LA LENTA MARCHA DE LAS NEGOCIACIONES
A decir verdad, hasta mediados de la década del 40 el tema
Malvinas estaba poco enraizado en la conciencia popular argentina. Recién en
1946, mediante una serie de decretos, Perón dispuso la intervención del
Instituto Geográfico Militar en lo tocante a la elaboración de mapas y cartas
geográficas de nuestro país. A través de los mismos, se ordenaba y refrendaba el Decreto Nº 8944 que
establecía la prohibición de toda aquella cartografía que no reprodujese la
porción insular del territorio nacional, incluyendo el triángulo antártico que la Argentina reclamaba como
propio, medida demagógica que quedaría sin efecto al firmarse el Tratado
de 1959.
A través de un impresionante aparato de propaganda, el
gobierno peronista ametralló la conciencia nacional con el tema de la soberanía
argentina en las islas del Atlántico Sur y el continente blanco, ello a
través de una avalancha de publicaciones, programas radiales, folletos, atlas,
bibliografía, mapas y revistas con las que saturó al país de un extremo a otro.
Quedó
en evidencia entonces, la carencia casi absoluta de
conocimientos que los argentinos tenían sobre aquellos asuntos y que los
tibios
reclamos que se habían formulado hasta el momento habían pasado
desapercibidos para el resto de América, en especial, los Estados
Unidos,
quienes parecían desconocer completamente la cuestión.
Con el firme propósito de apuntalar aquella política, se
comenzó a machacar a la ciudadanía con el recuerdo de las Invasiones Inglesas, la Vuelta de Obligado, el
imperialismo británico y su codicia de nuestras riquezas. Lo que no se decía,
era que ambos países habían sido excelentes socios y eso le había
redituado a la Argentina
ingentes ganancias, llevándola a ocupar una posición preponderante en el
concierto de las naciones y convertirse
en una de las economías más sólidas del mundo.
Se intentó por todos los medios encubrir aquello, empleando argumentos como los mencionados, en especial, la firma del Tratado
Roca-Runciman, que, como dato curioso, fue denunciado
por Inglaterra como perjudicial para sus intereses y beneficioso para la Argentina (7 de agosto de 1936)1.
En un acto de extrema demagogia, Perón intentó comprar los
archipiélagos australes (disponía de un país inmensamente rico), intención que
hizo saber al gobierno británico el 2 de junio de 1953, día de la coronación de
Isabel II, a través de su enviado especial, el contralmirante Alberto
Teissaire, que en esos momentos ejercía el cargo de presidente provisional del
Senado.
Sin proponérselo, le ofreció a los
ingleses el mejor argumento para avalar su postura. Al intentar comprar las
islas, reconocía abiertamente la propiedad del imperio, maniobra torpe de la
que se valieron en Londres para rechazar la propuesta y reafirmar su posición.
Si Argentina pretendía adquirir los archipiélagos, era porque los mismos no le
pertenecían y los reconocía como territorios del Reino Unido.
Rosas había sido mucho más astuto en el siglo anterior
cuando ofreció a la corona reconocer la soberanía británica a cambio de la
deuda que el país había contraído con la Baring Brothers,
argumento que los ingleses utilizarían en años posteriores para demostrar el
poco interés que la
Argentina tenía por esas regiones. En ese sentido, el 21
de noviembre envió a Londres a su embajador, Manuel Moreno, con instrucciones de explorar “…si en el
gobierno de Su Majestad habría disposición a una transacción pecuniaria para
cancelar la deuda pendiente del empréstito con el reclamo respecto de la
ocupación de las islas Malvinas”. Las negociaciones no prosperaron,
como tampoco el intento de hacer lo mismo con una porción de la Patagonia sobre la que
Buenos Aires aún no ejercía jurisdicción.
De todas maneras, la mecha estaba encendida por lo que a
partir de 1941 y con mucha más firmeza desde 1946, la República Argentina
inició reclamos más formales, tanto en la Organización de las
Naciones Unidas (ONU) como en la de Estados Americanos (OEA), establecida en
1948.
Entre 1952 y 1953 la Argentina y Gran Bretaña se fueron nuevamente a las manos al protagonizar los únicos dos incidentes armados de la historia del continente blanco.
El 1 de febrero de 1952, mientras los argentinos construían
el Destacamento Naval Esperanza en la bahía del mismo nombre, personal civil
de la Falkland Islands Dependencies
Survey custodiado por efectivos militares armados, comenzó a descargar
materiales del buque “Joe Briscoe” con el objeto de reconstruir una base que se
les había incendiado en 1948.
