EJECUCIONES EN MASA
A poco
de llegar de Venezuela, Fidel Castro voló a Camagüey para hablar con Huber
Matos. Aterrizó en el Aeropuerto Internacional “Ignacio Agramonte” en horas de
la mañana y ni bien el avión presidencial1 detuvo sus turbinas, se
asomó por la portezuela y descendió presurosamente la escalerilla a cuyo pie,
lo esperaba una suerte de delegación.
Apenas
saludó a las personas que se encontraban allí, estrechando sus manos con cierto
nerviosismo. Quien le interesaba era Huber Matos, a al que, mirándolo con
rostro serio, le manifestó su necesidad de hablar a solas con él. Ni bien
terminó de decir eso, mandó desalojar el avión, incluyendo al jefe de la
custodia y le dijo a Huber que lo acompañara de regreso al interior.
Subieron
ambos la escalerilla y una vez dentro del aparato, se sentaron en dos butacas
de la parte anterior, para iniciar el diálogo:
-Huber,
lo que te diré probablemente te sorprenda. Tenemos algunos problemas serios en
la jerarquía revolucionaria. Pienso que no hemos tenido mucho acierto en la
designación de los mandos. Creía que teníamos hombres capaces para asumir las
más altas responsabilidades, pero no es así.
Y tras
una pausa continuó:
-Sí,
estamos u poco escasos en ese campo. Te voy a poner un ejemplo: es el caso de
Camilo, jefe del ejército. Tú lo conoces, es un hombre extraordinariamente
bueno, exuberante, simpático, con un imán muy especial para ganarse a la gente.
Al pueblo le cae de maravilla; pero Camilo no es el hombre para esa función. Es
muy desordenado y bohemio, con él nunca vamos a tener lo que se dice un
verdadero Estado Mayor. Sin embargo, no lo podemos cambiar, sus méritos
revolucionarios y su ascendencia sobre la tropa y los civiles son un
impedimento serio como para moverlo de ese cargo. Pienso que en lugar de Camilo
hubiera funcionado mejor el Che; pero es argentino. Es más inteligente, tiene
aplomo, es más organizado. El Che le pone la cabeza a las cosas aunque a veces
descuida aspectos que deberían tomarse en cuenta. En los primeros días del
triunfo, cuando se hizo cargo de la Fortaleza de La Cabaña, se rodeó de
comunistas. Prácticamente tenía allí un politburó. Iban los periodistas y observaban cosas extrañas.
¿Qué hacían los comunistas en un ir y venir por la oficina del Che? Tú sabes el
daño que esto nos hace y lo negativo que puede ser para la imagen de la
Revolución, tanto interna como externamente. Tampoco el Che serviría para el
cargo, cojea del lado izquierdo.
Matos
escuchaba en silencio, casi sin emitir sonido.
-Bien –
continuó Fidel-, Raúl y yo creemos que tienes que ir pensando un poco en esto.
Tu trabajo aquí, en Camagüey es transitorio. Eres hoy, para mí especialmente,
el tercer hombre de la dirigencia revolucionaria. Después de mí está Raúl, pero
detrás de Raúl vienes tú. Hay otros comandantes que tienen méritos pero les
falta capacidad. Por ejemplo, ahí está Juan Almeida, un luchador valioso… Y
como él hay muchos de valor probado en la guerra. Sin embargo, no tienen el
entrenamiento necesario para dirigir y menos para resolver los constantes
problemas que se presentan en un proceso como el nuestro. Por eso es bueno que
tengas muy presente lo que te estoy diciendo. Ahora eres el jefe de una
provincia que gracias a tu trabajo anda muy bien; pero éste no es tu puesto ni
tu lugar definitivo.
Huber
intentaba dilucidar qué era lo que Castro quería decirle.
-Has
visto, Huber, la magnitud del problema y como estimo tu participación en el
proceso revolucionario. De manera que te aconsejo que, cada vez que puedas
hacerlo, viajes a La Habana y te pongas al tanto de la marcha de muchos asuntos
en los que después tendrás que intervenir.
-Fidel
–dijo Matos-, he tratado de cumplir mi deber como revolucionario sin
pretensiones de hacer la carrera política. Pero si puedo ser útil en la forma
que tú dices, estoy dispuesto a servir aquí o donde sea necesario. Tú sabes que
mi intención es regresar a la enseñanza cuando ya no haga falta en el ejército.
-Olvídate
de tu profesión – respondió riendo Fidel. Y ahí mismo dio por terminada la
conversación2.
¿A
dónde apuntaba Castro con esta conversación? ¿Qué era lo que insinuaba?
Matos
no pudo definirlo aunque creyó percibir algo. Aún así, quedó extremadamente
desorientado y esa era la sensación que experimentaba cuando el máximo líder de
la revolución partió de regreso a La Habana.
Mientras
tanto, en La Cabaña, comenzaban los juicios populares que llevarían al cadalso
a decenas de condenados.
Una de las primeras medidas que adoptó el Che ni bien entró en fortaleza, fue organizar la Comisión de Depuración destinada a castigar los crímenes del régimen depuesto y para dirigirla nombró a Miguel Ángel Duque de Estrada, quien en su condición de abogado, estaba empapado en cuestiones legales y conocimientos de índole jurídicos.
| Fidel Castro y Huber Matos mantuvieron una extraña conversación en el aeropuerto de Camagüey |
Una de las primeras medidas que adoptó el Che ni bien entró en fortaleza, fue organizar la Comisión de Depuración destinada a castigar los crímenes del régimen depuesto y para dirigirla nombró a Miguel Ángel Duque de Estrada, quien en su condición de abogado, estaba empapado en cuestiones legales y conocimientos de índole jurídicos.
