sábado, 17 de agosto de 2019

EJECUCIONES EN MASA


A poco de llegar de Venezuela, Fidel Castro voló a Camagüey para hablar con Huber Matos. Aterrizó en el Aeropuerto Internacional “Ignacio Agramonte” en horas de la mañana y ni bien el avión presidencial1 detuvo sus turbinas, se asomó por la portezuela y descendió presurosamente la escalerilla a cuyo pie, lo esperaba una suerte de delegación.
Apenas saludó a las personas que se encontraban allí, estrechando sus manos con cierto nerviosismo. Quien le interesaba era Huber Matos, a al que, mirándolo con rostro serio, le manifestó su necesidad de hablar a solas con él. Ni bien terminó de decir eso, mandó desalojar el avión, incluyendo al jefe de la custodia y le dijo a Huber que lo acompañara de regreso al interior.
Subieron ambos la escalerilla y una vez dentro del aparato, se sentaron en dos butacas de la parte anterior, para iniciar el diálogo:

-Huber, lo que te diré probablemente te sorprenda. Tenemos algunos problemas serios en la jerarquía revolucionaria. Pienso que no hemos tenido mucho acierto en la designación de los mandos. Creía que teníamos hombres capaces para asumir las más altas responsabilidades, pero no es así.

Y tras una pausa continuó:

-Sí, estamos u poco escasos en ese campo. Te voy a poner un ejemplo: es el caso de Camilo, jefe del ejército. Tú lo conoces, es un hombre extraordinariamente bueno, exuberante, simpático, con un imán muy especial para ganarse a la gente. Al pueblo le cae de maravilla; pero Camilo no es el hombre para esa función. Es muy desordenado y bohemio, con él nunca vamos a tener lo que se dice un verdadero Estado Mayor. Sin embargo, no lo podemos cambiar, sus méritos revolucionarios y su ascendencia sobre la tropa y los civiles son un impedimento serio como para moverlo de ese cargo. Pienso que en lugar de Camilo hubiera funcionado mejor el Che; pero es argentino. Es más inteligente, tiene aplomo, es más organizado. El Che le pone la cabeza a las cosas aunque a veces descuida aspectos que deberían tomarse en cuenta. En los primeros días del triunfo, cuando se hizo cargo de la Fortaleza de La Cabaña, se rodeó de comunistas. Prácticamente tenía allí un politburó. Iban  los periodistas y observaban cosas extrañas. ¿Qué hacían los comunistas en un ir y venir por la oficina del Che? Tú sabes el daño que esto nos hace y lo negativo que puede ser para la imagen de la Revolución, tanto interna como externamente. Tampoco el Che serviría para el cargo, cojea del lado izquierdo.

Matos escuchaba en silencio, casi sin emitir sonido.

-Bien – continuó Fidel-, Raúl y yo creemos que tienes que ir pensando un poco en esto. Tu trabajo aquí, en Camagüey es transitorio. Eres hoy, para mí especialmente, el tercer hombre de la dirigencia revolucionaria. Después de mí está Raúl, pero detrás de Raúl vienes tú. Hay otros comandantes que tienen méritos pero les falta capacidad. Por ejemplo, ahí está Juan Almeida, un luchador valioso… Y como él hay muchos de valor probado en la guerra. Sin embargo, no tienen el entrenamiento necesario para dirigir y menos para resolver los constantes problemas que se presentan en un proceso como el nuestro. Por eso es bueno que tengas muy presente lo que te estoy diciendo. Ahora eres el jefe de una provincia que gracias a tu trabajo anda muy bien; pero éste no es tu puesto ni tu lugar definitivo.

Huber intentaba dilucidar qué era lo que Castro quería decirle.

-Has visto, Huber, la magnitud del problema y como estimo tu participación en el proceso revolucionario. De manera que te aconsejo que, cada vez que puedas hacerlo, viajes a La Habana y te pongas al tanto de la marcha de muchos asuntos en los que después tendrás que intervenir.

-Fidel –dijo Matos-, he tratado de cumplir mi deber como revolucionario sin pretensiones de hacer la carrera política. Pero si puedo ser útil en la forma que tú dices, estoy dispuesto a servir aquí o donde sea necesario. Tú sabes que mi intención es regresar a la enseñanza cuando ya no haga falta en el ejército.

-Olvídate de tu profesión – respondió riendo Fidel. Y ahí mismo dio por terminada la conversación2.

¿A dónde apuntaba Castro con esta conversación? ¿Qué era lo que insinuaba?
Matos no pudo definirlo aunque creyó percibir algo. Aún así, quedó extremadamente desorientado y esa era la sensación que experimentaba cuando el máximo líder de la revolución partió de regreso a La Habana.
Mientras tanto, en La Cabaña, comenzaban los juicios populares que llevarían al cadalso a decenas de condenados.
Fidel Castro y Huber Matos mantuvieron una extraña conversación en el
aeropuerto de Camagüey

Una de las primeras medidas que adoptó el Che ni bien entró en fortaleza, fue organizar la Comisión de Depuración destinada a castigar los crímenes del régimen depuesto y para dirigirla nombró a Miguel Ángel Duque de Estrada, quien en su condición de abogado, estaba empapado en cuestiones legales y conocimientos de índole jurídicos.
Como sostiene Fernando Díaz Villanueva en su artículo “Terror en La Cabaña”, el viejo bastión español era el emplazamiento ideal para ajustar cuentas. Estaba en la capital, pero a prudencial distancia del centro. Disponía de dependencias adecuadas para servir a un tiempo de cárcel, de tribunal y de cadalso y en simultáneo, era un cuartel, detalle que les permitiría a los militares despachar sus asuntos de manera privada, en su interior3.
Tras acondicionar un ambiente en la propia fortaleza, según hemos dicho, el Che instaló allí sus oficinas y convocó a una rueda de prensa para informar sobre la puesta en marcha de los procesos. Había que impartir justicia y depurar las fuerzas armadas de los elementos batistianos que tuviesen las manos manchadas de sangre”4.
Poco tiempo después, comenzaron los juicios.

