miércoles, 14 de agosto de 2019

LOS ASESINATOS DE KRAISELBURD Y ORTEGA PEÑA


Arenales y Carlos Pellegrini. El cadáver de Rodolfo Ortega Peña se encuentra
tirado entre el taxi y el Citröen blanco, cubierto por hojas de diario

(Imagen: "La Nación")



La tarde del 17 de julio, cerca de las 18:45, una comisión de tres efectivos perteneciente a la subcomisaría 13 de Gonnet, se apersonó en el chalet contiguo a la ferretería ubicada en la esquina noreste de 15 y 501.
Según las pesquisas que se veían desarrollando desde el secuestro de David Kraiselburd, había indicios de que algo fuera de lo normal sucedía allí y había que investigar. La vivienda había sido alquilada ocho meses atrás por un matrimonio joven y recibía frecuentes visitas, sobre todo en horas de la noche.
Al parecer, la pareja no tenía hijos y llevaba una vida normal, sobre todo la mujer, a la que solía verse haciendo compras en los comercios de las inmediaciones.
Los trabajos de inteligencia a cargo de la Unidad Regional permitieron establecer que el matrimonio seguía un patrón de conducta que se asemejaba mucho al de otros secuestros. 


El inmueble se encontraba en una zona residencial, poco iluminada, con calles sin asfaltar, habitada por gente de clase media. Se hallaba construido en piedra estilo Mar del Plata, tenía un techo de tejas a dos aguas y disponía de un pequeño living, baño y cocina de reducidas dimensiones, un dormitorio, una habitación posterior, porch, garaje y un terreno del 10 x 40 detrás.
Simulando vender bonos para la cooperadora policial, los agentes llegaron a pie, atravesaron el pequeño espacio que separaba la construcción de la cerca, tocaron el timbre y esperaron. Ni por asomo imaginaban lo que sucedería a continuación.
David Kraiselburd
(Imagen: "La Nación")
En el interior, Carlos Starita, dirigente de la JUP de La Plata, empleado del Liceo Víctor Mercante de la Universidad platense y estudiante de Humanidades1, les dijo a sus compañeros que se pusieran a cubierto y alzando su arma disparó hacia los policías, quienes al verse blanco de la agresión retrocedieron en busca de cobertura, parapetándose contra el frente de ferretería. Uno de ellos corrió hasta la seccional, distante a escasos 100 metros, y una vez allí informó a sus superiores lo que estaba sucediendo.
El militante de 22 años y 1,85 de estatura tenía una pistola 45 y la sabía usar. Era hijo de un oficial de la Armada y desde hacía dos años era parte de Montoneros.
En tanto se radiaban pedidos de refuerzo, varios agentes corrieron hasta el lugar en apoyo de sus compañeros. Viendo que el tiroteo arreciaba, los vecinos procedieron a trabar puertas y ventanas al tiempo que se ponían a resguardo en las habitaciones más alejadas de la calle.
Caía la noche cuando se hicieron presentes unidades del Comando Radioeléctrico, la Brigada Antiguerrillera y la Guardia de Infantería de la policía bonaerense.
Inmediatamente después, hizo lo propio una sección del cuerpo de bomberos de La Plata llevando consigo una usina portátil y elementos de logística que procedieron a desplegar. 
Desde el interior, continuaban los disparos, muchos de los cuales impactaban sobre el pavimento en la calle y los frentes cercanos. Al cabo de una hora, los policías decidieron arremeter y después de una descarga de gases lacrimógenos, derribaron la puerta e ingresaron, al tiempo que accionaban sus armas.
Al verse desbordados, Carlos Starita le indicó a sus compañeros que escapasen por los fondos en tanto el los cubría. El hombre y la mujer acababan de agotar la munición y no podían seguir resistiendo. Sin pensarlo dos veces, se incorporaron y salieron hacia el jardín para trepar la medianera y saltar hacia la farmacia que daba a la calle 14, mientras se desprendían de su arsenal.
Como en el caso de Sallustro, al ver que la casa era copada, Starita corrió hasta la habitación del fondo, donde había armada una carpa, descorrió la lona que la cerraba, apuntó con su pistola 11,25 a la persona que se encontraba dentro y disparó cuatro veces. 
Al ver a su agresor, David Kraiselburd alzó instintivamente la mano, como queriendo detener el proyectil y lanzó un lamento al recibir el impacto. La bala le perforó la palma y se le incrustó en el maxilar inferior, destrozándole la mandíbula y varias piezas dentales. Por fortuna no sufrió demasiado. El asesino alzó levemente la mano y volvió a tirar, perforándole la frente de otros tres balazos.