Como
sostiene Fernando Díaz Villanueva en su artículo “Terror en La Cabaña”, el viejo bastión español era el emplazamiento ideal
para ajustar cuentas. Estaba en la capital, pero a prudencial distancia del
centro. Disponía de dependencias adecuadas para servir a un tiempo de cárcel,
de tribunal y de cadalso y en simultáneo, era un cuartel, detalle que les
permitiría a los militares despachar sus asuntos de manera privada, en su
interior3.
Tras
acondicionar un ambiente en la propia fortaleza, según hemos dicho, el Che
instaló allí sus oficinas y convocó a una rueda de prensa para informar sobre
la puesta en marcha de los procesos. Había que “impartir justicia y depurar las fuerzas
armadas de los elementos batistianos que tuviesen las manos manchadas de
sangre”4.
Poco
tiempo después, comenzaron los juicios.
Había más de un millar de prisioneros
de guerra. Constantemente llegaban más, y muchos no tenían expediente. De
algunos ni siquiera conocíamos los nombres. Pero teníamos una tarea que
cumplir, que era sanear el ejército vencido. El Che siempre había tenido claro
la necesidad de sanear el ejército e imponer justicia a los criminales de
guerra convictos5.
Como
Guevara era inexperto en materia de leyes, el gobierno le proveyó algunos
letrados para que lo asesorasen, pero les prestó muy poca atención cuando
intentaron asesorarlo. “No hace falta hacer
muchas averiguaciones para fusilar a uno. Lo que hay que saber es si es
necesario fusilarlo. Nada más”, le dijo a Duque de Estrada dos días antes de
comenzar la tarea.
Las listas de ejecutados por el
Che, difieren de acuerdo a las fuentes. La que Nicolás Márquez reproduce en su
libro, menciona entre los primeros en ser pasados por las armas a Mario Ares
Polo y Demetrio Clausell, pero se trata de un error porque, según el autor, fueron
ejecutados el 2 de enero de ese año, cuando, tal como hemos visto, el argentino
llegó a La Habana en la madrugada del día 3. Tampoco son factibles los
fusilamientos que menciona en esa fecha como en la siguiente (3 y 4 de enero)
porque hasta que se organizaron los tribunales, pasaron un par de días.
Los sitios www.futurodecuba.org y
“Che, más mito que realidad”, incluyen entre los ejecutados en La Cabaña, diez
nombres que Márquez no señala: José Tin, Francisco Travieso, Leonardo Trujillo,
otro Trujillo del que no aporta el nombre, Lupe Valdés, Marcelino Valdés,
Antonio Valentín, Manuel Vázquez, un tal Verdecia y Dámaso Zayas6.
Por su parte, en “Che
Guevara, el verdadero rostro de Ernesto Guevara de la Serna”, publicado el 21
de octubre de 2007, vemos
algunos individuos que en las otras listas no aparecen, tal el caso de Ramón
Alba Moya, supuestamente fusilado el 3 de enero de 1959 y Arturo Pérez Pérez,
el 21 del mismo mes.
El Che aplicó un método perverso, destinado a ablandar a los detenidos: se los sometía a interrogatorio durante las noches, que era cuando, según su opinión, la resistencia moral se debilitaba y ofrecía menos resistencia y se los llevaba a juicios de madrugada. Según Anderson, los procesos comenzaban a las 21.00 y por lo general, se llegaba a un veredicto entre las 02.00 o 03.00 de la madrugada.
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| Fusilamiento de Alejandro Rodríguez Olayón, jefe de Policía Marítima de Cienfuegos |
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| Su tiro de gracia a cargo de René Rodríguez Cruz |
El Che aplicó un método perverso, destinado a ablandar a los detenidos: se los sometía a interrogatorio durante las noches, que era cuando, según su opinión, la resistencia moral se debilitaba y ofrecía menos resistencia y se los llevaba a juicios de madrugada. Según Anderson, los procesos comenzaban a las 21.00 y por lo general, se llegaba a un veredicto entre las 02.00 o 03.00 de la madrugada.
Otra de sus tácticas, fueron los
simulacros de fusilamiento, es decir, conducía a los acusados hasta el paredón
y ordenaba al pelotón dispararles sin municiones. El “ejecutado” caía en una
crisis nerviosa y para evitar pasar por la misma situación, se inculpaba de lo
que fuera.
Es cierto que los acusados eran
responsables de crímenes contra la población, pero se trataba, por lo general
de oficiales de baja graduación, suboficiales, soldados y colaboradores
(incluso se llevó al estrado a alguna que otra mujer), ya que la mayoría de los
peces gordos habían huido o se hallaban escondidos. Pero también trascendieron
versiones según las cuales, también fueron pasados por las armas, elementos
incómodos al nuevo régimen aunque para ello, faltaba un tiempo todavía.
Anderson explica que tanto el Che
Guevara como Duque de Estrada ocupaban la presidencia del tribunal, el primero
en su calidad de fiscal supremo y el segundo como encargado de reunir las
pruebas, tomar declaraciones y guiar los procesos hasta que su superior emitía
el veredicto8.
El Che solía consultarlo pero la
decisión final la tomaba él. Según Duque de Estrada, estuvieron de acuerdo en
todo, salvo alguna que otra excepción y eso les permitió llevar al paredón a
unas cincuenta y cinco personas en los primero tres meses, aunque las cifras
parecen haber sido mayores.
La película Che!, reproduce
el momento en que un sacerdote católico, a quien acompaña el hermano de un
condenado, acuden al despacho de Guevara en La Cabaña, para pedir clemencia.
Mientras afuera se escuchan las descargas del pelotón de fusilamiento, Faustino
Morales intenta apoyar los ruegos del clérigo, quien en un determinado momento
suplica:
-Por favor comandante, detenga
esta carnicería.
