obraba con inteligencia porque había varios motivos por los cuales no era conveniente que el argentino encabezase la marcha. En primer lugar, era extranjero y eso podía ser mal interpretado, segundo, era comunista y de momento, el líder de la revolución no quería predisponer mal a sus poderosos vecinos del norte, tercero, su popularidad había crecido de manera vertiginosa, sobre todo después de la victoria de Santa Clara y cuarto, lo necesitaba para el trabajo sucio, es decir, la sistemática depuración del país. No solo había que eliminar a los representantes del antiguo régimen sino a todo vestigio de oposición. Y para eso el Che era el hombre ideal. Y además, según se ha dicho, hubiera sido en extremo complicado que las Fuerzas Armadas cubanas se rindieran a un extranjero, por más querido que fuera. El risueño y carismático Camilo reunía las condiciones para ello y en ese sentido, el Che estuvo completamente de acuerdo. Además, el máximo jefe revolucionario se mostró ecuánime y equitativo pues ni siquiera a su hermano, Raúl, a quien designó gobernador militar de Oriente, le permitió estar cerca de la escena porque, al igual que Guevara, su exacerbado comunismo era inoportuno en esos momentos.
Después de declarar a Santiago capital provisoria del país y tomarle juramento a Manuel Urrutia como presidente de la Nación, Fidel Castro comenzó a organizar su marcha triunfal sobre La Habana a través de la carretera Central. Mientras eso sucedía, en Santa Clara, las columnas guerrilleras se ponían en marcha, la de Camilo en las primeras horas del 2 de abril y la del Che a las 15.00, en medio de la algarabía de sus efectivos.
Antes de partir, Guevara quiso un mensaje al pueblo villaclareño, obligado como estaba, de agradecer su colaboración en la lucha. Lo hizo a través de la radio, midiendo cada una de sus palabras, intentando mostrarse agradecido y satisfecho.

Parto con el sentimiento de dejar un lugar querido y profundos afectos personales. Invito a mantener el mismo espíritu revolucionario, para que en la gigantesca tarea de reconstrucción también sea Las Villas vanguardia y puntal3.

Ni bien finalizó la transmisión, el Che, Aleida y cuatro de sus escoltas abordaron el viejo jeep que le servía de movilidad y poniéndose al frente de la columna, partieron raudamente hacia la capital.
Camilo Cienfuegos llegó en la noche del 2 de enero y lo primero que hizo fue dirigir su columna motorizada hacia la gran base militar de Campo Columbia, donde lo esperaba el general Rodolfo Barquín para entregarle el mando. La noche del día anterior habían hecho lo propio las tropas del Segundo Frente del Escambray al mando de Eloy Martínez Menoyo, quienes se estacionaron en diferentes puntos de la ciudad en espera de instrucciones. Siguiendo las directivas de Castro, las del Directorio Revolucionario “13 de Marzo” lo hicieron por separado, al mando de Faure Chomón y Rolando Cubela.
Ese mismo día, se produjeron disturbios callejeros, con gente que intentaba hacer justicia por sus propias manos al tiempo que elementos del M-26 tomaban las redacciones de varios medios de prensa, radios y estudios de televisión.
El Che llegó en la madrugada del 3 de enero, aún de noche y sin detenerse, enfiló directamente hacia el sector portuario para posesionarse de la antigua fortaleza española de San Carlos de La Cabaña, donde lo aguardaban formados sus 3000 efectivos a las órdenes del sargento José Manuel Manresa.
Camilo destituyó a Barquín y ordenó encarcelar a Cantillo. El Che fue algo más agresivo cuando se dirigió a los hombres formados en el patio. Los increpó con tono despectivo, acusándolos de “ejército colonial” capaz de enseñarles a los rebeldes a marchar pero incapaces de combatir, algo que debían aprender de los guerrilleros. Los pobres soldados escucharon las humillantes palabras inmóviles y en silencio, convencidos de que comenzaban tiempos difíciles.
Ese día, por la mañana, llegó desde Santiago la Orden Militar Nº 1 firmada por Fidel, según la cual, se designaba a Camilo Cienfuegos comandante de las fuerzas de aire, mar y tierra de la provincia de La Habana y a Ernesto “Che” Guevara comandante de la fortaleza de La Cabaña, un cargo menor si se lo compara con la magnitud de su figura.
¿Caía en desgracia el segundo hombre de la revolución? Todo parecía indicar que sí pero a él no parecía preocuparle.
Vista aérea de Campo Columbia (Ciudad Militar Columbia)

La película Che!, interpretada por Omar Sharif, muestra a Guevara viviendo solo en el interior de la fortaleza, en una habitación monacal, de gruesas paredes, ventanas angostas y pobremente amoblada. Eso es inexacto. El Che se instaló con Aleida en la casa del coronel Roberto Fernández Miranda, comandante en jefe del Ejército y cuñado de Batista, situada a pocos metros al este del bastión, en el barrio de Casa Blanca, municipio de Regla, el sector antiguo de la capital, justo frente a la monumental estatua del Cristo de La Habana, inaugurada apenas una semana atrás4.
Fue la primera vez, después de dos años de guerra, que pudo darse un buen baño y durmió en un lugar confortable. Aleida se ocupó de todo menos de la oficina que su pareja instaló en una de las habitaciones, pero ese no iba a ser su lugar de trabajo. A partir de ese día, la rutina se haría constante: un jeep pasaría todas las mañanas, muy temprano, para recogerlo y conducirlo a la histórica fortaleza hispana, distante a escasos 200 metros de la residencia.


En el otro extremo de la isla, el comandante Guillermo García5 fue nombrado jefe de la sección de blindados que conformaría la denominada “Caravana de la Libertad hacia La Habana”, por lo que la misma noche del 1 de enero se abocó de lleno a organizar a sus hombres y seleccionar los vehículos que debían formar el componente a su cargo.
Como no había conductores para guiar los vehículos, fue necesario recurrir a algunos de los prisioneros del ejército de Batista, razón por la cual, García mandó desartillar los equipos, quitar toda la munición y seleccionar a sus combatientes para completar las tripulaciones, indicándoles expresamente que deberían aprender a guiar los tanques a medida que se desarrollaba la marcha6.
Se mandaron traer tanques desde Guantánamo y alistar todos los que hubiera en Bayamo y Holguín para sumarlos a los que avanzasen desde Santiago cuando la hilera de vehículos pasase por allí. Se trataba de unidades Shermann de fabricación norteamericana y T-17 livianos con los que García aspiraba a engrosar la sección.
En la mañana del viernes 2, la columna se concentró frente a la emisora CMKC7, sobre la calle Aguilera, junto al Correo y cuando todo estuvo listo, se puso en marcha.
Antes de partir, Raúl Castro, que se quedaba al frente de la ciudad, se acercó a Alberto Vázquez García y Augusto Martínez y les recomendó especialmente el cuidado de Fidel:

-Cuiden a Fidel, y tú, Vazquecito, debes saber una cosa: vas a ver La Habana; abre bien los ojos, porque Caravana porque La Habana es una muñeca muy linda a la que a veces le falta corazón8.

La población había amanecido sobresaltada por el sonido de disparos en diferentes punto por donde, al parecer, los tigres de Masferrer y otros asesinos del régimen depuesto intentaban abrirse paso, de ahí la tensión que imperaba antes de la partida.
Bajo un sol radiante, con el fresco matinal despejándose a medida que el sol se elevaba, la caravana tomó el camino viejo en dirección a El Cobre, intentando evitar los puentes dinamitados, y una vez que cruzó el poblado, retomó la carretera Central para enfilar hacia Palma Soriano.
Los puentes destruidos y los pasos dañados forzaron a extensa hilera a efectuar desvíos y transitar rutas alternativas, de ahí su paso por Jiguaní y Santa Rita, donde los pobladores corrieron a la par de los vehículos para saludar a sus ocupantes.
La primera parada importante fue Cautillo, donde Fidel y sus lugartenientes mantuvieron una reunión con las fuerzas vivas de la población en el club local, contiguo al río. Ahí había una guarnición militar que aún mantenía su posición pero al momento de intimar a rendición, no fue necesario emplear la violencia porque los hombres depusieron las armas y se sometieron.
Recién a las 23.00 alcanzaron Bayamo, tomando por la calle Calixto García hasta el Parque “Céspedes”, con el blindado de Fidel a la cabeza, conducido por Alberto Vázquez García.
La gente corrió hacia los vehículos lanzando “vivas” y coreando el nombre del líder mientras la banda de música, dirigida por el maestro Rafael Cabrera, interpretaba la “Marcha del 26 de Julio”. Muchos de los combatientes se reencontraron con sus seres queridos y juntos escucharon a Fidel hablar desde el Ayuntamiento, sin importar la hora ni el frío.
Tras un breve descanso, la caravana se dispuso a reanudar la marcha pero una sorpresa la detuvo unos instantes; Camilo Cienfuegos había volado hasta allí para entrevistarse con Fidel, una alegría que elevó el ánimo de los combatientes.
Lejos de lo que  todos suponían, Fidel había permitido la incorporación de algunos efectivos regulares que hasta ese momento habían formado parte del ejército batistiano, ello después de separar a los responsables de crímenes y atrocidades para someterlos a juicio. Por pedido expreso suyo, se incorporó un oficial de cada arma según su decir, era imperioso mostrar a la ciudadanía que la revolución no estaba vedada a nadie.
Los escogidos fueron el subteniente Díaz Menéndez, por el Ejército; el teniente de navío Trujillo, por la Marina y el comandante Izquierdo, por la Fuerza Aérea, quienes debían simbolizar el fraternal abrazo de los bandos en pugna.
Todo era seguido y transmitido minuciosamente por radio y televisión, que se ocuparon de captar los momentos en que pobladores de diferentes estratos se sumaban a la marcha, deseosos de llegar a La Habana junto a los combatientes, algunos por sus propios medios, otros en vehículos requisados.
Con las bocinas tronando, la larga hilera llegó a Holguín, donde se les incorporaron numerosos combatientes del Segundo Frente Oriental al mando del comandante Antonio Enrique Lusson, enviado por el propio Raúl Castro para reforzar la seguridad.
La mañana del 4 de enero la extensa hilera de vehículos se dirigía hacia Camagüey. En las afueras de Las Tunas los esperaba Manuel “Piti” Fajardo, comandante de la columna Nº 14 del IV Frente “Simón Bolívar”, junto a su gente.
La gente se agolpó en las calles para ver ingresar a la columna; incluso algunos jinetes se habían incorporado, dándole más colorido al espectáculo. Sin embargo, una noticia inquietó a pobladores y combatientes. En Camagüey, los “tigres” de Masferrer se habían apoderado del Hospital Regional y desde allí tiroteaban a mansalva a quienes transitaban por las inmediaciones. Para expulsarlos de esa posición se estableció una línea de fuego y se desalojaron las calles, pero los esbirros del régimen dejaron apostados varios hombres en diversos puntos de la urbe, certeros francotiradores la mayoría, para dispara contra todo lo que se moviera.
Para contrarrestar su accionar, Fidel dispuso la creación de pelotones especiales y un consejo de guerra para juzgarlos.
El paso por Guáimaro fue una fiesta, lo mismo el arribo a Camagüey. En aquella última ciudad, las calles se hallaban intransitables. La multitud se apretujaba para ver llegar a los revolucionarios, destacando en espacial las mujeres luciendo prendas rojas y negras, los colores distintivos del M-26.
El líder revolucionario se dirigió al pueblo en la Plaza de la Caridad, ello después de recibir en el aeropuerto a varios combatientes procedentes de La Habana.
Castro se reunió con las autoridades provinciales y los representantes de las fuerzas vivas de la localidad en el cuartel del Regimiento Nº 2 “Ignacio Agramonte” mientras se seguían escuchando disparos aislados y circulaban versiones inquietantes en cuanto al accionar de los asesinos de Masferrer.