El chalet de calle 501 y 15, Gonnet, donde fue asesinado David Kraiselburd
(Imagen: "La Nación")
Para entonces, la policía ya había ingresado y daba voces de alto. Al ver a Starita con la pistola en la mano accionaron sus armas hiriéndolo en el hombro derecho y la cintura. El guerrillero cayó al suelo con la espina dorsal quebrada y allí quedó inmóvil, mientras la sangre comenzaba a cubrirle el cuerpo.
Al irrumpir en la habitación posterior, los policías descubrieron la carpa y en su interior el cuerpo sin vida del empresario. El ambiente se hallaba recubierto con diarios para evitar todo contacto con el exterior.
Un rastro de sangre desde el interior de la vivienda hasta los fondos del terreno hizo presumir a los uniformados que al menos uno de los prófugos había sido herido.
Ni bien finalizó el enfrentamiento se hizo presente el coronel César Díaz, jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, quien de manera inmediata impartió instrucciones para cercar el área y bloquear toda posibilidad de escape.
Personal pertrechado para el combate se desplegó sobre el terreno iniciando la requisa del vecindario. Se cortaron las calles desde la Ruta 14 hasta el Camino General Belgrano y desde 493 a 508, extendiendo las patrullas hasta el arroyo Rodríguez por el norte, la Ruta 1 hacia el este, la avenida 520 por el sur y las vías del Ferrocarril Provincial por el oeste. 
Pasada la medianoche, se supo que en la farmacia situada sobre la calle 14, entre 501 y 502, fueron hallados un fusil FAL, un Winchester, una ITAKA y una carabina de caño recortado y que efectivamente, la guerrillera prófuga se encontraba herida.
El cuerpo de Kraiselburd fue retirado por una ambulancia y conducido a la morgue judicial de La Plata en tanto su asesino era derivado a la cárcel de Olmos, en cuto hospital fue sometido a una operación.
Las investigaciones permitieron establecer que la célula extremista estaba integrada por doce personas, entre hombres y mujeres, pertenecientes a Montoneros y las FAL. Actuaban con sus nombres de combate y se distinguían por números; la morada de la calle 501 era su centro de operaciones y desde allí se interceptaban y descifraban los mensajes de radio de la policía a través de equipos especiales, se preparaban explosivos, se elaboraban fachadas y se guardaba parte del arsenal. El mismo consistía en 4 granadas de mano, tres comunes, todas ellas pertenecientes al Ejército, una séptima “doble propósito” con mecanismo retardado, escopetas automáticas, una ametralladora PA3 calibre 9 mm, la pistola 45 con la que fue abatido Kraiselburd, una Browning 9 mm, un revolver 38 largo y la correspondiente munición además de 14 cargadores completos y elementos para su manutención2.
Junto con el armamento fueron hallados un equipo de radio Lafayete como los secuestrados en un procedimiento anterior en City Bell; un estetoscopio, un medidor de presión arterial, jeringas, instrumentos sanitarios, el carnet de periodista y la cédula de identidad del occiso más la documentación del Citroën rojo que usaba el matrimonio inquilino, a nombre de Jorge Weiss.

