UNA INESPERADA SORPRESA
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| Junto a sus padres, en el Aeropuerto Internacional de Rancho Boyeros |
A todo esto, ¿qué era del Che Guevara en esos días? Pues, simplemente, permaneció en La Cabaña, abocado de lleno a sus actividades, mientras aguardaba con cautela el desarrollo de los acontecimientos.
Como bien dice Jon Lee Anderson, a primera vista parecería que tanto él como Raúl habían quedado relegados a un segundo y tercer plano, pero eso no era así. Sabían ambos que la fachada de moderación que Castro intentaba darle al nuevo gobierno era simple maquillaje y que solo era necesario esperar un poco para cambiar radicalmente el rumbo, de ahí sus maquinaciones secretas para afianzar los lazos con los partidos de izquierda, el PSP en especial, y tener todo listo para el momento de los grandes anuncios.
Pero un hecho inesperado vino a entorpecer sus actividades. El 9 de enero llegaron procedentes de Buenos Aires, sus padres, sus hermanos, Ana María y Juan Martín y el novio de Celia hija, Luis Rodríguez Argañaraz.
Como bien dice Jon Lee Anderson, a primera vista parecería que tanto él como Raúl habían quedado relegados a un segundo y tercer plano, pero eso no era así. Sabían ambos que la fachada de moderación que Castro intentaba darle al nuevo gobierno era simple maquillaje y que solo era necesario esperar un poco para cambiar radicalmente el rumbo, de ahí sus maquinaciones secretas para afianzar los lazos con los partidos de izquierda, el PSP en especial, y tener todo listo para el momento de los grandes anuncios.
Pero un hecho inesperado vino a entorpecer sus actividades. El 9 de enero llegaron procedentes de Buenos Aires, sus padres, sus hermanos, Ana María y Juan Martín y el novio de Celia hija, Luis Rodríguez Argañaraz.
Lo hicieron en un avión
especialmente enviado por Camilo Cienfuegos a la capital argentina, en el que
también viajaron de regreso a su país, varios cubanos exiliados.
Fue
una sorpresa que se le quiso dar y a decir verdad, el objetivo se logró. Para
padres y hermanos, la alegría fue inmensa y para el Che también, pues hacía más
de seis años se habían despedido de ellos en Buenos Aires y no se veían desde
entonces. Claro, el muchacho que había partido de la terminal ferroviaria de
Retiro, aquella fría mañana de 1953, era ahora uno de los altos jerarcas del
régimen cubano y tenía grandes responsabilidades, pero el reencuentro familiar
pareció conmoverlo y eso se percibe claramente al ver las fotografías que se
tomaron en la estación aérea.
El
avión aterrizó en Rancho Boyeros en horas de la mañana, después de sobrevolar
toda la Argentina, cruzar la cordillera de los Andes a la altura de Mendoza,
atravesar Perú y Ecuador en la noche, amanecer sobre Colombia y pasar sobre el
Canal de Panamá, para internarse luego en la inmensidad del Golfo de México.
Ni
bien descendió del aparato, don Ernesto Guevara Lynch se hincó sobre el
pavimento y en un gesto en extremo sobreactuado, besó suelo cubano, al mejor estilo Papa Juan Pablo II. Inmediatamente después, rodeada por una guardia de
“soldados barbudos, con sus uniformes
bastante sucios y armados con fusiles y ametralladoras”1, la
familia ingresó en el hall principal de la estación aérea, donde el Che los
aguardaba exultante.
Celia de la Serna corrió hacia él con los brazos extendidos y al abrazarse con
su hijo no pudo contener el llanto. Como dice don Ernesto, decenas de
fotógrafos y cámaras de televisión registraron la escena.
Efectuados
los trámites de rigor, la familia abordó un automóvil y enfiló hacia la
capital. A los Guevara les llamó mucho la atención la muchedumbre, imbuida de
revolución y el ejército de hombres barbados, mal uniformado, con su piel
curtida por el sol, entremezclado entre la población.
La
euforia y la alegría era lo que predominaba en La Habana de aquellos días.
En
el Hotel Hilton, el vehículo y sus escoltas se detuvieron. La familia ingresó
fuertemente custodiada y enseguida subió hasta la suite que le tenían reservada
en el piso 16, a solo siete niveles de la suite Continental (habitación 2324),
que ocupaba Fidel. Los recibió Camilo Cienfuegos con un grupo de combatientes
extremadamente extrovertidos, que saludaron y palmearon al Che como si lo
conocieran de toda la vida. Este se los presentó a los suyos y enseguida se
pusieron a conversar.