Al detectar a los “intrusos” y comprobar que
estaban desembarcando equipo, un contingente de infantería de marina perteneciente
a la dotación del ARA “Chiriguano”, al mando del teniente de fragata Luis
Casanova, abrió fuego con sus ametralladoras, obligando a los británicos a
regresar su nave y alejarse del lugar.
Un
año después, el 15 de febrero de 1953, se hizo presente
la fragata HMS “Snipe” para dejar en tierra una sección de treinta y dos
royal
marines provistos de metralletas, gases lacrimógenos y rifles. La unidad
se puso en marcha en dirección al Refugio “Teniente Lasala” y
apresó a sus dos ocupantes, un sargento y un cabo de la Armada Argentina. Acto seguido, procedieron a volar las
instalaciones (una cabaña, una
tienda de campaña y un mástil) e hicieron lo propio con un refugio
chileno
deshabitado que se erguía en las inmediaciones. Después de recorrer las
inmediaciones, regresaron a la nave y levaron anclas con destino a las
Georgias, llevándose a los dos argentinos en calidad de detenidos.
Antes de partir, dejaron en el
lugar a una reducida avanzada que permanecería allí apostada por espacio de
tres meses, bajo la protección de la mencionada embarcación.
Notificada de lo ocurrido, la Cancillería presentó una protesta formal, no así el gobierno chileno que pese a la destrucción de sus
instalaciones prefirió guardar en silencio.
El Reino Unido retrucó con una nota fechada el 4 de marzo de
1955, solicitando a la
Corte Internacional de Justicia la invalidez de los reclamos
de soberanía tanto argentinos como chilenos.
En 1960, más precisamente el 14 de diciembre, nuestro país logró insertar el tema
Malvinas en la agenda de la Asamblea General
de las Naciones Unidas, Resolución 1514, que urgía a los estados miembros a
conceder la independencia a los países y pueblos coloniales. La cuestión fue tratada durante el decimocuarto período ordinario de sesiones y buscaba poner fin a ese
sistema en todas sus formas y manifestaciones, de manera rápida e incondicional.
Se creó, entonces, el Comité Especial de los 24 que vigilaría
todo proceso descolonizador a realizarse en diferentes lugares del mundo y aprovechando la ocasión, la Argentina
hizo oír sus reclamos, logrando el apoyo de la mayoría de los países
miembros aunque en forma tibia y rutinaria.
En 1964 Buenos Aires dio otro paso importante al hacer
aprobar la Resolución
2065 que invitaba a los gobiernos de la Argentina y el Reino Unido de Gran Bretaña e
Irlanda del Norte a entablar negociaciones con el fin de hallar una solución
pacífica al diferendo. Para ello deberían tomarse en cuenta los objetivos y disposiciones de la Carta de las Naciones Unidas
y los intereses de los habitantes de las islas.
La iniciativa no prosperó debido a la escasa importancia que
Gran Bretaña dio siempre al asunto, segura de contar con el apoyo de las
grandes potencias de occidente.
Durante el transcurso de aquella década se produjeron las “tres invasiones argentinas” de las que ha hecho referencia la
diplomacia del Reino Unido en varias oportunidades, intentos aislados
efectuados por grupos nacionalistas y ciudadanos particulares que poco y nada
lograron.
La primera de ellas tuvo lugar el 8 de septiembre de 1964, cuando el piloto civil Miguel Fitzgerald2 aterrizó en las
islas para enarbolar la bandera argentina.
El vuelo tuvo ribetes pintorescos.
Fitzgerald partió del aeródromo de Monte Grande el día 6, a bordo de su Cessna 185 matrícula LV-HUA (bautizado “Luis Vernet”) y enfiló hacia Santa Cruz haciendo
una primera escala en Olavarría y otra en Trelew, para cargar combustible.
Desde allí retrocedió unos kilómetros hasta Puerto Madryn, con el objeto de pasar la noche
y temprano por la mañana se dirigió a Puerto Santa Cruz para
continuar a Río Gallegos, paso previo al cruce a Malvinas. Había sustituido los
asientos por tanques de combustible y llevaba un modesto equipo de radio con
unas pocas provisiones como elementos extra (chocolate y café).
Partió en la madrugada siguiente, cuando todavía estaba
obscuro, enfilando directamente hacia la capital santacruceña. Sobrevoló
Comodoro Rivadavia y Caleta Olivia y tras una pequeña escala para reparar un
cable en Pico Truncado, aterrizó en Río Gallegos, donde pasó la segunda noche.
