miércoles, 14 de agosto de 2019

EL EJÉRCITO EN RETIRADA

Guerrilleros junto a Fidel Castro en la selva


El 20 de julio de 1958, en horas del mediodía, el alto mando rebelde, encabezado por Fidel Castro, esperaba con mucha ansiedad y no poco nerviosismo, que el mayor Quevedo, comandante del Batallón 18 de Infantería del ejército cubano diese a conocer su respuesta, tras la intimación a rendición formulada unas horas antes, después de dos días de enfrentamiento. Mientras aguardaba, el comandante supremo de las fuerzas guerrilleras redactó un nuevo mensaje para el Che Guevara, impartiéndole instrucciones y explicándole los planes a seguir.



Manda a la zona de la Plata, donde está el hospital, a los que quieran armarse. Pienso recoger todos los rifles mendoza; armar de springfields, garand y cristóbals a la gente; distribuir automáticas entre los más viejos y cortar de inmediato la retirada a los guardias de Santo Domingo y las Vegas1.


La idea de Castro era no dar tregua al enemigo y una vez obtenida la rendición de Quevedo, acabar definitivamente con la amenaza que representaban el Batallón 11 en Santo Domingo y las dos compañías del Batallón 19 acantonadas en las Vegas de Jibacoa.
Inmediatamente después de la capitulación, se dispuso el desplazamiento de todas las unidades guerrilleras apostadas en Jigüe y Purialón, a nuevas posiciones.
Estando todavía en la comandancia de La Plata (23 de julio), Fidel Castro comenzó a trazar los planes destinados a cercar al Batallón 11 de Sánchez Mosquera y el ataque a todos los refuerzos que Cantillo pudiese enviar en su ayuda.
Para contener cualquier movimiento de aquellas fuerzas, el comandante de la guerrilla había dispuesto mantener en torno a Santo Domingo a los pelotones de Huber Matos, René “Daniel” Ramos Latour, Geonel Rodríguez, Zenén Meriño, Félix Duque y Dunney Pérez Álamo, aún cuando después del combate de El Naranjo, el 9 de julio, aquellas permanecían estáticas, sin dar señales de emprender ninguna acción.
Rendido el Batallón 18, Fidel le ordenó a Guillermo que mantuviese cerrado el sector norte del dispositivo que pensaba establecer en torno a Santo Domingo, distribuyendo sus hombres desde el alto de La Manteca hasta el de La Ceiba, sobre el macizo de El Brazón. A su derecha colocó la sección de Juan Vitalio Acuña Núñez, cubriendo el sector noroeste cerrando de ese modo, cualquier intento de auxilio que llegase de Estrada Palma.
Por el sur y el sudeste, fueron apostados los pelotones de Huber Matos, Dunney Pérez Álamo y Zenén Meriño, cubiertos los tres por la gente de El Vaquerito, pero como el perímetro presentaba algunas fisuras, se le ordenó a Félix Duque que se dirigiese hacia Leoncito, dos kilómetros aguas abajo sobre el río Yara, para que se emboscase ahí y bloquease cualquier filtración que pudiese producirse desde el exterior.
Para cortar cualquier intentona que hiciesen las fuerzas del gobierno por hacer llegar sus refuerzos, se le indicó a su vez a Ramón Paz, que abandonase sus posiciones en Puerto Malanga, las mismas que ocupaba después del combate y se dirigiese lo más rápidamente posible a Casa de Piedra, hacia donde también se encaminaban “Daniel”, William Gálvez y Hugo del Río, para reforzar la posición.  
El general Cantillo (der.) durante un acto oficial en La Habana

Castro estaba convencido que el enemigo despacharía sus refuerzos por los mencionados pazos y de que Sánchez Mosquera volcaría todos sus esfuerzos por salir del atolladero en el que comenzaba a quedar atrapado. Lo que no se sabía era que camino escogería para abandonar el lugar. Lo más sensato, sería hacerlo a través del río pero el alto mando rebelde sabía muy bien que el jefe de las fuerzas gubernamentales era demasiado astuto como para escogerlo. Aún así, se le ordenó a Suñol y Pinares que se ubicasen en El Salto, aguas abajo, con la idea de cortar la retirada de los refuerzos que cayensen en la emboscada de Casa de Piedra. Fidel no solamente pretendía cerrar el paso a las tropas que acudiesen en auxilio de las fuerzas cercadas sino también aniquilarlas.
A Lalo Sardiñas se le ordenó desplazarse hacia El Cacao y bajar hacia Providencia en apoyo de Pinares y Suñol, en caso de que el enemigo eludiese la emboscada de El Salto. Y esa fue la razón por la que, el 24 por la tarde, Fidel le envió a Pinares el siguiente mensaje, con carácter de urgencia.

La misión tuya y de Suñol es la de atacar a los guardias por el flanco o por la retaguardia cuando choquen con Paz. Tienen que ponerse en una posición donde no puedan verlos y desde ella avanzar y atacar al enemigo por sorpresa cuando hayan chocado con Paz. Ustedes tienen hombres suficientes. No son un grupito al que puedan rodear fácilmente.
Lalo está por el Cacao para atacar también a los guardias por la retaguardia dando la vuelta por Providencia. No se puede dejar pasar a esa tropa.

Inmediatamente después, hizo lo propio con “Daniel”, alertándolo sobre la posibilidad de que el ejército apareciese por su sector:

Trasládate bien temprano con toda tu fuerza a reforzar la posición de Paz. Parece que los guardias van a subir mañana y esta puede ser la gran oportunidad ya que tenemos fuerzas dispuestas para atacar desde distintas direcciones. Otro golpe grande en estos momentos sería mortal para Batista.

El portador mensaje también llevaba un parte para Paz, que “Daniel” en persona debía entregarle una vez alcanzada su nueva ubicación.

Envío a esa posición un pelotón de refuerzo con gente buena. Cuida bien los firmes y no retrocedan un paso. Adviérteles a Pinal [Pinares] y a Suñol que se escondan bien para que los guardias no los descubran y que deben atacar después que hayan entablado combate contigo, no disparando hasta que no estén bien cerca del enemigo.

Como el firme de Gamboa quedaba descubierto al partir “Daniel”, en horas de la noche el propio Fidel se posicionó allí, acompañado por un reducido grupo de hombres. Pero un mensaje de Suñol, expedido desde El Salto, el 24 por la mañana, vino a llenar de preocupación a Fidel. El mismo había llegado a La Plata después de su partida, de ahí que lo recibiera mucho más tarde de lo esperado.

Yo nada más tengo un fusil ametralladora y Pinar [Pinares] otro. Yo iba esta noche a esa [a la posición de Paz en Casa de Piedra] pero es lejos y está lloviendo. Nuestra situación no es nada buena pues no es una sola columna la que se mueve hacia acá, son dos [...]. Yo no sé cómo nos veremos con dos tropas. Creo atacaremos por la retaguardia la primera y si viene la otra nos retiraremos para que entre la otra y luego veremos por dónde la atacamos. Esto está muy malo de desenredar pues está todo claro que pueden coger por donde quieran. Veremos qué pasa.

Era evidente que algo estaba sucediendo en El Salto y se necesitaba saberlo. Había desacuerdo entre los jefes de pelotones en el frente norte, donde Pinares desaprobaba algunas decisiones de Suñol y por esa razón, Fidel optó por bajar en persona hasta el lugar, no sin antes enviarle una nota a Paz, intentando poner orden.

Tienes que decirles que no se pueden dejar ver de los guardias antes de que choquen contigo. Y, sobre todo, que no cometan errores y usen la cabeza. Adviérteles bien a Suñol y a Pinal [Pinares] que exigiré responsabilidad por cualquier error que se cometa; que la misión de ellos es atacar al enemigo por el flanco y que tienen que cumplirla cabalmente y con eficiencia.

Ese mismo día, los pelotones de “Daniel” y Paz, integrados mayoritariamente por santiagueros, chocaron con una primera sección de refuerzos.
Tal era la premura de Castro por llegar a lugar, que en horas de la noche se extravió en la selva, llevándole varias horas encontrar nuevamente el camino. Cuando alcanzó el alto de Gamboa, sintió el intercambio de disparos entre los hombres de Paz y la avanzada enemiga, a saberse, la Compañía P de la División de Infantería que comandaba el capitán Abón Li. La unidad había salido en varios camiones desde Estrada Palma, para echar pie en Providencia y emprender desde allí la marcha río arriba,

Escuché el fuerte estallido de la mina, los disparos de morteros y bazucas, y el nutrido fuego de las ametralladoras y los semiautomáticos en el largo valle del río. El combate se prolongó alrededor de cuatro horas, pero no tenía comunicación con Paz, debía esperar los mensajeros, que llegarían, sin duda, al otro día.