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| El Che entre su madre y su hermano Juan Martín. A la derecha, don Ernesto |
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| Flanqueado por sus padres. A la izquierda, su hermana Ana María |
En
horas del mediodía se sirvió ahí mismo el almuerzo. Para beneplácito y
diversión de los recién llegados, varios de aquellos combatientes se sentaron a
la mesa con ellos. Entonces, don Ernesto extrajo de su equipaje un par de
botellas de vino argentino y enseguida comenzó a servirlo, al tiempo que los
presentes festejaban con vivas y aplausos.
Camilo,
sin dudas, era el más abierto y su familiaridad con el Che fue lo que más llamó
la atención de los Guevara Lynch.
Hubo
brindis, risas y palabras; a don Ernesto y sus hijos les fascinaba la vista que
La Habana ofrecía desde su habitación, lo mismo la arquitectura de lujo del
hotel, no así a Celia, a quien se la veía mucho más pendiente de su hijo, de lo
que hablaba, de lo que decía y de todos sus movimientos.
Habían
llegado al hotel muchos extranjeros. La planta baja parecía que hervía de gente;
gran cantidad de personas parecía que entraban y salían: periodistas con sus
máquinas fotográficas, camarógrafos,
gente de pueblo, extranjeros muy bien ataviados, militares de otros países,
mozos del hotel con impecables uniformes y soldados y oficiales de la tropa
revolucionaria que llevaban trajes de campaña y que daban la nota más alegre en
el conjunto.
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Fuera
del hotel, en las calles, un gentío inmenso deambulaba2.
Los
Guevara Lynch veían a su hijo las veces que sus obligaciones se lo permitían.
El
mismo día de su llegada, Fidel Castro ofreció en el piso 23 del hotel, una
importante conferencia de prensa, ante un nutrido grupo de reporteros. La
familia del Che estuvo presente y ahí fue cuando vieron por primera vez al
líder de la revolución cubana.
Ni
bien la rueda de prensa finalizó, don Ernesto se le acercó para presentarse y
estrecharle la mano, gesto que Castro retribuyó con mucha cortesía. Tras un
intercambio de palabras, el nuevo am o de Cuba se retiró, prometiendo volver a
verse en otra oportunidad.
Un
par de días después, Guevara Lynch recibió un llamado en la suite. Una voz
hablaba en nombre de Camilo Cienfuegos, informándole que ese mismo mediodía lo
invitaba a almorzar en el restaurant del hotel.
Fue
un momento en extremo agradable; allí, compartiendo la mesa con ellos, se
encontraban Armando March, gremialista argentino, amigo de la infancia del Che
y un obscuro personaje a quien Guevara Lynch llama “teniente San Martín”,
también argentino, quien décadas después se dedicaría a los secuestros
extorsivos en su país. Poco después conocieron a Almeida y a otros popes del
régimen revolucionario, quienes los trataron con extrema deferencia.
Como
a los Guevara Lynch les daba vergüenza abusar de su posición, pidieron ser pasados
a un hotel menos lujoso. Fidel Castro accedió pero en lugar de enviarlos a uno
más sencillo, lo hizo hacia el Comodoro, que superaba al Hilton en lujos y
comodidades. Por allí pasó el Che, más de una vez, piloteando un helicóptero,
algo a lo que la familia terminó por acostumbrarse.
Don
Ernesto visitó en varias oportunidades La Cabaña. En cierta ocasión en que su
hijo no se encontraba presente, decidió esperarlo afuera y mientras caminaba
por la acera exterior, lo vio llegar en un jeep, acompañado por varios de sus
escoltas. Mucho le sorprendió verlo reprender con violencia al soldado de
guardia, y enviarlo luego a prisión por haberse quedado dormido.
Lo
que más placer le daba era verlo trabajar en sus oficinas con su hija Hildita
jugando cerca suyo. La niña y su madre habían llegado a Cuba hacía poco y la
pequeña solía visitar seguido a su padre, quien la trataba con mucho cariño,
aún cuando el asma le jugaba alguna de sus malas pasadas.
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| Con su madre y Juan Martín |
Las
visitas de don Ernesto a La Cabaña se hicieron fluidas. En una de ellas, el Che
le habló de llevar a toda la familia a las sierras del Escambray, para que
conociesen in situ, los lugares en
los que había combatido, cosa que a aquel le resultó fascinante.
Hubo
cierta oportunidad, siempre en La Cabaña, que se hallaban padre e hijo
acompañados por Alberto Castellano, cuando el segundo les relató los pormenores
del combate de Alegría de Pío, poniendo especial énfasis en el momento que cayó
herido.
En
esos días, el Che les presentó a su prometida. No caben dudas que los Guevara
Lynch quedaron encantados, sobre todo porque Aleida era mucho más bonita que
Hilda. La muchacha estuvo encantadora y pareció cautivar a los argentinos con
su sonrisa y su voz pausada.