Paso de la Caravana de la Libertad por Ciego de Ávila



El discurso de Fidel en la plaza fue extenso y categórico y sobre el final, anunció el término de la huelga general a la que había llamado tres días antes desde Santiago.
Esa noche el nuevo hombre fuerte de la isla intentó dormir en una casa contigua a la fábrica Coca Cola, cuyos propietarios se la ofrecieron generosamente para que descansase unas horas, pero apenas cerró los ojos llegó corriendo el comandante Víctor Mora para informar agitado que había lucha en la ciudad.
Fidel saltó de la cama pero al llegar a lugar de los hechos, el enfrentamiento había finalizado.
El 5 de enero llegó el Che Guevara en avión, para tratar con Fidel asuntos urgentes; el encuentro fue en extremo emotivo pero el comandante de la Columna Nº 8 no estaba para celebraciones pues en La Habana estaban acaeciendo hechos de suma gravedad.
¿Y qué era lo que ocurría?
Si bien las columnas del M-26, el Segundo Frente del Escambray y el Directorio Revolucionario “13 de Marzo” habían combatido juntas, no hubo coordinación a la hora de planificar el avance sobre la capital porque, tal como se dijo, Fidel Castro reservó ese derecho para la gente del primero.
Establecido Camilo en Campo Columbia y el Che en La Cabaña, la dirigencia del Directorio, que llegó casi al mismo tiempo que la Columna Nº 8, decidió ocupar el Palacio Presidencial, la Universidad Nacional y el Capitolio, sede del Poder Legislativo, tres puntos emblemáticos que tenían su porqué.
Faure Chomón y sus combatientes se sentían excluidos y deseaban demostrar su malestar. También se apoderaron de la Base Aérea de San Antonio de los Baños y la Academia Militar de Managua, reforzando peligrosamente todas las posiciones.
Chomón y sus lugartenientes establecieron su Estado Mayor en la Universidad y desde allí no solo desconocieron la autoridad de Urrutia sino que exigieron un trato parejo con el M-26, en una palabra, una distribución equitativa de los cargos de gobierno.
Hubo tensión entre los mandos revolucionarios y por un momento, más de un observador creyó estar ante el desencadenante de una nueva guerra civil.
En las primeras horas del 4 de enero, Camilo y el Che se reunieron en Campo Columbia y desde allí intentaron establecer contacto telefónico con Chomón. Como el mismo no se logró, se dirigieron hasta el Palacio Presidencial para exigir su inmediata entrega y de esa manera permitir al presidente electo (Urrutia) y a su gabinete, asumir sus funciones. Los recibió una comisión integrada por Guillermo Jiménez Soler, Juan Abrantes, Enrique Rodríguez-Loeches, Alberto Mora Becerra y Gustavo Machín Hoed de Beche, nada más y nada menos que el futuro “Alejandro”, del pelotón internacionalista de Guevara en Bolivia.
El encuentro fue en extremo tenso y sobre el final, el argentino que llevó la voz cantante durante toda la conversación, exigió, a modo de ultimátum, la entrega del Palacio en el término de 24 horas. Según recordaría Guillermo Jiménez años después, lo hizo en un tono armónico y sin violencias, pero terminante. Se le respondió que el Directorio intentaba buscar una salida al asunto, una solución correcta, que no pusiera en peligro la Revolución y que de ningún modo se iba a aceptar la exigencia de abandonar el lugar, porque eso sonaba a ultimátum militar. A modo de ver de la dirigencia disidente (la del Directorio), ellos no eran un ejército derrotado, sino parte del ejército revolucionario9.
El Che y Camilo se retiraron y eso fue aprovechado por Chomón para anunciar ante los periodistas presentes, que solo plantearía su posición ante las máximas autoridades revolucionarias que a su entender eran Fidel Castro y Manuel Urrutia.

Esperamos que otras cuestiones fundamentales de naturaleza política y militar podamos discutirlas personalmente con Fidel Castro y Manuel Urrutia cuando lleguen a esta Ciudad. En espera de ellos nos encontraremos aquí en el Palacio Presidencial.
[…] el Directorio Revolucionario aspira a que ejecutemos la revolución limpia, pura y justa, la revolución que pondrá a cada cual donde se merezca. Sin exclusiones, ni egoísmos, ambiciones ni desconocimientos. Porque la revolución debe ser amplia y creadora para todos aquellos que la han hecho real y desinteresadamente; permítase a los muertos descansar en paz orgullosos de la Obra Final de la revolución unida.(…) El Directorio mantiene enfáticamente la necesidad de la unidad10.

El peso de los reclamos directoriales radicaba en que si bien numerosas organizaciones habían tomado parte en la lucha armada, tanto ellos como el M-26 habían llevado la peor parte, de ahí que a la hora de distribuirse los cargos de gobierno, les correspondían los de la misma jerarquía y peso que los de aquellos.
El comandante Humberto Castelló Aldanas manifestó ante los medios de prensa en la misma oportunidad:

Nula o casi nula. Los hechos y la historia reflejan el hecho indubitable de que el peso decisivo de la acción fue llevado entre el Directorio y el 26 de Julio […] propugnamos la organización de un gran Partido Revolucionario Único con unidad de mando, así como un gobierno de unidad nacional que acometa las necesarias reformas políticas, sociales y económicas […]. El Directorio, que participó relevantemente en la obtención de la victoria de que ahora disfrutamos, sólo aspira a que se le reconozca su personalidad militar y política por la vía de la colaboración en un gobierno de unidad nacional. si algo existe de veraz en ello, todo se reduce a una serie de malos entendidos, no por lamentables menos previsibles si se tiene en cuenta lo convulso del momento que se vive11.

El 5 de enero por la mañana, Manuel Urrutia y los miembros de su gobierno abordaron un avión en Santiago de Cuba y partieron hacia La Habana. Inesperadamente, a mitad de recorrido, se le ordenó al piloto aterrizar en Camagüey porque Fidel Castro necesitaba hablar urgentemente con el presidente electo.
La reunión entre el primer mandatario, el líder revolucionario y el Che Guevara se hizo a puertas cerradas y después de dos horas de conciliábulo, llegaron a la conclusión de que lo más conveniente era anunciar algunas modificaciones en las designaciones de cargos públicos. Informado de ello Camilo, estableció la Ley Marcial en toda la provincia y la mantuvo vigente hasta la llegada de Urrutia. Y al hacerlo, dio a conocer un comunicado que fue transmitido en cadena por todos los medios:

Al pueblo de Cuba y a las representaciones diplomáticas aquí acreditadas que la demora en la llegada del Presidente de la República Urrutia Lleó se debe a las dilaciones del Directorio Revolucionario para entregar el Palacio Presidencial […].
[Instamos] a las masas obreras y al pueblo en general para que se mantenga la cordura y expresen su protesta por esta dilación que significa un desconocimiento a la autoridad presidencia12.

En Camagüey, por su parte, el presidente Urrutia anunció a la prensa que completaría su gabinete ni bien llegase a La Habana, que nombraría a Fidel Castro comandante de las Fuerzas Armadas y que permanecería en aquella ciudad hasta tanto se solucionasen algunos inconvenientes en la capital.
Pasado el mediodía, el Directorio pareció llegar a un acuerdo y a través de Rolando Cubela anunció que estaba dispuesto a dialogar, siempre y cuando se respetase el principio de unión y concordia entre el M-26 y su organización.


Fortaleza La Cabaña. Acceso principal


Conocida la novedad, a las 16.00 el avión que transportaba a Urrutia y su gabinete aterrizó en Rancho Boyeros y sin perder tiempo, sus ocupantes se dirigieron a Campo Columbia para reunirse con Camilo Cienfuegos, que los estaba esperando.
Como la situación seguía siendo en extremo tensa, Camilo y el presidente estuvieron de acuerdo en designar una comisión de representantes para que se trasladasen hasta la sede del gobierno e intentasen llegar a un acuerdo. Fueron designados para integrarla Manuel Ray, Roberto Agramonte y José Manuel Gutiérrez, quienes partieron pasadas las 16.30, con instrucciones precisas. Chomón y Cubela los recibieron con rostros graves y tras un intercambio de opiniones, accedieron a entregar la residencia pues veían en ello la posibilidad de expresarle al primer mandatario todas sus inquietudes, en un marco de entendimiento que les permitiese ahuyentar el espectro de la tan temida exclusión.
La ceremonia tuvo lugar en horas de la noche y las manifestaciones del presidente ni bien terminó la reunión, parecieron tranquilizar los ánimos:

Tendremos gabinete de concentración revolucionaria. Cuantos intervinieron en esta brega tendrán allí su representación. Es la responsabilidad compartida, y al mismo tiempo el matiz de las iniciativas según las necesidades populares.

El tiempo demostró que las de Urrutia fueron palabras vanas. Simple marioneta de Castro, en la segunda sesión de Gobierno tomó juramento a su antiguo gabinete (del que tan solo el titular de Justicia había sido escogido por él), relegando al Directorio a un puesto secundario. Recién a mediados de año se llegaría a una solución con la desmovilización militar de éste último y la incorporación de sus integrantes a funciones de segundo orden en la revolución. A Cubela, por ejemplo, se lo designaría comandante de las fuerzas armadas cubanas y presidente de la Federación de Estudiantes Universitarios y a Chomón ministro de Comunicaciones y Transporte, primer secretario del Partido Comunista en Las Tunas y años después, embajador en la Unión Soviética.