El 8 de septiembre, día de su 38º cumpleaños, cuando en la ONU
se disponían a tratar el tema Malvinas, abordó su máquina y decoló con destino al
archipiélago. Lo hizo desde el aeroclub local y no del aeropuerto porque hacia
ese lugar había llevado el avión a efectos de solucionar definitivamente el
problema de su motor.
El piloto se elevó a las 09.20 con rumbo
090º, trepó progresivamente hasta los 1200 metros a 230 km/h
y se perdió de vista en el horizonte, mientras se adentraba lentamente en el
mar.
Ya
sobre las heladas aguas del Atlántico, deslizándose suavemente sobre un
manto de nubes que de tanto en tanto ofrecía claros, recordó a Aldo
Comi y
César Álvarez, aquellos antecesores que doce años atrás intentaron hacer
lo mismo.
En aquella ocasión, los aviadores presentaron un plan de vuelo que debía
llevarlos desde Río Grande a Ushuaia, pero una
vez en el aire anunciaron que cambiaban de rumbo y se dirigían a las
Malvinas. Para su desazón, el bajo plafond les impidió ubicar el archipiélago y
eso los obligó a abortar la misión.
Haciendo
un gran
semicírculo viraron hacia el norte y al cabo de siete horas aterrizaron
en Comodoro Rivadavia donde terminaron arrestados por orden de la Fuerza Aérea.
Fitzgerald pensaba en
eso, cuando a lo lejos avistó la Gran Malvina.
Volando sobre
tierra firme ubicó el Estrecho de San Carlos y después de cruzarlo inició el descenso.
Con
el monte Kent como referencia,
identificó la casa del gobernador y algo más distante la torre de la
iglesia.
Pero fue la bandera británica ondeando sobre la residencia de la máxima
autoridad insular lo que hizo bullir su sangre irlandesa en las venas.
Tratando de controlar los sentimientos, supo sacar provecho de la
situación pues la insignia le indicaba la
dirección de los vientos y eso le permitió aterrizar, luego de realizar
varios círculos sobre la población.
Fitzgerald tocó
tierra en el pequeño hipódromo, carreteó los 800 metros de su pista y a poco de
apagar los motores descendió del aparato y ató la bandera argentina a un poste cercano. Era un agradable día de sol con vientos moderados del este y una temperatura que rondaba los 10º C.
En ese mismo momento vio a cinco individuos que se le acercaban amenazadoramente. En
inglés, como era de esperar, le preguntaron si necesitaba algo, a lo que el
recién llegado respondió que no, pero exigió ver al gobernador para entregarle
un pliego en el que reclamaba la soberanía del archipiélago y su inmediata
entrega a nuestro país.
Nadie
tomó en cuenta el
petitorio y tampoco fue recibido razón por la cual, Fitzgerald redactó
una nota de protesta, abordó el avión y emprendió el regreso antes de
que las fuerzas locales lo detuviesen.
Su vuelo tuvo el
efecto esperado. En la ONU,
la delegación británica denunció el hecho; su par argentina se
desentendió argumentando que Fitzgerald era un piloto civil que había obrado
por su propia cuenta, sin el aval del gobierno y el asunto se limitó a un simple asentamiento an actas.
Tras
una
permanencia de solo 15 minutos, el argentino abandonó las Malvinas y
voló de
regreso a Río Gallegos donde fue recibido por una verdadera multitud,
destacando especialmente un gran número de periodistas de Buenos Aires,
presentes en Santa Cruz
para cubrir la disputa de su gobernador con la legislatura nacional.
Fitzgerald fue
sancionado por la Fuerza Aérea
Argentina y una vez en la Capital Federal, penado con el pago de una fianza que el presidente Illia decidió anular por pedido de la ciudadanía.
Dos años después,
el 28 de septiembre de 1966, tuvo lugar un hecho bastante más grave.
Ese
día, un avión
Douglas DC-4 de Aerolíneas Argentinas partió del Aeroparque
Metropolitano de la ciudad de Buenos Aires con destino a Río Gallegos,
llevando a bordo 35 pasajeros. En
pleno vuelo, cuando la nave sobrevolaba la localidad patagónica de San
Julián,
18 jóvenes identificados como integrantes de un movimiento
nacionalista-peronista entre los que se encontraban estudiantes
universitarios,
empleados y obreros, se apoderaron por la fuerza del aparato y pusieron
en
marcha la Operación
“Cóndor”,
obligando a su piloto a desviarse hacia Malvinas.