Al
cuarto o quinto día de su estadía, salieron todos rumbo a Santa Clara y el
Escambray, decididos a conocer dos de los lugares míticos de la revolución.
Viajaron
en varios vehículos de la comandancia, en el primero, el Che con su padre, el
chofer y un custodio y en el segundo, el resto de la familia, acompañada por
Aleida.
La
primera parada fue a orillas del río Falcón, donde pudieron apreciar uno de los
puentes de hierro destruidos por la guerrilla.
-Ese
puente lo mandé derribar yo –éxplicó el Che- mandé a un ingeniero con un
soplete oxhídrico que fue cortando los puntos principales de apoyo de la
armadura.
En
Santa Clara, lo primero que les mostraron fue la casa de los March, donde los
recibieron con notable amabilidad. Inmediatamente después, fueron a recorrer
los alrededores y luego siguieron al Escambray, ahora con el Che conduciendo el
automóvil.
Les
llamaron la atención las aldeas, que aún presentaban signos de los bombardeos y
ametrallamiento aéreos, un tanque Sherman destruido a un costado del camino y
luego El Pedrero, el célebre lugar en el que se había firmado el acuerdo entre
el M-26 y el Directorio
En
ese punto decidieron pasar la noche pararon a dormir. Al día siguiente, por la
mañana, el Che le propuso a su padre unas prácticas de tiro (a las que se
sumaron varios combatientes de la región) y tras unas horas, reanudaron la
marcha.
Se
detuvieron a almorzar en un galpón donde se encontraban apostados algunos
soldados y antes de continuar, el comandante y su hermano se echaron a
descansar en dos catres.
Decidieron
pasar la noche allí, sin imaginar el susto que se iban a pegar horas después.
Lo que ocurrió fue que, en determinado momento, el pequeño Juan Martín
desapareció en medio de la obscuridad. Había salido a dar una vuelta con
Rodríguez Argañaraz y se había perdido en algún punto del camino.
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| Madre e hijo |
Superado
el incidente, se fueron todos a descansar. Grande fue la desazón de su madre
cuando al día siguiente, el Che anunció que debía regresar a La Habana. La
familia quedó al cuidado de varios guardias y vigilados por ellos, reanudó la
marcha -era media mañana-, alcanzando la comandancia del Escambray cuatro horas
después.
Llegaron
hasta allí montados a caballos. En un primero momento, antes de partir, el de
don Ernesto se encabritó pero al cabo de un tiempo lograron controlarlo.
Trepando
por caminos barrancosos, la caravana se internó en la espesura, avanzando en
fila india por los senderos, mientras caía sobre ellos una fina llovizna, que al
cabo de un tiempo se transformó en diluvio, algo típico en las regiones
tropicales.
La
comandancia les llamó la atención por su austeridad. El edificio principal era
un simple rancho y el resto, apenas tinglados. Había también trincheras,
fortificaciones hechas con piedra y madera, atalayas y no mucho más. Era el
mismo lugar donde su hijo había formado la Columna Nº 8 y desde donde había
descendido para conquistar Santa Clara.
Destacaban
también los depósitos, la tabaquería y la planta transmisora, ubicada sobre un
pequeño morro, nada del otro mundo pero un lugar que tuvo su importancia
durante la guerra. Justamente, en ese punto, fue donde tuvo lugar un risueño
incidente que, una vez más, tuvo por protagonista a don Ernesto Guevara Lynch.
Se
encontraban todos en la edificación principal de la comandancia cuando el padre
del Che reparó en un aparato de teléfono que había allí.
-¿A
dónde comunica eso? – preguntó con su característico acento porteño.
El
combatiente que estaba a su lado le respondió que lo hacía con la planta
emisora que acababan de ver en lo alto de la loma, aclarando que en esos
momentos, allí no había nadie.
Sin
decir m-as, don Ernesto descolgó el tubo, giró la manecilla y casi al instante,
atendió al otro lado una voz alarmada.
-¿Quién
es usted? – preguntó Guevara Lynch.
-¿Y
tú quén eres? – fue la respuesta.
-Soy
el padre del Che.
-¿El
padre del Che? ¡Yo te voy a dar! – respondieron desde el morro y colgaron.
Los
soldados que custodiaban a la familia se alarmaron porque, según la información
que manejaban, no podía haber nadie en esos momentos en la planta emisora. Uno
de ellos intentó establecer contacto nuevamente pero nadie le respondió.
Los
custodios pidieron a los Guevara que por nada del mundo se movieran de allí y
agazapados, comenzaron a moverse por la espesura, en dirección a la central de
radio.
Don
Ernesto, sumamente preocupado, tomó dos revólveres y dándole uno a Rodríguez
Argañaraz, condujo a su familia hasta una cueva cercana, donde tenía pensado a
defenderla, aún a costa de su vida.