A lo que el Che, furioso, responde
yendo hasta un pequeño televisor encendido en un rincón de la habitación, en el
que se ve a donde Castro gesticulando mientras le habla a la multitud.
-¡¿Quiere que esa turba haga
justicia?! – le pregunta al religioso. Y luego añade -¡Al condenar a los
culpables estoy evitando una carnicería!
Inmediatamente después, cuando
Morales y los otros dos personajes se retiran, el Che le alcanza una parva de
sentencias recién firmadas a uno de sus asistentes, para que se le de
cumplimiento inmediato. Luego, tomando otra y con tono de duda, dice:
-Con respecto a estas…, no estoy
tan seguro.
Fernando Díaz Villanueva, en
cambio, sostiene que la mayoría de los condenados eran gente inocente y que
Guevara apenas miraba alguno que otro expediente ya que a todos los rubricaba
sin pestañar.
La declaración del fiscal, oficial investigador en la terminología revolucionaria, constituía una prueba irrefutable y era el paso previo a la condena definitiva, sobre la que no cabía apelación. Acto seguido, el expediente pasaba al despacho del comandante, que lo firmaba sin pestañear, básicamente porque ni siquiera los miraba.
Entre los meses de
enero y marzo de 1959, Ernesto Guevara de la Serna no hizo otra cosa más que
firmar sentencias de muerte, unas veinte diarias, 1.892 en total. La gran
mayoría de los condenados eran inocentes, y de entre los culpables ninguno
cometió un delito tan grave que justificase una pena semejante9.
El contador Orlando Borrego, a
cuyo cargo estaba la economía de la fortaleza, fue designado para presidir uno
de los tribunales. Sobre los juicios y los fallos, recordaría años más tarde:
Era difícil porque nosotros no teníamos una formación, digamos,
jurídica. Ahí lo que primaba era el sentido de la moral, uno de la moral
revolucionaria y otro de la justicia, de que no se fuera a cometer ninguna
injusticia. En eso el Che era sumamente cuidadoso… Por golpear a un preso y
eso, no se fusilaba a nadie, pero ya cuando había torturas muy fuertes y
asesinatos y muertes, ya ahí sí eran condenados a muerte… Ahí se analizaba todo
el expediente, se veían todos los testigos, venían los familiares del muerto o
del torturado, o venía el torturado, y en el tribunal revelaba todas las
torturas que había recibido, mostraba su cuerpo10.
Debemos tomar en cuenta que estas
afirmaciones provienen de alguien que tuvo parte en la cuestión y por ello, su
opinión puede estar viciada de parcialismo.
Según algunos estimados, las
muertes en La Cabaña, durante el año 1959, llegaron a ochenta, cincuenta y
cinco de ellas en los primeros tres meses y diez días, dieciocho en ausencia
del Che (entre el 4 de junio y el 8 de septiembre de) y siete más a su regreso (8 de
septiembre al 26 de noviembre)11.
Las cifras de personas ejecutadas por Guevara fluctúan de
acuerdo a las fuentes, según hemos dicho. Las de Nicolás Márquez y otros
autores superan ampliamente ese número, alcanzando entre 134 y 150 ajusticiados
a lo largo de todo el año y solo en La Cabaña, en tanto exiliados,
historiadores y la embajada de los Estados Unidos en Cuba, las elevan a 200,
500 y 700.
Claude Julién de “Le Monde”, habla en Révolutión cubaine (Julliard, París, 1961) de doscientas personas, “…criminales de hecho que han asesinado con sus propias manos”. El profesor de Economía, Armando Lago, por su parte, elaboró una lista de 179 nombres. El recordado padre Iñaki de Azpiazu habló a su vez, de 700 y Herbert Matthews en su biografía de Fidel Castro (Seuil, Paris, 1970, p. 179), dice que fueron seiscientas. Para él, como para Julién, ninguno era inocente y al igual que Fidel Castro, refiere que nadie en el mundo y mucho menos en Estados Unidos, dijo nada cuando los crímenes perpetrados por el batistato.
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| Manzanillo, 18 de enero de 1959. Un sacerdote brinda los últimos auxilios al cabo José C. Rodríguez acusado por la muerte de dos hombres |
Claude Julién de “Le Monde”, habla en Révolutión cubaine (Julliard, París, 1961) de doscientas personas, “…criminales de hecho que han asesinado con sus propias manos”. El profesor de Economía, Armando Lago, por su parte, elaboró una lista de 179 nombres. El recordado padre Iñaki de Azpiazu habló a su vez, de 700 y Herbert Matthews en su biografía de Fidel Castro (Seuil, Paris, 1970, p. 179), dice que fueron seiscientas. Para él, como para Julién, ninguno era inocente y al igual que Fidel Castro, refiere que nadie en el mundo y mucho menos en Estados Unidos, dijo nada cuando los crímenes perpetrados por el batistato.
Tras toda una noche de testimonios e interrogatorios, los
jueces dictaban sentencia. Los condenados eran sacados en horas de la
madrugada, puestos de espaldas contra la pared y fusilados, la mayoría de las
veces de a cuatro. Luego, se les pegaba el tiro de gracia y se entregaba los
cuerpos a sus deudos. Si los mismos no eran reclamados, iban a una fosa común.
Un documental oficial cubano que hace referencia a los
fusilamientos en La Cabaña, comienza mostrando el águila del monumento al
“Maine”, luego se refiere a la campaña de la prensa norteamericana contra los
tribunales revolucionarios y enseguida pasa a mostrar imágenes de algunos
juicios, uno de ellos el del torturador Ramón Calviño, un hombre alto, apuesto,
de ojos claros, capturado en Playa Girón en 1961. Una mujer vestida de uniforme
lo increpa y muestra pruebas de sus crímenes mientras el acusado asiente
tímidamente, sin pronunciar palabra. La testigo habla de los golpes y las
patadas que Calviño le propinó por todo el cuerpo y muestra como prueba unas
prendas de vestir.