Los comandaba Dardo Cabo, alias “Lito”, un joven de Tres Arroyos alto y
delgado, afiliado a la Unión Obrera Metalúrgica, de la
que su padre era importante dirigente. Lo secundaban Alejandro Giovenco, de
21 años, individuo fornido aunque de baja estatura, apodado “Chicato” por los
gruesos anteojos que usaba y la periodista y autora teatral María Cristina
Verrier, tercera en el mando.
En
pleno vuelo, Cabo y Giovenco entraron a la cabina esgrimiendo sus
pistolas y tras encañonar al comandante Ernesto Fernández García, le
ordenaron dirigirse al
archipiélago.
-“Ponga rumbo
1-0-5”.
El piloto se apresuró a obedecer la directiva, efectuando un amplio viraje hacia el sudeste, inclinando el avión hacia la izquierda.
El piloto se apresuró a obedecer la directiva, efectuando un amplio viraje hacia el sudeste, inclinando el avión hacia la izquierda.
Completaban el
grupo Carlos Rodríguez, de 31 años y Pedro Tursi, de 29, ambos empleados;
Aldo Omar Ramírez (18 años) y Edgardo Jesús Salcedo (24 años), los dos
estudiantes; Ramón Adolfo Sánchez; la mencionada María Cristina Verrier (27
años), Edelmiro Ramón Navarro (27 años) y Andrés Ramón Castillo (23 años),
también empleados; Juan Carlos Bovo (21 años), Víctor Chazarreta, (32 años),
Pedro Bernardini (28 años), obreros metalúrgicos; Fernando José Aguirre (20 años) y Fernando Lizardo (20 años), Ricardo Alfredo Ahe (20 años); el
estudiante de
ingeniería Luis Francisco Caprara (20 años) y Norberto Eduardo
Karasiewicz, (20 años), todos ellos militantes justicialistas. Valga
aclarar que
María Cristina Verrier era hija de César Verrier, ex juez de la Suprema Corte de Justicia de la Nación que también había
sido funcionario del gobierno de Frondizi y su tío, Roberto Verrier, fugaz
ministro de Economía en 1957.
La máquina aterrizó
en el hipódromo de Stanley a las 09.50 hora argentina y ni bien detuvo las turbinas, los activistas descendieron portando fusiles, ametralladoras y pistolas para desplegarse por un área de 600 metros por 200 en
la que clavaron mástiles e izaron banderas argentinas. Acto seguido, anunciaron
que a partir de ese momento la ciudad pasaba a denominarse Puerto Rivero,
en reivindicación del legendario gaucho entrerriano e inmediatamente después entonaron
las estrofas del Himno Nacional.
Dardo Cabo se
comunicó con las autoridades locales para informarles que se hallaban allí con
el objeto de reafirmar la soberanía argentina y que desconocía la autoridad
del gobernador británico, Sir Cosmo Dugal Patrick Thomas Haskard, en
esos momentos ausente.
Una veintena de efectivos constituían la defensa del
archipiélago, entre ellos voluntarios isleños y seis comandos de la Segunda Guerra
Mundial encargados de su entrenamiento.
Mientras tenían lugar esos acontecimientos, Anthony Ardy,
radioaficionado malvinense, transmitió al mundo la noticia de que las islas
habían sido invadidas.
La
idea de los “cóndores” era tomar la casa de gobierno, ocupar el arsenal
y apoderarse de la radio para hacer llegar la noticia a nuestro país. El objetivo no se pudo cumplir porque el
pesado aparato de Aerolíneas Argentinas se había atascado en la blanda tierra
de la pista, muy lejos de la casa del gobernador y casi de inmediato fue
rodeado por varios vehículos y fuerzas militares, apoyadas por medio centenar
de civiles armados.
En esas condiciones llegó la noche, bajo una persistente y
helada llovizna, mientras en la
Argentina el flamante gobierno del general Onganía evaluaba la situación.
Los británicos
encendieron poderosos reflectores con la intención de encandilar a los
invasores mientras el sacerdote católico de Puerto Stanley, Rudolf Roel,
intermediaba para que los pasajeros, ajenos al operativo, fuesen alojados en casas kelpers.
Esa
noche, mientras
las autoridades insulares debatían febrilmente y las argentinas
intentaban
interiorizarse de lo que estaba aconteciendo, Cabo solicitó al padre
Roel la celebración de una misa en el interior de la nave, cosa a la que
aquel accedió. De
esa forma, el grupo nacionalista pudo comulgar y al terminar los
oficios,
entonar las estrofas del Himno Nacional, gesto que repitieron a la
mañana siguiente frente a uno de los mástiles en los que flameaba la
bandera
celeste y blanca.