Allí
estuvieron cerca de media hora, hablando en voz baja, y atentos al menor
movimiento, cuando reaparecieron los dos soldados, sonriendo divertidos.
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| Excursión de pesca (Fotografía de Alberto Korda) |
¿Qué
había ocurrido? Justo en el momento en que don Ernesto hizo la llamada, se
encontraba en la planta transmisora una unidad de técnicos que tenía órdenes de
desarmar el equipo. Al igual que los Guevara y sus dos custodios, pensaron que
se trataba de elementos contrarrevolucionarios y se prepararon para un
enfrentamiento. Cuando al día siguiente el Che supo lo sucedido, estalló en
sonoras carcajadas que hicieron sentir un tanto incómodo a su padre.
En
otra oportunidad, Guevara Lynch intentó establecer contacto por onda corta con
un grupo de amigos en Buenos Aires. Lo hizo desde la casa de un radioaficionado
que lo puso en comunicación con el equipo transmisor que aquellos operaban
desde la capital argentina, despachándose en detalle con todo lo que había
visto y oído hasta entonces. Esa misma noche, al encontrarse con su hijo, este
le espetó su imprudencia porque, según le explicó, el radioaficionado en
cuestión era un conocido contrarrevolucionario.
A
la familia Guevara Lynch se le frustró un viaje hasta el punto de desembarco
del “Granma”, porque el Che les había aclarado que si bien les ponía un
vehículo a su disposición, el combustible y la comida corría por cuenta de
ellos. Como sus fondos se hallaban bastante ajustados, no pudieron efectuarlo,
pero don Ernesto se dio el gusto de escuchar a su “Ernestito” hablar en un
local sindical a un grupo de trabajadores.
Habló
cerca de dos horas expresando sus ideas con claridad y exactitud, y en un tono
de voz muy mesurado. No usó la mímica y el ademán y con las manos apoyadas
sobre el pupitre habló como si lo hubiese estado haciendo consigo mismo. Hizo
un análisis profundo de los principios de la revolución cubana3.
Los
Guevara Lynch permanecieron un mes en Cuba, recorriendo los lugares más
emblemáticos de la isla, incluyendo la mansión de Batista, que mucho les llamó
la atención por su lujo y suntuosidad aunque también por lo que don Ernesto
llamó “su gusto discutible”4. Incluso hasta salieron de pesca frente
a las costas de La Habana, en compañía de su famoso hijo (el célebre Alberto
Korda registraría las imágenes de ese día).
Finalmente,
llegó la hora de partir. Las obligaciones llamaban y además el Che era un
hombre en extremo ocupado. Se despidieron en el hall central de Rancho Boyeros,
donde una enorme cantidad de personas esperaba la partida de diferentes vuelos.
La familia se hallaba reunida en pleno, siempre vigilada por los escoltas de su
hijo, luciendo sus desalineados uniformes y aferrando fuertemente sus armas.
Celia
se abrazó con fuerza de su “retoño” y tardó un tiempo en separarse, luego lo
hicieron sus hermanos y seguidamente Rodríguez Argañaraz. Cuando llegó el turno
del padre, este se desabrochó el reloj pulsera que llevaba puesto y se lo
extendió al Che. Era un recuerdo de doña Ana Lynch, una pieza magnífica que en
su contratapa lucía grabadas sus iniciales y en la tapa una circunferencia que
permitía ver el círculo horario.
-Aquí
tenés el reloj de tu abuela- le dijo don Ernesto extendiéndoselo.
El
Che lo tomó entre sus manos y quitándose el suyo se lo dio a su padre.
-Guardalo
como recuerdo -le dijo- este reloj me lo dio Fidel Castro, el día que me nombró
comandante, después de un combate.
Guevara
Lynch se lo colocó en su muñeca y nunca más se lo volvió a quitar.
En
esos momentos, una voz a través de los parlantes llamó a los pasajeros a
embarcar. Volvieron a repetirse los abrazos, los besos y las lágrimas y minutos
después, la familia caminaba por la plataforma, iluminada a esa hora por los
focos de neón, en dirección a la escalerilla del avión.
De
esa manera, en medio de la noche, la aeronave comenzó a carretear y minutos
después se elevó hacia la negrura del cielo, dejando detrás las luces de La
Habana, que se iban alejando a medida que ganaban altura. Pasarían dos largos
años para que volvieran a ver a aquel hijo errante, devenido en jerarca de un
régimen que seguía acaparando la atención mundial.
Notas
1 Ernesto Guevara
Lynch, op. Cit, p. 66.
2 Ídem, p. 69.
3 Ídem, p. 91.
4 Posiblemente Guevara
Lynch se esté refiriendo a la residencia de fin de semana de Kuquine.






