SE REANUDA LA CONSPIRACION
Los
días que siguieron al alzamiento fueron de mucha tensión y expectativa.
El balance de los daños y el recuento de muertos y heridos tenían
sumida a la población en una profunda consternación en tanto la prensa
nacional y extranjera se hacía eco de los terribles sucesos, reflejando
con claridad (especialmente la extranjera) los hechos acaecidos.
Los
enfrentamientos armados y el bombardeo a la ciudad arrojaron un saldo
de 380 víctimas fatales que se elevaron casi hasta 400 en días
posteriores y casi un millar de heridos. Nueve granaderos cayeron
durante la defensa de de Gobierno1. Otros treinta y dos sufrieron heridas de distinta consideración, lo mismo dos oficiales del Regimiento Motorizado “Buenos Aires”
y siete del Regimiento 3 de Infantería que también tuvo un general y un
soldado muertos, el primero cuando intentaba reunirse con su unidad.
El
gobierno dispuso una serie de redadas y allanamientos, que dieron como
resultado unanumerosos arrestos, tanto de militares como de civiles y
religiosos, quienes fueron conducidos al penal de Villa Devoto en espera
de una sentencia.
Mientras
la población intentaba reponerse de los terribles acontecimientos que
habían tenido lugar en la Capital Federal, se organizaron
peregrinaciones a los templos incendiados y la CGT dispuso un paro general para el día 17, en señal de duelo y en apoyo al gobierno.
Ese
día, ante una multitud que colmaba Plaza de Mayo, Perón se dirigió a la
ciudadanía para pedir nuevamente calma y deplorar los desmanes
acaecidos durante la lucha. Por la tarde, a las 17.00 horas, se reunió
en pleno con su gabinete con el objeto de plantear su definitivo
alejamiento, decisión que los presentes rechazaron terminantemente,
especialmente el gobernador Aloé y los representantes de la CGT
aduciendo, entre otras cosas que eso sería ceder a la insurrección.
Lo
que sí se produjo fue un recambio de funcionarios (casi todos
cuestionados por la oposición), necesario para apaciguar los ánimo, el
primero de ellos, el ministro del Interior, Ángel Borlenghi, apartado de
sus funciones por consejo de los principales asesores gubernamentales.
Como era de esperar, fueron removidos los altos mandos de la Armada, importantes jefes de la Fuerza Aérea y numerosos oficiales del Ejército. La Base Aeronaval de Punta Indio fue anulada y el Batallón 4 de Infantería de Marina junto con la Fuerza Aeronaval Nº 2, quedaron disueltos.
Por decisión de los altos mandos, los aviones de la Base Aeronaval
Comandante Espora fueron desarmados, sus municiones depositadas en
Puerto Belgrano y sus espoletas enviadas al Arsenal de Zárate.
La VII Brigada Aérea de Caza con asiento en Morón fue suspendida y reorganizada como Destacamento Aeronáutico Militar2,
designándose como su primer jefe al comodoro Ricardo Alberto Accinelli.
Como el plan CONINTES seguía en vigencia, el personal de la nueva
entidad permaneció acuartelado por tercios en tanto su jefatura
adoptaba, como primera medida, repatriar el material aéreo que los
pilotos sublevados habían llevado hacia Uruguay3.
De
los treinta y nueve aviones utilizados por los rebeldes durante las
acciones, veintitrés aterrizaron en el Aeropuerto Internacional de
Carrasco de Montevideo; seis lo hicieron en el aeródromo de Colonia, siete en la base militar Boiso Lanza, uno fue derribado por la Fuerza Aérea, otro se estrelló en Tristán Suárez, un tercero cayó por falta de combustible en el Río de la Plata
entre Carmelo y Colonia y un cuarto aterrizó en pleno campo, cerca del
aeródromo civil de Melilla, al norte de Montevideo, sin poder desplegar
su tren de aterrizaje a causa de un sabotaje.
El
17 de junio el gobierno procedió a borrar los rastros de la batalla,
haciendo detonar las bombas que permanecían sin explotar, cosa que llenó
de pavor a los desprevenidos transeúntes que circulaban por las
cercanías.