Había más de un millar de prisioneros de guerra. Constantemente llegaban más, y muchos no tenían expediente. De algunos ni siquiera conocíamos los nombres. Pero teníamos una tarea que cumplir, que era sanear el ejército vencido. El Che siempre había tenido claro la necesidad de sanear el ejército e imponer justicia a los criminales de guerra convictos5.

Como Guevara era inexperto en materia de leyes, el gobierno le proveyó algunos letrados para que lo asesorasen, pero les prestó muy poca atención cuando intentaron asesorarlo. “No hace falta hacer muchas averiguaciones para fusilar a uno. Lo que hay que saber es si es necesario fusilarlo. Nada más”, le dijo a Duque de Estrada dos días antes de comenzar la tarea.
Las listas de ejecutados por el Che, difieren de acuerdo a las fuentes. La que Nicolás Márquez reproduce en su libro, menciona entre los primeros en ser pasados por las armas a Mario Ares Polo y Demetrio Clausell, pero se trata de un error porque, según el autor, fueron ejecutados el 2 de enero de ese año, cuando, tal como hemos visto, el argentino llegó a La Habana en la madrugada del día 3. Tampoco son factibles los fusilamientos que menciona en esa fecha como en la siguiente (3 y 4 de enero) porque hasta que se organizaron los tribunales, pasaron un par de días.
Los sitios www.futurodecuba.org y “Che, más mito que realidad”, incluyen entre los ejecutados en La Cabaña, diez nombres que Márquez no señala: José Tin, Francisco Travieso, Leonardo Trujillo, otro Trujillo del que no aporta el nombre, Lupe Valdés, Marcelino Valdés, Antonio Valentín, Manuel Vázquez, un tal Verdecia y Dámaso Zayas6. Por su parte, en “Che Guevara, el verdadero rostro de Ernesto Guevara de la Serna”, publicado el 21 de octubre de 2007, vemos algunos individuos que en las otras listas no aparecen, tal el caso de Ramón Alba Moya, supuestamente fusilado el 3 de enero de 1959 y Arturo Pérez Pérez, el 21 del mismo mes.
Fusilamiento de Alejandro Rodríguez Olayón, jefe de Policía Marítima de Cienfuegos
Su tiro de gracia a cargo de René Rodríguez Cruz

El Che aplicó un método perverso, destinado a ablandar a los detenidos: se los sometía a interrogatorio durante las noches, que era cuando, según su opinión, la resistencia moral se debilitaba y ofrecía menos resistencia y se los llevaba a juicios de madrugada. Según Anderson, los procesos comenzaban a las 21.00 y por lo general, se llegaba a un veredicto entre las 02.00 o 03.00 de la madrugada.
Otra de sus tácticas, fueron los simulacros de fusilamiento, es decir, conducía a los acusados hasta el paredón y ordenaba al pelotón dispararles sin municiones. El “ejecutado” caía en una crisis nerviosa y para evitar pasar por la misma situación, se inculpaba de lo que fuera.
Es cierto que los acusados eran responsables de crímenes contra la población, pero se trataba, por lo general de oficiales de baja graduación, suboficiales, soldados y colaboradores (incluso se llevó al estrado a alguna que otra mujer), ya que la mayoría de los peces gordos habían huido o se hallaban escondidos. Pero también trascendieron versiones según las cuales, también fueron pasados por las armas, elementos incómodos al nuevo régimen aunque para ello, faltaba un tiempo todavía.
Anderson explica que tanto el Che Guevara como Duque de Estrada ocupaban la presidencia del tribunal, el primero en su calidad de fiscal supremo y el segundo como encargado de reunir las pruebas, tomar declaraciones y guiar los procesos hasta que su superior emitía el veredicto8.
El Che solía consultarlo pero la decisión final la tomaba él. Según Duque de Estrada, estuvieron de acuerdo en todo, salvo alguna que otra excepción y eso les permitió llevar al paredón a unas cincuenta y cinco personas en los primero tres meses, aunque las cifras parecen haber sido mayores.
La película Che!, reproduce el momento en que un sacerdote católico, a quien acompaña el hermano de un condenado, acuden al despacho de Guevara en La Cabaña, para pedir clemencia. Mientras afuera se escuchan las descargas del pelotón de fusilamiento, Faustino Morales intenta apoyar los ruegos del clérigo, quien en un determinado momento suplica:

-Por favor comandante, detenga esta carnicería.

A lo que el Che, furioso, responde yendo hasta un pequeño televisor encendido en un rincón de la habitación, en el que se ve a donde Castro gesticulando mientras le habla a la multitud.

-¡¿Quiere que esa turba haga justicia?! – le pregunta al religioso. Y luego añade -¡Al condenar a los culpables estoy evitando una carnicería!