Finalizado el acto, los militantes entregaron sus armas al
comandante del avión, única autoridad que reconocían y se pusieron a
disposición de las fuerzas británicas que bajo fuerte custodia, los condujo
hasta la iglesia católica.
El sábado siguiente, a 48 horas de producida la “invasión”, el ARA “Bahía
Buen Suceso” se aproximó a Puerto Stanley en espera de la lancha
carbonera que debía transportar a los pasajeros de la aeronave, a sus tripulantes y
los 18 integrantes del grupo comando. La pequeña embarcación se arrimó al
transporte y transfirió la gente, alejándose una vez
cumplido el objetivo.
El buque argentino
partió con destino a Río Grande donde ni bien pisaron tierra, los “cóndores”
fueron detenidos y conducidos a Bahía Blanca para ser sometidos a juicio. Acusados de “asociación
ilícita”, “privación de la libertad”, “intimidación pública”, “robo calificado
en despoblado” y “piratería”, fueron condenados y enviados a prisión3.
El hecho tuvo notable repercusión tanto a nivel nacional
como internacional y fue abordado por publicaciones, radios y emisoras
televisivas de todo el mundo.
Los “cóndores” recibieron el apoyo de casi toda la
ciudadanía, entre ellos, los sindicatos agrupados en las 62 Organizaciones e
incluso, algunos sectores de las Fuerzas Armadas y esferas gubernamentales.
También la Iglesia,
a través del padre Leonardo Castellani, tuvo
expresiones de elogio para una acción decidida que mucho tuvo de romántico y
aventurero. Sin embargo, varios años después se supo que todo había sido un
montaje organizado por la redacción de la revista “Panorama”, para incrementar sus alicaídas ventas4.
La tercera invasión tuvo ribetes folletinescos. Su
organizador, el controvertido director de “Crónica” Héctor Ricardo García, llamó al veterano Miguel Fitzgerald y le propuso un nuevo vuelo en su avión
particular, un Aero Commander matrícula LV-JGE. El "irlandés" aceptó y la mañana del 27 de noviembre de 1968 partieron de Río Gallegos llevando al periodista Juan Carlos Navas, miembro de la redacción.
Al llegar a Puerto Stanley, Fitzgerald notó que
la pista del hipódromo se hallaba obstruida razón por la cual enfiló hacia el Eliza Cove Road, un camino lateral, que conducía a las afueras del poblado y allí se posó.
El
avión se enterró en la turba, se inclinó hacia la izquierda y rompió
una de sus hélices, apoyando el ala sobre la hierba. Sus ocupantes
descendieron y como en los casos anteriores izaron la bandera argentina y
leyeron una
proclama donde se dejaba constancia que el archipiélago pertenecía a su
país y los británicos lo estaban usurpando.
La nueva correría indignó sobremanera a los pobladores quienes se acercaron a curiosear, algunos de ellos portando armas.
Los argentinos fueron detenidos y conducidos a la comisaría; se les labró el acta correspondiente y se los trasladó hasta el HMS
“Endurance”, para su repatriación a Río Gallegos (antes de partir,
dejaron asentada una queja por malos tratos).
Siempre se ha hablado de estas tres invasiones pero poco se dice de un cuarto incidente que pudo
haber desencadenado la guerra dieciséis años antes.
En octubre de 1966, a solo tres meses del golpe de Estado que
llevó al poder al general Onganía y uno de la aventura de los
“cóndores”, la flota argentina hacía maniobras en el Golfo Nuevo, cerca de
Puerto Pirámides, como parte del programa anual de entrenamiento y capacitación
intensiva.
La
unidades se desplazaban en formación cerrada cuando el
submarino ARA “Santiago del Estero” (S-12), sucesor de aquel que había
protagonizado el bautismo de fuego del arma en 1955, se desprendió del
convoy y se dirigió hacia el sur, en cumplimiento de una misión
secreta.
Su comandante, el capitán de fragata Horacio González Llanos
y su segundo, el capitán de corbeta Juan José Lombardo, seguían directivas de
la máxima autoridad de la
Armada, el almirante Benigno Varela, quien había encomendado
la planificación del operativo a unos pocos jefes navales con miras a una
posible acción militar.
De acuerdo a las mismas, el “Santiago del Estero” debía desplazarse
hacia las Malvinas y situarse al este de la Isla Soledad, para desembarcar
comandos anfibios en lo que iba a ser (y de hecho fue) una misión ultrasecreta.