Los
jefes complotados fueron sometidos a juicio frente a tribunales
militares especialmente constituidos y se esperaba para ellos las penas
más severas. Durante uno de los interrogatorios, acaeció un hecho que
volvió a conmocionar a la opinión pública.
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| Perón, a la derecha, observa los daños en la Casa de Gobierno |
Se
hallaban declarando los oficiales Julio César Cáceres y Dardo Eugenio
Ferreyra ante el comodoro Luis Lapuente, jefe del Servicio de
Informaciones y Seguridad Aeronáutica, cuando en un momento de descuido,
el último, al grito de “¡Viva la Patria!”,
se arrojó al vacío desde el tercer piso donde estaba compareciendo, sin
lograr su cometido de quitarse la vida porque cayó sobre un techo
plástico de la planta baja que amortiguó el golpe. Fue internado en
grave estado en el Hospital Aeronáutico donde continuaron interrogándolo
sin considerar su estado.
Las
aeronaves argentinas comenzaron a ser devueltas por decisión del
gobierno uruguayo a partir del 21 de junio, no así sus pilotos, quienes
permanecieron en el vecino país magníficamente atendidos por las
autoridades y el pueblo oriental. Y es que el Uruguay sentía sobre sí
toda la presión que el régimen justicialista venía aplicando desde 1946, a
raíz de la protección que Montevideo ofrecía a sus opositores cuando
aquellos buscaban refugio en su territorio. Esa hostilidad se manifestó
en el cierre de los pasos fronterizos, la venta de carnes y cereales a
menor precio en los mercados internacionales y la amenaza latente de un
ataque, especialmente el bombardeo a Radio Colonia debido a su marcada
campaña antiperonista.
Las
dos primeras aeronaves devueltas por el Uruguay fueron los Gloster
Meteor I-031 e I-098 piloteados por el comandante Eduardo Catalá y el
primer teniente Antonio Corradini respectivamente, el primero con un
remache que cubría el impacto de un proyectil antiaéreo. Tres días
después, el 24 de junio de 1955, llegaron el I-094 al comando del
capitán Daniel Aubone y el I-058 al del primer teniente José Lembi y en
días posteriores, lo hicieron el I-029 y el I-064, el primero a bordo de
un Bristol 170 Freigther. El total de los aviones navales se fue
reintegrando de manera escalonada4.
El
21 de julio el flamante Departamento Aeronáutico de Morón pasó a
depender directamente del Comando en Jefe de la Fuerza Aérea,
organizándose al mismo tiempo la incorporación de nuevos oficiales
procedentes de diferentes unidades5.
Una semana después, el gobierno decidió reactivar a la VI Brigada Aérea
con asiento en Tandil designándose a su frente al brigadier Juan C.
Ríos y jefe del Grupo 2 de Caza Interceptora6.
Pero
pese a la derrota, a las detenciones y los allanamientos y haciendo
caso omiso de las amenazas, los apremios y las redadas, los oficiales de
la Armada
encabezados por el capitán de navío Arturo H. Rial y el capitán de
corbeta Carlos Pujol a la cabeza, pusieron en marcha la segunda fase del
movimiento a través de una charla informal que mantuvieron en
dependencias de la Dirección de Escuelas Navales ubicada en Florida 610,
esquina Paraná. En días posteriores, se les unieron otros oficiales y
suboficiales del arma, destacando entre ellos el teniente Horacio
Mayorga y los capitanes Jorge Gallastegui, Juan Carlos Duperré, Carlos
Sánchez Sañudo y Jorge Palma, quienes comenzaron a organizar reuniones
clandestinas, tendientes a dar forma al movimiento.
Toda
una red de espionaje y contraespionaje fue puesta en marcha con el
firme propósito de reactivar la revolución. La misma se fue extendiendo a
las principales bases navales del país, especialmente las de Puerto
Belgrano y Comandante Espora, donde se comenzó a trabajar con mucha
cautela para obtener el compromiso de la Flota de Mar, las fuerzas de
Infantería de Marina y la Aviación Naval, dependientes del Área Naval
Marítima. El capitán de navío Jorge E. Perren fue designado para
encabezar el alzamiento en ese sector aunque el verdadero cabecilla de
esta segunda fase sería el contralmirante Isaac Francisco Rojas, que por
esos días acababa de llegar del Brasil, donde había desempeñado
funciones en la embajada argentina, para hacerse cargo de la dirección
de la Escuela Naval Militar con asiento en la Base Naval de Río
Santiago. Y fue él a quien se dirigieron los complotados para
solicitarle expresamente que se pusiese al frente de la Armada durante
las acciones que iban a tener lugar en el mes de septiembre.