En su apuro por alcanzar aquellas posiciones, Castro se introdujo en una tupida selva que crecía en lo que alguna vez fueron tierras de cultivo. Era noche cerrada y no se veía nada a más de dos metros, pero la situación se agravó cuando se abatió sobre la región un furioso temporal que tornó intransitable los caminos. Debió esperar hasta el amanecer para reanudar la marcha y recién el 26 de julio dió con la loma de La Gorra, sitio próximo a Casa de Piedra, que era el lugar donde se combatía.
El grupo que encabezaba Fidel llevaba consigo una radio de microonda requisada al Batallón 18 después de su rendición. A través de ella se pudo establecer que la Compañía P, o al menos parte de ella, avazaba efectivamente desde Estrada Palma y que se le había ordenado a Sánchez Mosquera abandonar Santo Domingo para encontrarse con Abón Li, orden que aquel no cumplió porque el estado del terreno, después del aguacero, le impedía cualquier tipo de desplazamiento.
Fidel Castro en el frente de batalla

Al mediodía, los refuerzos de la Compañía P llegaron a Casa de Piedra, donde se toparon con los pelotones de Paz y “Daniel”, reforzados, desde hacía varias horas por las secciones de William Gálvez y Hugo del Río.
La vanguardia de la fuerza enemiga pisó una de las minas plantadas a la entrada de la emboscada y eso desencadenó un fuerte intercambio de disparos, que detuvo su marcha.
El fuego de la ametralladora calibre 30, accionada por Orlando Avilés sirvió para amedrentar a los hombres de Li pero no pudo evitar que aquellos abatiesen a Elinor Teruel, quien cayó muerto sobre las piedras, alcanzado por una ráfaga a la altura del pecho.
Tras cuatro horas de combate, viendo que le resultaba imposible quebrar la línea de fuego guerrillera y seguir avanzando por ese sector, el enemigo se retiró aguas abajo, dejando atrás buena parte de su equipo y varios heridos. Aún así, logró evadir la trampa y alejarse porque ni Pinares ni Suñol, se movieron de acuerdo a los planes. El segundo, en lugar de descender desde El Salto, se retiró, indicándole al primero que lo siguiera. Temeroso de verse ecerrado entre dos fuegos (los refuerzos emboscados en Casa de Piedra y una imaginaria fuerza que acudía en su ayuda), optó por alejar a su gente, confirmando, de ese modo, los temores que Paz le había manifestado a Fidel.
El comandante rebelde se enfureció al conocer esas novedades porque de haber actuado siguiendo su estrategia, los 150 efectivos que sumaban las tres secciones acantonadas en Casa de Piedra habrían acabado fácilmente con el enemigo.

Recuérdese lo que Lalo y Zenén Meriño hicieron con menos de 30 combatientes durante la primera Batalla de Santo Domingo, contra una compañía del Batallón 22 del comandante Eugenio Menéndez, que fue liquidada. Debido a aquella vacilación, no se logró el resultado que se buscaba: la destrucción completa del refuerzo o su rendición. Por eso, el combate se prolongó tantas horas.

Pese a todo, los resultados del enfrentamiento fueron altamente favorables al ejército guerrillero. Los guardias habían tenido al menos once muertos, más del doble de heridos y veinticuatro prisioneros, además de dejar abandonados sobre el terreno una bazooka con catorce proyectiles, veintinueve fusiles Garand, nueve carabinas San Cristóbal, cuatro fusiles Springfield, una pistola, cuatro granadas de mano y otras treinta y dos para los Garand. Aparte de  eso, los guerrilleros se apoderaron de trece mulos cargados de víveres, una treintena de mochilas, uniformes, frazadas y un equipo de radio con su clave, que comenzaba a operar ese día.
El arsenal de las fuerzas de Castro crecía y su gente se fortalecía, pese a que la actitud de Suñol y Pinares había retrasado la victoria.
Por entonces, se pensaba que Sánchez Mosquera se encontraba en el aserradero de Estrada Palma, esperando refuerzos y órdenes para avanzar pero al haberse requisado cierta correspondencia a los prisioneros del combate de Casa de Piedra, se supo que se enontraba cercado con su batallón en Santo Domingo. Ese mismo día, el comando del Ejército le ordenó ponerse en marcha hacia Providencia, para fortificarse en ese punto y apoyar al Batallón 22 que comandaba el capitán Eugenio Menéndez Martínez, pero sabiendo que no podía recibir refuerzos ni víveres, el jefe enemigo dividió su unidad en tres secciones y comenzó a trepar la ladera en dirección a El Brazón, tomando por tres accesos diferentes.
La primera lo hizo por La Ceiba, donde tomó por sopresa las defensas a cargo del teniente Amándiz que fue desalojado después de una hora de combate, en la que fue abatido Juan Vázquez.
Pese a esa victoria parcial, los soldados no pudieron hacer pie en El Brazón, porque la gente del bravo Guillermo García logró contenerlos.
Sabiendo eso, Fidel Castro le ordenó a Lalo Sardiñas que reforara las fuerzas de Guillermo y se lanzaran ambos en persecución del enemigo que seguía pugnando por capturar El Brazón. La idea era causarle el mayor daño posible e impedir su retirada para después aniquilarlo.
Mientras eso sucedía, Sánchez Mosquera se encaminaba a Providencia, donde esperaba tomar el poblado y despejar la única salida posible, a saberse, el cañón del río Yara, entre ese punto y Pica Pica.
Mayor José Quevedo Pérez (centro), comandante  del Batallón 18 y ex condiscípulo de Fidel Castro

Guillermo y Lalo se abalanzaron sobre él cuando intentaba escapar desesperadamente de su encrucijada. Esperaban alcanzarlo y trabarse en lucha pero a esa altura, el equipo de radio capturado a la Compañía P daba cuenta que Sánchez Mosquera había recibido una grave herida en la cabeza y por esa contingencia, la tropa se hallaba considerablemente desmoralizada. Fidel intentó hacer llegar un mensaje a ambos jefes de pelotón, dando cuenta de tan importante novedad, pero no le fue posible hacerlo.
Debido a los últimos acontecimientos, el comando del ejército gubernista decidió alterar su estrategia y optó por no reforzar a los batallones atrapados en Providencia. De esa manera, 600 efectivos quedaban librados a su suerte, muy cerca del establecimiento maderero de Estrada Palma, casi sin víveres y con sus municiones agotándose. Castro reproduce los puntos escenciales de la memoria que el general Cantillo emitió el 26 de julio desde su puesto de mando en Bayamo.

ENEMIGO: Calidad: El enemigo posee tropas muy bien entrenadas para el tipo de operaciones (Guerrilla) que desarrolla, puesto que casi toda es natural de la región, y los Jefes llevan mucho tiempo en zona y son muy conocedores del terreno [...].
Cantidad: Varía mucho el cálculo, pero pueden considerarse entre 1000 y 2000 combatientes de primera clase, bastante bien armados. Además casi todo habitante de la zona alta dominada por los rebeldes es confidente, correo o informante (hombre, mujer o niño).
Armamento: Para esta Operación el enemigo solicitó de cada Jefe de zona, le mandara el mejor personal, con el mejor armamento, haciendo una concentración de su mejor personal y equipo [...].

Siguiendo con su descripción, responsabilizó a todos los jefes de unidades que habían tomado parte en la batalla, aquellos que, según el decir de Fidel, había sacrificado inútilmente.

Organización: La típica de la Guerrilla: Pequeños grupos que se esconden y se infiltran dentro de nuestras tropas en marcha y a veces en alto. Ultimamente se esconden en árboles y malezas, y a la vez se lanzan sobre la Unidad sorprendiéndola y desarmándola. Se reúnen en cantidad para un golpe determinado.
Salud: Estado sanitario malo; muy desnutridos pero con mucha resistencia física. Pueden soportar días enteros en un lugar sin moverse, comer ni tomar agua.
Moral: Los últimos éxitos en copar y rendir Unidades les ha levantado mucho la moral; han adquirido gran cantidad de armamentos, parque y comida y los ha hecho más atrevidos; han adquirido también Mini-packs y PRC-10 nuestros.
EJÉRCITO: Calidad: La calidad del Soldado actual, en casi todos los grados, es en más de un 75% de 4ta. clase para este tipo de operaciones, que supone gran resistencia física al esfuerzo [...] y la voluntad constante de buscar el enemigo y vencer.
[...] Es aconsejable retirar Unidades a terreno más favorable, donde se pueda maniobrar, disminuyendo a la vez las distancias de apoyo y abastecimientos, y donde pudiéramos, si el enemigo nos sigue y cae en nuestro juego, decidir la Campaña.
En el apartado referido a la DECISIÓN, se enumeran las unidades que deben ser retiradas de las montañas.
PLAN: Atraer al enemigo hacia un área que nos favorece y que estará formada por puntos fuertes enlazados entre sí y con capacidad de maniobra y facilidad de abastecimientos. Además una masa de maniobras en el flanco OESTE nuestro y una reserva y Punto de Abastecimiento principal en ESTRADA PALMA.
Reorganizar nuestras fuerzas, acortar nuestras líneas, alargar las del enemigo y ponerlo en situación desventajosa.
[...] “POR LA LIBERTAD DE CUBA”.
(Fdo.) E. A. Cantillo, MMN y P May Gen Jefe ZOpnes.