Se combate frente al chalet de Gonnet
(Imagen: "La Nación")
Una serie de planillas y registros hallados en el inmueble permitieron determinar la meticulosidad con la que se movían los subversivos. En ellos constaban sus movimientos, detalles sobre el cautivo, al cual mencionaban con el apelativo de “Perica”, horarios, actividad, guardias, entradas y salidas.
Kraiselburd fue velado en su domicilio, Diagonal 77, entre 1 y 2 y a las 15:45 del 18 de julio enterrado en el cementerio israelita de La Plata. En ambas ocasiones, se dio cita un impresionante número de personas, entre ellas Ricardo Balbín, Victorio Calabró, el ministro de Gobierno Alberto Rocamora, el de Economía de la provincia, Ramón Miralles, el de Obras Públicas Alberto Liberman, el Dr. Raúl Mor Roig, hijo del recientemente asesinado ex ministro; monseñor Antonio Plaza, arzobispo de La Plata; el intendente Rubén Cartier, el presidente de ADEPA Juan S. Valmaggia, el ex senador provincial Tomás S. Ide, César A. García Puente, los ex intendentes municipales de La Plata Miguel Szelagowski e Hipólito Frangi, personal y directivos de ”El Día” y representantes de la colectividad israelita.
Algo que llamó la atención de los investigadores fue la ubicación de la casa-aguantadero, distante a solo una cuadra de la subcomisaría 13ª y a cuatro de la residencia de Raúl Kraiselburd, hijo del secuestrado. Sin embargo, según explicaron las autoridades, se trataba de un ardid, una sutil manera de alejar sospechas ya que nadie en su sano juicio –eso al menos pensaban los terroristas– podía imaginar que ocultaban a su víctima en su sitio tan próximo.
Por supuesto, como es costumbre desde el advenimiento de la democracia, los apologistas del terror han intentado falsear los hechos tratando de endilgarle a las fuerzas de seguridad la responsabilidad del crimen.
Según ciertas fuentes, los policías que se presentaron en el chalet de Gonnet lo hicieron para vender bonos de la cooperadora policial y como no podía ser de otro modo, el secuestrado murió durante el tiroteo, como producto de las balas policiales. Lo llamativo es que todas esas balas hayan dado en la cabeza y desde tan corta distancia. Y por supuesto, tampoco podían faltar los “tormentos”; Starita fue pateado en el suelo, golpeado con saña mientras se desangraba y ejecutado en la prisión de Olmos cuatro días después.
Como era de esperar, el nuevo asesinato trajo aparejadas consecuencias. Al torrente de condenas y manifestaciones de repudio llegados desde todo el ámbito nacional, se sumaron medidas de emergencia como la extensión de la jurisdicción de la Policía Federal a todo el ámbito bonaerense y la posible renuncia del coronel César Díaz a la jefatura.

El jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires hace declaraciones a
la prensa frente a la subcomisaría de Gonnet luego de reconocer el cadáver