Inmediatamente después, cuando Morales y los otros dos personajes se retiran, el Che le alcanza una parva de sentencias recién firmadas a uno de sus asistentes, para que se le de cumplimiento inmediato. Luego, tomando otra y con tono de duda, dice:

-Con respecto a estas…, no estoy tan seguro.

Fernando Díaz Villanueva, en cambio, sostiene que la mayoría de los condenados eran gente inocente y que Guevara apenas miraba alguno que otro expediente ya que a todos los rubricaba sin pestañar.

La declaración del fiscal, oficial investigador en la terminología revolucionaria, constituía una prueba irrefutable y era el paso previo a la condena definitiva, sobre la que no cabía apelación. Acto seguido, el expediente pasaba al despacho del comandante, que lo firmaba sin pestañear, básicamente porque ni siquiera los miraba.
Entre los meses de enero y marzo de 1959, Ernesto Guevara de la Serna no hizo otra cosa más que firmar sentencias de muerte, unas veinte diarias, 1.892 en total. La gran mayoría de los condenados eran inocentes, y de entre los culpables ninguno cometió un delito tan grave que justificase una pena semejante9.

El contador Orlando Borrego, a cuyo cargo estaba la economía de la fortaleza, fue designado para presidir uno de los tribunales. Sobre los juicios y los fallos, recordaría años más tarde:

Era difícil porque nosotros no teníamos una formación, digamos, jurídica. Ahí lo que primaba era el sentido de la moral, uno de la moral revolucionaria y otro de la justicia, de que no se fuera a cometer ninguna injusticia. En eso el Che era sumamente cuidadoso… Por golpear a un preso y eso, no se fusilaba a nadie, pero ya cuando había torturas muy fuertes y asesinatos y muertes, ya ahí sí eran condenados a muerte… Ahí se analizaba todo el expediente, se veían todos los testigos, venían los familiares del muerto o del torturado, o venía el torturado, y en el tribunal revelaba todas las torturas que había recibido, mostraba su cuerpo10.

Debemos tomar en cuenta que estas afirmaciones provienen de alguien que tuvo parte en la cuestión y por ello, su opinión puede estar viciada de parcialismo.
Según algunos estimados, las muertes en La Cabaña, durante el año 1959, llegaron a ochenta, cincuenta y cinco de ellas en los primeros tres meses y diez días, dieciocho en ausencia del Che (entre el 4 de junio y el 8 de septiembre de) y siete más a su regreso (8 de septiembre al 26 de noviembre)11.
Las cifras de personas ejecutadas por Guevara fluctúan de acuerdo a las fuentes, según hemos dicho. Las de Nicolás Márquez y otros autores superan ampliamente ese número, alcanzando entre 134 y 150 ajusticiados a lo largo de todo el año y solo en La Cabaña, en tanto exiliados, historiadores y la embajada de los Estados Unidos en Cuba, las elevan a 200, 500 y 700.
Manzanillo, 18 de enero de 1959. Un sacerdote brinda los últimos auxilios
al cabo José C. Rodríguez acusado por la muerte de dos hombres

Claude Julién de “Le Monde”, habla en Révolutión cubaine (Julliard, París, 1961) de doscientas personas, “…criminales de hecho que han asesinado con sus propias manos”. El profesor de Economía, Armando Lago, por su parte, elaboró una lista de 179 nombres. El recordado padre Iñaki de Azpiazu habló a su vez, de 700 y Herbert Matthews en su biografía de Fidel Castro (Seuil, Paris, 1970, p. 179), dice que fueron seiscientas. Para él, como para Julién, ninguno era inocente y al igual que Fidel Castro, refiere que nadie en el mundo y mucho menos en Estados Unidos, dijo nada cuando los crímenes perpetrados por el batistato.
Tras toda una noche de testimonios e interrogatorios, los jueces dictaban sentencia. Los condenados eran sacados en horas de la madrugada, puestos de espaldas contra la pared y fusilados, la mayoría de las veces de a cuatro. Luego, se les pegaba el tiro de gracia y se entregaba los cuerpos a sus deudos. Si los mismos no eran reclamados, iban a una fosa común.
Un documental oficial cubano que hace referencia a los fusilamientos en La Cabaña, comienza mostrando el águila del monumento al “Maine”, luego se refiere a la campaña de la prensa norteamericana contra los tribunales revolucionarios y enseguida pasa a mostrar imágenes de algunos juicios, uno de ellos el del torturador Ramón Calviño, un hombre alto, apuesto, de ojos claros, capturado en Playa Girón en 1961. Una mujer vestida de uniforme lo increpa y muestra pruebas de sus crímenes mientras el acusado asiente tímidamente, sin pronunciar palabra. La testigo habla de los golpes y las patadas que Calviño le propinó por todo el cuerpo y muestra como prueba unas prendas de vestir.
Continúan escenas en otro lugar, en las que algunos combatientes revolucionarios exponen elementos utilizados para flagelar, cráneos de víctimas y huesos. Luego se ve a Batista vestido de blanco, junto a varios oficiales, todos sonrientes, mientras inspeccionan unas armas. Como sonido de fondo se siente el testimonio de otra víctima de Calviño, un hombre en este caso, sobre cuya voz se superpone el llanto de otra mujer que grita:

-¡¡Te vi, delante de mi lo mataste a tiros y después te reíste de cómo se moría!!

El acusado intenta hablar pero la aludida no lo deja.