El
23 de junio Perón volvió a hablar por la cadena nacional para referirse
a los sucesos del 16, minimizando los actos vandálicos contra templos e
instituciones que habían tenido lugar a poco de finalizadas las
hostilidades. Cuatro días después comenzaron a ser liberados algunos de
los militantes católicos que habían sido arrestados durante la defensa
de la Catedral
y el 28 del mismo mes, el templo mayor de la ciudad de Buenos Aires
reanudó sus oficios religiosos, en lo que fue una ceremonia
multitudinaria.
Ese
mismo día, en San Miguel Arcángel, monseñor Miguel Ángel de Andrea
ingresó al templo de rodillas mientras era ovacionado por la
concurrencia. Durante los oficios, prometió vestir ropas negras en lugar
de las púrpuras, en señal de luto por los muertos, los heridos y los
permanentes agravios que estaba padeciendo la Iglesia Católica Argentina.
En
el mes de julio, con motivo de la fiesta de San Pedro y San Pablo,
Perón envió sus respetos al Papa Pío XII quien, en respuesta, le dijo
que esperaba de todo corazón que el Señor guiase sus pasos para que el
pueblo argentino pudiese profesar libremente su fe.
Donde
comenzó a percibirse lentamente el descontento fue en las filas del
Ejército, fuerza que durante la jornada del 16 de junio había mantenido
su fidelidad absoluta a la persona del primer mandatario. Los últimos
acontecimientos habían llamado a la reflexión a muchos de sus oficiales y
de esa manera, en los días que siguieron al bombardeo, se puso en
marcha un silencioso complot en favor de la revolución, acordándose para
ello realizar los primeros sondeos con elementos de la Armada. La persecución a la Iglesia
y la quema de la bandera nacional habían mal predispuesto a amplios
sectores castrenses, incentivados por civiles nacionalistas opositores
al gobierno que trabajaban afanosamente por establecer contacto entre
elementos de las tres armas.
Altos
oficiales del Ejército, entre los que se encontrban el general Pedro
Eugenio Aramburu, los coroneles Eduardo Señorans y Arturo Ossorio Arana,
el capitán Ramón Eduardo Molina y el mayor Juan Francisco Guevara,
iniciaron gestiones para establecer contacto con la Fuerza Aérea
pues se sabía que pese a tratarse de una fuerza extremadamente adicta a
la persona del presidente, había numerosos oficiales que estaban
dispuestos a plegarse al movimiento, como el comodoro Julio César
Krausse y los capitanes Luis A. Bianchi y Orlando Capellini.
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| General Pedro Eugenio Aramburu |
En
el mes de julio tuvieron lugar varias manifestaciones contra Perón, en
una de las cuales cayó muerto víctima de la represión policial, el
militante de la juventud radical Alfredo Prat. Días después, el Partido
Demócrata emitió un comunicado en el que criticaba duramente al gobierno
denunciaba el clima de temor en el que vivía la ciudadanía, poniendo
especial énfasis en la necesidad de una amnistía total.
El
15 de ese mes se produjeron una serie de renuncias en el gobierno a
raíz de ciertas manifestaciones del primer mandatario en cuanto al curso
que tomaba su revolución. Entre las mismas, destacaron especialmente la
del vicepresidente de la Nación, contralmirante Alberto Teissaire,
reemplazado por el diputado nacional bonaerense Dr. Alejandro H. Leloir y
la de varios ministros y secretarios.
El
21 fue detenido el dirigente conservador Dr. Pablo González Bergez.