La caravana retomó la marcha bajo un cielo despejado, con varios lugartenientes flanqueando al líder de la revolución.
La gente de Florida no deba crédito a lo que veía. Ahí, en lo alto de aquel blindado, se hallaba la cúpula del movimiento revolucionario saludando y sonriendo a quienes se les acercaban, lo mismo en Ciego de Ávila donde fue necesario contener a la multitud que pugnaba por acercarse a los rodados.
En determinado momento, una jovencita se aproximó sonriente al vehículo que transportaba al comandante Antonio Enrique Lussón y cuando este se inclinó para saludarla, esta le extendió una libreta y le pidió que se la firmara. Luis Báez y Pedro de la Hoz, reproducen la escena en su libro Caravana de la Libertad:

En Ciego de Ávila no podíamos avanzar, nos detuvimos. Una jovencita, acompañada de su familia, se acercó y me dijo: «Comandante, quiero que me firme mi autógrafo». Tomé el cuaderno, lo hojeé instintivamente y vi una foto tipo carné de Indalecio Montejo, a quien conocía muy bien y quería entrañablemente. Me detuve a mirarlo y le pregunté: «¿Quién es este compañero? ¿Fue tu novio?». «No, Comandante, es mi hermano. Mire, esta es nuestra familia». La muchacha me presentó a su madre y a cada uno de los familiares que la acompañaban. «Estamos aquí para recibir a Fidel y a los rebeldes. Mi hermano es uno de ellos. Viene en la tropa del comandante Lussón o del comandante Aníbal». Aquello me paralizó, porque Indalecio había sido un buen combatiente que había participado junto a nosotros en diferentes acciones, pero había muerto en los últimos días de diciembre en la Gran Piedra, en un accidente cuando viajaba en un yipi [jeep]. Dar aquella noticia transformó la alegría del triunfo en uno de los peores momentos de mi vida13.

En aquel poblado, la caravana se detuvo a pasar la noche. Fidel, junto a Celia Sánchez y algunos de sus oficiales fueron invitados por los propietarios de una casa ubicada en la calle Cuba Nº 8, entre Martí y Narciso López, pero apenas estuvieron allí un par de horas, porque el comandante estaba ansioso por seguir adelante.


Juan Almeida recordaría por siempre la entrada en Jatibonico, donde la muchedumbre se había concentrado sobre el paso superior de la línea ferroviaria, para darles la bienvenida.
La columna ingresó por la calle principal, con la gente exultante a ambos lados del camino. Los combatientes y su jefe pasaron de largo, saludando sonrientes y al salir por el otro lado, tomaron la curva que los llevaba derecho al puente de hierro sobre el río que le da nombre al poblado. Extensos cañaverales dominan la geografía y a lo lejos, pese a la caída del sol, las sierras del Escambray se recortaban majestuosas.
La noche tornó al camino difícil, más cuando dos de los puentes sobre la carretera Central habían sido destruidos para impedir el paso de las fuerzas gubernamentales. Eso obligó a la columna a hacer un desvío en dirección a El Majá y desde allí seguir hasta El Jíbaro, que pese a la hora, también los recibió en triunfo.
En la madrugada del 6 de enero, la caravana cruzó el río Zaza y llegó a Sancti Spiritus.
Era una jornada gris, en la que persistía una tenue llovizna fría. La hilera de vehículos alcanzó el Parque “Serafín Sánchez” y una vez allí detuvo sus motores. A una sola voz, el pueblo expresó su alegría lanzando “vivas” y “gritos” en apoyo de la revolución y agitando banderas tricolores sobre sus cabezas.
Fidel Castro descendió del tanque M4A3 (76) W HVSS Sherman en el que viajaba y se dirigió al edificio de la Sociedad “El Progreso”, donde funcionaba desde hacía cincuenta años la Biblioteca Provincial “Rubén Martínez Villena”. Desde el balcón del segundo piso se dirigió a la multitud, concentrada en la plaza y desde lo alto la arengó, hablándole de la revolución y del futuro que les esperaba. La gente aplaudía y agitaba sus banderas y pese a que eran las dos de la mañana, todo el mundo saltaba, entonaba consignas y vivaba a sus héroes.

Lo importante ahora es que estén donde estén, cada cual se dedique a cumplir con su deber; lo importante es que el pueblo tenga fe y confianza en esos hombres” sentenció y luego exaltó a los espirituanos señalándoles a sus héroes: “…no son ni dos ni tres, son muchos, y muchos los oficiales que se han distinguido en esta guerra, y aquí tenemos a nuestro Comandante Félix Duque, de Sancti Spíritus, veterano de incontables combates victoriosos, autor de numerosas proezas”14.

En medio de la noche, bajo la fría llovizna, el líder de la revolución finalizó diciendo:

Nuestro pensamiento vive solo puesto en que hay un deber que cumplir, en que hay un deber muy sagrado con los muertos… Soy un hombre de fe. Hemos triunfado porque creímos en el pueblo15.

Fidel regresó al vehículo en el que había llegado, su chofer, Alberto Vázquez García puso en marcha el motor y a una señal, la caravana reanudó la marcha en dirección a la capital.
La extensa columna de jeeps, camiones, blindados y automóviles retomó la carretera hacia Santa Clara, pasando por Guayos y Cabaiguán, con sus grandes plantaciones de tabaco y centrales procesadoras. Siguieron por Placetas, escenario de las hazañas del Che, luego Falcón, donde debieron desviarse porque el puente carretero había sido destruido y finalmente la gran capital de Las Villas, donde todavía latía “…en el pueblo la emoción y el entusiasmo que le causaron las palabras de Che por la emisora de la radio local el 1ro. de enero, cuando informó la rendición del enemigo, la huida del jefe militar de la plaza y su detención por Víctor Bordón”16.
La columna se hallaba prácticamente en la entrada de la población cuando Enrique Oltuski (“Sierra”), en esos momentos coordinador del M-26 en la región, salió con su séquito a recibir a Fidel.
La caravana llega a Sancti Spiritus


Haciendo las veces de guía, el “polaco” los condujo hasta el centro de la ciudad y en una casa a mitad de camino, los hizo detener. Fidel, Celia Sánchez y varios de sus laderos se introdujeron en ella y una vez dentro, se acomodaron en el comedor mientras Martha y su madre, esta última propietaria de la vivienda (esposa y suegra de Oltuski respectivamente), les preparaban algo para desayunar.
Ante el requerimiento de Castro, Oltuski hizo un pormenorizado relato de la situación. Según sus palabras, la provincia se estaba normalizando y no había rastros de elementos gubernamentales en las inmediaciones.
Después de desayunar, Fidel subió al piso de arriba, se dio un baño y extenuado como estaba, se recostó a dormir. Pero no pudo conciliar el sueño, de ahí que, al ver asomarse a Oltuski, lo llamó para hacerle una serie de preguntas. Quería saber que pensaba la gente de la revolución, si la apoyaba, si se había obrado con justicia durante las depuraciones y si estaba dispuesta a brindar su colaboración. A todo respondió afirmativamente el dueño de casa, poniendo especial énfasis en el consejo que se acababa de crear para coordinar las acciones.
En esas estaban cuando uno de los custodios de Fidel entró en la habitación para informar que había afuera una persona que deseaba verlo.

-Comandante, Hay alguien afuera llamado Bosch, que insiste en entrar.

-¿Quién? -dijo Fidel- ¿Bosch?

-Sí -respondió Oltuski- Orlando Bosch es un médico, dice que fue amigo tuyo en la universidad y que ha colaborado con el Movimiento.

-Eso no es verdad, no es mi amigo sino un gángster y un politiquero cuando era dirigente estudiantil en la Universidad. Desháganse de él17.

Bosch no fue recibido. Terminaría por huir a los Estados Unidos y años después financiaría atentados terroristas contra el régimen cubano. Quien sí pudo ver a Castro fue el periodista Carlos Lechuga, quien logró llegar hasta la habitación y sentado al borde de la cama, brindó un pormenorizado detalle de los sucesos que habían tenido lugar hasta el momento.
Luis Báez y Pedro de la Hoz reproducen el diálogo que tuvo lugar a continuación.
Fidel preguntó por La Habana, por su situación, el sentir de la gente y la marcha del gobierno. La respuesta fue la esperada; todo el mundo estaba pendiente de su llegada y se mostraba animoso con respecto al movimiento, aunque imperaba algo de confusión y por eso, era necesaria su presencia lo antes posible.

-Es necesario que el pueblo no tan sólo te escuche, sino te vea. La gente está ávida de ti. Hemos hecho preparativos para transmitir por televisión el acto del parque, digo, si estás de acuerdo.

-¡Cómo no! Oye, eso es un palo periodístico que te vas a apuntar. Seguro que te aumentan el sueldo.

Hubo risas entre los presentes y luego Fidel continuó.

-Este discurso es importante, hablaremos Sierra y yo. ¿Cuáles tú crees Lechuga, que son los problemas principales? ¿Cómo tú enfocarías la cosa, Sierra?

Oltuski hizo ademán de hablar, pero Fidel lo interrumpió:

-No debe ser un discurso para elogiar al pueblo. En estos momentos, en que todavía hay alguna incertidumbre, hay que decirle al pueblo también cuáles son sus deberes. Hay que decirle que la Revolución tiene que ser la obra de todos, sólo así tendremos el triunfo definitivo.

En esas saltó de la cama y empezó a pasearse descalzo por la habitación.

-Sí, el avance de la Revolución es responsabilidad de todo el pueblo18.

Poco después, el comandante en jefe partió hacia el Parque Vidal dispuesto a hablarle a la multitud. Fue un discurso fuerte y emotivo, cargado de energía y arenga, en el que ponderó al pueblo combatiente, habló de la necesidad de convertir la unidad de las fuerzas revolucionarias en un bastión destinado a la progresión de los cambios sociales que se avecinan y se refirió a la urgencia de implementar cambios drásticos.
Fue saludado por una verdadera ovación y en medio del rugir de la muchedumbre, abandonó la improvisada tarima para seguir adelante.
Durante el almuerzo que se le organizó a la tropa, Castro impartió instrucciones a la nueva dirigencia respecto a los pasos a seguir e inmediatamente después dispuso la partida hacia Cienfuegos, cumpliendo un pedido especial que aquella ciudad le había formulado por medio de una delegación.
Con Oltuski incorporado a la caravana, Castro abordó un automóvil y se dirigió a la emblemática ciudad portuaria, deseoso de expresar su solidaridad a las familias de los marinos amotinados el 5 de septiembre de 1957.



Se vivieron momentos de tensión cuando en la base naval de Cayo Loco, los principales lugartenientes de Fidel le manifestaron el recelo que les despertaba la figura de su jefe, el norteamericano William Morgan, quien si bien era militante del M-26, había demostrado actitudes ambiguas durante las acciones.
A los dirigentes revolucionarios no les gustaba aquel hombre que años después, mostraría su verdadero rostro como agente de la CIA pero Castro los tranquilizó explicándoles que necesitaba a los marinos para construir la nueva Cuba y que Morgan entraba en sus planes.

-Ten cuidado Fidel, en Morgan no se puede confiar –insistió Oltuski tomándolo del brazo.

-No te preocupes, “Sierra” -contestó el comandante en jefe con una sonrisa que no logró tranquilizar a su interlocutor.

Se respiraba tensión en la base. Por un lado, primaba la desconfianza de los combatientes hacia la figura de Morgan y por el otro, el temor a las represalias que estaba tomando el nuevo régimen.
Fidel Castro entró con paso seguro y después de subirse a una mesa, se dirigió a los presentes con su verborragia innata.

-Por poco me olvido de Cienfuegos al querer llegar rápidamente a La Habana (…) pero aquí hay que venir solo para saludarlos a ustedes e inclinarme reverente en tributo a los héroes del 5 de septiembre19.

-¿Qué ha de ser la Marina en la Cuba nueva? Un arma poderosa para defender la patria!

Una salva de aplausos interrumpió las palabras.

