BUENOS AIRES BOMBARDEADA
El 16 de junio de 1955
amaneció en las peores condiciones climáticas. Hacía frío y una densa capa de
nubes cubría el cielo de Buenos Aires. El servicio meteorológico anunciaba
lluvias ligeras con vientos muy leves y el plafond, de apenas 200 metros, era extremadamente
bajo para los aviones de la
Fuerza Aérea que cerca del mediodía iban a efectuar un vuelo
sobre la capital en desagravio a la bandera nacional.
Aquella madrugada, los
porteños se preparaban para una nueva jornada de trabajo sin imaginar la espantosa
tragedia que estaba a punto de abatirse sobre ellos.
Desde hora muy temprana se
registraba un inusitado movimiento en el Ministerio de Marina, donde el
almirante Benjamín Gargiulo había pasado la noche. El alto oficial se hallaba
extremadamente nervioso cuando se presentó en su despacho el contralmirante
Samuel Toranzo Calderón, jefe de Estado Mayor.
-Las ordenes han sido
impartidas -dijo el recién llegado ni bien traspuso la puerta- la Casa de Gobierno va a ser
bombardeada.
Mientras tenía lugar ese
diálogo, en el cercano Arsenal Naval las tropas conjuradas apresuraban su
equipamiento.
Los altos oficiales navales
se hallaban en sus puestos cuando las primeras luces de aquel día gris
comenzaron a asomar lentamente por el horizonte. Habían establecido su punto de
reunión en el 4º piso del edificio, sede del Comando de Infantería de Marina,
encargando su custodia a la
Compañía Nº 1 de Infantería de Marina a cargo del teniente
Barbará, quien la había dividido en dos secciones a las órdenes de los suboficiales
Pacífico Flamini y Esperidión Funes. Sus efectivos, vistiendo uniformes de
combate, se hallaban provistos de fusiles FN de repetición y fusiles
ametralladoras y tenían instrucciones de tirar a matar.
Además de los oficiales
rebeldes, se presentaron en el Ministerio numerosos civiles, casi todos
candidatos a integrar la Junta
de Revolución Democrática que debía constituirse inmediatamente después de la
caída de Perón. Destacaban entre ellos los doctores Luis María de Pablo Pardo,
Adolfo Vicchi y Miguel Ángel Zavala Ortiz , los señores Raúl Lamuraglia, su
hijo Jorge, Alberto Benegas Lynch y Carlos Olmedo Zumarán y el teniente de
navío (R) Claudio Mejía. Casi todos notaron las luces encendidas en el despacho
presidencial y otras dependencias al frente a la Casa Rosada, y varios
automóviles estacionados en la explanada, prueba fehaciente de que Perón y sus
allegados se encontraban en el lugar.
A todo esto, en el Arsenal Naval, el Batallón de Infantería de Marina 4 que debía llevar a cabo el
ataque terrestre contra la sede del gobierno, terminaba sus aprestos bajo la
atenta mirada de su jefe, el capitán de fragata Juan Carlos Argerich. De
acuerdo a los planes establecidos, debían concentrarse cerca del Ministerio
para marchar desde allí hacia el objetivo después que la Aviación Naval
llevase a cabo el bombardeo. Al mismo tiempo, elementos civiles pertenecientes
a los comandos revolucionarios antiperonistas, ocuparían posiciones en azoteas
y otros lugares previamente señalados y se disponían a entrar en acción una vez
iniciadas las hostilidades.
A las 08.00 en punto, tal
como era su costumbre, Perón ingresó en su despacho, saludando a los miembros
de su Estado Mayor, los generales José Humberto Sosa Molina, ministro de
Defensa; Franklin Lucero, ministro de Ejército; Carlos Jáuregui, jefe del
servicio de Informaciones del Estado; el almirante Gastón Lestrade, el
brigadier Juan Ignacio San Martín y el mayor Alfredo Máximo Renner, su
secretario privado.
Acto seguido, después de
tomar asiento en torno a la mesa de reuniones, los militares pasaron a tratar
los principales puntos del Orden del Día, entre ellos la delicada situación con
la Iglesia y
el acto de desagravio a la
Bandera Nacional que la Fuerza Aérea
Argentina había programado para esa mañana. Ignoraban que se había puesto en
marcha una revolución y que en la cercana Base Aeronaval de Punta Indio, al
sudeste de Magdalena, se llevaban a cabo los últimos preparativos para lanzar
un ataque sobre la sede de gobierno.
Todo era tensión en el
ministerio rebelde cuando llegó la noticia de que el capitán de fragata Jorge
Alfredo Bassi se había hecho cargo del Aeropuerto Internacional de Ezeiza,
donde se había apostado la
Compañía Nº 5 de Infantería de Marina con todo su armamento.
En el Arsenal Naval, el
capitán Argerich, con el casco puesto su granadas y binoculares colgando sobre
su pecho, la pistola al cinto y el fusil-ametralladora Halcón en las manos,
terminó de pasar revista a la tropa y después de intercambiar unas palabras con
los oficiales y suboficiales a su mando, se dirigió a ella con firme voz: “Espero
que sepan cumplir con la Patria
y su comandante. ¡Carguen!”1.
Como acto reflejo, los
efectivos prepararon el armamento e inmediatamente después abordaron dos
camiones estacionados frente al edificio para dirigirse velozmente hacia el
Ministerio de Marina, precedidos por un jeep.
En Punta Indio, mientras
tanto, los capitanes de fragata Osvaldo Guaita y Néstor Noriega, efectuaban los
últimos aprestos para lanzar el ataque y eso fue lo que informaron al Ministerio
de Marina a las 09.46 de aquella terrible mañana.
La agitación en la base era
total, con los oficiales y los suboficiales yendo y viniendo mientras impartían
y recibían órdenes y los mecánicos efectuaban la carga de combustible y hacían
los últimos controles de los aviones. A bordo, en las cabinas, pilotos y
tripulantes aguardaban expectantes la orden de partida, atentos a lo que
marcaban sus tableros y las señales del personal de tierra.
Cuatro minutos después la
torre de control emitió la tan esperada directiva y casi enseguida, uno a uno
los cinco bombarderos bimotores Beechcraft, dotados de bombas de 110 kilogramos,
comenzaron a rodar por la carpeta asfáltica en dirección a la pista principal
para tomar ubicación en su cabecera sur. Detrás de ellos hicieron lo propio los
quince monomotores North American AT-6 de bombardeo en picada que comandaba el
capitán de corbeta Santiago Sánchez Sabarots, portando dos bombas de 50 kilogramos cada
uno y ametralladoras calibre 7,65. Las órdenes eran claras y terminantes:
debían matar a Perón.
Ya en el extremo de la
pista, el primer avión se puso en contacto con la torre de control para
solicitar permiso para decolar.
-Permiso concedido. Puede
partir – fue la respuesta que llegó a través de los auriculares.
Dando máxima potencia a sus
motores, el Beechcraft matrícula 3B-3 del capitán de corbeta Jorge Imaz,
comenzó a carretear hasta levantar vuelo y perderse de vista en el manto de
nubes que cubría la región. Llevaba como apuntador al teniente de corbeta Alex
Richmond, al propio capitán Guaita como copiloto, al cabo principal Roberto
Nava como navegante y al guardiamarina Miguel Ángel Grondona como
supernumerario.
Eran las 10.00 de la mañana
de aquel frío día de invierno, la visibilidad era escasa y no se percibían
movimientos en aquella parte de la provincia de Buenos Aires a excepción de la
leve llovizna que caía sobre los campos.
Detrás del capitán Imaz
partió el bombardero matrícula 3B-4 al comando del teniente de navío Carlos J.
Farguío, con el jefe de la base, capitán Néstor Noriega como apuntador, el
teniente de corbeta Roberto Moya como navegante y el suboficial José Radrizzi
como supernumerario, seguido, uno detrás del otro, por el 3B-11 al comando del
teniente de navío Jorge Irigoin quien llevaba al el teniente de fragata Augusto
Artigas como copiloto, al teniente de corbeta Santiago Martínez Autín como
apuntador y al suboficial mecánico Francisco Calvi como asistente; el 3B-6
piloteado por el teniente de fragata Alfredo Eustaqui, secundado por el
teniente de corbeta Hugo Adamoli como apuntador y los suboficiales Girardi y
Maciel como asistentes, y el 3B-10 del teniente de fragata Alberto del Fresno,
cuyo apuntador era el teniente de corbeta Carlos Corti y sus asistentes los
suboficiales Mario Héctor Mercante y Ricardo Díaz.
Inmediatamente
después de los bombarderos despegaron los monoplazas AT-6, piloteados por el
teniente de navío Héctor “Tito” Florido Alsina,
Eduardo Velarde y Héctor Orsi; los tenientes de fragata Raúl Robatto, Heriberto
Frind y Carlos García, los tenientes de corbeta José M. Huergo, Julio Cano,
José Demartini, Eduardo Invierno, Luis Suárez y Máximo Rivero Kelly y los
guardiamarinas Arnaldo Román, César Dennehy, Juan Romanella, Héctor Cordero,
Sergio Rodríguez, Horacio Estrada y Eduardo Bisso.
Los veinticuatro aviones conformaban la Escuadrilla Aeronaval
Nº 3 al mando del capitán Guaita, se elevaron sin problemas y una vez
superada la capa de nubes, enfilaron hacia la Capital Federal en
pos de su objetivo, decididos a acabar con Perón y su régimen.
Para entonces, fuentes gubernamentales habían detectado que algo
anormal acontecía y comenzaban a alertar a todas unidades, poniendo en vigencia
el plan CONINTES, (Conmoción Interna del Estado) para reprimir cualquier
intento sedicioso.
En la Base
Aérea de Morón, asiento del Grupo 3 de Caza de la VII Brigada Aérea, su
comandante, el comodoro Carlos Alberto Soto, ignoraba que muchos de sus
pilotos, algunos de ellos designados para llevar a cabo el desfile de
desagravio a la Bandera
sobre la ciudad, esperaban el momento oportuno para desertar y plegarse al
movimiento. El grupo rebelde estaba encabezado por el mayor Agustín Héctor de la Vega que aguardaba impaciente
la llegada del capitán Julio César Cáceres, enlace con los efectivos
revolucionarios de la Marina
de Guerra.
Soto, completamente ajeno a lo que acontecía, partió en un vuelo
de inspección para comprobar personalmente el grado de visibilidad con el que
deberían efectuar la pasada los aviones que iban a efectuar el vuelo de
desagravio y cuando se hallaba a la altura de la avenida General Paz recibió un
llamado urgente, instándolo a regresar inmediatamente.
Una vez en tierra, se le notificó que había entrado en vigencia el
plan CONINTES y que corrían rumores de un alzamiento. Al descender del avión se
dirigió presurosamente a su despacho y una vez ahí, recibió una comunicación
del brigadier Juan Fabri, comandante en jefe de la Fuerza Aérea,
notificándole que se prohibía todo vuelo sobre Buenos Aires porque se esperaba
un ataque.
Soto quedó perplejo. Acababan de decirle que la Capital Federal
iba a ser bombardeada y que debía estar alerta para entrar en acción.
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| Contralmirante
Samuel Toranzo Calderón
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Dudando todavía, preguntó si debía proceder a derribar aviones
enemigos y mucho se sorprendió cuando el brigadier Fabri le respondió que sí.
Turbado aunque sin perder la calma, mandó sonar las alarmas y ordenó alistar
cuatro cazas a reacción Gloster Meteor de la brigada para interceptar aeronaves
enemigas.
El personal de la base se hallaba inmerso en esa actividad cuando
se hizo presente el brigadier Mario Emilio Daneri acompañado por otros
oficiales. Traía instrucciones de hacerse cargo del Comando Aéreo de Defensa y
adoptar todas las medidas para contrarrestar el inminente ataque aéreo a la
ciudad. “Ha llegado el
momento de demostrar lo que somos capaces de hacer. Confío en la lealtad de
todos ustedes hacia las autoridades constituidas y deseo que ahora la pongamos
a prueba”, dijo a modo de arenga.
Daneri no había terminado de hablar cuando una nueva llamada del
brigadier Fabri confirmó la orden de partir y derribar todo avión que volase
sobre Buenos Aires, y sin decir más, cortó. Para entonces, el Aeroparque
Metropolitano y el Aeropuerto Internacional de Ezeiza habían sido cerrados y un
avión comercial proveniente de Colonia, obligado a regresar.
Mientras se desarrollaban esos acontecimientos, la escuadrilla de
ataque, al mando del capitán de fragata Guaita, llegó al centro de la ciudad y
comenzó a orbitar sobre el Río de la
Plata, en espera de que las condiciones climáticas mejorasen.
En su condición de presidente de la Nación y comandante en jefe
de las Fuerzas Armadas, el primer mandatario debió haberse hecho cargo
personalmente de la represión pero prefirió delegar el mando en el general
Lucero y poner su persona a resguardo.
Lucero convocó a los principales jefes militares a una reunión
urgente en el Ministerio de Ejército2, de resultas de la cual,
dispuso la movilización del histórico Regimiento de Granaderos a Caballo “General San Martín”, que desde
1903 tenía a su cargo la custodia y resguardo del presidente de la Nación y el alistamiento
del poderoso Regimiento Motorizado “Buenos
Aires” cuya misión sería
defender el Edificio Libertador, sede de la dependencia. Al mismo tiempo se
puso en estado de alerta a todas las unidades militares, incluyendo bomberos y
policía y ordenó el alistamiento de todos los regimientos cercanos a la
capital, en defensa del gobierno.
Un pesado clima de tensión se iba adueñando de las dependencias
oficiales a medida que pasaban los minutos porque se sabía que aviones hostiles
avanzaba hacia la ciudad y que se efectuaban febriles preparativos para plegar
al alzamiento a la Escuela
de Mecánica de la Armada,
lo que tornaba imperioso adoptar todas las medidas para proteger la sede
gubernamental.
En el sector de la
Casa Rosada que da sobre la calle Rivadavia, se montó una
sección de tiro apoyada por dos ametralladoras pesadas a las órdenes del
capitán Virgilio di Paolo; una sección similar ocupó posiciones frente a Plaza
de Mayo y otra en el sector posterior, cubriendo cualquier intento de avance
desde Plaza Colón. Mientras tanto, en las azoteas del palacio gubernamental se
instalaron tres piezas de artillería antiaérea al tiempo que el teniente
coronel Oscar Goulú establecía su puesto de mando en el histórico Salón de los
Acuerdos. Por su parte, el coronel Eduardo D’Onofrio, jefe de la Casa Militar
convertido en improvisado jefe de la Agrupación Casa de Gobierno, hacía lo propio en
su despacho, todo en medio de gran agitación. El Ejército, mientras tanto,
montaba dos piezas de artillería antiaérea en las esquinas de Plaza de Mayo,
una frente a la Catedral
y otra al Cabildo, al tiempo que se ponían en estado de alerta a los bomberos,
la enfermería y la comisaría de la sede gubernamental y se movilizaba al 3º
Escuadrón de Granaderos con asiento en Palermo.
Efectivos del Regimiento de Granaderos a Caballo tomaron
posiciones en el palacio de gobierno, construido sobre los cimientos del
antiguo fuerte que fuera asiento de los virreyes del Río de la Plata y las primeras
autoridades patrias portando armas y vistiendo uniformes de combate, mientras
sus jefes impartían órdenes a viva voz.
El general Lucero dio muestras de un alto nivel profesional al
disponer acertadas medidas defensivas tendientes a contrarrestar el alzamiento.
A eso de las 12.20 tenía a todas las unidades de Ejército listas
para ser movilizadas y al total de las fuerzas leales dispuestas a entrar en
operaciones.
Los granaderos apostados en la Casa de Gobierno se hallaban al mando del
teniente José María Gutiérrez, su jefe de guardia, quien se ubicó en el primer
piso, junto al Salón Blanco, donde se había emplazado otra ametralladora pesada
a cargo de un sargento ayudante de apellido Álvarez. Una decena de soldados
provistos de rifles Mauser fue apostada sobre Rivadavia, apoyada a su vez por
otra pieza similar, calibre 12,7, y en los accesos que daban a la calle
Balcarce se desplegó un dispositivo similar, lo mismo en la parte posterior,
frente a Paseo Colón, al tiempo que se colocaban más ametralladoras 12,7 en
cada ángulo de la terraza, servidas cada una por cuatro soldados al mando de un
suboficial.