(Imagen: "La Nación")
Los montoneros habían pasado a la clandestinidad y desencadenaban una guerra de terror en toda la geografía nacional.
El mismo día en que asesinaron a Kraiselburd, balearon en San Isidro el domicilio del presidente de la Ford Motor Argentina, Juan M. Courard.
Los atacantes se desplazaban en un Peugeot 404 y al pasar frente a la residencia efectuaron numerosos disparos, hiriendo a un custodio. Al ser repelidos, se dieron a la fuga para abandonar el vehículo a varias cuadras del lugar, sobre la calle Ingeniero Bergallo, en las Lomas de San Isidro.
Como para dejar las cosas en claro, los máximos dirigentes de la organización hicieron saber su posición y las futuras acciones a tomar en caso de no ser tenidos en cuenta por el gobierno.
En La Plata, Roberto Quieto manifestó durante un acto organizado en la Asociación Universal que muerto Perón se acababa la verticalidad y que la única verdad que aceptaban era la del pueblo. Seguían haciéndose los desentendidos en cuanto a la verdadera posición del líder desaparecido y hablando en nombre de un pueblo que no se identificaba con ellos.
En Mendoza, Norma Arrostito dijo que el Pacto Social no representaba los intereses de los trabajadores sino a los del imperialismo y dejó en claro que habría guerra porque iban a terminar con sus agentes.
En Pirané, provincia de Formosa, militantes montoneros agredieron a simpatizantes peronistas que tomaban parte en un acto en memoria de Eva Perón, lo mismo a las fuerzas de seguridad que intentaron contenerlos.
En aquellos días, el gobierno, se disponía a enjuiciar la conducta de Cámpora durante su breve mandato y a intervenir la provincia de Mendoza luego de que el Senado aprobase la moción, en la sesión del jueves 25. Por otra parte, aceptó la renuncia del coronel César Díaz a la jefatura de la policía bonaerense y lo reemplazó por el inspector mayor Enrique Everardo Silva en tanto continuaba adelante con las gestiones para repatriar los restos de Evita. Y en ese sentido, se aceleraban los trabajos en la Quinta Presidencial de Olivos para terminar el mausoleo que se levantaba especialmente, con el objeto de depositarlos allí junto a los del propio Perón.
A todo esto, la locura continuaba su escalada ascendente. El 20 de julio fueron abatidos otros dos extremistas en Virreyes, partido de San Fernando.
Aquel sábado, a las 19:30, dos vehículos fueron detenidos por la policía en la intersección de Av. Avellaneda y Besares. Se trataba de un Fiat 1600 con chapa de la Capital Federal y una pick up Chevrolet (su patente comenzaba con “J”), que se desplazaban por la primera de aquellas arterias. Cuando los agentes se aproximaron para identificar a sus ocupantes, estos respondieron a los tiros, iniciando un enfrentamiento que generó pánico entre los numerosos transeúntes que circulaban por la zona.
En esas circunstancias, se sumó al destacamento el suboficial Otero, que se encontraba de civil y se había percatado de la presencia antes de que se desencadenase el tiroteo.
Desde este Peugeot 404 fue baleada la residencia del presidente de Ford
en San Isidro. Fue abandonado en las Lomas. Obsérvense los impactos