Continúan escenas en otro lugar, en las que algunos
combatientes revolucionarios exponen elementos utilizados para flagelar,
cráneos de víctimas y huesos. Luego se ve a Batista vestido de blanco, junto a
varios oficiales, todos sonrientes, mientras inspeccionan unas armas. Como
sonido de fondo se siente el testimonio de otra víctima de Calviño, un hombre
en este caso, sobre cuya voz se superpone el llanto de otra mujer que grita:
-¡¡Te vi, delante de mi lo mataste a tiros y después te
reíste de cómo se moría!!
El acusado intenta hablar pero la aludida no lo deja.
-¡¡En Avellaneda número 106, el seis de octubre a las siete
de la noche!!
Calviño intenta hablar pero no puede.
-¡¡Y dime que no –grita la mujer- dime que no, te sentaste a
contarme como lo habías matado, dime que no!! ¡¡Dímelo, Calviño!!
-No... no puedo contestarle – alcanza a balbucear el acusado.
“Contra individuos como
estos - dice la voz en off - se
dicta la pena capital”. Luego, mientras se suceden imágenes de los juicios,
el relator sigue con su guión, aclarando que solo fueron ajusticiados aquellos
sicarios que habían cometido aberraciones. Mientras lo hace, aparece en imagen
el teniente Enrique Despaine, verdugo de raza negra, responsable de 53
asesinatos. Y luego, intenta mostrar el lado bueno de la justicia
revolucionaria, hablando de aquellos que los tribunales liberaron por falta de
mérito. “Miles de soldados y miembros de
la policía del régimen son puestos en libertad”, aclarando que varios
funcionarios del batistato terminaron condenados a prisión. Lo más destacado es
la parte referida al hermano del dictador fugitivo. “Este personaje, disfrazado de rebelde es Hermelindo Batista, hermano
del dictador. Al igual que muchos simpatizantes del régimen, se le deja en
libertad”. En realidad, Batista no había cometido ningún delito salvo, ser
hermano del presidente depuesto, de ahí que, no habiéndose encontrado nada en
su contra, quedase exonerado.
Aquellos primeros juicios en La Cabaña parecieron apuntar a
quienes, realmente, habían cometido aberraciones. Sin embargo, en los años siguientes,
la cosa iba a cambiar.
Cuando lo que ocurría en la añeja
fortaleza hispana trascendió los gruesos muros que la rodeaban, la prensa del
mundo se hizo eco y comenzó a hablar de juicios y ejecuciones que implicaban a
elementos que parecían chocar con el nuevo régimen. Entonces Fidel Castro
convocó a una reunión masiva frente al palacio presidencial, para explicar la
necesidad de talas prácticas. La gente no solo le manifestó su apoyó sino que
le exigió más dureza aún.
El Che, complacido
por el espontáneo refrendo de la masa revolucionaria, continuó con sus labores.
El derecho romano desapareció por completo en las diez hectáreas del fuerte.
Suprimieron el habeas corpus y pasó a aplicarse la llamada
"ley de la sierra", según la cual había que juzgar sin consideración
de principios jurídicos generales. La declaración del fiscal, oficial investigador en la terminología revolucionaria,
constituía una prueba irrefutable y era el paso previo a la condena definitiva,
sobre la que no cabía apelación. Acto seguido, el expediente pasaba al despacho
del comandante, que lo firmaba sin pestañear, básicamente porque ni siquiera
los miraba12.
La
oleada de ejecuciones siguió adelante. El 10 de enero de 1959, Raúl Castro sacó
de las cárceles a setenta soldados batistianos, los hizo cavar una profunda
fosa en las afueras de Santiago y los mandó ametrallar. En La Cabaña, los
hermanos César y Víctor Nicolarde Rojas, miembros del escuadrón de los “tigres”
de Masferrer, fueron llevados a juicio popular.
Al
momento de la sentencia, el Dr. Fernando Aragoneses Cruz, fiscal local,
preguntó a la multitud presente en el recinto, si debía dejar en libertad a los
acusados.
-¿Merecen
los hermanos Nicolardes la libertad?
-¡¡Nooooo!!
– aulló la audiencia.
-¿Merecen
la prisión con la esperanza de que algún día puedan ser útiles a la sociedad?
-¡¡Noooo!!
-¿Deben
ser fusilados como castigo ejemplar para todas las generaciones futuras?
-¡¡Siiiií!!
-Esta
es, damas y caballeros, la petición de la ciudadanía, a quién represento en
esta ocasión – dijo entonces Aragoneses mirando al periodismo y la asamblea.
Sin
perder tiempo, los hermanos Nicolarde fueron llevados al paredón y fusilados
inmediatamente.
Algunas
fuentes mencionan también a Alberto Nicolarde Rojas (el apellido figura a veces
Nicolardes). Márquez no lo incluye. Posiblemente haya sido ajusticiado en
Manzanillo. Otras hablan de Alfredo y Elizardo Nicolarde Rojas, ejecutados
junto a César y Víctor; otras, como Circuito Sur, mencionan a Alfredo y a
Víctor, fusilados en La Cabaña el 7 de enero y a Elizardo, pasado por las armas
en Manzanillo el 14 de agosto de 1967, pero no nombran ni a Alberto ni a César14.
Todo muy confuso.
La
cantidad de ajusticiados, según se ha dicho, varía de acuerdo a la fuente y la
tendencia de quien escribe, pero sin ninguna duda, las ejecuciones debieron ser
numerosas y repercutieron fuertemente en la opinión pública nacional e
internacional.