-¡¡En Avellaneda número 106, el seis de octubre a las siete de la noche!!

Calviño intenta hablar pero no puede.

-¡¡Y dime que no –grita la mujer- dime que no, te sentaste a contarme como lo habías matado, dime que no!! ¡¡Dímelo, Calviño!!

-No... no puedo contestarle – alcanza a balbucear el acusado.

“Contra individuos como estos - dice la voz en off - se dicta la pena capital”. Luego, mientras se suceden imágenes de los juicios, el relator sigue con su guión, aclarando que solo fueron ajusticiados aquellos sicarios que habían cometido aberraciones. Mientras lo hace, aparece en imagen el teniente Enrique Despaine, verdugo de raza negra, responsable de 53 asesinatos. Y luego, intenta mostrar el lado bueno de la justicia revolucionaria, hablando de aquellos que los tribunales liberaron por falta de mérito. “Miles de soldados y miembros de la policía del régimen son puestos en libertad”, aclarando que varios funcionarios del batistato terminaron condenados a prisión. Lo más destacado es la parte referida al hermano del dictador fugitivo. “Este personaje, disfrazado de rebelde es Hermelindo Batista, hermano del dictador. Al igual que muchos simpatizantes del régimen, se le deja en libertad”. En realidad, Batista no había cometido ningún delito salvo, ser hermano del presidente depuesto, de ahí que, no habiéndose encontrado nada en su contra, quedase exonerado.
Aquellos primeros juicios en La Cabaña parecieron apuntar a quienes, realmente, habían cometido aberraciones. Sin embargo, en los años siguientes, la cosa iba a cambiar.
Cuando lo que ocurría en la añeja fortaleza hispana trascendió los gruesos muros que la rodeaban, la prensa del mundo se hizo eco y comenzó a hablar de juicios y ejecuciones que implicaban a elementos que parecían chocar con el nuevo régimen. Entonces Fidel Castro convocó a una reunión masiva frente al palacio presidencial, para explicar la necesidad de talas prácticas. La gente no solo le manifestó su apoyó sino que le exigió más dureza aún.

El Che, complacido por el espontáneo refrendo de la masa revolucionaria, continuó con sus labores. El derecho romano desapareció por completo en las diez hectáreas del fuerte. Suprimieron el habeas corpus y pasó a aplicarse la llamada "ley de la sierra", según la cual había que juzgar sin consideración de principios jurídicos generales. La declaración del fiscal, oficial investigador en la terminología revolucionaria, constituía una prueba irrefutable y era el paso previo a la condena definitiva, sobre la que no cabía apelación. Acto seguido, el expediente pasaba al despacho del comandante, que lo firmaba sin pestañear, básicamente porque ni siquiera los miraba12.

La oleada de ejecuciones siguió adelante. El 10 de enero de 1959, Raúl Castro sacó de las cárceles a setenta soldados batistianos, los hizo cavar una profunda fosa en las afueras de Santiago y los mandó ametrallar. En La Cabaña, los hermanos César y Víctor Nicolarde Rojas, miembros del escuadrón de los “tigres” de Masferrer, fueron llevados a juicio popular.
Al momento de la sentencia, el Dr. Fernando Aragoneses Cruz, fiscal local, preguntó a la multitud presente en el recinto, si debía dejar en libertad a los acusados.

-¿Merecen los hermanos Nicolardes la libertad?

-¡¡Nooooo!! – aulló la audiencia.

-¿Merecen la prisión con la esperanza de que algún día puedan ser útiles a la sociedad?

-¡¡Noooo!!

-¿Deben ser fusilados como castigo ejemplar para todas las generaciones futuras?

-¡¡Siiiií!!

-Esta es, damas y caballeros, la petición de la ciudadanía, a quién represento en esta ocasión – dijo entonces Aragoneses mirando al periodismo y la asamblea.