(Imagen: "La Nación")
Dos balas acabaron con los ocupantes del Fiat en tanto la pick up se daba a la fuga rápidamente, tomando por calles internas3.
Como resultado del intercambio de disparos, tres policías recibieron heridas y fueron evacuados hacia el Hospital de San Fernando, distante a escasas siete cuadras, sobre la calle Belgrano.
Presentes en el lugar numerosas dotaciones, pudo establecerse que los guerrilleros muertos eran Hugo Hermida, cédula de identidad Nº 6.082.721 y Miguel Ángel Villa, libreta de enrolamiento Nº 5.218.939, quienes portaban gran cantidad de armas, entre ellas ametralladoras, fusiles, escopetas de caño recortado, pistolas Winchester calibre 9, 11 y 25 mm y un importante cargamento de balas, sogas y demás elementos.
El armamento secuestrado incluía:
1- Una de las pistolas calibre 11, Nº de serie 04492, sustraída al agente de la policía bonaerense Ramón Rinaldi cuando vigilaba la sucursal del Banco de Crédito Provincial de La Plata (calle 13, entre 40 y 41), el 30 de junio de 1972, oportunidad en la que fue reducido por dos mujeres y un hombre.
2- Una pistola calibre 25, Nº de serie 00905, despojada al cabo Adolfo Vergara, en abril de 1973, mientras cumplía idénticas funciones en la Agencia Fiat de Av. Mitre 4590, Sarandí4
3- Cargador Nº 01314, arrebatado al agente Francisco Berón, el 17 de septiembre de 1971 durante el atraco al Banco Popular de Quilmes, sucursal Lanus (General Pico y Caaguazú).  
4- Cargador Nº 04265 sustraído al agente José Ayala el 24 de septiembre de 1974, en jurisdicción de Burzaco, partido de Almirante Brown, cuando esperaba un colectivo. En la oportunidad, fue atacado por tres hombres y una mujer que circulaban en un Peugeot, quienes también le quitaron el arma y su correaje.
5- Cargador Nº 03680 robado al agente Enrique Leguiza junto con su arma, correaje y uniforme el mismo mes, cuando se hallaba de guardia en la Municipalidad de Lanús.
Para entonces, se sabía que la pareja de subversivos que alquilaba el chalet de Gonnet donde fue ejecutado David Kraiselburd, eran Carlos Alberto Iriart, argentino de 23 años, ex empleado de la oficina de Prensa y Ceremonial de la gobernación en tiempos de Bidegain, y su esposa Cristina Calcagno, de la misma nacionalidad y edad, quien se desempeñaba como maestra jardinera y empleada del Ministerio de Economía.
El día 21 los diarios informaban que el estado de Carlos Starita había experimentado una leve mejoría. Había sido derivado al Instituto de Tisiología “San Juan de Dios” y era asistido por una junta médica encabezada por los doctores José María Malnetti y Jorge Lambre. 
Finalizada la intervención, la cual duró más de cinco horas (13:30), se informó a la prensa que el guerrillero tenía un proyectil alojado en la médula espinal y que muy difícilmente volviese a caminar.
Durante la tarde, fue visitado por el padre Francisco Ferreño, quien le tomó la confesión (el terrorista no podía hablar pero sí mover la cabeza) y una hora después, se hizo presente el juez René Orsi, quien se negó a hacer declaraciones debido al secreto del sumario
La madrugada del 29 de julio, un grupo comando montonero atacó la guardia del Regimiento de Infantería 20 “Cazadores de los Andes”, en la capital de Jujuy, cuyo asiento de paz se encontraba ubicado en Av. España y Bolivia, a escasos 2 kilómetros del Palacio de Gobierno.
El hecho se registró a las 3 a.m. cuando un automóvil sedán desoyó la voz de alto impartida por los centinelas y a gran velocidad se introdujo en el Barrio “23 de Agosto”, donde tenían su residencia los oficiales de la unidad.
El rodado se detuvo por breve espacio de tiempo frente a la vivienda del coronel César Gorletti, comandante del regimiento y reanudó inmediatamente la marcha hacia el centro de la ciudad. Sin embargo, reapareció a los pocos minutos sobre Av. España para enfilar directamente hacia los cuarteles, donde volvió a reducir la velocidad.
Los soldados apostados en el acceso volvieron a dar el alto y al ver que el conductor no acataba la orden, efectuaron algunos disparos al aire a modo de advertencia. Sin proponérselo, les dieron a los atacantes un tiempo valioso para abrir fuego desde el interior del vehículo y arrojarles dos granadas de mano que les estallaron muy cerca, provocando gran estruendo.
Mientras se desarrollaba el enfrentamiento, una segunda sección intentó penetrar por el puesto de guardia del Grupo 5 de Artillería de Montaña, ubicado sobre la Ruta 9, a cuatro kilómetros del Destacamento.
Alertado por los disparos, el coronel Gorletti estableció puestos de observación, reforzó las guardias y movilizó a los 200 hombres restantes para desplegarlos en diversas direcciones con el fin de cerrar toda vía de escape. En ese sentido, se produjo un nuevo choque en el sector contiguo al Río Grande donde apareció un tercer pelotón subversivo tratando de penetrar por ahí.
El intercambio de disparos se tornó en extremo violento y al cabo de una hora -quizás más-, finalizó con la dispersión de los atacantes.
Los militares establecieron el consabido operativo cerrojo que no dio resultados y al día siguiente, organizaron una conferencia de prensa en la que extrañamente, intentaron minimizar los hechos. Según el comunicado emitido oportunamente, se trató de un suceso que solo perseguía fines psicológicos:

En la tarde del 29 de julio de 1974, el jefe de la guarnición militar de Jujuy y el jefe de la policía provincial convocaron a una conferencia de prensa a fin de aclarar los hechos ocurridos y desvirtuar las versiones sobre un intento de copamiento del Barrio Militar.
Puntualizaron que dicho suceso solo busca resultados psicológicos, tratando de mantenerse vigentes ante la opinión pública. Se aclara que el artefacto explosivo estalló a 70 metros de un tanque de agua que sirve de aprovisionamiento de camiones.
Los disparos de armas de fuego fueron efectuados por soldados centinelas del Barrio de Oficiales. Los atacantes serían tres personas que aun no han sido detectadas, apreciándose que sería muy difícil que ello ocurra.
Hasta el momento, ninguna organización paramilitar se adjudicó el hecho. La policía provincial labra las actuaciones correspondientes”. 
El pase a la clandestinidad de Montoneros era un hecho y la declaración de guerra al gobierno, una realidad.
Una prueba del malestar que imperaba en el peronismo de izquierda fueron las denuncias que Rodolfo Ortega Peña comenzó efectuar a poco de la llegada definitiva de Perón al país. Fue el primero en señalar al líder como responsable directo de lo que estaba sucediendo y el único con el coraje suficiente como para decirlo abiertamente. Lo acusó de haber traicionado los principios del movimiento, de haberle dado un poder ilimitado a la ortodoxia sindical, de haber armado la Triple A, de implementar el terrorismo de Estado y estar detrás de todos los asesinatos que tuvieron lugar a partir de la masacre de Ezeiza. Lo dijo abiertamente, sin ambigüedades ni pelos en la lengua, sabiendo incluso que lo iban a matar.
- La responsabilidad por estos asesinatos tiene nombre y apellido: Juan Domingo Perón – expresó el 30 de mayo de 1974 en el acto de repudio por la masacre de Pacheco.
- A ustedes los mandó matar Perón, no les quepa la menor duda. Yo sé que si pudieran, también me matarían. Acá no va a haber tregua para nadie –dijo en un seminario del PST organizado en la Capital Federal en el mes de julio5.
Son pocos los que hoy se atreven a afirmar esas cosas, pero los hechos terminaron por darle la razón.
Ortega Peña sabía que se le había puesto precio a su cabeza pero aun así, no se calló. Por otra parte, la guerrilla montonera estaba dando muestras de una violencia extrema y eso hacía previsible una respuesta de la derecha.
El legislador fue sentenciado el mismo día de la creación de la Triple A; estuvo entre los primeros blancos señalados y fue la figura más emblemática en la lista de condenados a muerte. Su brutal asesinato, en pleno centro de Buenos Aires y a la vista de decenas de transeúntes justo a un mes del fallecimiento de Perón, confirma lo que estamos diciendo.
Carlos Pellegrini y Arenales. Ortega Peña acaba de ser acribillado. El vehículo
de alquiler en el que viajaba acusa las huellas del tiroteo
La noche del 31 de julio, el diputado y su esposa, Elena Villagra, abordaron un taxi Siam Di Tella patente C-371002 y una vez dentro, le indicaron al chofer que se dirigiera hasta la esquina de Carlos Pellegrini y Arenales.
El vehículo hizo varias cuadras por Av. Corrientes y después de cruzar la 9 de Julio, dobló a la izquierda, en dirección al Río de la Plata. Con el obelisco a sus espaldas encaró por Carlos Pellegrini y cuando llegaba a Santa Fe, el conductor aceleró, intentando ganarle al semáforo.
Se detuvo en la esquina este de Arenales y Carlos Pellegrini, frente a la boutique “Drug Store”, cometiendo todas las infracciones posibles. Pasó el semáforo en amarillo y se detuvo en doble fila, sobre la senda peatonal, una tradición que se repite a diario en las calles céntricas de Buenos Aires. De haber seguido unos metros habría encontrado espacio delante de un Fiat 600 rojo, pero no lo hizo.
Ortega Peña le preguntó cuánto le debía y después de pagar, abrió la puerta y se dispuso a descender. Eran las 22:50 y hacía mucho frío.
El chofer acomodaba el dinero en su billetera cuando un Ford Fairlane verde con techo vinílico claro se detuvo bruscamente a su lado. Sin atinar a comprender lo que sucedía, vio descender a tres encapuchados y presa del pánico notó que portaban ametralladoras livianas y que abrían fuego contra la pareja. Llevaban sus cabezas cubiertas por medias de nylon y vestían de civil, lo mismo el hombre que se encontraba al volante.
La estampida que se produjo fue descomunal. Quienes aguardaban los colectivos en las paradas cercanas se dispersaron en todas direcciones, como los transeúntes que circulaban por la zona en tanto Elena Villagra corría con el rostro ensangrentado, gritando que habían asesinado a su esposo.