Fidel Castro tomó conocimiento de los movimientos de su oponente (Sánchez Mosquera) al escuchar el lejano tiroteo, en las posiciones que ocupaba Guillermo. Se trataba de una fuerza de 600 efectivos contra solo 130, que compensaban esa gran diferencia con su ardor combativo y lo bien parapetados que estaban sus pelotones.
No tardó entonces, en producirse la retirada de Sánchez Mosquera hacia El Brazón, donde aguardaba Braulio Curuneaux con su ametralladora calibre 50 y las minas que había sembrado delante de sus posiciones.
Fidel comenzó su desplazamiento en dirección a Providencia, procurando no cruzarse con las fuerzas enemigas que se retiraban y al caer la tarde, volvió a encender el aparato de radio para captar casi enseguida, una comunicación entre el comando del Batallón 11 y una avioneta de observación que sobrevolaba la región. Fue entonces que Fidel Castro se enteró que el comandante de las fuerzas del gobierno se hallaba gravemente herido.

-¡Coronel herido en la cabeza! ¡Coronel herido en la cabeza! ¡Manden zunzún! ¡Manden zunzún!

-¡Zunzún no puede bajar! ¡Zunzún no puede bajar!

Era el desesperado pedido de auxilio de la unidad, solicitando la presencia de un helicóptero para evacuar a su comandante. Pero el aparato no se pudo acercar porque los hombres e Lalo Sardiñas y Guillermo, abrieron fuego contra él, incluso con la ametralladora pesada calibre 30.
En horas de la noche, el alto mando guerrillero pudo confirmar que el enemigo se retiraba presurosamente por el sendero que unía la casa del campesino Ricardo Ríos, con el camino que conduce a Providencia y eso abría nuevas variantes.
Se le ordenó a Duque, tratar de cortar esa retirada en algún punto sobre las lomas de El Brazón y este partió presuroso, tomando por un claro que se extendía algo más adelante.

Decidimos esperar el resultado de su exploración. Pasaron 30, 40, tal vez 50 minutos; en aquella tensión era imposible calcular el tiempo. De súbito se escucharon varios disparos, y balas trazadoras cruzaron sobre nosotros a 15 ó 20 metros de altura. De nuevo, el silencio. Todo el mundo permanecía en guardia. Regresaron algunos del pelotón de Duque, pero nadie traía noticias de lo ocurrido. Caminando, sin mirar hacia atrás, había perdido el contacto con sus propios hombres. Nadie sabía de él. ¿De dónde salieron aquellos disparos? ¿Estaba Duque vivo o muerto?

Se temía por la vida del bravo oficial guerrillero, de ahí la decisión de Castro de mantenerse inmovil durante esa noche sin luna, pues temía ser víctima de fuego amigo.
¿Qué había ocurrido con Duque? Pues que en su loca carrera por alcanzar al enemigo, una vez descubierto su campamento, emprendió el regreso y al hacerlo, se topó con un pelotón fuertemente armado al que, en un primer momento, confundió con su propia gente.

Cuando se percató de que no eran sus compañeros, sino que estaba conversando con soldados enemigos que montaban guardia alrededor del campamento, trató de palanquear su ametralladora, pero los guardias se abalanzaron sobre él, se abracó con uno de ellos y forcejeó fuertemente, los otros dos o tres trataban en la oscuridad de darle culatazos en la cabeza, hasta que Duque se desprendió y corrió hacia abajo. Las trazadoras que vimos pasar eran disparos de los soldados que encontró Duque. Estaba desconocido por los golpes que recibió en la cabeza, la frente, la cara y el cuello. En algún lugar se había desplomado exhausto, donde lo despertaron las primeras luces del amanecer. ¡Cuán valioso habría sido su descubrimiento! Con nosotros estaban las armas de más poder. El enemigo se encontraba muy cerca. Habríamos podido descubrirlos 8 ó 10 horas antes, no dejarlos descansar aquella noche, y cercarlos antes del amanecer.

Mientras Guillermo con sus 80 hombres, Lalo Sardiñas, con algo más de 50 y  Paz con su escuadrón de 200 aguardaban en las alturas inmediatas, Juan  Vitalio Acuña Núñez (Vilo), se trababa en combate con parte de los refuerzos al adelantar sus líneas en El Brazón. Durante el enfrentamiento, fue muerto Giraldo Aponte, apodado El Marinero y en plena confusión, el enemigo logró atravesar la posición y continuar su retirada. Sin embargo, su retaguardia fue alcanzada por Guillermo y en el intercambio de disparos perdió dos hombres junto con tres fusiles Springfield, algunas mochilas y una caja de municiones.
Aún así, el grueso del Batallón 11 alcanzó las últimas estribaciones de El Brazón y una vez allí, levantó su vivac, con el pueblo de Providencia a la vista.
Así pasó aquella noche y a la mañana siguiente, los soldados destruyeron parte de su equipo para aligerar su repliegue. Desde lo alto, en El Brazón, los hombres de Lalo Sardiñas y Guillermo pudieron contemplar la gigantesca hoguera y sentir sus explosiones.
Antes del mediodía, los guardias reemprendieron la marcha, con la fuerza combinada de Lalo y Guillermo pisándoles los talones.
La aparición de la Fuerza Aérea alivió algo la situación de aquella tropa. Al menos dos Bombarderos B-26 llegaron por el noreste e igual número de monomotores F-47 lo hicieron por el sudeste para bombardear y ametrallar las posiciones guerrilleras hasta caer el sol. Sus incursiones se vieron alternadas con las de un par de cazas a reacción T-33 procedentes del sodeoeste, que al igual que los anteriores, fue guiado hacia los objetivos por un transporte DC-3, que hizo las veces de spotter y nexo con el comando.
La aviación cubana se prepara a lanzar nuevos ataques

Siguiendo las instrucciones impartidas oportunamente por Manuel Rojo del Río, los guerrilleros concentraron su fuego sobre los aviones, cuando volaban a baja altura y en una de las tantas pasadas del DC-3, alcanzaron a perforarle una de sus alas, obligándolo a alejarse en dirección a su base.
Para Fidel fue en extremo angustiante  escuchar a través del transmisor que desde el aparato se impartía la orden de disparar sobre las elevaciones que había mandado ocupar en días anteriores y no poder alertar a su gente de lo que estaba por suceder.
Dada la situación imperante, Fidel Castro le envió un mensaje a Duque, que se encontraba en Casa de Piedra desde el día anterior y le pidió que le enviara urgentemente refuerzos a Paz en Providencia. Duque escogió a un grupo de hombres y los despachó al mando de Raúl Barandela, quien además, debía entregarle a aquel un nuevo mensaje del comandante, que en sus párrafos principales decía:

[27 de julio]
Pensando que hay que hacer ahí [en Providencia] una línea invulnerable y que, dado el desconocimiento exacto de la posición de los guardias, estos hombres de Duque pueden quedarse fuera de la acción y como además por la retaguardia viene avanzando un fuerte contingente nuestro, he decidido mandarte estos 43 hombres para fortalecer tu línea. Creo que así, no hay quien pueda hacerte mover de ahí.
Recuerda que es muy importante poner dos fuertes emboscadas en los caminos que vienen de Estrada Palma para que les cuiden a ustedes las espaldas. Esas emboscadas no deben abandonar su posición por ningún concepto, y si tú ves que los atacan fuerte por alguna de esas emboscadas, la refuerzas.
Mosqueda [Mosquera] viene con un balazo en la cabeza. Si esa tropa choca con ustedes queda liquidada.
Paz no coloca “las dos fuertes emboscadas en los caminos que vienen de Estrada Palma, para que le cuiden a ustedes la retaguardia”.