-Crearemos una Marina que será el orgullo de América –agregó Castro.

-¡Fidel! ¡Fidel! –gritaban los marinos.

-El marino será un hombre útil a la sociedad no será un instrumento de los enemigos del pueblo, sino el brazo armado del pueblo...20.

Los marinos allí reunidos sintieron que el alma les volvía al cuerpo; se miraban entre sí y se daban abrazos al comprobar que estaban a salvo y que no iban a caer represalias sobre sus personas. Varios de ellos cargaron a Fidel sobre sus hombros y lo llevaron en andas por la pequeña plaza de la base, dando vivas y coreando su nombre. 
Al mediodía, Castro y sus lugartenientes se encaminaron hacia Punta Gorda y en el restaurante “Covadonga” degustaron una excelente paella. Luego se fueron a descansar y llegada la noche, se dirigieron al Ayuntamiento donde Fidel volvió a dirigirse a la muchedumbre, explicando las razones de su presencia:

[en] Nuestro avance hacia La Habana desde Santiago de Cuba, me había hecho el propósito de detenerme solo en las capitales de provincias […] Pero es que realmente con Cienfuegos hay que contar cuando se escriba la historia de la Revolución. A Cienfuegos había que venir, aunque solo fuera para saludar a este pueblo revolucionario, e inclinarme, reverente, en tributo a los héroes y mártires del 5 de septiembre21.

De regreso en Santa Clara, después de atravesar los poblados occidentales de Las Villas, Fidel se reunió con la caravana y retomó su marcha hacia Matanzas, pasando por San Pedro de Mayabón.
La extensa hilera de vehículos se detuvo brevemente frente a la cervecería “Antonio Díaz Santana” de Manacas y enseguida reanudó viaje hacia Colón, cuna de Mario Muñoz, el médico muerto durante el asalto al cuartel Moncada.
En aquella población lo esperaba el capitán Julio O. Chaviano Fundora, designado por el Che, jefe del Regimiento Nº 4. El líder revolucionario mantuvo una breve conversación con él y mucho fue lo que se indignó al saber por su boca que en la capital del país, un grupo de entusiastas había colocado una estatua suya en la intersección de las avenidas 41 y 31, casi en la entrada de Campo Columbia, elaborada en una sola noche a pedido, por el escultor Enzo Gallo Chiapardi22. Sin dudarlo un instante, mandó retirarla e impartió instrucciones en el sentido de evitar ese tipo de homenajes, aún sabiendo que se debían al entusiasmo de la gente no solo por la revolución, sino también por su persona.
En La Yagua de Perico, Castro ordenó un nuevo alto, esta vez frente a un taller próximo a la intersección de la carretera Central con Martí, donde había trabajado en su juventud el comandante Horacio Rodríguez. La gente pareció delirar cuando el jefe rebelde bajó del tanque y saludó a quienes se encontraban en el lugar; incluso alzó a una niña de pocos años que con el paso del tiempo, sería maestra.
Era tarde cuando alcanzó ese lugar, por eso no se detuvo mucho tiempo. Se despidió verborrágicamente, como era su costumbre y ordenó seguir viaje, alcanzando Matanzas en horas de la noche.
Acompañado por la multitud hasta el Ayuntamiento, le costó mucho ingresar porque el gentío allí agolpado intentaba abrazarlo, palmearlo y felicitarlo.
Se dirigió a la ciudadanía desde uno de los balcones del edificio, disfrutando por unos segundos el espectáculo que la gente ofrecía allí debajo, en la cerrada noche de aquel comienzo de enero.

Aún nos queda algo de energía y de voz para saludar al pueblo de Matanzas. Lo único que no me gusta es que este balcón está muy alto y yo estoy muy lejos de ustedes, yo quisiera estar más cerca de ustedes. Yo quisiera estar allá abajo, pero si ustedes me ven a mí, yo no los veo a ustedes. (…) Decía que lamentaba no estar más cerca, porque yo no he venido a los pueblos a hacer discursos, no he venido a los pueblos a hacer retórica, no he venido a los pueblos a impresionar a nadie, he venido a los pueblos a hablar con el pueblo […] Esta vez había un Ejército Rebelde, un Ejército Rebelde que actuó rápidamente y consumó en veinticuatro horas una victoria, que ha constituido uno de los acontecimientos revolucionarios más asombrosos que han ocurrido en América Latina. No porque lo digamos nosotros, estaría mal que nosotros lo dijéramos, para que no se fuera a pensar que es vanidad del pueblo de Cuba y de nosotros, es lo que dicen los periodistas que vienen de todas partes del mundo, que toda la América está asombrada de cómo el pueblo ha podido desarmar al ejército entero; y todo el mundo está asombrado del civismo, del valor, de la agresividad, del patriotismo y del espíritu revolucionario del pueblo de Cuba, y eso que posiblemente no conocen al pueblo. Si vieran lo que he visto yo, si hubieran presenciado estas manifestaciones multitudinarias, si hubieran hablado con el pueblo de Cuba como he hablado yo, es posible que la admiración que sintieran por nuestro pueblo fuera realmente más grande de la que sienten; porque para saber lo que es el pueblo de Cuba, es necesario haber recorrido, como hemos recorrido nosotros, la isla de un extremo a otro, era necesario ver esas manifestaciones multitudinarias de hombres y mujeres delirantes, llenos de fe en su destino, decididos a todos los sacrificios, decididos a todos los esfuerzos y, sobre todo, con el entusiasmo, y con el cariño con que ofrecían su estímulo a los combatientes que iniciaron esta guerra en la Sierra Maestra hace más de dos años23.

Finalmente, refiriéndose a la educación, la cultura, el deporte y las carencias que la isla padecía en ese sentido, cerró su discurso diciendo:

¿Tienen bibliotecas suficientes para la población de Matanzas? Entonces no hay nada en Matanzas. Y supongo que el resto de la isla esté igual; luego, hay que trabajar mucho y será cuestión de tiempo, no se podrá resolver todo de la noche a la mañana, eso lo tienen que saber ustedes, ¿verdad? Y eso es lo importante, que ustedes tengan confianza en nosotros y tengan la seguridad de que los problemas los vamos a resolver, cueste lo que cueste. Bueno, yo quiero que ustedes sigan creando estados de opinión y sigan analizando las cosas que se necesitan; pero todas las cosas en un día no, tienen que guardar algunas cosas para la próxima vez que vengamos a Matanzas, que yo pienso volver pronto a Matanzas. Y pienso venir menos cansado que hoy, porque ya venimos agotados de muchas noches sin descanso. (Del público le preguntan: «¿Cuándo?») Pronto, no les puedo decir exactamente, porque tengo que visitar muchos pueblos todavía; pero yo les prometo, eso sí, que volveré a Matanzas y no una sola vez, sino cuantas veces pueda24.

Como había sucedido en Cienfuegos, Fidel hizo un nuevo desvío en el camino, esta vez para visitar Cárdenas, la tierra natal de Juan Antonio Echeverría. Para ello abordó tres automóviles junto a la inseparable Celia Sánchez, Francisco “Paco” Cabrera, José Alberto León y algunas personalidades más, entre lugartenientes y dirigentes matanceros, con quienes partió raudamente.
Se detuvieron en el Hotel Internacional de Varadero, para cenar y ducharse y después de descansar un poco, continuaron. Ese día, por la tarde, aterrizó en el aeródromo local el avión que traía a Huber Matos y su escolta, José Martí Ballester. Allí encontraron a Fidel, rodeado por un mar de periodistas y curiosos, empapado en sudor y mordiendo su tabaco. La gente pugnaba por llegar hasta él y sus custodios hacían esfuerzos supremos por impedir que lo tomasen. Al ver aproximarse a Matos, le hizo un gesto con la mano y le pidió que hablase en el acto que iba a comenzar. El recién llegado intentó disculparse porque ya lo había hecho en Santiago y no era muy afecto a los discursos, pero su jefe insistió. Salieron de madrugada, desandando la ruta que une aquel puerto con la denominada “ciudad bandera”, cabecera del municipio y arribaron a las 09.00, tras un viaje sin contratiempos.
El recibimiento fue tan entusiasta como el de las demás ciudades, solo que en esta oportunidad, las banderas que colgaban de balcones y ventanas eran más numerosas.
Lo primero que hizo el líder revolucionario fue dirigirse a la casa de la familia Echeverría, frente al Parque “Estrada Palma”, donde lo aguardaba emocionada la madre del legendario dirigente. Una vez allí, Castro la estrechó en un abrazo y luego de saludar al resto de los familiares, ingresó con sus acompañantes a la casa, donde permaneció unos instantes en silencio, como queriendo impregnarse de su clima. En ese lugar había nacido y vivido uno de máximos mártires de la revolución y para él era sagrado.
Fidel se reencuentra con su
hijo Fidelito en Cotorro


Desde la vivienda, Fidel y su séquito se encaminaron hasta el cementerio local, para depositar una ofrenda floral y rendir homenaje a Echeverría frente a su tumba. Cumplido ese requisito, saludó a la muchedumbre que se había dado cita en el lugar y luego partió en dirección a Matanza, decidido a continuar su derrotero.
Era noche cerrada cuando la extensa columna ganó la ruta, dejando a sus espaldas las luces de la ciudad. Dos horas y media después llegó al suburbio de Cotorro, municipio de la Gran La Habana, antiguo feudo del conde José Bayona y Chacón en el siglo XVIII y escenario de la gran sublevación de esclavos, ahogada en sangre por las autoridades hispanas. Allí los esperaba Fidelito, el hijo del líder revolucionario, a quien aquel abrazó fraternalmente después de dos años y medio sin verlo.
Durante la parada en Cotorro, los empleados de una fábrica de bebidas alcohólicas se acercaron corriendo hasta el blindado de Castro para ofrecerle cervezas heladas, tanto a él como al resto de los combatientes. El jefe revolucionario se negó, por considerar que no era prudente ingerir alcohol en esos momentos, pero preguntó si les podían alcanzar unas maltas. No hizo falta repetir el pedido. Los trabajadores salieron como disparados y regresaron con varios toneles que los viajeros disfrutaron en extremo.
Antes de reanudar la marcha, Fidel les pidió a algunos de sus asistentes, Jorge Enrique Mendoza entre ellos (todos ellos operadores de Radio Rebelde), que se adelantasen hasta Campo Columbia para evitar que los aprovechadores se apropiasen de los micrófonos y los manipulasen en beneficio propio, sobre todo aquellos que habían demostrado actitudes duales y ahora buscaban sacar ventaja.
En lo que respecta al vehículo en el que Fidel Castro hizo su ingreso en La Habana, los autores no se ponen de acuerdo. Jon Lee Anderson afirma que lo hizo sobre el mismo tanque en el que había hecho el recorrido25. En ello parece coincidir Juan Almeida cuando describe el paso de la caravana por el sector portuario, antes de llegar al muelle donde se hallaba amarrado el “Granma”:

Fidel baja del tanque, entra en el yate y detrás de él la comitiva26.