El legislador quedó tendido sobre el pavimento, entre el vehículo de alquiler y el Citroën 3CV blanco estacionado delante. Al caer, le arrancó a este último el paragolpes trasero, el cual provocó un ruido estridente al impactar sobre el asfalto.
Rodolfo Ortega Peña
(Imagen: "Página 12"
)
Al verlo desplomarse, el conductor del taxi hizo marcha atrás tratando de alejarse unos metros del cuerpo en tanto los agresores regresaban al vehículo y se daban a la fuga, en dirección a Av. Libertador.
Elena Villagra gritaba junto al cuerpo de su marido solicitando auxilio al tiempo que las primeras personas se acercaban a socorrerla, entre ellas un médico que vivía en las inmediaciones. La mujer presentaba una herida cortante entre el labio superior y la nariz, producto de un vidrio que se le incrustó al estallar la ventanilla del taxi y sangraba abundantemente.
Minutos después, se hizo presente el primer móvil policial, seguido inmediatamente por varias patrullas del II Cuerpo de Vigilancia Metropolitana a cargo del comisario inspector González y la División Homicidios de la sección Investigaciones de Seguridad Federal, con el comisario Villar a la cabeza.
Fueron ellos quienes confirmaron a la prensa que el diputado nacional había fallecido en el acto y que se estaba montando un operativo para dar con los atacantes quienes, se presumía, se dirigían a la Av. General Paz.
Ortega Peña yacía sobre un gran charco de sangre, cubierto por hojas de periódico, cuando Elena Villagra fue trasladada hasta el Hospital Fernández para ser atendida de sus lesiones. Las versiones que la hacían herida de bala y sometida a una delicada operación fueron desmentidas por Eduardo Luis Duhalde quien se hizo presente en el nosocomio acompañado por otras personas, para seguir de cerca su evolución.
Según testigos del hecho, los asesinos dispararon varias ráfagas. Siete balas impactaron en el cuerpo de Ortega Peña, matándolo en el acto, otras cinco perforaron la vidriera de “Drug Store”, cuya entrada se encontraba en la ochava de Arenales 999, esquina Carlos Pellegrini; al menos dos perforaron el vidrio trasero del Fiat 600, varias más lo hicieron en la carrocería del Citröen, luego de rebotar contra las paredes cercanas.
Recién a las 0:30 a.m. Elena Villagra abandonó la guardia. Lo hizo con su rostro parcialmente cubierto por un vendaje, acompañada por Duahlde y las personas restantes, en dirección a la comisaría 15ª, donde debía prestar declaración. Sus acompañantes debieron forcejear con los periodistas para que pudiese atravesar el pasillo central del hospital y ganar la calle en dirección al Ford Falcon en el que habían llegado. Cuarenta y cinco minutos después, un furgón policial con las ventanas posteriores cubiertas por frazadas retiró el cadáver de la seccional para conducirlo a la morgue judicial.
No vamos a referir las repercusiones que tuvo el asesinato ni las condenas que llovieron desde distintos sectores, sobre todo desde la izquierda, solo que el velatorio en la Federación Gráfica Bonaerense y su sepelio en la Chacarita constituyeron un nuevo desfile de personalidades, colegas de militancia, amigos y militantes portando pancartas.
Los restos llegaron a Av. Paseo Colón 731 a las 8 a.m. del día siguiente y fueron depositados en la capilla ardiente instalada en el salón de actos del 1º. El cajón fue cubierto por una bandera argentina atravesada por un crespón negro y un cartel con la leyenda “La sangre derramada no será negociada” desplegado detrás, resaltando la ausencia de flores y ofrendas.
Pasaron por allí Raimundo Ongaro, los diputados Leonardo Bettanin, Miguel Zavala Rodríguez, Enrique Juárez, Marcos Merchensky, Horacio Sueldo y Héctor Sandler; el ex diputado nacional Diego Muñiz Barreto, el senador nacional Hipólito Solari Yrigoyen, el presidente provisional del Senado José Antonio Allende, el infaltable Dante Gullo, sus compañeros Juan Carlos Añón y Roberto Todesca, Juan Carlos Coral del PST y por supuesto, Eduardo Luis Duhalde que hizo uso de la palabra.
Ortega Peña fue sepultado en una parcela de la manzana 3, anexo E, del cementerio de la Chacarita, luego de los agitados ajetreos que fueron necesarios hacer para que la policía permitiese el acceso del público.
La suya fue una muerte anunciada, previsible, un hecho cantado si se quiere. Lo que resultaba difícil de creer, eran las proporciones que adquiriría la guerra a partir de ella. 