Algo que ha llamado la atención de estudiosos y analistas es que
en ningún momento se le advirtió a la población lo que estaba por suceder.
Entre las 8.35 y las 09.00 Perón mantuvo una breve reunión en su despacho con
el embajador norteamericano Albert Nuffert y quince minutos después se retiró
al cercano Edificio Libertador, la imponente sede del Ministerio de Ejército,
sin ordenar las alertas correspondientes, ni adoptar las medidas necesarias
para evitar que la gente circulase por las inmediaciones de Plaza de Mayo. No
hubo indicaciones de cerrar el tránsito, no se ordenó el desalojo de la Casa de Gobierno y tampoco se
hicieron sonar las alarmas para prevenir a la población.
En Buenos Aires la vida siguió su transcurso con total normalidad.
Mientras tanto, en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, las
fuerzas rebeldes, recibían los primeros DC-3 y DC-4 de la Armada que transportaban
infantes de Marina desde la
Base Aeronaval de Punta Indio junto al personal necesario
para las tareas de tierra (mantenimiento, equipamiento y recarga de
combustible).
Los infantes desembarcaron y tomaron posiciones de combate en los
edificios mientras los aviones volvían a decolar en busca de más efectivos.
A todo esto, la escuadrilla atacante seguía volando en círculos
sobre la ciudad y el río, en espera de que las condiciones climáticas
mejorasen. A esa altura, los monoplazas North American, comenzaban a quedarse
sin combustible y varios de ellos debieron aterrizar en Ezeiza para reabastecer
sus tanques.
El hecho, no pasó inadvertido a los empleados civiles de la
estación aérea cuando con estupor, notaron las bombas bajo las alas de los AT-6
y eso movió a varios de ellos intentaron comunicarse con la capital para
averiguar que era lo que ocurría pero descubrieron con sorpresa, que las líneas
de comunicaciones habían sido cortadas. Sin embargo, según cuenta Ruiz Moreno
en su libro, uno de ellos, Eduardo Maidana, logró establecer contacto con el
Servicio de Informaciones del Estado y denunció lo que sucedía. Y fue a raíz de
esa llamada que se impartió la orden de ametrallar a los aviones rebeldes
apostados en el lugar.
Las comunicaciones entre la escuadrilla de ataque y el mando
rebelde estaban cortadas, por lo que el capitán Noriega ordenó al teniente de
fragata Carlos García, piloto de uno de los AT-6, que aterrizase en Ezeiza para
solicitar informes.
El piloto se dirigió directamente hacia el Aeropuerto
Internacional y una vez en tierra corrió hasta el puesto del capitán Bassi,
quien tenía a cargo la aeroestación, para cumplir la orden. La angustia y la
tensión crecían en las filas rebeldes a medida que pasaba el tiempo.
Bassi estableció contacto con el Ministerio de Marina en momentos
en que los ánimos comenzaban a caldearse por la falta de comunicación y
solicitó instrucciones. La demora se había prolongado excesivamente y el clima
no parecía mejorar. La orden que se le dio a García fue la de atacar y aquel
partió raudamente para retransmitirla a la escuadrilla. En ese preciso momento,
un helicóptero del Ejército se posaba junto a la mole del Edificio Libertador,
a solo cuatro cuadras de la base revolucionaria.
El general Perón hacía más de tres horas que había cruzado a la
sede del Ejército rodeado por su escolta de granaderos y se hallaba en el 3º
piso del gran edificio cuando el mando rebelde ordenó el ataque. A su lado se
encontraban los generales Lucero y Sosa Molina, el brigadier San Martín, el
vicepresidente de la
Nación Alberto Teissaire y otros funcionarios, civiles y
militares, a quienes alrededor de las 12.30 se les unieron los almirantes Ramón
Brunnet y Gastón Lestrade.
Los recién llegados expusieron al presidente los pormenores de la
situación, confirmando que la
Marina se hallaba en estado de rebeldía, que el Plan CONINTES
había sido boicoteado y que se intentaba neutralizar la Escuela de Mecánica de la Armada. Mientras
el primer mandatario escuchaba el informe, en el Ministerio de Ejérciro se
terminaba de montar un importante dispositivo de defensa, en medio de un
movimiento febril.
Inesperadamente, pasado el medio día, las condiciones climáticas
parecieron mejorar, el plafond ascendió de 200 a 400 metros y se abrieron
algunos claros entre las nubes. Fue en ese preciso instante que la escuadrilla
aeronaval se lanzó al ataque.
-Cumplir el
objetivo – se le ordenó al comandante- Se reitera: cumplir el objetivo.
A través de los espacios abiertos que comenzaban a ofrecer las
nubes, los aviadores de la
Armada pudieron distinguir los principales edificios de la
capital, puntos de referencia a tener en cuenta al momento de iniciar las
acciones, entre ellos, la Casa
de Gobierno, el Ministerio de Ejército, el Ministerio de Marina, el Ministerio
de Comunicaciones, la
Compañía Argentina de Electricidad con sus chimeneas
desprendiendo densas columnas de humo, la Catedral, el Cabildo, la zona del puerto, Plaza
de Mayo y avenida Paseo Colón.
Recibida la orden de ataque, el capitán Noriega la retransmitió a
las unidades de su escuadrilla e inmediatamente después entró en corrida de
lanzamiento:
-Dar cumplimiento al plan “Ministerio de Marina” –comunicó a
través de la radio- Abrir compuertas. Listos para arrojar cargas3.
La escuadrilla
naval se dividió en dos secciones. La primera, que constituía el grueso de la
formación, se dirigió directamente hacia la Casa de Gobierno en tanto la segunda lo hizo
hacia objetivos secundarios.
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| Aviones atacantes
|
En su corrida de ataque, después de efectuar un pronunciado giro
sobre el Río de la Plata
y sobrevolar Puerto Nuevo, los bombarderos abrieron las compuertas y se
abalanzaron sobre los blancos.
Las bombas del capitán Guaita, fueron las primeras en caer. Una de
ellas erró a la Casa
Rosada y dio de lleno en un trolebús repleto de pasajeros que
estalló envuelto en llamas. La segunda impactó en la sede de gobierno
provocando los primeros destrozos en su estructura.
El trolebús se elevó por el aire y volvió a caer, pereciendo sus
ocupantes a causa de las esquirlas y la terrible onda expansiva.
Le siguieron, uno tras otro, los cuatro Beechkraft restantes
mientras arrojaban sus respectivas cargas explosivas.
Los impactos y los estallidos fueron de tal violencia que los
desprevenidos transeúntes que transitaban por Plaza de Mayo y las calles
adyacentes, comenzaron a correr desesperadamente en busca de protección. El
espectáculo era asombroso. Buenos Aires se convertía en la primera capital del
continente en sufrir un bombardeo aéreo de magnitud.
Mientras la gente huía aterrorizada, las baterías antiaéreas
abrieron fuego respondiendo el ataque. Para los pilotos resultó espeluznante
observar las trazantes pasando a escasos centímetros de sus aparatos y peor
aún, cuando las mismas comenzaron a hacer impacto en sus estructuras. El avión
de Guaita fue alcanzado en una de sus alas, muy cerca del tanque de aceite y el
del teniente Irigoin recibió un impacto que le atravesó la puerta y cortó un
tubo de cables que lo dejó incomunicado del resto de la escuadrilla. El disparo
estuvo muy cerca de matar al cabo mecánico Francisco Calvi que, como se ha
dicho, hacía las veces de asistente.
El capitán Noriega arrojó sus bombas detrás de Guaita. “Deseo suerte para el país”,
pensó al accionar la palanca. Una de ellas pasó de largo y dio en el Ministerio
de Hacienda, provocando la voladura de puertas y ventanas además de algunos
incendios y serios daños en su mampostería; el segundo proyectil pegó en la Casa de Gobierno generando
nuevos destrozos. Lo que resultó realmente dramático fue que muchos de los
transeúntes se habían refugiado en el mencionado ministerio en momentos que su
estructura recibía gran parte del ataque.
Las baterías antiaéreas alcanzaron a varios de los aviones sin
producirles daños graves, lo que les permitió, una vez liberados del peso de
las bombas, tomar altura y alejarse velozmente hacia Ezeiza a efectos de
reponer armamento y combustible.
Detrás de los Beechkraft llegaron los North American AT-6,
lanzando sus bombas en picada y remontando vuelo para recomponer su formación
por encima de las nubes. Los daños que causaron fueron tremendos. Uno de los
proyectiles estalló en el despacho presidencial; otro produjo un enorme agujero
en el ángulo noreste del Ministerio de Hacienda, dos más impactaron en la
calle, un quinto lo hizo en las escalinatas de acceso que daba a Hipólito
Yrigoyen y otro más en las veredas de Paseo Colón, entre Yrigoyen y Alsina. Las
bombas habían sido arrojadas desde una altura de 400 metros, cuando
estaban preparadas para hacerlo desde 1000, razón por la cual, algunas de ellas
no alcanzaron a explotar. De todas maneras, los daños fueron enormes y el costo
en vidas, tremendo.
Mientras una gruesa columna de humo se elevaba hacia los cielos
desde la Casa de
Gobierno, numerosos cadáveres yacían tirados en las calles, todos ellos civiles
que en el momento del ataque transitaban por el lugar. Se observaban cuerpos
acribillados por las esquirlas y a gran número de heridos lamentándose sobre el
pavimento, en muchos casos, horriblemente mutilados. El drama recién comenzaba.
-¡Avance capitán! – le ordenó el contralmirante Toranzo Calderón
al capitán Argerich en la planta baja del Ministerio de Marina.
Acompañado por su jefe de operaciones, teniente de navío Carlos
Recio, Argerich ganó rápidamente el exterior y subió al jeep que debía
encabezar la columna integrada por tres camiones, en los que sus hombres
aguardaban expectantes.
La formación tomó por Cangallo y al llegar a Leandro N. Alem,
dobló a la izquierda para dirigirse directamente al palacio de gobierno.
A escasos 30
metros de la estatua de Juan de Garay, los vehículos
efectuaron un giro de 180º y se detuvieron, con su parte posterior mirando
hacia la Casa Rosada.
Ciento cincuenta infantes de Marina saltaron al pavimento y se
dividieron en dos secciones, una al mando del teniente Carlos Sommariva y la
otra a la de su igual en el rango, Menotti Alejandro Spinelli, apostándose
ambas en las posiciones previamente asignadas.
La sección del teniente Sommariva se ubicó en un punto al noreste,
muy cerca de donde se habían detenidos los camiones en tanto la de Spinelli,
después de cruzar la avenida, hizo lo propio sobre Plaza Colón, frente a la
fachada posterior del gran edificio, detrás de la hoy inexistente estación de
servicio del Automóvil Club Argentino.
El espectáculo era dantesco. Varias columnas de humo se elevaban
hacia el cielo desde diferentes puntos, la gente corría aterrorizada, el
trolebús impactado ardía a lo lejos con sus ocupantes carbonizados en su
interior y numerosos cadáveres yacían tirados por todas partes, entremezclados
con los heridos, gente que agonizaba y vehículos envueltos en llamas.
Argerich impartió las últimas directivas recalcando que los
civiles con brazalete blanco eran amigos y por lo tanto, no había que dispararles.
Lo primero que alcanzó a ver fue la ametralladora emplazada en la
ventana lateral de la calle Rivadavia junto a la que se encontraban apostados
el teniente de Granaderos José María Gutiérrez y el sargento ayudante Álvarez y
con la intención de neutralizarla, levantó su arma y barrió la posición con
intermitentes descargas.
Gutiérrez y Álvarez se apartaron a tiempo de la ventana, mientras
la cristalería de la habitación estallaba en pedazos. Presa de viva furia
regresaron ambos a sus puestos, y después de tomar el arma, el primero
descorrió el seguro y el segundo disparó.
Una descarga de balas pasó entre Argerich y el teniente Recio,
forzando a los infantes a buscar protección en la Recova de Paseo Colón.
Mientras tanto, la Compañía
Nº 1, con la sección de ametralladoras del teniente
Montiquín, se replegaba en dirección al Ministerio de Marina batida por el
nutrido fuego de la Casa
Rosada.
Se había perdido el factor sorpresa y por esa razón, el asalto a
la sede gubernamental era tarea imposible. De acuerdo a lo planeado, el
teniente Sommariva ordenó a su sección emprender la retirada por Paseo Colón,
en forma escalonada y con apoyo de las partes, buscando el amparo de los
edificios y mientras lo hacían, sus efectivos recibían el aliento de numerosos
civiles opositores a Perón que se habían cobijado detrás de automóviles,
paredes y columnas.
Quien mantuvo sus posiciones firmemente por no haber recibido la
orden de repliegue fue el teniente Spinelli, trabado en intensa lucha con los
granaderos que defendían la Casa
de Gobierno. Los disparos de metralla y fusilería, los gritos de los
combatientes y el ulular de las ambulancias, que desafiaban valerosamente el
fuego para evacuar a los heridos, le había impedido escucharla.
Mientras se desarrollaban estas acciones, volaba hacia el centro
de la ciudad la escuadrilla de alarma de la VII Brigada Aérea de
Morón, integrada por cuatro veloces Gloster Meteor FMk IV impulsados por sus
poderosas turbinas Roll Royce, armado cada uno con cuatro cañones Hispano
Suizos de 20 mm.
Encabezaba la formación su líder, el teniente Juan García, al comando del
aparato matrícula I-039, seguido por el primer teniente Mario Olezza en el
matrícula I-077, el teniente Osvaldo Rosito en el I-090 y el teniente
Ernesto Adradas en el I-063, que partió minutos más tarde porque su motor
derecho presentaba problemas de puesta en marcha. Su misión: derribar cualquier
aparato rebelde con el que se topasen.
Los
Gloster Meteor alcanzaron la zona de operaciones y
una vez allí, informaron a
su base que sobre la Casa
de Gobierno no se observaba nada anormal. Pese a ello, confirmaron que
permanecerían en el lugar, volando en círculo, en espera del enemigo y que
informarían cualquier novedad.
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| Capitán de Fragata Juan Carlos Argerich |
No
habían pasado más que unos cuantos minutos cuando el teniente García detectó a
lo lejos una formación de dos aviones navales que se alejaba en dirección
norte, cosa que se apresuró a comunicar a la torre de Morón.
-Proceda a su derribo – fue la orden que recibió.
García transmitió la directiva a sus hombres y su escuadrilla se
escalonó hacia la izquierda lanzándose detrás de los aparatos fugitivos que
piloteaban el teniente Máximo Rivero Kelly y el guardiamarina Arnaldo Román.
Los aviadores navales se habían separado del grupo principal por
causa de la niebla y venían de sobrevolar los cuarteles del Regimiento
Motorizado “Buenos Aires” sin haberlo atacado porque para
entonces, sus unidades había partido hacia la zona de operaciones. Román había
escoltado a uno de los Beechkraft y al igual que su compañero, se hallaba
escaso de combustible y llevaba todavía sus bombas. Por consiguiente, al
momento de ser detectado se aprestaban ambos a aterrizar en el Aeroparque con
el indicador de combustible marcando cero.
Los aviadores rebeldes sobrevolaban el espigón del Club de
Pescadores, cuando los Gloster Meteor los interceptaron y abrieron fuego. Las
descargas pasaron a escasos centímetros de Rivero Kelly, que para evitar ser
alcanzado, se elevó hasta los 700 metros y cuando volaba sobre San Isidro se
ocultó entre las nubes.
Román, que piloteaba el AT-6 matrícula 3-A-23, estaba a punto de
aterrizar cuando las trazadoras pasaron debajo de su aparato. Como impulsado
por una fuerza interior ajena a su voluntad, intentó una maniobra evasiva
virando en ascenso hacia la derecha pero se topó sorpresivamente con el caza
I-063 del teniente Ernesto Adradas que abrió fuego sobre él y lo alcanzó de
lleno.