Las fotos de aquel día, muestran al líder recorriendo las calles en un jeep.
Según Alberto Vázquez, José Alberto León y Antonio Enrique Lussón, el cambio lo hizo en Cotorro, frente a las “puertas” de la ciudad, cuando se bajó del blindado y abordó un jeep de la Columna Nº 17, conducido por Marcos Carmenates. Junto a él viajaban Celia Sánchez, Delmidio Escalona, Augusto Martínez Sánchez, Juan Manuel Castiñeiras, el propio Lussón y algunos de sus custodios.
Al parecer, se le había pedido que hiciese su entrada en el tanque pero él se negó por no creerlo apropiado.

La elección del vehículo en el que Fidel recorre las calles habaneras no es un hecho fortuito. Querían que Fidel entrara a La Habana sobre un tanque, porque nosotros traíamos blindados en la Caravana, pero Fidel desecha la idea. Con el tanque nunca llegaríamos a tiempo a Columbia. En ese equipo no avanzó ni cien metros. Fidel se baja del tanque y se decide por un yipi [jeep] de la Columna 17, donde se montan también, entre los que recuerdo, Augusto Martínez Sánchez, Celia, Delmidio Escalona, Juan Manuel Castiñeiras y gente de la escolta27.

José Alberto León agrega que alguien propuso la entrada en un helicóptero, dado el embotellamiento que había en las calles, pero Castro tampoco lo aprobó, aún cuando uno de esos aparatos se aproximó y se posó cerca.

Sinceramente, para mí fue imprevisto el gesto de Fidel al descender del tanque. A la altura del Cotorro, había un embotellamiento increíble, apenas podíamos proseguir la marcha. Tratábamos de mantener el paso, pero ni modo. Recuerdo también otra variante que se manejó en aquel momento. Ir en helicóptero hasta Columbia. Incluso, un aparato sobrevoló el tanque con el  objetivo de aterrizar cerca de donde nos encontrábamos. Pero Fidel no lo aceptó. Entonces vino lo del yipi. Yo corría delante del yipi, pero estaba por reventar. Entonces se me ocurrió montarme en uno de los guardafangos delanteros del yipi. Desde ahí podía ayudar a abrir camino mucho más fácil28.

Antonio Enrique Lussón agrega:

Frente a la base de ómnibus del Cotorro, al unirse los vehículos de la Caravana con los que venían detrás de Camilo desde La Habana, se formó un cuello de botella que obstaculizó nuestro avance. Fidel pasó al yipi en que yo me movía y dimos una vuelta para seguir adelante. Ese yipi, que era manejado por Carmenate, a quien utilizaba como chofer, fue el que siguió hasta la Virgen del Camino y de ahí a la Avenida del Puerto29.

El congestionamiento que se produjo frente a la estación de ómnibus de Cotorro, detuvo el avance, generando gran confusión. La gente de Fidel iba y venía dando gritos e indicaciones mientras la gente aplaudía, vivaba o simplemente observaba. Ese fue el momento en que Fidel saltó del blindado y abordó el jeep.
Volvamos a Juan Almeida para ver como fue la llegada de la columna a La Habana:

Ya estamos en la capital. Ante la muchedumbre, el Comandante en Jefe de las Fuerzas de Aire, Mar y Tierra de la República está alegre, sonriente, feliz. La barba enredada, demarca el rostro rosado al que la visera de la gorra le da sombra. Lleva su uniforme verde olivo, el fusil colgado al hombro, la canana con pistola a la cintura. Junto a él, sus compañeros, hombres armados rodeándolo con delicada discreción. Viajamos sobre un tanque de ruedas de goma, y detrás, la larga caravana de autos, yipis, pisicorres [camionetas], camiones, ómnibus; cientos de vehículos y, a cada lado y después, el mar de pueblo dando gritos, saludos, palmadas, cantando. Llevan banderas, pancartas, telas. Hay cabezas descubiertas o protegidas del sol con sombreros, gorras, periódicos, paraguas y sombrillas de todos los colores y estampados. Es un día de arrobo colectivo, de alegría; muchas mujeres lloran como si a través del llanto escapara el dolor reprimido tantos años. (…) Los rebeldes que no habían estado antes en La Habana, se deslumbran con la ciudad en esta, su primera visita. Al paso por el puerto, recibimos el saludo de los portuarios; braceros, ñáñigos y santeros; muchos con el puño en alto y la franca sonrisa de todos que ilumina el rostro de estos hombres alegres, jaraneros, buenos, como es todo nuestro pueblo. Los que están encaramados sobre el pedazo de la muralla de La Habana, a un costado de la Estación Terminal de Ferrocarriles, saludan entusiastas (…). Flores son lanzadas por manos femeninas, acompañadas de sonrisas y besos. De las ventanas, fachadas y balcones, penden banderas cubanas junto a la roja y negra del 26 de Julio, que alegres flotan y se abrazan movidas por el viento. Por la Iglesia y la Alameda de Paula, vemos un grupo de mujeres con el rostro pintorreteado. Saltan y tiran besos. Son las infelices que el engaño y la necesidad instalaron en burdeles. Hay también jóvenes con el rostro finamente arreglado, que saludan y gritan con gestos despampanantes30.

La larga columna de vehículos reanudó la marcha en dirección al puerto, por el tramo que hoy se denomina Ismael Capiro. Luego de cruzar el suburbio de una punta a la otra, pasó frente a la antigua bodega “Hong Kong” que se alzaba a la derecha y algo más adelante, del cine-teatro “Salón Rosa”, ubicado a la izquierda.
Desplazándose en forma paralela a las vías del ferrocarril, cruzó el acceso al reparto La Torre y salió por el oeste, atravesando la avenida de circunvalación, llamada Primer Anillo de La Habana, donde hoy se encuentra el puente San Pedro, que es la entrada al municipio que dejaba atrás.
Siempre aclamado por la multitud, el líder revolucionario y su caravana se internaron en el barrio Los Mangos, dejando a un lado San Francisco de Paula, Los Panecitos (derecha) y La Prosperidad (izquierda) donde un público entusiasta agitaba banderas, saltaba y lanzaba sonoros vivas.
El paso por Santa Clara


En su recorrido inicial por las calles de La Habana, la extensa hilera de vehículos paso a metros de la finca “La Vigía”, la lujosa mansión de Ernest Hemingway, con su piscina, su barco “Pilar”, sus magníficas especies vegetales, parras, columnas griegas y su cementerio de gatos, villa ideal para un comunista de lujo. Ya en pleno Dolores atravesó la Calle 90 y siguiendo por la calzada de Güines, subió la Loma de los Zapotes hasta la bifurcación en la que se encuentra el parque de la Virgen del Camino, donde los esperaba sonriente Camilo Cienfuegos.
El encuentro fue más que emotivo y pareció enloquecer aún más a la gente. Ambos líderes se estrecharon en un abrazo y a partir de entonces siguieron juntos, tomando por la calzada de la derecha.
La caravana atravesó las alturas de Luyanó y desde allí divisó el puerto en todo su esplendor. A ambos lados del camino, el pueblo parecía delirar y pugnaba por llegar hasta los vehículos. Así cruzaron la calzada de Luyanó, muy cerca de las avenidas Porvenir y Concha y en la bifurcación de las vías del ferrocarril, disminuyeron la velocidad para ingresar en el sector portuario.
Dominaba la zona el imponente Castillo de Atares, añeja fortaleza española que formó parte del formidable dispositivo defensivo de la capital. La vista de La Habana, desde ese punto era imponente, pero la caravana de Castro no tuvo tiempo de contemplarla ya que, bordeando la bahía por la avenida del Puerto, siguió su marcha triunfal por entre usinas, galpones, depósitos, plantas de combustible y contenedores, con el mar y los muelles a su derecha y los antiguos barrios portuarios a la izquierda.
Al llegar al edificio de la Marina de Guerra, Fidel ordenó hacer un alto. Costó mucho que la gente le permitiera descender y cuando lo hizo, ingresó en el interior para saludar a sus autoridades, encabezadas por el alférez de fragata Juan Manuel Castiñeiras, a quien primero le dio la mano y luego estrechó en un abrazo.
Avanzando en paralelo al Canal de Entrada, se podía ver al otro la gran imagen del Cristo de La Habana y la casa en la que se había alojado el Che, próxima a la fortaleza de La Cabaña. El paso por el castillo de la Real Fuerza, que data de 1558, evocaba también tiempos de luchas y conquista, tan duras y complejas como la que acababa de finalizar. Algo más allá, siguiendo por la misma senda, el magnífico monumento a Máximo Gómez31 dominaba la escena, lo mismo las cúpulas de la ciudad a la izquierda, entre ellas las del Capitolio y la Giraldilla y más delante, los castillos de La Punta y el Morro32, en la entrada misma del puerto, bastiones que junto a La Cabaña y la fortaleza de Atares, resguardaban la ciudad de los ataques por mar.
Muchos habrán evocado tiempos pretéritos, cuando desde ese mismo lugar, zarpó la expedición de Hernando de Soto33 para explorar la América del Norte o cuando se produjo la toma de La Habana por los ingleses, en agosto de 1762, en el marco de la Guerra de los Siete Años.
Fue en ese punto donde una voz dio cuenta que amarrado junto a uno de los muelles se hallaba el “Granma”.

-¡¡Ahí está el “Granma”!! –se oyó decir de repente. Y todas las cabezas giraron hacia ese lugar.

Entonces Castro ordenó hacer un alto y seguido por sus laderos, se dirigió hacia el yate, sumamente emocionado.
Alguien lo ayudó a subir y ya sobre cubierta, inició el recorrió de una punta a la otra, seguido por algunas personas, mientras revivía la travesía y recordaba, seguramente, a los que ya no estaban.
Luego regresó al jeep y continuó en dirección al Palacio Presidencial, deseoso de saludar al Dr. Urrutia, presidente de la Nación, quien lo esperaba en la entrada, al pie de las escalinatas, acompañado por varios funcionarios.
Acompañado por sus custodios, Castro hizo su entrada en el gran edificio y desde sus balcones, se dirigió a la muchedumbre, que no paraba de gritar y entonar consignas, aprobando todo lo que decía.
Fue a la salida que alguien le sugirió recurrir a los combatientes para que abrieran paso pero él rechazó de plano la sugerencia.

(...) alguien decía a mi lado que harían falta mil soldados para pasar por donde está el pueblo. Y yo digo que no. Yo solo voy a pasar por donde está el pueblo. Voy a demostrar una vez más que conozco al pueblo, sin que vaya un soldado delante le voy a pedir al pueblo que abra una fila. Yo voy a atravesar solo por esa senda (...). Abran una fila y por ahí marcharemos para que vean que no hace falta un solo soldado para pasar por entre el pueblo34.

Sobre la acera del Palacio Presidencial había estacionados tres automóviles de lujo a los que Fidel Castro, el Dr. Urrutia y sus respectivas comitivas abordaron para seguir la marcha, pero a los pocos metros de echar a andar, el primero mandó detenerlos y regresó al jeep. Por nada del mundo quería perder el contacto con la gente que al mejor estilo de los triunfos romanos, ovacionaba su paso como si fuese un conquistador. Pero esta vez no se subió al rodado de la Columna Nº 17 en el que había hecho su ingreso sino a un jeep del Ejército, conducido por un soldado con su típico casco de las tropas regulares, que se había sumado en el sector portuario y llevaba a la rastra un pequeño cañón.