Sin perder tiempo, los hermanos Nicolarde fueron llevados al paredón y fusilados inmediatamente.
Algunas fuentes mencionan también a Alberto Nicolarde Rojas (el apellido figura a veces Nicolardes). Márquez no lo incluye. Posiblemente haya sido ajusticiado en Manzanillo. Otras hablan de Alfredo y Elizardo Nicolarde Rojas, ejecutados junto a César y Víctor; otras, como Circuito Sur, mencionan a Alfredo y a Víctor, fusilados en La Cabaña el 7 de enero y a Elizardo, pasado por las armas en Manzanillo el 14 de agosto de 1967, pero no nombran ni a Alberto ni a César14. Todo muy confuso.
La cantidad de ajusticiados, según se ha dicho, varía de acuerdo a la fuente y la tendencia de quien escribe, pero sin ninguna duda, las ejecuciones debieron ser numerosas y repercutieron fuertemente en la opinión pública nacional e internacional.
Ramón Calviño
Anderson  hace referencia a lo mal que cayó en el círculo íntimo del Che su papel de juez implacable. Su padre prefirió no hacer mención del asunto, lo mismo su familia, pero el grupo de amistades no fue tan cínico como para mirar al costado.
“Mandé un telegrama a La Cabaña y me costó cinco dólares –diría Tatiana Quiroga años después- Lo recuerdo porque para un estudiante era mucho dinero, pero gasté los cinco dólares para felicitarlo. Entonces vinieron las muertes de La Cabaña, y le digo que nunca me había sentido tan mal por haber gastado cinco dólares en ese telegrama. Me quería morir”15. Algo parecido sintió el Dr. David Mitrani, su colega en el Hospital General de México.
Por aquellos días, Urrutia creyendo que realmente era el presidente de Cuba, intentó mediar ante Fidel Castro para detener las ejecuciones. Grande debió ser su sorpresa cuando aquel, ignorando su pedido, expidió un decreto modificando la Constitución de 1940, para incluir la pena de muerte. Fue el primer indicio que el mandatario tuvo con respecto a su situación y su futuro al frente del gobierno revolucionario.
Los fusilamientos continuaron, no solo en La Cabaña sino también en La Habana, Santiago de Cuba y otros puntos del país.
Hemos fusilado y seguiremos fusilando mientras sea necesario. Nuestra lucha es una lucha a muerte” bramaría el Che algunos meses después en el recinto de las Naciones Unidas, demostrando que la revolución que encabezaba con Castro, estaba dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias en caso de ser necesario.
Que no todo era tan limpio y justo en La Cabaña lo demuestra la extraña presencia de Herman Marks, el voluntario estadounidense que había combatido en la sierra, integrando los pelotones de fusilamiento. ¿Qué hacía allí ese norteamericano a quien el Che en persona había expulsado de las filas guerrilleras en Camagüey? ¿Quién era realmente?
En un testimonio del combatiente cubano Roger Redondo González, encontramos la respuesta16. Según dice en ella, los lugartenientes de Guevara en la Columna Nº 8, al momento de partir de la sierra, eran Ramiro Valdés y Herman Frederick Marks. Durante la marcha hacia el Escambray, más precisamente en los alrededores de Ciego de Ávila, este extraño personaje resultó herido. Estuvo convaleciente un tiempo y una vez recuperado, se reincorporó a las filas revolucionarias para continuar el avance hacia La Habana.
Según Orlando Borrego, Marks era un sádico que durante la marcha en la sierra, disfrutaba tomando parte en los fusilamientos y se ofrecía siempre a integrarlos. Hablaba muy mal español y era en extremo abusivo con la tropa.
Una cosa curiosa es que ni bien llegó al Escambray, al Che Guevara le molestó mucho la presencia de otro norteamericano, el ya mencionado William Morgan, quien tiempo después estaría al frente de la base naval de Cienfuegos, a las órdenes de Batista. Le molestaba Morgan pero no decía nada de Marks. En este punto es bueno aclarar que no eran los únicos estadounidenses que combatían en las filas rebeldes y se sabía que militares de esa nacionalidad, proveían armamento desde Guantánamo, pero al argentino le molestaba sobremanera la presencia de aquel.
Tras el triunfo de la revolución, Marks volvió a aparecer. Todo parece indicar que el Che había olvidado su decisión de expulsarlo de la columna y no solo lo aceptó nuevamente, sino que le restituyó su grado de capitán y lo puso al frente de los pelotones de fusilamiento.
A Marks le fascinaba esa tarea. Una vez los reos puestos de espaldas contra la pared, se lo escuchaba aullar en su deficiente español: “¡¡Pelotón, atención, preparen, apunten, fuego!!17.
¿Qué hacía Guevara con una persona de esa calaña en sus filas? ¿Cuál era la opinión de sus hombres con respecto a aquel sádico?

…la actitud del capitán Herman Marks era repugnante y era repudiada por el resto de los soldados rebeldes. Herman Marks no daba el tiro de gracia para evitar el sufrimiento de alguna persona, que había quedado con vida, después de ser pasada por las armas. Herman Marks les vaciaba todos los tiros de su pistola en la cara18.

En cierta oportunidad, un condenado a muerte le solicitó a aquel verdugo que al momento de pegarle el tiro de gracia, tuviese el cuidado de no desfigurar su rostro, así su madre podría verlo al momento de ser velado. Una vez pasado por las armas, Marks se acercó al cuerpo y le vació en el rostro el cargador de su revólver y cuando se le acabaron las balas, volvió a recargarlo para vaciárselo por segunda, dejándolo completamente desfigurado19.
Aquel hecho circuló en La Cabaña y el rechazo de la tropa por el norteamericano, se hizo unánime. Poco después, Marks se casó con su compatriota, la periodista Jean Secón y para ello, organizó una gran recepción en la fortaleza. Para su desazón, nadie asistió excepto Guevara y su asistente, el fiscal Antonio Suárez (apodado “charco de sangre”) y solo estuvieron unos minutos, al percatarse de los ánimos que imperaban contra el estadounidense20.
Fusilamientos en masa en Manzanillo, a cargo del comandante William Gálvez Rodríguez.  El padre Sarragoitía imparte los auxilios espiritualmente a un oficial condenado.  Obsérvese la hilera de cadáveres detrás

Si el Che era tan justo y ecuánime a la hora de hacer justicia ¿por qué tenía a un individuo de semejante catadura en sus filas, un maníaco criminal que para mayor desconcierto de su gente, era norteamericano? La pregunta carece de respuesta, pero lo cierto es que en los meses siguientes, las ejecuciones continuaron, lo mismo los arrestos y los apremios.
Entre los nombres que diferentes autores han divulgado con sus listas de fusilados, destacan dos mujeres, Lupe Valdés Barbosa, ejecutada el 22 de marzo y Gertrudis Castellanos, el 7 de mayo, así como el de un menor de edad, Ariel Lima Lagos, ajusticiado el 1 de agosto del mismo año.
Las cárceles comenzaron a llenarse de opositores, disidentes, incautos y el elemento que menos pudiera imaginarse, homosexuales y lesbianas, por quienes Fidel Castro, Ramiro Valdés y sobre todo, el Che Guevara, sentían verdadera repulsión.
Uno de los relatos más crudos de aquellas ejecuciones lo tomamos de fray Javier Arzuaga, el capellán franciscano español de La Cabaña:

…había 800 hombres hacinados en un espacio pensado para no más de 300: militares batistianos o miembros de algunos de los cuerpos de la policía, periodistas, empresarios o comerciantes21.