La cabina de Román estalló en pedazos hiriendo al piloto en la
cabeza, su tanque fue perforado y el ala derecha comenzó a incendiarse.
Al ver que los mandos no le respondían, abandonó todo intento de
preservar su aparato y procedió a eyectarse. A 500 metros de altura
abrió la cabina, desabrochó el cinturón que lo sujetaba al asiento, se puso de
pie e impulsado por el viento, saltó al vacío.
El avión naval se precipitaba hacia el río cuando Román daba una
vuelta en el aire y tiraba de la anilla para desplegar su paracaídas. Cayó
lentamente sobre las obscuras aguas del Plata con su chaleco salvavidas
inflado, a la vista de varios curiosos que se encontraban en la Av. Costanera.
Moviéndose al ritmo de la marejada, se desprendió de todo el
equipo que lo estorbaba (casco, paracaídas y correajes), y aligerado de peso,
intentó mantenerse a flote, notando que las botas se le estaban llenando de
agua. De no haber contado con el salvavidas, seguramente se habría ahogado.
Román alcanzó a distinguir a su avión flotando a lo lejos y luego
lo vio desaparecer bajo las aguas, tragado por la corriente. Acababa de
protagonizar el primer derribo de una aeronave argentina en combate y había
tomado parte en el verdadero bautismo de fuego de la Fuerza Aérea y la Aviación Naval.
Sin embargo, el valeroso piloto no tenía tiempo para pensar en esas cosas ya
que si bien acababa de salvar milagrosamente su vida, el peligro no había
pasado.
Mientras trataba de mantenerse a flote, Román vio a lo lejos una
boya que se bamboleaba lentamente y hacia ella comenzó a nadar, sin embargo, a
los cinco minutos se percató de que una lancha de la Prefectura Naval
avanzaba directamente hacia él.
La embarcación se detuvo a su lado, con varios hombres apuntándole
con sus armas, dispuestos a acribillarlo en caso de que hiciese algún
movimiento en falso. Lo sacaron del agua y en calidad de prisionero lo
condujeron a la
Subprefectura del Río de la Plata, sobre la Dársena Norte, donde
quedó detenido e incomunicado.
Mientras tanto, la escuadrilla leal, al mando del primer teniente
García, efectuó una nueva pasada sobre la zona de operaciones y al no divisar
aviones enemigos, dio por concluida su misión regresando a Morón en formación
de rombo.
Los Gloster Meteor tocaron pista a las 13.30, casi en el mismo
momento en que el teniente de corbeta Máximo Rivero Kelly sobrevolaba la zona
en dirección al Aeropuerto Internacional de Ezeiza.
A poco de que los pilotos leales echaran pie a tierra e informaran
a sus superiores los detalles de su misión, la VII Brigada Aérea
recibió órdenes de atacar Ezeiza. Impartida la directiva, el vicecomodoro
Carlos Alberto Síster, leal piloto peronista, comandante del Primer Escuadrón,
se ofreció para encabezar la operación.
Síster procedió a colocarse el traje de combate y cuando estuvo
listo, abordó el aparato matrícula I-352, desde cuya cabina solicitó
instrucciones a la torre. Las mismas llegaron casi al instante, claras y
concisas: “Diríjase a Ezeiza y
ametralle aviones en tierra. Pasar a máxima velocidad dado que existen piezas
de artillería en el sector”.
El vicecomodoro partió solo porque en el momento de decolar, su
numeral sufrió un desperfecto en una de sus turbinas que lo obligó a permanecer
en tierra. En momentos en que daba máxima potencia a sus turbinas y se
aprestaba a iniciar el carreteo, pasó sobre la brigada la aeronave del teniente
Rivero Kelly en dirección al Aeropuerto Internacional.
Aquello generó cierta confusión ya que los efectivos rebeldes de la Aeronáutica encabezados
por el comandante Agustín de la
Vega, habían convenido con las autoridades de la Armada que el paso de un
avión naval iba a ser la señal de que el alzamiento estaba en marcha y que
debían proceder a apoderarse de la unidad. Sin proponérselo, Rivero Kelly había
hecho creer a los conjurados que el plan se estaba desarrollando de acuerdo a
lo planificado y en su defecto, procedieron a copar la unidad.
De La Vega
contaba solamente con el apoyo de su ayudante, Eduardo Wilkinson, pero cuando
anunció que la base estaba tomada, siete de sus oficiales, de conocidas
tendencias antiperonistas, se le plegaron inmediatamente, lo mismo el
odontólogo de la guarnición, armado con una pistola.
Empuñando fusiles ametralladora, De La Vega y su gente redujeron a
dieciocho suboficiales del escuadrón, encerrándolos en un hangar próximo al
edificio del destacamento. Acto seguido, reunieron a un total de 180 soldados
conscriptos y al frente de los mismos se encaminaron al edificio principal, al
que llegaron en momentos en que Síster remontaba vuelo. El resto de los pilotos
se encontraban en sus aviones, listos para entrar en acción cuando los
insurrectos se hiciesen presentes.
El brigadier Mario Emilio Daneri, el comodoro Soto, comandante de
la brigada y el jefe del Grupo 3 de Caza, vicecomodoro Orlando Pérez Laborda,
fueron reducidos. Soto intentó enfrentar a los rebeldes pero De La Vega, apuntándole con su
pistola, le ordenó que se quedase quieto. Inmediatamente después, les mandó
arrojar las armas, levantar las manos y caminar hacia la sala de pilotos donde,
finalmente, fueron encerrados.
Los capitanes Carlos Enrique Carús y Orlando Arrechea procedieron
a detener a los pilotos que aguardaban órdenes en sus aviones, conduciéndolos a
punta de pistola hasta la misma sala en la que habían sido recluidos sus
superiores. De ese modo, quedaron dueños de la situación, con la VII Brigada en su
poder.
Mientras esto acontecía en Morón, el vicecomodoro Síster volaba
hacia Ezeiza, la denominada “Base Roja” de los rebeldes, decidido a cumplir su
misión. Con los edificios de la estación aérea recortándose en el horizonte, el
decidido piloto peronista comenzó a descender al tiempo que efectuaba el
control de su tablero y ajustaba el dispositivo de ataque, apuntando a las
unidades que se hallaban sobre la pista principal.
Bassi y los recién aterrizados Noriega y Sánchez Sabarots, lo
vieron descolgarse de las nubes y dirigirse directamente hacia ellos mientras
abría fuego con sus cañones.
El personal de la base se dispersó velozmente en busca de refugio
mientras las balas repicaban sobre el asfalto y rebotaban en distintas
direcciones. Los tres jefes corrieron hacia una zanja cercana para arrojarse en
su interior en momentos en que Síster alcanzaba al AT-6 de Rivero Kelly.
Síster se elevó y al mirar hacia abajo identificó a muchos de los
aviones que habían participado en el ataque a la Casa de Gobierno, es decir,
los doce North American, y uno de los bimotores Beechkraft, detenidos junto a
dos transportes y un Catalina
El aviador enfiló nuevamente hacia ellos disparando decididamente
sobre los monomotores, sin lograr alcanzarlos por la mala visibilidad. Aún así,
acribilló la estructura del Beechkraft matrícula 3B-11, dejándolo fuera de
combate.
Durante el ataque, alcanzó a un avión de pasajeros de la aerolínea
comercial escandinava SAS y a otro de Aerolíneas Argentinas que se hallaban
cerca, generando el consabido pánico y preocupación entre el pasaje y la
tripulación.
Personal militar y civil corría en busca de protección cuando los
disparos de Sister acribillaron las plataformas. El avión de SAS, que esa misma
mañana debía regresar a Suecia, recibió seis impactos de cañón en el fuselaje y
el de Aerolíneas Argentinas entre dos y tres.
A bordo del Catalina, el guardiamarina Osvaldo Pedroni respondió
el fuego, disparando con una de las ametralladoras traseras y desde la zanja en
la que se había puesto a cubierto, el capitán Sánchez Sabarots, movido más por
sus instintos que por la razón, se puso de pie con su pistola en la mano y
vació el cargador, sin ningún resultado.
Durante su tercera pasada, los cañones de Síster se trabaron,
razón por la cual, el bravo aviador viró de regreso a su base, aterrizando sin
inconvenientes quince minutos después. Grande fue su sorpresa cuando vio desde
su cabina al capitán Carlos E. Carús que se acercaba apuntándole con su
pistola. Fue obligado a descender, a colocar las manos sobre y cabeza y caminar
hacia a la sala de pilotos donde fue alojado junto al resto de los prisioneros.
A todo esto, en el Ministerio de Guerra, el general Perón,
visiblemente nervioso, había delegado el mando completamente en el general
Lucero y se mantenía al margen, en espera de los acontecimientos.
Lucero había dispuesto defender el Ministerio y la vida del primer
mandatario emplazando ametralladoras pesadas en las ventanas del edificio y
reforzando su defensa con cuadros y unidades del Regimiento Motorizado “Buenos Aires”.
Desde esas posiciones, ordenó abrir fuego contra las tropas de
Infantería ubicadas frente a la
Casa de Gobierno, batiendo la zona sobre la que aquellas se
hallaban desplegadas. Al mismo tiempo, ordenó a determinadas unidades militares
controlar puntos considerados sospechosos como la Base Aérea de El
Palomar y la Escuela
de Mecánica de la Armada,
despachando hacia esta última al general José Domingo Molina, comandante en
jefe del Ejército, quien instaló su puesto de mando en dependencias de la I División Motorizada,
en los cuarteles de Palermo, de la que dependían los Regimientos 1, 2 y 3 de
Infantería a las órdenes del general Ernesto Fatigatti.
Quien avanzaba directamente a la batalla sin saber lo que
realmente estaba ocurriendo era el capitán Marcelo Amavet, jefe del 3er.
Escuadrón del Regimiento Escolta Presidencial quien, al frente de su columna,
había partido desde Palermo antes comenzar el bombardeo, desconociendo la
gravedad de la situación.
Amavet tomó el camino acostumbrado en tiempos de paz, es decir Av.
Libertador (antes Alvear) y luego Leandro N. Alem, para enfilar directamente
hacia el palacio de gobierno con sus vehículos, un ómnibus y dos camiones,
atestados de conscriptos.
| General Franklin Lucero |
Por su parte, la sección del Batallón de Infantería de Marina 4 al
mando del teniente Menotti Alejandro Spinelli, seguía combatiendo aferrada a
sus posiciones, entre la estación de servicio del Automóvil Club Argentino y
Plaza Colón, mientras era duramente hostigada por los granaderos desde la Casa de Gobierno y las
fuerzas apostadas en el Edificio Libertador.
Spinelli, que disparaba desde la plaza junto al guardiamarina
Antonio Pozzi, ordenó a sus efectivos más próximos tirar a las llantas de los
pocos automóviles que intentaban desesperadamente retirarse de la zona a
efectos de obtener mayor cobertura. Ignorante del repliegue del capitán
Argerich, dispuso enviar al cabo principal Juan Carlos López para solicitar
instrucciones, casi en el preciso instante en que una mujer atravesaba el lugar
a todo correr, llorando y gritando aterrorizada, con el rostro cubierto de
sangre.
El tiempo transcurría desesperantemente lento y como el cabo López
no llegaba, Spinelli ordenó a sus hombres desplazarse hacia la retaguardia para
ponerlos a cubierto de las ametralladoras que disparaban sin parar desde la Casa Rosada. Para
ello llamó al conscripto Menafra, y le ordenó que partiera en pos de las
instrucciones que López no traía.
Menafra hecho a correr velozmente en cumplimiento de la directiva
pero a los pocos metros cayó gravemente herido, alcanzado por los disparos.
Mientras las balas repicaban en torno al conscripto, que a causa
del intenso dolor se revolcaba sobre el pavimento, llegó al sector el
Regimiento Escolta, que colocó a sus vehículos en la línea de fuego de los
infantes de Marina.
Al ver que la columna se iba a detener bajo la explanada lateral
de Rivadavia y Paseo Colón (el lugar donde habitualmente se apeaba la tropa),
Spinelli comprendió que aquellos refuerzos constituían una sentencia de muerte
para su pelotón y por esa razón, ordenó abrir fuego.
Sobre la columna motorizada se abatió una lluvia de plomo que se
cobró la vida de varios hombres. Uno de los disparos dio de lleno en la cabeza
del conscripto Rafael Inchausti, chofer del ómnibus, matándolo
instantáneamente, e hirió a sus compañeros.
Con el soldado muerto al volante, el camión siguió avanzando muy
lentamente hacia el centro de la calle, mientras seguía recibiendo impactos
sobre su estructura. Los tiradores de la Marina también abatieron a los otros dos
choferes, conscriptos Ramón Cárdenas y Oscar Dresich, casi en el mismo instante
en que el primer camión comenzaba a incendiarse.
A bordo de los vehículos, todo era caos y confusión y si no
murieron más soldados fue por la férrea cobertura que les brindaron los
defensores de la Casa
de Gobierno. El combate entonces se tornó furioso, aumentando el número de
heridos de uno y otro bando, en especial, a bordo del ómnibus y los camiones.
Los granaderos saltaron fuera y mientras algunos buscaban
cobertura detrás de ellas, el resto corrió hacia el palacio de gobierno, con
las balas repicando a su alrededor.
El oficial Mario Davico se detuvo junto a una de las palmeras de
la entrada de Rivadavia, justo al lado de una de las bombas sin explotar que la Aviación Naval
había arrojado minutos antes y ahí se quedó inmóvil. Desde el edificio, sus
compañeros, lo apuraron para que ingresara porque, al atraer el fuego sobre sí,
era probable que una de las balas hiciera detonar el artefacto.
Mientras tanto, el combate arreciaba con los infantes de Marina,
que aún se aferraban a sus posiciones, devolviendo el fuego con determinación,
aún cuando comprendían que el asalto a la sede gubernamental era imposible y
que todo contacto con su jefe, el capitán Argerich, se había cortado.
Los jefes del Regimiento de Granaderos a Caballo pensando que no
se repetirían los ataques aéreos, decidieron bajar una de las ametralladoras
pesadas para emplazarla en el sector de la explanada en tanto, desde su
posición, el teniente primero Carlos Mulhall ordenaba evacuar a los soldados
heridos.
Así estaban las cosas cuando repentinamente, dos bimotores
Beechkraft aparecieron volando bajo desde el oeste.
Al verlos venir, los efectivos apostados en las azoteas de la Casa de Gobierno abrieron
fuego mientras en el interior sus ocupantes se ponían a cubierto.
Spinelli sintió alivio cuando vio a los bombarderos pero se
sobresaltó cuando aquellos soltaron sus bombas pues le pareció que las mismas
iban a dar justo en su posición. Se cubrió la cabeza, cerró fuertemente los
ojos y esperó, pero los proyectiles cayeron en el palacio de gobierno
provocando nuevos incendios y destrozos.
Fue en ese momento que el oficial de Marina decidió retirar a su
compañía, bastante castigada por el fuego enemigo y en ese sentido, impartió
directivas precisas.
Para entonces, los comandos civiles
encabezados por el teniente de Navío (RE) Siro de Martini, habían copado las
instalaciones de Radio Mitre, en Arenales 1925 y después de reducir al personal
a punta de pistola, obligaron al locutor Alberto Palazón a dar lectura a la
proclama revolucionaria. Su texto era el siguiente:
¡Argentinos, argentinos! ¡Escuchad este anuncio del Cielo, volcado
por fin sobre la tierra argentina: el tirano ha muerto! Nuestra Patria desde
hoy es libre: Dios sea loado. Fuerzas Armadas de la
Nación con la solidaridad de sectores civiles
representativos de la orientación democrática argentina, inspiradas por los
ideales que desde Mayo iluminaron nuestra nacionalidad, se rebelan en este
momento contra la tiranía, para restablecer la vigencia de la moral pública,
sancionar a los responsables, restituir la justicia y devolver al pueblo el
esencial instrumento de sus libertades. Afrontan esta decisión suprema ante la
comprobación de que se estaba en camino de destruir espiritualmente el país,
por obra de una corrupción desenfrenada; y se determinan a hacerlo con urgencia
temeraria por el convencimiento de que el pueblo ha perdido la posibilidad
jurídica de formar, expresar y defender su voluntad espontánea!4
Pero Perón no había muerto ni mucho
menos, sino que desde el 5º piso del Edificio Libertador, seguía expectante el
desarrollo de los acontecimientos.