Camilo se une a la caravana en la Virgen del Camino

Siguiendo la marcha, el monumento a Antonio Maceo pareció inspirar a todos, combatientes, guerrilleros, soldados incorporados y ciudadanía en general, con su halo de heroísmo y abnegación. Más allá, el majestuoso Hotel Nacional lucía banderas en sus ventanas y una multitud de personas saludaba desde el parque que lo rodeaba.
En ese punto, la aglomeración pareció multiplicarse y el paso se hizo más lento.
Siguiendo en paralelo al malecón, los vehículos doblaron hacia la rampa de la Calle 23 y tomaron hacia el oeste, pasando a solo una cuadra del memorial de los Marines norteamericanos del “Maine”, que aún conservaba el águila que la revolución retiraría tras la frustrada invasión de Bahía de Cochinos35.
La caravana comenzó a atravesar El Vedado, cruzó la populosa Avenida de los Presidentes, que a esa altura era un mar de gente y siguió en línea recta hasta la Avenida 41, dejando a un lado el Parque “Víctor Hugo” con su glorieta, luego el de “Mariana Grajales”36, con su magnífico monumento y la parte posterior del convento de Santa Catalina de Siena, en tanto a ambos lados iban pasando las majestuosas mansiones y casas de estilo que caracterizaban a aquel sector.
En su intersección con la Calle 12, la 23 hace un pequeño zigzag y algo más adelante pasa frente a la fábrica de tabacos “José Martí”, célebre por sus puros y habanos, para seguir hasta el cementerio de Cristóbal Colón, distante a una cuadra de su ruta.
Después de cruzar el puente de hierro del río Almendares, rebasó el magnífico parque del mismo nombre y siguiendo la curva que va efectuando el camino, desembocó en la Avenida 41, pasando por el antiguo cine “Arenal” y el estadio de béisbol “Pedro Marrero”.
El cruce de la Avenida 31 fue apoteósico, lo mismo cuando llegó a la Avenida 100, que cruzó para seguir 200 metros y doblar hacia la derecha, por la Calle 76, en dirección al acceso de la actual escuela “Libertad”, vano intento por llegar a Campo Columbia.
Cuando la caravana se detuvo en los límites de la gran unidad militar, la noche pareció estallar. “Fue como si un volcán estremeciera el espacio de Columbia –dijo Almeida- La muchedumbre gritaba enardecida: ¡Fidel! ¡Fidel! ¡Fidel!”.
Ya habían pasado las 20.00, cuando Castro descendió del jeep militar y echó a andar hacia el edificio principal. Decenas, por no decir centenares de reporteros, tanto nacionales como extranjeros, intentaban cubrir la escena pero la aglomeración humana entorpecía sobremanera su trabajo.
Como el soldado que conducía el rodado temía golpear a alguna de las miles de personas que se agolpaban alrededor, detuvo la marcha antes, en los accesos de la Academia de Arte de San Alejandro, que se alzaba a un costado de la unidad militar. Eso obligó a Castro a cubrir parte del trayecto a pie y a saltar la verja que separaba a las dos instituciones, algo que hizo sin ningún inconveniente dado su buen estado físico. Le siguieron sus segundos sin mayores problemas y detrás de estos los combatientes, que debieron ayudar a Celia Sánchez cuando quiso cruzar37.
Fidel Castro llega a Campo Columbia


La llegada de Fidel al emblemático edificio fue, tal como dijo Almeida, el estallido de un volcán. Miles de gargantas coreando su nombre, un mar de banderas cubanas flameaba sobre las cabezas y gente pugnando por acercarse a la entrada principal dominaban la escena. Fue necesario que el comandante en jefe, pidiese silencio para comenzar a hablar.
Increíblemente, en ese preciso momento, tres palomas blancas llegaron volando desde la obscuridad y comenzaron a revolotear en torno a la tarima. Una de ellas se posó en el hombro izquierdo del orador y eso pareció incrementar aún más la algarabía de los presentes38.
El nuevo líder cubano inició un largo discurso que fue transmitido por radio y televisión (ver anexos). Habló de todo, de imponer la ley y el orden, de afianzar las instituciones, del castigo a los culpables del régimen depuesto y del carácter nacional y popular del futuro gobierno. Dejó entrever también el proceso de reforma de las fuerzas armadas y explicó el rol del individuo en la vida cubana a partir de ese momento. En determinado momento, el orador interrumpió su alocución y dirigiéndose a Camilo le preguntó:

-¿Voy bien, Camilo?

A lo que aquel respondió con su amplia sonrisa:

-Vas bien Fidel.

Hubo aplausos, ovaciones, vivas a Cienfuegos y al jefe de la revolución y luego este retomó sus palabras para finalizar diciendo:

¡Lo importante, o lo que me hace falta por decirles, es que yo creo que los actos del pueblo de La Habana hoy, las concentraciones multitudinarias de hoy, esa muchedumbre de kilómetros de largo –porque esto ha sido asombroso, ustedes lo vieron; saldrá en las películas, en las fotografías–, yo creo que, sinceramente, ha sido una exageración del pueblo, porque es mucho más de lo que nosotros merecemos (exclamaciones de: «¡No!»). Sé, además, que nunca más en nuestras vidas volveremos a presenciar una muchedumbre semejante, excepto en otra ocasión –en que estoy seguro de que se van a volver a reunir las muchedumbres–, y es el día en que muramos, porque nosotros, cuando nos tengan que llevar a la tumba, ese día, se volverá a reunir tanta gente como hoy, porque nosotros ¡jamás defraudaremos a nuestro pueblo!

Al día siguiente, Castro se presentó en el programa de televisión “Ante la Prensa”, para ser entrevistado por un panel de periodistas encabezado por Luis Felipe Gómez Wangüemert. Allí, ante una audiencia que alcanzó a toda la capital, se despachó en cuanto a la esencia del movimiento y los pasos a seguir:

Siempre pensé que la Revolución la debía hacer un solo Movimiento. Nuestra tesis es que un grupo no debe hacer una Revolución, sino el pueblo. Un motor pequeño hace andar a un motor grande".
La Revolución no puede hacerse en 24 horas, pues la reestructuración del país requiere tiempo. Uno de los problemas básicos es resolver el referente al desempleo.
Concretémonos al caso de un joven de 25 años que tiene aptitud para el trabajo, quiere trabajar y no lo encuentra ¿Cuál es la posición del Estado frente a ese joven? El Estado está obligado a darle trabajo o darle comida. Ese hombre necesita ropas y alimentos y el Estado que se arroga todos los derechos sobre ese mismo hombre, de quien puede disponer para todo, está obligado también a resolverle su situación, pues ese hombre tiene obligaciones fisiológicas y derechos también.
Si no se le busca trabajo, ese joven tendrá que robar. Para ello el Estado tiene penas. Pero sin embargo, ¿quién se ocupa de ese joven para que no tenga necesidad de robar? Luego, entonces, hay que resolver el problema del desempleo y hacia ello vamos. Tenemos que ir39.

Sobre el final, uno de los panelistas leyó un cable procedente de Washington según el cual, el Departamento de Estado anunciaba que el gobierno cubano acababa de solicitar el retiro de su embajador en La Habana.
Cuando el periodista le preguntó si el contenido de ese cable era cierto, el invitado respondió:

Este es un asunto que yo sí conozco bien, pues he estado en la guerra. A mi juicio no necesitamos esa misión. Ha resultado inútil. Lo que la misión le ha enseñado a los soldados de Batista fue a perder la guerra, y nosotros, por tanto, no queremos que se nos enseñe nada. Creemos que no pueden enseñarnos nada".
"No es necesaria ninguna nota. Es prerrogativa del Gobierno cubano decidir sobre la misión militar norteamericana40.

El 12 de enero fue un día clave. En horas de la mañana, el Directorio Revolucionario, que una semana atrás había desalojado el Palacio Presidencial, anunció oficialmente que dejaba de existir como milicia armada y entregaba las armas, novedad que les devolvió el alma al cuerpo a los máximos dirigentes del movimiento. La organización manifestó, además, que no iría a la guerra civil y que se mantendría, a partir de entonces, como una organización política al servicio de la revolución.

…se nos pretendió ignorar públicamente, causándonos una profunda preocupación por el futuro de nuestra patria, […] el Directorio Revolucionario […] DECLARA al pueblo de Cuba que a pesar de las imposiciones, de que no se quiere llegar a soluciones con el Directorio, que es ganar soluciones para nuestro pueblo, que se mantengan las imposiciones en el Campamento de Columbia por el doctor Castro, EL DIRECTORIO REVOLUCIONARIO NO IRÁ A UNA GUERRA, […] el DR hablará, expondrá ante el pueblo de Cuba sus razones. Y si no se le quiere oír bien, si no se quiere rectificar y se persiste en la imposición, no admitiremos esa convocatoria a la guerra. El Directorio Revolucionario está consciente de su responsabilidad, de su verdadera misión histórica, que debe ser fiscalizada en el proceso que se inicia41.

Urgido por zanjar de una vez la situación y llegar a un entendimiento, Fidel Castro se trasladó al día siguiente hasta la Universidad, dispuesto a dialogar directamente con los cabecillas directoriales. Lo hizo en la madrugada y permaneció allí varias horas, tratando de limar viejas asperezas que databan de cuando todos ellos eran estudiantes universitarios y las rivalidades y desacuerdos los fueron llevando paulatinamente a la división.
No quedaron constancias de aquella reunión pero debió desarrollarse en un marco de acuerdo comprensión ya que al finalizar, la organización depuso su actitud y entregó las armas.
Faure Chomón fue el encargado de anunciarle a su gente la decisión:

Hemos cumplido con nuestro deber a pesar de los peores ataques e injusticias, pero con toda serenidad hemos recibido este momento, porque nada puede empañar la libertad lograda con nuestra sangre […] Con el derecho, la moral y la justicia que asistía al Directorio Revolucionario quisimos preocuparnos por la suerte de la Revolución; quisimos hacer igual que en El Pedrero, donde el DR y el M-26, confraternizando hacia la muerte y hacia la victoria, firmamos el pacto de unidad más grande de nuestra historia. Pero no hemos tenido éxito, hemos recibido a cambio la calumnia y la difamación […] Recibimos imposiciones y las hemos aceptado, todo por la paz de la patria y la tranquilidad del pueblo, estamos dispuestos a mantener, aceptando aun los más grandes sacrificios, nuestros caros postulados […] El Directorio Revolucionario hace votos porque esos compañeros no se equivoquen. Hace votos porque sólo tengan el pensamiento y el brazo puesto al servicio de la patria y de los principios defendidos, para que puedan cumplir los principios trazados por la Revolución, por una Cuba nueva, tan regada por la sangre de los más queridos de sus hijos. Adiós compañeros42.

A estas sentidas palabras, se sumaron las del comandante Humberto Castelló, quien puso énfasis en los años de lucha y la figura de Juan Antonio Echeverría.