Pocos después fue arrojado al río Paraná el cuerpo sin vida del doctor
Juan Ingalinella, militante comunista desaparecido el 17 de junio,
torturado y asesinado por la policía de Rosario. En Córdoba tuvo lugar
una multitudinaria manifestación estudiantil y en Buenos Aires se
llevaron a cabo numerosas protestas en pro de libertad y justicia,
duramente reprimidas por las fuerzas del orden.
Ante semejante clima, el gobierno acordó, por primera vez en muchos años, conceder
a los partidos de la oposición, espacios de radio para expresar sus
puntos de vista. El primero en hablar fue el Dr. Arturo Frondizi,
titular de la Unión Cívica
Radical, quien el 27 de julio pronunció desde Radio Belgrano un
enérgico discurso que finalizó con vivas y salutaciones de una multitud
de seguidores que lo esperaba en las calles.
La
conspiración, en tanto, continuaba, con los capitanes de fragata Aldo
Molinari y Jorge Palma haciendo de enlaces con elementos del Ejército.
Rojas por su parte, tenía sus propios “agentes encubiertos” en las
personas de los tenientes de fragata Oscar Ataide, su secretario
personal, y Jorge Isaac Anaya, a través de los cuales supo del
desarrollo de los acontecimientos e hizo llegar sus puntos de vista.
Ocurrió
que por esos días tuvo lugar un hecho, en Puerto Belgrano que sirvió
para dar impulso a la conjura y acelerar sus preparativos.
Por
decisión del gobierno, el total de las municiones que después del 16 de
junio habían sido retiradas de las unidades rebeldes, fueron enviadas a
ese destino junto a los aviones navales recuperados del Uruguay,
reforzando de ese modo y de manera inesperada, el potencial de fuego de
la unidad. La repentina decisión llevó a los mandos rebeldes a adoptar
apresuradas medidas, una de ellas la acelerada construcción de espoletas
especiales para suplir a las que habían sido retiradas y enviadas al
arsenal de Zárate y la puesta en estado operativo de los aviones
navales.
Mientras
tanto, cuadros del Ejército seguían trabajando activamente en la
compleja misión de captar adeptos, aunque con mucha dificultad dada la
extrema vigilancia a la que estaba siendo sometida el arma.
En
la provincia de San Luis, sede del II Cuerpo de Ejército, se movía
incansablemente el teniente coronel Gustavo Eppens, asistido por un
importante número de oficiales. La unidad se hallaba al mando del
general Julio Alberto Lagos, de conocida postura nacionalista y afiliado
desde el primer momento al movimiento peronista, por lo que cada
movimiento debía hacerse con mucha cautela. Por su parte, en la
Agrupación de Montaña Cuyo con asiento en la ciudad de Mendoza, varios
de sus jefes intentaban neutralizar la marcada posición oficialista de
su comandante, el general Héctor Raviolo Audisio y su segundo, el
coronel Ricardo Botto. La agrupación se dividía en cuatro poderosos
destacamentos siendo Botto jefe del Nº 3 con base en Callingasta,
provincia de San Juan.
A
los complotados se les sumaron el teniente coronel Fernando Elizondo,
jefe del Grupo de Artillería Antiaérea 2; el mayor Armando Aguirre, jefe
del Liceo Militar “General Espejo”;
el juez de instrucción militar mayor Enzo Garutti, todos ellos con
destino en Mendoza; el teniente coronel Mario A. Fonseca, jefe del
Destacamento de Montaña 3 de San Juan y el general Eugenio Arandía, jefe
del Estado Mayor del Ejército de Cuyo, con asiento en San Luis. Por ese
lado, solo restaba sondear la postura del general Lagos y luego decidir
que hacer al respecto.
Mientras
el general Aramburu realizaba febriles gestiones para incorporar gente,
se le sumaron otras dos figuras de importancia dentro del escalafón de
oficiales del Ejército, el general Juan José Uranga y el coronel Héctor
Solanas Pacheco.
En
Córdoba, por su parte, conspiraba activamente el coronel Arturo Ossorio
Arana mientras los comandos civiles revolucionarios trabajaban
activamente, haciendo las veces de enlaces entre las distintas
agrupaciones militares. Sus principales centros de operaciones en la
ciudad de Buenos Aires eran el domicilio del Dr. Eduardo Fauzón
Sarmiento y la escribanía de su hermano Jorge, ubicada en el 4º piso de
Cerrito 512.