La lectura de la proclama fue respondida por otra de la CGT, emitida por su secretario
general, Héctor Hugo Di Pietro a través de diversas frecuencias. La misma
decía:
¡Compañeros! El martes la
CGT dio una consigna: ¡Alerta! Ha llegado el momento de
cumplirla. Todos los trabajadores de la Capital Federal y
del Gran Buenos Aires deben concentrarse inmediatamente en los alrededores de la CGT, Independencia y Azopardo.
Todos los medios de movilidad deben tomarse, a las buenas o a las malas.
¡Compañeros!: en los alrededores les darán instrucciones. ¡La Confederación General
del Trabajo los llama para defender a nuestro líder! Concéntrense
inmediatamente sin violencia5.
Y el pueblo no se hizo esperar. La multitud trabajadora,
enardecida por sus dirigentes, abordó distintos medios y se encaminó a los
lugares indicados dispuesta a luchar. En el camino asaltó varias armerías,
entre ellas la tradicional Casa “Razetti”,
apoderándose de fusiles, revólveres, pistolas y cuchillos y después de
destrozar las empalizadas de madera de varios edificios en construcción, se
proveyó de garrotes y objetos de hierro.
| Alberto Palazón Locutor de Radio Mitre |
Hubo escenas realmente increíbles, cuando decenas de obreros y
empleados cruzaban las calles en medio de la infernal balacera y se ponían a
cubierto en los edificios adyacentes para avanzar en grupos y ocupar posiciones
inmediatas a la Casa
de Gobierno. En los momentos de mayor peligro se vio a más gente correr por
Paseo Colón y también a despavoridos transeúntes que atrapados por el tiroteo
intentaban protegerse lo mejor que podían.
La irresponsable convocatoria de la CGT y su demencial incentivo de la turba fue la
causa de tantas víctimas civiles.
Con el ruido de los disparos como música de fondo, los
trabajadores vitoreaban a Perón mostrando una voluntad irreductible de pelear
hasta las últimas consecuencias. Al mismo tiempo, la Alianza Libertadora
Nacionalista, la temible fuerza de choque peronista dirigida por Guillermo
Patricio Kelly instaba a la población desde su sede en Av. Corrientes y San
Martín, a armarse en defensa de Perón. Sus militantes proveyeron de armas a
numerosos civiles, enviándolos inmediatamente a la zona de combate con la
expresa indicación de morir en defensa de su líder. Se trataba de unos 200 o
300 fanáticos, muchos de ellos temibles ustachas de Ante Pavelic, identificados
con el brazalete del águila y la sigla de la agrupación, impartían directivas a
viva voz ostentando fusiles, pistolas y ametralladoras.
La agrupación hizo llegar un camión hasta la puerta de su sede y
después de llenarlo de milicianos y obreros armados, lo condujo hacia el frente
de lucha, escoltado por varios automotores y seguido por grupos a pie que
corrían detrás, vociferando consignas a favor de Perón.
Al llegar a Paseo Colón, los aliancistas ordenaron a los ocupantes
del camión echar pie a tierra y animándolos con gritos de guerra y muerte, los
impulsaron a ponerse en marcha, cosa que hicieron con gran determinación.
-¡¡Compañeros de la
Alianza, ataquemos el Ministerio!!
Mientras militantes y obreros se encaminaban hacia la sede
rebelde, en las arcadas del Cabildo un segundo grupo aliancista instaba a otro
importante número de trabajadores a dirigirse a la CGT para proveerse de armas.
La improvisada tropa abordó dos camiones y al grito de “¡Perón o muerte. La vida por
Perón!”, partió a toda velocidad, seguido por gente a pie.
En esos momentos, la sede de la Armada iniciaba aprestos para su defensa dado que
un asalto a la posición se tornaba inminente. Se sabía en esos momentos que
unidades del Ejército, especialmente las del Regimiento 3 de Infantería,
convergían sobre el centro de la capital en defensa de Perón y era necesario
sumar su concurso.
El regimiento, poderosa unidad de combate con asiento en La Tablada, había sido puesto
en alerta la noche anterior y a las 12.30 del 16, recibió la orden de
alistamiento. Poco después de producido el bombardeo inició la marcha sobre el
epicentro de la ciudad dividiéndose en dos columnas provistas de cañones Oerlikon.
La primera al mando del mayor Juan Carlos Vita, tomó por Av. Crovara en
dirección a Plaza de Mayo dispuesta a sumarse a la defensa de la Casa de Gobierno y la segunda
hizo lo propio hacia el Aeropuerto Internacional de Ezeiza con la misión de
apoderarse de la que, hasta ese momento, era uno de los más importantes focos
de la rebelión.
La sección del mayor Vita cruzaba Av. San Martín, a escasas
cuadras de la Av. General
Paz cuando tres aviones navales se abalanzaron sobre ella ametrallándola y
bombardeándola. La incursión provocó la muerte de tres conscriptos (uno de
ellos el soldado clase 34 Rubén Criscuolo) y heridas a varios de sus
compañeros. Las esquirlas mataron también a un anciano que quedó tirado sobre
el asfalto, en la esquina de Crovara y San Martín, una de las tantas bajas que
no se contabilizaron esa jornada.
El regimiento detuvo su marcha y apuntando sus piezas antiaéreas
repelió la agresión, alcanzando a uno de los aparatos y obligando los otros dos
a retirarse mientras los transeúntes huían despavoridos del sector.
A las 14.00 la sección llegó a Plaza de Mayo dividida en dos
columnas. La primera, encabezada por el mayor Vita, se adelantó para reconocer
el área justo cuando la sede del gobierno era atacada por el pelotón del
teniente Spinelli y la segunda se detuvo en espera de instrucciones.
En esos momentos, el teniente primero Mulhall tenía a su cargo dos
de las tres ametralladoras pesadas que se habían montado en las azoteas de la Casa de Gobierno, ya que la
tercera se había trabado y se hallaba fuera de servicio. Carente de municiones,
le ordenó a uno de los soldados que se hallaban junto a él ir en busca de una
nueva provisión mientras continuaba batiendo al enemigo.
El granadero y un compañero partieron presurosamente y regresaron
enseguida con varias cajas y bandas de balas. Mulhall les pidió que las
acomodaran y que después se retiraran y en eso se hallaban los dos conscriptos
enfrascados cuando repentinamente el soldado Víctor Enrique Navarro cayó boca
abajo, víctima de un disparo en la cabeza. Francotiradores civiles ubicados en
las azoteas del Banco Nación y las ventanas del Ministerio de Asuntos Técnicos
(Leandro N. Alem y 25 de Mayo), habían abatido al conscripto.
Indignado, Mulhall apuntó hacia los techos de la entidad bancaria
y disparó varias ráfagas barriendo la posición mientras piezas de 20 y 40 mm del recientemente
llegado Regimiento 3 de Infantería, hacían lo propio sobre el mencionado
ministerio.
La de Navarro fue una de las tantas muertes inútiles que se
produjeron aquel día. Mulhall, apenado, cubrió al conscripto con una capa y
allí se quedó esperando junto al cadáver, el desarrollo de nuevos hechos.
Tal era la capacidad de fuego y combatividad de la gente de
Spinelli, que los jefes que defendían la Casa de Gobierno, Guillermo Gutiérrez y Ernesto
D’Onofrio, solicitaron a su regimiento nuevos refuerzos.
Recibida la información, los granaderos alistaron tropas y
alrededor de las 14.00 partieron de Palermo, al mando del teniente primero
Roberto D’Amico. Llevaban consigo tres tanques Sherman, dos vehículos semioruga “Carrier”, dotados de
ametralladoras pesadas y varios camiones y ómnibus cargados de conscriptos que
presas del entusiasmo y mucha inconsciencia, deseaban fervorosamente entrar en
acción.
Al transponer los portones de la unidad, los efectivos que debían
permanecer en el lugar custodiando las instalaciones, saludaron su salida
lanzando vítores y vivas a Perón junto a un grupo de civiles que se había
acercado en busca de información.
La columna tomó por avenida Cabildo, siguiendo por luego por Santa
Fe después de dejar atrás Puente Pacífico, Plaza Italia y el Jardín Botánico.
Al llegar a Callao dobló a la derecha y tomando por Corrientes, alcanzó
Diagonal Norte, pasando junto al obelisco. Continuando por Av. Diagonal Norte,
dejó a su derecha el histórico Cabildo e inmediatamente después desembocó en
Plaza de Mayo para seguir por Rivadavia en medio de intensos disparos de
metralla.
La unidad motorizada se detuvo junto a la puerta principal del
palacio de gobierno permitiendo que los fusileros del 2º Escuadrón ingresasen
en su interior y tomasen posiciones. Inmediatamente después, D’Amico, impartió
una serie de instrucciones e inició el avance sobre las posiciones del teniente
Spinelli.
Los infantes de Marina se batían con un valor inusitado,
impactando con sus ráfagas las estructuras metálicas de los blindados que se
les iban encima. Sus balas rebotaban peligrosamente sobre sus estructuras y
salían despedidas amenazadoramente en distintas direcciones, poniendo en
peligro a los cuadros militares y a los milicianos peronistas que e encontraban
en los alrededores.
Con D’Amico sacando medio cuerpo fuera de la torreta de su tanque
y accionando la ametralladora, la columna se puso en movimiento en tanto el
Regimiento Motorizado “Buenos
Aires”, hacía lo propio desde el Ministerio de Ejército al mando del
teniente coronel Marcos Ignacio Calmón.
Calmón dividió su fuerza en tres secciones, tomando ubicación en
la del centro. La idea era envolver al enemigo en un movimiento de pinzas y penetrar
por el medio a modo de ariete. La columna Nº 1 debería enfrentar a los infantes
de Marina; la segunda, avanzaría por el sector inmediato al puerto y la tercera
haría otro tanto siguiendo las vías férreas que unían las dársenas con la
estación Retiro.
Cuando los tanques echaron a andar, numerosos civiles se pegaron a
ellos para correr detrás, algunos dispuestos a pelear y otros decididos a ayudar a
los soldados, ya fuera alcanzándoles municiones, agua para las ametralladoras e
inlcuso hacer las veces de enlaces.
La situación con los civiles comenzó a descontrolarse ya que, en
su afán por tomar parte en la pelea y defender a Perón, comenzaron a dificultar
los movimientos de las fuerzas de represión. Muchos de ellos cayeron
acribillados por los infantes y otros resultaron heridos, siendo necesaria su
evacuación.
En torno a la CGT
y otros puntos inmediatos a la
Casa de Gobierno llegaron a congregarse más de 50.000
trabajadores deseosos de intervenir en la lucha, una cifra realmente
preocupante si tomamos en cuenta la magnitud de los combates que se estaban
desarrollando en torno a la Casa
de Gobiernoi, únicos por sus características, en la historia de América. Cuando
Perón desde el Ministerio de Ejército supo lo que ocurría, envió a su sobrino,
el mayor Ignacio Cialcetta, con la orden de impartir la directiva de que debía
controlarse la situación y despejar inmediatamente el sector.
Cialcetta corrió hacia la salida y ganó el exterior, donde miles
de obreros aguardaban novedades.
-¡Todo el mundo a la
CGT –gritó a viva voz- Despejen el área!
En esos momentos, camiones del Correo y un jeep de la Alianza Libertadora
Nacionalista repartían armas entre los civiles tornando insostenible la
situación. Cuando Cialcetta llegó a la central obrera y dio cuenta de que el
Ejército tenía el control, la masa de trabajadores, enfervorizada, se lanzó a
las calles para unirse a la columna de tanques que en esos momentos avanzaba
sobre los marinos, siendo exacta la afirmación de Ruiz Moreno, de que la arenga
del sobrino de Perón terminó por producir un efecto inverso al esperado.
La situación imperante aumentó la preocupación de las autoridades
rebeldes que desde el Ministerio de Marina seguían atentamente el desarrollo de
los acontecimientos. Por esa razón la orden del titular del arma, almirante
Aníbal Olivieri, fue terminante. Los aviones navales debían continuar los
ataques agregando a la Casa
de Gobierno dos nuevos objetivos: la
CGT y Radio del Estado.
Toranzo Calderón, Gargiulo y los altos oficiales apoyaron la
decisión pero la órden, si bien fue impartida, no llegó a ser recibida.
Mientras las fuerzas leales avanzaban, el Ministerio de Marina
organizaba su defensa, apostando en los pisos bajos treinta tiradores asistidos
por el doble de conscriptos.
Las tropas peronistas comenzaron a presionar con fuerza sobre las
posiciones del teniente Spinelli, tanto desde la Casa de Gobierno como del
Ministerio de Ejército por lo que, tras un rápido análisis de la situación,
viendo que sus hombres se hallaban dispersos y varios otros gravemente heridos,
el bravo oficial dispuso el repliegue, ordenando fuego intenso a efectos de
forzar al enemigo a buscar protección.
El mismo Spinelli dio el ejemplo al incorporarse y arrojar hacia la Casa de Gobierno una granada
que hirió gravemente al capitán Marcelo Amavet y al subteniente Camilo Gay al
explotar.
Los infantes de Marina se incorporaron y los que rodeaban a
Spinelli procedieron a cargar al guardiamarina Pozzi para llevarlo a la rastra
hasta la estación de servicio del Automóvil Club. En esos momentos, una turba
de civiles armados, portando una bandera y dando vivas a Perón, comenzó a
acercárseles amenazadoramente, blandiendo sus armas. Spinelli y sus hombres les
apuntaron y descargaron sobre ellos varias ráfagas de metralla provocando la
muerte de algunos de ellos y serias heridas a la mayoría. Los que no fueron
alcanzados se dispersaron a toda prisa, buscando desesperadamente protección.
Tiroteada desde varios sectores, la 2ª Sección del teniente
Spinelli llegó al edificio de la estación de servicio, comprobando que desde la
zona de diques, en el puerto, la Prefectura Naval también les disparaba.
Haciéndoles señas con el brazo derecho, le gritó a sus hombres que
apurasen el paso al tiempo que intentaba cubrirlos con su ametralladora
automática. Según cuenta Ruiz Moreno, los vidrios y faroles de la estación de
servicio estallaron hechos añicos mientras la chicharra de un trolebús
abandonado a pocos metros, tornaba la escena todavía más irreal.
Pese a la retirada y al apoyo que los soldados se daban entre sí,
varios de los infantes se desprendieron del grupo principal y al quedar
aislados, cayeron prisioneros, recibiendo en algunas ocasiones fuertes golpizas
por parte de los enardecidos civiles. Un conscripto de apellido Jovanovich, al
verse perdido, fingió estar gravemente herido y se arrojó al suelo. Una vez en
la ambulancia en la que era evacuado, se incorporó, colocó su pistola en la
cabeza del conductor y lo obligó a llevarlo hasta el Arsenal Naval.
En su repliegue, los infantes de Marina sufrieron numerosas bajas,
entre ellas las del mayor Galileo Battilana, los infantes Carlos Fernández,
Antonio Massafra, Norberto Di Tomaso y Carlos Garofalo y el conscripto Abel
Lerner.
Massafra, gravemente herido en las piernas, llegó al Ministerio de
Marina por sus propios medios y Garofalo, alcanzado cuando disparaba cuerpo a
tierra desde un cantero, fue recogido por un enfermero que lo llevó en auto
hasta el mismo lugar.
Desde la estación de servicio del Automóvil Club, varios civiles
ajenos al combate se mantenían a cubierto, mientras los infantes de marina
seguían disparando con determinación y sus heridos eran asistidos por los
empleados del lugar.
Spinelli comprendió que debía retirarse ya que, al quedar rodeado
por fuerzas enemigas, su situación se tornaba insostenible. Impartidas algunas
directivas, sus hombres iniciaron un repliegue escalonado en dirección al
Ministerio de Marina en el preciso momento en que las tropas del Regimiento
Motorizado “Buenos Aires” que comandaba el capitán Elicagaray,
los perseguían.