Al tiempo que se sucedían esos hechos, Fidel Castro adoptó las medidas pertinentes para establecer una nueva línea en Providencia, destinada a contener la huida de las tropas en desbandada. Les indicó a “Daniel” y a Paz que se desplazasen hacia el pueblo y se hubicasen en los puntos que les pareceisen más apropiados y a William Gálvez que con su escuadra cubriera a ambos.
Paz se situó sobre una loma, frente a la mencionada aldea, desde donde dominaba el río que corría a su derecha y “Daniel” hizo lo propio desplegando parte de su gente sobre la ladera de Pica Pica, al otro lado de la vía de agua, cubiertos ambos por el pelotón de El Vaquerito. La medida se había adoptado después que Aguilerita, un combatiente enviado a explorar la región, regresó con la novedad de que los soldados se hallaban en las inmediaciones, cosa que no resultó ser exacta.
La ubicación de los hombres no resultó ser la adecuada ya que dejaba muchos tramos de la línea abiertos, pero lo más desacertado fue el hecho de que Paz no adoptase medidas para cubrir sus espaldas (debió haber colocado alguna gente en la bajada del terreno, al otro lado de Providencia).
“Daniel”, por su parte, se posecionó de las lomas contiguas al firme en tanto la reducida sección de William Gálvez lo hizo algo más a la izquierda, cerca del cementerio, intentando cerrar el dispositivo.
El 28 de julio, las tropas del gobierno iniciaron el descenso desde El Brazón hacia Providencia. Los guerrilleros esperaron que se pusieran a tiro y cuando las vieron acercarse al río, abrieron fuego. Se generó un violento combate de varias horas en el que cayeron no pocos soldados.
Mientras eso sucedía en aquel punto, en Estrada Palma el Batallón 22 iniciaba la marcha, trepando la pendiente hacia Providencia pero al no encontrar resistencia, ocupó Pica Pica, ubicándose a la derecha de Paz, que se hallaba de espaldas, empeñado en combate.
Los guerrilleros fueron tomados por sorpresa, atacados desde esa misma retaguardia que su jefe no había atinado a cubrir y, de ese modo, quedaron atrapados entre dos fuegos, con resultados fatales. Paz cayó muerto, atravesado por varios disparos, lo mismo el teniente Fernando Chávez y el soldado Federico Hadfeg, tres combatientes fundamentales de las fuerzas guerrilleras.
A los efectivos de Paz no les quedó más remedio que desplazarse hacia las posiciones de “Daniel”, que en esos momentos daba la orden de retirada para no quedar entre dos fuegos, medida acertada porque de no haberlo hecho, habría terminado por ser aniquilado. La tropa unificada corrió hacia el cementerio y la localidad de Palma Criolla, siguiendo las aguas del río Providencia, coyuntura que aprovechó lo que quedaba del Batallón 11, para alejarse del lugar, bordeando el río Yara.

El grupo con la camilla de Sánchez Mosquera se detuvo del otro lado del caserío, y cuando el camino quedó libre siguió en dirección al río, cruzó al otro lado del firme de Providencia y continuó poco más de un kilómetro hasta El Guineal, ya en pleno llano, donde se posó el helicóptero enviado por el puesto de mando de Bayamo a recoger al herido y transportarlo a Santiago de Cuba para recibir las primeras atenciones.

Sánchez Mosquera había quedado parapléjico a causa de su herida2, pero su salida de la escena no compensaba la muerte de cuadros tan valiosos como Cuevas, Verdecia y Paz.
Pero no todo estaba perdido para la maltrecha sección. Al llegar a Palma Criolla, el valeroso “Daniel”, ordenó a sus hombres volver sobre sus pasos e iniciar la persecución de los guardias que seguían fluyendo hacia Cerro Pelado.
Mientras su gente hostigaba a las tropas hasta las puertas de Estrada Palma (previo paso por Peladero, punto cercano a Naguas), Fidel redactó un informe para Celia Sánchez, poniéndola al tanto de todo lo sucedido. Caía la noche de aquel 28 de julio mientras el comandante escribía a la luz de un farol de campaña.

Ha sido titánico el esfuerzo por atrapar y destruir el batallón completo de Mosquera que luchó desesperadamente por salvarse dejando muertos por todo el camino. Hoy contaron con el apoyo de un batallón de refuerzo por el lado de afuera y atravesaron nuestro cerco por Providencia en plena fuga por todas direcciones. A Mosquera lo pudieron sacar un rato antes en helicóptero. La 50 no había llegado, ni el mortero 81 tampoco. Se ha seguido luchando durante el día [...]. Se han ocupado armas, balas, obuses de mortero, etc. La gente de Mosquera quemó muchos fusiles de sus muertos, así como casi todo su parque de mortero y el mortero, para que no cayera en nuestras manos. Lucharon como unos endemoniados. Aún no puedo dar los resultados completos. Seguí todos sus movimientos con el minipak y el P.R.C-10.

A la mañana siguiente, le enviió al Che la siguiente comunicación:

En la batalla de Santo Domingo perdimos en total 7 hombres, entre ellos Paz. En conjunto toda la operación dió un saldo de más de cincuenta armas. Todas las balas gastadas en la persecución de Mosquera se recuperaron. Se le hicieron durante la persecución unos 30 muertos, pero es una verdadera lástima que por una serie de errores de la gente derivados del exceso de confianza no aniquiláramos al batallón completo.

Ese mismo día, Radio Rebelde emitió un extenso y detallado comunicado redactado por el mismo Castro, que fue escuchado en diferentes puntos de la isla. El comandante supremo reproduce parte del mismo en su trabajo.

Terminada la batalla del Jigüe, comenzó inmediatamente otra batalla de gran magnitud contra dos batallones de la tiranía, que operaban desde Providencia hasta Santo Domingo, a las órdenes del teniente coronel S. Mosquera.
Durante cuatro días se prolongó la lucha que comenzó el día 25 a las 12 meridiano contra las tropas enemigas que venían a reforzar el batallón 12 [11] acampado en Santo Domingo y concluyó ayer a las 2 de la tarde en el sitio conocido por Peladero, cerca de Nagua a varios kilómetros del central Estrada Palma. La persecución contra el batallón 12 [11] duró 42 horas consecutivas. Sánchez Mosquera, herido de gravedad en la cabeza, fué evacuado en un helicóptero ayer 28, a las 7 y 30 de la mañana. El batallón 12 [11] fue dejando por todo el camino un reguero de muertos y llevaban tras sí una larga caravana de heridos. En el camino quemó su propio parque, de mortero y de bazooca [...], para evitar que cayeran en nuestras manos. Reunidos más allá de Providencia los restos del batallón 12 [11] con el otro Batallón que vino en su auxilio ambos emprendieron la fuga hacia Estrada Palma, bajo el fuego de nuestras tropas que lucharon con extraordinaria agresividad.
Sin que todas las unidades rebeldes, distribuidas en el ancho frente, hayan reportado todavía los resultados totales de esta batalla, hasta ayer, el enemigo había sufrido 46 muertos, 24 prisioneros y le habían sido ocupados 29 fusiles garands, 16 ametralladoras cristóbal, 8 fusiles Springfield, miles de balas, 1 bazooca con 20 proyectiles, dos cajas de obuses de mortero calibre 60, 15 obuses de mortero calibre 81, más de cien mochilas y otros equipos. La zona de Santo Domingo, el Salto y Providencia han quedado totalmente liberadas de tropas enemigas. Nuestras fuerzas sufrieron en esta sangrienta batalla 7 muertos y 4 heridos. [...] El Ejército rebelde ha aumentado extraordinariamente sus efectivos de combate y prosigue la lucha contra los restos de las fuerzas enemigas, que iniciaron la más grande ofensiva militar que pudo imaginarse en nuestra República, con 14 batallones de infantería y siete compañías adicionales, apoyada por una flota aérea y unidades blindadas. Armadas ahora con las bazoocas ocupadas al enemigo, nuestras columnas pueden batirse contra los tanques de la tiranía.

La guerrilla acababa de obtener una nueva victoria. Un triunfo rotundo sobre fuerzas inmensamente superiores, ocasionandole a su adversario un centenar de bajas, cuarenta y seis de ellas fatales y tomándole veinticuatro prisioneros. Además, se le capturaron más de cincuenta fusiles, ametralladoras, morteros y bazookas, amén de miles de balas y buena cantidad de víveres. Sin embargo, para Fidel había algo que empañaba la victoria y era el hecho de no haber podido aniquilar completamente al Batallón 11, aún cuando el mismo había sido diezmado y en parte desarticulado.
Fidel atribuyó ese “fracaso” a los errores cometidos por algunos de sus jefes de pelotones, especialmente Pinares y Suñol, quienes se dejaron influenciar por los hechos y entraron en confusión.

…se dejaron confundir por el rumor de que había una fuerza enemiga en su retaguardia y no coparon el grueso del Batallón de Abón Li, que chocó con Paz en Casa de Piedra, lo cual motivó una de las críticas más severas que formulé durante toda la guerra, aún antes de que las dos compañías que dejaron escapar atacaran a Paz desde las alturas, detrás del firme de Providencia, cuando preparaba la línea de combate para impedir la fuga del Batallón 11.