Queridos Hermanos, con profundo dolor me despido de ustedes, doblemente adolorido. Dolor por separarnos del hermano en la lucha y dolor por saber que no hemos sido comprendidos […] Jamás hemos sembrado la cizaña y en cambio hemos recogido montañas de calumnias e injusticias. Pero es necesario que se diga que es seguro que seguiremos manteniendo los principios de unidad que nos dio la victoria […] Es hora de que se sepa el rol histórico del Directorio en esta lucha. Hemos querido que esta despedida sea como ha sido, humana, sencilla, sentimental como el carácter que trazó la vida de José Antonio Echeverría y sus ideales por una Cuba mejor y más justa para todos43.

Al mediodía, Fidel habló en el Club de Leones de La Habana, durante el almuerzo que la institución organizó para homenajearlo, pero nada dijo la prensa de la incautación de cincuenta automotores cero kilómetro a la firma Ambar Motors S.A., que integrantes del ejército rebelde, efectuaron el día anterior 44.
El 15 de enero, fue el Rotary Club el que lo invitó a hablar durante un banquete y el 16 asumió como nuevo primer ministro en el Palacio Presidencial, oportunidad en la que volvió a hacer referencia a la justicia popular y al futuro de Cuba como nación. Previo a ello, le había dado a entender a Urrutia que desde a partir de ese momento iba a ser él quien ejerciera el control directo de la política nacional, aunque aclarando, “sin menoscabar” las facultades que, conforme a la ley vigente, le correspondían como presidente de la República.


Nueve días después de su entrada triunfal en La Habana, Fidel Castro reanudó la Caravana de la Libertad con destino a Pinar del Río, importante baluarte de la revolución en el extremo occidental de la isla.
Era el tramo final, la última etapa del recorrido y había que hacerla porque aquella gente la estaba esperando.
Esta vez no hubo una larga hilera de vehículos sino un Chevrolet 57 escoltado, en el que además de Fidel viajaban Celia Sánchez, un custodio y Alberto Vázquez, su chofer.
La primera parada fue en Artemisa, todavía en la provincia de La Habana, ciudad a la que llegaron a las 15.00, siguiendo la carretera Central, después de atravesar Bauta y Guanajay. Como fue una constante a lo largo del recorrido, la gente se agolpó a ambos lados del camino para verlos pasar.
Castro saludo a las autoridades, devolvió el entusiasmo de la gente con un emotivo discurso y rindió homenaje a los milicianos locales que habían tomado parte en el ataque al cuartel Moncada, en 1953.
Siguió luego por Candelaria y finalmente San Cristóbal. En Los Palacios se detuvo en el  paseo de San Cristóbal de los Baños y tras dejar atrás Herradura, paró por breves instantes en Consolación del Sur para seguir hasta Pinar del Río, final del recorrido.


El periodista Arnaldo Graupera Morejón tenía 29 años cuando vio llegar la caravana. Por entonces presidía la Asociación de Operarios de Radio, militaba en el M-26 local, al que representaba como adherente juvenil del Frente Obrero y trabajaba para la revista “Sol”, importante medio local que dirigía Evelio Velis Medina, con una tirada de 3000 ejemplares.
Los organizadores habían montado el escenario en los accesos de la fábrica “Jupiña”, en la intersección de las calles Martí y Rafael Ferro y allí se hallaba concentrada la multitud cuando el jefe de la revolución se hizo presente. Tal como recuerda Graupera, no cabía un alfiler y por esa razón, no se movió del lugar que ocupaba, cerca del escenario, durante horas.
Minutos antes de que Castro apareciera, Velis Medina le extendió un ejemplar de la revista en el que destacaba una nota sobre la captura del militar batistiano Jacinto García Menocal, el “chacal de San Cristóbal”, responsable de numerosos crímenes y torturas45. Cuando Fidel pasó a su lado, Graupera se la extendió en nombre de su director sin imaginar lo que iba a suceder. El hombre fuerte de Cuba se detuvo unos segundos, echó un rápido vistazo al ejemplar y al llegar a la nota sobre el esbirro, se puso a mirar detenidamente las fotografías. Luego extrajo un bolígrafo y cerrando nuevamente la publicación, escribió en su tapa: “Un saludo a los pinareños a través de la revista Sol”.
Una vez frente al micrófono, el recién llegado preguntó si lo escuchaban:

-¿Se oye? ¿Se oye? – a lo que la concurrencia respondió afirmativamente46.

Fue un discurso muy similar a los pronunciados a lo largo del recorrido, es decir, con el afecto y el corazón, según el decir de Alberto Vázquez.

No había venido a Pinar del Río porque tuve necesidad de permanecer en La Habana durante varios días. Tal era el fervor revolucionario de esta provincia, tan grandes han sido sus méritos en esta lucha, que durante el trayecto entre Oriente y La Habana me llegaron las insinuaciones de numerosos compañeros, pidiéndome que antes de llegar a La Habana viniese a Pinar del Río.
No era posible, sin embargo, detener la marcha de toda la columna para hacer un rodeo por la provincia de Pinar del Río, y yo les respondía a esos compañeros: No se preocupen, que a Pinar del Río no lo tenemos olvidado, que a Pinar del Río iremos.
…………………………………………………………………………………………
Se han herido dos sentimientos: primero, el deseo de justicia del pueblo de Cuba, que al pararse allá a pedir que se paralice el castigo de los asesinos, se hirió un sentimiento muy hondo en el pueblo, que es el sentimiento de justicia. Pero, además, se hirió otro sentimiento muy hondo, una cuerda que vibra mucho, que es el sentimiento del patriotismo, el amor a la patria, el amor a la soberanía del país, que esta intromisión implica un ataque a la soberanía del país y al derecho del pueblo a decidir su propio destino47.

En otra parte, Castro sostuvo:

Se nos quiere presentar ante la opinión pública mundial como unos criminales y como un pueblo de salvajes.
¡Una campaña desatada repentinamente! ¿Por qué, y por quiénes, y con qué objeto? Me hablan algunos amigos, de la prensa norteamericana, porque es verdad que muchos periodistas norteamericanos han escrito a favor de la Revolución, y me dicen que son cosas que, desde luego, obedecen a determinadas actitudes por parte de algunos periódicos y algunos congresistas. Pero lo cierto es que la campaña desatada es de grandes proporciones, y lo cierto es también que el pueblo de Cuba tiene que defenderse, sencillamente, y lo cierto es también que el pueblo tiene que estar alerta.
Yo no vengo a hacer demagogia aquí: yo lo que vengo es a decirle al pueblo la verdad. Yo no vengo a exaltar las pasiones, pero sí quiero mantener el temple del pueblo y el estado de ánimo necesario para afrontar cualquier vicisitud.
La verdad es que la campaña ha sido de grandes proporciones y tiene que obedecer a determinados intereses. Partió, en primer lugar, de las agencias de cables internacionales, y yo puedo dar cuenta de la mala fe con que han procedido las agencias de cables internacionales, y lo han hecho, desde luego, al amparo de la libertad que nosotros hemos conquistado, al amparo de los derechos que nosotros hemos implantado en nuestra patria. Han hablado, han atacado, han calumniado y han llevado adelante su campaña miserable y cobarde, impunemente, porque nadie ni se ha metido con ellos, ni se les ha amenazado, ni se les ha mandado un papelito, ni se les ha puesto un policía delante, ni nada. Se les ha dejado enteramente libres, que hagan lo que quieran y como quieran, porque nosotros también sabemos lo que vamos a hacer, por supuesto (APLAUSOS). Que nos acusen como quieran...
Nosotros no vamos a usar la fuerza. Ellos están usando la intriga; nosotros vamos a usar la opinión pública, y vamos a decir la verdad. Tal vez lo que quieran es que lleguemos alIí, mandemos un tanque, destruyamos las agencias... Eso es lo que quieren, para entonces decirnos que somos unos dictadores y que somos unos violadores de la ley, y que estamos traicionando la Revolución. Y en eso no vamos a caer, en esas provocaciones no vamos a caer, porque nosotros sabemos lo que hacemos. Nosotros sabemos defendernos con otras armas que son más poderosas: las armas de la opinión pública nacional e internacional y las armas de la razón. Ellos quieren, sí, desde luego, y ellos lo saben. Pero, ¿qué se pretende? Antes que nada: restarnos la opinión pública internacional, aislarnos. ¿Con qué intereses están relacionados? Pues algún día lo sabremos.
Pero yo a lo que no le veo justificación alguna es a la campaña que han lanzado contra nosotros, pues todo el mundo sabe, todo el que haya vivido en Cuba sabe la verdad de lo que ha pasado en Cuba. Entonces, las agencias internacionales, determinadas publicaciones de Estados Unidos y determinados congresistas americanos... No ha dicho el gobierno de Estados Unidos la última palabra, pero a cada rato habla de que si no va a intervenir, o si va a dejar de intervenir. Y yo considero insultante cada vez que se habla de si se interviene o no (APLAUSOS). Porque nosotros, cuando hay problemas en Estados Unidos y cuando hay problemas por las cuestiones de la segregación racial en el sur de Estados Unidos, no hacemos una declaración diciendo que no vamos a intervenir (APLAUSOS); porque ya se sabe que no tenemos ningún derecho a intervenir, y por lo tanto no tenemos que declararlo. El que se esta declarando a cada rato implica algo así como que: bueno, declaramos hoy que no intervenimos, como declaramos mañana que intervenimos. Y no hay una declaración tajante y terminante, y los antecedentes no son como para tranquilizar a nadie, y por lo tanto nosotros consideramos insultante cada vez que se habla de que no se interviene, como una merced respecto a la soberanía de nuestro pueblo48.

Bajar de la tarima y dirigirse de regreso al auto fue toda una hazaña. La población se abalanzaba sobre él con desesperación y les costó mucho a los organizadores poder contenerla. Antes de subir al Chevrolet, Fidel se volvió una vez más hacia la gente y después de saludar, partió velozmente de regreso a La Habana.
Ningún ciudadano a lo largo y ancho de la isla, imaginaba los tiempos que avecinaban ni que durante los años siguientes, su nación iba a ser el centro de la escena internacional.



Imágenes



Casa que ocupó el Che al llegar a La Habana


27 de diciembre de 1959. En el otro extremo del país, las tropas regulares
se rinden incondicionalmente luego de siete días de intensos combates


Otra instantánea del paso de la caravana por Ciego de Ávila


Sancti Spiritus


Camagüey


Llegada a Cienfuegos


Frente al Ayuntamiento de Cienfuegos


En cercanías del Escambray



Matanzas


Faure Chomón


El Che, Manuel Urrutia y Camilo durante la crisis con el Directorio Revolucionario


Fidel Castro entra en La Habana

Camilo se ha unido a la caravana. A la derecha, Huber Matos


Por las calles de la capital


Camilo, Fidel y Huber saludan a la multitud a su paso



Tres palomas se posan en el podio


Una de ellas lo hace en el hombro de Fidel


El discurso en Campo Columbia


Faure Chomón, Fidel Castro y Rolando Cubela tras la tensa reunión del 12 de enero en la que el  Directorio Revolucionario depuso su actitud


Otra instantánea de Faure Chomón y Fidel Castro luego d ela reunión del 12 de enero de 1959
Notas

1 Pierre Kalfón, op. cit, p. 258. “La columna de Camilo debe constituir la vanguardia y apoderarse de La Habana”.

2 Jon Lee Anderson, op. Cit, p. 360.

3 Ídem, p. 356.