Las fuerzas leales intentaban despejar la estación de servicio,
defendida valerosamente por el pelotón que encabezaba el cabo segundo Roberto
Vivas y los civiles continuaban avanzando en gran número, entremezclados con
las tropas leales o en grupos dispersos, muchos de los cuales cayeron abatidos
al cruzar la línea de fuego o cuando corrían hacia el enemigo. Lo peor, según
cuenta Ruiz Moreno, era que desde las localidades del Gran Buenos Aires seguían
llegando obreros armados (el grupo más importante, el de las Cervecerías
Quilmes) y que varios camiones avanzaban por Avenida de Mayo con gente apiñada
en la caja, que vociferaba consignas partidarias al régimen. Convergían todos
sobre el Ministerio de Ejército y la
CGT, solicitando armamento y al no obtenerlo, se proveían de
lo que podían, es decir, palos, fierros y cadenas, lanzándose valerosa y
temerariamente al combate.
![]() |
| Ministerio de Marina |
La infantería de Marina continuaba su retirada en medio del feroz
tiroteo, cubriéndose detrás de automóviles y cuanto obstáculo les sirviese para
contener la lluvia de balas cuando Spinelli corría junto al cabo Silvero y el
conscripto Cofman, notó que tres obreros armados los perseguían. Estaba a punto
de voltearse para dispararles cuando varias ráfagas provenientes del Ministerio
de Marina abatieron a sus perseguidores. En otro sector, otros dos civiles que
portaban pistolas 45 (posiblemente miembros de la Alianza Libertadora
Nacionalista), seguían los pasos de un dragoneante al que le estaban por
disparar cuando el soldado Marcos Robledo abatió a uno y forzó al otro a
escapar velozmente.
Otro efectivo que retrocedía perseguido de cerca por la turba se
dio vuelta repentinamente y enfrentándola, le disparó varias ráfagas abatiendo
a buen número de obreros mientras el grueso se dispersaba.
La que se iba tornando desesperante era la situación del valeroso
suboficial Vivas que desde la estación de servicio del Automóvil Club seguía
cubriendo la retirada de sus compañeros. Lo acompañaban tres hombres que
disparaban sin cesar mientras el malherido guardiamarina Pozzi yacía a cubierto
en el suelo.
Los cinco efectivos ya se daban por perdidos cuando,
inesperadamente, llegó a gran velocidad un automóvil negro que venía haciendo
zig-zags conducido por el conscripto Pedro Lodeiro.
El vehículo se detuvo junto al edificio de la estación y desde el
interior, su conductor les indicó a los gritos que subiesen. Los cuatro
combatientes corrieron desesperadamente y una vez dentro partieron a gran
velocidad haciendo sonar los neumáticos sobre el pavimento.
Lodeiro dejó a sus “pasajeros” en el Ministerio de Marina y
regresó por Pozzi, acompañado por el guardiamarina Juan A. Dover, integrante de
la 1ª Compañía del Batallón 4.
El automóvil se desplazaba velozmente por la calle Sarmiento
mientras los disparos repiqueteaban a su alrededor. El conductor intentaba
colocar el vehículo de culata, mirando hacia la base rebelde cuando dos
impactos de bala perforaron su parabrisas, sin que ninguno de los ocupantes se
diera cuenta.
El guardiamarina Dover descendió a toda prisa y corrió hasta el
edificio comprobando con asombro, que Pozzi no estaba. Ninguno de los civiles
que se cubrían allí (los empleados del Automóvil Club, varios transeúntes, una
aterrorizada pareja de ancianos y una enfermera en estado de crisis), supo
decirle que había sido de él, ni siquiera los dos únicos militares que quedaban
en el lugar, un soldado del Ejército y un infante de Marina rezagado, el
conscripto Luis Croce, que creía haber visto cuando lo evacuaban en automóvil
hacia el Ministerio, y nada más.
Para entonces la situación rebelde era crítica. Los tanques del
Ejército avanzaban seguidos por tropas y milicianos; la Infantería de Marina
cedía terreno y su sede amenazaba con quedar sitiada.
Muchos de los infantes que se habían desprendido del grupo
principal durante la retirada, cayeron prisioneros, como se ha dicho; otros
después de cambiar sus uniformes por ropa de trabajo en el Automóvil Club, se
desplazaban disimulados entre la turba y varios otros habían sido evacuados por
las ambulancias. Por su parte, los comandos civiles que tiroteaban a las tropas
leales desde las azoteas del Ministerio de Asuntos Técnicos, comenzaron a
recibir fuego y eso terminó por neutralizarlos.
Con la intención de detenerlos, el subteniente de granaderos
Rodolfo Ríos, corrió pistola en mano hacia la dependencia gubernamental e
ingresó por la entrada de 25 de Mayo seguido por varios civiles dispuestos a
todo, incluso, a hacer justicia por sus propias manos. Sin embargo, al llegar a
los techos, comprobó que los comandos habían desaparecido, igual que el grupo
apostado en el Banco Nación.
En el fragor del combate, los tanques del Ejército siguieron su
avance hacia el Ministerio de Marina con su comandante, el teniente primero
Roberto D’Amico, disparando la ametralladora desde la torreta del primero. Lo
asistía el sargento Alvaro Doffi guiando al conductor porque un disparo muy
certero le había destruido el periscopio dejándolo sin visión. Desde el
blindado que avanzaba detrás, el sargento Lorenzo Ordiz también accionaba su
ametralladora con medio cuerpo fuera de la escotilla y en uno de los semioruga,
el sargento José María Díaz hacía lo propio con su arma, de pie, para apuntar
mejor. Sin embargo, varios de aquellos oficiales resultaron heridos, entre
ellos el sargento Humberto Pedro Raponi, a cargo del oruga Nº 2 y el capitán
Virgilio Di Paolo alcanzado en el hombro cuando agitaba una bandera junto a
D’Amico en el preciso momento en que la columna blindada se desplazaba por la
calle Sarmiento, frente al Correo Central.
Una vez frente al ministerio rebelde, D’Amico decidió abrir fuego
con el cañón de su tanque por lo que, a una orden suya, el vehículo se puso a
tiro, apuntó y disparó.
El proyectil impactó de lleno en el Salón de Almirantes, a la
altura del segundo piso, provocando daños e incendios.
En la sede de la
Armada se llamó a zafarrancho de incendio y se procedió a
extinguir el fuego, en el preciso momento en que el teniente primero Rómulo
Federici, jefe del 1º Batallón de la Sección Antiaérea
del Regimiento Motorizado “Buenos
Aires”, ordenaba batir el sector con uno de sus Bofors calibre 7,5,
provocando grandes explosiones y nuevos daños. Durante el avance, el capitán
Pascual de Candia, que encabezaba un pelotón del mencionado regimiento, cayó
gravemente herido.
A todo esto, en la estación del Automóvil Club, el guardiamarina
Dover, rodeado por tropas leales, planeaba la fuga junto a sus camaradas,
Lodeiro y Croce. Para ello efectuó un detenido examen de la situación y
comprendiendo que el único modo de escapar era vistiendo ropas de civil, le
solicitó a un empleado de la estación, ex conscripto de la Marina, que lo condujese
hasta un pequeño cuarto donde había unos overalls.
Al llegar al lugar procedió a colocarse uno de ellos (a puertas cerradas para
no ser vistos por los hombres y mujeres que se habían escondido en el edificio
y por los soldados leales que rodeaban el sector) y de ese modo ganó el
exterior para subirse al auto en el que habían llegado, seguido por Lodeiro y
Croce. Fue entonces cuando apareció el efectivo del Ejército que había estado
escondido con ellos (a quien Dover supuso erróneamente rebelde), encañonándolos
con su pistola.
-¡¡Vengan –gritó mientras apuntaba a la cabeza de Dover- que aquí
tengo a tres de la Marina!!
Al escuchar eso, muchos de los trabajadores que corrían hacia el
Ministerio de Marina desviaron su trayecto y rodearon a los prisioneros. En
vista de la situación, Dover pensó que tanto él como sus compañeros iban a ser
linchados.
Mientras el cerco en torno al reducto rebelde se iba estrechando,
su titular, el almirante Olivieri, que hacía rato había despachado hacia Ezeiza
al capitán Horacio Mayorga con la orden de reanudar los ataques aéreos, decidió
establecer contacto con el general Lucero a efectos de llegar a un acuerdo y
evitar un baño de sangre.
Lograda la comunicación, Olivieri solicitó al ministro de Ejército
que se apersonara en la sede de la
Marina para parlamentar pero aquel se negó rotundamente
replicando que era él (Olivieri) quien debía dirigirse a sus dependencias.
Olivieri cortó pero al cabo de un instante volvió a llamar. Lucero se negó a
atenderlo y ante ese hecho y con el cerco cada vez más cerrado, ordenó a los
defensores disparar sobre los milicianos para evitar que se apoderasen del
edificio, corazón de la
Armada Argentina y centro neurálgico de la revolución.
Los milicianos peronistas disparaban desde varios sectores
utilizando armas largas e incluso ametralladoras. Un grupo de ellos intentó
acercarse al edificio para arrojar explosivos hacia su interior pero fue
rechazado con fuego de ametralladoras que abatió a algunos de ellos. El hecho
mostraba a las claras las intenciones de combatir que tenían los civiles.
Olivieri volvió a llamar al Ministerio de Ejército y al ser
atendido, solicitó hablar con el mismo general Perón. Este, al igual que
Lucero, también se negó a atenderlo, indicándole a los almirantes Brunnet y
Lestrade que se ocupasen de tratar con el oficial rebelde.
Olivieri les dijo a sus camaradas que estaba decidido a luchar
hasta el fin y que la Marina,
como el resto del país, estaba hastiada del gobierno despótico y anárquico del
primer mandatario.
-Díganle que se vaya o que eche a los corruptos y delincuentes que
lo rodean, especialmente a Borlenghi y Méndez San Martín.
Como todos los afectivos atrincherados en el Ministerio rebelde, el almirante se hallaba boca abajo en el suelo, entre vidrios y restos de mampostería.
La respuesta de Perón fue una orden a Lucero para acabar de una
vez con el asunto. Y Lucero, decidido y seguro, dispuso el bombardeo a la sede
rebelde con piezas de 80 mm.
Refiere Ruiz Moreno que para entonces, las autoridades nacionales
estaban convencidas que el alzamiento se hallaba prácticamente controlado y que
a esa altura solo se circunscribía al edificio de la Armada debido a que la Aviación Naval no
había vuelto a aparecer. Se emitió entonces un parte triunfal destinado
especialmente a las unidades empeñadas en el combate, cuyos párrafos destacados
decían: “Situación dominada.
Unidades permanecer alistadas y vigilantes. El General Perón envía un fuerte
abrazo por lealtad absoluta”. Sin embargo, quienes creían aquello estaban
completamente equivocados.
Las unidades de artillería se aprestaban a abrir fuego sobre el
Ministerio de Marina cuando, a las 15.20, voces exaltadas desde las azoteas del
palacio de gobierno dieron la voz de alarma.
-¡¡¡Nos atacan!!!
Aviones de la
Marina provenientes del oeste reaparecieron sobre los cielos
de la ciudad para desatar un segundo bombardeo, mucho más violento que el
anterior.
La nueva formación venía encabezada por el Beechkraft 3B-3 del
capitán Imaz y fue recibida por intenso fuego antiaéreo procedente de las
piezas ubicadas en las terrazas de Casa de Gobierno, de los Oerlikon y Bofors
del Ejército emplazados en Plaza de Mayo y de las secciones antiaéreas del
Regimiento Motorizado “Buenos
Aires” que se hallaban
desplegadas en las inmediaciones.
Los aviones llegaron uno detrás de otro, volando bajo sobre
Avenida de Mayo y Rivadavia. El 3B-3 recibió un impacto que le atravesó de
lado a lado el ala derecha, sin explotar ni dañar los cables de control ni los tanques
de combustible.

El avión lanzó sus bombas y emprendió la ruta de escape en el
momento que el cabo Roberto Nava, que hacía las veces de navegante, se percató
que una de ellas seguía enganchada bajo del ala. Advertido el copiloto, Miguel
Ángel Grondona, sabiendo el peligro que aquello representaba, abandonó su
asiento y se dirigió rápidamente a la parte posterior para sacar los paracaídas
de los lugares donde estaban guardados y distribuirlos entre la tripulación. A
continuación y en un acto de gran decisión, se asomó por el portabombas y con
medio cuerpo afuera intentó desarmar la espoleta para evitar la explosión.
Ayudado por el apuntador Alex Richmond y el suboficial Nava,
Grondona logró desprender la bomba e ingresarla al interior del aparato,
evitando de ese modo un verdadero desastre. En esas condiciones, el avión voló
de regreso hacia su base (el Aeropuerto Internacional de Ezeiza), mientras
desde tierra se le disparaban furiosamente.
Los Beechkraft arrojaron sus cargas dañando seriamente la Casa de Gobierno y sus alrededores. Detrás de ellos, hicieron lo propio los North American AT-6, seguidos a su vez por los tres PBY Catalina llegados desde la Base Aeronaval Comandante Espora.
Las aeronaves recibieron intenso fuego antiaéreo pero cumplieron
su cometido al impactar sobre el objetivo treinta y tres bombas, de las que
veintiséis explotaron. Una de ellas, dio en la playa de la estación de servicio
YPF del Automóvil Club, a solo 15 metros de su edificio, salvando
milagrosamente la vida de los tres infantes de Marina que acababan de ser
rodeados por los milicianos y el efectivo leal del Ejército. Precisamente uno
de aquellos civiles, el que abrió la puerta del automóvil en el que los marinos
intentaban huir, recibió sobre su cuerpo casi todas las esquirlas de la
explosión, falleciendo en el acto. Eso fue lo que salvó a Dover que voló por el
aire para caer sobre un montículo de escombros.
Cuando el humo se disipó, quedaron a la vista numerosos cadáveres
diseminados por el lugar junto a gran cantidad de heridos que gemían
lastimosamente. Uno de ellos, yacía tirado sin su brazo derecho que voló y cayó
a varios metros de distancia.
Después de las explosiones, el conscripto Croce, que tenía la cabeza
cubierta de sangre, trató de incorporarse, lo mismo que Dover. Lodeiro y el
oficial de Ejército se hallaban ilesos, el segundo todavía con la pistola en la
mano aunque vivamente conmocionado y paralizado por el espanto.
En esos momentos llegaron las ambulancias para evacuar a los
heridos y eso salvó a los tres marinos de un destino peor.
Las
baterías antiaéreas respondieron el ataque disparando
furiosamente y así fue como alcanzaron a uno de los Catalina, el aparato
matrícula 2P-9
piloteado por el teniente de navío Carlos Vélez, al que le perforaron el
ala
izquierda y el fuselaje, hiriendo gravemente al cabo segundo Carlos
Prudencio
Sigot. El suboficial fue retirado de su asiento por sus compañeros y
depositado
cuidadosamente en una de las cuchetas de a bordo en tanto el avión,
después de descargar sus bombas, inició un leve viraje para alejarse de
la zona.
El Libro Histórico del Regimiento de Granaderos a Caballo, que se inicia en 1953, consigna ese impacto en su página 77, así como el de un
segundo aparato que venía inmediatamente detrás, ambos atribuidos a la
Sección A de la mencionada unidad, la cual contaba con apoyo de las
piezas antiaéreas del Regimiento Motorizado "Buenos Aires" apostadas en Plaza de Mayo.
Lo que Perón y sus colaboradores no esperaban era que elementos de la Fuerza Aérea se plegasen al alzamiento.
Aparatos de la
VII Brigada Aérea con asiento en Morón despegaron a las 15.31
al mando del capitán Carlos Carús, arribando a la zona de combate detrás de los
aviones navales, volando a muy baja altura, sobre la avenida Rivadavia. Los
recibieron con intenso fuego desde Plaza de Mayo y las azoteas de la Casa Rosada pero eso
no impidió que llevasen a cabo su cometido.