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| Ramón Calviño |
Anderson hace referencia a lo mal que cayó en el
círculo íntimo del Che su papel de juez implacable. Su padre prefirió no hacer
mención del asunto, lo mismo su familia, pero el grupo de amistades no fue tan
cínico como para mirar al costado.
“Mandé un telegrama a La Cabaña y me costó
cinco dólares –diría
Tatiana Quiroga años después- Lo recuerdo
porque para un estudiante era mucho dinero, pero gasté los cinco dólares para
felicitarlo. Entonces vinieron las muertes de La Cabaña, y le digo que nunca me
había sentido tan mal por haber gastado cinco dólares en ese telegrama. Me
quería morir”15. Algo parecido sintió el Dr. David Mitrani, su
colega en el Hospital General de México.
Por
aquellos días, Urrutia creyendo que realmente era el presidente de Cuba,
intentó mediar ante Fidel Castro para detener las ejecuciones. Grande debió ser
su sorpresa cuando aquel, ignorando su pedido, expidió un decreto modificando
la Constitución de 1940, para incluir la pena de muerte. Fue el primer indicio
que el mandatario tuvo con respecto a su situación y su futuro al frente del
gobierno revolucionario.
Los
fusilamientos continuaron, no solo en La Cabaña sino también en La Habana,
Santiago de Cuba y otros puntos del país.
“Hemos fusilado y seguiremos fusilando
mientras sea necesario. Nuestra lucha es una lucha a muerte” bramaría el
Che algunos meses después en el recinto de las Naciones Unidas, demostrando que
la revolución que encabezaba con Castro, estaba dispuesta a llegar hasta las
últimas consecuencias en caso de ser necesario.
Que no
todo era tan limpio y justo en La Cabaña lo demuestra la extraña presencia de
Herman Marks, el voluntario estadounidense que había combatido en la sierra,
integrando los pelotones de fusilamiento. ¿Qué hacía allí ese norteamericano a
quien el Che en persona había expulsado de las filas guerrilleras en Camagüey?
¿Quién era realmente?
En un
testimonio del combatiente cubano Roger Redondo González, encontramos la
respuesta16. Según dice en ella, los lugartenientes de Guevara en la
Columna Nº 8, al momento de partir de la sierra, eran Ramiro Valdés y Herman
Frederick Marks. Durante la marcha hacia el Escambray, más precisamente en los
alrededores de Ciego de Ávila, este extraño personaje resultó herido. Estuvo
convaleciente un tiempo y una vez recuperado, se reincorporó a las filas
revolucionarias para continuar el avance hacia La Habana.
Según
Orlando Borrego, Marks era un sádico que durante la marcha en la sierra,
disfrutaba tomando parte en los fusilamientos y se ofrecía siempre a
integrarlos. Hablaba muy mal español y era en extremo abusivo con la tropa.
Una
cosa curiosa es que ni bien llegó al Escambray, al Che Guevara le molestó mucho
la presencia de otro norteamericano, el ya mencionado William Morgan, quien
tiempo después estaría al frente de la base naval de Cienfuegos, a las órdenes
de Batista. Le molestaba Morgan pero no decía nada de Marks. En este punto es
bueno aclarar que no eran los únicos estadounidenses que combatían en las filas
rebeldes y se sabía que militares de esa nacionalidad, proveían armamento desde
Guantánamo, pero al argentino le molestaba sobremanera la presencia de aquel.
Tras el
triunfo de la revolución, Marks volvió a aparecer. Todo parece indicar que el
Che había olvidado su decisión de expulsarlo de la columna y no solo lo aceptó
nuevamente, sino que le restituyó su grado de capitán y lo puso al frente de
los pelotones de fusilamiento.
A Marks
le fascinaba esa tarea. Una vez los reos puestos de espaldas contra la pared,
se lo escuchaba aullar en su deficiente español: “¡¡Pelotón, atención, preparen, apunten, fuego!!17.
¿Qué
hacía Guevara con una persona de esa calaña en sus filas? ¿Cuál era la opinión
de sus hombres con respecto a aquel sádico?
…la actitud del
capitán Herman Marks era repugnante y era repudiada por el resto de los
soldados rebeldes. Herman Marks no daba el tiro de gracia para evitar el
sufrimiento de alguna persona, que había quedado con vida, después de ser
pasada por las armas. Herman Marks les vaciaba todos los tiros de su pistola en
la cara18.
En
cierta oportunidad, un condenado a muerte le solicitó a aquel verdugo que al
momento de pegarle el tiro de gracia, tuviese el cuidado de no desfigurar su
rostro, así su madre podría verlo al momento de ser velado. Una vez pasado por
las armas, Marks se acercó al cuerpo y le vació en el rostro el cargador de su
revólver y cuando se le acabaron las balas, volvió a recargarlo para vaciárselo
por segunda, dejándolo completamente desfigurado19.
Aquel
hecho circuló en La Cabaña y el rechazo de la tropa por el norteamericano, se
hizo unánime. Poco después, Marks se casó con su compatriota, la periodista
Jean Secón y para ello, organizó una gran recepción en la fortaleza. Para su
desazón, nadie asistió excepto Guevara y su asistente, el fiscal Antonio Suárez
(apodado “charco de sangre”) y solo estuvieron unos minutos, al percatarse de
los ánimos que imperaban contra el estadounidense20.
Si el Che era tan justo y ecuánime a la hora de hacer justicia ¿por qué tenía a un individuo de semejante catadura en sus filas, un maníaco criminal que para mayor desconcierto de su gente, era norteamericano? La pregunta carece de respuesta, pero lo cierto es que en los meses siguientes, las ejecuciones continuaron, lo mismo los arrestos y los apremios.