Sin embargo, pese a ese detalle, la batalla se había ganado y el enemigo abandonaba la sierra.

...lo más importante es que el enemigo se vio obligado a abandonar la montaña, y el sector nordeste de nuestro territorio base quedó liberado de forma definitiva. Por eso, consideramos que el resultado de esta segunda Batalla de Santo Domingo -que más propiamente debería llamarse Batalla del río Yara, porque se desarrolló a todo lo largo del río, desde Santo Domingo hasta Providencia-, constituyó otra resonante victoria rebelde.

La victoria había sido contundente, los errores sirvieron para aprender y adoptar precauciones y la grave amenaza que representaban las fuerzas del gobierno en la sierra, había desaparecido. Ahora quedaba liquidar el último foco de presencia en el territorio liberado y después pensar en descender al llano, para extender la guerra a todo el territorio nacional.

Un bombardero B-26 se prepara para decolar. Detrás aguarda un caza F-47 Thunderbolt

Fidel explica en su libro, que el 20 de julio de 1958, poco antes de que el Batallón 18 capitulara en Jigüe, le escribió al Che para decirle que en breve emprenderían dos acciones simultáneas contra Santo Domingo y las Vegas de Jibacoa y que él estaría a cargo de aquella segunda acción.

El Che me contestó con una notica en la que me pedía conversar personalmente conmigo porque mis “proyectos dobles” le parecían “demasiado arriesgados”. Al final quedó convencido de que eran no solo recomendables sino factibles, cuando supo el volumen del botín capturado en Jigüe y Purialón, y la posibilidad real de contar, a partir de ese momento, con más de 300 hombres armados3.

Castro había escogido a Santo Domingo como primer objetivo no solo porque representaba mayor peligro sino por el hecho de que la neutralización de las tropas allí acantonadas constituiría un duro golpe para las fuerzas enemigas, tanto moral como material. Amén de ello, las Vegas de Jibacoa era el lugar acordado para la entrega de heridos y prisioneros y un ataque a ese punto, con la Cruz Roja a punto de hacerse presente, se habría visto muy mal y hubiera sido utilizado por el gobierno para desprestigiar a la fuerza guerrillera.
El día acordado con el organizmo internacional para concretar el traspaso, el Che recibió un mensaje del capitán Carlos Durán Batista, comandante de las tropas que se encontraban en aquel último punto, con quien venía mantenido un diálogo respetuoso y profesional:

Comandante de la Columna 8 Sierra Maestra Señor: En contestación a su escrito, debo informarle que he recibido órdenes del General Jefe de la Zona de Operaciones para que la garantía tanto para los heridos como para cualquier otra persona que llegue a este Puesto. El acuerdo de la Cruz Roja Internacional así como cualquiera otro entre caballeros y humanos será siempre respetado por mí y por las tropas a mi mando.
Debo informarle asimismo que la Cruz Roja a esta hora no ha llegado a este Puesto, pero ya tenemos conocimiento que llegará de momento. No obstante, si Ud. lo estima puede evacuar heridos que estime y serán atendidos hasta tanto por nuestro Departamento de Sanidad, con todo lo que se pueda y con la misma garantía de la Cruz Roja.
Créame por nuestra parte haber tomado buena nota de su carta e informarlo a la superioridad para que por otras unidades también se cumpla.
Con el respeto y consideración que merece le reitero el saludo.
Nótese el tono de este mensaje y el reconocimiento implícito por parte del jefe enemigo al enfrentar, no el cabecilla de una banda de forajidos, como hacía ver la propaganda del Ejército, sino un verdadero adversario digno y organizado. Vale apuntar que el capitán Durán Batista no cometió crímenes ni abusos durante su estancia en las Vegas y, después de su captura por el Che, solicitó permanecer entre nosotros y mantuvo una actitud decorosa y cooperativa hasta el final de la guerra.

Enterado del contenido de aquel mensaje, el Che le entregó aTeté Puebla una extensa notificación que la mujer llevó personalmente al puesto de mando enemigo en las Vegas de Jibacoa. Decía la misma:

Estimado Capitán: Contesto urgentemente su comunicación de esta misma fecha con el fin de aclarar algunos conceptos de su carta y anunciarle, además, que, dadas las seguridades ofrecidas por usted enviaré los heridos más graves sin esperar la llegada de la Cruz Roja Internacional.
Estos heridos están algo alejados de aquel puesto y, dado los pésimos caminos de la Sierra, no puedo adelantarle una hora fija de llegada. Deben estar prevenidos esta noche por si podemos hacerlos llegar en el curso de la misma. Le reitero la seguridad de que la tregua será estrictamente cumplida por nosotros. No obstante, queremos saber el alcance exacto de la misma para abstenernos de hacer movimientos militares en esa zona, evitando así choques que pudieran empañar este hermoso acto de confraternidad en el dolor. Para nosotros son necesarias 48 horas a partir de la llegada del delegado de la Cruz Roja Internacional, anunciada por Radio para las 2 p.m. del día de mañana. A partir de ese instante, quedarán automáticamente rotas las hostilidades, salvo indicación expresa en contrario. Debo aclararle además que, para nosotros la tregua existe estrictamente en la zona de Las Vegas, rogándole a usted me comunique antes de las 6 a.m. cuál es el alcance que da su Estado Mayor a la misma.
Obviando responsabilidades, debo comunicarle que los heridos se moverán en las zonas comprendidas entre los vértices siguientes: las Vegas, Mina del Frío y Altos del Jigüe; si se repite el bombardeo y ametrallamiento que sobre esa zona se efectuó hoy, pueden ocurrir desgracias lamentables.
No es exageración mía al advertirle esto, ya que por orden expresa de nuestro Comandante Jefe, Fidel Castro, entregaremos, además de los heridos, a todos los sobrevivientes del Batallón 18 de Infantería, dirigido por el comandante Quevedo, que se rindieran a nuestras fuerzas. Tomamos esta decisión basados en razones humanitarias, por el grado de desnutrición a que había llegado esa tropa luego de resistir 10 días de cerco, en heroico cuanto estéril sacrificio.
[...]
Deseando estrechar su mano en más felices circunstancias para Cuba, y en rueda de compañeros, se despide cordialmente de usted,
Che
Comandante de la Columna No. 8 “Ciro Redondo”.

Respecto a la entrega de prisioneros, el general Cantillo, firmó en su puesto de mando de Bayamo la siguiente directiva, fechada el 22 de julio, dejando estipulado que el operativo se llevaría a cabo las 14.00 del siguiente día. Para ello, el personal de la Cruz Roja se movería desde Manzanillo, Bayamo, Estrada Palma y Yara, formando una columna motorizada compuesta por camiones y jeeps, para alcanzar las Vegas de Jibacoa ese día o a la mañana del siguiente, aclarando expresamente:

El trato a los rebeldes en caso que acompañen a los heridos debe ser cortés pero firme, no dejándoles pasar de las avanzadas de la Unidad, ni fraternizar con la tropa, y requiriendo su regreso tan pronto entreguen heridos y prisioneros.

La entrega de los primeros quince prisioneros, todos ellos heridos, se hizo en las Vegas de Jibacoa, la mañana del 23 de julio. Faustino Pérez y Carlos Franqui fueron los encargados de conducrilos y firmar el acta correspondiente, en nombre del Ejército Rebelde.
Cerca del medio día llegó la columna de vehículos de la Cruz Roja, encabezada por Pierre Jacquier, su delegado. Inmediatamente después, aparecieron los restantes doscientos treinta y ocho prisioneros, entre ellos cuarenta y dos heridos más, quienes “brotaron de los montes en largas columnas”, según el decir de Fidel. La operación se llevó a cabo en el más perfecto orden y sin ningún tipo de incidentes.

Si alborotadora fue la presencia de una mujer guerrillera -Teté Puebla- entre los guardias, más revuelo aún causó la sorpresiva llegada del Che, quien bajó en un mulo desde Mompié y compartió un buen rato en la casa de Bismark con los representantes de la Cruz Roja y los jefes de la compañía sitiada. Hasta sus buenos tragos de coñac bebieron juntos, con lo que el Che se adelantó unilateralmente a su ofrecimiento de celebrar las más recientes victorias.
Ya el Che había comenzado a convertirse en leyenda, y los guardias no desestimaron la oportunidad de poder ver al comandante guerrillero argentino.

Pese a que Batista intentó silenciar lo que ocurrió ese día, el trato humanitario que los guerrilleros dispensaron a heridos y prisioneros, más el coraje y la determinación demostrada a la hora del combate, corrieron como reguero de pólvora, primero por las unidades militares más próximas y después a lo largo y ancho de todo el país, lo que vino a incidir notablemente para que en el futuro inmediato, decenas de campesinos, guajiros y hasta gente de la ciudad intentase unirse a sus filas.
Ahora solo quedaban las tropas regulares que se encontraban sitiadas en las Vegas de Jibacoa, las únicas que aún permanecían dentro del “territorio liberado”, tal como Castro y su gente denominaban a la sierra.