Vemos entonces, que además de sicarios del batistato, de asesinos y torturadores, había también hombres de prensa, hombres de negocios y hasta simples trabajadores, acusados de haber apoyado a la “tiranía”. Sigamos con el relato del ex religioso.

El juez no tenía por qué ser hombre de leyes; sí, en cambio, pertenecer al ejército rebelde, al igual que los compañeros que ocupaban con él la mesa del tribunal. Casi todas las vistas de apelación estuvieron presididas por el Che Guevara. No recuerdo ningún caso cuya sentencia fuera revocada en esas vistas. Todos los días yo visitaba la «galera de la muerte», donde permanecían los prisioneros desde que eran sentenciados a muerte. Corrió la voz de que yo hipnotizaba a los condenados antes de salir para el paredón y que por eso se daban tan fáciles las cosas, sin escenas desagradables, y el Che Guevara ordenó que nadie fuera conducido al paredón sin que yo estuviera presente. Asistí a 55 fusilamientos hasta el mes de mayo, cuando me fui. Eso no quiere decir que no se siguiera fusilando. Herman Marks era un americano, se decía que era prófugo de la Justicia. Lo llamábamos «el carnicero» porque gozaba gritando «pelotón, atención, preparen, apunten, fuego».

Conversé varias veces con el Che para interceder por determinadas personas. Recuerdo bien el caso de Ariel Lima, que era menor de edad, pero fue inflexible. Lo mismo puedo decir de Fidel Castro, a quien acudí también en dos ocasiones. Yo estaba muy traumatizado y a fines de mayo me sentía tan mal que me ordenaron abandonar la parroquia de Casa Blanca, dentro de cuyos límites se encontraba La Cabaña y donde yo había celebrado misa en los últimos tres años. Me fui a México para un tratamiento. Cuando nos despedimos, el Che Guevara me dijo: “Hemos fracasado los dos. Cuando nos quitemos las caretas, seremos enemigos frente a frente”22.

Ahí mismo, en La Cabaña, se llevó adelante el multitudinario juicio televisado contra el coronel Jesús Sosa Blanco, un militar de combate, ajeno a los asesinatos y las torturas. Junto a él, fueron procesados y condenados a muerte su par en el rango, Pedro Martínez Morejón y el teniente coronel Ricardo Luis Guerra. Dijo Sosa durante una de aquellas multitudinarias seciones en el Palacio de los Deportes (hoy Ciudad Deportiva):

-Esto es un circo romano –dijo el oficial en su alegato- aquí me están juzgando en un circo romano. Sí, yo maté personas, pero las maté en combate, porque me estaban tirando y yo tiraba también, nos estábamos matando mutualmente23.

El ex religioso Arsuaga recordaría esos hechos muchos años después. Refiriéndose a Sosa Blanco manifestó:

Así sucedió en realidad, él dijo esas frases allí. Para mí lo más impresionante de ese juicio era el saber que iban a juzgar a tres condenados. Y lo más impresionante fue que llevaron un grupo grande de testigos, para que dijeran todo lo que ellos habían visto una noche del 12 de octubre de 1957 en que Sosa Blanco recién llegado a la Sierra Maestra es emboscado por los guerrilleros de la Sierra Maestra y naturalmente, se defiende. Algunos guajiros testigos de aquello fueron llevados a La Cabaña, para que preparan su testimonio, era realmente dramático verles los días antes del juicio, como les dictaban las frases que tenían que repetir. Pero se toparon en el juicio con un abogado Dacosta que en realidad les viró la tortilla, porque comenzó a preguntarles a esos guajiritos en un lenguaje que ellos no entendían, en una interlocución que ellos no podían conseguir24.

Sobre el asesinato del menor Ariel Lima, el relato del sacerdote es estremecedor:

Ariel Lima fue condenado a muerte, lo mantuvieron como una semana en la galera de la muerte, apenas hablaba, vivía enajenado, vacio de si mismo, perdida la mirada, como ausente de lo que le estaba pasando, los demás prisioneros lo veían tan niño, tan solo, tan necesitado, le prometí que hablaría con Ernesto Che Guevara e intercedería por él.
Fui a hablar con Ernesto Che Guevara y él me dijo que eso lo decidía el Tribunal de Apelaciones quien decidía eso y me preguntó por qué debía anular la sentencia.
Le dije:
- Por dos razones, una por sentimiento humano por sus solo 16 años, la segunda por sagacidad política, porque al otro día de la muerte de este niño, la prensa mundial, en Estados Unidos, América Latina y Europa hablaría de que la revolución cubana carecía de sentimientos y que juzgaba por igual a adultos que a menores y que esto muy poco beneficiaría a la revolución.
Inútil, a más compasión que se le pedía al Che, con más crueldad respondía.
En la vista se decidiría.
Fui a la vista de apelaciones, el Che sabía por qué estaba allí. La vista apenas duró media hora… ratificada la sentencia, sería fusilado aquella misma noche.
Cuando terminó me vio en la puerta saliendo con su comitiva, me dio un saludo y salió.
En su camino a la Comandancia… una mujer corrió al frente de ellos y se postró en el suelo delante de todos ellos. Alguien le dijo:
- Es la madre de Ariel Lima…
Le dijo con cinismo:
- Le recomiendo que hable con el padre Javier Arsuaga, es un maestro consolando.
Me miró y en tono burlón me dijo:
- Es suya.
Le ayudé a levantarse del suelo y le aconsejé que se retirara a su casa, le dije:
- Señora trate de superar su tragedia y de seguir viviendo sin su hijo, encomiéndese a Dios.
Nunca más vi a esa mujer…
Esa noche odié al Che25.