La unidad navegó en inmersión, en el más completo silencio
de radio cuando, emergiendo de tanto en tanto para recargar sus baterías. De
los 85 integrantes de su dotación, la mayoría ignoraba que se estaba llevando a
cabo una acción de guerra y que se desplazaban hacia el Atlántico Sur (creían
que regresaban a su base natural en Mar del Plata) por lo que a excepción del
comandante, su segundo y unos pocos oficiales, solo el escalón de comandos
sabía lo que realmente ocurría.
Al
atardecer del cuarto día el submarino salió a superficie y se ubicó a
1500 metros de la costa, frente a un paraje deshabitado, sito 40
kilómetros al sur de Puerto Stanley. Al menos una docena de hombres
aparecieron a cubierta portando dos botes inflables. Vestían
completamente de negro y llevaban sus rostros embadurnados de betún en
tanto, en lo alto de la vela tres o cuatro personas oteaban la lejanía
con sus prismáticos.
Comenzaba
a obscurecer cuando los gomones se desprendieron de la nave y enfilaron
hacia la playa llevando seis efectivos cada uno.
Se trataba de una sección de buzos tácticos que debía reconocer el terreno y
determinar si era apto para un desembarco a gran escala; sin embargo,
el intento fracasó porque las fuertes corrientes les hicieron perder el rumbo, forzando su inmediato rescate.
Recuperados
los efectivos, el submarino volvió a sumergirse y así se mantuvo hasta
la tarde del día siguiente. Soplaban vientos del sudeste y el cielo se
hallaba cubierto.
Se sabía que aquel punto entre Bahía Agradable y el seno
Choiseul era un desierto pantanoso y que el único riesgo era que
las marea descendiese y el sumergible quedase varado. Pero eso no ocurrió.
A día siguiente, a la misma hora, el “Santiago del Estero”
volvió a emerger y esta vez sí, los comandos anfibios alcanzaron la orilla sin
problemas.
A escasos metros del objetivo saltaron al agua y
arrastrando los botes los depositaron en
la arena; inmediatamente después
treparon una pequeña pendiente que se elevaba unos metros más adelante y
ya en tierra firme, se desplegaron por el terreno iniciando el
reconocimiento
del área.
Pasaron
la noche a la intemperie, tratando de memorizar lo que habían visto
para volcarlo después en un croquis. Al amanecer, hicieron
un nuevo relevamiento y completada la misión, se dirigieron a los
gomones y los condujeron al mar para regresar. Fue entonces que se
toparon con
algo que no esperaban.
Apenas aclaraba cuando un campesino de aproximadamente 40 años que
había salido muy temprano a revisar su ganado, se topó con ellos.
Presa del temor, el kelper detuvo su marcha y allí quedó petrificado, en medio de la
turba, viendo a esos hombres de negro, fuertemente armados, aproximarse amenazadoramente.
Los incursores también estaban desconcertados porque de
acuerdo a lo planificado, la zona debía estar deshabitada. Era necesario recurrir a una rápida solución ya que por
ningún motivo las autoridades británicas podían enterarse del desembarco.
Alguien barajó la posibilidad de ejecutar al malvinense pero a González Llanos
se le ocurrió algo mejor y mucho menos drástico.
Apuntándole
al sujeto a la cabeza, lo hicieron poner de
rodillas y le extendieron una de las botellas de whisky que llevaban con
ellos
para combatir el frío. Cuando el malvinense la tuvo en sus manos lo
obligaron a bebérsela íntegra, aclarándole que de no hacerlo, le volaban
la cabeza. Al pobre hombre no
le quedó más remedio que obedecer y al cabo de unos minutos, estaba
completamente alcoholizado.
Amanecía
cuando los invasores abordaron sus botes y
regresaron al submarino dejando atrás una persona asustada y confundida,
que en ese estado no podría convencer a nadie en cuanto a la veracidad
de su historia.
Cuando estuvieron todos de regreso, el “Santiago del Estero” se
sumergió y virando hacia el norte se alejó con destino a Mar del Plata,
Dos
de los protagonistas de aquella incursión tendrían
estrecha relación con la guerra de 1982, el capitán González Llanos,
cuyo hijo sería comandante de la goleta “Penélope”, unidad malvinense
requisada por las fuerzas argentinas
durante la Operación
Rosario y el capitán Lombardo, que con el grado de vicealmirante,
se desempeñaría como comandante del TOAS.