Si el Che era tan justo y ecuánime a la hora de hacer justicia ¿por qué tenía a un individuo de semejante catadura en sus filas, un maníaco criminal que para mayor desconcierto de su gente, era norteamericano? La pregunta carece de respuesta, pero lo cierto es que en los meses siguientes, las ejecuciones continuaron, lo mismo los arrestos y los apremios.
Entre
los nombres que diferentes autores han divulgado con sus listas de fusilados,
destacan dos mujeres, Lupe Valdés Barbosa, ejecutada el 22 de marzo y Gertrudis
Castellanos, el 7 de mayo, así como el de un menor de edad, Ariel Lima Lagos,
ajusticiado el 1 de agosto del mismo año.
Las cárceles comenzaron a llenarse de opositores, disidentes,
incautos y el elemento que menos pudiera imaginarse, homosexuales y lesbianas,
por quienes Fidel Castro, Ramiro Valdés y sobre todo, el Che Guevara, sentían
verdadera repulsión.
Uno de
los relatos más crudos de aquellas ejecuciones lo tomamos de fray Javier
Arzuaga, el capellán franciscano español de La Cabaña:
…había 800 hombres hacinados en un espacio pensado
para no más de 300: militares batistianos o miembros de algunos de los cuerpos
de la policía, periodistas, empresarios o comerciantes21.
Vemos
entonces, que además de sicarios del batistato, de asesinos y torturadores,
había también hombres de prensa, hombres de negocios y hasta simples
trabajadores, acusados de haber apoyado a la “tiranía”. Sigamos con el relato
del ex religioso.
El
juez no tenía por qué ser hombre de leyes; sí, en cambio, pertenecer al ejército
rebelde, al igual que los compañeros que ocupaban con él la mesa del tribunal. Casi todas las vistas de apelación estuvieron
presididas por el Che Guevara. No recuerdo ningún caso cuya sentencia fuera
revocada en esas vistas.
Todos los días yo visitaba la «galera de la muerte», donde permanecían los
prisioneros desde que eran sentenciados a muerte. Corrió la voz de que yo
hipnotizaba a los condenados antes de salir para el paredón y que por eso se
daban tan fáciles las cosas, sin escenas desagradables, y el Che Guevara ordenó
que nadie fuera conducido al paredón sin que yo estuviera presente. Asistí a 55
fusilamientos hasta el mes de mayo, cuando me fui. Eso no quiere decir que no
se siguiera fusilando. Herman Marks era un americano, se decía que era prófugo
de la Justicia. Lo llamábamos «el carnicero» porque gozaba gritando «pelotón,
atención, preparen, apunten, fuego».
Conversé
varias veces con el Che para interceder por determinadas personas. Recuerdo
bien el caso de Ariel Lima, que era menor de edad, pero
fue inflexible. Lo mismo
puedo decir de Fidel Castro, a quien acudí también en dos ocasiones. Yo estaba
muy traumatizado y a fines de mayo me sentía tan mal que me ordenaron abandonar
la parroquia de Casa Blanca, dentro de cuyos límites se encontraba La Cabaña y
donde yo había celebrado misa en los últimos tres años. Me fui a México para un
tratamiento. Cuando nos despedimos, el Che Guevara me dijo: “Hemos fracasado
los dos. Cuando nos quitemos las caretas, seremos enemigos frente a frente”22.
Ahí
mismo, en La Cabaña, se llevó adelante el multitudinario juicio
televisado contra el coronel Jesús Sosa
Blanco, un militar de combate, ajeno a los asesinatos y las torturas.
Junto a él, fueron procesados y condenados a muerte su par en el rango,
Pedro Martínez Morejón y el teniente coronel Ricardo Luis Guerra. Dijo
Sosa durante una de aquellas multitudinarias seciones en el Palacio de
los Deportes (hoy Ciudad Deportiva):
-Esto es un circo romano –dijo el oficial en su alegato- aquí
me están juzgando en un circo romano. Sí, yo maté personas, pero las maté en
combate, porque me estaban tirando y yo tiraba también, nos estábamos matando
mutualmente23.
El ex
religioso Arsuaga recordaría esos hechos muchos años después. Refiriéndose a
Sosa Blanco manifestó:
Así sucedió en realidad,
él dijo esas frases allí. Para mí lo más impresionante de ese juicio era el
saber que iban a juzgar a tres condenados. Y
lo más impresionante fue que llevaron un grupo grande de testigos, para que
dijeran todo lo que ellos habían visto una noche del 12 de octubre de 1957 en
que Sosa Blanco recién llegado a la Sierra Maestra es emboscado por los
guerrilleros de la Sierra Maestra y naturalmente, se defiende. Algunos guajiros
testigos de aquello fueron llevados a La Cabaña, para que preparan su testimonio,
era realmente dramático verles los días antes del juicio, como les dictaban las frases que
tenían que repetir. Pero se toparon en el
juicio con un abogado Dacosta que en realidad les viró la tortilla, porque
comenzó a preguntarles a esos guajiritos en un lenguaje que ellos no entendían,
en una interlocución que ellos no podían conseguir24.
Sobre
el asesinato del menor Ariel Lima, el relato del sacerdote es estremecedor:
Ariel
Lima fue condenado a muerte, lo mantuvieron como una semana en la galera de la
muerte, apenas hablaba, vivía enajenado, vacio de si mismo, perdida la mirada,
como ausente de lo que le estaba pasando, los demás prisioneros lo veían tan
niño, tan solo, tan necesitado, le prometí que hablaría con Ernesto Che Guevara
e intercedería por él.
Fui
a hablar con Ernesto Che Guevara y él me dijo que eso lo decidía el Tribunal de Apelaciones quien decidía
eso y me preguntó por qué debía anular la sentencia.