Lo terrible de Ariel Lima fue la causa de su muerte. El muchacho había sido apresado por el ejército de Batista, por revolucionario. Los esbirros del régimen habían dado con él después de una gran redada y lo llevaron al cuartel de policía, para torturarlo de manera salvaje.
Viendo que se negaba a dar información (no quería delatar a sus compañeros), le llevaron un día a su madre y en su presencia, comenzaron a manosearla y desnudarla con la intención de violarla. Percatándose de lo que estaba por suceder, el muchacho se quebró y habló. Dio los nombres de sus compañeros de célula y los domicilios donde podían ser encontrados y eso fue lo que acabó por condenarlo.
Nunca más salió de la fortaleza y allí se encontraba cuando se produjo el triunfo de la revolución. Entonces llegó el Che para hacerse cargo y tras leer su expediente, llegó a la conclusión de que Lima era un delator, responsable de numerosos asesinatos y sin más que decir, lo condenó a muerte. Lo hizo conducir hasta La Cabaña, lo sometió a un simulacro de juicio y ordenó su ejecución.

…había traicionado a sus compañeros y entonces de ahí, lo enviaron a La Cabaña.
No era ni de uno ni de otros, estaba solo, no tenia amigos, era una tristísima figura y estaba tan enajenado... que no se daba cuenta que lo estaban fusilando26.

El del capitán José Castaño, hombre extremadamente culto, que dominaba cinco idiomas, fue otro caso de extrema crueldad. Él no había participado jamás en ningún crimen, ni asesinato, ni secuestro, ni torturas, solo era un experto en materia de infiltración comunista en el continente y eso a Guevara le molestaba. El haber sido designado para encabezar la oficina de contención contra la penetración de esa ideología en la isla fue lo que selló la suerte de aquel desgraciado. Su tarea se limitaba a reunir documentación probatoria de esa infiltración, analizarla y clasificarla; como dice Javier Arzuaga, no se lo perdonaron y al no hallar nada contra él, le plantaron una testigo falsa para acusarlo falsamente de intento de violación, una mujer que en otra oportunidad testificó contra el artista plástico Manuel Fernández, aduciendo burdas mentiras.
Jesús Sosa Blanco durante el juicio
Al Che le interesaba sobremanera eliminar a Castaño porque había reunido mucho material contra elementos del PSP y la izquierda en general y logró sacarla de Cuba antes de que la revolución se hiciese del poder.
Durante el juicio de apelación, se pidió la conmutación de su condena pero el Che Guevara, allí presente, se opuso terminantemente ordenando su ejecución.
Se dice que hasta el mismo Duque de Estrada intentó detener la condena y para ello intentó persuadir al padre Arzuaga, pidiéndole que lo acompañara a ver a Fidel Castro
Salieron corriendo ambos hacia donde el hombre fuerte de Cuba daba uno de sus interminables discursos y una vez allí, aguardaron parados a un costado hasta que finalizara.
Aprovechando un intervalo, ambos se le acercaron y le comentaron lo que estaba sucediendo pero como en esos momentos Fidel estaba en una suerte trance, los típicos trances que le agarraban cuando pronunciaba palabras sus arengas, solo les respondió: ¡Está bien, está bien!” y de ahí no pasó. Era lo que necesitaban. Salieron ambos a toda velocidad para intentar detener el fusilamiento pero al llegar a La Cabaña, se encontraron con la desagradable novedad de que Castaño ya estaba junto al muro, listo para ser ejecutado.
Duque de Estrada y el padre Arzuaga, se presentaron ante el Che, diciéndole que Fidel había mandado detener la ejecución (lo cual no era cierto), pero aquel se mantuvo firme y ordenó seguir adelante.
Castaño fue pasado por las armas esa misma noche, después de rezar un Padre Nuestro, asistido por el religioso, pese a no ser creyente27.