A la altura del Cabildo, los aviones abrieron sus compuertas
inferiores y se elevaron para arrojar las bombas. Primero lo hizo el capitán
Carús, seguido por los primeros tenientes Luis A. Soto y Juan Carlos Carpio y
los tenientes Guillermo Palacios y Enrique Marelli, que al mismo tiempo accionaban
sus cañones. Los aparatos pasaron sobre la sede gubernamental, se adentraron en
el Río de la Plata,
efectuaron un amplio giro sobre sus aguas y regresaron por el mismo camino,
ametrallando la parte posterior del edificio.
Cuenta Ruiz Moreno que en su segunda pasada, Carpio distinguió al
teniente Mulhall disparando temerariamente desde los techos de la Casa de Gobierno, en el
sector más expuesto, bajo una lluvia de balas y eso despertó su admiración. “¡Que cojones tiene ese tipo!”,
pensó.
A esa altura de los acontecimientos, quien se hallaba
completamente abatido y deprimido era el propio Perón, que a tres horas de
iniciado el ataque, no atinaba a nada.
En vista de lo grave de la situación, el general Lucero, temeroso
de la seguridad del primer mandatario, dispuso que bajase junto a sus
acompañantes desde el 5º piso donde se hallaban sus oficinas (las de Lucero)
hasta el 3º subsuelo, donde se había organizado una suerte de bunker.
No se trataba, como muchas veces se ha dicho, del bunker
antinuclear que el líder justicialista había mandado construir bajo el edificio
Alas, de la Fuerza Aérea
Argentina, emblema de la arquitectura peronista, por entonces la torre más alta
de Buenos Aires, sino del que se le había acondicionado apresuradamente para
aquella ocasión en el tercer nivel subterráneo del actual Edificio Libertador5.
Los detalles del derrumbe moral del primer mandatario serían
relatados, posteriormente por el almirante Gastón Lestrade, testigo directo de
los hechos.
Siguiendo el consejo de Lucero, Perón se disponía a tomar uno de
los ascensores para bajar al bunker del Ministerio cuando los aviones rebeldes
atacaron el edificio, hiriendo a varios soldados y funcionarios en diferentes
pisos.
Armando Bonsegnor Farías, periodista acreditado del diario “El Mundo”,
se dio cuenta que el primer mandatario se hallaba peligrosamente expuesto y con
total desprecio de su seguridad, corrió hasta él, lo tomó de los brazos y lo
puso contra un rincón, inmovilizándolo.
-¡Quédese aquí, general; no se mueva! – le gritó mientras los
proyectiles repicaban por todas
partes.
Perón jamás olvidaría ese gesto y tiempo después, le obsequiaría
al periodista uno de los autos Justicialistas que producían su industria.
Mientras el presidente de la Nación bajaba hacia el bunker seguido por su
custodia personal a funcionarios y oficiales, los aviones rebeldes de la Fuerza Aérea
volvieron a pasar sobre la
Casa Rosada, sometiéndola a un nuevo ataque.
Uno de los pilotos, el teniente Guillermo Palacio, había lanzado
todos sus proyectiles en la primera pasada y al igual que sus camaradas, volvía
desde el río disparando sus cañones de 20 mm. Pero a diferencia de aquellos, movido
por el odio que le inspiraba el líder justicialista, decidió soltar su tanque
de reserva de 800 litros
situado en la parte posterior del fuselaje, a efectos de que hiciera las veces
de bomba de napalm.
El improvisado proyectil salió despedido y comenzó a caer dando
vueltas en el aire, haciendo pensar al piloto que iba a impactar en la parte
media del edificio. Sin embargo, al no contar con el diseño aerodinámico de una
bomba convencional, se fue un tanto a la izquierda y se estrelló en la paya de
estacionamiento contigua, desatando un incendio de proporciones que destruyó
varios automotores.
Para entonces, la
Casa de Gobierno ofrecía un aspecto desolador, con derrumbes
parciales y grandes orificios en distintas partes de su estructura.
Las oficinas de Comunicaciones quedaron completamente destruidas,
con sus cañerías perforadas, pérdidas de gas y agua, cortes eléctricos e
incendios por doquier. El
Ministerio de Hacienda, el Banco Hipotecario, la playa del Automóvil Club, el
Hotel Mayo, sobre Hipólito Yrigoyen 420 y el edificio de la Compañía Exportadora
e Importadora de la
Patagonia, en Av. Diagonal Norte 543, también presentaban
severos daños al ser alcanzados por proyectiles de diverso calibre.
Sin embargo, no se tenía la certeza de que la muerte de Perón, el
objetivo principal, se hubiese concretado y como existía la posibilidad de que
se hubiese refugiado en el Palacio Unzué, la residencia presidencial del barrio
de Recoleta, ubicada en Gelly y Obes 2289, a escasos metros de Plaza Francia, se
decidió llevar a cabo un ataque sobre ese sector.
En cumplimiento de ese operativo, los mandos de la “Base Roja”
(Ezeiza) despacharon al teniente Carlos J. Farguío al comando del bombardero
Beechkraft matrícula 3B-4, con la orden de bombardear la residencia
presidencial que en esos momentos se hallaba custodiada por un pelotón de
veintidós hombres armados con ametralladoras pesadas PAM, reforzado por dos
carrier estacionados sobre la entrada de la calle Agüero. Uno de esos soldados
era Antonio Perón, sobrino del presidente, que había sido cadete del Liceo
Militar y deseaba ansiosamente tomar parte en la defensa.
El avión decoló sin inconvenientes seguido por otros dos aparatos
similares y comenzó a volar sobre la ciudad, por encima del manto de nubes. En
inmediaciones del objetivo, descendió varios metros y a la altura del viejo
edificio gótico de la
Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos
Aires (hoy sede de Ingeniería) abrió fuego con sus cañones y lanzó sus bombas
de 150 kilogramos,
alejándose inmediatamente después, en dirección al río.
Uno de los proyectiles dio cerca del blanco sin estallar y el otro
explotó en un terreno ubicado entre Gelly y Obes y Guido matando a un
barrendero que en esos momentos cumplía sus labores.
La defensa del Palacio estaba a cargo del sargento Andrés López
del Regimiento de Granaderos a Caballos, por entonces jefe de la custodia a
cargo de la residencia, quien advirtió en los balcones de un departamento
vecino a algunas personas asomadas tratando de ver lo que ocurría. Mientras les
ordenaba a sus hombres cargar la ametralladora pesada, les hizo señas a aquella
gente para que se metiese adentro y cerrase las ventanas.
Después de tomar ubicaciones en los techos de la mansión, los
soldados montaron el dispositivo de defensa colocando la ametralladora pesada
en uno de los ángulos y apostándose con sus PAM, listos para entrar en acción.
López observaba el firmamento con sus prismáticos cuando detectó a
un segundo avión que se aproximaba directamente hacia ellos, por el lado del
río. Sin perder tiempo, se volvió a su gente y ordenó abrir fuego. Las
descargas sacudieron las inmediaciones y según parece, lograron averiar al
aparato aunque no evitaron que ametrallase el sector y arrojase sus bombas
hiriendo gravemente a tres transeúntes.
Un tercer avión llegó por la misma ruta, después de efectuar un
pronunciado giro sobre las turbias aguas del Plata, disparando sus cañones y
descargando sus bombas, para levantar vuelo inmediatamente y alejarse por la
misma ruta. Una de ellas impactó en la calle Francisco de Vittoria, a escasos
metros del monumento al Dr. Guillermo Rawson y la otra en Av. Pueyrredón 2281,
matando a Miguel Sarmiento, un chico de 15 años y a un hombre que se hallaba en
el interior de un automóvil. La cuarta víctima en ese sector fue una mucama que
trabajaba en una residencia particular de la calle Guido 2626, fallecida como
consecuencia de las heridas recibidas, al llegar al Hospital Fernández.
Después de esa última incursión, los Beechkraft y los Catalina no
volvieron a despegar. Sí lo hicieron, en cambio, los AT-6 North American y los
mortíferos Gloster Meteor de la
Base Aérea de Morón, que en una de sus incursiones alcanzaron
al vehículo que transportaba al general Tomás Vergara Ruzo, quien falleció
instantáneamente. El alto oficial procuraba unirse a las tropas leales y
ofrecer sus servicios, de ahí la premura con la que se desplazaba hacia el teatro
de operaciones.
Pasado ese último bombardeo, el jefe de granaderos, coronel
Guillermo Gutiérrez, ordenó la evacuación de todo el personal herido en la Casa de Gobierno, fueran
civiles o militares, al tiempo que los aviones rebeldes atacaban nuevos objetivos.
Las instalaciones de Radio El Mundo en la localidad de San Fernando y Radio
Pacheco, en el partido de Tigre, fueron acribilladas con el fuego de sus cañones
de 20 mm,
lo mismo el Regimiento 3 de Infantería Motorizado que avanzaba desde el
sudoeste, por la Ruta
Nacional Nº 3, extendiendo las acciones, de ese modo, a
territorio de la provincia de Buenos Aires.
Los altos mandos rebeldes dispusieron el envío desde Ezeiza, de un
DC-3 de la Armada
al mando del teniente de fragata José Ventureira, con la orden de ponerse a
disposición de los aviadores rebeldes en Morón, todo ello mientras se intentaba
establecer desesperadamente, cual era la postura del general Bengoa, comandante
del II Cuerpo de Ejército (Litoral), comprometido en un primer momento con el alzamiento,
pero incomprensiblemente ausente desde que el mismo estallara.
A tales efectos, se despachó con destino a Rosario al monomotor
Fiat matrícula 451, piloteado por el teniente David Eduardo Giosa, para que
intentase establecer contacto con el alto oficial. El piloto llegó a su destino
media hora después de haber decolado, sobrevoló las instalaciones del
Regimiento 11 de Infantería y al no percibir movimientos, aterrizó bajo una
persistente llovizna en el aeródromo “Granadero Baigorria”, cumpliendo las
instrucciones que se le habían impartido antes de decolar. Cuando apagó el
motor y se desataba las correas que lo mantenían sujeto a su asiento, elementos
armados de la
Confederación General del Trabajo y la Confederación General
Universitaria rodearon el aparato y a punta de pistola, lo obligaron a
descender.
Al ser interrogado sobre los motivos de su vuelo, Giosa dijo ser
un aviador leal que venía a transmitir un mensaje a las autoridades policiales
locales y allí permaneció detenido hasta que aquellas se hicieron presentes.
Mientras tanto, la segunda columna motorizada del Regimiento 3 de La Tablada avanzaba sobre el
Aeropuerto Internacional de Ezeiza a las órdenes del teniente coronel Camilo
César Arrechea (su segundo jefe), dispuesta a reducir a las tropas rebeldes que
operaban allí. La misma fue detectada por el AT-6 de observación, matrícula
3-A-7, que a través de la radio impartió la novedad.
La poderosa unidad de combate, integrada por vehículos semioruga,
camiones y jeeps, transportaba tropa de infantería mas una sección de morteros
de 60 mm
aunque carecía de piezas antiaéreas por las mismas se hallaban en poder de las
fuerzas empeñadas en los combates.
Habiendo tomado conocimiento de la situación, los jefes de Ezeiza,
capitanes Bassi, Noriega, Guaita y Sánchez Sabarots, despacharon contra el
regimiento tres formaciones de AT-6 North American, con la orden de atacar y
detener la columna.
Los cazas despegaron uno tras otro y volaron hacia el objetivo que
en esos momentos avanzaba hacia el Aeropuerto por diferentes rutas. Minutos
después lo interceptaron, matando e hiriendo con sus descargas y fuego de
cañones a varios soldados.
Sobre esas tropas regresaron los aviones, una y otra vez,
dificultando tanto su avance, que las mismas llegaron a emplear más de tres
horas para cubrir un tramo de 8 kilómetros.
Durante uno de esos raids, el AT-6 del guardiamarina Eduardo Bisso
recibió varios impactos de fuego reunido, que le hicieron perder el control. El
aparato se mantuvo en el aire un tiempo pero a la altura de Tristán Suárez
comenzó a caer en tirabuzón, forzando al piloto a saltar desde una altura de 2000 metros.
El avión se estrelló en pleno campo, no lejos del lugar donde
Bisso tocó tierra, convirtiéndose en una bola de fuego de la que comenzó a
elevarse una densa columna de humo negro.
Su descenso fue visto por algunos pobladores de la región que de
manera inmediata, corrieron hasta la comisaría para dar aviso a las
autoridades.
El
aviador recogía su paracaídas cuando un grupo de policías de la
provincia de Buenos Aires, encabezado por un oficial, se le acercó
apuntándole con sus armas y lo detuvo, para conducirlo detenido a la
seccional.
La situación, para entonces, era la siguiente: el Ministerio de
Marina, principal foco del alzamiento, se hallaba rodeado por efectivos del
Regimiento Motorizado “Buenos
Aires” y una sección blindada
del Regimiento de Granaderos a Caballo, además de decenas de civiles armados y
elementos de la
Alianza Libertadora Nacionalista dispuestos a todo. La Escuela de Mecánica de la Armada se hallaba
neutralizada por las fuerzas del general Ernesto Fatigatti; sobre la denominada
Base Roja, en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, avanzaban secciones del
Regimiento 3 de Infantería Mecanizada y sobre la Base Aérea de Morón
hacían lo propio unidades blindadas de Campo de Mayo y la Base Aérea de El
Palomar. Por su parte, la Flota
de Mar no se había pronunciado y mucho menos el general Bengoa, comandante del
II Cuerpo de Ejército con asiento en Paraná quien, como se ha dicho
anteriormente, había dado su palabra comprometiéndose con la revolución.
En vista de ello, los almirantes Olivieri, Gargiulo y Toranzo
Calderón comprendieron que la situación era desesperante y que seguir
resistiendo sería inútil. Sin embargo, se negaban a entregar el edificio a la
turba peronista por lo que, en vista de ello, el primero volvió a llamar al
Ministerio de Ejército para notificar que estaba dispuesto a rendirse aunque
solo a las Fuerzas Armadas, siempre y cuando fuesen éstas las que se hiciesen
cargo de las instalaciones navales.
-Hicimos flamear una bandera blanca, pero fuimos atacados a tiros
– informó el almirante Olivieri una vez establecido el contacto telefónico.
-Fueron elementos civiles que no pudimos controlar – respondió el
general Embrioni, subsecretario
de Guerra – los generales Valle y Wirth no llegaron a tiempo para detenerlos.
-De acuerdo. Ahora procederemos a mostrar otra vez las banderas y
esperaremos la llegada de un general para que se haga cargo.
En esos términos se acordó la entrega del edificio. En el interior
del Ministerio de Marina, comenzaron a resonar voces que ordenaban el alto el
fuego mientras los oficiales recorrían las distintas dependencias indicando a
sus hombres que la lucha había finalizado. Conscriptos y suboficiales se
retiraron de las ventanas y solo quedaron apostados unos pocos centinelas.
Lo primero que hizo Toranzo Calderón fue liberar personalmente al
capitán de navío Emilio Díaz, detenido a poco de producido el alzamiento porque
se había negado a plegarse. Díaz hizo lo propio con el capitán de navío
Dionisio Fernández y el capitán de fragata Julio César Pavón Pereyra, quienes
una vez en libertad, pretendieron hacerse cargo de la situación. No lo lograron
porque los oficiales rebeldes se negaron a entregar sus armas.
En ese momento, se presentó frente al Ministerio de Marina la
delegación oficial encabezada por el general Arnaldo Sosa Molina, seguido por
el segundo jefe del Regimiento Motorizado “Buenos
Aires”, mayor Pablo Vicente y un coronel con ropas de civil, quienes
llevaban en alto un pañuelo blanco. El riesgo que corrían era enorme porque los
milicianos peronistas continuaban disparando desde diferentes sectores y los
marinos les respondían.
Los almirantes Olivieri, Toranzo Calderón y Gargiulo, recibieron a
Sosa Molina en el hall de entrada del edificio, y una vez frente a frente, el
recién llegado les manifestó que traía un mensaje personal del general Perón en
el que expresaba su deseo de detener el baño de sangre y exigía la inmediata
capitulación de los sublevados.
Los almirantes y el general se trenzaron en una breve discusión
que finalizó con la capitulación incondicional de la Marina.