Le
dije:
-
Por dos razones, una por sentimiento humano por sus solo 16 años, la segunda
por sagacidad política, porque al otro día de la muerte de este niño, la prensa
mundial, en Estados Unidos, América Latina y Europa hablaría de que la
revolución cubana carecía de sentimientos y que juzgaba por igual a adultos que
a menores y que esto muy poco beneficiaría a la revolución.
Inútil, a más compasión que se le pedía al Che, con más
crueldad respondía.
En
la vista se decidiría.
Fui
a la vista de apelaciones, el Che sabía por qué estaba allí. La vista apenas duró media hora… ratificada la sentencia, sería
fusilado aquella misma noche.
Cuando
terminó me vio en la puerta saliendo con su comitiva, me dio un saludo y salió.
En
su camino a la Comandancia… una mujer corrió al frente de ellos y se postró en
el suelo delante de todos ellos. Alguien le dijo:
-
Es la madre de Ariel Lima…
Le
dijo con cinismo:
-
Le recomiendo que hable con el padre Javier Arsuaga, es un maestro consolando.
Me
miró y en tono burlón me dijo:
- Es suya.
Le
ayudé a levantarse del suelo y le aconsejé que se retirara a su casa, le dije:
-
Señora trate de superar su tragedia y de seguir viviendo sin su hijo,
encomiéndese a Dios.
Nunca
más vi a esa mujer…
Esa
noche odié al Che25.
Lo
terrible de Ariel Lima fue la causa de su muerte. El muchacho había sido
apresado por el ejército de Batista, por revolucionario. Los esbirros del
régimen habían dado con él después de una gran redada y lo llevaron al cuartel
de policía, para torturarlo de manera salvaje.
Viendo
que se negaba a dar información (no quería delatar a sus compañeros), le
llevaron un día a su madre y en su presencia, comenzaron a manosearla y
desnudarla con la intención de violarla. Percatándose de lo que estaba por
suceder, el muchacho se quebró y habló. Dio los nombres de sus compañeros de
célula y los domicilios donde podían ser encontrados y eso fue lo que acabó por
condenarlo.
Nunca
más salió de la fortaleza y allí se encontraba cuando se produjo el triunfo de
la revolución. Entonces llegó el Che para hacerse cargo y tras leer su expediente,
llegó a la conclusión de que Lima era un delator, responsable de numerosos
asesinatos y sin más que decir, lo condenó a muerte. Lo hizo conducir hasta La
Cabaña, lo sometió a un simulacro de juicio y ordenó su ejecución.
…había traicionado a sus compañeros y
entonces de ahí, lo enviaron a La Cabaña.
No era ni de uno ni de otros, estaba solo, no
tenia amigos, era una tristísima figura y estaba tan enajenado... que no se daba cuenta que lo estaban fusilando26.
El del
capitán José Castaño, hombre extremadamente culto, que dominaba cinco idiomas,
fue otro caso de extrema crueldad. Él no había participado jamás en ningún
crimen, ni asesinato, ni secuestro, ni torturas, solo era un experto en materia
de infiltración comunista en el continente y eso a Guevara le molestaba. El
haber sido designado para encabezar la oficina de contención contra la
penetración de esa ideología en la isla fue lo que selló la suerte de aquel
desgraciado. Su tarea se limitaba a reunir documentación probatoria de esa
infiltración, analizarla y clasificarla; como dice Javier Arzuaga, no se lo
perdonaron y al no hallar nada contra él, le plantaron una testigo falsa para
acusarlo falsamente de intento de violación, una mujer que en otra oportunidad
testificó contra el artista plástico Manuel Fernández, aduciendo burdas
mentiras.
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| Jesús Sosa Blanco durante el juicio |
Al Che
le interesaba sobremanera eliminar a Castaño porque había reunido mucho
material contra elementos del PSP y la izquierda en general y logró sacarla de
Cuba antes de que la revolución se hiciese del poder.
Durante
el juicio de apelación, se pidió la conmutación de su condena pero el Che
Guevara, allí presente, se opuso terminantemente ordenando su ejecución.
Se dice
que hasta el mismo Duque de Estrada intentó detener la condena y para ello
intentó persuadir al padre Arzuaga, pidiéndole que lo acompañara a ver a Fidel
Castro
Salieron corriendo ambos hacia donde
el hombre fuerte de Cuba daba uno de sus interminables discursos y una vez
allí, aguardaron parados a un costado hasta que finalizara.
Aprovechando un intervalo, ambos se le
acercaron y le comentaron lo que estaba sucediendo pero como en esos momentos
Fidel estaba en una suerte trance, los típicos trances que le agarraban cuando
pronunciaba palabras sus arengas, solo les respondió: “¡Está bien, está bien!” y de ahí no pasó. Era lo que necesitaban. Salieron ambos a toda
velocidad para intentar detener el fusilamiento pero al llegar a La Cabaña, se
encontraron con la desagradable novedad de que Castaño ya estaba junto al muro,
listo para ser ejecutado.
Duque de Estrada y el padre Arzuaga,
se presentaron ante el Che, diciéndole que Fidel había mandado detener la
ejecución (lo cual no era cierto), pero aquel se mantuvo firme y ordenó seguir
adelante.
Castaño fue pasado por las armas esa
misma noche, después de rezar un Padre Nuestro, asistido por el religioso, pese
a no ser creyente27.