4 El Cristo de La Habana, pieza escultórica de 20 metros de altura, obra de la artista plástica Liliana Jilma Madera, fue inaugurado en la Navidad de 1958. Construido íntegramente en mármol de Carrara, reposa sobre una base de tres metros de alto en la que fueron enterrados objetos de la época. Pesa 320 toneladas y consta de doce estratos diferentes, conformados por sesenta y siete piezas esculpidas en Roma.

Fue inaugurada durante una concurrida ceremonia en la que estuvo presente Fulgencio Batista, su esposa y altas personalidades del gobierno, oportunidad en la que fue bendecida por el cardenal Arteaga, tenaz opositor del mandatario. Se encuentra a 51 metros sobre el nivel del mar y para su realización se utilizaron 600 toneladas de mármol. Antes de su traslado desde Italia, fue bendecida por el Papa Pío XII.

La imagen fue mandada a esculpir por la segunda esposa de Batista, Marta Fernández Miranda, en agradecimiento por el fracaso del asalto al Palacio Presidencial que tenía por objetivo asesinar a su marido (el 13 de marzo de 1957). Con el triunfo de la revolución, se intentó ocultar la escultura plantando a su alrededor grandes árboles. En tres oportunidades fue impactada por rayos, la primera en 1961 y en esa ocasión, la misma escultora se ocupó de su restauración.

Liliana Jilma Madera Valiente nació en la hacienda familiar de “La Victoria”, municipio de San Cristóbal, Pinar del Río, el 18 de septiembre de 1915. Su padre era asturiano y su madre cubana. Estudió en el Centro Gallego de su pueblo natal y luego ingresó en la Academia de Arte de San Alejandro, contigua a Campo Columbia (La Habana) para completar sus conocimientos en Nueva York, México e Italia. A la par, se graduó de maestra de Economía Doméstica y eso le permitió ejercer la docencia en la Escuela Primaria Superior Nº 4 de la capital durante los siguientes veinticinco años (1937-1962). También fue profesora de inglés en varios establecimientos habaneros.

Fue discípula del artista uruguayo Juan D’Aniello, por entonces embajador de su país en Cuba. Comenzó a esculpir figuras históricas para monumentos conmemorativos, entre ellas “El Pacto del Silencio“, encargo de la familia Pérez en el Cacahual, el busto de “José Martí” situado en el cerro Turquino y los bajorrelieves de  “Miguel de Cervantes”, “William Shakespeare” y “Carlos J. Finlay” de La Habana. Obtuvo numerosos premios y es considerada una de las más grandes escultoras de América Latina.

5 Guillermo García Frías, destacado enlace de Crescencio Pérez y Celia Sánchez, fue uno de los primeros campesinos en incorporarse a la guerrilla. Su labor como guía y colaborador fue destacada. Trabajaba como peón de Pérez en sus cultivos clandestinos de marihuana.

6 Luis Báez y Pedro de la Hoz, Caravana de la Libertad, Casa Editora Abril, La Habana, 2009, p. 25.

7 CMKC tuvo un papel preponderante durante la revolución. Fundada el 23 de marzo de 1930, Fidel Castro hizo de ella una de las emisoras más importantes del movimiento en Oriente. Desde allí llamó a todas las radios nacionales a convocar la huelga general contra el golpe de Estado perpetrado por Cantillo.

8 Luis Báez y Pedro de la Hoz, op. Cit., p. 37-38.

9 Frank Josué Solar Cabrales, “El Movimiento 26 de Julio y el Directorio Revolucionario en un enero de encrucijadas”, La Cosa. Democracia. Socialismo. República, blog de Julio César Guanche, abril 10 de 2014  (https://jcguanche.wordpress.com/2014/04/10/el-movimiento-26-de-julio-y-el-directorio-revolucionario-en-un-enero-de-encrucijadas/).

10 Ídem. Cita a “Habla el Directorio Revolucionario. Declaraciones formuladas por el Comandante Faure Chaumont, Secretario General del Directorio Revolucionario, el día 4 de enero de 1959 desde el Palacio Presidencial”. En: 13 de Marzo. Órgano oficial del Directorio Revolucionario 13 de Marzo, La Habana, enero de 1959, p. 4.

11 Ídem. Cita a Francisco Brentano: “Tres comandantes de un tiro”, en: 13 de Marzo. Órgano oficial del Directorio Revolucionario “13 de Marzo”, La Habana, enero de 1959, p. 8.

12 Ídem. Cita a “Ley Marcial en La Habana”. En “Prensa Libre”, La Habana, 6 de enero de 1959, p. 11.

13 Luis Báez y Pedro de la Hoz, p. 84-85.

14 Enrique Ojito, “La Caravana de la Libertad de paso por Sancti Spiritus”, en “Escambray”, periódico de Sancti Spiritus, lunes 6 de enero de 2014 (http://www.escambray.cu/2014/caravana-de-la-libertad-madrugada-rebelde/).

15 Ídem.

16 Ídem, p. 99.

17 Ídem, p. 101.

18 Ídem, pp. 102-103.

19 Juventud Rebelde, “Curiosidades de la Caravana de la Libertad”, Juventud Rebelde Diario de la Juventud Cubana, Edición digital, 7 de enero de 2010.

20 Luis Báez y Pedro de la Hoz, op. Cit., pp. 109-110.

21 Ídem, p. 111.

22 En su base se leía: Ha sabido romper las cadenas de la dictadura con la llama de la libertad”.

23 Luis Báez y Pedro de la Hoz, op. Cit,. p. 144-145.

24 Ídem, p. 146.

25 Jon Lee Anderson, op. Cit., p. 365. El autor menciona a Raúl Castro en la caravana pero el mismo, como se ha dicho, permaneció en Oriente por disposición de su hermano.

26 Luis Báez y Pedro de la Hoz, op. Cit., p. 162.

27 Ídem, pp. 158-159.

28 Ídem, p. 159.

29 Ídem, p. 160.

30 Luis Báez y Pedro de la Hoz, op. Cit., pp. 161-162. Notamos que Almeida vuelve a insistir con la versión del tanque, contraponiéndose a lo que sostienen León, Vázquez y Lussón.

31 Militar cubano nacido en Baní, el 18 de noviembre de 1836, héroe de la guerra de los Diez Años y la Independencia. Su monumento, obra del artista italiano Aldo Gamba, fue inaugurado el 18 de junio de 1935.

32 Castillo de los Tres Reyes Magos del Morro, obra del ingeniero italiano Juan Bautista Antonelli, fue comenzado en 1585 y finalizado en 1608.

33 Hernando de Soto, conquistador español nacido en Jeréz de los Caballeros (Extremadura), en el año 1500. El 12 de mayo de 1539 zarpó de La Habana al frente de nueve buques, para explorar territorio de los Estados Unidos. Recorrió la península de Florida, alcanzó las montañas de los Apalaches, atravesó Georgia, Carolina del Norte, Carolina del Sur, Tennessee, Alabama y descubrió el Mississippi. De ahí siguió por Arkansas, Oklahoma y Texas, siempre luchando y sobreponiéndose a las adversidades. Muerto a su regreso en las orillas del Mississippi, como los nativos lo consideraban inmortal, sus hombres lo envolvieron en gruesas mantas con arena y lo arrojaron a su cauce, donde se hundió para siempre. Luis Moscoso de Alvarado siguió al frente de la expedición y fue quien condujo a los sobrevivientes hasta la ciudad de México. De soto había estado también en Yucatán y acompañó a Francisco Pizarro durante la conquista del Perú.

34 Luis Báez y Pedro de la Hoz, op. Cit., pp. 164-165. Cita el artículo “Apoteosis: La Caravana de la Libertad”, publicado por la Revista “Bohemia”, sección En Cuba, Edición de la Libertad, 2da. parte, 18 de enero de 1959, p. 88.

35 El USS “Maine” (ACR-1) fue un acorazado de la marina de los Estados Unidos, volado por manos anónimas en el puerto de La Habana, el 15 de febrero de 1898 a las 21.40 horas. Una violenta explosión ocurrida en su interior, lo envió a pique en pocos minutos, provocando la muerte de 266 marinos estadounidenses sobre una tripulación total de 355. Lo llamativo fue que, en esos momentos, la oficialidad se hallaba en tierra. El gobierno norteamericano utilizó el atentado (o accidente) para intervenir abiertamente en la guerra de la Independencia cubana, acusando a las autoridades españolas de haber ocasionado el siniestro.

36 Artista cubana nacida en Santiago de Cuba el 12 de junio de 1815, heroína de la Independencia. Hija de mulatos dominicanos

37 Luis Báez y Pedro de la Hoz, op. Cit., pp. 168-169.

38 Las otras dos se posaron en el podio, cerca de los micrófonos.

39 “Fidel en 1959”, Diario “Granma”, edición digital, La Habana, martes 11 de marzo de 2014, Año 18, Nº 70  (http://www.granma.cu/granmad/secciones/fidel_en_1959/art-001.html).

40 Ídem.

41 Waldo Fernández Cuenca, “Anatomía de un enfrentamiento. ¿La paz?”, Cubaencuentro, Sección Opinión, edición digital, La Habana, 1 de enero de 2010. Cita a “Revolución”, edición del 12 de enero de 1959, p. 5.

42 Ídem. Cita a “Prensa Libre”, edición del 13 de enero, 1959 p. 2.

43 Ídem.

44 Juan Antonio Blanco, Amadeo Barletta: semblanza de un empresario, Eriginal Books LLC, Miami, 2013, p. 26.

45 Carcía Menocal, de quien hemos hecho referencia en el capítulo “El frente guerrillero de Pinar del Río”, pertenecía a una de las familias más distinguidas del país. Era sobrino nieto del ingeniero civil y héroe de la guerra de 1895, Mario García Menocal, tercer presidente de la República (1913-1921). Su tío bisabuelo Aniceto Menocal fue un destacado ingeniero naval y otro de sus parientes, Raimundo Menocal Menocal, fue ministro de Salud Pública. Por otra parte, su tío, Raúl García Menocal fue alcalde de La Habana en los años cuarenta, ministro de Gobierno y diputado.

46 Zenia Regalado, “El día que Pinar del Río recibió a Fidel”, Juventud Rebelde. Diario de la juventud cubana. Edición digital, 17 de enero de 2009.

47 Fragmento del discurso pronunciado por Fidel Castro en Pinar del Río. Luis Báez y Pedro de la Hoz, op. Cit., pp. 208-209.

48 Diario “Granma”, edición digital, martes 11 de marzo de 2014, Año 18, Nº 70  (http://www.granma.cu/granmad/secciones/fidel_en_1959/art-007.html).