El 25 de julio, el Che había desplegado las fuerzas a su mando sobre las elevaciones que rodeaban al campamento enemigo, entre las casas de Bismark y Santiago Torres.
Había pensado lanzar contra él a las secciones de Luis Crespo, Joel Iglesias y José Ramón Silva, mientras con el resto de la gente se posicionaba en la ladera que conduce a El Desayuno, cubriendo el camino por el que pasaría la Compañía 92 en caso de verse en la necesidad de emprender la retirada.
Desde ese lugar, controlaría todos los movimientos, y hasta podía golpear al enemigo desde la retaguardia.
Camilo Cienfuegos, por su parte, se ubicó en La Llorosa, más precisamente sobre la loma exterior de la elevación, listo para impedir el paso de refuerzos que el Batallón 23 pudieran enviar desde Arroyón, así como el Batallón 17 desde Las Mercedes. Basaba su estrategia en el extenso desfiladero que se extendía desde El Desayuno y el río Jibacoa, que en aquel sector corría entre gigantescas piedras y prolongados lodazales.

En este tramo del camino, que apenas daba paso a un vehículo, fue donde pudo haberse montado una resistencia efectiva, en ocasión de la entrada del enemigo en las Vegas. No se logró entonces, como vimos en su momento, pero yo estaba decidido a que esta vez el terreno sería aprovechado al máximo por nuestras fuerzas, y que allí se produjera una nueva victoria. Además, quienes dirigirían la operación eran nada menos que el Che y Camilo, y bien sabía yo que ellos no conocían la palabra vacilación.

Aquella era la única vía de acceso a las Vegas de Jibacoa, paso obligatorio del enemigo en caso de emprender la retirada pues era imposible que el ejército corriese el riesgo de internarse en la sierra por caminos que apenas conocía. Además, cualquier otra variante lo llevaría inexorablemente a las pronunciadas pendientes de La Llorosa o El Desayuno y eso era una trampa mortal. 
El 28 de julio, en horas del mediodía, el Che envió un parte a Fidel solicitando autorización para acordar con el jefe enemigo los términos de la capitulación. Antes de que la respuesta de Fidel llegase a sus manos, recibió un segundo mensaje, esta vez del capitán Armando González Finalé, comandante del Batallón 23 estacionado en Arroyón, quien también proponía un encuentro para dialogar. Sin perder tiempo, el segundo comandante de la guerrilla (el Che) le envió a Durán Batista el siguiente comunicado:

Obra en mis manos una comunicación del comandante Fifnale [Finalé] en que me invita a conferenciar. Ud. sabe que mañana será tarde para eso y trato de ahorrar sangre. [...] Debe saber también que está rodeado y no puede esperar ayuda del exterior; eso solo traerá más sangre para ambos bandos pero principalmente para uds. Si realmente no acepta esta entrevista, correspondiendo a mi caballerosidad debo aconsejarle que deje las casas y se proteja en trincheras; todos los altos son nuestros. Yo le ofrezco dejarlo salir de allí con todos sus hombres y conservando las armas cortas, sin cumplir con el trámite de ser prisioneros, es lo más que puedo ofrecer dado el número de hombres que tengo sobre ese punto y la seguridad absoluta de que están perdidos. Recurro a sus sentimientos patrióticos para que [no] anteponga falsos orgullos y evite una sangría inútil.

Como respuesta, Durán mandó decir que enviaría su contestación al día siguiente o que, incluso, podía llegar a ir personalmente, decisión que debía comunicar previamenmte a su superior quien, en esos momentos, aguardaba la llegada de una columna de camiones transportando provisiones.
Sin embargo, el comando de las fuerzas gubernamentales tenía planeado otra cosa, de ahí la orden impartida al Batallón 23 de ponerse en marcha en auxilio de la unidad cercada en las Vegas de Jibacoa.
Al Che no le costó mucho darse cuenta que la columna de vehículos en cuestión era en realidad la mencionada unidad de combate que se dirigía al frente de batalla. Pero la misma se introdujo en la emboscada que había montado el Che al mando de Camilo y fue duramente castighada.

Estoy en la posición que me indicó el Che -le escribió Camilo a Fidel el día 28- tengo bien explorado todo y estoy rogando para que algún Dios ignoto nos traiga una tropa por este lugar. Tengo el “jamo” preparado para pescar por lo menos 25 ó 30, ayer cuando el fuego grande en S. Domingo, los de Arroyones corrieron como locos, el pánico se ha apoderado de las Tropas enemigas, las noticias corren veloces, parece [que] ya saben los últimos leñazos que hemos dado.

El Batallón 23 llegó a la zona en varios camiones y algunos tractores que en su parte posterior arrastraban acoplados. Se tatraba de tres compañías de infantería apoyadas por dos tanques ligeros T-17 dotados de un cañón de 57 mm cada uno, y una batería de obuses de 75 milímetros que fue posicionada en las elevaciones de La Güira.
La poderosa unidad de combate venía al mando de teniente coronel J. Ferrer da Silva, con el T-17, en el que viajaba el propio capitán Victorino Gómez Oquendo, comandante de la compañía de tanques, abriendo camino4.
El Batallón 23 avanza encabezado por un blindado T-17

Se trataba, sin duda, de la fuerza más poderosa que lanzaba Cantillo desde el inicio de la guerra que, además, contaba con el apoyo de la aviación, que bombardeó y ametralló un tanto a ciegas, los puntos donde el alto mando gubernamental presumía se hallaban posicionados los cuadros guerrilleros.
La columna alcanzó el cruce con el camino que une Las Mercedes con Los Isleños y traspasó esa última localidad para superar inmediatamente después las elevaciones de El Mango.
Desde la falda de La Llorosa, el pelotón de Camilo Cienfuegos vio aproximarse al enemigo y a las secciones de Lázaro Soltura y Orestes Guerra preparándose para recibirlo, confiados en las zanjas que habían cavado y las minas que acababan de sembrar.
Cuando los vehículos tomaron por el camino que conducía directamente al barranco próximo al río Jibacoa, la gente de Camilo abrió fuego, forzándolos a detenerse y a sus ocupantes saltar a tierra presurosamente. El único que continuó avanzando fue el tanque que encabezaba la formación, contra el que la tropa del Che, más precisamente el pelotón al mando de César Suárez, le disparó un tiro de bazooka.
Lejos de lo que se esperaba, el blindado siguió barranca abajo, en dirección al río, y después de cruzarlo, comenzó a trepar la ladera por el camino que conducía a El Desayuno, ignorando los disparos que intentaban alterar su marcha. Sin detenerse, el tanque sobrepasó las líneas guerrilleras y se introdujo en las Vegas de Jibacoa, desatando la alegría de las tropas cercadas que al verlo aparecer, comenzaron a lanzar vivas y alaridos de triunfo.
Sin medir los riesgos, el pelotón de Camilo se lanzó hacia las posiciones que ocupaban los vehículos varados mientras hacía fuego con sus armas. Al verlos avanzar, varios soldados se desprendieron de la columna y corrieron hacia el río en tanto el resto, buscaba ponerse a cubierto, con pocas posibilidades de defenderse.
Los guerrilleros mataron a dieciseis soldados e hirireron a varios más, uno de ellos el mismísimo teniente coronel Ferrer da Silva. También incendiaron un jeep, un tractor y un camión y tomaron varios fusiles, granadas, raciones, cananas y municiones.
Al día siguiente, el Che recibió a dos oficiales de la Compañía 92 enviados por el capitán Durán Batista, para informar que su superior no aceptaba los términos de la rendición. Al segundo comandante de las fuerzas guerrilleras no le quedó otro camino que reiniciar las hostilidades y así se lo hizo saber a sus subalternos.
Se les permitió a los emisarios regresar a su unidad e inmediatamente después se adoptaron las medidas para entrar en combate.
La Compañía 92 se deshizo de parte de su equipo y mucho más ligera emprendió la huida. El Che ordenó iniciar su persecución y confiado en que la sección apostada en El Desayuno, apoyada por la gente de Camilo en El Mango, pudiese cortarle el paso, se lanzó tras ella. Fue una acción en extremo violenta en la que tomaron parte los capitanes Luis Crespo, Joel Iglesias, José Ramón Silva junto a César Suárez, Orestes Guerra y Lázaro Soltura, bloqueando y conteniendo la fuga. Camilo y su gente hicieron lo propio en Arroyón, tratando de neutralizar al Batallón 23, ique intentaba apoyar a su gente en las Vegas, generándose, de ese modo un, enfrentamiento tan duro y violento, que al llegar la noche todavía se seguía combatiendo.
Ocho muertos, cinco heridos y noventa y ocho prisioneros, entre ellos el capitán Victorino Gómez Oquendo, fue el resultado de aquel choque en la selva. El tanque T-17 fue capturado intacto, lo mismo un mortero con sus ochenta proyectiles, dos ametralladoras de trípode calibre 30, fusiles automáticos Browning, al menos una veintena de carabinas San Cristóbal, cuarenta fusiles Springfield y buena cantidad de municiones. Todo ello contra un solo herido, que resultó ser Angelito Frías.