Un
hecho inesperado que desconcertó un tanto a los conspiradores fue la
sorpresiva incorporación a sus filas del general Dalmiro Videla
Balaguer, de quien todos pensaban, era ferviente partidario de Perón.
Aquello provocó sospechas y algo de inquietud ya que había más de un
conjurado que suponían al alto oficial, espía al servicio del gobierno.
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| General Eduardo Lonardi |
¿Qué
había ocurrido para que se produjera tan repentina decisión? Algo
simple. La fidelidad del general sanjuanino hacia la figura del primer
mandatario había comenzado a resquebrajarse a causa de la persecución
desatada contra la Iglesia Católica. Videla Balaguer era un hombre
profundamente devoto y desde el momento en que la turba arrasó los
principales templos de la capital, se produjo en él una suerte de lucha
interna que lo llevó a la difícil situación de tener que optar.
Fue
durante su visita a las ruinas de la iglesia de San Ignacio, en
compañía de su esposa, que al ver tanta desolación decidió plegarse a la
revolución.
Así
lo hizo, después de contemplar aquel terrible espectáculo y de orar
ante la arruinada imagen de Santa Teresa, poco antes de su regreso a
Córdoba.
Otro
que decidió volcarse al movimiento, movido por causas similares, fue el
general Julio Alberto Lagos quien, después de un segundo encuentro con
Aramburu en Buenos Aires, comprometió su palabra y al cabo de unos días
de reflexión, confirmó su apoyo. Lo hizo durante un encuentro con el
coronel Señorans, poco antes de que el alto mando decidiese su reemplazo
por el general José María Sosa Molina, hermano del ministro de Defensa y
hombre de la más absoluta confianza de Perón.
Quien
se mantenía recluido en su domicilio, sin ser participado de los
preparativos era el general de división Eduardo Lonardi, detenido y
pasado a retiro tras el frustrado alzamiento de 1951.
Ni
Señorans ni Aramburu tenían buena relación con él y si se lo tuvo en
cuenta en algún momento fue por la insistencia de su amigo, el coronel
Arturo Ossorio Arana y del Dr. Fauzón Sarmiento, a quienes mucho les
costó acordar una entrevista entre ellos. Aramburu fue quien puso más
reparos, argumentando que el aludido era un oficial en retiro, carente
de autoridad.
-Aquí hace falta un general con mando sobre la tropa. Oficiales antiperonistas retirados hay miles – dijo en una reunión.
El
encuentro con Aramburu y Lonardi tuvo lugar en el Hospital Militar, al
que ambos concurrieron para visitar al general Roberto Nazar, que se
hallaba allí internado. En la oportunidad, Lonardi manifestó estar
dispuesto a subordinarse pero Aramburu le respondió secamente que no
estaba encabezando ningún complot.
En el mes de julio la Flota
de Mar hacía maniobras frente al golfo San Matías cuando detectó la
presencia de naves foráneas en aguas jurisdiccionales. Casi al mismo
tiempo, aviones navales interceptaron mensajes radiofónicos en inglés,
que fueron grabados y enviados inmediatamente a los altos mandos de la
Armada en Puerto Belgrano.
Para
asombro de la oficialidad, los mismos fueron ignorados, razón por la
cual, comenzó a circular la inquietante versión de que naves británicas o
norteamericanas vigilaban los movimientos de la Armada a pedido del
gobierno, versión que provocó indignación e incertidumbre en todos los
niveles de la institución. Ese temor pareció confirmarse cuando el
almirante Guillermo Brown ordenó la dispersión de la Aviación Naval y la
clausura de la Base Comandante Espora, a efectos de neutralizar a la
fuerza, mostrando abiertamente que la Marina de Guerra inquietaba a las
autoridades del gobierno y seguía en la mira de la dirigencia peronista.
Ante aquellas extremas medidas, el capitán de corbeta Eduardo A.
Estivariz, pidió el retiro.