Contra todo lo actuado hasta el momento, la Argentina iba a poner en
práctica una política de penetración que a la larga daría buenos resultados. Al
principio lo hizo con prepotencia, emitiendo programas en inglés sobrecargados de contenido político y antibritánico (no muy buenos según los kelpers) e interfiriendo los programas de la
BBC y otras cadenas del Reino Unido. Pero a partir del 1 de
julio de 1971, con la firma de la Declaración Conjunta
Argentino-Británica en Londres, Buenos Aires depuso su actitud inaugurando
entre las islas y el continente ventajoso puente aéreo y marítimo que mejoró notablemente las relaciones, aportando infraestructura, tecnología y ayuda sanitaria.
Esos beneficios quedaron establecidos en las notas
reversales agregadas al tratado, formuladas en base a la Resolución 2065 (XX) de las Naciones Unidas, el 16 de abril de
1965. Las mismas estipulaban que el corredor aéreo estaría a cargo de naves argentinas y
el marítimo de buques británicos, utilizándose para ello aviones anfibios hasta
la construcción de un aeropuerto adecuado. A los habitantes de las islas se les brindaría asistencia médica en Comodoro Rivadavia y se daría impulso
al turismo argentino en el archipiélago.
Buenos Aires envió profesores de español que pasaron a
depender de la
Superintendencia de Educación de las islas y construyó el
aeropuerto de Stanley con su pista de 1200 metros
de
longitud. El mismo comenzó a operar el 20 de noviembre de 1972 con
vuelos
regulares de LADE (Líneas Aéreas del Estado), entre Comodoro Rivadavia y
Puerto
Stanley al tiempo que la empresa inauguraba sus oficinas en la capital
insular e YPF
edificaba su propia planta de abastecimiento y almacenamiento. Para ello
fueron montados veinticuatro tanques para nafta súper, común, gasoil,
kerosén y
combustible de aviación con sus correspondientes cañerías, una moderna
estación de servicio, una planta de carga para camiones y un muelle.
Por acuerdo firmados con anterioridad, la FIC
(Falklnads Island Company) le permitió a la petrolera utilizar
gratuitamente el suyo hasta que aquel estuviese terminado e incluso
puso a su disposición otros medios como vehículos y embarcaciones.
En 1975 llegó Gas del Estado, introduciendo sus garrafas de 45 kilos de gas licuado al mismo precio que
en el continente. La medida fue bien recibida pues le permitió a los pobladores reemplazar los panes de turba que utilizaban hasta entonces.
Poco tiempo después, los malvinenses comenzaron a viajar a la Argentina para seguir
los cursos de técnicos en instalaciones, ello a pesar de las trabas que
intentaba imponer el obtuso Consejo de las Islas. Como afirma el kelper
Alexander Betts en su libro La verdad
sobre Malvinas, mi tierra natal, una cosa era la vida en aquellas latitudes
antes de la firma del tratado y otra completamente distinta, después.
Como parte de aquel programa de penetración, el Comando de
Remonta y Veterinaria del Ejército Argentino también se hizo presente en el
archipiélago con la donación de una yegua para la cruza y reproducción de
equinos en tanto Gas del Estado hizo lo propio con un calefactor a gas para el
hospital local, ceremonia a la que asistieron el gobernador, su esposa,
autoridades de las islas, sus pares de las empresas argentinas y pobladores en
general.
A
partir de 1973 los kelpers pudieron vender sus ovejas en territorio
nacional y el 30 de marzo de 1977 YPF inauguró la mencionada
estación de servicios al tiempo que comenzaba a suministrar
lubricantes y asfaltos. Por otra parte, niños malvinenses viajaron al
continente para realizar sus estudios en establecimientos argentinos, en
especial el Barker College de Lomas de Zamora, el Saint Hilda de
Hurlingham, el
Saint George de Quilmes, el Northland de Olivos y numerosos institutos
de la
provincia de Córdoba.
Pero no todo fue color de rosa ya que pocos años después la
situación volvió tensarse con la llegada a Puerto Stanley del HMS
“Endurance”, verdadero veterano de los mares del sur, trayendo a bordo la
misión científica encabezada por Lord Shackleton, nieto del legendario navegante
irlandés. La fecha escogida parecía una provocación: 3 de enero de 1976, la cual remontaba a las partes a los días de la recaptura por los británicos.
Gobernaba la
Argentina en esos días, María Estela Martínez de Perón cuyo
régimen se hallaba sumido en una profunda crisis social y un agudo conflicto interno por el accionar del
terrorismo subversivo.
Buenos Aires elevó una protesta y como era habitual en tales circunstancias, Inglaterra
informó que el Foreign Office no estaba dispuesto a tratar el tema de la
soberanía aunque sí el de la cooperación económica, clara intención de dilatar
una vez más el asunto.