A la hora de redactar ese informe, el capitán Durán no había sido capturado, pero se tenía la información de que estaba herido. Fue hecho prisionero a la mañana siguiente. Este valiente y caballeroso oficial también optó por quedarse con nosotros en la Sierra, y tanto él como Gómez Oquendo, junto con el comandante Quevedo, prestaron valiosos servicios durante los meses finales de la guerra, en los contactos y negociaciones con los jefes enemigos.
Con esta acción, las Vegas de Jibacoa quedaba definitivamente liberada, y una nueva unidad enemiga, en este caso la Compañía 92, resultó destruida y anulada como entidad combatiente. Era otra victoria rotunda. Ahora solo quedaban, en las cercanías de la montaña, las fuerzas enemigas de los Batallones 23 del comandante Finalé, acampado en Arroyón, y 17, del comandante Corzo, estacionado desde el comienzo de la ofensiva en Las Mercedes. En ese orden, fue sobre ellas que decidimos actuar de inmediato, con la victoria definitiva al alcance de la vista.
Prisioneros del Ejército en las Vegas de Jibacoa
(Fidel Castro Ruz, La victoria estratégica)

El 29 de julio por la noche, habiéndose rendido el Batallón 11, Fidel llegó hasta la posición de Camilo para transmitir nuevas directivas.

…llegué con 250 hombres a las posiciones de Camilo en la loma de La Llorosa. Nunca antes en toda la guerra se habían reunido tantos combatientes rebeldes. Desde Providencia bajaron conmigo las fuerzas de Guillermo García y Lalo Sardiñas -ascendidos por orden mía desde el 23 de julio, junto con Ramón Paz, al grado de comandante-, así como los hombres de Daniel, a quien se había subordinado la tropa que comandaba Paz, y las escuadras al mando de los capitanes Pinares, Calixto García, Huber Matos y Eddy Suñol, y de los tenientes Hugo del Río, William Gálvez, Félix Duque, El Vaquerito y otros5.

En un primer momento, Fidel había pensado atacar a los refuerzos que acudían en auxilio de la unidad cercada en las Vegas de Jibacoa pero habiendo tomado conocimiento de los sucesos del día anterior, optó por destruir de una vez al Batallón 23, estacionado en Arroyón y Las Mercedes.
Necesitaba saber si el Che había llegado a algún acuerdo con el comando de aquella unidad y al confirmar que no, adoptó las medidas necesarias para emprender una acción definitiva.
En horas de la noche, el comandante supremo procedió a ubicar a sus hombres y se dispuso a acometer el asalto final. Las escuadras de los flamantes comandantes Guillermo García y Lalo Sardiñas, con sus ciento treinta efectivos y su bazooka, se posicionaron en Cuatro Caminos, entre Cerro Pelado y el objetivo.
Se sabía que una poderosa fuerza avanzaba en su auxilio desde Estrada Palma, de ahí la orden que se les impartió de contenerla y rechazarla.
De esa manera, Guillermo se ubicó sobre las barrancas de Los Popa, en tanto Lalo lo hizo en Estrella Bello, dominando ambos el sendero que conduce a Arroyón, camino obligado de aquellos refuerzos.
A “Daniel” se le mandó montar una emboscada en algún punto entre Arroyón y Cuatro Caminos, decisión que quedaba librada a su parecer. En caso de que el Batallón 23 no saliese por ese sector, debía avanzar al día siguiente sobre sus posiciones y atacarlo, al tiempo que Camilo lo haría por detrás, desde El Mango y La Llorosa.
Su sección, integrada por ciento veinte hombres, entre ellos los pelotones de Pinares, William Gálvez, Hugo del Río y Calixto García, tardó algunas horas en preparar la emboscada pues el bravo jefe guerrillero quería escoger con cuidado el lugar donde montarla. Lo hizo en Jobal, en un punto donde el camino de Arroyón iniciaba un leve descenso hacia la cañada, para cruzar el arroyo del mismo nombre.
Eduardo Fernández a cargo de Radio Rebelde

Una vez convencido de que ese era el sitio ideal, mandó colocar una mina en el cruce y desplegó a su gente a lo largo de un estrecho talud que se extendía del otro lado del desfiladero, ordenándoles cavar trincheras.
Mientras los hombres trabajaban en sus defensas, “Daniel” se acercó hasta la casa de Porfirio Enríquez, un amable guajiro de la zona que junto a su esposa, preparó café para la tropa6. Cuando los campesinos supieron que estaba a punto de comenzar una batalla contra una fuerza poderosa del ejército que en esos momentos avanzaba hacia ese lugar, ocultaron las pocas pertenencias de valor que tenían y huyeron hacia los cerros en busca de protección.
Cuando “Daniel” sorbía su café, recibió un mensaje donde se daba cuenta que al enterarse de la rendición del Batallón 11 en Providencia, Lalo Sardiñas y Guillermo García habían dejado sus posiciones para dirigirse al alto de El Espejo, por entender que era una posición más apropiada para estrechar el cerco y cortar cualquier intento de ayuda desde el exterior. Sin perder tiempo, el flamante comandante abandonó el bohío y corrió a ocupar su puesto. Inmediatamente después, envió a Pinares con cuarenta hombres a bloquear el camino de Estrada Palma y así proteger su retaguardia, pero como al poco tiempo llegaron noticias de que Fidel les ordenaba a Lalo y Guillermo regersar a los puntos de origen, todo volvió a fojas cero. Pinares también regresó y junto al resto del personal, se siguió adelante con el plan inicial.
Ubicados sus hombres en La Herradura, listos para hostigar a la tropa atrapada en Las Mercedes, Fidel le escribió a Celia en La Plata informándole las medidas que acababa de adoptar.

Aunque tenía muchas ganas de ir esta madrugada a las Vegas para disfrutar el placer de verla otra vez en nuestras manos, bajé con los hombres que traía para distribuirlos más abajo de Arroyones y en el firme de la Herradura, frente a las Mercedes para tratar de que no escapen las tropas que quedan. Los hombres nuestros han realizado un esfuerzo extraordinario; han estado de batalla en batalla por espacio de cinco semanas consecutivas. Es increíble lo que han resistido. Me imagino tú tendrás deseos también de bajar a las Vegas, si yo puedo llegaré hasta allí por la noche o la madrugada. Tengo la sensación de que todo concluirá pronto y en medio de la alegría por las victorias que son la culminación de tantos sacrificios y esfuerzos, me siento triste.