El
18 de agosto de 1955 la ciudadanía conoció el fallo del Consejo Supremo
de las Fuerzas Armadas que juzgaba a los militares alzados el 16 de
junio. El contralmirante Samuel Toranzo Calderón fue condenado a la pena
capital con degradación, de acuerdo a lo establecido por el artículo Nº
63, inciso 1º del Código de Justicia Militar, noticia que conmocionó a
la ciudadanía.
En
vista de ello, el general Juan Heriberto Molinuevo despachó al
secretario del tribunal, coronel Juan C. Villafañe para que informara la
novedad a Perón pero cuando el presidente escuchó el fallo, fue
terminante en su decisión.
-Hijo, yo no fusilo a nadie. Que Molinuevo busque la forma de evitarlo.
De
repente, el hombre que instigaba a las masas a “dar leña”, a “colgar
con alambres de púa” y a “dar muerte a los enemigos”, mostraba una
faceta prudente y humanitaria. Mucha gente, dentro de las Fuerzas
Armadas, quedó realmente desconcertada.
Casi
el total de los implicados, fueron condenados a prisión por tiempo
indeterminado y enviados al penal de Santa Rosa, provincia de La Pampa, donde permanecerían encerrados por los siguientes dos meses.
Con la conspiración en marcha, los conjurados del Ejército y la Marina
efectuaban frecuentes reuniones en el domicilio del doctor Fauzón
Sarmiento, en pleno barrio de Belgrano, custodiados por un grupo de
oficiales retirados al mando del coronel Ladislao Fernández Castellanos.
Acudían a las mismas los coroneles Francisco Zerda, Arturo Ossorio
Arana y Eduardo Señorans, el mayor Juan Francisco Guevara, el capitán
Tomás Sánchez de Bustamante, el capitán de navío Arturo Rial y el
capitán de fragata Jorge J. Palma.
Al
primer de ellos cónclaves debía asistir el general Aramburu pero un
llamado de último momento del padre Septimio Walsh, le advirtió que era
vigilado las veinticuatro horas del día y que, por consiguiente, no era
prudente que se moviera.
Los
complotados se pusieron al tanto de lo que acontecía y trazaron un
plan. Se decidió que la plana mayor de la armada debería esperar el
pronunciamiento del Ejército que todavía buscaba una mano firme que
tomase el mando y entonces Ossorio Arana manifestó que si se tenía que
hacer cargo de Córdoba, deseaba contar el general Lonardi, por tratarse
del jefe con mayor jerarquía dentro del arma. Su petición fue escuchada
con atención y nadie puso objeciones.
Días
después, el general Lucero removió a Aramburu, pasándolo de su puesto
al frente de la Dirección de Sanidad al de jefe de la Escuela Nacional
de Defensa.
Al
margen de las actividades sediciosas, desde la residencia del Dr.
Fauzón Sarmiento y otros domicilios particulares, los comandos civiles
iniciaron sus aprestos para colaborar con las fuerzas rebeldes, ya como
tropas de apoyo, ya como enlaces o aportando su concurso en toda
actividad que les fuese encomendada.
Un grupo de ellos, encabezados por el
ingeniero Roque Carranza e integrado por oficiales retirados como el
capitán Walter Viader y el vicecomodoro Jorge Rojas Silveyra, se dedicó a
fabricar bombas caseras con gelinita. Otras reuniones se llevaron a
cabo en el Colegio Nuestra Señora del Huerto, a
cargo
del padre Walsh, donde se imprimieron miles de folletos, trabajando
activamente en ello los ingenieros Florencio Arnaudo, Carlos Burundarena
y Manuel Gómez Carrillo junto al oficial retirado Edgardo García Puló,
Raúl Puigbó, que por entonces era permanentemente buscado por la policía
y Adolfo Sánchez Zinny. En el comando liderado por el capitán Aldo Luis
Molinari, actuaban Héctor Eduardo Bergalli, Roberto Etchepareborda y
otros militantes radicales, grupos a los que se les encomendó la misión
de copar e inutilizar las radios.
