En la sociedad
española actual es popularmente aceptado, aun siendo falso, el
axioma que sostiene que la democracia es lo contrario al
totalitarismo. Tal falsa creencia se resumen en el binomio república
frente a fascismo, identificando la república como gobierno
democrático y al fascismo como el gobierno de uno (el dictador) o si
acaso de unos pocos (oligarcas).
Sin embargo la
realidad es otra muy diferente. Y es que tal como sostenía
Aristóteles y como maravillosamente pulió Santo Tomás de Aquino,
solo existen tres formas de Gobierno buenas: la monarquía, la
aristocracia y la democracia. Estas formas buenas pueden corromperse,
y entonces surgen las formas malas: tiranía, oligarquía y
demagogia.
Aunque aparentemente
de estas definiciones clásicas esté ausente el término
autoritarismo, no es así, pues precisamente el autoritarismo es el
elemento clave que lleva a la corrupción de las tres formas buenas
de gobierno. Y es que si las tres dichas formas lo son de gobierno,
es decir, formas de seleccionar quien ejerce el poder sobre una
comunidad política; el autoritarismo es el modo en que se ejerce ese
gobierno, y el mal ejercicio del poder se puede dar, y de hecho
históricamente se ha dado, en las tres formas de gobierno.
Por eso el elemento
clave para saber si España es buenamente gobernada o en cambio lo es
malamente, es definir qué sea totalitarismo, lo que supone
establecer previamente que sea el gobierno político. Ello llevaría
el presente artículo a una extensión desmesurada, por lo que
abordaremos la cuestión de manera más bien descriptiva. Y es que en
las formas buenas de gobierno aquel o aquellos que ejercen el poder
se limitan a tomar (y por tanto a imponer a los gobernados)
decisiones políticas; mientras que el totalitarismo supone ejercer
el poder no para la toma de decisiones políticas, sino para invadir
ámbitos vedados al debate político. Así el totalitarismo somete a
sus decisiones el ámbito moral y la totalidad de la vida social,
intelectual y económica.
Sin duda, por ello,
podemos definir la actual situación española como la propia de una
democracia totalitaria. Y ello en tanto en cuanto desde el poder se
nos pretende imponer una «pseudoética» variable y acomodaticia de
su propia creación; se pretende acabar con la autoridad familiar de
forma tal que sea el poder que determine qué debe enseñarse y que
no a los menores de edad; se dirige la economía (micro y macro) a
través del establecimiento de impuestos que no son votados
directamente por los ciudadanos (cosa que sí hacían estos en las
Cortes tradicionales de la Cristiandad), y que por tanto distorsionan
la libre iniciativa; y finalmente, entre otras muchas cosas, a través
de la sanción administrativa se sanciona la difusión de
determinadas obras intelectuales o se prohíben determinadas
investigaciones científicas, o se impiden determinadas
manifestaciones religiosas o la proclamación de la Verdad.
Así, por ejemplo,
se sanciona a quien sostenga que el ejercicio de la homosexualidad es
inmoral; se sanciona a quien pretenda realizar investigaciones
científicas sobre las diferencias orgánicas o estructurales de los
dos sexos; se penaliza a quien no comulgue con la ideología de
género, cuyo dogma establece que no existen dos sexos, sino que solo
existen géneros, y tantos géneros como cada cual quiera; y se
permite que cada cual tome la decisión de si la vida humana (la suya
propia o la de otro ser ajeno a él) debe continuar o no. Y en fin,
la administración es quien impone los contenidos académicos en
todos los niveles de estudio; la administración es quien se
autolegitima para determinar si unos padres ejercen o no
correctamente sus deberes naturales de custodia, reservándose el
derecho a arrebatarles arbitrariamente a sus hijos; y el poder
político, por último, haciendo abstracción de toda norma ética
ajena a sí mismo, otorga a los ciudadanos la capacidad de elegir
cuándo y cómo terminar con su propia vida (a través de la
legalización de la eutanasia) y con la vida ajena ( a través de la
legalización del aborto).
Todo ello nos lleva a concluir que, en efecto, estamos ante un ejercicio totalitario del poder.
Por ello, aquellos que aún aman la Verdad, la Bondad y la Belleza deben
organizarse para defender la sociedad política frente a este
totalitarismo desenfrenado. Y no sería mala cosa, para ello, asistir el
próximo mes de junio a la celebración del centenario de la Consagración
Oficial de España al Sagrado Corazón de Jesús. Pues al fin y al cabo, el
reconocimiento de la Soberanía Social de Jesucristo es el paso
imprescindible para desalojar al totalitarismo de los gobiernos
occidentales; y ello por cuanto todo totalitarismo se funda en no
reconocer principios morales naturales, ni la existencia de una verdad
objetiva, sustituyendo lo uno y lo otro por los pseudoprincipios éticos
que el propio totalitarismo inventa e impone para adormecer la natural
sed de justicia que Dios dispuso en el alma humana.
Javier Mª Pérez-Roldán y Suanzes-Carpegna