Imágenes
Los gráficos señalan el sitio donde se encontraba cautivo David Kraiselburd Allí fue asesinado por sus captores
(Imágen: "La Nación")

Destrozos en la sucursal rosarina de "La Prensa" luego del ataque
sufrido el mediodía del 6 de julio de 1974 por un grupo de hombres
y mujeres provistos de barras de hierro y demás objetos
(Imágen: "La Nación")

Arsenal subversivo hallado en el chalet de Gonnet. Se observan carabinas,
una ametralladora, pistolas, municiones, capuchas, patentes automotores y
y equipos de comunicaciones
(Imágen: "La Nación")

Sepelio del Dr. Kraiselburd en el cementerio israelita de La Plata
(Imágen: "La Nación")

Se aceleran los trabajos para la construcción del mausoleo
donde serán depositados los restos de Perón y Evita en la
Quinta Presidencial de Olivos
(Imágen: "La Nación")

Elena Villagra sale del Hospital Fernández con destino
a la seccional 15º donde yace el cuerpo de su marido
(Imágen: "La Nación")

Ortega Peña es velado en la Federación Gráfica Bonaerense.
Junto al cajón su esposa, Elena Villagra, detrás Duhalde
(Imágen: "La Nación")

Hipólito Solari Yrigoyen (de bastón) dialoga
con Horacio Sueldo durante el velatorio. El
legislador radical fue la primera víctima de
la Triple A
(Imágen: "La Nación")

Absoluta soledad. Eso parece reflejar la fotografía de "Noticias" cuando
uno observa a Elena Villagra



El cortejo fúnebre inicia su recorrido hacia la necrópolis. La policía
forma un cordón. Al fondo, la militancia izquierdista dice presente
(Imagen: "La Nación")
Eduardo Luis Duhalde habla durante el sepelio
(Imagen: "La Nación")



Elena Villagra habla con un policía. Una venda cubre la herida de su rostro


Notas

1 Según otras fuentes estudiaba Derecho. Era hijo del capitán de navío (RE) bioquímico Santiago Starita y de Dora Barcenilla y desde agosto de 1973 integraba la mesa nacional de la Juventud Universitaria Peronista.

2 Se trataba de armamento sustraído a la policía en diferentes operativos.

3 La camioneta fue abandonada pocas horas después.

4 En la oportunidad, fue atacado por doce personas que asaltaron el comercio y se robaron $9500.

5 “La Masacre de Pacheco, el verdadero Ortega Peña, la Triple A y Perón. Habla el verdadero Ortega Peña: Perón, la Triple A, la burocracia sindical y la autodefensa obrera, IzquierdaPuntoInfo (http://www.izquierda.info/modules.php?name=News&file=article&sid=12559).