Ilustraciones
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| Tres instantáneas en las que se observa a religiosos impartiendo los auxilios espirituales a condenados |
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| William Gálvez Rodríguez (izq.) responsable de las ejecuciones en Manzanillo. En la foto junto a Camilo Cienfuegos (der.) y otro combatiente |
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| El Che Guevara recibe en persona las acusaciones |
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| El coronel Jesús Sosa Blanco durante el juicio circense al que fue sometido. Fue ajeno a las acusaciones |
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| Sosa Blanco comparece ante el tribunal |
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| Jorge "Papito" Serguera, fiscal de los tribunales revolucionarios, fue el equivalente izquierdista del feroz juez nazi Roland Freisler, histriónico, intimidante, vociferador y en extremo agresivo |
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| Un vendedor de diarios sostiene un ejemplar con las fotografías de los acusados en las afueras del Palacio de los Deportes |
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| Al igual que Sosa Blanco, también comparecieron en ese juicio el coronel Pedro Martínez Morejón y el teniente coronel Ricardo Luis Guerra. Los tres fueron condenados a muerte y fusilados |
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| "Papito" Serguera en plena actuación |
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| Dedo acusador |
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| Hasta niños y adolescentes fueron forzados a comparecer |
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| Jesús Sosa Blanco se despide de su esposa antes de ser fusilado. No había cometido ningún crimen |
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| Esta fotografía de la Guerra Civil Española bien podría representar lo ocurrido en La Cabaña |
Notas
1 La aeronave había
sido bautizada “Sierra Maestra”.
2 Huber Matos, op.
Cit, p. 308-309.
3 Fernando Díaz
Villanueva, “Terror en La Cabaña”, Libertad Digital, Temas: Historia, 2 de mayo
de 2012
(http://www.libertaddigital.com/opinion/historia/terror-en-la-cabana-1276240110.html).
4 Ídem.
5 Jon Lee Anderson,
op. Cit,
p. 370. Palabras de Miguel Ángel Duque de Estrada.
6 Che: más mito que
realidad, http://che-guevara.awardspace.com/lista_de_fusilados_por
_che.htm
7 “Che Guevara, el
verdadero rostro de Ernesto Guevara de la Serna”, 21 de octubre de 2007, Archivo cuba: www.CubaArchive.org, una iniciativa de FREE SOCIETY PROJECT, INC. P.O. BOX
529 Summit, N.J. 07902Tel. 973. 701.0520. Información extraída del
libro de Armando Lago, Ph.D. Cuba: El costo humano de la revolución
social.
8 Jon Lee Anderson, op. Cit, p. 370.
9 Fernando Díaz
Villanueva, artículo citado.
10 Tomado de Anderson,
p. 370.
11 María Werlau, “Las
víctimas olvidadas del Che Guevara: ¿Cuántos fusilamientos están documentados?,
Café Fuerte, Miami, 2 de diciembre de 2014. Extracto del libro del mismo nombre
(http://cafefuerte.com/miami/19698-las-victimas-olvidadas-del-che-guevara-cuantos-fusilamientos-estan-documentados/). La autora, directora ejecutiva de Archivo Cuba:
Proyecto de Verdad y Memoria, dice que un abogado que trabajó en La Cabaña bajo
las órdenes del Che, afirmó que por lo menos 600 fusilamientos se habían
llevado a cabo hasta finales de junio de 1959. Lamentablemente, no aporta el
nombre del letrado. Más adelante agrega que probablemente aquel profesional se
refería a las ejecuciones en toda la nación, pero la cosa no queda clara.
Archivo Cuba tendría documentadas 954 ejecuciones en toda la isla, a lo largo
de 1959, de las que 628 habrían ocurrido entre enero y junio. De acuerdo a esa
fuente, en La Cabaña habrían sido pasadas por las armas 58 personas.
12 Fernando Díaz
Villanueva, artículo citado.
13 Jon Lee Anderson,
op. Cit, p. 372. Cita
a la revista “Bohemia”.
14 Circuito Sur, http://www.aguadadepasajeros.bravepages.com/cs/fusnopq.htm
15 Jon Lee Anderson,
op. Cit, p. 373. Tatiana
Quiroga se había casado con Jimmy Roca, aquel primo de Chichina Ferreyra que
había compartido habitación con Ernesto en Miami.
16 Félix José Hernández, Herman Marks, el buitre que se
posó en el hombro de Fidel Castro, Cubamatinal, Cartas a Ofelia, 27 de junio de
2012 (http://cubamatinal.es/2012/06/27/herman-marks-el-buitre-que-se-poso-sobre-el-hombro-de-castro/).
17 Álvaro Vargas Llosa, “El
Che Guevara: una violenta, selectiva y fría máquina de matar”, La Nación, 2 de
agosto de 2005.
18 Félix José Hernández, artículo citado.
19 Ídem.
20 Ídem. Marks y su esposa regresaron a
Estados Unidos, radicándose primeramente en Miami y luego en Nueva York. En
1964, el marido tuvo un nuevo problema con la justicia al ser acusado de
amenazas obscenas. Un diario de Nueva York se ocupó del asunto. Tiempo después
se divorciaron. La ex esposa publicó una nota en una revista norteamericana, en
cuya portada aparecía la fotografía de Fidel Castro con la paloma posada en su
hombro, salvo que la misma, había sido reemplazada por un buitre con la cara de
Marks. El título del artículo era: “Herman Marks: el buitre que se posó en el
hombro de Castro”.
21 Profesor Castro, “Fusilamientos
en la Cuba de Fidel Castro”. Cita al libro de Javier Arzuaga, Cuba. 1959: la galera de la muerte, (http://profesorcastro.jimdo.com/fusilamientos-en-cuba/).
22 Ídem.
23 Ídem. Se dice que a Jesús Sosa Blanco
se le atribuyeron, por error, los crímenes del capitán Merob Sosa.
24 Ídem.
25 Ídem.
26 Ídem.
27 Ídem.
Publicado 31st August 2014 por Alberto N. Manfredi (h)

