Nuestro país reaccionó declarando “no bienvenida” a la
expedición y el 12 de enero el Ministerio de Relaciones Exteriores y
Culto retuvo a su embajador en Londres, Dr. Tomás J. de Anchorena, al tiempo que
el titular de aquella cartera, Dr. Manuel Arauz Castex, expulsaba al embajador Derek Robert Ashe.
Cuando
Lord Shackleton y su comitiva llegaron a Londres con el informe de su
viaje, el buque oceanográfico que llevaba el nombre de
su antepasado penetró en aguas jurisdiccionales argentinas con la misión
de
realizar sondeos marítimos. En respuesta, el 4 de febrero Buenos Aires
envió
hacia la zona al destructor ARA “Almirante Brown” con la expresa orden
de
interceptar a la nave británica que además de los trabajos mencionados,
realizaba estudios geológicos y geofísicos.
El buque argentino interceptó a su par inglés y le ordenó
detenerse para una inspección, sin embargo, lejos de acatar
la orden, aquel se dio a la fuga obligando al “Almirante Brown” a abrir fuego.
El destructor efectuó varios disparos pero el “Lord
Shackleton” logró esquivarlos y escapó a toda máquina, poniendo proa a
Puerto Stanley.
Comenzaban a tronar los cañones en el Atlántico Sur. Seis
años después lo harían con mayor intensidad.
Notas
1 Los historiadores que han abordado el asunto, han
transformado la realidad en un mito, la célebre fábula que muestra a la Argentina sometida por
el tratado al imperio británico, lo que no fue así en absoluto. ¿Qué hubiera
sido de aquella Argentina subdesarrollada, sin industrias, sin flota mercante,
distante y escasamente poblada si Inglaterra dejaba de comprar sus carnes? El
imperio disponía de recursos suficientes como para obtenerlas de alguno de sus
innumerables dominios y así lo dejó en claro durante la Conferencia de Ottawa,
en julio de 1932, al anunciar oficialmente que a partir de ese momento solo
compraría carnes y productos a los países miembros del Commonwealth, en
especial Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica y sobre todo Canadá. Ver al
respecto José Enrique Greño Velazco, Tratado
Roca-Runciman, en Perspectiva Histórica. Allí el autor dice: “El tratado tuvo un efecto casi inmediato
sobre el intercambio entre Argentina y el Reino Unido. En 1932 Argentina había
exportado por valor de 464.953.000 pesos e importado productos británicos por
una cifra de 180.000.000, con un saldo favorable de 284.953.000. En 1935, las
exportaciones habían aumentado hasta el valor de 542.640.000 pesos, y las
exportaciones de Gran Bretaña habían llegado hasta el valor de 292.777.000
pesos, con un saldo favorable a la
Argentina de 249.863.000. Las importaciones inglesas se
aumentaron, y en relación, más que las importaciones argentinas, pero las
ventas de carne se mantuvieron estables, y en ese aspecto, el Tratado y los
negociadores tuvieron éxito”. (http://www.cepc.es/rap/Publicaciones/Revistas/13/RPI_128_169.pdf).
2 Miguel Fitzgerald nació en la ciudad de Buenos Aires
(más precisamente en Lavalle al 400), el 8 de octubre de 1926. De ascendencia
irlandesa, su familia se trasladó a Guaminí, donde vivió hasta los 9 años. Cuando sus padres decidieron regresar a la Capital Federal lo
inscribieron pupilo en el Colegio San Cirano. A los 16 años comenzó a volar en
planeadores en la localidad de Merlo y finalizado el período escolar, obtuvo en
San Fernando su licencia para volar aviones a motor. Realizó varias hazañas
como el vuelo sin escalas de Nueva York a Buenos Aires (abril de 1962) y de
esta última a Tokio. Durante su primer vuelo a Malvinas cubrió los 790 kilómetros de recorrido en 3 horas y 25 minutos.
3 Por sus antecedentes políticos, Dardo
Cabo, Alejandro Giovenco y Juan Carlos Rodríguez
fueron condenados a tres años de prisión en la cárcel de Ushuaia. Los
quince
cóndores restantes permanecerían detenidos en el mismo penal por espacio
de nueve
meses. Cabo y Verrier contrajeron matrimonio durante su confinamiento y
militarían posteriormente en la agrupación subversiva Montoneros.
4 Ver al respecto: Carlos Velazco. ¿Y si invadimos las Malvinas? La trama secreta de la Operación Cóndor", Ediciones Fabro, Buenos Aires, 2010.
Publicado 26th February 2015 por Malvinas.Guerra en el Atlántico Sur