Conocida la novedad, efectivos rebeldes de las distintas unidades
iniciaron los preparativos para eludir la prisión. En Ezeiza, con las fuerzas
del Regimiento 3 de Infantería Mecanizada ingresando al Aeropuerto, los jefes
del movimiento, Bassi, Noriega, Guaita y Sánchez Sabarots ordenaron la
evacuación inmediata de la base. Habían trazado planes para abandonar el país y
dirigirse a Uruguay en dos DC-3 y otros dos DC-4 de la Armada e igual número de
bombarderos Beechkraft, uno de los cuales, se hallaba averiado.
Los aprestos fueron febriles y cuando todo estuvo listo, los
oficiales se dispusieron a abordar los aviones, no sin antes despedirse de los
suboficiales a quienes instruyeron para que dijesen a las autoridades leales
que se habían mantenido fieles al gobierno y que habían actuado obligados por
sus superiores. De esa manera, evitarían sanciones.
-Se ha hecho todo en bien de la patria – les dijo Noriega antes de
partir.
En momentos en que los aviones rodaban hacia la pista principal
tocó tierra un monomotor Fiat piloteado por el capitán Jorge Mones Ruiz, que
traía en el asiento trasero al Dr. Miguel Ángel Zavala Ortiz, candidato a
integrar la junta de gobierno que debía hacerse cargo del país con la caída de
Perón. Al descender del aparato, piloto y pasajero fueron notificados por los
suboficiales que la base había caído y que sus jefes partían hacia el Uruguay.
-¡Váyanse ustedes también porque el 3 de Infantería está entrando!
– les dijeron.
Mones Ruiz y su acompañante volvieron a trepar al avión y
partieron rumbo a Morón dejando presurosamente la base. Eran las 16.20 de un
día plomizo, sumamente frío y lluvioso.
Transportes y bombarderos enfilaron hacia la Banda Oriental
excepto el DC-4 que viró en dirección a Chascomús para dejar en una pista
particular a un grupo de suboficiales. Cumplido su cometido, volvió a decolar
poniendo rumbo a Montevideo, donde aterrizó una hora después en el aeropuerto
de Carrasco.
Cuando las tropas del 3 de Infantería llegaron al aeropuerto, sus
comandantes, el teniente coronel Camilo Arrechea y el general Félix María
Robles, lo encontraron sumido en una extraña calma y en el más completo silencio.
A lo lejos, sobre el edificio principal, se distinguía una bandera blanca y más
allá, cerca de la torre de control, un total de ciento setenta suboficiales y
soldados que aguardaban en el edificio principal dispuestos a entregar la
unidad a las fuerzas leales.
La
Base Aérea de Morón, desde donde siguieron partiendo
aviones rebeldes hasta último momento, fue rodeada por una importante cantidad
de blindados provenientes de Campo de Mayo, novedad que fue informada a sus
comandantes por el capitán Orlando Arrechea quien, después de su vuelo de
observación.
Una vez notificado, el mayor De La Vega reunió a su gente para explicarle lo que
estaba ocurriendo. Ninguno manifestó deseos de deponer su actitud, razón por la
cual, se programó una nueva incursión de Gloster Meteor sobre el centro de la
ciudad.
De acuerdo a los planes, los aviones debían descargar sus bombas y
seguir viaje a Montevideo a efectos de escapar de las inminentes represalias.
El resto del personal abordaría un Douglas DC-3 que en esos momentos se
acercaba a la torre, al comando del teniente de fragata Ventureira y emprendería
la fuga.
El capitán Carlos Carús fue designado jefe de la escuadrilla y
encabezando a sus pilotos, se encaminó hacia los aviones que aguardaban al
costado de la pista, listos para despegar. Mientras tanto, el resto de los
oficiales abordaban presurosamente el DC-3 y se acomodaban en su interior,
ansiosos por abandonar el lugar lo antes posible a sabiendas de que las fuerzas
leales estaban prontas a irrumpir en el lugar.
En eso se hallaban ocupados cuando los prisioneros que durante
toda la jornada habían estado encerrados en la barraca contigua, ganaron el
exterior y se abalanzaron sobre sus guardias, arrebatándoles las armas. Una vez
reducidos, corrieron hacia la pista y comenzaron a disparar contra el
transporte aéreo que en esos momentos cargaba combustible. La primera bala
impactó en el fuselaje, motivando el ascenso acelerado de los fugitivos. Cerca
del edificio principal, el primer teniente José Fernández, jefe del grupo de
soldados que custodiaban a los prisioneros y después de quitar el seguro de su
ametralladora volvió sobre sus pasos apuntando a los efectivos leales. Al verlo
venir, el suboficial mayor Héctor Sánchez alzó su arma y desde una distancia de
25 metros,
disparó, acción que imitaron los suboficiales Eduardo Adolfo Sánchez y Eduardo
Córdoba. Fernández cayó herido de muerte mientras los prisioneros recientemente
liberados se arrojaban cuerpo a tierra para ponerse a cubierto. Intentaban liberar a
otro grupo de compañeros que se encontraba ahí encerrado y por esa razón, al llegar, rompieron
las cerraduras y abrieron las puertas.
Los detenidos ganaron el exterior y junto a sus liberadores
corrieron tras el DC-3 disparando sus armas.
Un piloto de Gloster Meteor leal a Perón de apellido Williams, se
encaminó rápidamente hacia un aparato estacionado a un costado y mientras
trepaba a la cabina, sus camaradas empujaron la máquina para enfrentarla con el
avión de la Armada
que en esos momentos aceleraba para remontar vuelo. Williams disparó sus
cañones pero debido a la inclinación de su aparato, no logró alcanzarlo. Las
balas pasaron por debajo del fuselaje y el transporte enemigo escapó,
perdiéndose entre las nubes. Eran casi las 17.00 y la base se hallaba
nuevamente en manos gubernamentales.
Los que no tuvieron tiempo de abordar el DC-3 naval fueron el
comandante Agustín de la Vega
y su ayudante, el oficial Eduardo Wilkinson quienes, en vista de ello, se
encaminaron presurosamente hacia el interior de un edificio contiguo para
cambiar sus uniformes por ropas de civil. En ese preciso momento, los tanques
del Ejército irrumpir en el perímetro de la base, comandados por el general
Carlos Salinas y su segundo, el coronel Eduardo Arias Duval.
Tres de aquellos blindados tomaron posiciones en la pista y
apuntaron hacia el edificio principal y la torre de control, en momentos en que
se producía un nuevo tiroteo en el que cayó herido el vicecomodoro Julio César
Dozo, al ser alcanzado en sus piernas por los disparos de un conscripto.
El brigadier Mario Daneri se hizo cargo de la Brigada, despachando a los
oficiales Eduardo Catalá, Ernesto López y Domingo Llembi, con la orden de
establecer contacto con el enemigo y parlamentar.
Los oficiales se aproximaron enarbolando una bandera blanca y poco
después se les acercaron Salinas y Arias Duval con la intención de dialogar.
Después de un breve intercambio de palabras, los oficiales rebeldes acordaron
deponer las armas y entregar la base al brigadier Daneri, quien se haría cargo
formalmente. Acto seguido, se presentaron detenidos los mandos rebeldes que no
habían podido escapar hacia Uruguay, capitanes Jorge Mones Ruíz, Jorge
Pedrerol, Enrique Gamas, Asdrúbal Cimadevilla, Oscar Barni y el primer teniente
Masserini, quienes fueron conducidos en camión hasta la Penitenciaría Nacional
ubicada en avenida Las Heras y Coronel Díaz, en el barrio de Palermo.
El único muerto en los combates de Morón fue el primer teniente
José Fernández, cuyo deceso se produjo a poco de llegar al hospital, a causa de
la hemorragia, producto de las heridas.
A todo esto, el comandante De La Vega y Eduardo Wilkinson escapaban vestidos de
civil en dirección a la
Puerta D, creyendo que por ahí no serían detectados. Sin
embargo, cuando estaban por saltar el alambrado que delimitaba el predio del aeropuerto,
apareció corriendo un conscripto apuntándoles con su fusil. Los salvó la
providencial aparición del cabo Luis Silva, antiperonista a ultranza, quien se
trabó en pelea con el soldado y le arrebató el arma.
De La Vega
y Wilkinson lograron huir confundidos entre los pobladores de la zona que se
habían acercado hasta el perímetro de la base para curiosear.
Eran las 16.30 cuando grupos de exaltados peronistas se
encaminaron a la
Curia Metropolitana para provocar destrozos e iniciar un
incendio de proporciones, el general Fatigatti, comandante de la I División del Ejército
pasaba junto a su ayudante, a bordo de un jeep. No se detuvieron porque debían
cumplir la orden impartida por el general Lucero de hacerse cargo del
Regimiento 2 de Infantería y custodiar el Ministerio de Marina, pero se
sobresaltaron ante la magnitud de los destrozos y pérdidas que se iban a
producir.
A esa misma hora, las fuerzas rebeldes deponían su actitud y se
aprestaban a entregar el Ministerio de Marina. Inmediatamente después, el
general Arnaldo Sosa Molina regresó al Ministerio de Guerra y descendió
presurosamente hasta el bunker del tercer subsuelo, donde puso al tanto a Perón
de las últimas novedades.
El presidente escuchó atentamente y algo más aliviado manifestó su
acuerdo de que la sede de la
Armada fuese ocupada por el Ejército. Lo rodeaban el general
Lucero, el brigadier Juan Ignacio San Martín, el coronel Carlos Vicente Aloé,
gobernador de la provincia de Buenos Aires y el ingeniero Roberto Dupeyron,
ministro de Obras Públicas.
Cuando Sosa Molina y el general Juan José Valle regresaron al
Ministerio de Marina, Fatigatti ya se encontraba en el lugar. Eran casi las
17.00 cuando los tres transpusieron sus pórticos e ingresaron al ruinoso
edificio, seguidos por efectivos del Regimiento Motorizado “Buenos Aires” con su jefe, el mayor Pablo Vicente, a
la cabeza.
Sosa Molina notificó al almirante Olivieri que Perón había
aceptado los términos de la rendición y que elementos de Ejército apoyados por la Policía Federal,
se harían cargo de la dependencia. Cuando los almirantes Toranzo Calderón y
Gargiulo se hicieron presentes, la situación se tornó tensa ya que el primero
de ellos fue terminante al momento de hablar.
-La responsabilidad de lo ocurrido es totalmente mía. Asumo las consecuencias.
El contralmirante se hallaba vivamente indignado por la actitud
del general Bengoa, a quien catalogó de traidor, agregando que de no haber sido
por él, la rebelión habría triunfado. Pese a que Gargiulo le ordenó guardar
silencio, siguió despotricando, ahora contra el Ejército, por permitir los
abusos del régimen y la persecución a la Iglesia Católica.
Uno a uno, los defensores del Ministerio fueron depositando sus
armas en una habitación previamente asignada, despojándose de sus granadas y fusiles
semiautomáticos de origen belga, de los que muchos efectivos del Ejército no
tenían noticias. Mientras tanto, generales leales y almirantes rebeldes
recorrían los pisos del edificio a efectos de constatar que el desarme se
estuviese realizando en las condiciones estipuladas. Se colocaron guardias en
todos los niveles a efectos de incomunicarlos entre sí y se aislaron en bloques
a las 1500 personas que se encontraban en el lugar, incluyendo al personal
civil.
Los almirantes quedaron detenidos en sus respectivos despachos,
aguardando instrucciones y normativas sobre su situación. Para entonces, el
general Sosa Molina había partido nuevamente hacia el Edificio Libertador para
recibir órdenes, dejando al general Valle a cargo del lugar.
Pasadas las 17.00, el alzamiento se hallaba completamente sofocado
y en vista de ello, Perón, llamó en persona al jefe de la Policía Federal,
comisario inspector Manuel Gamboa, para pedirle información acerca de la
situación.
Ni bien colgó, Gamboa recibió un nuevo llamado, esta vez del
ministro del Interior, Ángel Borlenghi, quien le manifestó su preocupación por
el paradero de los comandos civiles revolucionarios que al haberse dado a la
fuga, seguían representando una seria amenaza. Gamboa entendió que debía salir
a “patrullar” Barrio Norte pero el ministro lo detuvo y le exigió mantener su
fuerza acuartelada, agregando que él mismo en persona, haría una visita de
inspección al Departamento Central de Policía, acompañado por el mayor Ignacio
Cialcetta.
Así ocurrió y ese fue el momento en que los rebeldes estuvieron a
punto de acabar con su persona.
A eso de las 17.30 cuando nadie lo esperaba, se produjo una nueva
incursión aérea, de cuatro Gloster Meteor rebeldes que, volando a baja altura,
ametrallaron el frente del gran edificio policial con sus cañones de 20mm.
Los proyectiles arrasaron los cuatro pisos por el lado de Av.
Belgrano, entre el 3º y el 6º, provocando daños en el interior y dejando como
saldo al oficial principal Alfredo Alucinio muerto y al radioelectricista Lorenzo
Lissi, herido.
Fueron destruidos ventanas, puertas y mobiliario, todas las
paredes sufrieron perforaciones y la Dirección de Comunicaciones quedó completamente
arrasada, además de producirse daños menores en otras dependencias.
Se trataba de la escuadrilla del capitán Carús, integrada por el
primer teniente Rafael Cantisani y los tenientes Armando Jeannot y Enrique
Marelli, quienes siguieron vuelo hacia la Casa Rosada, para
descargar sobre ella nuevas ráfagas de metralla en el preciso momento en que Perón
se disponía hablar a la ciudadanía desde el despacho del general Lucero, en el
cercano Ministerio de Ejército. Fueron los únicos pilotos de la Fuerza Aérea que se
plegaron al alzamiento ya que el resto del arma permaneció leal a su creador.
La escuadrilla de Carús fue repelida con piezas de artillería del
Ejército que le perforaron una de las alas de su comandante, aunque sin
consecuencias, lo que permitió a los cuatro pilotos seguir viaje hasta Colonia,
República Oriental del Uruguay, donde aterrizaron veinte minutos después.
Al escuchar los disparos del último ataque Perón, que acababa de
abandonar su bunker, buscó instintivamente protección detrás de una columna
mientras el almirante Gastón Lestrade se asomaba por la ventana para ver a los
agresores alejándose hacia el este.
-Estos eran los últimos, mi general. No les quedan bombas y se van
al Uruguay.
-Ojalá Lestrade, ojalá – respondió el primer mandatario, sumamente
angustiado y no del todo convencido.
En plena travesía sobre el Río de la Plata, el teniente Jeannot
informó a su superior que en lugar de aterrizar en Colonia seguiría vuelo hacia
Montevideo, solicitud que el capitán Carús desautorizó, ordenándole mantener la
formación porque los aviones estaban escasos de combustible y no llegarían a la
capital uruguaya.
Pese a la directiva, Jeannot siguió adelante y tal como se le
había advertido, se precipitó en aguas del Plata, resultando ileso. Sus tres
compañeros aterrizaron en Colonia sin novedad.
Media hora antes del ataque al Departamento Central de Policía,
dos aviones Catalina que sobrevolaban la
Av. 9 de Julio en forma rasante, ametrallaron la imponente
mole blanca del Ministerio de Obras Públicas que se alza solitaria en la
intersección de la gran arteria céntrica con la calle Moreno. Las aeronaves
abrieron fuego y destrozaron con sus cañones destrozando buena parte de su
frente a la altura de los pisos 2º, 18º y 19º, perforando sus paredes,
arrancando ventanas y generando varios incendios, aunque en este caso, sin
matar ni herir a nadie.
También la CGT
fue blanco del fuego rebelde cuando uno de los Gloster Meteor de la escuadrilla
de Carús acribilló el frente con sus piezas de 20 mm, matando al dirigente
obrero Héctor Pessano que desde una ventana enfrentó al aparato con un
revolver.
A las 18.00 horas de aquel día gris, frío y lluvioso, el
alzamiento había sido sofocado. En esas circunstancias, Perón se dirigió a la
ciudadanía por la cadena nacional de radiocomunicaciones para informar que
hablaba desde el Edificio Libertador y que la situación se hallaba
completamente controlada. Elogió la labor del Ejército y su valiente accionar y
acusó amargamente a la Armada,
culpándola de la considerable cantidad de muertos y heridos que hubo aquel día.