Ilustraciones

Ejecuciones masivas en La Cabaña

Tres instantáneas en las que se observa a religiosos
impartiendo los auxilios espirituales a condenados

William Gálvez Rodríguez (izq.) responsable de las ejecuciones en Manzanillo.
En la foto junto a Camilo Cienfuegos (der.) y otro combatiente

El Che Guevara recibe en persona las acusaciones

El coronel Jesús Sosa Blanco durante
el juicio circense al que fue sometido.
Fue ajeno a las acusaciones

Sosa Blanco comparece ante el tribunal

Jorge "Papito" Serguera, fiscal de los tribunales
revolucionarios, fue el equivalente izquierdista
del feroz juez nazi Roland Freisler,
histriónico, intimidante, vociferador
y en extremo agresivo

Un vendedor de diarios sostiene un ejemplar con las fotografías
de los acusados en las afueras del Palacio de los Deportes

Al igual que Sosa Blanco, también comparecieron en ese juicio el coronel
Pedro Martínez Morejón y el teniente coronel Ricardo Luis Guerra.
Los tres fueron condenados a muerte y fusilados

"Papito" Serguera en plena actuación

Dedo acusador

Hasta niños y adolescentes fueron forzados a comparecer

Jesús Sosa Blanco se despide de su esposa antes
de ser fusilado. No había cometido ningún crimen

Jorge Serguera había sido compañero de Fidel Castro en el aristocrático
Colegio La Salle de Santiago de Cuba. Después de los juicios, fue designado embajador en Argelia 
y jefe de la oficina de Inteligencia en Afríca

Esta fotografía de la Guerra Civil Española bien podría
representar lo ocurrido en La Cabaña





Notas
1 La aeronave había sido bautizada “Sierra Maestra”.
2 Huber Matos, op. Cit, p. 308-309.
3 Fernando Díaz Villanueva, “Terror en La Cabaña”, Libertad Digital, Temas: Historia, 2 de mayo de 2012 (http://www.libertaddigital.com/opinion/historia/terror-en-la-cabana-1276240110.html).
4 Ídem.
5 Jon Lee Anderson, op. Cit, p. 370. Palabras de Miguel Ángel Duque de Estrada.
6 Che: más mito que realidad, http://che-guevara.awardspace.com/lista_de_fusilados_por
_che.htm
7 “Che Guevara, el verdadero rostro de Ernesto Guevara de la Serna”, 21 de octubre de 2007, Archivo cuba: www.CubaArchive.org, una iniciativa de FREE SOCIETY PROJECT, INC. P.O. BOX 529 Summit, N.J. 07902Tel. 973. 701.0520. Información extraída del libro de Armando Lago, Ph.D. Cuba: El costo humano de la revolución social.
8 Jon Lee Anderson, op. Cit, p. 370.
9 Fernando Díaz Villanueva, artículo citado.
10 Tomado de Anderson, p. 370.
11 María Werlau, “Las víctimas olvidadas del Che Guevara: ¿Cuántos fusilamientos están documentados?, Café Fuerte, Miami, 2 de diciembre de 2014. Extracto del libro del mismo nombre (http://cafefuerte.com/miami/19698-las-victimas-olvidadas-del-che-guevara-cuantos-fusilamientos-estan-documentados/). La autora, directora ejecutiva de Archivo Cuba: Proyecto de Verdad y Memoria, dice que un abogado que trabajó en La Cabaña bajo las órdenes del Che, afirmó que por lo menos 600 fusilamientos se habían llevado a cabo hasta finales de junio de 1959. Lamentablemente, no aporta el nombre del letrado. Más adelante agrega que probablemente aquel profesional se refería a las ejecuciones en toda la nación, pero la cosa no queda clara. Archivo Cuba tendría documentadas 954 ejecuciones en toda la isla, a lo largo de 1959, de las que 628 habrían ocurrido entre enero y junio. De acuerdo a esa fuente, en La Cabaña habrían sido pasadas por las armas 58 personas.
12 Fernando Díaz Villanueva, artículo citado.
13 Jon Lee Anderson, op. Cit, p. 372. Cita a la revista “Bohemia”.
14 Circuito Sur, http://www.aguadadepasajeros.bravepages.com/cs/fusnopq.htm
15 Jon Lee Anderson, op. Cit, p. 373. Tatiana Quiroga se había casado con Jimmy Roca, aquel primo de Chichina Ferreyra que había compartido habitación con Ernesto en Miami.
16 Félix José Hernández, Herman Marks, el buitre que se posó en el hombro de Fidel Castro, Cubamatinal, Cartas a Ofelia, 27 de junio de 2012 (http://cubamatinal.es/2012/06/27/herman-marks-el-buitre-que-se-poso-sobre-el-hombro-de-castro/). 17 Álvaro Vargas Llosa, “El Che Guevara: una violenta, selectiva y fría máquina de matar”, La Nación, 2 de agosto de 2005.
18 Félix José Hernández, artículo citado.
19 Ídem.
20 Ídem. Marks y su esposa regresaron a Estados Unidos, radicándose primeramente en Miami y luego en Nueva York. En 1964, el marido tuvo un nuevo problema con la justicia al ser acusado de amenazas obscenas. Un diario de Nueva York se ocupó del asunto. Tiempo después se divorciaron. La ex esposa publicó una nota en una revista norteamericana, en cuya portada aparecía la fotografía de Fidel Castro con la paloma posada en su hombro, salvo que la misma, había sido reemplazada por un buitre con la cara de Marks. El título del artículo era: “Herman Marks: el buitre que se posó en el hombro de Castro”.
21 Profesor Castro, “Fusilamientos en la Cuba de Fidel Castro”. Cita al libro de Javier Arzuaga, Cuba. 1959: la galera de la muerte, (http://profesorcastro.jimdo.com/fusilamientos-en-cuba/).
22 Ídem.
23 Ídem. Se dice que a Jesús Sosa Blanco se le atribuyeron, por error, los crímenes del capitán Merob Sosa.
24 Ídem.
25 Ídem.
26 Ídem.
27 Ídem.

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