La mañana del 31 de julio, las tropas regulares abandonaron Arroyón y se internaron aún más en la sierra, en direccioón a Estrada Palma y el Cerro, al mando del coronel Roberto Barragán.
El relato de Fidel se torna por momentos confuso ya que, según sus palabras, a esa fuerza se le sumó un refuerzo proveniente de Las Mercedes cuando en más de una oportunidad afirma que la unidad acantonada en esa localidad también se hallaba cercada.
La Compañía 84 del Batallón 21, al mando del capitán Bonilla León, constituía la vanguardia de aquella poderosa fuerza. Le seguían las compañías 91 y 93 del Batallón 19, comandadas por el capitán Antonio Suárez Fowler y cerrando el dispositivo, el Batallón 23, a las órdenes del comandante Armando González Finalé. Un tanque liviano T-17 acompañaba a la unidad militar, reforzada por una batería de cuatro obuses de 75 milímetros y otra de morteros.
Los relojes señalaban las 11.30 cuando la vanguardia alcanzó la emboscada de “Daniel”, en el cruce del arroyo de Jobal y se dispuso a cruzar al otro lado. Como la mina allí colocada no estalló, el jefe guerrillero ordenó abrir fuego y de esa manera, se generalizó un furibundo combate que fue ganando intensidad a medida que transcurría el tiempo.
Sorprendida en ese punto, la columna enemiga recibió sobre sí una lluvia de plomo incluyendo los proyectiles calibre 30 de la ametralladora que accionaba Orlando Avilés.
Los soldados corrieron en busca de cobertura y devolvieron los disparos, barriendo buena parte del sector contiguo al arroyo, pero a la media hora, ya contaban con numeosas bajas y como explica Fidel, su volumen de fuego comenzó a disminuir.
En vista de ello, “Daniel” alzó el brazo y su gente dejó de tirar. Acto seguido se incorporó y acompañado por algunos de sus hombres, se aproximó cautelosamente a las posiciones que ocupaba el enemigo, notando enseguida que al menos una treintena de ellos yacían sobre el suelo, sin vida o en grave estado y que apenas uno se mantenía de pie, con ambas piernas sangrando.
Ante ese cuadro de situación, el jefe guerrillero ordenó a su gente cargar a los heridos y conducirlos hasta un pequeño bohío a la vera del camino (¿la casa del campesino Enríquez?). De ese modo, siguió avanzando, temerariamente hacia el grueso de la fuerza, siempre apuntando hacia adelante, con el dedo sobre el gatillo, para accionarlo ni bien fuera necesario.
Guardias cercados
Los guerrilleros se desplazaban desafiando el fuego que se les hacía, tirando ellos a su vez, sin medir riesgos y de esa manera, alcanzaron la cabaña del guajiro Manuel Rodríguez, donde el jefe rebelde ordenó emplazar la ametralladora 30 y un fusil automático Browning.
Suponer que el enemigo había disminuido su poder de fuego fue un grave error por parte de los guerrilleros porque, en realidad, el capitán González Finalé había ordenado instalar sus piezas de artillería para batir las líneas rebeldes distantes a solo 500 metros. Obuses y morteros abrieron fuego, al tiempo que la aviación iniciaba nuevas acciones para ametrallar y bombardear el área.
La situación se tornó compleja para la fuerza de “Daniel”. Al menos dos B-26 llegaron por el oeste para lanzar sus cargas; le siguieron dos cazas F-47 volando desde el noroeste, y a estos otros dos a reacción T-33, desde el sudeste, barriendo el sector con sus bombas, sus mortíferos cohetes de procedencia norteamericana y sus cañones de 50.
Mientras la artillería gubernamental batía las posiciones de “Daniel”, el Batallón 20, al mando del capitán Caridad Fernández7 se movilizó desde El Cerro para socorrer a las tropas en Arroyón. Sin embargo, tras recorrer cierto trecho, se introdujo en la emboscada de Cuatro Caminos, donde aguardaban las secciones de tiradores de Lalo Sardiñas y Guillermo y al recibir intenso fuego desde varios puntos, debió dispersarse.
Las líneas rebeldes se mantuvieron firmes, pese a los tanqies, el fuego de artillería y el accionar de la aviación y eso desconcertó a los soldados enemigos, que no esperaban semejante reacción.
Fue en tonces que “Daniel” decidió moverse en busca de la relativa protección que le ofrecía el bohío de Manuel Rodríguez, y sin dejar de disparar, siempre animando a sus hombres, se lanzó a la carrera en esa dirección. Pero ni bien llegó al reparo, un proyectil de 75 mm impactó en la edificación, provocando una tremenda explosión, que hirió de gravedad al oficial rebelde y a Orlando Avilés. Fue un golpe durísimo para los combatientes, quienes tenían al bravo jefe en una fuente de inspiración y un ejemplo a seguir. Y mientras ambos eran retirados de entre las llamas que envolvían a la cabaña, comenzó a circular la voz, de que “Daniel” había muerto:

-¡¡¡Han matado al comandante!!! –se escuchó gritar- ¡¡¡Han matado al comandante!!!

Los hombres de “Daniel” acusaron el golpe y desorientados a causa de la angustia, disminuyeron su poder de fuego e incluso varios de ellos comenzaron a abandonar el lugar. Tanto Pinares, como Rigoberto Fernández, Fernando Vecino y Rigo Montañés se vieron en figurillas para reagrupar a los cuadros y forzarlos a seguir combatiendo.

Pinares vociferó a pleno pulmón para inyectar nuevos ánimos a los abatidos combatientes.

La situación fue propicia para que los soldados de Batista emprendieran la retirada, alertados por los gritos de los guerrilleros que daban cuenta de la muerte de su jefe.
Era el momento ideal para intentar la maniobra y así lo entendió su comandante, al ver que la frecuencia de fuego de los guerrilleros estaba disminuyendo.
René Ramos Latour, "Daniel"
Los guardias lograron filtrarse por varias brechas y así se alejaron en dirección a Cerro Pelado, movimiento que se vio favorecido cuando Pinares ordenó la retirada y las secciones de Lalo y Guillermo se desplazaron hacia la loma de Estrella Bello.
“Daniel” murió desangrado en la pequeña quebrada hacia la que había sido evacuado. Su cuerpo fue conducido hacia la casa de Antonio Estrada, en El Hormiguero y allí se encontraba cuando llegó el médico desde las Vegas de Jibacoa para intentar socorrerlo.
Desafiando el peligro que aún representaba el Batallón 20, ni bien se enteró de la noticia, el Che bajó corriendo desde las Vegas, acompañado por Sergio del Valle. Cuando llegó, el bravo “Daniel”, con quien tantas diferencias había tenido, pero que tanto coraje había demostrado durante las acciones, acababa de expirar. Eran las 18.00 de una tarde húmeda y calurosa y una extraña pesadumbre pareció apoderarse del improvisado campamento rebelde.
La caida en combate del bravo comandante, impidió la toma y destrucción de la fuerza enemiga en Arroyón, pero se había logrado desalojarla y ponerla en fuga, despejando un vasto territorio de la sierra y ampliando el radio de acción de la guerrilla. Las tropas de Batista tuvieron una veintena de muertos y al menos, diecisiete heridos. Además, habían estado a punto de perder la batería de obuses, lo que hubiese representado un durísimo golpe para su prestigio.
Esa misma noche, fidel redactó ujn mensaje para el Che, dando cuenta del agotamiento de la tropa y de la incidencia que estaba teniendo en ella la desaparición de oficiales valiosos.

Ayer por la noche no me moví porque físicamente no podía más y el resto de la gente estaba por el estilo. Creo además, que la gente está rindiendo mucho menos que días anteriores [como] consecuencia del agotamiento general y de la muerte de distintos oficiales. La de Daniel ayer frustró los mejores frutos de la emboscada.

Al día siguiente, Radio Rebelde emitió un comunicado redactado de puño y letra por el comandante supremo, dando cuenta del combate y la muerte de “Daniel”.

A las 4 de la tarde nuestras fuerzas volvieron a hacer contacto con la tropa enemiga en plena retirada, ocasionándole nuevas bajas, en la acción de ese día, murió cuando avanzaba al frente de sus hombres el Comandante Rebelde René Ramos, Daniel, como se le conocía clandestinamente, Secretario de acción además, del Ejecutivo del Movimiento 26 de Julio, que perdió así en combate un valioso compañero más, cuya muerte, al año exacto de haber caído su antecesor en el cargo, Frank País, constituye una pérdida sensible para nuestra organización y nuestro Ejército; pero al revés de Frank País, Daniel no cayó asesinado inerme, murió con el arma al brazo en el campo de batalla, y ello es un consuelo en medio del dolor.

El Che, por su parte, apuntaría en su diario, que pese a las diferencias que había tenido con él, supo morir con dignidad. El 2 de agosto, por la mañana, Fidel Castro y un grupo de sus oficiales se trasladaron hasta una loma próxima al aserradero de los hermanos González, en Jobal Arriba. Uno de ellos, Luis González, se había puesto en comunicación con el estado mayor guerrillero para ofrecer sus servicios y fue por esa razón que el líder rebelde decidió trasladar hacia allí su puesto de mando, lugar mucho más apto para dirigir las acciones contra el último foco regular que quedaba en la sierra: el Batallón 17, estacionado en Las Mercedes.

Notas
1 Fidel Castro Ruz, op. Cit, capítulo 20: “La derrota de Sánchez Mosquera”. Ídem para las siguientes referencias.
2 Fidel explica que pasado un tiempo, Sánchez Mosquera logró recuperar alguna movilidad y que el 1 de enero de 1959 pudo fugarse hacia Miami.
3 Fidel Castro Ruz, op. Cit. capítulo 21: “Victoria en las Vegas de Jibacoa”. Ídem para las siguientes referencias.
4 La división acorazada tenía su base en la ciudad de Bayamo.
5 Fidel Castro Ruz, op. Cit. capítulo 22: “El combate de Jobal”. Ídem para las siguientes referencias.
6 Fidel aclara en su libro que el rústico banco de madera en el que se sentó “Daniel” a beber su café se conserva en el pequeño museo de Las Mercedes.
7 Conocido en su tiempo como “el asesino de Manzanillo”, responsable se numerosos crímenes, entre ellos el asesinato de Juan Manuel Márquez Rodríguez, tras la derrota de Alegría de Pío.