Les hablo desde nuestro puesto de Comando, que, como es lógico, no
puede estar en la sede del Gobierno, de manera que todas las acciones que se
han realizado sobre esa Casa han sido tirando sobre un lugar inerme,
perjudicando solamente a algunos ciudadanos que han muerto por efecto de las
bombas.
La situación está totalmente dominada. El Ministerio de Marina,
donde estaba el comando revolucionario, se ha entregado, está ocupado y los
culpables detenidos.
Deseo que mis primeras palabras sean para encomiar la acción
maravillosa que ha desarrollado el Ejército, cuyos componentes han demostrado
ser verdaderos soldados, ya que ni un solo cabo ni soldado ha faltado a su
deber. No hablemos ya de los oficiales y de los Jefes, que se han comportado
como valientes y leales.
Desgraciadamente, no puedo decir lo mismo de la Marina de Guerra, que es la
culpable de la cantidad de muertos y heridos que hoy debemos lamentar los
argentinos.
Pero lo más indignante es que haya tirado a mansalva contra el
Pueblo como si su rabia no se descargase sobre nosotros, los soldados, que
tenemos obligación de pelear, sino sobre los humildes ciudadanos que poblaban
las calles de nuestra ciudad. Es indudable que pasarán los tiempos, pero la
historia no perdonará jamás semejante sacrilegio.
Ahora, terminada la lucha, los últimos aviones, como de costumbre,
pasaron huyendo. Estos últimos disparos de artillería antiaérea que han
escuchado han sido sobre esos aviones fugitivos. Quedan todavía algunos
pequeños focos que ocupar, desarmar y someter a la justicia.
Acto seguido, llamó a la calma y la reflexión, solicitando a la
ciudadanía dirigirse a sus domicilios y dejar todo en manos de las Fuerzas
Armadas.
Como Presidente de la
República, pido al Pueblo que me escuche en lo que voy a
decirle. Nosotros, como Pueblo civilizado, no podemos tomar medidas que sean
aconsejadas por la pasión, sino por la reflexión.
Todo ha terminado. Afortunadamente, bien. Solamente que no
podremos dejar de lamentar, como no podremos reparar, la cantidad de muertos y
heridos que la infamia de estos hombres ha desatado sobre nuestra tierra de
argentinos. Por eso, para no ser nosotros criminales como ellos, les pido que
estén tranquilos: que cada uno vaya a su casa.
La lucha debe ser entre soldados. Yo no quiero que muera un solo
hombre más del Pueblo. Yo les pido a los compañeros trabajadores que refrenen
su propia ira: que se muerdan, como me muerdo yo en estos momentos, que no
cometan ningún desmán. No nos perdonaríamos nosotros que a la infamia de
nuestros enemigos le agregáramos nuestra propia infamia. Por eso yo les pido a
todos los compañeros que estén tranquilos, que festejen ya el triunfo, el
triunfo del Pueblo, que es el único triunfo que puede enorgullecernos.
El Ejército en esta jornada se ha portado como se ha portado
siempre. No ha defeccionado un solo hombre. Y el Ministro de Ejército ha tomado
personalmente y dirigido personalmente la defensa. Este Ministro es un grande
hombre. No lo digo ahora: lo conozco desde que teníamos 15 años.
Todos los generales de la República, los jefes, oficiales, suboficiales y
soldados han sabido cumplir brillantemente con su deber.
Cumplo con esto una pasión más de mi vida: que nuestro Ejército
sea amado por el Pueblo y nuestro Pueblo amado por el Ejército. Nadie podrá
decir nunca jamás que un soldado del Ejército ha tirado sobre sus hermanos,
como nadie podrá decir jamás que hay un Jefe o un Oficial en el Ejército que
sea tan canalla como para tirar un solo tiro sobre sus hermanos.
Por eso yo quiero que en esta ocasión, en que sellamos la unión
indestructible entre el Pueblo y el Ejército, cada uno de ustedes, hermanos
argentinos, levante en su corazón un altar a este Ejército, que no solamente ha
sabido cumplir con su deber, sino que lo ha hecho heroicamente.
Esos soldados que hoy combatieron por el Pueblo Argentino son los
verdaderos soldados. Los que tiraron contra el pueblo no son ni han sido jamás
soldados argentinos: porque los soldados argentinos no son traidores ni
cobardes, y los que tiraron contra el Pueblo son traidores y son cobardes. La
ley caerá inflexiblemente sobre ellos. Yo no he de dar un paso para atemperar
su culpa, ni para atemperar la pena que les ha de corresponder. Yo he de hacer
justicia, pero justicia enérgica. El Pueblo no es el encargado de hacer la
justicia. Debe de confiar en mi palabra de soldado y de gobernante.
Prefiero, señores, que sepamos cumplir como pueblo civilizado y
dejar que la ley castigue. Nosotros no somos los encargados de castigar.
Es indudable que estas palabras de serenidad han de llegar al
entendimiento de los compañeros y del Pueblo entero. No lamentemos más
víctimas. Nuestros enemigos, cobardes y traidores, desgraciadamente merecen
nuestro desprecio, pero también merecen nuestro perdón. Por eso pido serenidad,
una vez más, ahora que han pasado todos los acontecimientos, con que hemos dado
una lección a la canalla que se levantó y a la que la impulsó a que se
levantara, les decimos también otra vez que tantas veces se levanten, cada día
recibirán una lección más dura y más fuerte, como merecen ser castigados los
traidores y los cobardes.
Yo hablo al Pueblo, y le hablo con el corazón henchido de mi
entusiasmo de soldado, porque he visto hoy a mi Ejército, al cual tengo la
honra de pertenecer, en todo lo que es y en todo lo que vale. Y he visto
también al Pueblo, que también es otro de mis grandes amores. Lo he visto
comportarse virilmente y lo veo ahora comportarse también serenamente.
Los
culpables serán castigados y habrá memoria en la República del castigo
que habrán de recibir. De manera que les pido a todos que se tranquilicen.
Tienen razón de estar indignados y de estar levantados, pero aún con razón hay
que reflexionar antes de obrar.
Pido
a todos que, como yo, sancionen en su conciencia a los malvados. Los malvados
han de tener el castigo cuando recuerden las víctimas que han ocasionado. Ese
va a ser su castigo, si se salvan del castigo que yo les he de hacer aplicar,
cumpliendo estrictamente la ley.
Algunos
pocos que puedan escucharnos todavía, que aún no hayan depuesto las armas, es
preciso que lo hagan en el menor tiempo posible. Si no lo hicieran, nosotros no
cargaremos con la responsabilidad de destruirlos. Pero que sepan que si
iniciamos su destrucción no hemos de parar hasta terminar.
Buenas
noches a todos. Tranquilos y confiados. Tenemos un Ejército que garantiza el
orden y el orden se ha de ir restableciendo paulatinamente.
Este
será un triste recuerdo; un triste recuerdo que pondrá un estigma para toda la
vida en las instituciones que no supieron cumplir con su deber y en los hombres
que traicionaron la fe y la
Patria.
Nada
más.
Buenas noches6.
Finalizado el
mensaje, se presentó ante Perón el general Justo Ramón Bengoa, recién llegado
de Entre Ríos quien, al ingresar al despacho desde el cual el mandatario
acababa de irradiar su mensaje, se estrecho en un fuerte abrazo con el general
Lucero. Acto seguido, el ministro de Ejército se dirigió al presidente para
decirle que el recién llegado era un gran soldado y un buen peronista, cosa que
desagradó a algunos testigos del hecho, entre ellos el almirante Lestrade, que
por boca del ministro Olivieri sabía de la actitud ambigua y acomodaticia del
recién llegado. Detrás de él fueron arribando ministros y militares de alta
jerarquía que venían a presentar sus respetos al primer mandatario. Fueron
ellos el almirante Carlos Rivero de Olazabal, los generales Pedro Eugenio
Aramburu, Eugenio Arandía, Audelino Bergallo, José Rufino Brusa, Santiago
Baigorria, Julio Alberto Lagos, Jorge Imaz Iglesias, Julián García, Alberto
Morello, Aquiles Moschini, Angel Manni, Lorenzo Toselli, Benjamín Sánchez
Mendoza, Miguel Agustín Pérez Tort, Juan José Uranga y Dalmiro Videla Balaguer,
muchos de ellos, recalcitrantes antiperonistas, como se vería tiempo después. A
instancias del general Lucero, procedieron todos a homenajear a Perón, pasando
luego a tomar el té en un salón contiguo.
![]() |
| Almirante Benjamín Gargiulo |
En el Ministerio de Marina, en tanto, las tropas rebeldes que
acababan de rendirse formaban en silencio para deponer las armas. Muchos de sus
cuadros aguardaban sentados en pasillos y escaleras en tanto efectivos del
Regimiento Motorizado “Buenos Aires” tomaban ubicación en lugares
estratégicos.
Entonces aconteció un hecho que hubo de sacudir a la ciudadanía
entera.
El almirante Benjamín Gargiulo, era un hombre de honor, sumamente
creyente y respetuoso del arma a la que pertenecía. La derrota experimentada
por las fuerzas a su mando lo había sumido en un profundo estado de abatimiento
que comenzaba a percibirse en una manifiesta depresión anímica. Se sentía
humillado y humillada sentía a la
Armada, sentimiento que transmitió al capitán de corbeta
Fernando Suárez cuando este se presentó en su despacho para despedirse. Suárez
intentó calmarlo pero no lo logró y en ese estado lo dejó, sin imaginar el
terrible desenlace que tendría lugar inmediatamente después.
En horas de la noche, el almirante Gargiulo se encontraba solo en
su escritorio, silencioso y meditabundo, con la vista fija en un retrato
familiar. Y fue en esas circunstancias que tomó una firme y drástica
determinación.
Sentado en su sillón, tomó una lapicera y sobre una hoja en blanco
en la que se hallaba impreso el membrete de la Armada, comenzó a escribir
una emotiva carta de despedida en la que explicaba a su familia las causas de
su decisión. Cuando terminó, envolvió su mano izquierda con un rosario, apretó
el retrato de su esposa y sus hijos sobre su pecho y apoyando su espalda contra
el respaldo del sillón, tomó su pistola con la derecha y colocándosela sobre en
la sien, disparó. Eran las 05.45 del 17 de junio de 1955.
El estampido llamó la atención de los oficiales y soldados que en
encontraban cerca del despacho, quienes al ingresar, se toparon con el dantesco
espectáculo. El almirante Gargiulo yacía sin vida, con su cabeza envuelta en
sangre.
Sumamente conmocionados, los presentes se acercaron al cuerpo de
su comandante y se quedaron unos instantes contemplándolo en silencio y con
pesar.
El cuerpo de Gargiulo fue colocado en una camilla y cubierto por
una sábana sobre la cual fue depositada su gorra. Tres soldados lo sacaron de
su oficina mientras el bravo teniente Spinelli, que tan valerosamente había
combatido ese día, derramaba lágrimas de tristeza y emoción. Quien se indignó
al ver la actitud de algunos soldados del Ejército cuando vieron pasar el
cuerpo por los pasillos fue el teniente Sommariva que, fuera de sí, recriminó
duramente al mayor Pablo Vicente quien, de inmediato, ordenó a la tropa rendir
los honores correspondientes, adoptando posición de firmes.
A las 17.00 horas del día siguiente, los prisioneros, escoltados
por una doble hilera de policías, subieron a varios camiones celulares que se
habían acercado al Ministerio y a bordo de los mismos, fueron conducidos a la Penitenciaría Nacional
donde quedaron alojados como delincuentes comunes, en espera de ser juzgados. Había finalizado
el primer capítulo del drama.
Imágenes
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| Av. Paseo Colón. Sector en el que se produjeron los principales combates terrestres. Al fondo el Edificio Libertador, sede del Ministerio de Ejército |
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| 10.30 hs. del 16 de junio
de 1955. La Aviación Naval vuela hacia el objetivo |
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| 16 de junio de 1955, 10.35 horas. La Casa Rosada aguarda el ataque Perón ya se retiró al Ministerio de Ejército |
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| La gente huye despavorida de la zona de combate. Otros observan absortos, sin dar crédito a lo que ven |
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| Un transeúnte corre entre cadáveres y escombros |
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| Escenas dantescas en inmediaciones de la Casa de Gobierno
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| Detalle de la misma escena |
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| Una esquirla le ha amputado la pierna derecha a esta mujer. Perón no advirtió a la población sobre la inminencia del ataque pese a las tres horas que transcurrieron desde el primer alerta |
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| Víctimas del brutal ataque yacen por doquier
|
| Esta espeluznante fotografía muestra un cuerpo
carbonizado entre las ruinas de un edificio
|
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| Terrible imagen del trolebús alcanzado por una bomba |
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| Trabajadores peronistas avanzan detrás de un
tanque hacia el Ministerio de Marina (Isidoro Ruiz Moreno, La Revolución del 55) |
| Milicianos peronistas disparan contra el
Ministerio de Marina (Isidoro Ruiz Moreno, La Revolución del 55) |
| Efectivos del Ejército y civiles armados en espera
de nuevos ataques
|
![]() |
| El vicecomodoro Carlos A. Sister parte desde Morón para atacar Ezeiza |
![]() |
| La lucha ha cesado. Esta antigua fotografía muestra algunos de los daños en las azoteas de la Casa Rosada. Al fondo el palacio del Ministerio de Comunicaciones. A la derecha el Ministerio de Marina. Detrás, el sector portuario |
![]() |
| Otra vista de las azoteas de la Casa de Gobierno |
| Efectivos del Regimiento de Granaderos a Caballo que tomaron parte en la defensa de la Casa de Gobierno (Isidoro Ruiz Moreno, La Revolución del 55) |

Finalizada la lucha, un grupo de Granaderos posa junto a un tanque del
Regimiento Motorizado Buenos Aires
(Isidoro Ruiz Moreno, La Revolución del 55)

Defensores de la Casa de Gobierno después de
los combates

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| Ciudadanos junto a varios cadáveres a poco de finalizadas las acciones |
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| Vehículos destrozados sobre Av. Paseo Colón |
![]() |
| Edificios en ruinas sobre Paseo Colón |
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Otra vista de los daños sobre Av.
Paseo Colón
|
![]() | ||||||||||||
Frente acribillado del Ministerio de Economía y
Hacienda
|
![]() |
| Titulares de diarios y revistas
|
![]() |
| Desgarradora imagen de un niño entre los escombros. No es un escolar |
| Finalizadas las acciones Perón y el general Lucero se confunden en un abrazo |
1 Isidoro Ruiz Moreno,
La Revolución
del 55, Emecé, Buenos Aires, 1994, Tomo I, Tercera Parte, Cap. X “La
batalla del 16 de junio”.
2 Hasta 1949 la
dependencia se denominaba Ministerio de Guerra, a partir de ese año pasó a ser
de Ejército y en 1958 Ministerio de Defensa, siempre con sede en el Edificio
Libertador.
3 Isidoro Ruiz Moreno,
Ídem.
4 Ídem.
5 Ídem.
6 El mítico bunker del
edificio Alas otro, constaba de un amplio espacio de hormigón y concreto
dividido en varios pasillos y compartimentos, del que partían dos
túneles desde Leandro N. Alem hacia Av. Madero. Perón jamás llegó a utilizarlo
aunque sí lo visitó una vez, a poco de finalizado.
7 "La Nación, Bs. As., edición del 17 de junio de 1955.
Fuentes principales
Isidoro Ruiz Moreno, La Revolución del 55, Emecé, Buenos Aires, 1994.
Alberto Carbone, El día que bombardearon Plaza de Mayo, Editorial Vinciguerra, Buenos Aires, 1994.
Daniel Cichero, Bombas sobre Buenos Aires, Vergara Grupo Z, 2005.
Franklin Lucero, El precio de la lealtad, Editorial Propulsión, Buenos Aires, 1959.
Libro Histórico del Regimiento de Granaderos a Caballo (1953-1955).
Diarios "La Prensa", "La Nación", "La Razón", "Clarín".
Revistas "Ahora", "Hechos en el Mundo", "Esto Es".
Publicado 20th January 2013 por Alberto N. Manfredi (h)







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