En el comando civil de la parroquia de Santo Cristo (Espíritu
Santo), el capitán Carlos Fernández tenía a su cargo un nutrido grupo
de militantes entre quienes se encontraban Alberto Pechemiel, Martín
Cires Irigoyen y el abogado Ismael Carlos Gutiérrez Pechemiel, los tres,
familiares del general Benjamín Menéndez. Alberto Pechemiel era esposo
de Ángela Menéndez, sobrina del célebre militar y junto a ella, actuó
como enlace durante el frustrado alzamiento de 1951, sufriendo ambos
apremios, cárcel, allanamientos domiciliarios y agresiones físicas.
Mientras
tenía lugar la entrelazada red de espionaje, se sucedían hechos de
violencia que continuaban enrareciendo el clima en todo el ámbito de la
nación.
El
12 de agosto una manifestación católica que se dirigía a la iglesia de
Santo Domingo, fue atacada por elementos de la Alianza Libertadora
Nacionalista en momentos en que llegaba a la esquina de Florida y Av.
Corrientes, resultando detenidos muchos de sus integrantes. Dos días
después, la policía allanó varios domicilios para arrestar a los
integrantes de una agrupación opositora organizada en la Facultad de
Derecho de la UBA y varios jóvenes armados fueron detenidos a bordo de
un jeep cuando circulaba por el corazón del barrio de Recoleta, lo mismo
la profesora de Religión Sara Mackintosh, cesante desde el mes de mayo.
El
17 de agosto tuvo lugar una concurrida manifestación en Plaza San
Martín, con motivo de un nuevo aniversario del fallecimiento del
Libertador, acto en el que se lanzaron insultos de todo tipo contra
Perón y su gobierno. Una vez más la Alianza Libertadora Nacionalista
atacó a los manifestantes, hiriendo de una cuchillada a un joven de
apellido Menéndez Behety.
Se enrarecía el aire en los principales epicentros del país y todo parecía presagiar nuevos estallidos de violencia.
Imágenes
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| El Gloster Meteor matrícula I-094, a poco de su aterrizaje en Montevideo Un oficial argentino inspecciona una pieza (Colección Revista LIFE, 1955) |
![]() |
| Oficial argentino junto a dos suboficiales uruguayos desmontan la turbina del Gloster I-031 (Colección Revista LIFE, 1955) |
![]() |
| Pilotos argentinos junto a un Texan. Probablemente 1950 (Colección Revista LIFE, Fuerzas Armadas Argentinas) |
![]() |
| Pilotos navales argentinos en Montevideo luego del bombardeo (Colección Revista LIFE, 1955) |
![]() |
| Pilotos navales. Durante el cruento bombardeo recibieron fuego antiaéreo y fueron atacados por la aviación leal (Colección Revista LIFE, 1955) |
![]() |
| Los pilotos son alojados en una base aérea uruguaya (Colección Revista LIFE, 1955) |
| Destrozos en la iglesia Nuestra Señora de Lourdes de Bahía Blanca (Fotografías: Miguel Ángel Cavallo: Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva) |
| Los vándalos han arrasado la Catedral de Bahía Blanca (Fotografías: Miguel Ángel Cavallo: Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva) |
| Daños en el Inmaculado Corazón de María (Bahía Blanca) (Fotografías: Miguel Ángel Cavallo: Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva) |
| Incendio y destrozos en la redacción de "Democracia", periódico opositor de Bahía Blanca (Fotografías: Miguel Ángel Cavallo: Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva) |
| Luis E. Vera, director de "Democracia" (luciendo impermeable) observa los daños en la redacción (Fotografías: Miguel Ángel Cavallo: Puerto Belgrano. Hora Cero. La Marina se subleva) |
Notas
1
Entre esos nueve granaderos figuraban los conscriptos Pedro H.
Baigorria y Héctor Leónidas Paz, cuyos cadáveres fueron depositados en
el Hospital Ramos Mejía.
2 Resolución 519/55 fechada el 20 de junio de 1955 y publicada en el Boletín Aeronáutico Nº 922.
3 A. Marino, J. Mosquera, G. Gebel, V. Cettolo, H. Claria, G. Posaba, Gloster Meteor FMk IV en la Fuerza Aérea Argentina, Avialatina.
4 Ídem.
5 Publicado en el Boletín Aeronáutico Nº 1002.
6 El 28 de julio de 1955.
7 En su domicilio se hallaron panfletos opositores.











